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Durante
décadas, Europa vivió bajo la convicción de que la guerra entre grandes
potencias había quedado relegada a los libros de historia. La invasión rusa de
Ucrania, en febrero de 2022, quebró ese consenso con una brutalidad que aún hoy
sigue reordenando el tablero estratégico del continente. Tres años después, el
lenguaje empleado en las principales capitales europeas ya no se limita a la
disuasión o a la diplomacia: la palabra “guerra” ha dejado de ser
impronunciable.
Francia,
Alemania, Polonia y el Reino Unido —los pilares militares europeos de la OTAN—
coinciden en un diagnóstico inquietante: Rusia no solo no ha renunciado a una
confrontación más amplia con Occidente, sino que se está preparando para ella.
La pregunta ya no es si Europa debe reforzar su defensa, sino si lo está
haciendo con la rapidez suficiente.
Francia:
prepararse para lo impensable
Francia
ha asumido un rol central en este viraje estratégico. La decisión del
presidente Emmanuel Macron de autorizar la construcción de un nuevo
portaaviones nuclear —el PANG, destinado a convertirse en el mayor buque de
guerra jamás construido en Europa— es tanto un proyecto militar como un mensaje
político: París no renuncia a su condición de potencia estratégica autónoma.
Pero
más reveladoras aún son las medidas que trascienden el ámbito estrictamente
castrense. El Gobierno francés ha ordenado a su sistema sanitario prepararse
para la eventual llegada de miles de heridos militares antes de 2026. Al mismo
tiempo, se ha instado a la población civil a disponer de kits de emergencia,
una recomendación que recuerda a los peores momentos de la Guerra Fría.
Las
palabras de los jefes militares franceses han sido inusualmente explícitas. El
general Fabien Mandon, jefe del Estado Mayor, advirtió ante el Parlamento que
las Fuerzas Armadas deben estar listas para un “choque más violento” con
Rusia en un plazo de tres a cuatro años. Su antecesor, Thierry Burkhard, fue
aún más directo: “La guerra ya está en Europa”, afirmó, al tiempo que
señalaba a Francia como uno de los objetivos prioritarios de Moscú.
Alemania
despierta de su letargo estratégico
Alemania,
tradicionalmente reacia a proyectar poder militar, ha iniciado una
transformación que habría sido impensable hace apenas una década. Berlín avanza
hacia la reintroducción de formas ampliadas de servicio militar voluntario y
hacia la construcción del mayor ejército convencional del continente. Los
servicios de inteligencia alemanes han alertado de que Rusia podría estar en
condiciones de enfrentarse directamente a la OTAN antes de 2029.
El
fondo extraordinario de 100.000 millones de euros para la Bundeswehr marca el
abandono definitivo de la “cultura de contención” que caracterizó a Alemania
tras 1945. La guerra ha regresado al centro de su planificación estratégica.
Polonia:
la frontera como destino
Si
existe un país que se prepara sin ambigüedades para un conflicto armado, ese es
Polonia. Varsovia destina más del 4% de su PIB a defensa y aspira a disponer
del mayor ejército terrestre de Europa. La amenaza rusa no es para los polacos
una hipótesis académica, sino una experiencia histórica recurrente.
La
militarización alcanza dimensiones sociales inéditas: formación en tiro en las
escuelas, entrenamiento paramilitar de empleados públicos y una rápida
expansión de las fuerzas territoriales de reserva. Polonia no solo se arma; se
organiza como una sociedad preparada para resistir.
Sin
embargo, incluso allí surgen voces críticas. Altos mandos retirados advierten
que el verdadero desafío no reside únicamente en el volumen de armamento, sino
en la falta de una estrategia coherente y de una industria de defensa
plenamente autónoma que permita sostener un conflicto prolongado.
El
Reino Unido y el norte de Europa
El
Reino Unido, potencia nuclear y socio clave de Washington, ha reforzado su
cooperación con Francia y los países nórdicos. Finlandia y Suecia,
recientemente incorporadas a la OTAN, mantienen sistemas de defensa territorial
robustos y una cultura de movilización que contrasta con la relajación que
dominó Europa occidental durante años.
En
conjunto, el mapa europeo muestra una tendencia clara: el rearme ya no es una
opción política, sino una necesidad asumida.
Tres
futuros posibles
El
primero, y el más probable, es el de una disuasión tensa. Una Europa
fuertemente armada frente a una Rusia igualmente militarizada, con incidentes
híbridos, provocaciones y una guerra en Ucrania congelada o de baja intensidad.
Un escenario de Guerra Fría sin nombre.
El
segundo contempla una escalada limitada: un incidente en el Báltico, en Polonia
o en el mar Negro que derive en enfrentamientos directos, contenidos pero
peligrosos, entre fuerzas rusas y de la OTAN.
El
tercero, el menos probable pero más devastador, es el de una guerra abierta en
Europa oriental tras un ataque directo contra un país aliado. Un escenario que
nadie desea, pero que condiciona todas las decisiones actuales.
Prepararse
para evitar la guerra
Europa
se enfrenta a una paradoja clásica de la estrategia: cuanto más se prepara para
la guerra, más posibilidades tiene de evitarla; pero cuanto más se arma, mayor
es el riesgo de un error de cálculo fatal. Rusia, por su parte, parece
convencida de que el tiempo no juega a su favor si Europa consolida una
capacidad militar creíble y autónoma.
En
ese delicado equilibrio se decidirá el futuro del continente. Los próximos tres
años no serán un simple compás de espera. Serán, probablemente, el período en
el que Europa determine si logra estabilizar una paz armada o si vuelve a
convertirse, una vez más, en el escenario de una guerra que creía desterrada de
su historia.

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