jueves, 8 de enero de 2026

El Plan de Paz de la Administración Trump para Venezuela, una propuesta audaz


 

La Administración del presidente Donald Trump ha presentado ante el mundo una hoja de ruta estratégica para Venezuela tras la captura del presidente Nicolás Maduro y la instauración de un gobierno interino bajo supervisión estadounidense.

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La propuesta, estructurada oficialmente en tres fases —estabilización, recuperación y transición política—, apunta a consolidar el control de Washington sobre el país caribeño, reorganizar su economía devastada y, finalmente, encaminarlo hacia un sistema democrático. Pero la ambición del plan se enfrenta ya a cuestionamientos prácticos y políticos que ponen en duda su viabilidad y sus efectos en la sociedad venezolana.

Una estrategia tripartita con el petróleo como eje

Según declaró el secretario de Estado, Marco Rubio, a principios de enero de 2026, la primera fase consiste en “estabilizar” Venezuela para evitar que el vacío de poder tras la captura de Maduro lleve al país al caos social y económico. El control del sector petrolero —el corazón de la economía venezolana— es el instrumento central de esta etapa: Washington ha incautado decenas de millones de barriles de crudo retenidos y planea venderlos en los mercados internacionales bajo su supervisión, manteniendo los ingresos en cuentas controladas por Estados Unidos para “beneficio del pueblo venezolano” y no de funcionarios corruptos o de grupos armados.

La segunda fase, denominada recuperación, supone atraer inversión extranjera —especialmente de empresas estadounidenses y occidentales— para rehabilitar infraestructura crítica, reconstruir servicios básicos y reinsertar a Venezuela en la economía global. Paralelamente, Rubio ha señalado que se comenzaría un proceso de reconciliación interna, que podría incluir amnistías y la liberación de presos políticos, algo que ha comenzado en el día de hoy, y el retorno de exiliados.

La última etapa, la transición política, sería el momento en que se transferiría gradualmente la autoridad a actores venezolanos mediante un proceso que todavía no ha sido detallado de manera pública. Esta fase pretende culminar con elecciones democráticas y con un sistema de gobierno legítimo reconocido internacionalmente.

Rubio ha señalado que algunas actividades económicas y políticas de la segunda y tercera fase podrían solaparse temporalmente, dejando abierta la posibilidad de que las transiciones no sean estrictamente secuenciales sino, en cierta medida, simultáneas.

¿Un plan realista o un armazón sin base local?

La implementación práctica de esta estrategia enfrenta obstáculos profundos. En primer lugar, aunque el gobierno interino de Delcy Rodríguez ha mostrado una aparente cooperación con Washington, figuras de la cúpula chavista que aún detentan poder real dentro del aparato militar e institucional venezolano podrían rechazar categóricamente la entrega de control político y económico. Rodríguez misma ha negado que Venezuela sea colonia y ha exigido la liberación de Maduro, al tiempo que el chavismo moviliza estructuras de poder residual en Caracas.

Además, varios de los altos jerarcas chavistas siguen requeridos por la justicia estadounidense por cargos relacionados con narcotráfico y terrorismo, un factor que complica cualquier negociación de cara a su participación en un proceso de transición que, por definición, exige ciertas garantías de legitimidad e inclusión. La reticencia de estos actores a aceptar un plan sujetado a condiciones judiciales estrictas y a la supervisión de Estados Unidos podría estancar la agenda antes de que se consolide.

Desde el punto de vista económico, la idea de controlar indefinidamente las exportaciones petroleras venezolanas ha sido criticada como una forma de neo-protectorado económico que podría generar rechazo popular y resistencia tanto dentro como fuera de los sectores tradicionales. Expertos advierten que el proceso de reconstrucción de la industria petrolera —de infraestructura colapsada y con capacidad de producción reducida drásticamente— demandará inversiones a largo plazo, no solo gestión administrativa.

Una oposición dividida ante el control estadounidense

La reacción de la oposición venezolana no ha sido monolítica. Sectores importantes, incluyendo figuras prominentes que han abogado por elecciones libres y supervisadas internacionalmente, han expresado cautela ante un plan que —aunque promete democracia— mantiene al chavismo en el poder durante un tiempo indefinido y con influencia decisiva de actores externos. Algunos líderes opositores han advertido que un proceso supervisado desde Washington podría ser percibido como una sustitución de una hegemonía por otra, más que como un retorno genuino de soberanía al pueblo venezolano.

Organizaciones opositoras han señalado también que el tiempo político de Venezuela no puede estar sujeto estrictamente a los ritmos de la Casa Blanca y que la expectativa de elecciones y de normalización debe ser gestionada desde adentro del país, no impuesta desde el exterior. Este escepticismo pone en entredicho la tercera fase del plan: sin respaldo doméstico amplio, cualquier intento de transición podría fracasar o, en el peor de los casos, reavivar tensiones que desemboquen en violencia.

Conclusión: ¿transición, ocupación o transición bajo tutela?

El plan de tres fases de la Administración Trump representa un enfoque audaz y profundamente intervencionista que busca combinar estabilidad económica, reforma institucional y transición política en Venezuela. Sin embargo, la falta de detalles operativos, la resistencia de sectores chavistas con poder de facto, las ambigüedades sobre la secuencia de fases y el escepticismo de la oposición venezolana plantean serias dudas sobre su implementación exitosa.

Más allá de la retórica de apoyo democrático, el desafío central será responder a una pregunta crucial: ¿puede Estados Unidos diseñar una salida que devuelva el protagonismo al pueblo venezolano sin reproducir dinámicas de dominación externa? La respuesta a esa pregunta marcará no solo el destino inmediato de Venezuela, sino también el legado histórico del plan que hoy se debate en Washington y Caracas.

 

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