miércoles, 21 de febrero de 2018

CRISIS DE GOBERNABILIDAD EN ETIOPÍA


Mapa de Etiopía con sus divisiones administrativas

Después de Zimbabue, República Democrática del Congo y Sudáfrica, la inestabilidad política generada por la corrupción y los conflictos tribales están afectando ahora a Etiopía y han provocado la renuncia del primer ministro.

PERFIL GEOPOLÍTICO DEL PAÍS

Etiopía es un país sin salida al mar situado en el llamado Cuerno de África. Con un territorio de 1.104.300 Km², que lo convierte en el vigésimo séptimo país en extensión del mundo, aunque vastas áreas de este son áridas y poco aptas para la vida humana.

Ese territorio se encuentra habitado por algo más de noventa y un millones de personas. Pero sólo el 42,7% de la población está alfabetizada y la tasa de hijos por mujer es de 4,3. Como ocurre con otros países africanos el virus del HIV-SIDA afecta al 1,25% de la población. Cabe destacar que Etiopía solo cuenta con 1.500 médicos para asistir a la totalidad de su población.

Etiopía es el único entre los 54 países africanos que nunca ha sido colonizado. Escapó al llamado “reparto de África” generado por la “Conferencia de Berlín” de 1884.
Solo sufrió una breve ocupación italiana entre 1936 y 1941, cuando los fascistas de Benito Mussolini conquistaron a sangre y fuego al país.

Compite con Egipto por el título de sociedad independiente más antigua del continente. Sus orígenes como nación se remontan al Reino de Aksum que ya controlaba esa región en el siglo II a. C. Aunque el nombre “Etiopía” (en hebreo Kush) se menciona en la Biblia varias veces, y es de alguna manera considerado un lugar sagrado.

Es también la segunda nación más antigua del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial después de Armenia. Esto ocurrió en el siglo IV, hasta entonces la religión oficial del reino era el judaísmo. Hoy, las diversas versiones del cristianismo comprenden al 61,6% de los etíopes, el islam al 32,8% y las creencias animistas al 5,6%.

RESISTIENDO AL COLONIALISMO

Los italianos penetraron en el Cuerno de África, en 1869, directamente después de la apertura del Canal de Suez. La empresa italiana de navegación Rubattin compró la Bahía de Asab a unos jefecillos locales a los efectos de construir un puerto de servicios para su flota comercial. El 10 de marzo de 1882, el gobierno italiano adquirió la tierra de Asab a la empresa italiana y comenzó la expansión territorial en la región. Poco a poco, a pesar de las protestas etíopes, las fuerzas italianas fueron ocupando la totalidad de la costa hasta conquistar la ciudad portuaria de Massawael, el 5 de febrero de 1885.

El 1° de enero de 1890, el Reino de Italia proclamó a ese territorio como “Colonia Italiana de Eritrea”, que constituyó la primera posición colonial italiana en África.

El 5 de marzo de 1889, Menelik II, rey de Shewa, se proclamó Emperador de Etiopía, después de haber conquistado las regiones de Tigray y Ambara.

En diciembre de 1894, Bahta Hagos lideró una rebelión contra los italianos en Akkele Guzay, solicitando el apoyo de las fuerzas del caudillo tigray Mengesha Yohannes. Sin embargo, tropas del ejército italiano al mando del coronel Pietro Toselli aplastaron la rebelión y mataron a Hagos.

El 7 de diciembre de 1895, tropas etíopes atacaron las posiciones italianas, obligando a su ejército a replegarse a Eritrea. El 20 de diciembre capturaron la fortaleza de Maquela, aunque permitieron a la guarnición italiana retirarse con sus armas y pertrechos.

El 1 de marzo de 1896, el ejército italiano concentró casi la mitad de las fuerzas que tenía desplegadas en territorio africano, en la zona montañosa de Adua (o Adowa), con el propósito de sorprender al ejército etíope. Las fuerzas italianas estaban compuestas por cuatro brigadas, con un total aproximado de 15.000 soldados, cincuenta y seis piezas de artillería y alrededor de cinco mil áscaris eritreos que actuaban como portadores y tropas auxiliares. El ejército etíope al mando del Emperador Melenik, por su parte contaba aproximadamente con 120.000 hombres, entre infantería y caballería, con un número indeterminado de cañones, de distinto calibre y con escaso parque.

El general Baratieri había previsto un ataque temprano en la mañana, con la esperanza de sorprender a un enemigo dormido y poco preparado. Sin embargo, los etíopes conocían las intenciones de los italianos, adelantaron sus oficios religiosos y fueron ellos quienes sorprendieron a los italianos con un violento contraataque. El resultado fue una amplia victoria de las tropas etíopes al mando de Menelik, lo cual se explica principalmente por la desproporción numérica de las fuerzas beligerantes que no pudo nivelar el superior adiestramiento, armamento y logística de que disponían los italianos.

Las pérdidas italianas alcanzaron aproximadamente a 6.000 muertos y desaparecidos, y cerca de cuatro mil prisioneros. Además, 1.200 áscaris eritreos resultaron muertos. Los etíopes, por su parte, habrían sufrido alrededor de diez mil bajas, entre muertos y heridos. 

Los italianos capturados fueron tratados como prisioneros de guerra, pero a los ochocientos áscaris eritreos que apresaron los etíopes fueron considerados como traidores. En consecuencia, los castigaron amputándoles la mano derecha y el pie izquierdo.

Luego de su victoria, Menelik se retiró ordenadamente a Addis Abeba, confiando en que el resultado de la batalla resultara decisivo, y la derrota italiana precipitara el fin de la guerra. 

La derrota sufrida por las fuerzas italianas en la batalla de Adua era el mayor revés de una fuerza colonial europea hasta el Desastre de Annual, donde un ejército español de 13.000 hombres fue aniquilado por los rifeños marroquíes comandados por el caudillo Abd el-Krim, el 22 de julio de 1921.

Por medio del tratado de Addis Abeba, en octubre de 1896, Menelik había garantizado la delimitación estricta de las fronteras con Eritrea y obligado a Italia reconocer la soberanía e independencia de Etiopía. 

LA AGRESIÓN FASCISTA

Desde su llegada al poder, tras la Marcha sobre Roma, de 1923, el “Duce” Benito Mussolini había apelado a la invocación de la liturgia romana y planteado la creación de un Imperio Italiano en las costas del mar Mediterráneo. El problema era que hasta entonces el Mediterráneo era una parte importante en las esferas de influencia de Francia y el Reino Unido. Para no confrontar directamente con esas potencias, Mussolini enfocó su vista en Etiopía, en ese momento situada entre las colonias de la Eritrea Italiana y la Somalia Italiana.

Mussolini creía que una corta campaña militar exitosa en África, frente a un rival débil, elevaría la moral de su Ejército y aumentaría el prestigio internacional del régimen fascista. Por otra, parte estaban los intereses comerciales italianos y la posibilidad de enviar la población italiana excedente como colonos a ese continente reduciendo el nivel de desempleo en la metrópoli.

El rearme alemán y su propaganda expansionista sobre Europa Oriental decidió al dictador italiano a llevar a cabo su propio programa armamentista incrementando el tamaño de las fuerzas armadas italianas. Las guarniciones italianas en Eritrea y Somalia se reforzaron notablemente.

Los fascistas italianos comenzaron lentamente a ocupar territorio etíope. El emperador Haile Selassie, que había ascendido al trono en 1934, se dirigió al Reino Unido en búsqueda de apoyo contra la inminente agresión italiana. Pero, tanto el Reino Unido como Francia estaban involucrados en una “política de apaciguamiento” frente a las Potencias del Eje y no querían arriesgarse a una nueva guerra en Europa por defender a una nación africana. Además, como países colonialistas, no veían con desagrado que Italia satisficiera sus apetencias expansionistas incorporando territorios fuera de Europa. En este sentido, Etiopía no fue más que un precedente de lo que, en 1938, ocurriría con Checoslovaquia.

El 4 diciembre de 1934, tropas etíopes e italianas se enfrentaron en duros combates, en el oasis de Walwal, próximo a la frontera común. Murieron ciento cincuenta etíopes y cincuenta italianos. Ambos países aceptaron recurrir al arbitraje de la Sociedad de las Naciones, que salomónicamente exoneró de responsabilidades a ambos países por el incidente.

Entre el 11 y el 14 de abril de 1935, el primer ministro británico Ramsay Mac Donald, ministro de Asuntos Exteriores francés Pierre Laval y Benito Mussolini, se reunieron en la localidad italiana de Stresa para reafirmar la vigencia de los Tratados de Locarno, apoyar la independencia de Austria y proclamar la necesidad de que Alemania respetara el Tratado de Versalles.

Mussolini interpretó que el interés de Francia y el Reino Unido por mantener el statu quo y la paz en Europa le dejaba las manos libres en Etiopía. Inmediatamente comenzó una intensa campaña propagandística para preparar al pueblo italiano y a la opinión pública internacional para una guerra en África. Los economistas italianos comenzaron a presentar a Etiopía como un país rebosante de materias primas y un floreciente mercado para los productos italianos. En mayo de 1935, Italia proclamó su intención de dominar la región y de recurrir a la guerra, si era necesario, para conseguirlo.

Mientras tanto el emperador Haile Selassie comenzó a reclutar un ejército, llegando a crear una fuerza de medio millón de hombres. No obstante, las tropas etíopes estaban precariamente armadas. Su armamento principal era tan solo fusiles de diverso calibre, algunos de ellos de un avancarga y de un solo tiro por vez, algunos guerreros incluso solo portaban sus escudos y lanzas. Carecían de artillería y ametralladoras pesadas y por todo apoyo aéreo disponían de una docena de aviones de la Primera Guerra Mundial piloteados por mercenarios. Incluso carecían de un mando unificado y eran más bien una milicia tribal que combatía según las ordenes de sus varios jefes. Incluso su sistema de comunicaciones dependía de mensajeros a pie pues carecían de aparatos de radio, por lo cual resultaba muy fácil a los italianos dejar incomunicados a los destacamentos etíopes.

El 3 de octubre de 1935, cien mil soldados italianos comandados por el mariscal Emilio De Bono atacaron a Etiopía desde Eritrea sin declaración previa de guerra. Al mismo tiempo una fuerza menor comandada por el general Rodolfo Graziani atacó desde Somalia.

La Sociedad de las Naciones, condenó a Italia como país agresor, el 11 de octubre de 1935, y le impuso numerosas sanciones económicas, pero estas incluían el embargo de productos que no eran de primera necesidad para la industria italiana: el mineral de hierro y el petróleo no estaban consideradas en dicha lista, y por ello empresas de Estados Unidos (que no era un país miembros de la Sociedad de las Naciones), el Reino Unido, Francia y Alemania no respetaron las sanciones.

Al mismo tiempo, los británicos aseguraron al gobierno fascista que no llevarían a cabo ninguna intervención en Etiopía.

Exasperado por el lento y precavido avance del general De Bono, Mussolini lo reemplazó por el general Pietro Badoglio. Las fuerzas etíopes lanzaron un contrataque en diciembre de 1935, pero su ejército rudimentariamente armado, no pudo hacer mucho frente a los invasores, aunque logró detener su avance durante varias semanas. Pero, pronto los italianos hicieron pesar su mejor armamento: artillería de campaña, vehículos blindados y aviones modernos, impidiendo a los etíopes explotar sus éxitos iniciales. Los italianos incluso violaron la Convención de Ginebra empleando gas mostaza contra la población civil y los combatientes. Los etíopes carecían del más mínimo equipamiento contra armas químicas e incluso su vestimenta dejaba expuesta gran parte de su cuerpo. Los italianos incluso abrieron fuego sobre ambulancias y puestos de la Cruz Roja Internacional.

El 29 de marzo de 1936, Graziani bombardeó la ciudad de Harar y dos días después los italianos consiguieron una gran victoria en la batalla de Maychew, la cual anuló toda posible resistencia organizada de los etíopes. El emperador Haile Selassie se vio forzado a escapar al exilio, el 2 de mayo, y las fuerzas de Badoglio llegaron a la capital Addis Abeba el 5 de mayo.

Italia anexó oficialmente el territorio de Etiopía, el 7 de mayo de 1936, y el rey italiano Víctor Manuel III fue reclamado emperador. Las provincias de Eritrea, Somalia Italiana y Abisinia (Etiopía) fueron unidas para formar la “Provincia Italiana de África del Este”.
Mussolini retiró su país de la Sociedad de las Naciones, en 1937, y se acercó mucho más a la Alemania Nazi y al Japón.

La ocupación italiana de Etiopia no duró ni siquiera una década. Durante la Campaña de África Oriental, tropas británicas y guerrillas etíopes expulsaron a los italianos de Etiopía. Cinco años más tarde, el 5 de mayo de 1941, y Haile Selassie regreso al poder.

En 1952, la ONU aprobó la Federación de Etiopía y Eritrea. Hacia 1974, el régimen de Haile Selassie se enfrentaba a una gran crisis interna. El anciano Emperador era acusado de corrupción, los militares lo responsabilizaban por las derrotas sufridas a manos de guerrilleros independentistas eritreos. Para colmo, una de las periódicas hambrunas provocadas por las sequías, en las provincias de Welo y Tigray, agravó la situación.

La crisis terminó con un golpe de Estado protagonizado por oficiales de baja graduación del Ejército, apoyado por grupos de izquierda. El Emperador fue derrocado y sus bienes expropiados. En su reemplazo asumió el gobierno una junta militar conocida como “Derg”.

En 1977, asumió el control de la Derg, el coronel Menghistu Haile Mariam quien instauró un gobierno de inspiración soviética y convirtió al país en “República Democrática Popular de Etiopía”.

En 1984, el país sufre una atroz hambruna que termina con la vida de millones de personas por inanición. Finalmente, cuando desaparece la URSS, en 1991, también desaparece la República Democrática Popular de Etiopía. Las tropas del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope derrotan a Menghistu y su líder Meles Zenawi es proclamado presidente del país.

Entre 1997 y 2l año 2000 se produce una cruenta guerra civil que culmina con la secesión de Eritrea y, bajo el patrocinio de la ONU y la Unión Africana se obtuvo la paz.

EL SISTEMA INSTITUCIONAL

El actual sistema político etíope fue establecido por la Constitución del 22 de agosto de 1995. Se basa en el sistema parlamentario. El gobierno efectivo reposa en la “Cámara de Representantes del Pueblo”, compuesta por 549 diputados electos por sufragio universal directo cada cinco años. Ésta designa al presidente y al Primer Ministro y tiene competencia en materia legislativa, fiscal y presupuestaria.

El regionalismo está representado por la “Cámara de la Federación” integrada por 108 miembros elegidos por sufragio universal indirecto. Son los representantes de los intereses de las regiones que ejercen el control constitucional.

El Poder Ejecutivo es dual. Por un lado, está el presidente de la República. En una función casi honorífica. El presidente es elegido cada seis años y no ejerce ningún poder real.
El gobierno efectivo está en manos del Primer Ministro, también designado por la Cámara de Representantes del Pueblo, su mandato dura cinco años y puede ser reelecto una sola vez.

EL MILAGRO ETÍOPE

A algo más de treinta años de gran hambruna y a veinticinco del fin del régimen prosoviético, Etiopía se ha convertido en uno de los países africanos que más inversiones internacionales atrae. El país es considerado un aliado estratégico fiable de Occidente en la región. Estados Unidos posee una base militar en el país y aporta medios militares para luchar contra el grupo terrorista yihadista Al Shabab en la vecina Somalia.

El país ha experimentado tasas de crecimiento de dos dígitos en los últimos diez años. Un buen número de etíopes se han convertido en millonarios según consigna un informe de The New World Wealth. Las calles de Addis Abeba vibran por un ruido ensordecedor que producen los martillos neumáticos en manos de obreros, abundan las estructuras de hormigón de nuevos edificios y está en marcha un proyecto de construcción de un ferrocarril electrificado elevado de 34 km a lo largo de las principales arterias de la ciudad.

Todo ello en el contexto de un modelo de desarrollo de “estilo chino” que combina la más absoluta libertad económica, la seguridad para las inversiones extranjeras y el apoyo a los empresarios locales, con un régimen de partido hegemónico (de los 549 diputados electos, tan solo uno pertenece a la oposición) y un rígido control de las actividades políticas opositoras.

Este modelo posterga las mejoras sociales y el asistencialismo a la población hasta tanto se produzca un mayor desarrollo industrial y comercial.

Sin embargo, la expansión urbana y la especulación inmobiliaria ha comenzado a destruir campos de pastoreo y labranza desarraigando a miles de agricultores que han protagonizado desde noviembre de 2015 violentas protestas callejeras y huelgas.

El gobierno ha respondido como era habitual reprimiendo duramente los incidentes callejeros al costo, en estos años, de casi un millar de muertos y ha encarcelado a veinte mil opositores (incluidos dirigentes políticos de partidos legales, reconocidos periodistas y blogueros), la mayoría de los cuales enfrentaron cargos por terrorismo.

Los más activos en las protestas han sido 150.000 agricultores de la etnia oromo, la más numerosa del país, cuyas tierras serán expropiadas para proyectos urbanísticos de ampliación de la ciudad de Addis Abeba. Los oromo piden respeto a su propiedad, a su identidad y el cese de su marginación y persecución sistemática del gobierno en manos de la etnia Tigray que domina al actual partido gobernante del Frente Democrático Revolucionario Etíope (FDRE), en el poder desde el derrocamiento del régimen izquierdista del coronel Mengistu Haile Mariam en 1991.

Los oromo, en su lucha contra el gobierno, han recibido el apoyo de la etnia guerrera de los amhra, con grandes vínculos en el Ejército, que también se sienten discriminados y relegados por los políticos tigray.

El gobierno declaró el estado de excepción tras diversas protestas en las regiones de Oromia y Amhra, durante el Festival Irrecha (una suerte de días de acción de gracias del pueblo oromo), el 2 de octubre de 2016. Incidentes entre manifestantes y fuerzas policiales durante el desarrollo del Festival arrojaron un saldo de aproximadamente cien manifestantes muertos.

Para terminar con las protestas y alivianar las tensiones, el gobierno liberó desde enero unos mil presos políticos. Entre los liberados figura Bekele Gerba, secretario general del Congreso Federalista Oromo, el periodista y bloguero Eskinder Negga y el vicepresidente del mayor partido de la oposición, la Unidad por la Democracia y la Justicia, Andualem Aragie.

También prometió el cierre de las instalaciones carcelarias de Maekelawi. Inaugurada en los años setenta, el penal de Maekelawi fue denunciado, en 2013, por Human Rights Watch como un centro de torturas. El gobierno ha dicho que construía un “museo” en las citadas instalaciones.

Esto un fue suficiente para los activistas oromo que llamaron a una huelga el 12 de febrero en la que se cerró el comercio y jóvenes armados con palos y piedras bloquearon las carreteras en Oromia para presionar al gobierno para que mantenga su promesa de amnistía total para los presos políticos.

El jueves 15 de febrero, renunció el primer ministro Hailemariam Desalegn, que llevaba casi seis años en el cargo. Desalegn dejó también la presidencia del Frente Democrático Revolucionario Etíope y a la presidencia del Frente de Liberación del Pueblo Tigray, uno de los cuatro partidos que integran la coalición gobernante.

Posteriormente, el ministro de Defensa, Siraj Fegessa, emitió un comunicado anunciando que se establecía nuevamente el estado de emergencia en el país por los siguientes seis meses, que podía ser ampliado por otros cuatro meses.

La renuncia del Primer Ministro no ha descomprimido la situación. Por el momento no ha trascendido quien lo reemplazara en el cargo.

CONCLUSIONES

Más allá de lo formal, Etiopía no es una auténtica democracia sino un régimen autoritario de partido hegemónico. El gobierno se sostiene en base a un régimen policíaco que encarcela a los opositores y ejerce una férrea censura sobre la prensa e internet.

El conflicto actual, más allá de haberse detonado por la corrupción y la especulación inmobiliaria en la expansión edilicia de Addis Abeba asume todas las características de un conflicto tribal por el control del gobierno, y de los privilegios y negocios que este genera, entre las étnicas tigray y los oromo y amhra. Si esto es así, será difícil encontrar un punto de equilibrio entre las distintas tribus que permita estabilizar al país.


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