jueves, 26 de febrero de 2026

India, una potencia que irrumpe desde el espacio Indo-Pacífico


 

La nación más poblada del planeta y quinta economía mundial ha dejado de ser una promesa para convertirse en un actor central del sistema internacional. Entre Washington y Moscú, entre Pekín y el Sur Global, India despliega una diplomacia de autonomía estratégica, expande su influencia comercial y militar y reclama una reforma del orden nacido en 1945.

Una ambición global con raíces propias

 Buenos Aires - En menos de dos décadas, India ha pasado de ser considerada una potencia emergente a consolidarse como uno de los vértices del nuevo tablero multipolar. Con más de 1.400 millones de habitantes y un crecimiento que en los últimos años ha rondado el 7%, el país asiático no solo ha superado al Reino Unido en tamaño económico, sino que aspira a redefinir las reglas del orden internacional.

El primer ministro Narendra Modi ha hecho de esa ambición un eje de su política exterior. “Este no es el momento de la guerra”, dijo en 2022 al referirse al conflicto en Ucrania, una frase que sintetiza la estrategia india: autonomía estratégica, rechazo a la lógica de bloques y reivindicación de un multilateralismo reformado.

Esa visión fue formulada con claridad por el diplomático indio T. S. Tirumurti, exembajador en España, quien defendió la necesidad de un “multilateralismo reformado” que otorgue mayor representación al Sur Global. En su diagnóstico, el sistema internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial no refleja las realidades del siglo XXI y margina a las potencias emergentes.

India, sostiene, que no puede seguir siendo un actor secundario en la gobernanza global cuando es la nación más poblada del mundo y una de las mayores economías.

Comercio exterior: entre Estados Unidos, China y el Golfo

India se ha convertido en un nodo esencial del comercio mundial. Sus principales socios comerciales son Estados Unidos, China y Emiratos Árabes Unidos, seguidos por Arabia Saudí y la Unión Europea.

Estados Unidos se ha consolidado como su primer socio comercial individual, con un intercambio que supera los 190.000 millones de dólares anuales. India exporta servicios tecnológicos, productos farmacéuticos, textiles y manufacturas, mientras importa tecnología avanzada, hidrocarburos y equipamiento militar. El vínculo con Washington ha adquirido una densidad estratégica inédita, impulsada por la rivalidad compartida con China.

Sin embargo, la relación con Pekín es más ambigua. China es uno de los mayores proveedores de bienes intermedios y tecnología industrial para India, pero al mismo tiempo es su principal rival estratégico en Asia. Las tensiones fronterizas en el Himalaya y la competencia por la influencia en el océano Índico y el Sur de Asia coexisten con un comercio bilateral que supera los 130.000 millones de dólares.

En el Golfo, India encuentra no solo proveedores energéticos, sino también socios financieros clave. Millones de trabajadores indios en los Emiratos y Arabia Saudí sostienen un flujo constante de remesas, mientras Nueva Delhi asegura su abastecimiento de petróleo y gas.

BRICS y la diplomacia del Sur Global

India es miembro fundador de los BRICS, foro que comparte con Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, y que en los últimos años ha ampliado su membresía. En la cumbre de Johannesburgo de 2018, Modi planteó por primera vez la idea de un orden multilateral reformado, más representativo y menos dominado por las potencias.

Durante su presidencia del G20 en 2023, India impulsó la incorporación de la Unión Africana como miembro permanente, un gesto que buscó reforzar su liderazgo entre los países en desarrollo. Nueva Delhi organizó además la Cumbre de la Voz del Sur Global, con la participación de más de un centenar de países, para trasladar sus demandas al foro de las grandes economías.

En el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde ocupó un asiento no permanente entre 2021 y 2022, India defendió la reforma del órgano y la ampliación de sus miembros permanentes. “Se acabaron los días en que un pequeño grupo de países decidía lo que el mundo debía hacer”, subrayó Tirumurti.

El músculo militar e industrial

La autonomía estratégica no significa aislamiento. India participa activamente en el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad) junto a Estados Unidos, Japón y Australia, un mecanismo concebido para contrapesar la expansión china en el Indo-Pacífico. También mantiene una histórica cooperación militar con Rusia, principal proveedor de armamento durante décadas, aunque en los últimos años ha diversificado sus compras hacia Francia e Israel.

Paralelamente, Nueva Delhi impulsa una ambiciosa política de producción nacional en defensa. Empresas como Tata Advanced Systems han expandido su presencia internacional, incluyendo acuerdos para fabricar vehículos militares en Marruecos, en una estrategia que combina diplomacia económica y proyección de seguridad en África.

El general retirado V. G. Pantakar subrayó recientemente que el Ejército indio produce equipos “asequibles y confiables”, en un esfuerzo por posicionar al país como exportador competitivo de tecnología

Rivalidades estratégicas: China y Pakistán

La proyección internacional de India no puede desligarse de su entorno inmediato. Con Pakistán mantiene una rivalidad histórica centrada en Cachemira, una región que ha sido escenario de guerras y enfrentamientos recurrentes. Con China, la disputa territorial en Aksai Chin y Ladakh ha provocado choques militares en los últimos años.

A pesar de esas tensiones, India evita una alineación automática con Occidente. Ha mantenido la compra de petróleo ruso pese a las sanciones por la guerra en Ucrania y defiende una posición de equilibrio que le permita maximizar su margen de maniobra.

Desafíos internos, ambiciones globales

El ascenso internacional convive con tensiones domésticas. Analistas como Shibu Thomas advierten que el crecimiento demográfico, el desempleo juvenil y la desigualdad podrían erosionar el dividendo demográfico si no se gestionan.

India aspira a alcanzar la neutralidad de carbono en 2070 y enfrenta enormes retos ambientales y sociales.

Sin embargo, el país dispone de una ventaja estructural: una población joven, una potente industria tecnológica y una clase media en expansión. En un mundo marcado por la fragmentación geopolítica, India se presenta como un socio alternativo, un contrapeso y, en ocasiones, un mediador.

Conclusión

India ya no es un actor periférico ni una promesa futura. Es una potencia indispensable en la arquitectura internacional contemporánea. Entre el pragmatismo comercial y la reivindicación del Sur Global, entre la cooperación con Washington y la competencia con Pekín, Nueva Delhi ha trazado un camino propio.

La pregunta ya no es si India será protagonista del siglo XXI, sino cómo ejercerá ese protagonismo: si como árbitro entre bloques, como líder del Sur Global o como potencia que, desde su autonomía estratégica, aspire a redefinir las reglas del sistema internacional. En cualquier caso, el mundo deberá contar con ella.

miércoles, 25 de febrero de 2026

El petróleo iraní, la pieza estratégica que podría alterar el equilibrio energético mundial


 

Irán posee las terceras mayores reservas probadas de petróleo del planeta, pero su peso exportador está limitado por las sanciones occidentales. Para Estados Unidos, influir sobre ese caudal energético —en un contexto de rivalidad con China y tensiones en Oriente Próximo— tendría implicaciones económicas y geopolíticas de primer orden.

Contenido:

Buenos Aires - En el corazón de la geopolítica contemporánea, donde la transición energética convive con la persistente dependencia del crudo, el petróleo iraní ocupa un lugar singular. La República Islámica es el tercer país con mayores reservas probadas del mundo, con aproximadamente 208.000 millones de barriles, solo por detrás de Venezuela y Arabia Saudí, según los datos energéticos más recientes.

Sin embargo, esa formidable riqueza subterránea no se traduce en una presencia equivalente en el comercio global. Irán no figura entre los diez mayores exportadores de crudo del planeta, una anomalía que se explica menos por limitaciones técnicas que por decisiones políticas y sanciones internacionales.

Las restricciones económicas impuestas por Estados Unidos y secundadas por sus aliados occidentales desde 2018, tras la retirada de Washington del acuerdo nuclear, han limitado la capacidad de Teherán para vender su petróleo en mercados abiertos y financiar sin trabas su economía. El contencioso en torno al programa nuclear iraní —y la negativa de Teherán a aceptar determinadas condiciones de supervisión— ha convertido al sector energético en el principal campo de presión. El resultado es una paradoja: uno de los mayores depósitos de crudo del mundo opera en los márgenes del sistema financiero internacional.

Aun así, Irán ha logrado mantener un flujo significativo de exportaciones. Entre 2024 y 2025, las ventas externas de crudo y condensados se situaron en una horquilla de entre 1,2 y 1,7 millones de barriles diarios, cifras notables si se consideran las restricciones vigentes.

Ese volumen lo coloca por debajo de los grandes superexportadores —como Arabia Saudí o Rusia—, pero todavía en un rango comparable al de productores medianos relevantes.

La mayor parte de ese petróleo tiene un destino claro: China. Entre el 80% y el 90% de las exportaciones iraníes terminan en puertos chinos, muchas veces a través de circuitos comerciales indirectos o descuentos significativos. Los datos de seguimiento marítimo indican que en 2025 el crudo iraní representó entre el 13% y el 14% de las importaciones totales chinas por vía marítima. Dicho de otro modo, aproximadamente uno de cada ocho barriles que importa la segunda economía del mundo proviene de Irán.

Para Pekín, se trata de un suministro atractivo por su precio y por la diversificación que aporta frente a otros proveedores de Oriente Próximo o Rusia. Para Washington, en cambio, constituye un recordatorio de los límites del régimen sancionador y de la creciente interdependencia energética entre China e Irán. En un escenario de competencia estratégica entre las dos mayores potencias mundiales, la energía vuelve a adquirir un peso estructural.

Desde la perspectiva estadounidense, influir de manera decisiva sobre el petróleo iraní no es solo una cuestión económica. Supone, ante todo, una variable geopolítica. El ex secretario de Estado Henry Kissinger solía advertir que “quien controla la energía puede influir en continentes enteros”. La frase, repetida hasta la saciedad en círculos estratégicos, resume una convicción compartida en Washington: el petróleo sigue siendo un instrumento de poder.

Estados Unidos ya es uno de los mayores productores y exportadores del mundo, pero su fortaleza no radica únicamente en su capacidad interna. Se apoya también en una red de alianzas con grandes productores del Golfo Pérsico, entre ellos Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, actores centrales en la arquitectura energética global. Si a esa influencia se sumara un escenario en el que Irán quedara plenamente integrado en el mercado bajo parámetros favorables a Occidente, el mapa energético mundial podría experimentar una transformación sustancial.

El cálculo estratégico se vuelve aún más evidente si se considera el caso venezolano. Venezuela, con unas reservas probadas que superan los 300.000 millones de barriles, encabeza la clasificación mundial.

Durante años, las sanciones y el colapso productivo redujeron su peso real en el mercado. Sin embargo, cualquier reconfiguración política que permita un aumento sostenido de su producción, combinada con una eventual normalización del sector iraní, otorgaría a Washington una capacidad de influencia indirecta sobre una porción extraordinaria de las reservas globales.

Un escenario en el que Estados Unidos mantenga relaciones sólidas con Arabia Saudí, preserve su ascendiente sobre otros productores del Golfo y, simultáneamente, logre condicionar o integrar los flujos de crudo de Irán y Venezuela, le situaría en una posición de ventaja estructural frente a China. Pekín depende en más de un 70% de importaciones para cubrir su consumo de petróleo, y cualquier alteración significativa en la disponibilidad o en los precios repercute de forma directa en su crecimiento económico.

No obstante, ese hipotético control o influencia dista de ser sencillo. Implica resolver un conflicto nuclear enquistado, gestionar la rivalidad regional entre Irán e Israel, y equilibrar las relaciones con los socios árabes del Golfo, que observan con recelo cualquier acercamiento excesivo entre Washington y Teherán. Además, el propio mercado petrolero ha evolucionado hacia una mayor flexibilidad, con nuevos actores y tecnologías —desde el fracking estadounidense hasta la creciente participación de Brasil— que diluyen el monopolio de poder que antaño ejercían unos pocos productores.

La Agencia Internacional de la Energía ha insistido en que la transición energética reducirá progresivamente la centralidad del crudo en las próximas décadas, pero incluso sus escenarios más ambiciosos prevén que el petróleo seguirá desempeñando un papel relevante hasta bien entrado 2040. En ese horizonte, el control de grandes reservas continúa siendo sinónimo de margen de maniobra estratégica.

Irán, con su combinación de vastos recursos, aislamiento político y creciente vínculo con China, se ha convertido en una pieza clave de ese rompecabezas. Para Estados Unidos, influir sobre su petróleo significaría no solo reordenar un mercado, sino también alterar el equilibrio de poder entre las principales potencias del siglo XXI. En un tablero internacional marcado por la competencia sistémica, el crudo iraní es mucho más que una mercancía: es una palanca de poder.

 

martes, 24 de febrero de 2026

Marruecos consolida el respaldo internacional a su propuesta de autonomía para el Sáhara


 

Suecia, Bolivia y la Unión Europea se alinean con Rabat al considerar la iniciativa marroquí como la única vía “realista, justa y viable” para cerrar un conflicto heredado de la Guerra Fría

La diplomacia marroquí ha sumado en las últimas semanas nuevos respaldos de peso a su propuesta de autonomía para la región del Sáhara, un plan presentado en 2007 ante Naciones Unidas y que, con el paso de los años, ha ido ganando apoyos en Europa, América Latina y África. Las posiciones expresadas por Suecia, Bolivia y distintas instancias de la Unión Europea refuerzan una tendencia que Rabat interpreta como la consolidación definitiva de su iniciativa como la única solución “realista, seria y mutuamente aceptable” a un conflicto que se arrastra desde la descolonización y que muchos analistas consideran un residuo geopolítico del orden internacional de la Guerra Fría.

Una propuesta que gana terreno diplomático

Desde que Marruecos presentó ante la ONU su plan de autonomía para el Sáhara en 2007, bajo el liderazgo de Mohammed VI, la iniciativa ha sido defendida por Rabat como un modelo que garantiza amplias competencias de autogobierno para la población saharaui bajo soberanía marroquí. El proyecto prevé un parlamento regional, un ejecutivo propio y control sobre áreas económicas y sociales, mientras que el Estado central conservaría las competencias en defensa, relaciones exteriores y símbolos de soberanía.

El reconocimiento creciente de esta fórmula como “la única solución realista” ha sido un eje central de la política exterior marroquí. En los últimos años, potencias occidentales como Estados Unidos y varios Estados miembros de la Unión Europea han considerado el plan como la base más seria para una solución política. Ahora, las posiciones expresadas por Suecia, Bolivia y la propia UE se inscriben en esa misma línea.

En el caso europeo, distintas declaraciones institucionales han subrayado la necesidad de una solución política “realista, pragmática y duradera”, en línea con las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque la Unión mantiene formalmente su apoyo al proceso auspiciado por Naciones Unidas, el énfasis creciente en la viabilidad de la propuesta marroquí ha sido interpretado en Rabat como una señal inequívoca de confianza.

Suecia y Bolivia: señales desde Europa y América Latina

El posicionamiento de Suecia resulta especialmente significativo en el contexto europeo. Tradicionalmente percibida como un bastión de simpatía hacia las tesis del Frente Polisario, Estocolmo ha formalizado en este inicio de 2026 su respaldo al plan de autonomía. La ministra de Asuntos Exteriores sueca, Maria Malmer Stenergard, ha sido tajante al señalar que esta decisión responde a una "dinámica europea más amplia", alineándose con vecinos como Dinamarca y Finlandia.

Por su parte, Bolivia, desde América Latina, ha destacado la necesidad de soluciones negociadas que garanticen estabilidad regional y desarrollo. El respaldo boliviano se enmarca en la política exterior de la administración del presidente Rodrigo Paz que prioriza la cooperación Sur-Sur y el fortalecimiento de la estabilidad africana, en sintonía con la creciente presencia diplomática y económica de Marruecos en el continente. La decisión del Palacio Quemado fue acompañada por el cese al reconocimiento de la inexistente República Árabe Saharaui Democrática, el invento del Frente Polisario para confundir a la opinión pública simulando un falso Estado Saharaui.

Para Rabat, estos apoyos no son episodios aislados, sino parte de una arquitectura diplomática construida durante años mediante acuerdos estratégicos, cooperación económica, inversiones en infraestructuras y una política africana activa que ha reposicionado al Reino como uno de los actores más dinámicos del continente.

El conflicto del Sáhara: un vestigio de la Guerra Fría

El contencioso del Sáhara se remonta a la retirada española en 1975 y al posterior enfrentamiento entre Marruecos y el Frente Polisario, apoyado por Argelia. Durante décadas, el conflicto quedó congelado bajo la supervisión de la misión de la ONU (MINURSO), sin que prosperara por irrealizable el referéndum de autodeterminación inicialmente previsto.

Muchos diplomáticos coinciden en que el escenario geopolítico que dio origen al conflicto ha cambiado radicalmente. La rivalidad ideológica y estratégica propia de la Guerra Fría ha sido sustituida por una agenda internacional centrada en la estabilidad, la lucha contra el terrorismo y el desarrollo económico. En ese nuevo contexto, la autonomía bajo soberanía marroquí es presentada por Rabat y sus aliados como una salida pragmática frente la intransigencia del Frente Polisario que ha llevado, por décadas, al estancamiento de las negociaciones

La estrategia de Mohammed VI

El avance de la propuesta de autonomía no puede entenderse sin la conducción estratégica de Mohammed VI. Desde su llegada al trono en 1999, el monarca ha impulsado una diplomacia multidimensional: fortalecimiento de la relación con Estados Unidos, asociación avanzada con la Unión Europea, retorno a la Unión Africana y expansión económica en África occidental.

Esa red de alianzas ha permitido a Marruecos presentarse como un socio fiable en materia de seguridad, migración, energía y lucha contra el extremismo. El Reino ha invertido de forma significativa en infraestructuras en el Sáhara —puertos, carreteras, energías renovables— con el objetivo de integrar plenamente la región en su estrategia de desarrollo nacional.

La acumulación sostenida de apoyos internacionales refuerza la posición negociadora de Rabat y consolida su narrativa de que la cuestión del Sáhara está entrando en una fase de resolución política bajo parámetros de realismo.

Marruecos, actor clave entre Occidente y África

El reconocimiento de la propuesta de autonomía no solo fortalece la reivindicación territorial marroquí, sino que también proyecta al Reino como un puente entre Europa, América y África. En un contexto internacional marcado por la competencia geopolítica y la búsqueda de socios estables en el norte de África, Marruecos se presenta como un interlocutor serio y confiable.

La combinación de estabilidad institucional, reformas económicas y activismo diplomático ha consolidado la imagen de Rabat como un socio estratégico tanto para Occidente como para los países africanos. La cuestión del Sáhara, lejos de aislar al Reino, se ha convertido en el eje sobre el cual se articula una política exterior de largo aliento.

Con cada nuevo respaldo internacional, Marruecos percibe que el equilibrio diplomático se inclina progresivamente a su favor. Si esta tendencia se mantiene, la propuesta de autonomía podría terminar por convertirse no solo en la solución más defendida, sino en la única políticamente viable para cerrar definitivamente uno de los conflictos más prolongados del norte de África.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Kim Jong-un busca blindar su dinastía en un congreso de supervivencia


 

El Noveno Congreso del Partido de los Trabajadores se celebra en Pyongyang bajo una renovada confianza impulsada por el eje con Moscú, mientras el régimen institucionaliza su hostilidad hacia el Sur y prepara el terreno para una sucesión de cuarta generación.

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Buenos Aires - La liturgia del poder en Corea del Norte no admite el vacío ni la improvisación. Este jueves, bajo las bóvedas del Palacio de la Cultura 25 de Abril en Pyongyang, Kim Jong-un inauguró el Noveno Congreso del Partido de los Trabajadores, la cita política más trascendente del régimen que marcará el rumbo del país para el próximo lustro. Con un tono que oscila entre la grandilocuencia mesiánica y un optimismo inusual, el líder norcoreano ha proclamado el fin de los "peores tiempos" y el inicio de una "nueva era" de prosperidad económica y músculo atómico.

Este cónclave, que reúne a casi 5.000 delegados y 2.000 observadores, no es solo un ejercicio de reafirmación ideológica; es el escaparate de una dictadura que, lejos de implosionar bajo el peso de las sanciones internacionales, parece haber encontrado en la guerra de Ucrania y en su alianza con Vladímir Putin un balón de oxígeno inesperado.

La península en el tablero global

La importancia estratégica de la península de Corea trasciende sus fronteras. Enclavada en un punto de fricción entre las ambiciones de China, la presencia militar de Estados Unidos y el renovado expansionismo ruso, cualquier movimiento en Pyongyang altera el equilibrio de seguridad en Asia-Pacífico. Para Washington, la península sigue siendo un foco de inestabilidad que justifica la presencia de unos 18.000 efectivos en el Sur, ante el temor de que una retirada aliente una agresión del Norte.

El régimen de los Kim ha sabido explotar históricamente su imagen de "reino ermitaño", un Estado psicópata y peligroso que utiliza su arsenal nuclear como moneda de cambio y garantía de supervivencia. Geográficamente, la falta de defensas naturales una vez cruzado el río Yalu ha convertido a la península en un eterno campo de batalla, lo que ha forjado un nacionalismo feroz mezclado con un marxismo de corte estalinista.

Radiografía de una monarquía comunista

Corea del Norte sigue siendo el Estado menos democrático del mundo. Bajo la fachada de una "república popular", opera una dinastía unifamiliar que ejerce el control mediante un sistema de terror que incluye ejecuciones sumarias, campos de concentración con más de 100.000 presos políticos y una censura que alcanza niveles industriales. Las restricciones son totales: la ONU advirtió el año pasado que no existe otra población en el mundo sometida a tales privaciones de libertad, llegando a aplicarse la pena de muerte por el simple consumo de música o películas extranjeras.

Sin embargo, el Kim Jong-un que apareció en este congreso —vestido con traje y corbata de corte occidental en lugar del tradicional atuendo Mao— busca proyectar la imagen de un estadista moderno y seguro de sí mismo.

El espejismo de la recuperación económica

El plato fuerte del discurso inaugural de Kim fue la economía. El líder calificó el último quinquenio como un "periodo de orgullo" con éxitos "notables, amplios y radicales". Estas palabras contrastan drásticamente con el congreso de 2021, donde admitió con una franqueza inaudita el "enorme fracaso" de sus planes previos debido a la pandemia, los desastres naturales y las sanciones.

Los datos estadísticos, aunque opacos y procedentes en gran medida de estimaciones surcoreanas, reflejan una tendencia de recuperación. Tras una contracción del 4,5% en el PIB en 2020, la economía norcoreana creció un 3,1% en 2023 y un 3,7% en 2024, su ritmo más rápido en ocho años. Gran parte de este alivio proviene de la reactivación del comercio con China, que sigue siendo el salvavidas del 90% de sus intercambios, y de la exportación de armas a Rusia para la contienda en Ucrania. Además, el Servicio Nacional de Inteligencia de Seúl estima que el régimen obtuvo unos 2.000 millones de dólares, en 2025, mediante el robo de criptomonedas y actividades cibernéticas ilegales.

Purga y renovación: la nueva guardia de Kim

Una de las sorpresas del congreso ha sido la profunda reestructuración de la cúpula del poder. Kim ha renovado a 23 de los 39 miembros del órgano ejecutivo del Partido de los Trabajadores. Figuras históricas vinculadas a la vieja guardia nuclear, como el exjefe de inteligencia Kim Yong Chol, han sido excluidas, marcando un alejamiento de quienes protagonizaron la fallida diplomacia con Donald Trump en 2019.

Mientras los veteranos caen, los leales se consolidan. Jo Yong Won se mantiene como el número dos de facto, y la influyente hermana del líder, Kim Yo Jong, ha confirmado su posición en la primera línea del escenario. No obstante, todas las miradas están puestas en Kim Ju-ae, la hija adolescente del mandatario. Aunque no apareció en la sesión inaugural, el espionaje surcoreano cree que ya ha sido "designada internamente como sucesora", lo que supondría la institucionalización de la cuarta generación de los Kim, un movimiento audaz en una cultura profundamente patriarcal.

Diplomacia de trinchera y el eje del Este

En cuanto a la política exterior, el congreso parece reafirmar el aislamiento respecto a Occidente en favor de una integración total en el bloque euroasiático. Pyongyang ha recibido mensajes de felicitación y respaldo explícito de los gobiernos de China, Rusia, Laos y Vietnam, consolidando su estatus dentro de una red de regímenes afines.

No se espera un giro hacia la moderación. De hecho, uno de los puntos más sensibles del congreso es la institucionalización de la doctrina que define a Corea del Sur ya no como un hermano a reunificar, sino como un "Estado hostil" y el principal enemigo. Con el despliegue de 11.000 soldados en apoyo a Rusia y el desarrollo de misiles intercontinentales como el Hwasong-20, capaces de portar múltiples ojivas nucleares, Kim Jong-un ha dejado claro que su prioridad absoluta sigue siendo el "músculo militar más poderoso".

La gran incógnita sigue siendo Donald Trump. Aunque el presidente estadounidense ha sugerido su disposición para un nuevo encuentro, el régimen norcoreano ha mantenido un silencio calculado, exigiendo que cualquier diálogo descarte de antemano la desnuclearización. En este congreso, Corea del Norte no solo busca sobrevivir; busca que el mundo acepte, de forma irreversible, su estatus como potencia nuclear soberana.

 

viernes, 20 de febrero de 2026

Gran protagonismo del Reino de Marruecos en la primera reunión del Consejo de Paz para Gaza


 

El Reino de Marruecos, representado por el ministro de Asuntos Exteriores Nasser Bourita, ha concretado en la primera reunión del Consejo de Paz para Gaza, un significativo aporte humano y financiero para la promoción de la seguridad, la salud, la tolerancia y la coexistencia en Medio Oriente que ratifica su cada vez mayor protagonismo como un actor internacional clave en la región.

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Buenos Aires - La primera reunión del Consejo de Paz convocado por el presidente estadounidense Donald Trump en Washington ha marcado un nuevo intento de recomposición diplomática en Medio Oriente, en un momento de extrema volatilidad regional y con la guerra de Gaza como telón de fondo. Entre los participantes, la presencia de Marruecos no pasó inadvertida. El Reino alauí acudió no solo como aliado tradicional de Estados Unidos, sino como actor con credenciales singulares en el mundo árabe: socio estratégico de Washington, país con relaciones diplomáticas plenas con Israel tras la normalización de 2020 y Estado que mantiene una histórica defensa de la causa palestina bajo el liderazgo del rey Mohammed VI.

La reunión, concebida como un foro de coordinación política y de seguridad para explorar vías de estabilización regional, reunió a representantes de países occidentales, árabes y latinoamericanos. En ese marco, Marruecos reivindicó su papel como puente operativo y diplomático en un escenario marcado por la desconfianza cruzada. El ministro de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, defendió ante sus homólogos que Rabat está dispuesto a asumir responsabilidades concretas tanto en el plano financiero como en el despliegue de personal especializado para tareas de estabilización, apoyo logístico y reconstrucción institucional, siempre bajo un mandato claramente definido y con respaldo multilateral.

Una prolongada asociación estratégica

La participación marroquí no puede entenderse al margen de la larga historia compartida con Estados Unidos. Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia estadounidense en 1777, y desde entonces ambos Estados han cultivado una relación sostenida que atravesó guerras mundiales, la Guerra Fría y las convulsiones del siglo XXI. En diciembre de 2020, la Administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre su Sáhara, un gesto de enorme calado estratégico para Rabat, que consolidó una asociación que ya incluía cooperación militar, inteligencia compartida y ejercicios conjuntos regulares. Ese reconocimiento se convirtió en uno de los pilares de una alianza que Marruecos considera estructural y no coyuntural.

En Washington, Bourita subrayó que la triple condición de Marruecos —fuerzas armadas profesionales y experimentadas, relaciones diplomáticas plenas con Israel y una alianza estratégica consolidada con Estados Unidos— reduce de manera significativa los costes de coordinación en cualquier arquitectura de seguridad que se diseñe para Gaza y su entorno. La interlocución con el aparato de seguridad israelí, recordó, no es indirecta ni hostil, sino institucional y establecida. Al mismo tiempo, la comunicación con el Pentágono y el Departamento de Estado es fluida desde hace décadas, con canales abiertos que han funcionado en escenarios de alta sensibilidad.

Rabat insiste en que esa singular posición le permite actuar como un interlocutor creíble para múltiples actores. Marruecos es el único país árabe que mantiene relaciones normalizadas con Israel sin ser percibido como enemigo por la población gazatí ni por amplios sectores palestinos. Esa percepción se sustenta en una política que no nació con los Acuerdos de Abraham, sino que forma parte de una línea de Estado definida por Mohammed VI, quien en su calidad de presidente del Comité de Al-Quds ha defendido reiteradamente los derechos históricos y políticos del pueblo palestino. Bajo directrices expresas del monarca, Marruecos ha enviado en diversas ocasiones ayuda humanitaria a Gaza, incluidos convoyes médicos y suministros de emergencia destinados a aliviar la situación de la población civil.

Esa coherencia entre la normalización con Israel y la defensa activa de la causa palestina constituye, a juicio de Rabat, una prueba de que la diplomacia pragmática no está reñida con la solidaridad política. En la reunión del Consejo de Paz, los representantes marroquíes enfatizaron que cualquier esquema de estabilización debe contemplar no solo garantías de seguridad para Israel, sino también un horizonte político creíble para los palestinos y un programa sostenido de reconstrucción financiado por una coalición amplia de países.

Creciente sintonía entre Rabat y Buenos Aires

El encuentro contó asimismo con la participación del presidente argentino Javier Milei, cuya presencia reflejó la voluntad de Buenos Aires de proyectarse en debates globales más allá de su entorno inmediato. Milei ofreció la eventual contribución de personal argentino en tareas de apoyo humanitario y de estabilización, evocando la experiencia de los Cascos Blancos en misiones internacionales. Esa convergencia de posiciones con Marruecos, basada en la disposición a aportar recursos humanos y en la defensa de un enfoque coordinado con Washington, fue interpretada por diplomáticos presentes como un signo del creciente acercamiento entre Rabat y Buenos Aires.

En los últimos años, Argentina y Marruecos han intensificado sus contactos políticos y comerciales, y comparten intereses en foros multilaterales donde ambos buscan reforzar su perfil como actores responsables y cooperativos. La coincidencia en el Consejo de Paz añade una dimensión estratégica a esa relación, en un momento en que la arquitectura internacional atraviesa una fase de redefinición acelerada.

Para Marruecos, la reunión convocada por Trump supone también la confirmación de su estatus como socio indispensable en la ecuación de seguridad de Oriente Próximo y el norte de África. La combinación de capacidades militares profesionales, canales diplomáticos abiertos con actores enfrentados y una alianza estructural con Estados Unidos coloca al Reino en una posición difícilmente replicable en el mundo árabe. En un escenario saturado de rivalidades y vetos cruzados, Rabat apuesta a que su perfil de puente fiable no solo contribuya a reducir tensiones en Gaza, sino que consolide su proyección internacional como potencia regional pragmática y alineada con Occidente, sin renunciar a su histórica defensa de la causa palestina.

 

martes, 17 de febrero de 2026

El Japón en la geopolítica de Asia


Japón vive en 2026 un momento histórico en el que su política de defensa, su economía y su diplomacia están configurando una presencia cada vez más determinante en la geopolítica de Asia y del sistema internacional. Con un giro que algunos analistas han calificado de “revolución silenciosa” tras décadas de pacifismo constitucional, el país ha comenzado a reconfigurar su papel regional en respuesta a un entorno de seguridad más complejo y competitivo, marcado por la ascensión de China, las tensiones en Taiwán, Corea del Norte y la redefinición de las alianzas.

Una geografía complicada

Japón tiene una geografía cuando menos singular. La particular configuración de su territorio lo convierte en el ejemplo paradigmático de un Estado archipiélago. La mayoría de sus 124 millones de habitantes reside en las cuatro grandes islas situadas al este del mar del Japón, mientras que una minoría se distribuye en parte de los 6.848 islotes que componen el archipiélago.

La mayor de las islas principales es Honshu, que concentra cerca del 60% del territorio nacional y alberga a Tokio, la mayor megalópolis del mundo, con alrededor de 37 millones de habitantes en su área metropolitana. En esta isla se extiende también la llanura cultivable más importante del país, razón por la cual allí surgieron históricamente los principales núcleos urbanos y se consolidó el corazón político y económico del Estado.

La distancia más corta entre el archipiélago japonés y la masa continental euroasiática ronda los 200 kilómetros. Esa barrera natural explica, en parte, por qué Japón nunca fue invadido con éxito en la era premoderna y por qué ha mantenido durante siglos una notable homogeneidad étnica. Desde hace más de dos milenios no se produce una gran llegada de población extranjera que altere de forma sustancial su composición demográfica.

El territorio japonés es más extenso que la península de Corea, ligeramente inferior al de Noruega y algo superior al de Alemania. Sin embargo, tres cuartas partes del país no son aptas para el asentamiento humano intensivo, en especial por la presencia de regiones montañosas, y apenas un 13% de la superficie resulta adecuada para la agricultura intensiva. Esta limitación ha concentrado a la población en estrechas franjas costeras y en reducidas áreas interiores, donde el arroz debe cultivarse en terrazas construidas sobre las laderas.

Las montañas proveen abundante agua, pero la falta de amplias llanuras convierte a los ríos japoneses en cursos cortos y poco navegables, lo que históricamente dificultó su utilización como ejes de comercio interior. La escasa confluencia entre ellos agrava ese condicionante estructural.

Ante ese entorno, el pueblo japonés se proyectó hacia el mar. Tejió redes comerciales a lo largo de sus miles de islas, realizó incursiones en la península coreana y, tras siglos de aislamiento, se modernizó con rapidez para expandirse y dominar amplias zonas del este asiático. La insularidad, lejos de encerrar a Japón, terminó empujándolo hacia una vocación marítima y estratégica.

Japón carece, además, de recursos naturales suficientes para sostener por sí solo una economía industrial avanzada. Posee depósitos de carbón de baja calidad, escaso petróleo, reducidas reservas de gas natural y cantidades insuficientes de numerosas materias primas esenciales. Es el mayor importador mundial de gas natural y uno de los grandes importadores de petróleo, una dependencia que ha condicionado históricamente su política exterior y su necesidad de garantizar rutas marítimas seguras.

El Japón de posguerra

Tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, Japón diseñó una política exterior centrada en la contención de sus capacidades militares y en el desarrollo económico. El militarismo beligerante de comienzos del siglo XX quedó sepultado bajo los escombros de Hiroshima y Nagasaki.

La denominada Doctrina Yoshida, inspirada en el primer ministro Shigeru Yoshida, orientó la estrategia nacional desde la posguerra hasta finales del siglo XX: priorizar la reconstrucción económica y delegar la seguridad estratégica en la alianza con Estados Unidos, limitando el gasto militar propio y privilegiando la diplomacia económica.

El Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua con Washington, vigente desde 1960, consolidó esa arquitectura: bases estadounidenses en territorio japonés a cambio de protección estratégica. Esta fórmula facilitó el llamado “milagro económico japonés”, pero también subordinó en buena medida la política de defensa a decisiones adoptadas en Washington.

Durante décadas, el discurso oficial se apoyó en la Doctrina Fukuda (1977), que rechazaba explícitamente la conversión de Japón en una potencia militar convencional y promovía una relación de cooperación pacífica con el sudeste asiático y con la ASEAN. Japón proyectaba poder a través del comercio, la inversión y la ayuda al desarrollo, no mediante despliegues militares.

Cuando el pacifismo deja de ser alternativa

Ese consenso histórico ya no es inmutable. El debate sobre el llamado “pacifismo proactivo” ha dejado de ser marginal. El Gobierno ha defendido la flexibilización de las restricciones constitucionales que limitaban la exportación de equipamiento militar, abriendo el mercado global de armas a empresas como Mitsubishi Heavy Industries.

La medida está vinculada a la percepción de una “expansión militar china” y a la disputa territorial por las islas Senkaku/Diaoyu, en el mar de China Oriental. La modernización del Ejército Popular de Liberación y la creciente presión sobre Taiwán han reforzado en Tokio la idea de que la mera contención defensiva ya no basta.

Asimismo, Japón ha relajado normas para cooperar en el desarrollo de armamento con aliados más allá del vínculo tradicional con Estados Unidos. El Global Combat Air Programme, destinado a crear una nueva generación de cazas junto a socios europeos, ilustra esta etapa de cooperación tecnológica y militar ampliada.

El proceso incluye un aumento del gasto en defensa con el objetivo de aproximarse al 2% del PIB hacia 2027, dotando a las Fuerzas de Autodefensa de capacidades disuasorias más robustas, incluidos sistemas de misiles de mayor alcance y una interoperabilidad reforzada con aliados regionales.

Asia y el tablero del Indo-Pacífico

Geopolíticamente, el foco de las élites japonesas ha evolucionado desde una diplomacia centrada en la recuperación económica hacia una estrategia que integra seguridad, defensa y comercio bajo el paraguas de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. El concepto, promovido por Tokio y Washington, aspira a contrarrestar la influencia china mediante alianzas con India, Australia, países de la ASEAN e incluso socios europeos.

El auge de China —visible en sus reclamaciones territoriales y en su sostenida modernización militar— es citado por expertos japoneses como la razón principal de este cambio estratégico. Las tensiones en el estrecho de Taiwán, la península coreana y los mares de China Oriental y Meridional configuran un arco de inestabilidad que impulsa a Tokio a fortalecer sus capacidades defensivas.

En busca de un nuevo protagonismo

Japón ha desarrollado también una política de “seguridad económica” orientada a proteger cadenas de suministro críticas, asegurar el liderazgo en sectores estratégicos —como semiconductores y computación cuántica— y articular una diplomacia económica complementaria a su política de defensa. La resiliencia frente a presiones externas se ha convertido en un objetivo central.

El resultado es un Japón más asertivo. Si bien mantiene la alianza con Estados Unidos como piedra angular de su seguridad, ha comenzado a diversificar vínculos y a promover mecanismos de cooperación entre potencias medianas para gestionar riesgos compartidos. La colaboración con Filipinas, Corea del Sur, India o actores europeos en materia de seguridad y desarrollo forma parte de esta arquitectura emergente.

Este dinamismo genera tensiones internas. El debate sobre hasta dónde debe Japón alejarse de su legado pacifista es profundo, especialmente en cuestiones sensibles como la política antinuclear, durante décadas tabú y hoy reabierta ante la presión estratégica de Pekín.

La construcción de un liderazgo regional en un mundo más conflictivo

En el complejo tablero del siglo XXI, Japón actúa como pivote estratégico entre grandes potencias y Estados medianos emergentes. Su política de defensa —marcada por un rearme gradual pero decidido—, su potencia económica consolidada y su diplomacia activa han transformado su papel: de socio subordinado en la arquitectura de seguridad regional a actor central del Indo-Pacífico.

El pasado pacifista sigue influyendo en su cultura política, pero la visión de un Japón más influyente parece imponerse sobre la cautela de la posguerra. No busca una hegemonía territorial explícita, sino un liderazgo regional sustentado en capacidades militares eficaces, alianzas sólidas y una proyección económica robusta.

En un entorno donde la rivalidad entre grandes potencias redefine alianzas y equilibrios, la redefinición del papel japonés se perfila como uno de los factores más determinantes de la geopolítica global en las próximas décadas.

 

domingo, 15 de febrero de 2026

Donald Trump convoca a sus aliados latinoamericanos para relanzar la Doctrina Monroe en el siglo XXI

 


La cumbre latinoamericana del 7 de marzo en Miami busca articular un bloque regional alineado con la estrategia estadounidense frente al avance de China y la pugna por los recursos estratégicos.

Contenido

El presidente Donald Trump ha convocado para el próximo 7 de marzo, en el hotel Doral de Miami, a varios mandatarios latinoamericanos afines a su Administración con el objetivo de formalizar una nueva alianza regional que respalde internacionalmente la agenda estratégica de Washington. La iniciativa, según fuentes cercanas a la Casa Blanca, aspira a consolidar un bloque hemisférico capaz de contrapesar la creciente influencia de China en América Latina y de garantizar el control político y económico de un espacio que Estados Unidos consideró históricamente bajo su esfera natural de influencia.

El “destino manifiesto” y la tradición hemisférica

Desde su consolidación como nación independiente, Estados Unidos cultivó la idea de poseer un “destino manifiesto” de grandeza. Esa convicción impulsó su expansión territorial durante el siglo XIX y cimentó una cultura estratégica que combinó pragmatismo comercial y proyección militar. El sociólogo francés Raymond Aron definió en 1973 a Estados Unidos como una “República Imperial”: una democracia interna con ambiciones y responsabilidades globales.

Para convertirse en ese “imperio” singular, Washington recurrió tanto a la compra como a la guerra para ampliar su territorio, incorporando espacios que habían pertenecido al Reino Unido, España, Francia, México o Rusia. Pero más allá de la expansión física, lo decisivo fue la construcción de una doctrina hemisférica que consideraba al continente americano como área prioritaria de seguridad.

En 1823, el presidente James Monroe formuló el principio que pasaría a la historia como Doctrina Monroe: “América para los americanos”. En Washington significaba la exclusión de potencias europeas; en América Latina se interpretó como la afirmación de una tutela estadounidense. Ocho décadas después, en 1904, Theodore Roosevelt añadió su célebre corolario, que legitimaba la intervención directa de Estados Unidos ante situaciones de “inestabilidad crónica” o incumplimiento de obligaciones financieras en la región. El llamado “Big Stick” se tradujo en ocupaciones y desembarcos en Cuba, Nicaragua, Haití o República Dominicana.

De la Guerra Fría al desinterés estratégico

La Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, la Guerra Fría desplazaron el centro de gravedad de la política exterior estadounidense hacia Europa y Asia. América Latina dejó de ser prioridad salvo en momentos de crisis. La Revolución Cubana de 1959 y la crisis de los misiles de 1962 reactivaron la atención de Washington, al igual que el triunfo sandinista en Nicaragua en 1979. Sin embargo, aquellas respuestas —Bahía de Cochinos, la Alianza para el Progreso o el respaldo a la “Contra”— fueron episodios coyunturales.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la llamada “guerra contra el terror” concentró los recursos estratégicos estadounidenses en Oriente Próximo. Mientras tanto, la presencia económica de China en América Latina creció de forma sostenida y discreta.

El avance chino en el hemisferio occidental

En las dos últimas décadas, Pekín se convirtió en el principal socio comercial de varias economías sudamericanas. Invirtió en infraestructuras estratégicas, financió proyectos energéticos y amplió su presencia tecnológica. Empresas chinas participan en la gestión de terminales del Canal de Panamá, construyeron el megapuerto de Chancay en Perú y establecieron en la Patagonia argentina una estación espacial de observación de uso civil administrada por la Agencia China de Lanzamiento y Control de Satélites.

En paralelo, China consolidó su proyección naval en el mar de China Meridional y profundizó su coordinación política en el marco de los BRICS, grupo que explora alternativas al predominio del dólar en el comercio internacional. Además, controla segmentos críticos de la producción mundial de minerales estratégicos esenciales para la transición energética y las nuevas tecnologías.

Este contexto es el que explica el renovado interés de Trump por el hemisferio.

La “Doctrina Donroe” y la presión sobre la región

Con la consigna de “Make America Great Again”, Trump interpreta que Estados Unidos ha perdido terreno frente a China en el plano comercial, tecnológico y geopolítico. América Latina reaparece así como escenario prioritario de competencia estratégica.

Algunos analistas estadounidenses han bautizado su enfoque como la “Doctrina Donroe”, una reinterpretación de la tradición monroísta adaptada al siglo XXI. En su Estrategia Nacional de Seguridad 2025, la Casa Blanca subraya la necesidad de impedir que potencias “hostiles” consoliden posiciones en el hemisferio occidental.

En ese marco, Washington ha desplegado una combinación de incentivos y presiones. El respaldo político y financiero al presidente argentino Javier Milei fue acompañado de gestiones ante organismos multilaterales de crédito. Simultáneamente, la Administración estadounidense dejó claro que la continuidad de su apoyo dependería de la estabilidad política y la alineación estratégica de Buenos Aires.

En Centroamérica y el Caribe, la Casa Blanca reforzó vínculos con gobiernos ideológicamente afines, mientras endurecía su postura frente a Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Venezuela como pieza central

La relación con Caracas ha sido uno de los ejes más controvertidos. Trump intensificó las sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro, al que Washington acusa de narcotráfico y violaciones sistemáticas de derechos humanos. La política estadounidense ha combinado presión económica con intentos de reconfigurar el control sobre el sector petrolero venezolano, el mayor del mundo en reservas probadas.

Para la Casa Blanca, el petróleo y la influencia estratégica pesan más que la retórica democrática. El cálculo geopolítico parece priorizar el control energético y la contención de actores como Rusia, China e Irán, presentes en el país sudamericano.

Tensiones con México, Brasil y Colombia

El presidente colombiano Gustavo Petro ha mantenido una relación ambivalente con Washington, oscilando entre la cooperación y la crítica. México y Brasil, por su parte, han defendido una política exterior más autónoma. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y el mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva han evitado una confrontación abierta, pero resisten alinearse plenamente con la estrategia estadounidense frente a China y Venezuela.

El resultado es una América Latina dividida en dos grandes sensibilidades: gobiernos que apuestan por una integración estrecha con Washington y otros que privilegian una diplomacia más equidistante o multipolar.

La cumbre de Miami

La reunión del 7 de marzo busca institucionalizar el bloque afín a Washington. Según fuentes diplomáticas, el objetivo sería coordinar posiciones en foros internacionales, garantizar el acceso preferente a recursos estratégicos —litio, petróleo, alimentos— y reforzar la cooperación en materia de seguridad.

Queda por ver cuál será el alcance real del encuentro y qué contraprestaciones ofrecerá Estados Unidos a sus aliados. La historia demuestra que el Hemisferio Occidental nunca ha sido un espacio políticamente homogéneo y que las tentativas de liderazgo indiscutido suelen generar resistencias.

En un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, América Latina vuelve a situarse en el tablero central de la geopolítica global. La cumbre de Miami puede marcar el inicio de una nueva etapa hemisférica o convertirse en un episodio más de una larga disputa por la influencia en el continente. El desenlace dependerá no solo de Washington, sino también de la capacidad de los países latinoamericanos para definir, con autonomía, su propio lugar en el nuevo orden internacional.