Irán posee las terceras mayores
reservas probadas de petróleo del planeta, pero su peso exportador está
limitado por las sanciones occidentales. Para Estados Unidos, influir sobre ese
caudal energético —en un contexto de rivalidad con China y tensiones en Oriente
Próximo— tendría implicaciones económicas y geopolíticas de primer orden.
Contenido:
Buenos
Aires - En el corazón de la geopolítica contemporánea, donde la transición
energética convive con la persistente dependencia del crudo, el petróleo iraní
ocupa un lugar singular. La República Islámica es el tercer país con mayores
reservas probadas del mundo, con aproximadamente 208.000 millones de barriles,
solo por detrás de Venezuela y Arabia Saudí, según los datos energéticos más
recientes.
Sin
embargo, esa formidable riqueza subterránea no se traduce en una presencia
equivalente en el comercio global. Irán no figura entre los diez mayores
exportadores de crudo del planeta, una anomalía que se explica menos por
limitaciones técnicas que por decisiones políticas y sanciones internacionales.
Las
restricciones económicas impuestas por Estados Unidos y secundadas por sus
aliados occidentales desde 2018, tras la retirada de Washington del acuerdo
nuclear, han limitado la capacidad de Teherán para vender su petróleo en
mercados abiertos y financiar sin trabas su economía. El contencioso en torno
al programa nuclear iraní —y la negativa de Teherán a aceptar determinadas
condiciones de supervisión— ha convertido al sector energético en el principal
campo de presión. El resultado es una paradoja: uno de los mayores depósitos de
crudo del mundo opera en los márgenes del sistema financiero internacional.
Aun
así, Irán ha logrado mantener un flujo significativo de exportaciones. Entre
2024 y 2025, las ventas externas de crudo y condensados se situaron en una
horquilla de entre 1,2 y 1,7 millones de barriles diarios, cifras notables si
se consideran las restricciones vigentes.
Ese
volumen lo coloca por debajo de los grandes superexportadores —como Arabia
Saudí o Rusia—, pero todavía en un rango comparable al de productores medianos
relevantes.
La
mayor parte de ese petróleo tiene un destino claro: China. Entre el 80% y el
90% de las exportaciones iraníes terminan en puertos chinos, muchas veces a
través de circuitos comerciales indirectos o descuentos significativos. Los
datos de seguimiento marítimo indican que en 2025 el crudo iraní representó
entre el 13% y el 14% de las importaciones totales chinas por vía marítima.
Dicho de otro modo, aproximadamente uno de cada ocho barriles que importa la
segunda economía del mundo proviene de Irán.
Para
Pekín, se trata de un suministro atractivo por su precio y por la
diversificación que aporta frente a otros proveedores de Oriente Próximo o
Rusia. Para Washington, en cambio, constituye un recordatorio de los límites
del régimen sancionador y de la creciente interdependencia energética entre
China e Irán. En un escenario de competencia estratégica entre las dos mayores
potencias mundiales, la energía vuelve a adquirir un peso estructural.
Desde
la perspectiva estadounidense, influir de manera decisiva sobre el petróleo
iraní no es solo una cuestión económica. Supone, ante todo, una variable
geopolítica. El ex secretario de Estado Henry Kissinger solía advertir que
“quien controla la energía puede influir en continentes enteros”. La frase,
repetida hasta la saciedad en círculos estratégicos, resume una convicción
compartida en Washington: el petróleo sigue siendo un instrumento de poder.
Estados
Unidos ya es uno de los mayores productores y exportadores del mundo, pero su
fortaleza no radica únicamente en su capacidad interna. Se apoya también en una
red de alianzas con grandes productores del Golfo Pérsico, entre ellos Arabia
Saudí y Emiratos Árabes Unidos, actores centrales en la arquitectura energética
global. Si a esa influencia se sumara un escenario en el que Irán quedara
plenamente integrado en el mercado bajo parámetros favorables a Occidente, el
mapa energético mundial podría experimentar una transformación sustancial.
El
cálculo estratégico se vuelve aún más evidente si se considera el caso
venezolano. Venezuela, con unas reservas probadas que superan los 300.000
millones de barriles, encabeza la clasificación mundial.
Durante
años, las sanciones y el colapso productivo redujeron su peso real en el
mercado. Sin embargo, cualquier reconfiguración política que permita un aumento
sostenido de su producción, combinada con una eventual normalización del sector
iraní, otorgaría a Washington una capacidad de influencia indirecta sobre una
porción extraordinaria de las reservas globales.
Un
escenario en el que Estados Unidos mantenga relaciones sólidas con Arabia
Saudí, preserve su ascendiente sobre otros productores del Golfo y,
simultáneamente, logre condicionar o integrar los flujos de crudo de Irán y
Venezuela, le situaría en una posición de ventaja estructural frente a China.
Pekín depende en más de un 70% de importaciones para cubrir su consumo de
petróleo, y cualquier alteración significativa en la disponibilidad o en los
precios repercute de forma directa en su crecimiento económico.
No
obstante, ese hipotético control o influencia dista de ser sencillo. Implica
resolver un conflicto nuclear enquistado, gestionar la rivalidad regional entre
Irán e Israel, y equilibrar las relaciones con los socios árabes del Golfo, que
observan con recelo cualquier acercamiento excesivo entre Washington y Teherán.
Además, el propio mercado petrolero ha evolucionado hacia una mayor
flexibilidad, con nuevos actores y tecnologías —desde el fracking
estadounidense hasta la creciente participación de Brasil— que diluyen el
monopolio de poder que antaño ejercían unos pocos productores.
La
Agencia Internacional de la Energía ha insistido en que la transición
energética reducirá progresivamente la centralidad del crudo en las próximas
décadas, pero incluso sus escenarios más ambiciosos prevén que el petróleo
seguirá desempeñando un papel relevante hasta bien entrado 2040. En ese
horizonte, el control de grandes reservas continúa siendo sinónimo de margen de
maniobra estratégica.
Irán,
con su combinación de vastos recursos, aislamiento político y creciente vínculo
con China, se ha convertido en una pieza clave de ese rompecabezas. Para
Estados Unidos, influir sobre su petróleo significaría no solo reordenar un
mercado, sino también alterar el equilibrio de poder entre las principales
potencias del siglo XXI. En un tablero internacional marcado por la competencia
sistémica, el crudo iraní es mucho más que una mercancía: es una palanca de
poder.

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