Cuatro años de guerra han erosionado el liderazgo de
Volodimir Zelenski y hoy mantiene fuertes disputas con Polonia y Bielorrusia
además del conflicto inconcluso con Rusia,
mientras la legitimidad de su gobierno es
puesta en duda.
Contenido:
Buenos
Aires - En el umbral de un conflicto que ya supera los cuatro años, la
trayectoria de Volodímir Zelenski ilustra con crudeza las paradojas inherentes
a toda guerra prolongada: cómo el símbolo unificador de la resistencia nacional
puede verse erosionado por el peso inexorable del desgaste, las fracturas
internas y las complejidades de una geopolítica implacable. El antiguo
comediante que en 2019 encarnó la esperanza de renovación anticorrupción y paz
en el Donbás se ha convertido, para muchos, en el emblema de una Ucrania
asediada; sin embargo, en 2026, su liderazgo enfrenta cuestionamientos que
trascienden el campo de batalla y ponen a prueba la resiliencia misma del
Estado ucraniano.
La
unidad nacional que caracterizó los primeros compases de la invasión rusa de
febrero de 2022 fue, sin duda, el principal baluarte de Zelenski. Aquella
cohesión inédita permitió que un país históricamente fragmentado se presentara
ante el mundo como un bloque monolítico en defensa de su soberanía. No
obstante, como advierten los analistas de conflictos prolongados, las guerras
de atrición tienden a desvelar fisuras que la urgencia inicial mantenía
latentes. La movilización continua de recursos humanos, el estancamiento
económico, las pérdidas humanas y la fatiga derivada de una incertidumbre
estratégica han comenzado a socavar esa unidad primigenia.
En
este contexto adquiere particular relevancia el debate en torno a la
legitimidad constitucional del mandato presidencial. Los críticos, entre ellos
voces afines a Moscú y ciertos sectores opositores internos, sostienen que el
término formal de Zelenski expiró en mayo de 2024, configurando una anomalía
democrática. La posición oficial de Kiev, avalada por la mayoría de los
gobiernos occidentales y por eminentes constitucionalistas, invoca la
Constitución ucraniana y la legislación sobre ley marcial, que prohíben
expresamente la celebración de comicios nacionales en tiempo de guerra. Como ha
reiterado el propio Zelenski, “permitan un alto el fuego de al menos 60 días
y celebraremos elecciones”; una condición que subraya la imposibilidad
práctica de un proceso electoral bajo bombardeos constantes y con millones de
desplazados y soldados en el frente.
Expertos
como Anton Hrushetskyi, director del Instituto Internacional de Sociología de
Kiev (KIIS), han destacado que, si bien Zelenski mantiene niveles de confianza
significativos —alrededor del 60% en encuestas recientes—, este respaldo es más
bien funcional, ligado a su rol de líder bélico, que personal o incondicional.
Solo una minoría de quienes lo apoyan desearía verlo continuar en el cargo tras
la guerra, lo que refleja un anhelo generalizado de renovación política una vez
restablecida la paz.
La
situación militar refuerza esta dinámica de desgaste. Aunque Ucrania ha
exhibido una notable capacidad innovadora —con ataques de drones de largo
alcance contra infraestructuras rusas y el desarrollo de una industria de
defensa propia—, la realidad estratégica dista de los optimismos iniciales.
Rusia mantiene ventajas demográficas, industriales y territoriales sustanciales
en una guerra de desgaste donde la reposición de efectivos y la producción
militar resultan decisivas. Las discusiones sobre la ampliación de la
movilización y la rebaja de la edad de reclutamiento evidencian las tensiones
estructurales que enfrenta Kiev.
La
dependencia de la ayuda occidental constituye otro pilar vulnerable. Si en
Europa la solidaridad oficial permanece intacta —con el Consejo Europeo
reafirmando su apoyo político, económico y el compromiso con la adhesión
ucraniana a la UE—, fisuras cada vez más notorias emergen en la práctica.
Ninguna tan emblemática como la crisis con Polonia, aliado estratégico de
primer orden.
Las
relaciones polaco-ucranianas han estado históricamente marcadas por memorias
contrapuestas, particularmente los trágicos acontecimientos de Volinia y
Galicia Oriental entre 1943 y 1944, donde unidades del Ejército Insurgente
Ucraniano (UPA) perpetraron matanzas contra población civil polaca —calificadas
por Varsovia como genocidio— mientras que, para sectores del nacionalismo
ucraniano, representan una lucha por la independencia frente al yugo soviético.
Durante los primeros años de la invasión, ambas partes optaron por relegar
estas diferencias en aras de la supervivencia común. Polonia se erigió en
centro logístico fundamental, acogió a millones de refugiados y proveyó
armamento crucial.
La
ruptura se produjo en mayo de 2026, cuando Zelenski otorgó un título honorífico
a una unidad militar asociada simbólicamente con la tradición del UPA. La
reacción polaca fue fulminante: el presidente Karol Nawrocki revocó la Orden
del Águila Blanca concedida a Zelenski, la más alta distinción estatal,
generando la crisis diplomática más grave desde el inicio del conflicto.
Zelenski devolvió la condecoración, y altos funcionarios ucranianos, incluyendo
ex presidentes, siguieron su ejemplo. El primer ministro Donald Tusk advirtió
que esta disputa solo beneficia a Rusia y llamó a la contención, mientras
encuestas revelan un deterioro notable de la imagen de Ucrania entre la opinión
pública polaca, influida también por el cansancio con los refugiados y disputas
agrícolas.
Como
señaló el presidente polaco, “glorificar al UPA proporciona oxígeno a la
propaganda rusa”. Analistas coinciden en que, si bien no implica el cese
del apoyo militar, esta controversia expone los límites de la solidaridad
cuando colisiona con identidades históricas profundamente arraigadas.
En
el flanco norte, las tensiones con Bielorrusia alcanzan cotas preocupantes.
Zelenski ha acusado públicamente al régimen de Aleksandr Lukashenko de
facilitar operaciones rusas mediante estaciones de retransmisión y apoyo
logístico para drones. Kiev ha exigido el desmantelamiento de estas
instalaciones, amenazando con acciones directas si no se cumplen. Minsk,
principal aliado de Moscú, ha evitado hasta ahora una implicación masiva, pero
presiones rusas para una mayor integración militar aumentan el riesgo de
escalada y de un nuevo frente, lo que supondría una carga intolerable para las
fuerzas ucranianas.
En
el plano transatlántico, la relación con Estados Unidos ha adquirido un cariz
más transaccional bajo la administración Trump. Aunque Washington mantiene
cierto respaldo, las negociaciones son constantes y condicionadas, con pausas
en entregas y un enfoque prioritario en un acuerdo negociado. Trump ha
presionado por un cese rápido de hostilidades, a veces cuestionando la
legitimidad de Zelenski por la ausencia de elecciones, lo que añade
incertidumbre al flujo de asistencia.
Con
la Unión Europea, el panorama es más constructivo, aunque no exento de
desafíos: persisten interrogantes sobre los costes de la adhesión, la
corrupción endémica y la reconstrucción de un país devastado. Expertos
advierten que la fatiga de guerra en Occidente y los escándalos de corrupción
en el entorno de Zelenski —aunque él mismo no esté directamente implicado—
erosionan la percepción de Kiev como socio confiable.
Zelenski
conserva un reconocimiento internacional indudable como rostro de la
resistencia. Pero gobierna un Estado sometido a presiones extraordinarias: debe
sostener la cohesión interna frente a cuestionamientos sobre su mandato, una
guerra de desgaste contra una potencia superior, la unidad de aliados cada vez
más exigentes, tensiones históricas con Polonia que amenazan la narrativa
identitaria ucraniana y el riesgo de escalada con Bielorrusia. Como observa el
analista Mick Ryan, Ucrania ha evolucionado hacia un actor más autónomo, pero
la sostenibilidad de su esfuerzo depende de equilibrar estos frentes
simultáneos.
La
gobernabilidad ucraniana se decidirá en la interacción de estos vectores. Si el
conflicto se prolonga sin avances decisivos, las tensiones internas y externas
se agudizarán. Si, en cambio, se abre una vía negociada que estabilice el
frente y ofrezca horizontes de reconstrucción, Zelenski podría recuperar
iniciativa. En esta encrucijada histórica, su desafío no se limita a resistir a
Rusia: consiste en preservar la unidad de una nación exhausta, la confianza de
socios fatigados y la legitimidad democrática en medio de corrientes
históricas, geopolíticas y constitucionales turbulentas. De su capacidad para
navegarlas dependerá no solo su legado personal, sino el destino de la Ucrania
que emerja de la guerra.



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