Japón vive en 2026 un momento
histórico en el que su política de defensa, su economía y su diplomacia están
configurando una presencia cada vez más determinante en la geopolítica de Asia
y del sistema internacional. Con un giro que algunos analistas han calificado
de “revolución silenciosa” tras décadas de pacifismo constitucional, el país ha
comenzado a reconfigurar su papel regional en respuesta a un entorno de
seguridad más complejo y competitivo, marcado por la ascensión de China, las
tensiones en Taiwán, Corea del Norte y la redefinición de las alianzas.
Una
geografía complicada
Japón
tiene una geografía cuando menos singular. La particular configuración de su
territorio lo convierte en el ejemplo paradigmático de un Estado archipiélago.
La mayoría de sus 124 millones de habitantes reside en las cuatro grandes islas
situadas al este del mar del Japón, mientras que una minoría se distribuye en
parte de los 6.848 islotes que componen el archipiélago.
La
mayor de las islas principales es Honshu, que concentra cerca del 60% del
territorio nacional y alberga a Tokio, la mayor megalópolis del mundo, con
alrededor de 37 millones de habitantes en su área metropolitana. En esta isla
se extiende también la llanura cultivable más importante del país, razón por la
cual allí surgieron históricamente los principales núcleos urbanos y se
consolidó el corazón político y económico del Estado.
La
distancia más corta entre el archipiélago japonés y la masa continental
euroasiática ronda los 200 kilómetros. Esa barrera natural explica, en parte,
por qué Japón nunca fue invadido con éxito en la era premoderna y por qué ha
mantenido durante siglos una notable homogeneidad étnica. Desde hace más de dos
milenios no se produce una gran llegada de población extranjera que altere de
forma sustancial su composición demográfica.
El
territorio japonés es más extenso que la península de Corea, ligeramente
inferior al de Noruega y algo superior al de Alemania. Sin embargo, tres
cuartas partes del país no son aptas para el asentamiento humano intensivo, en
especial por la presencia de regiones montañosas, y apenas un 13% de la
superficie resulta adecuada para la agricultura intensiva. Esta limitación ha
concentrado a la población en estrechas franjas costeras y en reducidas áreas
interiores, donde el arroz debe cultivarse en terrazas construidas sobre las
laderas.
Las
montañas proveen abundante agua, pero la falta de amplias llanuras convierte a
los ríos japoneses en cursos cortos y poco navegables, lo que históricamente
dificultó su utilización como ejes de comercio interior. La escasa confluencia
entre ellos agrava ese condicionante estructural.
Ante
ese entorno, el pueblo japonés se proyectó hacia el mar. Tejió redes
comerciales a lo largo de sus miles de islas, realizó incursiones en la
península coreana y, tras siglos de aislamiento, se modernizó con rapidez para
expandirse y dominar amplias zonas del este asiático. La insularidad, lejos de
encerrar a Japón, terminó empujándolo hacia una vocación marítima y
estratégica.
Japón
carece, además, de recursos naturales suficientes para sostener por sí solo una
economía industrial avanzada. Posee depósitos de carbón de baja calidad, escaso
petróleo, reducidas reservas de gas natural y cantidades insuficientes de
numerosas materias primas esenciales. Es el mayor importador mundial de gas
natural y uno de los grandes importadores de petróleo, una dependencia que ha
condicionado históricamente su política exterior y su necesidad de garantizar
rutas marítimas seguras.
El
Japón de posguerra
Tras
su derrota en la Segunda Guerra Mundial, Japón diseñó una política exterior
centrada en la contención de sus capacidades militares y en el desarrollo
económico. El militarismo beligerante de comienzos del siglo XX quedó sepultado
bajo los escombros de Hiroshima y Nagasaki.
La
denominada Doctrina Yoshida, inspirada en el primer ministro Shigeru Yoshida,
orientó la estrategia nacional desde la posguerra hasta finales del siglo XX:
priorizar la reconstrucción económica y delegar la seguridad estratégica en la
alianza con Estados Unidos, limitando el gasto militar propio y privilegiando
la diplomacia económica.
El
Tratado de Cooperación y Seguridad Mutua con Washington, vigente desde 1960,
consolidó esa arquitectura: bases estadounidenses en territorio japonés a
cambio de protección estratégica. Esta fórmula facilitó el llamado “milagro
económico japonés”, pero también subordinó en buena medida la política de
defensa a decisiones adoptadas en Washington.
Durante
décadas, el discurso oficial se apoyó en la Doctrina Fukuda (1977), que
rechazaba explícitamente la conversión de Japón en una potencia militar
convencional y promovía una relación de cooperación pacífica con el sudeste
asiático y con la ASEAN. Japón proyectaba poder a través del comercio, la
inversión y la ayuda al desarrollo, no mediante despliegues militares.
Cuando
el pacifismo deja de ser alternativa
Ese
consenso histórico ya no es inmutable. El debate sobre el llamado “pacifismo
proactivo” ha dejado de ser marginal. El Gobierno ha defendido la
flexibilización de las restricciones constitucionales que limitaban la
exportación de equipamiento militar, abriendo el mercado global de armas a
empresas como Mitsubishi Heavy Industries.
La
medida está vinculada a la percepción de una “expansión militar china” y
a la disputa territorial por las islas Senkaku/Diaoyu, en el mar de China
Oriental. La modernización del Ejército Popular de Liberación y la creciente
presión sobre Taiwán han reforzado en Tokio la idea de que la mera contención
defensiva ya no basta.
Asimismo,
Japón ha relajado normas para cooperar en el desarrollo de armamento con
aliados más allá del vínculo tradicional con Estados Unidos. El Global Combat
Air Programme, destinado a crear una nueva generación de cazas junto a socios
europeos, ilustra esta etapa de cooperación tecnológica y militar ampliada.
El
proceso incluye un aumento del gasto en defensa con el objetivo de aproximarse
al 2% del PIB hacia 2027, dotando a las Fuerzas de Autodefensa de capacidades
disuasorias más robustas, incluidos sistemas de misiles de mayor alcance y una
interoperabilidad reforzada con aliados regionales.
Asia
y el tablero del Indo-Pacífico
Geopolíticamente,
el foco de las élites japonesas ha evolucionado desde una diplomacia centrada
en la recuperación económica hacia una estrategia que integra seguridad,
defensa y comercio bajo el paraguas de un “Indo-Pacífico libre y abierto”.
El concepto, promovido por Tokio y Washington, aspira a contrarrestar la
influencia china mediante alianzas con India, Australia, países de la ASEAN e
incluso socios europeos.
El
auge de China —visible en sus reclamaciones territoriales y en su sostenida
modernización militar— es citado por expertos japoneses como la razón principal
de este cambio estratégico. Las tensiones en el estrecho de Taiwán, la
península coreana y los mares de China Oriental y Meridional configuran un arco
de inestabilidad que impulsa a Tokio a fortalecer sus capacidades defensivas.
En
busca de un nuevo protagonismo
Japón
ha desarrollado también una política de “seguridad económica” orientada
a proteger cadenas de suministro críticas, asegurar el liderazgo en sectores
estratégicos —como semiconductores y computación cuántica— y articular una
diplomacia económica complementaria a su política de defensa. La resiliencia
frente a presiones externas se ha convertido en un objetivo central.
El
resultado es un Japón más asertivo. Si bien mantiene la alianza con Estados
Unidos como piedra angular de su seguridad, ha comenzado a diversificar
vínculos y a promover mecanismos de cooperación entre potencias medianas para
gestionar riesgos compartidos. La colaboración con Filipinas, Corea del Sur,
India o actores europeos en materia de seguridad y desarrollo forma parte de
esta arquitectura emergente.
Este
dinamismo genera tensiones internas. El debate sobre hasta dónde debe Japón
alejarse de su legado pacifista es profundo, especialmente en cuestiones
sensibles como la política antinuclear, durante décadas tabú y hoy reabierta
ante la presión estratégica de Pekín.
La
construcción de un liderazgo regional en un mundo más conflictivo
En
el complejo tablero del siglo XXI, Japón actúa como pivote estratégico entre
grandes potencias y Estados medianos emergentes. Su política de defensa
—marcada por un rearme gradual pero decidido—, su potencia económica
consolidada y su diplomacia activa han transformado su papel: de socio
subordinado en la arquitectura de seguridad regional a actor central del
Indo-Pacífico.
El
pasado pacifista sigue influyendo en su cultura política, pero la visión de un
Japón más influyente parece imponerse sobre la cautela de la posguerra. No
busca una hegemonía territorial explícita, sino un liderazgo regional
sustentado en capacidades militares eficaces, alianzas sólidas y una proyección
económica robusta.
En
un entorno donde la rivalidad entre grandes potencias redefine alianzas y
equilibrios, la redefinición del papel japonés se perfila como uno de los
factores más determinantes de la geopolítica global en las próximas décadas.






