El interés de Donald Trump por anexionar el territorio
autónomo danés no es una excentricidad ni una maniobra electoral: es el síntoma
más nítido de cómo el Ártico se ha convertido en el nuevo centro de gravedad de
la rivalidad entre las grandes potencias y de cómo Estados Unidos está
dispuesto a poner en cuestión las reglas del sistema internacional para asegurarse
su control.
Contenido:
En
los mapas escolares, Groenlandia aparece como una vasta extensión blanca,
remota y casi vacía. En los despachos de Washington, Moscú y Pekín, en cambio,
esa isla helada se ha convertido en uno de los territorios más codiciados del
planeta. El renovado interés de la Administración Trump por hacerse con ella
—incluso por vías que rozan abiertamente la coerción— revela hasta qué punto el
Ártico ha dejado de ser una periferia geográfica para transformarse en uno de
los grandes escenarios de la política mundial del siglo XXI.
Groenlandia
es, en términos físicos, un coloso. Con más de dos millones de kilómetros
cuadrados, es la mayor isla del mundo, aunque casi el 80% de su superficie esté
cubierto por una capa de hielo de varios kilómetros de espesor. En ella viven
apenas 56.000 personas, en su mayoría inuit, concentradas en la franja costera
del suroeste. Políticamente, se trata de un territorio autónomo dentro del
Reino de Dinamarca que, desde 2009, gobierna sus asuntos internos y controla
sus recursos naturales, mientras que Copenhague conserva la política exterior y
la defensa. En el papel, es una periferia del Estado danés. En la práctica, es
una pieza central del tablero geopolítico global.
La
razón de ese interés es doble. Por un lado, su ubicación. Groenlandia se sitúa
en el vértice entre América del Norte, Europa y el océano Ártico. Forma parte
del corredor estratégico GIUK —Groenlandia, Islandia y Reino Unido— que desde
la Guerra Fría constituye una barrera natural para vigilar el tránsito de
submarinos y flotas rusas desde el Ártico hacia el Atlántico Norte. Quien
controle ese corredor controla una de las arterias vitales de la seguridad
euroatlántica. Por otro lado, su subsuelo y sus mares esconden una riqueza cada
vez más accesible: hidrocarburos, hierro, uranio y, sobre todo, tierras raras,
minerales imprescindibles para la industria tecnológica, las baterías, las
energías renovables y los sistemas de defensa de última generación.
El
calentamiento global ha multiplicado ese valor estratégico. A medida que el
hielo retrocede, se abren nuevas rutas marítimas que prometen acortar miles de
kilómetros los trayectos entre Asia, Europa y América del Norte. El Ártico,
durante siglos un desierto congelado, empieza a parecerse a un nuevo
Mediterráneo del norte, un espacio de tránsito, comercio y, inevitablemente, de
competencia militar. En ese contexto, Groenlandia es una plataforma natural
desde la cual proyectar poder sobre ese océano emergente.
Los
Estados Unidos lo saben desde hace décadas. Durante la Segunda Guerra Mundial
ocuparon la isla para impedir que cayera en manos de la Alemania nazi y, desde
entonces, nunca se ha retirado del todo. Hoy mantiene en la Base Espacial
Pituffik —la antigua Thule— uno de los pilares de su sistema de alerta temprana
de misiles balísticos y de vigilancia espacial, integrado al mando del NORAD.
Desde allí se monitorean posibles lanzamientos desde Rusia y se sigue el
tráfico de satélites y objetos en órbita, un recordatorio de que, en la era
nuclear y espacial, Groenlandia es una atalaya insustituible.
Pero
el interés de Donald Trump va más allá de lo estrictamente militar. En un mundo
marcado por la rivalidad con China, asegurar el acceso directo a las tierras
raras de Groenlandia equivale a reducir una dependencia estratégica de Pekín,
que hoy domina buena parte de esas cadenas de suministro. Y en un momento en
que Rusia refuerza su presencia militar en el Ártico y China se autodefine como
“Estado cercano al Ártico” para justificar su expansión económica en la
región, Washington percibe la soberanía danesa sobre Groenlandia como una
anomalía geopolítica, una grieta en un espacio que considera vital para su
seguridad.
No
es casual que Jorge Castro, haya resumido esta pulsión señalando que el interés
de Trump por Groenlandia no es un capricho, sino una consecuencia directa del
calentamiento global y del desplazamiento del eje estratégico hacia el Ártico
Donde
el hielo se derrite, surgen nuevas fronteras de poder.
El
problema es que la forma en que la Administración Trump plantea su ambición
supone una ruptura con las reglas que los Estados Unidos ayudaron a construir
tras 1945. El principio de integridad territorial y la prohibición del uso de
la fuerza para adquirir territorios son pilares del derecho internacional. Si
Washington los vulnera para anexionar o someter a Groenlandia, el golpe no
sería solo jurídico, sino político y simbólico: la potencia que se erigió en
garante del orden liberal pasaría a ser uno de sus principales infractores.
Las
consecuencias se sentirían mucho más allá del Ártico. Rusia encontraría en ese
precedente un argumento perfecto para legitimar sus anexiones en Ucrania, desde
Crimea hasta los territorios ocupados del Donbás. Israel podría invocar la
misma lógica para consolidar una ocupación indefinida de Gaza. El mensaje sería
claro: las fronteras ya no las definen las normas, sino la correlación de
fuerzas.
La
OTAN, además, quedaría al borde de una crisis existencial. Groenlandia forma
parte del Reino de Dinamarca, uno de los miembros fundadores de la Alianza
Atlántica. Una anexión estadounidense equivaldría a que un aliado despoja a
otro de parte de su territorio. Incluso sin un conflicto armado, la confianza
política que sostiene a la OTAN se vería gravemente dañada. ¿Qué valor tendría
la cláusula de defensa colectiva si el agresor es el principal garante militar
de la propia alianza?
Las
declaraciones de Trump, de su vicepresidente J. D. Vance y de su secretario de
Estado Marco Rubio apuntan en la misma dirección. El presidente ha definido
Groenlandia como una “necesidad absoluta” para la seguridad
estadounidense y no ha descartado el uso de la fuerza para obtenerla. Vance ha
ido más lejos al presentar el orden internacional liberal como un obstáculo
para la defensa de los intereses vitales de Estados Unidos. Rubio, con un tono
más diplomático, ha dejado claro que la soberanía y el derecho internacional no
pueden anteponerse a lo que Washington considere su seguridad estratégica. Es
una visión del mundo de zonas de influencia, de realpolitik desnuda, que
recuerda más a los repartos imperiales del siglo XIX que al multilateralismo de
la posguerra.
En
el corto plazo, lo más probable no es una invasión, sino una presión creciente
sobre Dinamarca y sobre el propio gobierno groenlandés. Inversiones, acuerdos
de seguridad, promesas de prosperidad y una intensa campaña de influencia
pueden convertir a la isla en un protectorado de facto de Estados Unidos sin
necesidad de cambiar formalmente su estatus. Pero incluso ese camino
erosionaría el delicado equilibrio político de la región y la credibilidad
internacional de Washington.
Groenlandia,
esa inmensa extensión de hielo y minerales, se ha convertido así en algo más
que un territorio remoto. Es un espejo del mundo que emerge: un orden
internacional cada vez menos regido por normas y cada vez más por la fuerza. Lo
que ocurra en sus fiordos y en sus bases militares puede anticipar, mejor que
ningún discurso, cómo será la política global en los años que vienen.






