domingo, 5 de marzo de 2017

EL RUSIAGATE GOLPEA A TRUMP


El gobierno de Donald Trump cada día más jaqueado por sus relaciones poco claras con el gobierno ruso.

Para muchos estadounidenses la Guerra Fría no ha terminado y Rusia es aún la mayor amenaza global que enfrenta el país.

Es por ello que los contactos reservados entre hombres de la administración Trump y funcionarios diplomáticos rusos despiertan resquemores y sospechas en los estadounidenses.

Primero fue el Asesor de Seguridad Nacional, el general Michael Flynn quien, después de negar el haber discutido con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak, temas de política bilateral, debió resignar su cargo cuando el FBI presentó pruebas en contrario.

Ahora, es el fiscal General, Jeff Sessions, quien ve peligrar su cargo por haber mentido al negar sus reuniones con el embajador Kislyak durante los días de la campaña presidencial. 

Nuevamente, fue el FBI el encargado de demostrar que el funcionario de Trump mentía.

Prudentemente, el presidente estadounidense ha evitado referirse a ambos casos.

No obstante, los observadores se preguntan qué hay detrás de este juego de contactos clandestinos y revelaciones públicas.

¿Realmente contribuyó el Kremlin de algún modo a que Donald Trump se impusiera en las elecciones de noviembre?

Poco es lo que se sabe con certeza sobre estos temas. Pero algo es sorprendente: el poco profesionalismo con que se manejaron todos los involucrados.

Todo diplomático estadounidense destinado en Rusia y todo funcionario ruso que cumple tareas en los Estados Unidos sabe que será escuchado, grabado y filmado clandestinamente por el servicio de contrainteligencia del país anfitrión. Son las reglas del juego.

Por lo tanto, cabe preguntarse que pretendía el embajador ruso comprometiendo a hombres cercanos a Trump al involucrarlo en reuniones que eran monitoreadas por el FBI.
Porque cuando los rusos quieren montar una operación clandestina saben muy bien cómo llevarla a cabo en secreto. Después de todo, durante más de una década mantuvieron como espía ruso, al entonces Jefe de Contrainteligencia contra Rusia de la Agencia Central de Inteligencia, Aldrich Ames.

Cuando los funcionarios del Sluzhba Vneshney Razvedki -SVR-, el organismo de inteligencia exterior de Rusia heredero del Primer Directorio de la KGB, necesitan reunirse con Ames para discutir personalmente algún tema no lo hacían en Washington, sino que convocaban a su agente a un tercer país.

Porque entonces fueron tan torpes en ocultar sus vínculos con miembros del entorno de Donald Trump. Acaso pensaban que el empresario finalmente no alcanzaría la presidencia o buscaban que estos contactos trascendieran provocando un escándalo al nuevo gobierno.

Quizá solo pretendía demostrar al establishment estadounidense que, si ellos podían cortejar a los políticos de las ex repúblicas soviéticas, Moscú también podía devolver el favor interviniendo en la política interna de los Estados Unidos y reclutar amigos dentro de los elencos dirigentes estadounidenses.

Al mismo tiempo, cabe preguntarse porque figuras estadounidenses con tanta experiencia política como la que tienen Mike Flynn y Sessions fueron tan imprudentes.

El caso más llamativo es el del general Flynn, un oficial de inteligencia reputado de saber manejar redes de agentes infiltrados, él tenía la obligación de pensar que en todo momento podía estar siendo grabando por el FBI.

Es cierto, de que Flynn no podía ocultar sus vínculos con el gobierno ruso. Había actuado como consultor y analista de la cadena informativa Russia Today e incluso había compartido una cena pública con el presidente Vladimir Putin.

Pero, una cosa son los inocultables vínculos públicos y otro muy distinto negar conversaciones que seguramente estaban siendo monitoreadas. Parece que “en casa de herrero cuchillo de palo”, dice el refrán popular. Todo un caso de suma torpeza.

El error de Sessions es más disculpable. Sin embargo, un político tan experimentado como él, después de lo ocurrido unos días antes con Flynn, porque cometió la misma torpeza: mentir sobre sus reuniones con el embajador Kislyak. Debió saber que si le preguntaban sobre esas reuniones era porque ya las conocían y tenían pruebas de las mismas. ¿Acaso un senador estadounidense no cuenta entre sus asesores a un experto en temas de inteligencia?

En Washington algunos se preguntan que otro funcionario o asesor de Trump ha sido confidente de los rusos. Incluso se ha mencionado que el yerno de Trump, el empresario Jared Kushner se reunió durante veinte minutos, en la torre Trump, con el embajador ruso.

Mientras el FBI, el Senado y la Cámara de Representantes llevan a cabo investigaciones sobre las actividades de Rusia durante las elecciones presidenciales de 2016, muchos se preguntan cuánto sabía Trump de esos contactos y si él los había autorizado.

Muchos interrogantes se encuentran abiertos, pero lo más evidente es que este tema recién está comenzando y cuando termine la carrera política de muchas personas en los Estados Unidos habrá concluido.