Las aspiraciones del presidente
Donald Trump de “apropiarse” de Groenlandia no son una excentricidad ni un
capricho inmobiliario. Constituyen, en realidad, el intento de Estados Unidos
por asegurarse una posición estratégica dominante en el Ártico, la región que
se ha convertido en el nuevo epicentro de la competencia global entre grandes
potencias.
El
Ártico, el termostato del planeta
El
Ártico es una vasta región circumpolar de unos 140 millones de kilómetros
cuadrados que rodea el Polo Norte e incluye el océano Ártico y los territorios
más septentrionales de Rusia, Estados Unidos (Alaska), Canadá, Dinamarca —a
través de Groenlandia—, Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia. Su delimitación
no es únicamente política: suele trazarse a partir del círculo polar ártico o
de la isoterma de los 10 grados centígrados en julio, que marca el umbral entre
los bosques boreales y la tundra polar.
La
palabra “Ártico” proviene del griego arktikós, que significa “cerca
del oso”, en alusión a la constelación de la Osa Mayor, cuyas estrellas
apuntan hacia la Estrella Polar.
Desde
el espacio, el Ártico aparece como una inmensa cúpula blanca. Pero bajo esa
apariencia inmóvil se oculta uno de los sistemas más dinámicos y frágiles del
planeta. En su mayor parte es un océano cubierto por una banquisa —una costra
flotante de hielo marino—, rodeado de extensas áreas de permafrost, un suelo pantanoso
permanentemente congelado que encierra enormes cantidades de carbono y metano.
Esa
combinación convierte a la región en una pieza clave del equilibrio climático
global. El hielo refleja la radiación solar hacia el espacio, regula las
corrientes oceánicas y atmosféricas y actúa como un gigantesco refrigerador
natural de la Tierra.
Por
eso los científicos lo describen como un “sistema de alerta temprana”.
Cuando el Ártico eleva su temperatura —y hoy lo hace hasta cuatro veces más
rápido que el promedio global—, el planeta entero lo siente en forma de olas de
calor más intensas, tormentas extremas y alteraciones en los regímenes de
lluvias.
Un
tesoro bajo el hielo
El
retroceso del hielo está transformando esta región remota en un territorio cada
vez más codiciado. Bajo el lecho marino y las plataformas continentales árticas
se concentra una parte sustancial de los recursos energéticos y minerales aún
sin explotar del mundo. Estimaciones ampliamente citadas indican que el Ártico
podría albergar cerca de un tercio de las reservas globales no descubiertas de
petróleo y gas, además de minerales estratégicos como oro, cobre y tierras
raras.
A
esa riqueza se suma una revolución geográfica. El deshielo está abriendo rutas
marítimas que hasta hace poco eran impracticables. El Paso del Noroeste, a
través del archipiélago canadiense, y la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de
la costa rusa, permiten acortar miles de kilómetros entre Europa y Asia. Un
buque que hoy atraviesa el canal de Suez o rodea África podría, en un futuro no
tan lejano, podrá cruzar el océano Ártico, reduciendo semanas de navegación y
millones de dólares en combustible.
La
ruta polar es, además, hasta un 40 % más corta y discurre por aguas más
profundas que la del canal de Panamá, lo que permite transportar mayores
cargas, disminuir costes operativos y reducir las emisiones de gases de efecto
invernadero.
Sin
embargo, esta reconfiguración de los flujos comerciales por el extremo norte
tiene efectos colaterales en lugares tan distantes como Egipto y Panamá, que
ven amenazados los ingresos derivados de sus canales interoceánicos.
En
un mundo marcado por tensiones geopolíticas y cadenas de suministro frágiles,
el control de estas rutas no es solo una cuestión comercial: se trata de un
activo estratégico de primer orden en caso de conflicto armado.
La
arquitectura diplomática del Norte
Para
gestionar este espacio en transformación nació el Consejo Ártico. Su origen se
remonta a 1991, cuando los ocho Estados árticos firmaron la Estrategia para la
Protección del Medioambiente Ártico y se convirtieron en miembros de pleno
derecho. Trece Estados más participan como observadores permanentes y reconocen
la soberanía y jurisdicción de los países ribereños. China, Japón e India, por
ejemplo, desarrollan expediciones científicas, aunque deben solicitar
autorización para realizarlas. China incluso mantiene una base científica en el
archipiélago noruego de Svalbard, el asentamiento habitado más septentrional
del planeta.
Cinco
años después, la Declaración de Ottawa de 1996 creó formalmente el Consejo como
un foro intergubernamental destinado a promover la cooperación, la coordinación
y la participación de los pueblos indígenas, especialmente en asuntos
vinculados al desarrollo sostenible y la protección ambiental.
El
Consejo no es una alianza militar ni un organismo con poder coercitivo. Durante
años simbolizó el llamado “excepcionalismo ártico”: la idea de que, pese
a las rivalidades globales, el Ártico debía mantenerse como un espacio de
cooperación científica y diplomática. Ese espíritu, sin embargo, se ha ido
erosionando a medida que el hielo retrocede y la geopolítica avanza.
La
capacidad del Consejo para garantizar la cooperación regional alcanzó su punto
más bajo en 2022, pocas semanas después de la invasión rusa de Ucrania. Los
otros siete miembros suspendieron entonces su participación. A comienzos de
2024, las ocho partes acordaron retomar los contactos, aunque solo por
videoconferencia. Aunque persiste la necesidad de coordinar políticas comunes,
la desconfianza respecto de las intenciones expansionistas de Rusia sigue
marcando el clima.
El
impacto del cambio climático
El
deshielo es el motor de casi todas las transformaciones que sacuden hoy al
Ártico. La reducción de la banquisa, el derretimiento acelerado de la capa de
hielo de Groenlandia y la descongelación del permafrost no solo alteran los
ecosistemas locales —desde el zooplancton hasta los osos polares—, sino que
también reconfiguran el tablero estratégico.
A
medida que el hielo desaparece, áreas antes inaccesibles se vuelven navegables
y explotables. Al mismo tiempo, la liberación de metano y la pérdida de
superficies reflectantes amplifican el calentamiento global, en un círculo
vicioso que convierte al Ártico en uno de los principales aceleradores del
cambio climático.
Las
consecuencias no se limitan al extremo norte. Regiones tan distantes como las
islas Maldivas, Bangladés o los Países Bajos enfrentan riesgos crecientes de
inundación debido al aumento del nivel del mar. Estas repercusiones subrayan
que el problema del Ártico es global y no meramente regional.
Una
carrera por la soberanía
La
apertura física del océano ha desatado una carrera jurídica y científica por
definir quién es dueño de qué. En el Ártico confluyen las plataformas
continentales de cinco países —Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega y Estados
Unidos— como los gajos de una naranja en torno al Polo Norte.
Según
la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, cada Estado
puede reclamar derechos sobre el fondo marino si demuestra que su plataforma
continental se extiende más allá de las 200 millas náuticas.
Rusia
fue la más audaz. En 2001 reclamó casi la mitad del océano Ártico y, en 2007,
una expedición científica colocó una bandera rusa en el fondo del mar, sobre la
dorsal de Lomonósov. Moscú sostiene que esa cadena montañosa submarina es una
prolongación natural de Siberia y presentó sus argumentos ante la ONU.
Dinamarca,
a través de Groenlandia, intenta demostrar lo mismo: que la dorsal de Lomonósov
está geológicamente unida a la isla y que, por tanto, el Polo Norte podría
pertenecerle. Canadá prepara estudios similares, mientras que Estados Unidos
—paradójicamente— ve limitada su posición por no haber ratificado la Convención
del Mar, una omisión que deja a Washington en desventaja frente a sus rivales.
En
paralelo, los países despliegan expediciones científicas, rompehielos,
satélites y bases de investigación que cumplen una doble función: generar
conocimiento y consolidar presencia.
Groenlandia,
la pieza clave
En
ese contexto, Groenlandia emerge como el pivote estratégico del Ártico. La
isla, territorio autónomo bajo soberanía danesa, se proyecta tanto sobre el
Atlántico Norte como sobre el océano Ártico y controla el acceso entre América
del Norte y Europa. Desde allí es posible vigilar el tráfico marítimo,
desplegar sistemas de alerta temprana y proyectar poder militar sobre una
región cada vez más transitada.
Es
en esa lógica —más que en una fantasía de conquista— donde encajan las
declaraciones de Donald Trump sobre la posibilidad de que Estados Unidos “adquiera”
Groenlandia. En la nueva geopolítica del hielo que se derrite, quien controle
los nodos del Ártico dominará una de las arterias estratégicas del siglo XXI.
El
nuevo Mediterráneo polar
Como
subraya Tim Marshall en Prisioneros de la geografía, las potencias no
pueden escapar a la tiranía del mapa. Y el mapa del Ártico está cambiando. Lo
que durante la Guerra Fría fue un océano congelado, patrullado en silencio por
submarinos nucleares, se encamina a convertirse en un “Mediterráneo polar”:
una cuenca de tránsito, comercio y rivalidad estratégica entre Estados Unidos,
Rusia, China y Europa.
La
paradoja es que este nuevo protagonismo nace de una catástrofe climática. El
deshielo que abre rutas y libera recursos es el mismo que amenaza con elevar el
nivel del mar, alterar las corrientes oceánicas y desestabilizar el clima
global. El Ártico, ese extremo helado del planeta, se ha convertido así en el
espejo más nítido de nuestro tiempo: un lugar donde la crisis ambiental y la
ambición geopolítica avanzan de la mano.






