miércoles, 7 de enero de 2026

El Helicoide, la sombra de la Lubianka stalinista en Sudamérica

 

El régimen dictatorial y represivo del chavismo en Venezuela ha hecho de las violaciones a los derechos humanos algo habitual. Ahora hacer justicia a las víctimas y sancionar a los responsables de la tortura se presenta como uno de los dilemas centrales de la justicia en una transición democrática

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“…y la noche no termina en los pasillos”, escribía un sobreviviente de El Helicoide, la siniestra sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) en Caracas. Para cientos de opositores, periodistas y defensores de derechos humanos, esa frase no es metáfora: es la arquitectura —física y psicológica— de un régimen que ha convertido la tortura en herramienta de dominación política.

Desde las protestas masivas de 2014, 2017 y hasta las más recientes, las fuerzas de seguridad del Estado venezolano han practicado violaciones sistemáticas de derechos humanos contra quienes disienten del gobierno bolivariano. La evidencia acumulada por organizaciones internacionales, la ONU y ONG’s es abundante: detenciones arbitrarias, torturas físicas y psicológicas, violencia sexual, incomunicación forzada y tratos degradantes han sido documentados con rigor.

El Helicoide: de mall futurista a centro de tortura política

El Helicoide, un edificio de curvas futuristas construido en los años 60, devino con el chavismo en uno de los centros de detención política más temidos de América Latina. Hoy funciona bajo control del SEBIN y es referido por víctimas, abogados y activistas como el principal centro de tortura de Venezuela.

Allí han sido recluidos, aislados y maltratados opositores prominentes como Freddy Superlano, coordinador de Voluntad Popular, y el periodista Roland Carreño, sometidos a incomunicación durante largos períodos sin acceso a defensa legal ni transparencia judicial.

Los testimonios recopilados por ONG’s y la propia ONU consignan métodos de tortura que incluyen golpes, descargas eléctricas, asfixia con bolsas de plástico, posiciones de estrés prolongadas y violencia sexual, así como la negación de atención médica y contacto con el exterior.

Este patrón estructural de tortura —planificado, sistemático y con múltiples casos documentados en décadas— recuerda, en su función política y su construcción de terror, a lugares emblemáticos de represión ideológica del pasado, como la Lubianka en tiempos de Iósif Stalin en la desaparecida Unión Soviética. Como aquella sede del NKVD-KGB, El Helicoide ha sido un espacio donde el Estado neutraliza la disidencia no simplemente por medio del encarcelamiento, sino mediante la degradación del cuerpo y la mente del opositor.

La evidencia internacional

Informes de la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU han concluido que las acciones del Estado venezolano constituyen crímenes contra la humanidad, destacando el papel de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), el SEBIN y la Dirección de Contrainteligencia Militar (DGCIM) en una estrategia coordinada de persecución política desde al menos 2014.

La represión no ha sido accidental ni aislada: los mecanismos del Estado venezolano han sido utilizados para intimidar, castigar y neutralizar la crítica política. Según Amnistía Internacional, cientos de defensores de derechos humanos, como Javier Tarazona, Rocío San Miguel, Carlos Julio Rojas y Kennedy Tejeda, han sido detenidos arbitrariamente y mantenidos en El Helicoide con violaciones claras al debido proceso.

La gravedad de estos hechos ha suscitado la apertura de una investigación penal ante la Corte Penal Internacional (CPI) desde 2021 por presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en Venezuela, aunque la cooperación del régimen ha sido mínima y ha dificultado avances sustanciales.

Los nombres detrás de la represión

Los mecanismos de represión del chavismo no han operado en el vacío. La comunidad internacional ha identificado a varios funcionares y miembros de las fuerzas de seguridad como responsables de violaciones graves de derechos humanos:

  • Alexander Granko Arteaga, coronel y jefe de la unidad de Asuntos Especiales de la DGCIM, ha sido señalado por múltiples informes de la ONU por su papel en torturas, ejecuciones extrajudiciales y maltratos dentro de las celdas de la DGCIM. Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Reino Unido le han impuesto sanciones personales.
  • Bladimir Lugo Armas, brigadier general de la Guardia Nacional Bolivariana, ha sido objeto de sanciones por su implicación en abusos contra periodistas, políticos y civiles opositores, incluidos arrestos arbitrarios y violencia física directa.
  • Altos mandos del SEBIN y DGCIM han sido incluidos en amplios paquetes de sanciones internacionales por su papel central en la represión —incluyendo miembros del aparato de inteligencia y cadenas de mando vinculadas directamente con Maduro— aunque Venezuela sigue resistiendo cualquier responsabilidad doméstica por estos crímenes.

Hasta la fecha no hay constancia pública de notificaciones rojas oficiales de Interpol emitidas contra altos cargos chavistas por crímenes de derechos humanos, dado que las notificaciones rojas se gestionan sobre la base de solicitudes de países o tribunales concretos y en virtud de delitos comunes —no exclusivos de derechos humanos— y su publicación es restringida a las fuerzas de seguridad.

Un caso colateral y polémico ha sido la solicitud del propio régimen chavista para que Interpol emita una notificación roja contra el líder opositor Leopoldo López, quien vive en España y es acusado por Caracas de “traición y conspiración”. Dicha petición fue anunciada por la Fiscalía venezolana, pero Interpol no ha confirmado su publicación, y organizaciones de derechos humanos han advertido sobre el uso político de estos mecanismos.

La trampa de la justicia: ¿castigo o reconciliación?

La cuestión de castigar a los responsables de torturas y crímenes de lesa humanidad en Venezuela plantea un dilema clásico de las transiciones desde regímenes represivos: ¿cómo equilibrar justicia con estabilidad política?

Por un lado, la rendición de cuentas es esencial para romper con la cultura de impunidad que ha permitido que las torturas sistemáticas sean parte de la política estatal. La impunidad no solo perpetúa el sufrimiento de las víctimas, sino que normaliza la violencia como instrumento político y socava las bases de una sociedad democrática. La Corte Penal Internacional, a pesar de obstáculos como la falta de cooperación estatal, sigue siendo un foro clave para documentar, procesar y eventualmente condenar a quienes han cometido crímenes atroces contra la población civil.

Sin embargo, la búsqueda de justicia internacional puede tensar aún más la delicada transición en Venezuela. El gobierno de Maduro ha utilizado reiteradamente las amenazas de enjuiciamiento y sanciones internacionales como herramientas de legitimación interna, presentando a Venezuela como víctima de lo que denomina “injerencia extranjera”. En este contexto, un proceso de justicia penal internacional puede ser instrumentalizado por sectores del régimen como un pretexto para reforzar narrativas de victimización, polarizar aún más la sociedad o justificar una represión adicional en nombre de la “soberanía nacional”.

Además, sin una clara separación de poderes ni un sistema judicial independiente, la persecución selectiva de figuras políticas —aunque sean responsables de graves abusos— corre el riesgo de ser percibida por amplios sectores como justicia victoriosa, no justicia legítima. Este riesgo es especialmente elevado en un país donde las instituciones han sido funcionales al proyecto político hegemónico del chavismo durante más de dos décadas.

El largo camino hacia la democracia

En Venezuela, la justicia y la democracia están entrelazadas con los debates sobre memoria, verdad y reparación. El registro oficioso de las torturas en El Helicoide y otros centros de detención no solo documenta abusos; también simboliza el desafío de una sociedad que debe procesar un pasado reciente de violencia estatal sin repetirlo.

Desmontar —o incluso reformar— las estructuras de poder que permitieron estos abusos implica, a su vez, promover una cultura de legalidad y respeto por los derechos humanos que hoy brilla por su ausencia. Pero también exige instituciones independientes, mecanismos mixtos de justicia transicional (verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición) y voluntad política, tanto interna como internacional, para acompañar un proceso que vaya más allá de la mera sustitución de nombres en los cargos del poder.

La cuenta regresiva hacia una Venezuela democrática no puede prescindir de la memoria de quienes resistieron en las oscuras galerías del Helicoide, ni de la exigencia de justicia para quienes sufrieron torturas sistemáticas. Pero tampoco puede obviar que, sin un equilibrio estratégico entre justicia y reconciliación, la transición estará condenada a repetir las mismas fracturas que han marcado la historia reciente del país.

El pasado inmediato de tortura y represión en Venezuela es una página de horror. El reto democrático de mañana es escribir, sin repeticiones, las páginas de una justicia verdaderamente universal.

 

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