sábado, 11 de abril de 2020

BRASIL ¿Y DÓNDE ESTÁ EL PILOTO?




Mientras el número de infectados y víctimas fatales crece en Brasil surgen dudas de quién está al frente del país y cuál es la política aplicada para luchar contra la expansión del Covid-19

Brasil el estado más extenso y poblado de Sudamérica con 212 millones de habitantes . Es también el país con mayor número de infectados y muertos. Aunque las cifras son estimativas por falta de adecuados testeos, los infectados superan los 20.000 casos y las víctima fatales los 1.000 muertos.

Aunque Brasil es uno de los BRICS, es decir, una de las cinco naciones con economías emergentes más importantes del planeta, lo cierto es que la realidad socioeconómica y las carencias que presenta el sistema sanitario brasileño hacen difícil la contención de la pandemia del coronavirus.

En enero pasado, Brasil se disponía a dejar atrás la crisis por la que atravesó el país en 2015 y 2016, cuando el PBI se hundió cerca de un 7% en la que fue la peor recesión en las últimas décadas. En 2017 el país comenzó a salir de la parálisis, la economía creció un 1,3%, el mismo porcentaje en 2018, mientras que se contrajo un poco con el 1,2% de 2019. El gran salto debería haber llegado en 2020 cuando se estimaba un crecimiento cercano al 2,4% pero el coronavirus ha sepultado toda esperanza de recuperación económica.

La situación social es igualmente desesperanzadora, aproximadamente, treinta millones de brasileños carecen de agua corriente y cloacas incluyendo a los once millones y medio  que viven hacinados en lo que el gobierno denomina “comunidades” o “aglomerados subnormales” pero que el brasileño de a pie llama coloquialmente “favelas”. Espacios urbanos superpobladas donde impera la pobreza extrema, la marginalidad y el delito.

La cantidad de brasileños que viven en esas miserables favelas es superior a la población total de Bolivia, Suecia o Suiza considerados individualmente. A ellos se agrega otro millón de población aborigen dispersa en 305 tribus a lo largo del territorio amazónico de Brasil.
Esto ha llevado al presidente Jair Bolsonaro a considerar que el “modelo sanitario” adoptado por el resto del mundo, que consiste en la suspensión de las clases escolares y universitarias, interrupción de la actividad económica, de vuelos y del transporte terrestre de pasajeros, aislamiento social para la totalidad de la población, testeos masivos de personas con síntomas, separación e internación de las personas afectadas, etc. resultan de imposible aplicación en Brasil y causarían más perjuicios que beneficios.

Al parecer, Bolsonaro llegó a esa curiosa conclusión después de considerar al menos tres aspectos singulares de Brasil.

En principio, que el deficiente sistema sanitario brasileño, con sus crónicos problemas de infraestructura y carencia de insumos era incapaz de detectar y atender a un volumen masiva de afectados cuando estos lleguen a lo que periodísticamente se ha denominado “el pico de la pandemia”.

Por otra parte, la extensión del territorio brasileño, en gran parte agreste y surcado por grandes ríos, hace muy difícil la aplicación de controles a los desplazamientos y estado sanitario de las personas. Además, gran parte de la población se encuentra concentrada en regiones metropolitanas superpobladas como Sâo Paulo, con veintiún millones, o Río de Janeiro con doce millones, de los cuales 1,4 millones de cariocas se hacinan en favelas.

Al momento de escribir estas líneas en la favelas cariocas se han registrado doce muertos por coronavirus. Las autoridades han debido negociar con las bandas de narcotraficantes y la milicias (grupos militares organizados por policías y expolicías) que controlan efectivamente las favelas para que permitan retirar los cuerpos. Estos grupos han llegado a imponer un “toque de queda” informal obligando a los residentes a permanecer por la noche dentro de sus precarias viviendas.

Es decir, que la geografía y la demografía brasileña dificultan la efectividad en la aplicación de las medidas necesarias controles aún con la activa participación del personal de las fuerzas armadas.

Por último, Bolsonaro sin lugar a duda ha considerado que casi la mitad de los brasileños o bien vive al día, realizando tareas ocasionales e informales que suelen denominarse “changas”, o son vendedores callejeros. Incluso buena parte de los profesionales y comerciantes de clase media carecen de ingresos fijos y dependen de su trabajo cotidiano para sobrevivir.

En otras palabras, Bolsonaro, como otros jefes de Estado, especialmente los  latinoamericanos, se enfrenta con el dilema de enfrentar los daños humanos que provoca la pandemia o soportar las consecuencias económicas y humanas provocadas por la suspensión de la actividad económica en su país.

El problema es más intenso en Brasil por el volumen de su población marginal y por la existencia de más de cinco mil grupos del crimen organizado y milicias parapoliciales. La combinación de ambos factores deja abierta la posibilidad de que se produzcan desbordes sociales con saqueos de comercios y viviendas.

Todos estos factores parecen haber convencido al presidente Jair Bolsonaro de no aplicar el modelo sanitarista y mantener la economía brasileña en funcionamiento aún a riesgo de expandir la pandemia.

Claro que Bolsonaro no se caracteriza precisamente por trasmitir su decisiones de forma racional y mesurada.

Siguiendo su tradicional y poco ortodoxo sistema de comunicación, Bolsonaro se dedicó a menospreciar la gravedad de la situación. Calificó a la pandemia de “gripezinha” o “resfriadinho” y afirmó que “si los brasileños pueden nadar en las alcantarillas y no les pasa nada, podrán sobrevivir a este resfriado miserables”. “Algunos morirán porque así es la vida” dijo con fatalismo.

Para demostrar su menosprecio a la enfermedad incremento sus actividades públicas, saludó a los vecinos en las calles y visitó “churrasquerías” y panaderías conversando con los trabajadores.

En lugar de intensificar sus esfuerzos para adaptar el sistema médico brasileño para encarar a la pandemia puso sus esperanzas en Dios. “Dios es brasileño. La cura está ahí”.
En un claro mensaje a la comunidad cristiana (evangélica), que en Brasil es muy numerosa e influyente y suele votar por Bolsonaro, convocó al “Ejército de Cristo para la mayor campaña de ayuno y oración vista en la historia de Brasil.”

Los partidos políticos opositores, los altos mandos militares e incluso algunos de sus ministros resisten la política aplicada por el presidente para hacer frente al Covid-19.

Los partidarios de tomar medidas más activas dentro del gobierno son el ministro de Salud Luiz Henrique Mandetta, el ministro de Justicia Sergio Moro, el ministro de Economía Paulo Guedes y el primer ministro de la Casa Civil de Brasil, el general Walter Souza Braga Netto e incluso el vicepresidente general Hamilton Mourao. Bolsonaro y Mandetta han protagonizado incluso polémicas pública. Recientemente el presidente pretendió destituir a su ministro pero encontró la oposición de los altos mando militares.

A ellos se suman Rodrigo Maia y David Alcolumbre, presidentes de la Cámara de Diputados y del Senado, el presidente del Supremo Tribunal Federal, Antonio Días Toffoli y la mayoría de los 27 gobernadores que impusieron la cuarentena en sus respectivos estados.

Entre los sectores políticos que demandan otras medidas sanitarias se encuentran los excandidatos presidenciales Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores, Ciro Gómes del Partido Democrático Laborista y Guillermo Boulos del Partido Socialismo y Libertad y especialmente el expresidente Luiz Inácio “Lula” Da Silva quien incluso promueve la destitución del Bolsonaro.

La popularidad del presidente Bolsonaro se ha derrumbado y el 31 de marzo se produjeron cacerolazos con lemas como: “Fuera Bolsonaro” y “Basta Bolsonaro” en las ciudades de São Paulo, Río de janeiro, Brasilia, Belo Horizonte y Recife.

No obstante, según una encuesta de la prestigiosa Datafolha registró que el 59% de los brasileños rechaza la renuncia del mandatario. Además, el 52% cree que el presidente tiene capacidad para liderar el país, ante un 44% que le niega esas condiciones según una encuesta de Folha de São Paulo.

En este contexto, Brasil carece de una política unificada y de una conducción unificada y clara para hacer frente a la expansión del coronavirus. Las fuerzas armadas salen a las calles para realizar medidas sociales de distribución de alimentos, realizar fumigaciones y controlar a la población, pero no hay compras masivas de insumos (barbijos, respiradores, alcohol en gel, etc.) por parte del Estado brasileño ni se preparan instalaciones para contener la expansión de los contagios. Algunos Estados o ciudades han suspendido las clases en las escuelas pero el gobierno nacional no ha tomado ninguna medida al respecto lo mismo ocurre con el aislamiento social.

Mientras tanto, circulan rumores de un golpe blando instrumentado por los militares que alejaría al presidente Jair Bolsonaro del gobierno, pero este sigue al frente del país aunque nadie conoce con certeza quien y hasta donde cumple con sus directivas.

En otras palabras, en Brasil nadie sabe dónde está el piloto.
    

jueves, 9 de abril de 2020

LA GRAN HERMANA FREDERIC TE VIGILA



La ministra de Seguridad Sabina Frederic pretende aprovechar la escusa de la pandemia de coronavirus para instalar el “Estado Policial” en Argentina ordenando a las fuerzas de seguridad federales que realicen “ciber patrullajes” en las redes sociales.

En una medida propia de “1984” el anticipatorio libro de George Orwell, la ministra Sabina Frederic ha decidido emplear como escusa la pandemia de coronavirus y la necesidad de evitar saqueos para perseguir a los opositores que expresan su descontento en las redes sociales.

Al parecer, en el gobierno kirchnerista existe gran preocupación por el creciente descontento de la población por la forma en que se ha gestionado la crisis del Covid-19 y la paralización de la economía.

Recientemente, han trascendido groseros hechos de corrupción en la compra por parte de gobierno de alimentos e insumos médicos para distribuir gratuitamente los sectores más humildes afectados por la pandemia. El presidente Fernández ha debido solicitar la renuncia a quince funcionarios públicos involucrados en la contratación de esas compras aunque no se tomaron medidas penales contra ellos.

Desde consultoras cercanas al gobierno se insiste en difundir encuestas donde el presidente Alberto Fernández tiene una aprobación superior al 90%. No obstante, las evidencias de malestar social indican que la realidad es otra.

La tensión social también se ha incrementado por la persiste negativa del gobierno a reducir los sueldos de los funcionarios públicos designados políticamente. “Yo soy parte de un Gobierno de funcionarios que los llamás a las 7 de la mañana y están; y los llamas a la una de la mañana y están, y siempre tiene respuestas para todo” […] “Ninguno de esos funcionarios tienen empresas en el exterior, empresas offshore ni tiene empresas propias de donde sacan utilidades. Viven de su sueldo. Ninguno de ellos tiene un sueldo exorbitante ni yo tengo un sueldo exorbitante”, justificó el presidente Fernández.

Muchos se preguntan si esa afirmación incluye a su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner cuya hija Florencia esta procesada por guardar U$S 4.660.000 dólares sin declarar en una caja de seguridad del Banco Galicia.

Algo similar ocurrió con el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Sergio Massa que primero anunció una reducción del 40% en las dietas de los diputados y luego debió dejar “a conciencia de los legisladores” la decisión de donar parte de sus salarios. Finalmente, Massa tan solo redujo en 200 millones de pesos (unos tres millones de dólares) en el gasto político (pasajes, sueldo de asesores, etc.) de la Cámara en los siguientes cinco meses (40 millones, algo menos de U$S 600.000 por mes al cambio oficial).

El descontento de la población, debido a la imposición del aislamiento social, se ha manifestado a través de la difusión de vídeos, comentarios y memes en las redes sociales y de cacerolazos por las noches en las grandes ciudades, que cada día se hacen más generalizados.

El gobierno considera que este malestar es incentivado desde sectores políticos opositores empleando los llamados “trolls” que difunden “fake news” o realizan convocatorias a cacerolear.

Desde la oposición por su parte, indican que la medida contradice el Artículo 4° de la Ley de Inteligencia que prohíbe a los organismos oficiales llevar a cabo tareas de espionaje interno y reunir inteligencia sobre los ciudadanos por motivos políticos, ideológicos o religiosos e incluso que viola las garantías individuales establecidas por la Constitución Nacional.

También se señala que el “ciber patrullaje” es una medida adoptada usualmente por gobierno dictatoriales con el régimen chavista de Venezuela, la Cuba de los Castro, el general Al Sissi en Egipto o la China de Xi Jinping.

Algunos expertos en inteligencia estiman que el ministerio de Seguridad podría haber llevado a cabo esta ilegal práctica de espionaje interior desde hace meses y que con este anuncio la ministra Frederic podría estar empleando la excusa del coronavirus para “blanquearla” o legalizar esa actividad.

Otros consideran que este anuncio en realidad es difícil de implementar en forma eficiente con los medios disponibles y que tan solo pretende infundir temor a represalias gubernamentales en quienes expresan su oposición a través de la redes sociales haciendolos sentir controlados.

Por otra parte, el ministerio de Seguridad cuenta con poco personal para llevar a cabo una tarea tan compleja como el monitoreo de las redes sociales. Con este anuncio, Frederic tendría el marco jurídico y la escusa para ordenarle a las estructuras de inteligencia criminal de las Fuerzas de Seguridad que dediquen parte de sus recursos humanos y materiales a controlar a la población opositora.

Ahora, la antropóloga Sabina Frederic se convertirá en una suerte de orwelliana “ministra de la Verdad” que podrá monitorear pensamientos e ideas de los argentinos identificando a quienes dan un “like” o realizan un comentario desfavorable sobre el gobierno populista y adoptar medidas en consecuencia. Desde ahora, en Argentina “el Gran Hermano te vigila”.
  
   

lunes, 6 de abril de 2020

INICIATIVA HUMANITARIA DEL REY MOHAMMED VI CON RESPECTO A LA POBLACIÓN CARCELARIA




El Rey de Marruecos Mohammed VI completó las medidas de prevención para contener la pandemia de coronavirus reduciendo drásticamente la población carcelaria del Reino por razones humanitarias.

El Rey de Marruecos demostró su nivel de estadista al implementar con anticipación en el Reino de Marruecos enérgicas medidas para contener la expansión de la pandemia del COVID-19.

Marruecos fue uno de los primeros países, antes que España, Italia o Argelia, en cerrar sus fronteras, cortar vuelos internacionales, interrumpir el turismo y establecer un estricto régimen de aislamiento social, prohibiendo las concentraciones de más de cincuenta personas, el cierre de mezquitas, cines, restaurantes y bares. Las drásticas medidas redujeron considerablemente la expansión de la pandemia.

Paralelamente, el Rey Mohammed VI se dedicó a atender las urgencias que la nueva situación provocaban en la población, el sistema sanitario y en la economía marroquí.
Comenzando por modernizar la infraestructura sanitaria y dotarla de nuevos equipos, material de protección, respiradores, etc. para posibilitar que el Reino dispusiera de los medios necesarios para enfrentar con solvencia el desafío que implica esta pandemia con los recursos materiales necesarios.

Luego siguió la creación de un fondo un monto de mil millones de euros y una donación de otros doscientos millones de euros aportados en forma privada por el Consejo de Administración de Al Mada (el holding de la familia real marroquí).

Recientemente las previsiones reales contemplaron otras cuestiones humanitarias como la situación en que se encuentra la población de riesgo dentro de los establecimientos penitenciarios de rehabilitación.

A los efectos de atender los peligros que generan las circunstancias excepcionales que enfrenta el mundo, el Rey Mohammed VI dispuso, por razones humanitarias, la liberación de 5.654 internos del sistema carcelario marroquí.

Los internos beneficiados de este indulto real fueron seleccionados según criterios de solidaridad y humanidad pero también objetivos, que tomaron en consideración la edad, estado sanitario, tiempo de condena cumplida, así como la conducta que habían evidenciado a lo largo de su detención.

Antes de su liberación los detenidos serán sometidos a exhaustivas pruebas médicas para asegurar que no estén infectados por el virus. Además, al ser liberados deberán igualmente cumplir una cuarentena preventiva para garantizar su seguridad y la del resto de la población marroquí.

La decisión humanitaria del Rey de Marruecos demuestra la preocupación de u Majestad por proteger de la pandemia que asola al mundo a todos los marroquíes aún aquellos que en algún momento de su vida cometieron errores y violaron la ley.


martes, 31 de marzo de 2020

EL CONURBANO NO APARECE EN LOS NOTCIEROS



Cacerolazos, motines en las cárceles, saqueos en el Gran Buenos Aires y desobediencia empresaria destruyen el relato oficial de que la crisis del coronavirus se encuentra bajo control.

Los afectados por el Covid-19 en Argentina se acercan dramáticamente a los mil infectados y los muertos a veintisiete, mientras el presidente haciendo gala de un insólito optimismo declaró en una entrevista: “los primeros resultados dicen que estamos dominando al virus... Muchos países de Europa, Estados Unidos también, impusieron la cuarentena tardíamente cuando el virus se había propagado mucho. Nosotros lo estamos controlando.”

En sintonía con esa visión optimista, el médico infectólogo Gustavo Lopardo, integrante del Comité de Crisis que realiza el seguimiento del avance de la pandemia en el país, propuso que los medios de comunicación cesen de informar sobre el número de afectados para no generar miedo.

“Contar los muertos e infectados es el rol de la Organización Mundial de la Salud, no de los medios”, concluyó el asesor presidencial. Como si para bajar la fiebre de un enfermo fuera suficiente con romper el termómetro.

Al mismo tiempo los medios de prensa controlados por el gobierno y los encuestadores afines al kirchnerismo insisten en tratar de instalar la idea de que el presidente tiene un nivel de aprobación superior al 90% cuando diversos acontecimientos indican que eso no es así.

El lunes 30 de marzo, entre las 21.00 y 21.30 hs., se produjo un cacerolazo masivo en las ciudades de Buenos Aires y Córdoba capital -la segunda en importancia del país- pidiendo que ante la crisis del coronavirus los políticos se bajen los sueldos.

La protesta surgió en las redes sociales y se expandió a través de las cadenas de WhatsApp, un medio que el gobierno no puede controlar pese a contar con un numeroso “ejército de trolls”.

El sector de la sociedad que tiene un trabajo formal, una vivienda propia y paga impuestos esta cansada de que el gobierno le imponga una “solidaridad forzada” con los sectores populares dependientes de la ayuda financiera estatal mientras con los políticos se fijan altísimos salarios y se otorgan suculentos beneficios -pasajes de avión gratuitos, chofer y automóvil oficial, numerosos asesores bien remunerados, excepciones impositivas, etc.- con recursos provenientes de los impuestos pagados por los contribuyentes.

En la provincia de Tucumán, una de las más pobres del país, por ejemplo, cada uno de sus 49 legisladores provinciales le cuesta cada año al erario local $85.716.327 pesos argentinos, que equivalen a 5.042 salarios mínimos vitales y móviles (de aproximadamente $17.000.-) o U$S 1.026.543 dólares estadounidenses al cambio oficial.

El ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Solá recibe un salario mensual de $628.991 pesos argentinos, que equivalen a 37 salarios mínimos vitales y móviles o unos U$S 10.000 dólares estadounidenses. No es una cifra demasiado alta para un funcionario de esa jerarquía. Además, cada vez que el ministro sale del país, como cualquier otro miembro del gabinete, percibe “viáticos” diarios en dólares por cada día que permanece en el extranjero y cuyo monto varían según el país de destino y que no debe justificar si los gasto o no, son para él. También recibe un monto considerable y variable en concepto de “gastos eventuales”. Esos fondos si debe justificarlos con boletas y reintegrar el sobrante si no los emplease.

Los interesante es que el Canciller paga impuesto a las ganancias por su salario y no por los “viáticos o los gastos eventuales” que se abonan por boleta separada en efectivo previamente al inicio de su viaje. Como encargado de las Relaciones Exteriores del país el Canciller debe viajar con frecuencia por lo que en algunos meses sus ingresos por concepto de “viáticos” pueden superar sus haberes.

En Argentina, la política no conoce de ajustes ni solidaridades. Pero, la gota que colmó el vaso de la paciencia colectiva fue la decisión del gobierno de contratar a algunos artistas que se identifican públicamente con el kirchnerismo -como el músico Fito Páez- para que realicen desde sus domicilios funciones para “alegrar” a la población a través de las redes sociales. Una suerte de paliativo oficial para compensar a los artistas amigos por la suspensión de los espectáculos debido a la cuarentena.

Es que los gobiernos populistas se especializan en hacer solidaridad y apoyar a la “cultura” con el dinero de los otros.

La imposición de la cuarentena con congelamiento de despidos, de incrementos en los alquileres y el cese de actividad económica ha erosionado considerablemente el apoyo que el gobierno recibía de un sector del empresariado.

Eso se hizo evidente cuando la empresa ítalo-argentina Techint, una de las principales contratistas de la obras pública, despidió, pese a la prohibición gubernamental de efectuar despidos, suspensiones o reducciones de sueldos a los empleados; a 1.450 de sus trabajadores.

Aunque por el momento el gobierno logró que la prensa ocultara estos hechos, en las redes sociales circularon filmaciones caseras efectuadas por ciudadanos particulares -y en algunos casos por el propio personal de seguridad- de motines en las cárceles de Batán -provincia de Buenos Aires- y Coronda -provincia de Corrientes-, protagonizados por presos que demandaban medicamentos y alimentos. Saqueos a comercios en la localidades bonaerenses de La Plata, Tigre y Pergamino.

Curiosamente, estos saqueos no se produjeron contra locales de grandes cadenas de supermercados que cuentan con guardias de seguridad y seguros por vandalismo, sino contra pequeños comercios locales, en especial verdulerías. Parece que, al menos en esta ocasión, para los saqueadores es más importantes hacerse con una bolsa de papas que robar un electrodoméstico o una botella de bebida alcohólica. Por algo, los productos de la huerta subieron entre un 100 y un 200% desde el establecimiento de la cuarentena.

Por último, el fin de semana pasado circuló por las redes sociales y hasta se comentaron en los medios de prensa tradicionales -aunque sin proyectarlos- videos grabados por un ciudadano mientras recorría las calles del municipio bonaerense de La Matanza donde era posible observar apretadas colas de varias cuadras de extensión de gente que pretendía acceder a un cajero automático para sacar dinero, también se veían vendedores callejeros y personas que transitaban tranquilamente por las calles sin emplear barbijos ni ninguna otra medida de protección. La filmación no mostraba ninguna presencia policial ni de autoridad municipal o provincial alguna.

Otro vídeo revelaba la circulación de buses -llamados en Argentina “colectivos”- “truchos” -es decir falsos o ilegales-. Por lo general se trata de unidades de transporte dejadas fuera de servicio por su deterioro y antigüedad que circulan en forma clandestina evitando los cruces de calles controlados por la policía. Los pasajeros pagan un boleto o tique mínimo y a cambio viajan hacinados, apretados unos contra otros, solo los afortunados consiguen un asiento. Allí tampoco nadie emplea barbijos pese a viajar en un espacio cerrado y falto de ventilación.

Es que el conurbano bonaerense profundo nunca sale en los noticiarios televisivos.
Resulta evidente que pese a las optimistas afirmaciones del presidente Fernández, la situación epidemiológica en Argentina dista mucho de estar bajo control y que finalmente esta negligencia oficial luego se saldará inevitablemente en un número mayor de víctimas que hoy se podrían evitar. Pero, el relato y la incapacidad de las autoridades de todos los niveles lo impide.


jueves, 26 de marzo de 2020

EL RELATO TAMBIÉN LLEGA AL CORONAVIRUS



El gobierno de Alberto Fernández ha construido un “relato” afirmando que tiene la bajo control pero la realidad es que la Argentina reaccionó tarde y mal frente a la pandemia de coronavirus.

Los gobierno populistas del llamado socialismo del siglo XXI suelen reemplazar la realidad que les es adversa por una fantasía bien construida. Una realidad alternativa que el kirchnerismo ha bautizado como: “el relato”.

Así, durante el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, cuando se incrementó el porcentaje de población por debajo de la línea de pobreza, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos -INDEC- respondió dejando de medir el índice de pobreza. El entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, de cuya área dependía ese organismo, justificó esta decisión afirmando que medir la pobreza era “estigmatizar a los pobres”.

Así, que por decisión gubernamental, en la Argentina kirchnerista, dejaron de existir los pobres. En realidad, pobres había y en cantidad, todos los veían pero nadie sabía con certeza cuantos eran y si su número crecía o disminuía.

Ahora el gobierno de Alberto Fernández procede en forma similar con respecto a la expansión del coronavirus tratando de instalar la idea de que ha actuado correctamente y a tiempo para prevenir lo más posible la difusión de la enfermedad.

Aunque la situación es otra. El gobierno argentino adopta tarde las medidas necesarias y las implementa mal. No obstante, difunde ante la población la idea de que tiene todo bajo control y que se han adoptado todas las previsiones posibles. Lo cual no es cierto.

Luego de menos preciar la gravedad de la pandemia con las declaraciones triunfalistas del ministro de Salud Ginés González García, un médico que llegó al cargo patrocinado por la industria farmacéutica, el gobierno comprendió la gravedad de la amenaza y los riesgos electorales que encerraba a futuro y decidió actuar con energía pero el entramado de incapacidad e intereses políticos y económicos trabó la adopción de las medidas de fondo.

El gobierno inicialmente estableció un acuerdo con la oposición y los medios de prensa para evitar las críticas a las medidas adoptadas para contener la pandemia. Se trataba de suspender “la grieta” y la persecución a los funcionarios y periodistas macristas en nombre de la unidad nacional frente a la crisis y planteando la necesidad de impedir la propagación del pánico en la población.

La prensa comenzó a dedicar mucho espacio a las imágenes del presidente Fernández, ataviado con un curioso casco blanco, recorriendo instalaciones sanitarias y realizando declaraciones redundantes y poco concretas, como el anuncio de que destinaba veinte millones de dólares a la lucha contra el coronavirus, mientras que otros países como Marruecos destinaban 1.000 millones para paliar la emergencia.

Había dado comienzo el relato sobre el coronavirus: el presidente Fernández se había anticipado a la crisis, tenía la situación bajo control y no había nada de qué preocuparse.
Algunos periodistas y ciertos analistas que venden su imagen de “independientes” comenzaron a difundir reiteradamente que la imagen positiva del presidente se había incrementado notablemente. Como si frente a la pandemia del coronavirus fuera importante la imagen del presidente. Lamentablemente, la realidad era otra.

Mientras tanto, comenzó el aprovechamiento político de la coyuntura con desprecio de las urgencias que el momento imponía. El mejor ejemplo de ello fue la puja en torno al inicio o no de las clases.

Durante los cuatro años del gobierno de Mauricio Macri, los gremios docentes en manos de dirigentes kirchneristas impidieron, con huelgas por reclamos salariales, el normal inicio de las clases previsto en el calendario escolar.

Tanto el presidente Alberto Fernández como el gobernador de la provincia de Buenos Aires Axel Kicillof, estaban interesados en instalar el mensaje en la población de que con el kirchnerismo en el gobierno las clases comenzaban sin incidentes en la fecha prevista.

El calendario escolar establecía el inicio de las clases en la educación primaria para el lunes 2 de marzo y una semana más tarde, el lunes 9 para los alumnos de secundaria. El gobierno hizo que las clases comenzaran según ese calendario,  aunque para ese entonces ya se habían registrado los primeros casos de coronavirus, muchos alumnos regresaban de sus vacaciones en el extranjero y en diversos países se habían interrumpido las clases. La prudencia indicaba que lo correcto era no iniciar las clases pero los intereses políticos prevalecieron.

Finalmente, el viernes 13, es decir al fin de la segunda semana de clase para los alumnos primarios y de la primera para los estudiantes de secundaria, se suspendieron las clases después de exponer a docentes y alumnos al riesgo de contagio y a la expansión de la pandemia.

Los controles en aeropuertos y a los viajeros se manejaron la misma negligencia.

Quién esto escribe partió desde Buenos Aires a Madrid el 1° de marzo y regresó a Argentina desde esa ciudad el día 11. Para ese entonces el gobierno argentino afirmaba que se realizaban controles de temperatura a los pasajeros. Pero no era cierto. En ambas ocasiones este viajero no observó ningún tipo de controles ni en el aeropuerto de Ezeiza ni en el de Barajas.

El 10 de marzo el gobierno argentino decretó que todos los viajeros que arribaran al país provenientes de lugares con una alta tasa de casos de coronavirus, como España, Estados Unidos o Italia, estaban obligados a realizar un aislamiento preventivo de catorce días.

Sin embargo, al arribar al aeropuerto de Ezeiza no había ningún tipo de control. Solo se les pedía a los pasajeros que completara una supuesta declaración jurada donde aseguraba no tener ninguno de los síntomas del covid-19, pero nadie controlaba los datos consignados. Era muy sencillo mentir, incluso consignar un nombre y domicilio falso. Una persona retiraba los formularios a medida que los pasajeros descendían sin molestarse en leerlos, mucho menos en confrontar los datos con los del pasaporte. Las declaraciones juradas eran un mero formulismo para afirmar la existencia de controles.

Luego los viajeros provenientes de varios vuelos -en este caso precisamente de España e Italia- se hacinaron durante casi una hora en una amplia sala donde formaron una apretada fila en zigzag para cumplir con el trámite migratorio habitual. Pese a que muchas personas tosían y lucían sus ojos afiebrados a ninguna autoridad aeroportuaria ni sanitaria se le ocurrió tomarles la temperatura o sacarlos de la fila para verificar su estado.

Al dejar las instalaciones del aeropuerto los viajeros se distribuyeron en diversos medios de transporte público y privado rumbo a sus lugares de alojamiento sin ningún tipo de control.
Durante días, residentes en Argentina y turistas continuaron arribando al país sin que las autoridades los obligaran a cumplir con el aislamiento obligatorio. Los turistas se registraban en sus hoteles y luego salían alegremente a recorrer la ciudad y a comer en restaurantes y bares llenos de gente. Incluso un crucero de turismo repleto de pasajeros permitió su descenso en el puerto de Buenos Aires y las autoridades tardaron dos días en obligarlo a zarpar.

En ese momento, 11 de marzo, para un país de casi tres millones de kilómetros cuadrados de extensión y cuarenta y cuatro millones de habitantes había un solo laboratorio habilitado -el Instituto Malbrán- para efectuar los análisis sobre la existencia o no de coronavirus. Hoy, con más de quinientos casos detectados y nueve  muertos, los laboratorios habilitados son solo seis en todo el país y la cantidad de reactivos de prueba es insuficiente para todos los pacientes sospechosos de haber contraído la enfermedad. Esto significa que el número real de contagiados y de muertos por coronavirus se ignora y que el gobierno no implementa los controles necesarios para establecer un conteo confiable.

Finalmente, el jueves 19 de marzo el gobierno decretó el cese total de actividades hasta el 31 de marzo y la obligatoriedad de permanecer en los domicilios para el grueso de la población.

Sin embargo, como había previsto un feriado de cuatro días hasta el 24 de marzo. Los argentinos ignorando la prohibición oficial, alegremente partieron para unas minivacaciones en la costa y otros destinos de turismo interno. Nuevamente, el gobierno nacional no tomó ninguna medida para impedirlo. Tan solo los intendentes y algunos vecinos de ciertas localidades evitaron la llegada de turistas a sus ciudades.

Mientras tanto, los primeros días del cese de actividades laborales y comerciales comenzaron a golpear fuerte en la economía de los trabajadores por cuenta propia (peluqueros, entrenadores físicos, taxistas, remiseros, vendedores callejeros, jardineros, empleadas domésticas, masajistas, dentistas, abogados, psicólogos, plomeros, albañiles, etc.) se quedaron de un día para otro sin ingresos y sin fecha cierta de cuándo podrán trabajar nuevamente.

Estamos hablando de entre el 35 y 45% de las familias argentinas, incluyendo gran parte de la población con menores recursos que depende de los pagos que reciben del gobierno: la asignación universal por hijo, planes sociales que se pagan por tarjeta de débito, distribución gratuita de alimentos, y de la comida que brindan los  comedores comunitarios, etc.

La aplicación de aislamiento social obligatorio detonó motines en algunas cárceles. Los presos acusaron al personal penitenciario de no respetar la cuarentena si habían viajado al exterior, se quejaban de que había disminuido la comida y de que se suspendieran las visitas de familiares.

También se registraron protestas en los barrios de emergencia donde la población más carenciada se hacina en precarias viviendas. Allí en ocasiones viven tres o cuatro personas en una pieza, sin agua corriente ni cloacas. Incluso hubo saqueos a comercios y ataques a personal policial en algunas zonas marginales del Gran Buenos Aires que el gobierno ha tratado de minimizar y ocultar presionando a la prensa.

En las “villas”, donde la policía rara vez entra, la gente se niega a cumplir con el aislamiento y se reúne a conversar en los pasillos, jugar al futbol y tomar cerveza o incluso mate…
Si el coronavirus entra en alguno de estos asentamientos poblacionales, con 15 o 20.000 habitantes, las consecuencias serán letales.

Actualmente, la situación en Argentina parece controlada. Pero es tan sólo la calma que precede a la tormenta. Según los expertos esa tormenta puede llegar en la primera quincena de abril con la aparición de los primeros fríos.

El gobierno no está debidamente preparado para hacer frente a la expansión de la pandemia. Además, la sociedad toda no parece comprender la gravedad de la situación, casi 140.000 personas han sido detenidas y procesadas por violar la cuarentena. La gente, sin distinción de niveles sociales, vulnera el aislamiento social y menosprecia las medidas de prevención. En algunos casos, incitados por el mal ejemplo de algunas autoridades nacionales y ciertos comunicadores sociales.

Parece que una vez más los argentinos insisten en bailar sobre la cubierta del Titanic.

jueves, 19 de marzo de 2020

EL REY DE MARRRUECOS TOMA LA INICIATIVA EN LA LUCHA CONTRA LA PANDEMIA DE CORONAVIRUS



El Rey Mohammed VI adopta previsiones financieras para proteger al Reino de Marruecos de los efectos de la pandemia de Covid 19 que ha puesto en jaque al mundo.

El Rey de Marruecos, Mohammed VI, ha reaccionado rápidamente para enfrentar la pandemia de coronavirus. Las primeras medidas adoptadas por decisión del monarca fueron la suspensión de vuelos y el cierre de fronteras. Ahora, el monarca alauí se ha puesto al frente de la lucha contra el coronavirus adoptando medidas de carácter económico.

El Rey ha dispuesto la creación de un fondo especial para modernizar la infraestructura sanitaria y dotarla de nuevos equipos, material de protección, respiradores, etc. para posibilitar que el Reino atienda el desafío que implica esta pandemia con los recursos materiales necesarios.

El monarca ha destinado a este fondo un monto de mil millones de euros. A ello se suman otros doscientos millones de euros de donación privada aportados por el Consejo de Administración de Al Mada (el holding de la familia real marroquí).

Esta donación personal de la familia real indica la especial sensibilidad que tiene la monarquía sobre la difícil situación que enfrenta su pueblo y su deseo de contribuir a aliviarla.

Los fondos reunidos también se emplearán para atenuar en la medida de lo posible las consecuencias económicas de la pandemia. Recordemos que en Marruecos la industria turística es un pilar de la economía que genera recursos para miles de familias trabajadoras. El Reino magrebí recibe anualmente once millones de turistas y su ausencia impactará duramente en la economía de los sectores populares y las pequeñas y medianas empresas marroquíes.

Es por lo que el Rey Mohammed VI se ha anticipado en la generación de acciones concretas y efectivas para enfrentar el difícil momento por el que atraviesa el mundo y que lógicamente también afectará a su Reino.


domingo, 15 de marzo de 2020

ESPÍA Y TRAIDOR, LIBRO DE BEN MACINTYRE



Comentario a la biografía del coronel de la KGB Oleg Antonovich Gordievski quien se convirtió en espía a las órdenes de Secret Intelligence Service, más conocido como SIS o MI6, durante más de una década.

El libro “Espía y Traidor. La mayor historia de espionaje de la Guerra Fría”, publicado en una edición de tapa dura de 380 páginas (en realidad 349, si se descuentan agradecimientos y diversos índices), ilustrada con buenas y claras fotografías, por la Editorial Planeta a través de su sello “Crítica”, en 2019, en Madrid, constituye la primera biografía novelada del último espía soviético al servicio de la inteligencia del Reino Unido.

Benedict Richard Pierce Macintyre (1963) después de obtener su título de grado en historia en St. John’s College de Cambridge en 1985, ha repartido sus labores entre el periodismo y la actividad de escritor. Actualmente es columnista y editor asociado de The Times.

Como escritor, Macintyre ha publicado numerosos libros. Algunos de ellos han llegado al lector de habla hispana a través del sello “Crítica”, como: “El agente Zigzag. La verdadera historia de Eddie Chapman, el espía más asombroso de la Segunda Guerra Mundial” (2009); “El hombre que nunca existió. Operación Carne Picada. La historia del episodio que cambio el curso de la Segunda Guerra Mundial” (2010), “La historia secreta del día D. La verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler” (2013); “Un espía entre amigos. La gran traición de Kim Philby” (2015) y, “Los hombres del S.A.S: Héroes y canallas en el cuerpo de operaciones especiales británico” (2017).

Otros trabajos importantes de Macintyre, como “For hour eyes only, Iam Fleming and James Bond” (2008), un catálogo escrito para el London’s Imperial War Museum al conmemorarse el centenario del escritor más emblemático del género de espionaje, no han sido traducidos aún.

Macintyre, sin embargo es un historiador que investiga y relata hechos reales del mundo del espionaje en el siglo XX y no un escritor de ficción. El no crea a sus personajes sino que los elige cuidadosamente.

En general escribe laudatoriamente sobre quienes arriesgaron su vida con éxito para espiar o llevar a cabo operaciones especiales al servicio de la inteligencia británica. Por ejemplo, el relato que este caso realiza Macintyre sobre el desertor soviético Oleg Gordievski parece destinado a presentar como un héroe a un hombre que traicionó a su país, a la organización para la cual trabajaba y a la que había jurado lealtad y por último a su propia familia a la que abandonó en Moscú sin saber si volvería a verla.

Al mismo tiempo, el relato insiste en destacar la eficiencia del MI6 y su capacidad para derrotar al KGB soviético durante la Guerra Fría.

Como suele ocurrir en los libros que relatan operaciones de inteligencia, “Espía y Traidor” esta lleno de contradicciones y omisiones. En los agradecimientos, por ejemplo, el autor reconoce haber entrevistado a Oleg Gordievski en la casa segura en que vive en más de veinte ocasiones y haber registrado unas cien horas de grabaciones. Además, señala que habló personalmente, gracias a la gestión del desertor ruso, con “todos” los agentes del MI6, de la CIA estadounidense y del Politiets Efterretningtjeneste (Servicio de Seguridad e Inteligencia o PET) de Dinamarca, que intervinieron en el caso.

Pero, seis líneas más abajo señala: “Este libro no cuenta con la autorización ni la ayuda del MI6 y no he tenido acceso a los informes clasificados del Servicio de Espionaje”.

Hasta el lector menos experimentado en asuntos de espionaje comprenderá que entrevistas de este tipo no pueden realizarse sin aprobación oficial de los organismos de inteligencia involucrados que incluso supervisan el material elaborado antes de su publicación buscando fallas de seguridad que puedan revelar secretos operativos.

Tampoco contribuye mucho a la credibilidad y a la calidad de historiador que pretende alcanzar Macintyre que reconozca el haber reemplazado los nombre reales de algunos agentes por seudónimos para mantener su anonimato a treinta y cinco años de esos hechos.

Por otra parte, el libro aporta muy poca información precisa sobre los motivos que llevaron a Gordievski a convertirse en un traidor a la URSS mientras cumplía funciones diplomáticas y de inteligencia en la embajada soviética en Copenhague.

El general del KGB Nikolai Sergéyevich Leonov (1928), el agente que reclutó a Raúl Castro para el KGB y a través de él llego a su hermano Fidel y a Ernesto Che Guevara, aseguró en una ocasión que Gordievski se convirtió en traidor porque el MI6 lo había sorprendido en alguna indiscreción en Copenhague que de revelarse pondría fin a su carrera en el KGB.

Macintyre por su parte, insiste en negar que la traición del espía ruso del KGB se haya producido debido a un chantaje de MI6 como el hecho de que Gordievski fuera homosexual (lo que habría puesto fin a su carrera en Rusia y llevado a su encarcelamiento). Aunque acepta que en Copenhague, Gordievski adquirió algunas revistas de pornografía gay “por simple curiosidad”.

No obstante, parece muy difícil creer que un hombre criado dentro de la privilegiada nomenclatura soviética, hijo de un coronel de la KGB que atravesó por las purgas estalinistas sin problemas, hermano de un oficial del KGB condecorado y muerto en servicio, cuya primer esposa era una oficial del KGB y su segunda esposa era la hija de un general de la KGB, un día decidiera espontáneamente convertirse agente doble y traidor como un acto de rebeldía contra el sistema soviético.

Macintyre pretende hacer creer al lector que la traición de Gordievski fue en realidad un acto de disidencia y protesta frente a la edificación del Muro de Berlín, en 1961, y el violento sofocamiento de la Primavera de Praga en 1968. Acto de rebeldía que recién concretó en octubre de 1974 y no en forma espontánea sino cuando fue reclutado por un hombre del MI6.

También resulta poco creíble que Gordievski no haya demandado una compensación económica por sus servicios y que incluso el MI6 debiera forzarlo para que aceptar el dinero.

Macintyre insiste en diferenciar a Oleg Gordievski de Aldrich Ames, el agente de la CIA que traicionó a los Estados Unidos vendiendo sus secretos al KGB durante quince años y que fuera responsable de revelar a los soviéticos la identidad de unos veinticinco espías e informantes americanos, entre ellos el del flamante rezident en Londres.

En verdad, las diferencias entre ambos traidores no son tantas. Ames pertenecía a una antigua familia vinculada a la inteligencia americana, su padre había sido miembro de la Oficina de Servicios Estratégicos o OSS durante la Segunda Guerra Mundial y luego ingresó a la CIA.

Ambos tenía estancada su carrera dentro del organismo de inteligencia al que pertenecían, los años pasaban y no eran promovidos a cargos de responsabilidad y se sentían desvalorizados por sus superiores. También, ambos habían pasado por divorcios traumáticos que afectaron sus carreras.

El autor omite intencionalmente mencionar sí Gordievski traicionó la identidad de agentes rusos permitiendo su detención. Solo menciona a tres o cuatro informantes extranjeros que recibían dinero del KGB a cambio de información, afirmando que su detención se demoró para no revelar la existencia de un “topo” británico en el seno de la inteligencia soviética.

Lógicamente, hay escasas referencias concretas a la información revelada por Gordievski, aunque el autor insiste en asignarle la mayor importancia.

Tampoco aclara muy bien porque el MI6 permitió que su espía más valioso regresara intempestivamente a Moscú cuando existían claros indicios de que sus actividades de espionaje estaban bajo sospecha o habían sido descubiertas.

La fuga de Gordievski de Moscú, fue una operación sumamente riesgosa, bien coordinada y llevada a cabo con éxito. En parte debido a un concatenamiento de hechos afortunados. Es decir, contradiciendo la Ley de Murphy, en esa ocasión todo lo que podía salir mal afortunadamente salió bien.

Pero, el éxito del plan de extracción no atenúa el error cometido por la inteligencia británica al permitir el regreso de Gordievski a la URSS sabiendo que seguramente sería detenido y torturado.

Macintyre no deja de destacar que mientras que los rusos abandonaron a su agente Aldrich Ames a su suerte, los británicos cargaron de honores, dinero y reconocimientos a Oleg Gordievski. Se entrevistó con la primer ministro Margaret Thatcher, con el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan y, en 2007, recibió de manos de la reina Isabel II, el nombramiento de Compañero de la Distinguida Orden de San Miguel y San Jorge (CMG) por “su servicio a la seguridad del Reino Unido”.

Además, el desertor ruso recibió una casa confortable y una importante suma de dinero, en parte proveniente de varios libros sobre el KGB que escribió con varios coautores y que le reportaron importantes regalías.  En el caso de Oleg Gordievski al menos, el espionaje y la traición si pagan.

En síntesis, el libro “Espía y Traidor” de Ben Macintyre, más que un material con rigor histórico es una obra que combina la propaganda y la desinformación que por un lado reivindica a un espía desertor ruso, Oleg Gordievski y por el otro destaca la eficiencia y gran capacidad operativa y analítica del MI6.

No obstante, los apasionados por las historias reales de espionaje encontraran un material interesante y algunos consejos sobre como reclutar y manejar a agentes infiltrados. Buena suerte.