La propuesta de autonomía impulsada
por Marruecos ante Naciones Unidas gana apoyos en África, Europa, América y
Asia, mientras Rabat convierte la cuestión del Sáhara en el eje central de una
sofisticada estrategia diplomática diseñada bajo las directrices del rey
Mohammed VI. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad y el reciente
alineamiento de Japón y Zambia reflejan una transformación profunda del
escenario internacional.
Contenido:
Buenos
Aires - Durante décadas, la cuestión del Sáhara fue uno de los conflictos más
prolongados y enconados del norte de África. Pero en los últimos años, y
particularmente desde la adopción de la resolución 2797 del Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas en octubre de 2025, el equilibrio diplomático en
torno a este diferendo regional ha comenzado a inclinarse de manera cada vez
más visible en favor de Marruecos y de su propuesta de autonomía bajo soberanía
marroquí.
La
iniciativa presentada por Rabat ante la ONU en 2007, considerada durante mucho
tiempo como una de las múltiples fórmulas posibles para resolver el conflicto,
ha pasado progresivamente a ser definida por un número creciente de capitales
internacionales como la única base “seria”, “creíble”, “realista” y “duradera”
para alcanzar una salida política negociada. Ese cambio semántico,
aparentemente técnico, encierra en realidad una mutación geopolítica de gran
profundidad.
La
reciente posición adoptada por Japón constituye uno de los ejemplos más
significativos de esta evolución. Tokio expresó oficialmente su satisfacción
por la resolución 2797 del Consejo de Seguridad y sostuvo que “una verdadera
autonomía bajo soberanía marroquí podría ser la solución más factible” para
resolver el diferendo. La declaración conjunta firmada entre el ministro de
Exteriores marroquí, Nasser Bourita, y su homólogo japonés, Motegi Toshimitsu,
marcó un salto cualitativo en la posición nipona.
Más
relevante aún que el propio respaldo político fue la afirmación japonesa de que
Tokio está dispuesto a actuar “a nivel diplomático y económico” conforme
a esta nueva posición. La frase fue interpretada en Rabat como la señal de que
una de las principales potencias asiáticas no solo respalda la propuesta
marroquí, sino que comienza a integrar esa postura en sus decisiones
estratégicas y comerciales.
El
movimiento japonés no se produjo en el vacío. Forma parte de una dinámica
internacional más amplia impulsada meticulosamente por la diplomacia marroquí
durante los últimos años. Bajo las directrices directas del rey Mohammed VI,
Rabat transformó el expediente del Sáhara en el núcleo central de su política
exterior. El monarca estableció como principio rector que las relaciones
internacionales del Reino debían medirse en función de la claridad de los
apoyos a la integridad territorial marroquí.
La
estrategia desplegada combinó varios niveles simultáneos. Por un lado,
Marruecos profundizó su presencia económica y diplomática en África mediante
inversiones, cooperación Sur-Sur y proyectos de integración regional. Por otro,
consolidó alianzas con potencias occidentales y asiáticas interesadas en la
estabilidad del norte africano y del Sahel. Paralelamente, Rabat impulsó
grandes iniciativas geoeconómicas destinadas a convertir al país en un puente
entre Europa, África y el Atlántico.
Entre
esos proyectos destaca el Gasoducto África-Atlántico, concebido para conectar
Nigeria con Marruecos y eventualmente con Europa occidental. La iniciativa,
respaldada activamente por Rabat, no solo posee un enorme componente
energético, sino también una dimensión geopolítica decisiva: reforzar el papel
de Marruecos como plataforma estratégica entre África y Europa.
Japón
ha mostrado especial interés en esa arquitectura regional impulsada por Rabat.
Tokio valoró particularmente la Iniciativa de los Estados Africanos Atlánticos
y los proyectos promovidos por Marruecos para integrar económicamente el
espacio atlántico africano. Según la visión expresada por los responsables
japoneses y marroquíes, el desarrollo del continente africano requiere fórmulas
de integración regional estables y corredores de crecimiento capaces de
garantizar seguridad energética, conectividad y estabilidad política.
La
cuestión del Sáhara aparece así cada vez más vinculada a una lógica estratégica
más amplia. Para numerosos actores internacionales, el conflicto ya no es
percibido únicamente como un problema de descolonización inconclusa, sino
también como un factor directamente relacionado con la estabilidad regional, la
lucha contra el extremismo en el Sahel, los flujos migratorios y la seguridad
energética entre África y Europa.
Ese
cambio de percepción explica en parte el creciente apoyo internacional a la
propuesta marroquí. Estados Unidos fue uno de los primeros grandes actores en
reconocer explícitamente la soberanía marroquí sobre el Sáhara en 2020.
Posteriormente, España respaldó públicamente la iniciativa de autonomía
calificándola como la base “más seria, creíble y realista” para resolver
el conflicto. Francia, Alemania, Países Bajos y numerosos países africanos y
árabes han convergido progresivamente hacia posiciones similares.
En
África, el respaldo a Rabat se fortaleció notablemente durante los últimos
años. Zambia reafirmó recientemente “su postura firme y constante a favor de
la integridad territorial y la marroquinidad del Sáhara”, respaldando
además la resolución 2797 y el plan de autonomía como “la única base seria,
creíble y duradera” para alcanzar una solución política.
El
posicionamiento zambiano no constituye un episodio aislado. Durante la última
década, varios países africanos modificaron o revisaron sus posiciones
históricas respecto del conflicto. Rabat logró consolidar una intensa red de
alianzas continentales apoyada en cooperación económica, inversiones agrícolas,
infraestructura, formación profesional y proyectos energéticos. La apertura de
consulados de diversos países africanos en ciudades saharianas administradas
por Marruecos fue interpretada por Rabat como un reconocimiento implícito de la
soberanía marroquí sobre la región.
La
diplomacia marroquí, dirigida por Bourita, combinó pragmatismo económico y
activismo político. El ministro se convirtió en uno de los principales
arquitectos de una estrategia internacional destinada a construir consensos
graduales en torno a la autonomía. Su acción diplomática se apoyó en una
narrativa cuidadosamente elaborada: presentar el plan marroquí no como una
imposición unilateral, sino como una solución pragmática capaz de garantizar
estabilidad regional y desarrollo económico.
La
resolución 2797 aprobada por el Consejo de Seguridad en 2025 representó un
punto de inflexión decisivo. Por primera vez, el máximo órgano ejecutivo de
Naciones Unidas afirmó de manera explícita que una autonomía genuina bajo
soberanía marroquí podría constituir la solución más viable al conflicto.
Aunque el texto no implicó un reconocimiento formal de soberanía, sí consolidó
el marco político defendido por Rabat desde hacía casi dos décadas.
La
resolución también reforzó el papel del enviado personal del secretario general
de la ONU, Staffan de Mistura, insistiendo en la necesidad de negociaciones
realistas y sin condiciones previas. Para Marruecos, la importancia del texto
radicó en que desplazó progresivamente el eje de la discusión internacional
desde la idea de un referéndum de autodeterminación —bloqueado durante décadas
por desacuerdos sobre el censo y los criterios de participación— hacia una
lógica de solución política negociada basada en la autonomía.
Rabat
sostiene desde hace años que el referéndum se volvió impracticable y que la
autonomía constituye la única vía capaz de cerrar definitivamente el conflicto.
El Frente Polisario, por el contrario, continúa defendiendo el derecho de
autodeterminación mediante consulta popular. Sin embargo, la correlación
diplomática internacional parece evolucionar cada vez más en favor de la tesis
marroquí.
Ese
fortalecimiento externo coincidió además con una ofensiva de proyección
internacional del Reino en múltiples frentes. Marruecos intensificó su papel
como actor de estabilidad regional, reforzó su cooperación migratoria con
Europa, amplió sus vínculos militares con Estados Unidos y potencias
occidentales y multiplicó sus iniciativas africanas. Al mismo tiempo, Rabat
buscó consolidarse como centro logístico y financiero regional, aprovechando su
ubicación estratégica entre Europa y África.
La
monarquía marroquí comprendió tempranamente que el expediente del Sáhara no
podía resolverse únicamente mediante argumentos históricos o jurídicos. Era
necesario convertir a Marruecos en un socio indispensable para las grandes
potencias. En esa lógica se inscriben tanto la expansión de los puertos
atlánticos marroquíes como las grandes iniciativas energéticas y de integración
africana impulsadas directamente por Mohammed VI.
La
reciente aproximación entre Rabat y Tokio refleja precisamente esa nueva
dimensión geopolítica. Japón percibe a Marruecos no solo como un aliado
diplomático, sino también como una plataforma estratégica para su proyección
económica hacia África. El fortalecimiento del eje Rabat-Tokio incluye
cooperación triangular con países africanos, inversiones industriales y
coordinación política regular.
En
paralelo, Marruecos procura vincular el apoyo internacional a su propuesta de
autonomía con una imagen de modernización y estabilidad. La organización
conjunta del Mundial de fútbol de 2030 junto a España y Portugal forma parte
también de esa narrativa de proyección global y consolidación internacional.
A
ojos de Rabat, el creciente respaldo internacional confirma la eficacia de una
estrategia diplomática sostenida durante años con disciplina y continuidad. La
cuestión del Sáhara dejó de ser presentada exclusivamente como un litigio
territorial para convertirse en una pieza central de una visión más amplia
sobre estabilidad regional, integración africana y seguridad euroafricana.
Aunque
el conflicto permanece formalmente abierto y Naciones Unidas continúa
impulsando negociaciones políticas, el equilibrio diplomático internacional
parece moverse gradualmente hacia una consolidación de la propuesta marroquí.
El apoyo creciente de actores de peso en Europa, África, América y Asia revela
hasta qué punto Marruecos logró transformar un expediente históricamente
complejo en un eje de legitimación internacional y de proyección estratégica
del Reino en el escenario global.






