La firma en Trípoli de una hoja de
ruta que prevé elecciones presidenciales y legislativas en un plazo máximo de
24 meses abre una nueva posibilidad para reunificar un país fracturado desde la
caída de Muamar Gadafi. Pero el acuerdo, auspiciado por Naciones Unidas, debe
todavía superar la rivalidad entre las autoridades del oeste y del este, el
poder de las milicias, las ambiciones de los Haftar y la influencia de Turquía,
Rusia, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Estados Unidos. En el trasfondo se
encuentra una riqueza energética extraordinaria —48.000 millones de barriles de
petróleo y 53 billones de pies cúbicos de gas— cuya importancia aumenta ante la
actual crisis energética provocada por la guerra entre Estados Unidos e Irán.
Buenos
Aires - Libia vuelve a mirar hacia las urnas. Quince años después de la
insurrección que acabó con el régimen de Muamar Gadafi y tras una sucesión casi
ininterrumpida de gobiernos provisionales, guerras civiles, treguas incumplidas
y elecciones frustradas, las principales fuerzas políticas y militares del país
han dado un paso que, si logra sobrevivir a las profundas contradicciones
libias, podría constituir el comienzo del final de una de las crisis más
prolongadas de África.
El
30 de agosto, en Trípoli y bajo los auspicios de la Misión de Apoyo de Naciones
Unidas en Libia (UNSMIL), representantes del oeste y del este del país firmaron
un acuerdo destinado a modificar el marco electoral y crear las condiciones
necesarias para celebrar elecciones presidenciales y legislativas dentro de un
plazo máximo de 24 meses. El pacto fue alcanzado por el denominado encuentro
reducido o “Small Convening”, integrado por representantes de las
instituciones rivales y de las dos grandes estructuras de poder libias.
Naciones Unidas lo considera un paso importante hacia la reunificación
institucional y la celebración de comicios nacionales.
El
acuerdo contempla la recomposición del órgano directivo de la Alta Comisión
Electoral Nacional y la resolución de las cuestiones jurídicas y
constitucionales que bloquearon las elecciones previstas para diciembre de
2021. Establece asimismo que las elecciones presidenciales y legislativas se
celebren simultáneamente y bajo una autoridad ejecutiva unificada. El texto
prevé, además, modificaciones destinadas a evitar algunos de los obstáculos que
hicieron fracasar el proceso electoral anterior. Entre ellos figura la
posibilidad de que militares y ciudadanos con doble nacionalidad puedan
presentarse como candidatos, aunque quien resulte elegido y posea otra
ciudadanía deberá renunciar a ella antes de asumir el cargo.
El
significado político del acuerdo resulta difícil de exagerar, aunque tampoco
conviene confundirlo con el nacimiento de un Estado nuevamente reunificado. El
problema central de Libia continúa siendo precisamente que existen dos centros
de poder que han construido durante años sus propios aparatos administrativos,
financieros y militares. En Trípoli funciona el Gobierno de Unidad Nacional,
dirigido por Abdul Hamid Dbeibah y reconocido internacionalmente, mientras en
el este la Cámara de Representantes mantiene su alianza con el Ejército
Nacional Libio del mariscal Jalifa Haftar. Ambas estructuras disponen de redes
políticas, económicas y armadas propias y han contado con el respaldo de
diferentes potencias extranjeras.
Para
comprender la magnitud del desafío hay que regresar a 2011. La rebelión contra
Gadafi, iniciada durante la denominada Primavera Árabe, se transformó
rápidamente en una guerra civil. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas
aprobó en marzo de aquel año la resolución 1973, que autorizó “todas las
medidas necesarias” para proteger a la población civil y estableció una zona de
exclusión aérea. La intervención de la OTAN terminó inclinando militarmente la
balanza en favor de los insurgentes. Gadafi fue capturado y muerto en las
proximidades de Sirte el 20 de octubre de 2011. Días después, Naciones Unidas
puso fin formalmente al mandato que había permitido la campaña aérea aliada.
La
caída del dictador, sin embargo, no produjo el Estado democrático y estable que
muchos de sus protagonistas habían imaginado. El régimen había mantenido
durante décadas un sistema político altamente personalista, en el que las
instituciones estatales coexistían con estructuras tribales, redes de seguridad
y mecanismos informales de distribución de poder. Una vez desaparecida la
autoridad central, miles de combatientes que habían participado en la
insurrección conservaron sus armas y sus propias áreas de influencia.
El
vacío fue ocupado por milicias, ciudades rivales, grupos islamistas y redes
tribales. La debilidad de las instituciones facilitó además la expansión del
Estado Islámico, que llegó a controlar Sirte durante un periodo. Las elecciones
y los intentos de construir nuevas instituciones no consiguieron superar la
fragmentación. En 2014, el país quedó dividido entre gobiernos rivales en
Trípoli y el este, mientras Haftar consolidaba progresivamente su poder
militar.
La
segunda guerra civil convirtió a Libia en un escenario de competencia
internacional. Turquía se convirtió en el principal sostén del Gobierno
instalado en Trípoli, proporcionando apoyo militar y enviando combatientes
sirios aliados de Ankara. En el otro extremo, Haftar recibió respaldo de
Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Rusia. La presencia del Grupo Wagner y
posteriormente de estructuras vinculadas al Africa Corps ruso otorgó a Moscú
una posición particularmente relevante en el este y el sur libios. La guerra
dejó de ser, por tanto, únicamente una disputa interna: pasó a formar parte de
la competición estratégica por el Mediterráneo, el norte de África, las rutas
migratorias y los recursos energéticos.
La
ofensiva de Haftar contra Trípoli, iniciada en 2019, agravó esa
internacionalización. El riesgo de una guerra abierta entre las potencias que
apoyaban a cada bando condujo finalmente a un alto el fuego en octubre de 2020.
Fue un punto de inflexión decisivo. La violencia generalizada disminuyó, pero
la paz militar no consiguió transformarse en una verdadera reunificación
política.
El
fracaso más significativo llegó en diciembre de 2021. Las elecciones
presidenciales previstas no pudieron celebrarse. Las controversias sobre las
candidaturas, las reglas electorales, el fundamento constitucional de los
comicios y las condiciones para la participación de figuras militares
impidieron la votación. Desde entonces, Libia permanece atrapada en una
transición que parece no tener final.
La
propia UNSMIL reconoce que las elecciones de 2021 constituyen una de las
principales lecciones del actual proceso. La hoja de ruta presentada por su
representante especial, Hanna Tetteh, propone avanzar de manera secuencial:
primero reformar el marco electoral y fortalecer la comisión encargada de
organizar los comicios; después establecer un Gobierno unificado capaz de
administrar el país; y finalmente celebrar elecciones nacionales.
Durante
2025 y 2026 se multiplicaron las iniciativas para romper el bloqueo. La Carta
de Reconciliación Libia, promovida por la Unión Africana, obtuvo nuevos apoyos
y en enero de 2026 fue respaldada formalmente por Mohamed al-Menfi, presidente
del Consejo Presidencial. En abril se alcanzó además, con mediación
estadounidense, un acuerdo sobre un presupuesto nacional unificado, considerado
particularmente significativo porque las instituciones rivales no habían
logrado durante más de una década acordar un marco común de gasto público.
Estados
Unidos ha incrementado paralelamente su implicación diplomática. Su enviado
para África, Massad Boulos, ha mantenido contactos con los principales
protagonistas libios y ha explorado fórmulas para una redistribución del poder.
Washington tiene razones que exceden ampliamente la preocupación por la
democratización de Libia: la posición geográfica del país, sus hidrocarburos,
la seguridad del Mediterráneo, la lucha contra el terrorismo y la creciente
competencia con Rusia constituyen intereses estratégicos de primer orden.
En
este contexto debe interpretarse también la muerte de Saif al Islam Gadafi,
hijo y antiguo heredero político de Muamar Gadafi. El 3 de febrero de 2026 fue
asesinado a tiros en las proximidades de Zintan por varios hombres armados. Las
autoridades libias emitieron posteriormente órdenes de arresto contra tres
sospechosos, aunque no se estableció públicamente una autoría política
definitiva.
La
desaparición de Saif tuvo una evidente dimensión política. Había reaparecido en
la escena pública como representante de una corriente gadafista que conservaba
respaldo en determinados sectores tribales y sociales. En 2021 había intentado
presentarse a las elecciones presidenciales que finalmente nunca se celebraron.
Su muerte eliminó del tablero a una figura capaz, al menos potencialmente, de
introducir un tercer polo en una disputa que progresivamente se había reducido
a la competencia entre las estructuras de Dbeibah y Haftar.
El
documento de análisis aportado plantea que las circunstancias de su asesinato
podrían apuntar a una operación políticamente motivada. Sin embargo, esa
interpretación no ha sido demostrada y debe permanecer en el terreno de las
hipótesis. Lo comprobado es que el asesinato se produjo en un momento de
intensa negociación sobre la futura arquitectura política libia y que las
autoridades todavía no han esclarecido públicamente quién ordenó la operación.
La
dimensión energética explica, en buena medida, por qué Libia vuelve a ocupar un
lugar destacado en las agendas internacionales. El país posee las mayores
reservas probadas de petróleo de África: alrededor de 48.000 millones de
barriles, equivalentes a aproximadamente el 41% de las reservas africanas y al
3% de las reservas mundiales. Además, dispone de unos 53 billones de pies
cúbicos de reservas probadas de gas natural, una de las mayores dotaciones del
continente.
Es
una riqueza extraordinaria para un país de apenas siete millones de habitantes,
pero también una de las principales causas de su fragilidad. El petróleo
financia prácticamente toda la economía estatal y el control de los
yacimientos, oleoductos, puertos y terminales de exportación proporciona un
instrumento decisivo de poder político. Los bloqueos de instalaciones
petroleras han sido utilizados repetidamente como mecanismo de presión por
actores locales.
Europa
observa especialmente el sector gasístico. El gasoducto GreenStream conecta la
costa libia con Italia y constituye la principal vía de exportación de gas
libio hacia Europa. La italiana Eni mantiene una posición central en el sector
y en junio de 2026 anunció el inicio del proyecto de compresión de Sabratha,
destinado a sostener la producción del campo Bahr Essalam y añadir
aproximadamente 800 millones de metros cúbicos anuales de gas.
La
importancia de estos recursos se ha multiplicado por la actual guerra entre
Estados Unidos e Irán. La prolongada crisis en torno al estrecho de Ormuz ha
reducido drásticamente las exportaciones energéticas procedentes de Oriente
Próximo y ha provocado un fuerte aumento de los precios del gas en Europa
cuando se aproxima el invierno. Reuters informaba esta semana de que el cierre
prolongado de Ormuz había provocado una caída del 85% de las exportaciones de
gas natural licuado de Oriente Próximo, mientras los precios europeos superaban
los 75 euros por megavatio hora.
En
ese escenario, Libia aparece como algo más que un productor africano de
hidrocarburos. Su proximidad geográfica a Europa, su capacidad potencial para
incrementar la producción de petróleo y gas y su conexión directa con Italia
convierten la estabilidad libia en una cuestión de seguridad energética
europea. Para Washington, además, la consolidación de instituciones libias
capaces de garantizar la producción energética, combatir el terrorismo y
limitar la penetración rusa ofrece una oportunidad estratégica en el
Mediterráneo.
Pero
la firma del 30 de agosto no garantiza todavía unas elecciones. El Alto Consejo
de Estado no participó formalmente en la ceremonia y algunas fuerzas políticas
han cuestionado el procedimiento. El Parlamento tampoco ha ratificado todavía
plenamente el acuerdo. Naciones Unidas ha advertido que el éxito dependerá de
que todas las instituciones acepten las disposiciones pactadas y permitan su
aplicación efectiva.
Libia
se encuentra, por tanto, ante una paradoja. Nunca desde 2011 había existido una
combinación tan clara de intereses internos y externos favorable a una
reunificación: los libios reclaman instituciones legítimas, Europa necesita
seguridad energética y control migratorio, Estados Unidos busca estabilidad y
limita el espacio estratégico ruso, mientras Naciones Unidas intenta recuperar
la autoridad de un proceso político que lleva años bloqueado.
Sin
embargo, la misma riqueza que puede financiar la reconstrucción continúa siendo
el premio que alimenta la competencia por el poder. Las elecciones sólo serán
verdaderamente transformadoras si consiguen trasladar la disputa libia desde
las armas, las milicias y el reparto informal de los recursos hacia
instituciones aceptadas por todos. El acuerdo de Trípoli ofrece por primera vez
en mucho tiempo un calendario. Lo que todavía no ofrece es la certeza de que
quienes han vivido de la división estén dispuestos a aceptar las consecuencias
de la unidad.
Quince
años después de la muerte de Gadafi, Libia no necesita únicamente votar.
Necesita que el resultado de las urnas tenga detrás un Estado capaz de hacerlo
respetar.





