Por
Adalberto Agozino
La Cumbre de la OTAN certifica el
desplazamiento del centro de gravedad de la Alianza hacia una Europa obligada a
asumir su propia defensa, consolida a Turquía como potencia imprescindible y
confirma que Donald Trump ha impuesto una nueva relación de fuerzas dentro del
bloque occidental.
Contenido:
Buenos
Aires - Ankara no fue una cumbre más de la Organización del Tratado del
Atlántico Norte. Aunque formalmente estuvo concebida como una reunión destinada
a evaluar el cumplimiento de los compromisos asumidos en encuentros anteriores,
el resultado político terminó siendo mucho más trascendente que el contenido
del escueto comunicado final. Lejos de producir grandes declaraciones
doctrinarias, la reunión celebrada los días 7 y 8 de julio de 2026 confirmó un
profundo proceso de transformación de la Alianza Atlántica cuyo alcance apenas
comienza a percibirse. La OTAN surgida de la Guerra Fría ha iniciado una
mutación estructural que altera el equilibrio de responsabilidades entre
Estados Unidos y Europa, redefine el papel estratégico de Turquía y obliga a
las capitales europeas a asumir una realidad que durante años procuraron
evitar: Washington ya no está dispuesto a garantizar indefinidamente, ni en las
mismas condiciones, la seguridad del continente europeo.
Durante
décadas, el funcionamiento de la Alianza descansó sobre un principio tácito.
Estados Unidos aportaba la mayor parte de los recursos militares, tecnológicos,
industriales y nucleares, mientras los aliados europeos contribuían con fuerzas
convencionales relativamente limitadas, bajo la certeza de que la garantía
estadounidense constituía el verdadero núcleo de la disuasión occidental. Ese
modelo, consolidado tras 1949 y reforzado después de la desaparición de la
Unión Soviética, comenzó a erosionarse lentamente durante la presidencia de
Barack Obama, se aceleró durante el primer mandato de Donald Trump, experimentó
una pausa bajo Joe Biden y ha entrado ahora, con el regreso de Trump a la Casa
Blanca, en una fase de transformación irreversible.
La
reunión de Ankara no modificó formalmente los principios fundacionales del
Tratado del Atlántico Norte. El compromiso contenido en el artículo 5 volvió a
ser reafirmado y la declaración final insistió en la vigencia de la defensa
colectiva como fundamento esencial de la organización. Sin embargo, detrás de
esa continuidad jurídica se desarrolló una revolución política de
extraordinarias dimensiones. La cuestión ya no consiste en determinar si
Estados Unidos continuará siendo miembro de la OTAN, sino en establecer hasta
dónde llegará su progresivo repliegue operativo y qué capacidades deberán
asumir los europeos para llenar el vacío estratégico que inevitablemente dejará
Washington.
La
cumbre constituyó, en ese sentido, una extraordinaria demostración de realismo
político. Ningún dirigente europeo cuestionó públicamente las exigencias
estadounidenses. Tampoco existió una confrontación abierta sobre el nuevo
reparto de cargas dentro de la Alianza. Lo que predominó fue una cuidadosa
escenificación diplomática destinada a evitar una ruptura con el presidente
estadounidense y, al mismo tiempo, convencerlo de que Europa estaba finalmente
dispuesta a responder a las demandas que Washington viene formulando desde hace
más de una década.
Ese
esfuerzo colectivo estuvo dirigido con notable habilidad por el secretario
general de la OTAN, Mark Rutte, quien comprendió que el verdadero objetivo
político de la reunión no consistía únicamente en aprobar nuevos programas de
gasto militar, sino en impedir que Donald Trump abandonara Ankara anunciando
una reducción masiva del compromiso militar estadounidense en Europa. La
documentación preparatoria de la cumbre muestra hasta qué punto esa posibilidad
era considerada real por numerosos gobiernos europeos. Incluso dentro de la
propia administración estadounidense se había estudiado la eventual retirada de
hasta un tercio de las fuerzas desplegadas permanentemente en territorio
europeo, una medida que habría modificado profundamente la arquitectura de seguridad
del continente.
La
tensión era comprensible. Durante los meses anteriores, Trump había
multiplicado sus críticas hacia los aliados europeos. Los acusó de aprovecharse
del esfuerzo militar estadounidense, cuestionó reiteradamente el bajo nivel de
inversión en defensa de varios miembros de la organización, reprochó la escasa
solidaridad europea durante las operaciones militares contra Irán y volvió a
plantear sus reclamaciones sobre Groenlandia, un territorio perteneciente al
Reino de Dinamarca cuya importancia geoestratégica para el control del Ártico
ha adquirido una relevancia creciente debido a la competencia con Rusia y
China.
La
cuestión de Groenlandia terminó simbolizando mucho más que una disputa
territorial. Reflejó el surgimiento de un conflicto de intereses entre Estados
Unidos y algunos de sus propios aliados. Por primera vez desde el final de la
Segunda Guerra Mundial, la principal potencia de la OTAN formulaba públicamente
aspiraciones estratégicas que afectaban directamente la soberanía territorial
de otro Estado integrante de la Alianza. Aunque nadie en Ankara contempló
seriamente una confrontación militar entre ambos países, el episodio puso de
manifiesto que la cohesión política de la organización ya no puede darse por
descontada. La solidaridad atlántica continúa existiendo, pero convive con
divergencias estratégicas cada vez más profundas.
En
ese contexto extraordinariamente delicado apareció la figura que probablemente
terminó siendo la gran vencedora política de la reunión: el presidente turco
Recep Tayyip Erdoğan.
Pocas
veces un dirigente logró transformar el papel de anfitrión en un instrumento
tan eficaz de construcción de poder internacional. Erdogan comprendió que la
supervivencia política de la cumbre dependía tanto de los acuerdos militares
como de la psicología del presidente estadounidense. Durante meses preparó
cuidadosamente una escenografía diplomática destinada a crear un ambiente
favorable para Trump, combinando ceremonias de Estado, demostraciones de
hospitalidad, exhibiciones del creciente poder industrial turco y una
organización rigurosamente diseñada para evitar incidentes políticos que
pudieran provocar una reacción imprevisible del mandatario estadounidense.
La
estrategia produjo resultados visibles. Trump llegó a Ankara profundamente
irritado por la evolución del conflicto con Irán, por la negativa de algunos
aliados europeos a respaldar plenamente sus decisiones y por las discusiones
relativas al gasto militar. Sin embargo, abandonó Turquía calificando la
reunión como un éxito y expresando públicamente un compromiso renovado con la
Alianza, aunque sin renunciar a sus exigencias de una redistribución mucho más
amplia de las responsabilidades estratégicas.
Ese
cambio de clima político no fue casual. Constituyó el producto de una compleja
operación diplomática dirigida simultáneamente por Erdogan y Rutte, quienes
comprendieron que la prioridad consistía en evitar un deterioro irreversible de
las relaciones transatlánticas. Ambos dirigentes lograron convencer al
presidente estadounidense de que Europa había comenzado finalmente a recorrer
el camino que él reclamaba desde hacía años: asumir el coste económico de su
propia defensa.
Paradójicamente,
esa aparente victoria diplomática europea escondía una realidad mucho más
incómoda. No fueron los europeos quienes modificaron la posición
estadounidense. Fue Estados Unidos quien consiguió que Europa aceptara un
cambio histórico en el funcionamiento de la OTAN.
Ankara
no representó el triunfo del consenso atlántico tradicional. Representó, por el
contrario, la aceptación europea de una nueva correlación de fuerzas en la cual
Washington conserva el liderazgo político y nuclear de la Alianza, pero exige
que el continente europeo financie, organice y sostenga una parte cada vez
mayor de su propia seguridad. Esa transición, apenas insinuada durante las
cumbres precedentes, quedó definitivamente institucionalizada en Ankara.
La
importancia histórica de la reunión reside precisamente en esa transformación
silenciosa. Mientras la atención mediática se concentraba en los gestos de
Trump, en las discusiones sobre el gasto militar o en las controversias
relacionadas con Irán y Groenlandia, comenzó a consolidarse una nueva
concepción de la seguridad occidental que probablemente definirá la evolución
de la OTAN durante la próxima década. Los europeos continúan necesitando a
Estados Unidos, pero Estados Unidos ya no está dispuesto a desempeñar el mismo
papel que desempeñó durante los últimos setenta y cinco años. Esa constatación
constituye el verdadero legado político de la Cumbre de Ankara y el punto de
partida para comprender todas las decisiones adoptadas durante aquellos dos
días decisivos.
II.
Los acuerdos de Ankara y la redistribución del poder dentro de la Alianza
A
diferencia de las grandes cumbres de la Guerra Fría o de las celebradas
inmediatamente después de la invasión rusa de Ucrania, la reunión de Ankara no
produjo una declaración doctrinaria destinada a redefinir oficialmente la
estrategia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Su comunicado
final fue deliberadamente breve y evitó cualquier formulación susceptible de
abrir nuevas controversias entre los aliados. Sin embargo, esa aparente
sobriedad escondía una transformación mucho más profunda que la contenida en
cualquier documento oficial. Las decisiones adoptadas durante las reuniones
plenarias, las conversaciones bilaterales y los compromisos asumidos por los
distintos gobiernos terminaron configurando un nuevo reparto de
responsabilidades que modifica sustancialmente el funcionamiento de la Alianza
Atlántica.
El
resultado más importante fue la aceptación, por parte de la inmensa mayoría de
los Estados miembros, de que el incremento del gasto militar europeo ya no
constituye una medida excepcional motivada por la guerra en Ucrania, sino un
cambio estructural destinado a sostener un modelo permanente de defensa
continental. La presión ejercida por Donald Trump durante los últimos años
terminó produciendo el efecto político que sucesivas administraciones
estadounidenses habían perseguido sin demasiado éxito desde el final de la
Guerra Fría. Europa aceptó que la seguridad colectiva debía dejar de depender
casi exclusivamente de las capacidades militares norteamericanas.
Aunque
el objetivo del cinco por ciento del producto interno bruto destinado a defensa
continúa generando diferencias respecto del calendario y de las modalidades de
cumplimiento, la tendencia general ya no admite dudas. La cuestión dejó de ser
si Europa incrementará sus presupuestos militares para convertirse en la
velocidad con que lo hará y en la distribución industrial de ese gigantesco
esfuerzo financiero. La cumbre confirmó que los aliados europeos continúan
aumentando sostenidamente sus inversiones y que la convergencia con las
exigencias estadounidenses constituye ya una política compartida por la mayor
parte de los gobiernos.
Esta
evolución posee consecuencias que trascienden ampliamente el terreno militar.
La expansión del gasto en defensa impulsará durante la próxima década una
profunda reorganización del tejido industrial europeo. Las inversiones dejarán
de concentrarse exclusivamente en la adquisición de armamento convencional para
orientarse hacia sistemas de inteligencia artificial, guerra electrónica,
tecnologías cuánticas, capacidades espaciales, drones autónomos, defensa
antimisiles, ciberseguridad y nuevas plataformas de mando y control. La guerra
en Ucrania demostró que la superioridad tecnológica se ha convertido en un
elemento tan decisivo como el volumen de tropas desplegadas, obligando a la
industria europea a acelerar una transformación que hasta hace pocos años
parecía lejana.
Sin
embargo, la discusión tecnológica reveló igualmente una de las principales
vulnerabilidades estratégicas del continente. Numerosos responsables europeos
reconocen que la autonomía militar resulta imposible mientras la
infraestructura digital, los sistemas de inteligencia artificial, los
satélites, los componentes electrónicos y buena parte de las plataformas
informáticas continúen dependiendo de proveedores estadounidenses. La llamada
"autonomía estratégica europea" deja así de ser un concepto exclusivamente
político para transformarse en un desafío industrial de enormes dimensiones. La
seguridad europea dependerá tanto de la fabricación de carros de combate y
misiles como de la capacidad para desarrollar sistemas digitales propios
capaces de sostener operaciones militares de alta intensidad.
El segundo gran acuerdo alcanzado en Ankara estuvo relacionado con Ucrania. Los aliados aprobaron un nuevo programa de asistencia militar cuyo volumen confirma que el apoyo occidental a Kiev continuará durante un horizonte temporal considerablemente más prolongado del previsto inicialmente. El paquete acordado, cercano a los setenta mil millones de dólares, representa no solamente una ayuda financiera, sino la decisión política de impedir que Rusia pueda obtener una victoria militar mediante el agotamiento progresivo de la resistencia ucraniana.
No obstante, también aquí se produjo un cambio significativo respecto de los años anteriores. Cada vez resulta más evidente que la financiación, el equipamiento y la logística necesarios para sostener a Ucrania descansarán crecientemente sobre los países europeos y Canadá, mientras Estados Unidos orienta parte de sus recursos hacia otros escenarios considerados prioritarios por la administración Trump. En otras palabras, el respaldo a Kiev continúa siendo un objetivo compartido por la Alianza, pero la distribución de los costes comienza a modificarse de manera perceptible.
La
entrevista mantenida entre Donald Trump y el presidente ucraniano Volodímir
Zelenski simbolizó perfectamente esa nueva etapa. Trump evitó asumir
compromisos ilimitados de ayuda directa, pero abrió la posibilidad de autorizar
la fabricación bajo licencia de sistemas Patriot en territorio ucraniano, una
medida destinada a reforzar la capacidad defensiva de Kiev sin incrementar
indefinidamente las transferencias de armamento estadounidense. Se trata de una
fórmula coherente con la filosofía estratégica que domina actualmente la Casa
Blanca: fortalecer a los aliados para que desarrollen capacidades propias antes
que convertirlos en receptores permanentes de asistencia militar estadounidense.
Si Ucrania obtuvo garantías para prolongar su resistencia, Turquía fue, sin duda, el país que obtuvo los mayores beneficios geopolíticos de la reunión. Recep Tayyip Erdogan consiguió transformar la condición de anfitrión en una demostración de centralidad estratégica. Durante años, numerosos gobiernos occidentales habían contemplado con creciente preocupación la evolución política interna de Turquía, el deterioro de su democracia, sus tensiones con Grecia y Chipre, su acercamiento ocasional a Rusia y la adquisición de sistemas antiaéreos S-400 de fabricación rusa. Todos esos elementos parecían haber convertido a Ankara en un socio problemático dentro de la OTAN.
La
cumbre alteró significativamente esa percepción.
La
posición geográfica de Turquía, situada simultáneamente entre Europa, Oriente
Próximo, el Cáucaso, el mar Negro y el Mediterráneo oriental, adquirió una
importancia aún mayor tras la guerra de Ucrania, la inestabilidad siria, la
crisis iraní y la creciente competencia estratégica por el control del Ártico y
de las rutas energéticas euroasiáticas. Ninguna otra potencia regional reúne
semejante capacidad para influir sobre escenarios tan diversos.
Pero
el fortalecimiento turco no se explica únicamente por su ubicación geográfica.
Durante la última década, Ankara desarrolló una de las industrias de defensa
más dinámicas del mundo, incrementó notablemente su producción de vehículos
blindados, misiles, sistemas electrónicos, fragatas, helicópteros y, sobre
todo, vehículos aéreos no tripulados. Los drones turcos dejaron de ser una
innovación regional para convertirse en un producto estratégico exportado a
numerosos países de Europa, Asia y África, consolidando a Turquía como uno de
los principales productores mundiales de tecnología militar de coste
relativamente reducido y elevada eficacia operativa.
Ese
crecimiento industrial terminó otorgándole un peso político adicional dentro de
la OTAN. Mientras numerosos países europeos procuran ampliar rápidamente su
capacidad de producción de armamento, Turquía ya dispone de una infraestructura
industrial capaz de abastecer parte de esa creciente demanda. La consecuencia
inmediata consiste en que Ankara deja de ser únicamente un consumidor de
seguridad proporcionada por la Alianza para convertirse en uno de sus
principales proveedores industriales.
La
aproximación personal entre Erdogan y Donald Trump reforzó todavía más esa
posición privilegiada. Ambos dirigentes mantienen desde hace años una relación
caracterizada por una notable afinidad política y por una concepción semejante
del ejercicio del liderazgo, basada en relaciones personales directas,
decisiones rápidas y una escasa inclinación hacia los procedimientos
burocráticos multilaterales.
Ese
entendimiento quedó reflejado en uno de los anuncios de mayor trascendencia
realizados durante la reunión: la disposición de la administración
estadounidense a facilitar el regreso de Turquía al programa de adquisición de
los cazas F-35, suspendido años atrás tras la compra de los sistemas antiaéreos
rusos S-400. Aunque el Congreso estadounidense aún conserva capacidad para
bloquear esa decisión, el simple cambio de actitud de la Casa Blanca constituye
una victoria diplomática de primer orden para Erdogan.
La
eventual reincorporación turca al programa F-35 tendría implicancias que
exceden ampliamente el plano militar. Significaría la normalización definitiva
de las relaciones estratégicas entre Washington y Ankara, fortalecería
considerablemente la industria aeronáutica turca y modificaría los equilibrios
militares en el Mediterráneo oriental y en el mar Negro.
Por
todo ello, la verdadera fotografía política dejada por Ankara muestra una
realidad muy distinta de la percibida durante los años anteriores. Estados
Unidos continúa siendo la potencia indispensable de la Alianza, pero ya no
pretende asumir unilateralmente el coste de la seguridad occidental. Europa
acepta incrementar masivamente sus responsabilidades militares. Ucrania obtiene
garantías para continuar resistiendo frente a Rusia. Y Turquía emerge como el
gran árbitro geopolítico entre Europa, Oriente Próximo y Estados Unidos,
consolidando una posición internacional que pocos analistas habrían imaginado
apenas unos años atrás.
La
cumbre, en consecuencia, no produjo un vencedor único. Produjo un nuevo
equilibrio estratégico cuyos efectos probablemente condicionarán toda la
política atlántica durante la próxima década.
III.
Donald Trump, Europa y el comienzo de una nueva relación transatlántica
Si
Recep Tayyip Erdogan fue el principal vencedor diplomático de la Cumbre de
Ankara, Donald Trump fue el dirigente que consiguió imponer el nuevo marco
conceptual dentro del cual deberán desenvolverse las relaciones entre Estados
Unidos y Europa durante los próximos años. No obtuvo esa victoria mediante un
documento solemne ni a través de una decisión formal del Consejo del Atlántico
Norte. La alcanzó obligando a todos los gobiernos europeos a aceptar que la
política exterior estadounidense ha cambiado de naturaleza y que el tiempo de
las garantías estratégicas incondicionales ha quedado definitivamente atrás.
La
evolución del pensamiento estratégico de Trump ha sido interpretada
frecuentemente como una simple manifestación de aislacionismo. Esa explicación
resulta insuficiente. Lo que realmente propone el presidente estadounidense no
es el abandono de la OTAN, sino una redefinición de su funcionamiento basada en
un criterio estrictamente transaccional. Desde esa perspectiva, las alianzas
dejan de ser compromisos históricos sustentados en afinidades ideológicas para
convertirse en asociaciones cuya continuidad depende de la utilidad concreta
que proporcionen a los intereses nacionales de Estados Unidos.
Esta
lógica supone una ruptura profunda con la tradición diplomática estadounidense desarrollada desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante ocho décadas,
republicanos y demócratas coincidieron en considerar que la estabilidad europea
constituía un interés estratégico permanente de Washington. Trump invierte ese
razonamiento. A su juicio, la seguridad europea continúa siendo importante,
pero corresponde, en primer término, a los propios europeos asumir los costes
económicos y militares derivados de su protección.
La
diferencia no es meramente presupuestaria. Se trata de un cambio filosófico
respecto del papel que Estados Unidos pretende desempeñar dentro del sistema
internacional.
Ese
enfoque quedó reflejado durante toda la preparación de la reunión de Ankara.
Antes incluso de iniciarse la cumbre, diversos sectores de la administración
estadounidense estudiaban alternativas para reducir significativamente la
presencia militar permanente de Estados Unidos en Europa. Las discusiones
incluían la posibilidad de disminuir de forma sustancial los contingentes
desplegados en bases europeas y revisar el conjunto del dispositivo militar
heredado del período posterior a la Guerra Fría. Aunque finalmente no se
anunciaron medidas inmediatas de esa magnitud, la sola existencia de esos
debates produjo una profunda inquietud entre los gobiernos aliados.
Esa
preocupación explica el extraordinario esfuerzo diplomático desplegado por Mark
Rutte y por los principales dirigentes europeos para impedir que la reunión
derivara en una nueva crisis transatlántica. La estrategia consistió en
convencer al presidente estadounidense de que sus presiones ya estaban
produciendo resultados tangibles. Los datos sobre el incremento del gasto
militar europeo, cuidadosamente preparados por la Secretaría General de la
OTAN, fueron presentados precisamente con ese objetivo: demostrar que la
Alianza estaba avanzando en la dirección exigida por Washington.
La
maniobra terminó siendo eficaz. Trump abandonó Ankara con un discurso
considerablemente más conciliador que el que había mantenido durante las
jornadas previas. Sin embargo, ese cambio de tono no debe interpretarse como
una rectificación estratégica. La administración estadounidense no modificó sus
objetivos esenciales. Únicamente constató que los aliados comenzaban finalmente
a adaptarse a las nuevas condiciones impuestas por Washington.
En
consecuencia, la relación transatlántica entra en una fase caracterizada por
una paradoja. La cohesión política de la OTAN parece haberse preservado, pero
esa cohesión descansa ahora sobre un equilibrio mucho más frágil que el
existente durante décadas. El vínculo atlántico continúa siendo indispensable
para ambas partes, aunque ya no responde al principio de solidaridad automática
que caracterizó los años de la confrontación bipolar.
Las
tensiones más evidentes aparecen precisamente allí donde los intereses
nacionales estadounidenses y europeos comienzan a divergir.
La
cuestión de Groenlandia constituye probablemente el ejemplo más significativo.
La insistencia de Trump en afirmar que Estados Unidos necesita controlar ese
territorio por razones de seguridad nacional dejó al descubierto un problema
mucho más amplio que una simple controversia diplomática con Dinamarca. La isla
ocupa una posición absolutamente estratégica para el control del Atlántico
Norte, del Ártico y de las futuras rutas marítimas abiertas por el progresivo
deshielo polar. Al mismo tiempo, alberga importantes reservas minerales,
incluidas tierras raras imprescindibles para las industrias tecnológicas y de
defensa del siglo XXI.
Desde
la perspectiva estadounidense, el incremento de la presencia rusa en el Ártico
y la creciente penetración económica china convierten a Groenlandia en un
activo geopolítico cuya importancia continuará aumentando durante las próximas
décadas.
Para
los europeos, en cambio, aceptar siquiera la posibilidad de una transferencia
de soberanía significaría cuestionar uno de los principios fundamentales sobre
los que descansa el orden internacional posterior a 1945: la inviolabilidad del
territorio de los Estados democráticos.
La
contradicción resulta especialmente delicada porque Dinamarca no es un socio
cualquiera. Es uno de los miembros históricos de la OTAN y participa plenamente
en el sistema de defensa colectiva de la organización. Nunca antes un
presidente estadounidense había formulado públicamente aspiraciones
territoriales sobre un espacio perteneciente a otro aliado de la Alianza.
La
controversia permanece latente porque ninguna de las partes posee interés en
llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, constituye un
precedente revelador del tipo de diferencias estratégicas que podrían
multiplicarse en el futuro.
Otro
foco de fricción afecta al modo en que Washington y las capitales europeas
perciben simultáneamente las amenazas internacionales.
Para
la administración Trump, la prioridad consiste en contener el ascenso
estratégico de China, garantizar la libertad de navegación en las grandes rutas
comerciales, responder a las acciones de Irán en Oriente Próximo y mantener la
superioridad militar estadounidense frente a las grandes potencias
revisionistas.
Europa comparte buena parte de esas preocupaciones, pero establece un orden diferente de prioridades. Para la inmensa mayoría de los gobiernos europeos, el principal desafío continúa siendo Rusia y la guerra desarrollada en territorio ucraniano. La diferencia condiciona inevitablemente la distribución de recursos militares.
Mientras
Washington pretende liberar capacidades para concentrarlas progresivamente en
el Indo-Pacífico y en Oriente Próximo, Europa necesita mantener un importante
dispositivo convencional desplegado sobre el flanco oriental de la OTAN.
La consecuencia de esa divergencia es evidente. Cuanto mayor sea el compromiso estadounidense en Asia y Oriente Próximo, mayor deberá ser el esfuerzo militar europeo en su propio continente. En este contexto adquiere una importancia singular el conflicto de Ucrania.
La
cumbre confirmó que el respaldo occidental a Kiev continuará siendo una
prioridad política. Sin embargo, también puso de manifiesto que ese apoyo
evoluciona hacia una fórmula distinta de la aplicada durante los primeros años
de la guerra.
Europa asumirá una parte creciente del esfuerzo financiero, industrial y logístico destinado a sostener la resistencia ucraniana. Estados Unidos conservará su papel como proveedor de capacidades tecnológicas críticas, inteligencia estratégica, disuasión nuclear y determinados sistemas de alta complejidad, pero tenderá a reducir progresivamente su participación directa en el sostenimiento cotidiano del esfuerzo bélico. Ese cambio posee implicaciones trascendentales.
En
primer lugar, obliga a acelerar la expansión de la industria europea de defensa
para garantizar un flujo constante de municiones, misiles, vehículos blindados
y sistemas electrónicos.
En
segundo término, fortalece la integración militar entre los países europeos,
que deberán coordinar con mucha mayor intensidad sus procesos de producción,
abastecimiento y planificación estratégica.
Finalmente,
incrementa el peso político de aquellos Estados capaces de aportar recursos
significativos a la defensa colectiva, especialmente Polonia, los países
bálticos, Francia, Alemania y el Reino Unido.
No
obstante, la cumbre dejó igualmente en evidencia que la adhesión de Ucrania a
la OTAN continúa siendo un objetivo distante. La presencia de Volodímir
Zelenski quedó cuidadosamente limitada a encuentros bilaterales y a actividades
paralelas, evitando cualquier gesto que pudiera interpretarse como un paso
inmediato hacia la incorporación formal de Kiev a la organización. Esa
prudencia refleja la persistente voluntad de evitar una confrontación directa
entre la Alianza Atlántica y Rusia, aun cuando el respaldo militar a Ucrania
permanezca firme.
En consecuencia, Ankara consolidó un delicado equilibrio político. Ucrania continuará recibiendo apoyo suficiente para impedir su derrota militar, pero no el respaldo político necesario para ingresar en la OTAN mientras la guerra permanezca abierta. Estados Unidos seguirá siendo el garante último de la seguridad occidental, aunque exigirá una
IV. Turquía como potencia
indispensable y el nacimiento de una OTAN diferente
Si
existe un país cuya posición internacional salió claramente fortalecida de la
Cumbre de Ankara, ese país fue Turquía. La reunión confirmó una tendencia que
venía desarrollándose silenciosamente desde hacía varios años y que ahora
adquiere un carácter prácticamente irreversible: Ankara ha dejado de ser
simplemente el flanco sudoriental de la Alianza para convertirse en uno de los
pilares fundamentales del equilibrio estratégico euroasiático.
Se
trata de una transformación de enorme trascendencia histórica.
Durante
buena parte de la Guerra Fría, Turquía desempeñó principalmente la función de
contener la expansión soviética hacia el Mediterráneo oriental, controlar el
acceso al mar Negro a través de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos y
servir como plataforma avanzada de la estrategia estadounidense en Oriente
Próximo. Esa función, aunque extraordinariamente importante, respondía
esencialmente a una lógica geográfica.
En la actualidad, el peso internacional turco obedece a factores mucho más complejos. La primera variable es naturalmente su posición geográfica. Ningún otro Estado miembro de la OTAN controla simultáneamente el acceso al mar Negro, mantiene fronteras con Oriente Próximo, ejerce influencia directa sobre el Cáucaso, participa activamente en los Balcanes y conserva una presencia determinante en el Mediterráneo oriental. Esa ubicación convierte a Turquía en un actor imprescindible para cualquier estrategia occidental destinada a contener simultáneamente la influencia rusa, gestionar la inestabilidad siria, vigilar la evolución iraní y proteger las principales rutas energéticas que conectan Asia con Europa.
Apenas
unos años atrás, Turquía atravesaba una etapa caracterizada por fuertes
tensiones con varios aliados occidentales. Las diferencias derivadas de la
adquisición de los sistemas antiaéreos rusos S-400, las controversias en torno
a Chipre y Grecia, las críticas europeas por la situación de los derechos
humanos y la política turca en Siria habían generado un clima de profunda
desconfianza.
La
Cumbre de Ankara modificó sensiblemente esa percepción.
Sin necesidad de alterar sustancialmente su política exterior, Erdogan consiguió que fueran las circunstancias internacionales las que incrementaran el valor estratégico de Turquía. La guerra en Ucrania, la creciente inestabilidad en Oriente Próximo, la competencia energética en el Mediterráneo oriental y la incertidumbre sobre el futuro compromiso militar estadounidense convergieron para convertir nuevamente a Ankara en un actor cuya cooperación resulta indispensable para todos. Esa es probablemente la mayor victoria política obtenida por el presidente turco.
La
reunión también permitió observar otro fenómeno igualmente significativo: el
progresivo desplazamiento de la OTAN hacia un modelo organizativo diferente del
que predominó desde el final de la Guerra Fría.
Cada
vez resulta más frecuente que los especialistas se refieran a esta evolución
mediante la expresión "OTAN 3.0", una fórmula destinada a describir
una alianza donde Estados Unidos continúa proporcionando el paraguas nuclear,
las capacidades estratégicas globales, la inteligencia de alto nivel y buena
parte del liderazgo político, mientras Europa asume crecientemente la
responsabilidad sobre la defensa convencional de su propio territorio.
No se trata únicamente de aumentar los presupuestos militares. El nuevo modelo exige transformar profundamente la estructura operativa de la organización.
Los
ejércitos europeos deberán incrementar sus efectivos disponibles, mejorar sus
reservas estratégicas, ampliar significativamente la producción industrial,
desarrollar nuevas capacidades logísticas, reforzar la movilidad militar
continental y crear sistemas de mando capaces de conducir operaciones de gran
intensidad durante períodos prolongados.
La
experiencia ucraniana ha demostrado que las guerras contemporáneas consumen
enormes cantidades de municiones, misiles, vehículos, componentes electrónicos
y repuestos industriales. Ninguna economía europea estaba preparada para
sostener un conflicto convencional prolongado de semejante magnitud.
Precisamente
por ello, la redistribución de responsabilidades acordada implícitamente en
Ankara posee consecuencias económicas comparables a las derivadas de los
grandes programas de rearme desarrollados durante los años cincuenta.
Europa
se encuentra al comienzo de un ciclo inversor que probablemente se extenderá
durante más de una década.
Alemania continuará acelerando la reconstrucción de sus capacidades militares; Polonia seguirá consolidándose como la principal potencia terrestre del flanco oriental; Francia procurará preservar su autonomía estratégica y su liderazgo tecnológico; el Reino Unido reforzará su papel como principal puente político entre Washington y Europa continental; mientras que los Estados bálticos y los países nórdicos mantendrán niveles excepcionalmente elevados de inversión en defensa. Este proceso alterará inevitablemente las prioridades presupuestarias de la Unión Europea.
Recursos que durante años fueron destinados preferentemente a políticas sociales, transición energética o cohesión regional deberán coexistir con un esfuerzo militar creciente cuya magnitud apenas comienza a vislumbrarse. La defensa vuelve a ocupar un lugar central dentro de la construcción europea. Todo ello sucede, además, en un contexto internacional caracterizado por una creciente competencia entre grandes potencias.
China
continúa expandiendo su influencia económica y tecnológica; Rusia mantiene
intacta su capacidad para desafiar el orden de seguridad europeo; Irán conserva
una notable capacidad de desestabilización regional mediante actores aliados;
mientras el Indo-Pacífico emerge como el principal escenario de competencia
estratégica del siglo XXI.
Frente a esa realidad, la OTAN ya no puede limitarse a reproducir los esquemas concebidos durante la confrontación bipolar. Debe adaptarse a un entorno mucho más complejo, caracterizado por amenazas híbridas, competencia tecnológica, conflictos prolongados, ataques cibernéticos, campañas de desinformación, vulnerabilidad de infraestructuras críticas y creciente militarización del espacio ultraterrestre. La Cumbre de Ankara no resolvió todos esos desafíos. Ni siquiera pretendía hacerlo.
Su verdadera importancia radica en haber reconocido implícitamente que la supervivencia de la Alianza dependerá de su capacidad para redistribuir responsabilidades sin romper la cohesión política que durante más de siete décadas constituyó el principal activo estratégico del mundo occidental. Ese equilibrio continúa siendo extraordinariamente frágil.
Estados Unidos desea reducir parte de su compromiso convencional sin debilitar la credibilidad de la disuasión colectiva. Europa necesita ganar autonomía estratégica sin erosionar el vínculo transatlántico.
Turquía
procura ampliar simultáneamente su margen de maniobra regional y conservar su
condición de aliado indispensable.
Y
todos ellos deben afrontar una competencia internacional que evoluciona a una
velocidad muy superior a la capacidad tradicional de adaptación de las grandes
organizaciones multilaterales.
Ankara demostró que ese delicado equilibrio todavía puede mantenerse. Pero también dejó claro que la OTAN del futuro ya no será la organización que garantizó la estabilidad atlántica durante el último cuarto del siglo XX. La nueva Alianza será necesariamente más europea en sus responsabilidades, más selectiva en la participación estadounidense, más flexible en sus mecanismos de actuación y mucho más condicionada por la competencia global entre las grandes potencias que por la simple defensa territorial del espacio euroatlántico.
V.
Una alianza transformada: los vencedores de Ankara y el futuro del orden
estratégico occidental
Toda
gran cumbre internacional termina siendo juzgada menos por las declaraciones
que produce que por las transformaciones políticas que desencadena. La reunión
de la Organización del Tratado del Atlántico Norte celebrada en Ankara
constituye un ejemplo paradigmático de esa regla. Su comunicado final fue
deliberadamente breve, prudente y desprovisto de formulaciones grandilocuentes.
Sin embargo, detrás de esa moderación diplomática comenzó a consolidarse una
nueva distribución del poder dentro de la Alianza Atlántica cuyos efectos
probablemente condicionarán la seguridad internacional durante la próxima
década.
Desde esa perspectiva, los auténticos vencedores de la reunión no fueron necesariamente quienes obtuvieron concesiones inmediatas, sino aquellos cuya posición estratégica salió fortalecida como consecuencia del nuevo equilibrio alcanzado. Estados Unidos ocupa el primer lugar entre ellos.
Aunque
numerosos observadores interpretaron las permanentes tensiones protagonizadas
por Donald Trump como una manifestación de aislamiento o de desinterés hacia
Europa, el resultado político de la cumbre demuestra una realidad bastante
distinta. Washington consiguió que prácticamente todos los gobiernos europeos
aceptaran acelerar el proceso de incremento del gasto militar, ampliar sus
capacidades industriales de defensa y asumir una responsabilidad
considerablemente mayor en la protección del continente.
En términos estratégicos, ello significa que la administración estadounidense logró modificar uno de los pilares históricos sobre los cuales descansó la OTAN desde 1949. La Alianza continuará existiendo, pero funcionará de manera diferente.
Estados
Unidos conservará el liderazgo político, tecnológico y nuclear indispensable
para la credibilidad de la disuasión occidental, aunque reducirá
progresivamente su implicación en aquellas tareas convencionales que los
propios europeos estén en condiciones de asumir.
Esa
transformación permitirá a Washington disponer de mayores recursos militares
para afrontar el desafío que la administración Trump considera prioritario: la
competencia estratégica global con China.
No se trata, por tanto, de un repliegue aislacionista. Se trata de una redistribución mundial de recursos destinada a adaptar la política exterior estadounidense a un escenario internacional donde el Indo-Pacífico adquiere una importancia creciente sin abandonar completamente los compromisos atlánticos.
El segundo gran vencedor fue, sin discusión, Recep Tayyip Erdogan. Pocas veces un dirigente logró convertir una reunión multilateral en un instrumento tan eficaz de fortalecimiento de su propia posición internacional.
La hospitalidad desplegada por Ankara, la cuidadosa organización de la cumbre, el clima de entendimiento personal construido con Donald Trump y la imagen proyectada por Turquía como potencia militar e industrial consolidaron la percepción de que ningún esquema futuro de seguridad euroasiática podrá diseñarse prescindiendo de Ankara. Este fortalecimiento trasciende incluso el ámbito de la OTAN.
Turquía
incrementa simultáneamente su influencia en el mar Negro, el Mediterráneo
oriental, Oriente Próximo, el Cáucaso, Asia Central y África septentrional.
Su
creciente industria de defensa, la expansión de sus exportaciones militares y
su capacidad para mantener canales de diálogo tanto con Occidente como con
diversos actores regionales la convierten en una potencia intermedia de
extraordinaria relevancia dentro del nuevo sistema internacional multipolar.
El tercer beneficiario de Ankara fue la propia Europa. Esta afirmación puede parecer paradójica, dado que la mayoría de los gobiernos europeos aceptaron importantes incrementos presupuestarios y una mayor responsabilidad militar. Sin embargo, precisamente esa obligación constituye también una oportunidad histórica.
Durante décadas, la dependencia respecto del poder militar estadounidense limitó considerablemente el desarrollo de una verdadera capacidad estratégica europea. La nueva situación obliga a acelerar la integración industrial, tecnológica y militar del continente. Ese proceso fortalecerá las industrias de defensa europeas, impulsará la innovación tecnológica, incrementará la interoperabilidad entre las fuerzas armadas nacionales y favorecerá la aparición de capacidades que hasta hace pocos años dependían casi exclusivamente de Estados Unidos.
Europa será probablemente más autónoma dentro de diez años de lo que es hoy. Pero esa autonomía no implicará independencia respecto de Washington. Significará, más bien, una relación transatlántica más equilibrada y basada en una distribución diferente de responsabilidades.
La situación de Ucrania merece un análisis específico. La cumbre confirmó que Kiev continuará recibiendo un respaldo político y militar sustancial. La aprobación de nuevos programas de asistencia demuestra que ningún gobierno occidental considera aceptable una victoria militar rusa obtenida mediante el desgaste progresivo de la resistencia ucraniana. Sin embargo, también quedó claro que el conflicto entra en una nueva etapa.
La ayuda occidental tenderá a orientarse cada vez más hacia el fortalecimiento estructural de las capacidades ucranianas antes que hacia el suministro ilimitado de armamento procedente de los arsenales estadounidenses. En consecuencia, Ucrania seguirá siendo apoyada, aunque dentro de un esquema donde Europa asumirá una parte creciente de los costes políticos, industriales y financieros.
Rusia, por su parte, enfrenta una situación más compleja de la que podía prever meses atrás. Moscú probablemente esperaba que las diferencias entre Donald Trump y varios gobiernos europeos desembocaran en una fractura profunda de la OTAN. Eso no ocurrió. La Alianza consiguió preservar su cohesión esencial. No obstante, Rusia también puede identificar algunos elementos favorables para sus intereses.
La
creciente reducción del compromiso convencional estadounidense obliga
inevitablemente a un período de transición durante el cual Europa deberá
reconstruir capacidades militares que tardarán varios años en alcanzar plena
operatividad.
Ese intervalo constituye probablemente la principal oportunidad estratégica de Moscú. No para lanzar una ofensiva directa contra la OTAN, hipótesis extremadamente improbable debido al poder disuasorio nuclear de Estados Unidos, sino para mantener una política de presión constante sobre el flanco oriental europeo, explotando cualquier demora en la reorganización militar del continente.
En este nuevo escenario emerge una conclusión fundamental. La OTAN no atraviesa una crisis existencial. Atraviesa una profunda transformación funcional. Las organizaciones internacionales raramente desaparecen cuando cambian las condiciones históricas que motivaron su creación. Lo habitual es que adapten progresivamente sus estructuras, sus prioridades y sus mecanismos de decisión. Eso es precisamente lo que comenzó a consolidarse en Ankara.
La
denominada "OTAN 3.0" ya no responde exclusivamente al esquema
concebido durante la confrontación bipolar.
Se
trata de una alianza más flexible, más descentralizada en sus responsabilidades
operativas y mejor adaptada a un entorno internacional donde las amenazas son
simultáneamente militares, tecnológicas, económicas, energéticas, informativas
y cibernéticas.
Ello
no significa que hayan desaparecido los factores de incertidumbre.
Persisten
importantes interrogantes acerca de la futura presencia militar estadounidense
en Europa, la evolución de la guerra en Ucrania, la estabilidad de Oriente
Próximo, las relaciones entre Turquía y algunos de sus aliados mediterráneos,
el desarrollo de la política china en Eurasia y la creciente militarización del
Ártico.
La cuestión de Groenlandia constituye un ejemplo particularmente revelador. Más allá de las declaraciones formuladas por Donald Trump, el debate refleja una realidad geopolítica objetiva.
El
Ártico se convertirá durante las próximas décadas en uno de los principales
escenarios de competencia entre Estados Unidos, Rusia y China.
Las
nuevas rutas marítimas, el acceso a recursos minerales estratégicos y el
despliegue de capacidades militares avanzadas otorgarán a esa región una
importancia comparable a la que durante el siglo XX tuvo el Mediterráneo
oriental o el Golfo Pérsico.
Desde esa perspectiva, las diferencias surgidas entre Washington y Copenhague difícilmente desaparecerán. Podrán administrarse mediante la diplomacia, pero seguirán condicionando la evolución estratégica del espacio euroatlántico.
Finalmente,
la principal enseñanza política dejada por Ankara reside en haber demostrado
que el liderazgo occidental ya no puede descansar exclusivamente sobre la
capacidad militar estadounidense.
La
complejidad del escenario internacional obliga a construir un sistema de
responsabilidades compartidas donde Europa aporte mayores capacidades
convencionales, Turquía ejerza un papel estabilizador en su periferia regional
y Estados Unidos concentre crecientemente sus recursos estratégicos allí donde
considera que se definirá el equilibrio mundial del siglo XXI.
Ese nuevo reparto de funciones no elimina las tensiones transatlánticas. Las institucionaliza. Las convierte en parte normal del funcionamiento de una alianza integrada por democracias con intereses nacionales cada vez más diversos.
Quizá esa sea la verdadera trascendencia histórica de la Cumbre de Ankara. No resolvió todas las incertidumbres que pesan sobre la seguridad occidental. Tampoco puso fin a las diferencias entre Estados Unidos y sus aliados europeos. Lo que consiguió fue algo probablemente más importante: adaptar la Alianza Atlántica al comienzo de una nueva época.
Una
época en la que el predominio absoluto de una sola potencia deja paso a un
sistema internacional mucho más competitivo, donde el liderazgo ya no depende
únicamente de la superioridad militar, sino también de la capacidad para
construir consensos, sostener industrias estratégicas, dominar las tecnologías
críticas y preservar la cohesión política frente a un escenario internacional
cada vez más inestable.
Ankara
quedará probablemente registrada por la historia como la cumbre que no proclamó
una nueva doctrina, pero que inició silenciosamente una nueva etapa en la
evolución de la OTAN. Su mayor legado no será el contenido de su declaración
final, sino haber certificado el nacimiento de una Alianza más europea en sus
responsabilidades, más selectiva en el empleo del poder estadounidense y más
condicionada por la lógica de la competencia entre grandes potencias que por
las inercias heredadas de la Guerra Fría. En ese sentido, la reunión celebrada
en la capital turca puede ser recordada como el momento en que el mundo
atlántico comenzó a reorganizarse para afrontar los desafíos estratégicos de la
primera mitad del siglo XXI.

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