sábado, 30 de septiembre de 2017

LA GUERRA DE LIBERACIÓN MAPUCHE


Los mapuches, un pueblo originario de Chile que invadió territorio argentino en el siglo XVIII, ahora pretenden crear un Estado étnico en la Patagonia argentino chilena con límites entre los océanos Pacífico y Atlántico llevando a cabo una guerra de liberación.

Desde principios de este año, debido especialmente a artículos publicados por el semanario Perfila y otros medios periodísticos, ha tomado estado público la existencia de un accionar insurgente, en la Patagonia, llevado a cabo por personas que se reivindican como pertenecientes a la etnia aborigen chilena conocida como “mapuche”.

Dicho accionar comprende más de 75 hechos de violencia que comprenden la  y comisión de diversos delitos: robo y destrucción de propiedad privada, ocupación de tierras e instalaciones, incendios premeditados, lesiones e intimidación a pobladores, incitación a la violencia, quema de iglesias, sedición, etc.

En todos los casos, los hechos han sido protagonizados por personas que se identifican como mapuches y miembros de una organización terrorista separatista denominada Resistencia Ancestral Mapuche –RAM-.

Los mapuches o araucanos son una etnia chilena que ingresó a territorio argentino, en las últimas décadas del siglo XVIII, escapando de la persecución que los españoles de la Capitanía General de Chile efectuaban contra ellos en el territorio transandino de la Araucanía.

Por casi un siglo, los mapuches depredaron el sur del territorio argentino. Primero atacaron y exterminaron a los pueblos originarios de la Patagonia y la Pampa argentina: los tehuelches, pampas y ranqueles. Más tarde, dedicaron a atacar y saquear las estancias argentinas hasta la línea del río Salado, es decir, distantes a unos doscientos kilómetros de la Plaza de Mayo.

Su destreza en el empleo del caballo y la lanza les permitieron convertir las razzias sobre las poblaciones cristianas en un modo de vida. Sus incursiones, denominadas “malones”, tenían por objeto saquear las estancias y pueblos argentinos robando especialmente ganado vacuno y ovino, enseres y secuestrando mujeres y niños que reducían a la condición de “cautivos”, es decir, concubinas y esclavos.

Los cautivos eran retenidos en sus precarios campamentos, conocidos como “tolderías”, mientras que el ganado robado era conducido hasta Chile donde lo traficaban por armas, alcohol y otros elementos (azúcar, yerba mate, textiles, etc.).

El último gran cacique mapuche fue un aborigen chileno llamado Calfucurá, quien en 1871, durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento organizó el último “malón grande” que asoló la pampa argentina hasta proximidades de la ciudad de Luján a poco más sesenta kilómetros de la capital porteña.

En 1879, la Campaña al Desierto, llevada a cabo por el ministro de Guerra, general Julio A. Roca terminó con la constante amenaza de los ataques indígenas chilenos sobre las estancias y poblaciones argentinas y garantizó la soberanía nacional sobre las tierras de la Patagonia. Tanto Calfucurá como sus principales “capitanejos” –lugartenientes- terminaron sus días en reservaciones.

Dos años más tarde, en 1881, el Tratado General de Límites entre las Repúblicas de Argentina y Chile, estableció la división jurisdicciones en la Patagonia y estableció los derechos argentinos sobre sus territorios en el Sur.

Los mapuches, conocidos en la zona como “chilotes”, se fueron asimilando gradualmente a las poblaciones cristianas como trabajadores rurales.

A partir de 1997, más de un siglo después de estos acontecimientos, los supuestos descendientes de estos pueblos invasores, usurpadores y depredadores del territorio argentino demandan crear un Estado étnico en la Patagonia, tanto chilena como argentina, con costas sobre el océano Pacífico y Atlántico, alegando que estos territorios constituyen sus “tierras ancestrales” por lo tanto son sagradas.

Más allá de lo disparatado de estas demandas es que, tanto la llamada “Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco Malleco y Weichan Auka Mapu”, en Chile, como la “Resistencia Ancestral Mapuche”, en Argentina, conforman lo que denominan como un “movimiento mapuche anticapitalista”.

Este movimiento mapuche está librando lo que denomina una “guerra de liberación”, tanto contra el “Estado burgués” como contra las empresas forestales y de transporte, las iglesias y la población cristiana.

“Las acciones contra el enemigo –dice uno de sus documentos- deben dejar consecuencias graves en su economía, irreparables y cada vez en mayor escala.”

En esta campaña son apoyados financiera y políticamente por ONG europeas, grupos anarquistas argentinos, chilenos y extranjeros e, especialmente por antiguos terroristas del MIR, Mapu Lautaro, Frente Patriótico Manuel Rodríguez y Montoneros.

Los terroristas mapuches operan indistintamente en territorio chileno o argentino. No reconocen la soberanía, ni la legalidad de ninguno de los dos Estados. Tan sólo aprovechan en su beneficio la separación de jurisdicciones para dificultar el accionar de las agencias de aplicación de la ley a uno y otro lado de la cordillera de los Andes.

Recientemente, Carabineros de Chile interceptó chats entre dirigentes mapuches detenido por actividades terroristas. En los mismos se hacía referencia a un embarque de armas proveniente de Argentina que los insurgentes esperaban recibir para emplearlas en sus ataques en la zona de la Araucanía.

El embarque comprendía 6 escopetas, 10 revólveres, 12 pistolas, 2 fusiles, 250 cartuchos de escopeta, 550 proyectiles calibre 38 y 84 proyectiles calibre 9 mm.

Por otra parte, he tenido acceso a un manual publicado por la Coordinadora Arauco Malleco titulado “Kutralwe. Herramientas para la lucha. Informativo para la Defensa, Resistencia y Rekuperación.”

El texto, de 278 páginas, profusamente ilustrado, está redactado en un lenguaje muy elaborado, por momentos casi académico. La portada incluye –sin citarlo- un conocido párrafo del libro “El Arte de la Guerra”, del estratega chino Sun Tzu, escrito en el siglo VI antes de Cristo.

El Kutealwe constituye un manual para llevar a cabo la resistencia civil y la lucha armada de los mapuches. Aunque la CAM y la RAM niegan toda vinculación con las ideologías marxista y anarquista, la terminología empleada por los redactores del manual muestra la influencia del marxismo y la sociología francesa, en especial de autores como Michael Foucault y Pierre Bordieu.

La influencia del marxismo también se aprecia en el análisis de las condiciones de “la lucha” que llevan adelante los mapuches donde admite que está inspirada en “Entender y analizar los procesos de liberación que han desarrollado otros pueblos” (pág. 34) y que pretende culminar en “un levantamiento mapuche generalizado” (pág. 35).

Más adelante, el texto reconoce que los mapuches pretenden apoderarse “de las facultades que entrega la legalidad y la ilegalidad a la vez, para que un buen ataque contenga una buena defensa en caso de necesitarlo, todo apuntando hacia el mismo enemigo que es el capitalismo devastador de la tierra…” (pág. 34).

También es importante destacar el rol que la insurgencia mapuche asigna a las protestas callejeras en las ciudades. Así leemos en la página 35: “No cabe duda que las manifestaciones en las ciudades ayudan a visibilizar el tema de la represión y las problemáticas que se viven en las comunidades, sirven para respaldar simbólica y políticamente los procesos que se viven en los territorios de convertir un conflicto local en un problema país, ayudan a romper el cerco mediático, a canalizar redes de apoyo, a articular solidaridad y difusión del conflicto. Pero hay que aumentar los niveles de organización para la lucha y con ello los niveles de impacto. Se ha demostrado en varias ocasiones que las movilizaciones cívicas no sirven para reconquistar derechos territoriales obtenidos en el pasado (tratados históricos) ni tampoco para expulsar a los empresarios y sus inversiones definitivamente de los territorios en conflicto. Hay que luchar desde las trincheras, lugares y formas que nos corresponda luchar, pero entendiendo que hay acciones simples que no tienen repercusión en las políticas del Estado ni en el territorio mismo, donde se barajan los resultados, donde se viven las consecuencias. Las marchas, los actos cívicos o hechos aislados son un acompañamiento al movimiento mapuche en general y que puede servir para circunstancias, para una defensa jurídica o la instalación de una demanda, pero no son determinantes en el proceso territorial mismo.”

El Kutralwe es un curioso documento que contiene temas ideológicos, planes estratégicos sobre la guerra de liberación mapuche y también tácticas e instrucciones para llevar a cabo el accionar terrorista sin ser detectado por las autoridades. Estas comprenden incluso consejos para evitar las intervenciones –o “pinchaduras”- en teléfonos celulares, manejo de redes sociales, etc.

Por lo que puede apreciarse, existen elementos y pruebas suficientes que tanto por su accionar como por los propósitos sediciosos que exponen en sus comunidades, documentos internos y declaraciones públicas para que el movimiento mapuche en su conjunto: Coordinadora Arauco Malleco y Resistencia Ancestral Mapuche, sea considerado un grupo terrorista, se lo declare ilegal y se abran las acciones legales contra sus miembros.

La insurgencia mapuche debe ser combatida por medio de la ley evitando los crímenes y errores de la lucha antiterrorista, en el siglo pasado, tanto en Argentina como en Chile. Solo en esta forma se evitaran nuevas tragedias humanas como la que envuelve al caso de Santiago Maldonado.

Al mismo tiempo, combatir a un grupo terrorista que opera simultáneamente en dos países requiere de una íntima coordinación de las políticas y procedimientos de seguridad entre ambos Estados, porque el problema del separatismo mapuche es más grave de lo que las autoridades se atreven a reconocer.





  

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