La diplomacia personal de Trump choca
frente a un Kim Jong-un más poderoso y una alianza bajo tensión
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Buenos
Aires - La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de reducir
drásticamente los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, invocar su “muy
buena relación” con Kim Jong-un y cifrar en cincuenta y siete el número de
armas nucleares norcoreanas ha reabierto de forma abrupta un capítulo de la
diplomacia asiática que parecía cerrado desde 2019. En un momento en que
Washington concentra recursos en el conflicto con Irán, el gesto busca abrir un
canal de comunicación con un régimen que ha ampliado su arsenal, estrechado
lazos con Rusia y recuperado espacios de influencia con China. Pyongyang, sin
embargo, respondió con el lanzamiento de una decena de misiles balísticos de
corto alcance y restó valor a las concesiones estadounidenses, mientras Seúl
observa con una mezcla de esperanza y alarma el posible debilitamiento de la
disuasión aliada. El resultado es una península más inestable, donde la
búsqueda de estabilidad a corto plazo corre el riesgo de consolidar a Corea del
Norte como potencia nuclear permanente y de erosionar la confianza de los
aliados regionales.
La
relación entre Trump y Kim ha vuelto a ocupar el centro de la política exterior
estadounidense en Asia oriental con una intensidad que recuerda los años de las
cumbres de Singapur y Hanói. El presidente ordenó al secretario de Defensa,
Pete Hegseth, reducir de manera sustancial los ejercicios Ulchi Freedom Shield,
que pasaron de once a cinco días y vieron recortados sus componentes de
entrenamiento de campaña. Trump argumentó que las maniobras resultaban costosas
y enviaban una señal “inapropiada y hostil” a un país que, según él, se
ha mostrado respetuoso desde su regreso al poder. Al mismo tiempo, reivindicó
públicamente su sintonía personal con el líder norcoreano y afirmó que se
reuniría con él antes de que finalizara el año, posiblemente en el marco de la
cumbre de la APEC en Shenzhen. La declaración sobre las cincuenta y siete armas
nucleares, formulada con una precisión poco habitual, subrayó tanto el
reconocimiento implícito de una realidad estratégica como la voluntad de
gestionarla a través del diálogo personal.
Las
intenciones reales de Trump combinan elementos de diplomacia personal, cálculo
de riesgo y ambición geopolítica de más largo alcance. El analista Kyung Suk
Lee, en un estudio de 38 North, ha señalado que la atracción del presidente
estadounidense hacia Kim posee un componente marcadamente personal: el
encuentro puede constituir un objetivo en sí mismo, más allá de los resultados
concretos en materia de desnuclearización. Trump ha repetido en varias
ocasiones que su relación con el dirigente norcoreano evitó una guerra durante
su primer mandato y que mantiene un entendimiento singular con él. Esta lógica
de la diplomacia de líderes se proyecta ahora sobre un escenario más complejo.
Estados Unidos necesita evitar una crisis simultánea en la península coreana
mientras parte de sus capacidades se encuentran comprometidas en Oriente
Próximo. La reducción de los ejercicios funciona, en este sentido, como una
señal de distensión destinada a disminuir la probabilidad de una provocación
norcoreana que obligue a desviar recursos.
Existe,
además, una dimensión estratégica vinculada a la arquitectura de poder en el
noreste de Asia. Durante los últimos años, Corea del Norte ha reducido su
dependencia histórica de China mediante una alianza cada vez más estrecha con
Rusia. El envío de tropas y municiones a Ucrania y la firma de un tratado de
asociación estratégica con Moscú han otorgado a Pyongyang un margen de maniobra
que antes no poseía. China reaccionó con la visita de Xi Jinping a Pyongyang en
junio de 2026, la primera en siete años, orientada a recuperar influencia
económica, diplomática y militar. La ausencia del tema de la desnuclearización
en las declaraciones públicas de aquella cumbre fue interpretada por el
profesor Ban Kil Joo, de la Academia Nacional Diplomática de Corea, como una
posible aceptación de facto de Corea del Norte como potencia nuclear. En este
contexto, una relación más fluida entre Washington y Pyongyang podría buscar
ampliar el margen de autonomía norcoreano, impidiendo que el régimen quede
definitivamente incorporado al bloque chino-ruso y limitando su utilidad como
instrumento de presión en una eventual crisis en torno a Taiwán. No se trataría
de una separación literal, sino de diluir la dependencia exclusiva.
Sin
embargo, esta estrategia conlleva riesgos evidentes. La reducción de la
presencia y de las maniobras estadounidenses puede transmitir a Seúl la
impresión de que su seguridad se ha convertido en una variable secundaria. El
presidente surcoreano Lee Jae Myung acogió con cauteloso optimismo el gesto de
Trump, considerándolo una oportunidad para superar la hostilidad y construir la
paz en la península. En una publicación en redes sociales, afirmó que la
decisión reflejaba una profunda reflexión sobre cómo superar la confrontación.
Al mismo tiempo, el gobierno de Seúl insistió en la necesidad de mantener una
postura de defensa combinada sólida y en avanzar hacia una mayor autonomía
militar. La oposición conservadora criticó la reducción de los ejercicios como
una amenaza para la disuasión, y analistas citados por diversos medios
advirtieron que la disminución de las maniobras puede afectar la preparación de
las fuerzas aliadas y erosionar la confianza en el compromiso estadounidense.
El ministro de Asuntos Exteriores, Cho Hyun, reconoció ante el Parlamento que
ni Seúl ni los propios funcionarios estadounidenses habían recibido aviso
previo de la orden presidencial, lo que generó perplejidad y reforzó las dudas
sobre la solidez de la coordinación aliada.
La
respuesta de Pyongyang ha sido inequívoca. Un día después de que Trump afirmara
que Kim había respondido positivamente a sus contactos y de que se conociera la
reducción de los ejercicios, Corea del Norte lanzó unos diez misiles balísticos
de corto alcance desde las cercanías de Pyongyang. Kim Yo Jong, hermana del
líder y figura clave del régimen, restó importancia a la medida estadounidense
y negó la existencia de comunicaciones de alto nivel, al tiempo que afirmó que
la política hostil de Washington seguía siendo la misma. El lanzamiento, el
tercero del mes, subrayó que el régimen no interpreta las concesiones como un
cambio estructural de la postura estadounidense, sino como un intento de
obtener legitimidad sin entregar contrapartidas reales. La disparidad entre la
estimación de Trump —cincuenta y siete armas nucleares “muy potentes”— y la del
ministro de Defensa surcoreano Ahn Gyu-back —entre ochenta y ciento veinte,
según cálculos de institutos de investigación— ilustra la dificultad de
establecer una base común de diálogo. El Instituto Internacional de
Investigación para la Paz de Estocolmo sitúa el arsenal en torno a sesenta
ojivas ensambladas, con material fisible suficiente para al menos treinta más,
cifras cercanas a las del presidente estadounidense pero inferiores a las
evaluaciones surcoreanas más amplias.
Desde
una perspectiva geopolítica, la situación que se perfila es de mayor
complejidad y de menores incentivos para una desnuclearización completa. Kim
llega a cualquier eventual negociación con un arsenal mayor, una relación
militar privilegiada con Rusia y renovados vínculos con China. La experiencia
del conflicto con Irán puede haber reforzado en Pyongyang la convicción de que
las armas nucleares constituyen la mejor garantía contra un cambio de régimen.
Frank Aum, analista de 38 North, ha observado que existe un interés genuino
tanto de Trump como de Kim por volver a sentarse a negociar, aunque las
diferencias sobre la desnuclearización continúan siendo enormes. Victor Cha, de
la Universidad de Georgetown, ha señalado que la reducción de los ejercicios
constituye una señal concreta, distinta de las meras declaraciones de años
anteriores, pero advierte que las cartas de Washington son peores que en 2018.
Jenny Town, directora del programa 38 North del Stimson Center, interpreta la
decisión como parte de un esfuerzo más amplio por crear oportunidades
diplomáticas, aunque reconoce los riesgos para la preparación aliada.
La
paradoja es profunda. Trump pretende utilizar su relación personal para reducir
el riesgo de conflicto y, potencialmente, limitar la dependencia norcoreana de
China y Rusia. Al mismo tiempo, la estrategia puede terminar aceptando
tácitamente una Corea del Norte nuclear, obteniendo una península más estable a
corto plazo a cambio de consolidar una realidad que durante décadas se intentó
impedir. La reducción de los ejercicios funciona como concesión diplomática y
como mecanismo de gestión del riesgo, pero su éxito depende de que Trump
consiga convencer a Kim de que Estados Unidos no prepara una operación militar
y, simultáneamente, de que Seúl y Tokio no perciban que la alianza se sacrifica
en nombre de una relación presidencial. En un entorno marcado por la rivalidad
entre Estados Unidos, China y Rusia, la península coreana se convierte en un
escenario donde la fotografía de una nueva cumbre puede cambiar la atmósfera de
la crisis, pero donde transformar esa atmósfera en un acuerdo durable sigue
siendo el desafío más arduo. La historia de las cumbres anteriores demuestra
que las cámaras pueden apagarse sin que las armas desaparezcan.




