Aldrich Hazen Ames murió el 5 de
enero de 2026 en una prisión federal estadounidense, a los 84 años. Con él
desaparece el protagonista del episodio más devastador de espionaje interno
en la historia de Estados Unidos, un hombre que, desde el corazón del
contraespionaje de la CIA, entregó a Moscú —primero soviético, luego ruso— la
identidad de casi todos los agentes que Washington había logrado infiltrar tras
el Telón de Acero.
Contenido:
El
fallecimiento de Aldrich Ames cierra una biografía marcada por la traición,
pero no clausura la magnitud del daño que provocó ni el debate sobre las fallas
estructurales de la inteligencia estadounidense que hicieron posible su
impunidad durante casi una década.
Ames
no fue un espía movido por la ideología ni por una causa histórica. No creyó en
el comunismo ni en la URSS. Fue, más bien, el producto de una mezcla
corrosiva de resentimiento profesional, alcoholismo, ambición material y
debilidad institucional. Su traición no fue épica ni romántica: fue
contable. Vendió secretos para pagar deudas, sostener un estilo de vida y
preservar una relación sentimental que sentía amenazada por su mediocridad
económica.
Un
funcionario gris con acceso letal
Hijo
de un analista de la CIA, Ames ingresó en la Agencia en 1962. Su carrera nunca
fue brillante. Acumuló sanciones informales, errores de seguridad y
evaluaciones tibias. Bebía en exceso, era descuidado con documentos
clasificados y mostraba una alarmante falta de disciplina. Sin embargo,
ascendió. No por talento excepcional, sino por la lógica burocrática de una
institución que premiaba la permanencia y confiaba en sus propios rituales de
control.
Ese
ascenso lo condujo a un puesto decisivo: jefe de la rama soviética del área
de contrainteligencia, un cargo que le otorgaba acceso casi ilimitado a las
identidades reales de los agentes soviéticos reclutados por Estados Unidos, a
informes compartidos con servicios aliados y a evaluaciones estratégicas
destinadas a los más altos niveles del poder político. Desde ese escritorio
anodino, Ames pudo causar un daño que ningún espía extranjero había logrado
jamás.
El
derrumbe íntimo
Mientras
su carrera se estancaba, su vida personal se desmoronaba. Casado desde 1969 con
Nancy Segebarth, también agente de la CIA, Ames acumulaba fracasos conyugales,
infidelidades y un alcoholismo cada vez menos disimulado. El punto de inflexión
llegó en México, a comienzos de los años ochenta, cuando conoció a María del
Rosario Casas Dupuy, agregada cultural colombiana al servicio de la CIA,
formada en el mundo académico y proveniente de una familia de prestigio
intelectual y social.
El
romance se convirtió en dependencia. El divorcio, el nuevo matrimonio y el
intento de sostener un nivel de vida acorde al entorno social de su esposa lo
empujaron a un abismo financiero. Deudas, tarjetas de crédito y pensiones
alimenticias configuraron el escenario perfecto para la racionalización de la
traición. Ames llegó a convencerse de que vender secretos era una salida
transitoria, controlable, casi inocua.
El
día que cruzó el umbral
El
16 de abril de 1985, tras beber para darse valor, Ames entró en la embajada
soviética en Washington. Llevaba un sobre con nombres, documentos y pruebas de
su acceso. Pidió 50.000 dólares. Lo que entregó, sin embargo, no eran rumores
ni confirmaciones marginales, sino activos humanos reales, operativos y
desconocidos para el KGB.
Aquel
gesto desencadenó una purga inmediata. Moscú comprendió que tenía ante sí a una
joya estratégica. Ames pasó de ser un funcionario desesperado a convertirse en el
activo más valioso del espionaje soviético dentro de la CIA, una fuente
permanente y disciplinada que seguiría operando incluso después de la
disolución de la URSS.
La
devastación silenciosa
Entre
1985 y 1993, Ames entregó información que comprometió más de cien
operaciones de inteligencia. Reveló nombres, métodos, prioridades y
evaluaciones. Al menos diez agentes soviéticos que colaboraban con Estados
Unidos fueron ejecutados, entre ellos figuras de valor histórico como el
general Dmitri Poliakov. Otros fueron encarcelados, neutralizados o forzados a
colaborar con Moscú.
El
golpe fue total. La CIA perdió prácticamente toda su red humana en la Unión
Soviética en el momento más delicado del final de la Guerra Fría. Durante años,
Washington no supo qué ocurría en el Kremlin y, peor aún, tomó decisiones
estratégicas basadas en información manipulada por el propio Ames, que alimentó
campañas de desinformación soviética destinadas a exagerar capacidades
militares y confundir a la Casa Blanca.
Presidentes
como Ronald Reagan y George H. W. Bush fueron engañados sistemáticamente. La
inteligencia estadounidense no solo fue cegada: fue utilizada en su contra.
El
dinero como huella
Ames
no fue cuidadoso con el botín. Compró una casa de más de medio millón de
dólares al contado, condujo Jaguars sucesivos, pagó trajes a medida y sostuvo
gastos que superaban ampliamente su salario oficial, que no llegaba a los
70.000 dólares anuales. La CIA aceptó explicaciones absurdas, como herencias
inexistentes, y falló en aplicar controles financieros elementales.
La
búsqueda del topo se desvió durante años hacia hipótesis técnicas o externas.
La posibilidad de que el traidor estuviera sentado en la cúpula del
contraespionaje resultaba psicológicamente inaceptable para la institución.
El
FBI entra en escena
Fue
el FBI quien finalmente tomó el control de la investigación. A comienzos de los
años noventa, el Buró infiltró personal en Langley y sometió a Ames a
vigilancia constante. Documentó sus métodos de contacto con los rusos —señales
de tiza, puntos muertos, encuentros en el extranjero— y desmontó su coartada
financiera.
El
21 de febrero de 1994, Ames fue detenido frente a su casa en Arlington cuando
se dirigía a su trabajo. Su esposa fue arrestada junto a él. El escándalo
sacudió a Washington y obligó a una revisión profunda —aunque incompleta— de
los sistemas de control interno de la CIA.
El
último trueque
Ames
evitó la pena de muerte cooperando con la justicia. Confesó, detalló nombres y
operaciones. A cambio, obtuvo una condena menor para su esposa. Él recibió cadena
perpetua sin posibilidad de libertad condicional; ella, una pena limitada y la
posterior deportación a Colombia.
En
prisión, Ames mostró escaso arrepentimiento. Nunca asumió plenamente el costo
humano de su traición. Murió convencido de que el daño había sido exagerado,
aferrado a la idea de que el espionaje es un juego sin víctimas.
Un
legado incómodo
La
muerte de Aldrich Ames no repara nada. Su caso sigue siendo una advertencia
central para las democracias: el mayor riesgo para la seguridad nacional no
siempre proviene del enemigo externo, sino de la combinación de acceso
privilegiado, negligencia institucional y fragilidad moral.
Ames
no fue un genio del espionaje. Fue algo más perturbador: un hombre común,
mediocre y resentido, colocado en una posición extraordinaria. Desde allí, con
una calma burocrática, vació a la CIA desde dentro y dejó una cicatriz que
todavía hoy define los límites de la confianza en los servicios de inteligencia
occidentales.

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