jueves, 5 de marzo de 2026

¿Ha comenzado una Guerra Mundial Fragmentada?



El rearme europeo, la guerra en Ucrania y la escalada en Oriente Próximo dibujan un sistema internacional cada vez más fragmentado e inestable

Contenido:

Buenos Aires - La advertencia ya no procede de analistas marginales ni de informes reservados de inteligencia. En los últimos meses, jefes militares, presidentes y primeros ministros europeos han comenzado a hablar abiertamente de la necesidad de preparar a sus países para una eventual guerra con Rusia. Mientras la OTAN refuerza sus ejércitos y las sociedades europeas empiezan a ser mentalmente movilizadas para un escenario de conflicto prolongado, el continente se asoma a un horizonte inquietante: la posibilidad real de una confrontación armada de gran escala antes de que termine la década.

La sensación de que el orden internacional atraviesa un punto de inflexión estratégico se extiende desde Europa oriental hasta el Golfo Pérsico. Dos teatros de operaciones —Ucrania y Oriente Próximo— concentran actualmente tensiones que ya no pueden considerarse conflictos aislados, sino episodios de una crisis geopolítica más amplia.

El escenario europeo

Durante décadas, gran parte del mundo vivió bajo la convicción de que la guerra entre grandes potencias había quedado relegada a los textos de historia. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 quebró ese consenso con una brutalidad que aún hoy continúa reordenando el tablero estratégico europeo.

Cuatro años después, el lenguaje utilizado en las principales capitales occidentales ha cambiado de forma perceptible. Las referencias a la disuasión, el diálogo o la diplomacia conviven ahora con un término que durante décadas había sido cuidadosamente evitado: guerra.

En realidad, desde 2020 el mundo asiste a una confrontación indirecta entre bloques. Rusia, respaldada política y estratégicamente por países como Bielorrusia, China, Irán, Corea del Norte o Cuba, combate en Ucrania frente a un país que recibe un amplio apoyo militar, financiero y tecnológico por parte de los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Moscú ha logrado sortear parcialmente las sanciones occidentales mediante el apoyo de sus socios. China e Irán han suministrado tecnología, equipos militares y apoyo industrial, mientras Bielorrusia ha permitido el uso de su territorio como plataforma logística y militar para las fuerzas rusas. Corea del Norte ha ido más lejos al enviar tropas y armamento para reforzar el esfuerzo bélico del Kremlin. Cuba, por su parte, ha permitido la participación de combatientes voluntarios que se integraron en unidades rusas.

Ucrania, en cambio, ha sido sostenida por una amplia coalición occidental. Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Polonia, Canadá e Italia han proporcionado armamento avanzado, entrenamiento militar, inteligencia satelital, asistencia financiera y ayuda humanitaria. Canadá, por ejemplo, ha destinado en cuatro años cerca de 25.000 millones de dólares en apoyo económico y militar, además de entregar cientos de vehículos blindados.

La prolongación de los combates ha provocado un elevado número de bajas en ambos bandos. Ante las dificultades para sostener el reclutamiento interno, tanto Rusia como Ucrania han recurrido a combatientes extranjeros y mercenarios. En muchos casos, esos combatientes pertenecen en realidad a unidades activas de fuerzas especiales de países que oficialmente se declaran neutrales.

Las consecuencias económicas de la guerra también han sido profundas. Las sanciones occidentales contra Rusia, la interrupción del suministro de hidrocarburos baratos procedentes de ese país y la destrucción de infraestructuras energéticas compartidas han alterado profundamente el equilibrio económico del continente.

El impacto no se limita a los Estados directamente implicados en el conflicto. Gran parte de la economía europea ha sufrido los efectos combinados del encarecimiento energético, la inflación y el aumento del gasto militar.

A estos daños económicos se suman las consecuencias sociales. Millones de personas han sido desplazadas por los combates o han huido de ciudades bombardeadas. Paralelamente, miles de jóvenes han abandonado sus países para evitar el reclutamiento obligatorio. Incluso en algunos países europeos comenzaron a detectarse movimientos migratorios hacia América Latina motivados por el temor a una eventual guerra generalizada.

Europa se rearma

Mientras el conflicto se prolongaba, las principales potencias europeas comenzaron a prepararse para una posible confrontación directa con Rusia.

Francia ha asumido un papel central en este viraje estratégico. La decisión del presidente Emmanuel Macron de autorizar la construcción de un nuevo portaaviones nuclear —el programa PANG, destinado a convertirse en el mayor buque de guerra jamás construido en Europa— constituye tanto un proyecto militar como un mensaje político: París pretende mantener su condición de potencia estratégica autónoma dentro del sistema de defensa occidental.

Pero las señales de preparación para un conflicto van mucho más allá del ámbito estrictamente militar. El Gobierno francés ha ordenado a su sistema sanitario preparar planes para la eventual llegada de miles de heridos militares antes de 2026. Paralelamente, se ha recomendado a la población civil disponer de kits de emergencia para varios días, una medida que evoca los momentos más tensos de la Guerra Fría.

Las advertencias de los responsables militares franceses han sido particularmente explícitas. El general Fabien Mandon, jefe del Estado Mayor, advirtió ante el Parlamento que las Fuerzas Armadas deben estar preparadas para un “choque más violento” con Rusia en un plazo de tres o cuatro años. Su antecesor, Thierry Burkhard, fue aún más directo: “La guerra ya está en Europa”.

Alemania, tradicionalmente reticente a asumir un papel militar destacado tras la Segunda Guerra Mundial, también atraviesa una transformación estratégica profunda. Berlín ha iniciado un proceso de rearme que habría resultado impensable hace apenas una década.

El fondo extraordinario de 100.000 millones de euros destinado a modernizar la Bundeswehr simboliza el abandono definitivo de la llamada “cultura de contención” que caracterizó a la política alemana desde 1945. Incluso se debate la posibilidad de integrar plenamente a Alemania en el paraguas nuclear francés mediante acuerdos de disuasión compartida.

Polonia, por su parte, se ha convertido en el país europeo que se prepara con mayor determinación para una posible guerra. Varsovia dedica más del 4% de su producto interno bruto al gasto militar y aspira a construir el mayor ejército terrestre de Europa.

La militarización ha adquirido incluso una dimensión social. Programas de formación en tiro en las escuelas, entrenamiento paramilitar para funcionarios y una rápida expansión de las fuerzas territoriales de reserva forman parte de una estrategia nacional destinada a preparar a la sociedad para un eventual conflicto.

Países Bajos también ha reforzado su compromiso con la defensa colectiva de la OTAN. En caso de escalada militar con Rusia, las fuerzas profesionales neerlandesas serían desplegadas rápidamente en apoyo de los países bálticos o de otros aliados del flanco oriental.

El Gobierno ha incrementado el gasto en defensa y ha aprobado la adquisición de equipamiento militar moderno, incluidos aviones F-35, helicópteros navales, vehículos blindados y sistemas de defensa antiaérea.

Países Bajos participa además en iniciativas europeas como la European Sky Shield Initiative, destinada a reforzar la defensa antimisiles del continente frente a ataques aéreos o balísticos. Al mismo tiempo, el país se ha sumado a programas europeos de preparación estratégica como el plan Rearmar Europa / Preparación 2030, que busca fortalecer las capacidades militares colectivas del bloque.

Las autoridades neerlandesas también han comenzado a preparar su infraestructura civil para eventuales contingencias de guerra. Hospitales, servicios de emergencia y autoridades regionales elaboran planes de respuesta para situaciones de crisis, mientras se recomienda a la población disponer de reservas básicas de agua, alimentos y suministros para al menos 72 horas.

A diferencia de otros países europeos que han reintroducido el servicio militar obligatorio, Países Bajos ha optado por un modelo de reservistas voluntarios incentivados. Este sistema permite aumentar el tamaño de las fuerzas armadas sin recurrir a la conscripción y al mismo tiempo mantiene un elevado nivel de apoyo social al esfuerzo de defensa.

El Reino Unido, potencia nuclear y aliado clave de Washington, también ha intensificado su preparación estratégica.

Londres está reforzando sus capacidades navales y antimisiles mediante el desarrollo de nuevas tecnologías militares. Entre ellas se encuentran sistemas autónomos para la vigilancia submarina en el Atlántico Norte y armas avanzadas como el sistema láser naval DragonFire.

Al mismo tiempo, el Gobierno británico mantiene una intensa actividad diplomática en foros internacionales como la OTAN o la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), donde promueve mecanismos de transparencia militar y reducción de riesgos destinados a evitar escaladas accidentales.

Sin embargo, más allá del discurso diplomático, la tendencia general del continente resulta evidente: el rearme ha dejado de ser una opción política para convertirse en una necesidad estratégica ampliamente asumida.

El teatro de operaciones de Oriente Próximo

Mientras Europa se prepara para una posible confrontación futura, Oriente Próximo vive ya una guerra abierta.

Desde el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2024, gran parte de la región se encuentra atrapada en una espiral de violencia que ha ido ampliando progresivamente el número de actores implicados.

Si se consideran las sucesivas escaladas militares y la reciente ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán como parte de una misma dinámica bélica, el conflicto regional involucra directa o indirectamente a más de veinte países.

Entre ellos se encuentran Estados Unidos, Israel, Reino Unido, Francia, Grecia, España, Georgia, Líbano, Siria, Irán, Bahréin, Omán, Yemen, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Irak, Jordania y Chipre.

En este amplio y complejo teatro de operaciones, la intensidad de los combates ha superado en muchos casos a la registrada en el frente europeo. Gaza, por ejemplo, ha quedado prácticamente reducida a escombros tras meses de bombardeos y combates urbanos.

La madrugada del 28 de febrero marcó una nueva fase en la crisis regional.  En una operación coordinada, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos y con misiles contra objetivos estratégicos en Irán, incluyendo instalaciones militares, centros de investigación nuclear y bases de los Guardianes de la Revolución. La ofensiva —presentada por Washington como una acción preventiva destinada a neutralizar amenazas estratégicas— provocó cientos de víctimas y la destrucción de infraestructuras críticas.

La reacción iraní fue inmediata. Teherán respondió mediante ataques con misiles balísticos, drones y operaciones indirectas ejecutadas por milicias aliadas en la región. Bases estadounidenses en Irak, Siria y los países del Golfo fueron atacadas, mientras objetivos israelíes en el Mediterráneo oriental y el mar Rojo quedaron bajo amenaza.

La crisis se trasladó rápidamente al Golfo Pérsico, donde Irán anunció el cierre del estrecho de Ormuz, de los puntos más sensibles de la economía mundial.

Por ese corredor marítimo transitan diariamente alrededor de veinte millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo global, además de cerca del veinte por ciento del comercio mundial de gas natural licuado.

El bloqueo del paso marítimo ha dejado cientos de buques atrapados en el Golfo Pérsico. Petroleros, portacontenedores y transportes de gas permanecen detenidos mientras las compañías navieras suspenden operaciones por temor a ataques.

Las consecuencias económicas han sido inmediatas. Los precios del petróleo han experimentado fuertes subidas y los mercados financieros han reaccionado con gran volatilidad. Si el bloqueo se prolongara durante varios meses, diversos analistas estiman que el precio del crudo podría superar los 120 o incluso los 150 dólares por barril.

Un sistema internacional al borde de la fractura

En este contexto, la pregunta resulta inevitable: ¿ha comenzado ya la Tercera Guerra Mundial? Formalmente, todavía no. No existe una guerra declarada entre las grandes potencias. Pero el mapa global muestra una realidad cada vez más inquietante.

Europa oriental, Oriente Próximo y varias regiones de Asia concentran conflictos interconectados en los que participan directa o indirectamente las principales potencias del sistema internacional.

El mundo parece haber entrado en una etapa de conflictos simultáneos entre bloques rivales, una situación que algunos analistas describen como una “guerra mundial fragmentada”.

La cuestión que permanece abierta es si esas guerras regionales podrán mantenerse contenidas o si, como ocurrió en las grandes conflagraciones del siglo XX, terminarán convergiendo en un enfrentamiento global. Por ahora, el planeta no vive todavía una tercera guerra mundial. Pero tampoco puede afirmarse que siga viviendo en paz.

 

Marruecos consolida apoyos europeos a su soberanía sobre el Sáhara


Finlandia y Bélgica se suman al creciente respaldo internacional al plan de autonomía marroquí, en un nuevo éxito de la estrategia diplomática impulsada por el rey Mohammed VI para cerrar uno de los conflictos más prolongados del norte de África.

Por décadas, el contencioso del Sáhara ha sido uno de los últimos conflictos heredados de la Guerra Fría en el norte de África. Sin embargo, en los últimos años la balanza diplomática parece inclinarse progresivamente a favor de Rabat. En una nueva señal de ese cambio de tendencia, Finlandia y Bélgica han reafirmado en los últimos días su respaldo al plan de autonomía presentado por Marruecos, que prevé un autogobierno para el territorio bajo soberanía marroquí.

Estas posiciones, expresadas tras sendos encuentros diplomáticos en Rabat, se inscriben en una dinámica más amplia de apoyos internacionales que Marruecos ha ido acumulando durante la última década. Para muchos observadores, el giro refleja el resultado de una estrategia sostenida desde el Palacio Real por el rey Mohammed VI, quien ha convertido la cuestión del Sáhara en el eje central de la política exterior del país.

Finlandia se suma al respaldo europeo

El apoyo más reciente proviene de Elina Valtonen, quien durante una visita oficial a Rabat expresó el respaldo de su país a la iniciativa marroquí.

Tras reunirse con el ministro de Asuntos Exteriores marroquí, Nasser Bourita, la diplomacia finlandesa señaló que “una verdadera autonomía bajo soberanía marroquí podría constituir la solución más factible” para resolver el conflicto. Finlandia reafirmó además su apoyo al plan presentado por Marruecos, considerándolo una base seria y creíble para alcanzar una solución política definitiva y mutuamente aceptable.

La declaración conjunta emitida tras la reunión subrayó también el respaldo de ambos países a los esfuerzos de las Naciones Unidas para encontrar una salida negociada al conflicto. En ese sentido, las dos delegaciones saludaron la adopción de la resolución 2797 del Consejo de Seguridad y reiteraron su apoyo a la mediación impulsada por la ONU.

Aunque Helsinki ha mantenido históricamente una postura prudente sobre el contencioso, su respaldo explícito al plan marroquí supone un gesto significativo dentro del marco europeo. En la práctica, la posición finlandesa se alinea con la de varios países occidentales que en los últimos años han considerado la propuesta de autonomía como la opción más realista para cerrar el conflicto.

Bélgica refuerza su posición y anuncia medidas concretas

Pocas horas después del pronunciamiento finlandés, Rabat recibió otro respaldo diplomático importante desde Bruselas. El viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de Bélgica, Maxime Prévot, reafirmó el apoyo claro y constante de su país a la iniciativa de autonomía marroquí.

Durante su encuentro con Bourita, el jefe de la diplomacia belga describió el plan como “la base más adecuada, seria, creíble y realista” para alcanzar una solución política duradera al diferendo regional.

La posición belga no se limita a una declaración política. Según explicó Prévot, su Gobierno prevé actuar en consecuencia en los planos diplomático y económico, lo que podría traducirse en un incremento de la cooperación y las inversiones en las provincias del sur administradas por Marruecos.

Entre las medidas previstas figura una futura visita del embajador belga a la región del Sáhara para preparar iniciativas económicas, incluidas misiones empresariales y ferias comerciales organizadas por las agencias regionales de desarrollo.

Bélgica también reiteró que su consulado general en Rabat tiene competencia sobre todo el territorio marroquí sin distinción regional, incluida la región del Sáhara, una señal diplomática que Rabat interpreta como un reconocimiento implícito de su soberanía.

Una estrategia diplomática de largo plazo

Los nuevos apoyos europeos no se producen en el vacío. Forman parte de una evolución diplomática que Marruecos viene construyendo desde hace más de dos décadas.

Desde su llegada al trono en 1999, Mohammed VI ha impulsado una política exterior basada en tres pilares: la consolidación de alianzas estratégicas con potencias occidentales, la expansión de la influencia marroquí en África y el fortalecimiento de su papel como socio económico y de seguridad para Europa.

La Iniciativa para la Negociación de un Plan de Autonomía presentada por Rabat ante Naciones Unidas en 2007 fue el punto de inflexión de esa estrategia. El plan propone dotar al territorio de amplias competencias políticas y administrativas —incluido un parlamento regional y capacidad de gestión económica— bajo soberanía marroquí.

Con el paso de los años, cada vez más países han considerado esta fórmula como la vía más pragmática para resolver un conflicto que lleva medio siglo bloqueado.

El cambio del clima internacional

La acumulación de respaldos internacionales ha sido notable en la última década. Varios países occidentales, así como numerosos Estados africanos y árabes, han expresado su apoyo a la iniciativa marroquí.

Paralelamente, más de una veintena de países han abierto consulados en las ciudades de Dajla y El Aaiún, un gesto diplomático que Rabat interpreta como reconocimiento de facto de su administración sobre el territorio.

El apoyo de países europeos como Finlandia y Bélgica reviste especial importancia porque refuerza la tendencia dentro de la Unión Europea hacia una visión más pragmática del conflicto.

El Sáhara como eje de la diplomacia marroquí

Para Marruecos, la cuestión del Sáhara no es simplemente un asunto de política exterior. Rabat la considera una cuestión de integridad territorial y unidad nacional, un principio reiterado por las autoridades marroquíes en cada encuentro diplomático.

Ese enfoque explica por qué el reino ha convertido la defensa de su soberanía sobre el territorio en el eje central de su acción internacional.

En este contexto, los respaldos recientes de Helsinki y Bruselas se interpretan en Rabat como una nueva confirmación de que la estrategia diplomática del país está dando frutos.

A medida que crece el número de países que consideran el Plan de Autonomía como la solución más viable, Marruecos busca consolidar una nueva realidad política en torno al Sáhara: la de un conflicto cuya salida, según la narrativa diplomática del reino, pasa inevitablemente por reconocer la soberanía marroquí sobre la totalidad de su territorio.

 

lunes, 2 de marzo de 2026

El Rey de Marruecos, Mohammed VI, cierra filas con los países hermanos del Golfo


 

El Rey de Marruecos, Mohammed VI, ante los riesgos de una expansión de las acciones militares en la región, toma posición sobre el conflicto con Irán condenado las agresiones de Teherán. “La seguridad del Golfo es la seguridad de Marruecos”, afirmó categórico el monarca alauí.

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Buenos Aires. En un movimiento de alto contenido geopolítico, Mohammed VI ha decidido elevar el tono contra Teherán y condenar sin ambages las “agresiones abyectas” perpetradas por Irán contra la soberanía de varios Estados del Golfo. La decisión, comunicada por el Gabinete Real tras una intensa ronda de consultas telefónicas con los principales dirigentes árabes, consolida la alineación estratégica de Rabat con sus socios del Consejo de Cooperación del Golfo y reabre el foco sobre la vieja fractura diplomática entre Marruecos e Irán.

Según el comunicado oficial fechado el 28 de febrero de 2026, el monarca alauí mantuvo conversaciones con Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos; con el rey Hamad bin Isa Al Khalifa, soberano de Baréin; con el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman; y con el emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Thani. Durante esas llamadas, Mohammed VI reafirmó “la firme condena del Reino de Marruecos de las agresiones contra la soberanía de estos Estados hermanos y la seguridad de sus territorios”, y expresó su “pleno respaldo” a las medidas que adopten para preservar la estabilidad y la tranquilidad de sus

El lenguaje empleado por el Palacio Real no deja margen para la ambigüedad. El monarca subrayó que la seguridad y la estabilidad del Golfo forman “parte integrante” de la seguridad marroquí y que cualquier atentado contra esos países constituye una “amenaza directa” para la región.

La fórmula no es retórica: Rabat entiende que Teherán, financiando y armando a sus milicias aliadas ha extendido su radio de acción internacional mediante una red de grupos armados y actores no estatales que operan como proxis en distintos escenarios de Oriente Próximo.

La fractura con Teherán y el precedente del Polisario

La condena actual no puede desligarse del antecedente más grave en la relación bilateral. En 2018, Marruecos rompió relaciones diplomáticas con Irán tras acusar a la República Islámica, a través de su aliado regional —el movimiento chií libanés Hezbolá—, de proporcionar apoyo militar y logístico a los terroristas separatistas del Frente Polisario.

Rabat sostuvo entonces que Teherán había intentado integrar al Polisario en su arquitectura de milicias asociadas, suministrándole entrenamiento y armamento sofisticado con el objetivo de convertirlo en un nuevo actor dentro de su constelación de fuerzas indirectas. Las autoridades iraníes negaron las acusaciones, pero Marruecos mantuvo la ruptura como una línea roja estratégica. Para Rabat, la eventual conversión del Polisario en un apéndice de la política regional iraní suponía una amenaza directa a la integridad territorial del reino y un salto cualitativo en la internacionalización del conflicto en el Sáhara.

Solidaridad árabe y cálculo estratégico

Fuentes diplomáticas marroquíes interpretan la reciente condena como el resultado de una doble motivación. Por un lado, una solidaridad política explícita con los “países hermanos” y sus dirigentes, en coherencia con la tradicional política exterior marroquí de apoyo a las monarquías del Golfo. Por otro, un cálculo de seguridad que trasciende la mera retórica.

Rabat observa con inquietud el avance del programa nuclear iraní y el desarrollo de misiles balísticos de medio y largo alcance. Aunque la distancia geográfica amortigua la amenaza inmediata, la ampliación del alcance de esos vectores, sumada a la proliferación de drones y misiles suministrados a milicias aliadas en distintos teatros, configura un escenario que los estrategas marroquíes consideran potencialmente desestabilizador incluso para el Magreb.

La expansión del chiísmo político promovido por Teherán no se limita a la dimensión religiosa, sino que actúa como herramienta de influencia geopolítica. Desde Irak y Siria hasta Líbano y Yemen, Irán ha consolidado redes armadas que funcionan como multiplicadores de su poder regional. Marruecos, de tradición suní malikí y con una monarquía que ostenta el título de “Comendador de los Creyentes”, percibe esa dinámica como un desafío doctrinal y político.

Una diplomacia en clave regional

La secuencia de llamadas del 28 de febrero revela además una coordinación cuidada. Mohammed VI no actuó en solitario: consultó con los principales líderes del Golfo antes de hacer pública la posición marroquí, reforzando así la imagen de un frente común. La mención explícita a que la seguridad del Golfo es inseparable de la seguridad marroquí apunta a una interdependencia política que Rabat ha cultivado durante la última década, en base a expresas directivas del Rey Mohammed VI, mediante acuerdos de cooperación económica, inversiones cruzadas y coordinación en foros multilaterales.

En este contexto, la condena a Teherán se inscribe en una arquitectura diplomática más amplia que combina pragmatismo económico y firmeza estratégica. Marruecos ha reforzado sus vínculos con Arabia Saudí, Emiratos y Catar, al tiempo que consolida su perfil como socio fiable de Occidente en materia de seguridad y lucha contra el extremismo.

El mensaje a Teherán

La decisión del monarca alauí envía un mensaje inequívoco a la República Islámica: cualquier intento de proyectar su influencia mediante actores armados en el norte de África encontrará resistencia política y diplomática. Al mismo tiempo, reafirma la prioridad que Rabat otorga a la estabilidad regional frente a lo que percibe como una política iraní basada en la disuasión asimétrica y la instrumentalización de milicias.

En un Oriente Próximo atravesado por tensiones crecientes, la posición marroquí consolida un eje de solidaridad monárquica y reitera que, para Rabat, la defensa de la soberanía de sus aliados es inseparable de la defensa de su propia seguridad. La condena no es solo un gesto simbólico: es una pieza más en el tablero de una rivalidad regional que, aunque geográficamente distante, tiene ramificaciones que alcanzan hasta el Atlántico.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

India, una potencia que irrumpe desde el espacio Indo-Pacífico


 

La nación más poblada del planeta y quinta economía mundial ha dejado de ser una promesa para convertirse en un actor central del sistema internacional. Entre Washington y Moscú, entre Pekín y el Sur Global, India despliega una diplomacia de autonomía estratégica, expande su influencia comercial y militar y reclama una reforma del orden nacido en 1945.

Una ambición global con raíces propias

 Buenos Aires - En menos de dos décadas, India ha pasado de ser considerada una potencia emergente a consolidarse como uno de los vértices del nuevo tablero multipolar. Con más de 1.400 millones de habitantes y un crecimiento que en los últimos años ha rondado el 7%, el país asiático no solo ha superado al Reino Unido en tamaño económico, sino que aspira a redefinir las reglas del orden internacional.

El primer ministro Narendra Modi ha hecho de esa ambición un eje de su política exterior. “Este no es el momento de la guerra”, dijo en 2022 al referirse al conflicto en Ucrania, una frase que sintetiza la estrategia india: autonomía estratégica, rechazo a la lógica de bloques y reivindicación de un multilateralismo reformado.

Esa visión fue formulada con claridad por el diplomático indio T. S. Tirumurti, exembajador en España, quien defendió la necesidad de un “multilateralismo reformado” que otorgue mayor representación al Sur Global. En su diagnóstico, el sistema internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial no refleja las realidades del siglo XXI y margina a las potencias emergentes.

India, sostiene, que no puede seguir siendo un actor secundario en la gobernanza global cuando es la nación más poblada del mundo y una de las mayores economías.

Comercio exterior: entre Estados Unidos, China y el Golfo

India se ha convertido en un nodo esencial del comercio mundial. Sus principales socios comerciales son Estados Unidos, China y Emiratos Árabes Unidos, seguidos por Arabia Saudí y la Unión Europea.

Estados Unidos se ha consolidado como su primer socio comercial individual, con un intercambio que supera los 190.000 millones de dólares anuales. India exporta servicios tecnológicos, productos farmacéuticos, textiles y manufacturas, mientras importa tecnología avanzada, hidrocarburos y equipamiento militar. El vínculo con Washington ha adquirido una densidad estratégica inédita, impulsada por la rivalidad compartida con China.

Sin embargo, la relación con Pekín es más ambigua. China es uno de los mayores proveedores de bienes intermedios y tecnología industrial para India, pero al mismo tiempo es su principal rival estratégico en Asia. Las tensiones fronterizas en el Himalaya y la competencia por la influencia en el océano Índico y el Sur de Asia coexisten con un comercio bilateral que supera los 130.000 millones de dólares.

En el Golfo, India encuentra no solo proveedores energéticos, sino también socios financieros clave. Millones de trabajadores indios en los Emiratos y Arabia Saudí sostienen un flujo constante de remesas, mientras Nueva Delhi asegura su abastecimiento de petróleo y gas.

BRICS y la diplomacia del Sur Global

India es miembro fundador de los BRICS, foro que comparte con Brasil, Rusia, China y Sudáfrica, y que en los últimos años ha ampliado su membresía. En la cumbre de Johannesburgo de 2018, Modi planteó por primera vez la idea de un orden multilateral reformado, más representativo y menos dominado por las potencias.

Durante su presidencia del G20 en 2023, India impulsó la incorporación de la Unión Africana como miembro permanente, un gesto que buscó reforzar su liderazgo entre los países en desarrollo. Nueva Delhi organizó además la Cumbre de la Voz del Sur Global, con la participación de más de un centenar de países, para trasladar sus demandas al foro de las grandes economías.

En el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde ocupó un asiento no permanente entre 2021 y 2022, India defendió la reforma del órgano y la ampliación de sus miembros permanentes. “Se acabaron los días en que un pequeño grupo de países decidía lo que el mundo debía hacer”, subrayó Tirumurti.

El músculo militar e industrial

La autonomía estratégica no significa aislamiento. India participa activamente en el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad) junto a Estados Unidos, Japón y Australia, un mecanismo concebido para contrapesar la expansión china en el Indo-Pacífico. También mantiene una histórica cooperación militar con Rusia, principal proveedor de armamento durante décadas, aunque en los últimos años ha diversificado sus compras hacia Francia e Israel.

Paralelamente, Nueva Delhi impulsa una ambiciosa política de producción nacional en defensa. Empresas como Tata Advanced Systems han expandido su presencia internacional, incluyendo acuerdos para fabricar vehículos militares en Marruecos, en una estrategia que combina diplomacia económica y proyección de seguridad en África.

El general retirado V. G. Pantakar subrayó recientemente que el Ejército indio produce equipos “asequibles y confiables”, en un esfuerzo por posicionar al país como exportador competitivo de tecnología

Rivalidades estratégicas: China y Pakistán

La proyección internacional de India no puede desligarse de su entorno inmediato. Con Pakistán mantiene una rivalidad histórica centrada en Cachemira, una región que ha sido escenario de guerras y enfrentamientos recurrentes. Con China, la disputa territorial en Aksai Chin y Ladakh ha provocado choques militares en los últimos años.

A pesar de esas tensiones, India evita una alineación automática con Occidente. Ha mantenido la compra de petróleo ruso pese a las sanciones por la guerra en Ucrania y defiende una posición de equilibrio que le permita maximizar su margen de maniobra.

Desafíos internos, ambiciones globales

El ascenso internacional convive con tensiones domésticas. Analistas como Shibu Thomas advierten que el crecimiento demográfico, el desempleo juvenil y la desigualdad podrían erosionar el dividendo demográfico si no se gestionan.

India aspira a alcanzar la neutralidad de carbono en 2070 y enfrenta enormes retos ambientales y sociales.

Sin embargo, el país dispone de una ventaja estructural: una población joven, una potente industria tecnológica y una clase media en expansión. En un mundo marcado por la fragmentación geopolítica, India se presenta como un socio alternativo, un contrapeso y, en ocasiones, un mediador.

Conclusión

India ya no es un actor periférico ni una promesa futura. Es una potencia indispensable en la arquitectura internacional contemporánea. Entre el pragmatismo comercial y la reivindicación del Sur Global, entre la cooperación con Washington y la competencia con Pekín, Nueva Delhi ha trazado un camino propio.

La pregunta ya no es si India será protagonista del siglo XXI, sino cómo ejercerá ese protagonismo: si como árbitro entre bloques, como líder del Sur Global o como potencia que, desde su autonomía estratégica, aspire a redefinir las reglas del sistema internacional. En cualquier caso, el mundo deberá contar con ella.

miércoles, 25 de febrero de 2026

El petróleo iraní, la pieza estratégica que podría alterar el equilibrio energético mundial


 

Irán posee las terceras mayores reservas probadas de petróleo del planeta, pero su peso exportador está limitado por las sanciones occidentales. Para Estados Unidos, influir sobre ese caudal energético —en un contexto de rivalidad con China y tensiones en Oriente Próximo— tendría implicaciones económicas y geopolíticas de primer orden.

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Buenos Aires - En el corazón de la geopolítica contemporánea, donde la transición energética convive con la persistente dependencia del crudo, el petróleo iraní ocupa un lugar singular. La República Islámica es el tercer país con mayores reservas probadas del mundo, con aproximadamente 208.000 millones de barriles, solo por detrás de Venezuela y Arabia Saudí, según los datos energéticos más recientes.

Sin embargo, esa formidable riqueza subterránea no se traduce en una presencia equivalente en el comercio global. Irán no figura entre los diez mayores exportadores de crudo del planeta, una anomalía que se explica menos por limitaciones técnicas que por decisiones políticas y sanciones internacionales.

Las restricciones económicas impuestas por Estados Unidos y secundadas por sus aliados occidentales desde 2018, tras la retirada de Washington del acuerdo nuclear, han limitado la capacidad de Teherán para vender su petróleo en mercados abiertos y financiar sin trabas su economía. El contencioso en torno al programa nuclear iraní —y la negativa de Teherán a aceptar determinadas condiciones de supervisión— ha convertido al sector energético en el principal campo de presión. El resultado es una paradoja: uno de los mayores depósitos de crudo del mundo opera en los márgenes del sistema financiero internacional.

Aun así, Irán ha logrado mantener un flujo significativo de exportaciones. Entre 2024 y 2025, las ventas externas de crudo y condensados se situaron en una horquilla de entre 1,2 y 1,7 millones de barriles diarios, cifras notables si se consideran las restricciones vigentes.

Ese volumen lo coloca por debajo de los grandes superexportadores —como Arabia Saudí o Rusia—, pero todavía en un rango comparable al de productores medianos relevantes.

La mayor parte de ese petróleo tiene un destino claro: China. Entre el 80% y el 90% de las exportaciones iraníes terminan en puertos chinos, muchas veces a través de circuitos comerciales indirectos o descuentos significativos. Los datos de seguimiento marítimo indican que en 2025 el crudo iraní representó entre el 13% y el 14% de las importaciones totales chinas por vía marítima. Dicho de otro modo, aproximadamente uno de cada ocho barriles que importa la segunda economía del mundo proviene de Irán.

Para Pekín, se trata de un suministro atractivo por su precio y por la diversificación que aporta frente a otros proveedores de Oriente Próximo o Rusia. Para Washington, en cambio, constituye un recordatorio de los límites del régimen sancionador y de la creciente interdependencia energética entre China e Irán. En un escenario de competencia estratégica entre las dos mayores potencias mundiales, la energía vuelve a adquirir un peso estructural.

Desde la perspectiva estadounidense, influir de manera decisiva sobre el petróleo iraní no es solo una cuestión económica. Supone, ante todo, una variable geopolítica. El ex secretario de Estado Henry Kissinger solía advertir que “quien controla la energía puede influir en continentes enteros”. La frase, repetida hasta la saciedad en círculos estratégicos, resume una convicción compartida en Washington: el petróleo sigue siendo un instrumento de poder.

Estados Unidos ya es uno de los mayores productores y exportadores del mundo, pero su fortaleza no radica únicamente en su capacidad interna. Se apoya también en una red de alianzas con grandes productores del Golfo Pérsico, entre ellos Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, actores centrales en la arquitectura energética global. Si a esa influencia se sumara un escenario en el que Irán quedara plenamente integrado en el mercado bajo parámetros favorables a Occidente, el mapa energético mundial podría experimentar una transformación sustancial.

El cálculo estratégico se vuelve aún más evidente si se considera el caso venezolano. Venezuela, con unas reservas probadas que superan los 300.000 millones de barriles, encabeza la clasificación mundial.

Durante años, las sanciones y el colapso productivo redujeron su peso real en el mercado. Sin embargo, cualquier reconfiguración política que permita un aumento sostenido de su producción, combinada con una eventual normalización del sector iraní, otorgaría a Washington una capacidad de influencia indirecta sobre una porción extraordinaria de las reservas globales.

Un escenario en el que Estados Unidos mantenga relaciones sólidas con Arabia Saudí, preserve su ascendiente sobre otros productores del Golfo y, simultáneamente, logre condicionar o integrar los flujos de crudo de Irán y Venezuela, le situaría en una posición de ventaja estructural frente a China. Pekín depende en más de un 70% de importaciones para cubrir su consumo de petróleo, y cualquier alteración significativa en la disponibilidad o en los precios repercute de forma directa en su crecimiento económico.

No obstante, ese hipotético control o influencia dista de ser sencillo. Implica resolver un conflicto nuclear enquistado, gestionar la rivalidad regional entre Irán e Israel, y equilibrar las relaciones con los socios árabes del Golfo, que observan con recelo cualquier acercamiento excesivo entre Washington y Teherán. Además, el propio mercado petrolero ha evolucionado hacia una mayor flexibilidad, con nuevos actores y tecnologías —desde el fracking estadounidense hasta la creciente participación de Brasil— que diluyen el monopolio de poder que antaño ejercían unos pocos productores.

La Agencia Internacional de la Energía ha insistido en que la transición energética reducirá progresivamente la centralidad del crudo en las próximas décadas, pero incluso sus escenarios más ambiciosos prevén que el petróleo seguirá desempeñando un papel relevante hasta bien entrado 2040. En ese horizonte, el control de grandes reservas continúa siendo sinónimo de margen de maniobra estratégica.

Irán, con su combinación de vastos recursos, aislamiento político y creciente vínculo con China, se ha convertido en una pieza clave de ese rompecabezas. Para Estados Unidos, influir sobre su petróleo significaría no solo reordenar un mercado, sino también alterar el equilibrio de poder entre las principales potencias del siglo XXI. En un tablero internacional marcado por la competencia sistémica, el crudo iraní es mucho más que una mercancía: es una palanca de poder.

 

martes, 24 de febrero de 2026

Marruecos consolida el respaldo internacional a su propuesta de autonomía para el Sáhara


 

Suecia, Bolivia y la Unión Europea se alinean con Rabat al considerar la iniciativa marroquí como la única vía “realista, justa y viable” para cerrar un conflicto heredado de la Guerra Fría

La diplomacia marroquí ha sumado en las últimas semanas nuevos respaldos de peso a su propuesta de autonomía para la región del Sáhara, un plan presentado en 2007 ante Naciones Unidas y que, con el paso de los años, ha ido ganando apoyos en Europa, América Latina y África. Las posiciones expresadas por Suecia, Bolivia y distintas instancias de la Unión Europea refuerzan una tendencia que Rabat interpreta como la consolidación definitiva de su iniciativa como la única solución “realista, seria y mutuamente aceptable” a un conflicto que se arrastra desde la descolonización y que muchos analistas consideran un residuo geopolítico del orden internacional de la Guerra Fría.

Una propuesta que gana terreno diplomático

Desde que Marruecos presentó ante la ONU su plan de autonomía para el Sáhara en 2007, bajo el liderazgo de Mohammed VI, la iniciativa ha sido defendida por Rabat como un modelo que garantiza amplias competencias de autogobierno para la población saharaui bajo soberanía marroquí. El proyecto prevé un parlamento regional, un ejecutivo propio y control sobre áreas económicas y sociales, mientras que el Estado central conservaría las competencias en defensa, relaciones exteriores y símbolos de soberanía.

El reconocimiento creciente de esta fórmula como “la única solución realista” ha sido un eje central de la política exterior marroquí. En los últimos años, potencias occidentales como Estados Unidos y varios Estados miembros de la Unión Europea han considerado el plan como la base más seria para una solución política. Ahora, las posiciones expresadas por Suecia, Bolivia y la propia UE se inscriben en esa misma línea.

En el caso europeo, distintas declaraciones institucionales han subrayado la necesidad de una solución política “realista, pragmática y duradera”, en línea con las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque la Unión mantiene formalmente su apoyo al proceso auspiciado por Naciones Unidas, el énfasis creciente en la viabilidad de la propuesta marroquí ha sido interpretado en Rabat como una señal inequívoca de confianza.

Suecia y Bolivia: señales desde Europa y América Latina

El posicionamiento de Suecia resulta especialmente significativo en el contexto europeo. Tradicionalmente percibida como un bastión de simpatía hacia las tesis del Frente Polisario, Estocolmo ha formalizado en este inicio de 2026 su respaldo al plan de autonomía. La ministra de Asuntos Exteriores sueca, Maria Malmer Stenergard, ha sido tajante al señalar que esta decisión responde a una "dinámica europea más amplia", alineándose con vecinos como Dinamarca y Finlandia.

Por su parte, Bolivia, desde América Latina, ha destacado la necesidad de soluciones negociadas que garanticen estabilidad regional y desarrollo. El respaldo boliviano se enmarca en la política exterior de la administración del presidente Rodrigo Paz que prioriza la cooperación Sur-Sur y el fortalecimiento de la estabilidad africana, en sintonía con la creciente presencia diplomática y económica de Marruecos en el continente. La decisión del Palacio Quemado fue acompañada por el cese al reconocimiento de la inexistente República Árabe Saharaui Democrática, el invento del Frente Polisario para confundir a la opinión pública simulando un falso Estado Saharaui.

Para Rabat, estos apoyos no son episodios aislados, sino parte de una arquitectura diplomática construida durante años mediante acuerdos estratégicos, cooperación económica, inversiones en infraestructuras y una política africana activa que ha reposicionado al Reino como uno de los actores más dinámicos del continente.

El conflicto del Sáhara: un vestigio de la Guerra Fría

El contencioso del Sáhara se remonta a la retirada española en 1975 y al posterior enfrentamiento entre Marruecos y el Frente Polisario, apoyado por Argelia. Durante décadas, el conflicto quedó congelado bajo la supervisión de la misión de la ONU (MINURSO), sin que prosperara por irrealizable el referéndum de autodeterminación inicialmente previsto.

Muchos diplomáticos coinciden en que el escenario geopolítico que dio origen al conflicto ha cambiado radicalmente. La rivalidad ideológica y estratégica propia de la Guerra Fría ha sido sustituida por una agenda internacional centrada en la estabilidad, la lucha contra el terrorismo y el desarrollo económico. En ese nuevo contexto, la autonomía bajo soberanía marroquí es presentada por Rabat y sus aliados como una salida pragmática frente la intransigencia del Frente Polisario que ha llevado, por décadas, al estancamiento de las negociaciones

La estrategia de Mohammed VI

El avance de la propuesta de autonomía no puede entenderse sin la conducción estratégica de Mohammed VI. Desde su llegada al trono en 1999, el monarca ha impulsado una diplomacia multidimensional: fortalecimiento de la relación con Estados Unidos, asociación avanzada con la Unión Europea, retorno a la Unión Africana y expansión económica en África occidental.

Esa red de alianzas ha permitido a Marruecos presentarse como un socio fiable en materia de seguridad, migración, energía y lucha contra el extremismo. El Reino ha invertido de forma significativa en infraestructuras en el Sáhara —puertos, carreteras, energías renovables— con el objetivo de integrar plenamente la región en su estrategia de desarrollo nacional.

La acumulación sostenida de apoyos internacionales refuerza la posición negociadora de Rabat y consolida su narrativa de que la cuestión del Sáhara está entrando en una fase de resolución política bajo parámetros de realismo.

Marruecos, actor clave entre Occidente y África

El reconocimiento de la propuesta de autonomía no solo fortalece la reivindicación territorial marroquí, sino que también proyecta al Reino como un puente entre Europa, América y África. En un contexto internacional marcado por la competencia geopolítica y la búsqueda de socios estables en el norte de África, Marruecos se presenta como un interlocutor serio y confiable.

La combinación de estabilidad institucional, reformas económicas y activismo diplomático ha consolidado la imagen de Rabat como un socio estratégico tanto para Occidente como para los países africanos. La cuestión del Sáhara, lejos de aislar al Reino, se ha convertido en el eje sobre el cual se articula una política exterior de largo aliento.

Con cada nuevo respaldo internacional, Marruecos percibe que el equilibrio diplomático se inclina progresivamente a su favor. Si esta tendencia se mantiene, la propuesta de autonomía podría terminar por convertirse no solo en la solución más defendida, sino en la única políticamente viable para cerrar definitivamente uno de los conflictos más prolongados del norte de África.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Kim Jong-un busca blindar su dinastía en un congreso de supervivencia


 

El Noveno Congreso del Partido de los Trabajadores se celebra en Pyongyang bajo una renovada confianza impulsada por el eje con Moscú, mientras el régimen institucionaliza su hostilidad hacia el Sur y prepara el terreno para una sucesión de cuarta generación.

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Buenos Aires - La liturgia del poder en Corea del Norte no admite el vacío ni la improvisación. Este jueves, bajo las bóvedas del Palacio de la Cultura 25 de Abril en Pyongyang, Kim Jong-un inauguró el Noveno Congreso del Partido de los Trabajadores, la cita política más trascendente del régimen que marcará el rumbo del país para el próximo lustro. Con un tono que oscila entre la grandilocuencia mesiánica y un optimismo inusual, el líder norcoreano ha proclamado el fin de los "peores tiempos" y el inicio de una "nueva era" de prosperidad económica y músculo atómico.

Este cónclave, que reúne a casi 5.000 delegados y 2.000 observadores, no es solo un ejercicio de reafirmación ideológica; es el escaparate de una dictadura que, lejos de implosionar bajo el peso de las sanciones internacionales, parece haber encontrado en la guerra de Ucrania y en su alianza con Vladímir Putin un balón de oxígeno inesperado.

La península en el tablero global

La importancia estratégica de la península de Corea trasciende sus fronteras. Enclavada en un punto de fricción entre las ambiciones de China, la presencia militar de Estados Unidos y el renovado expansionismo ruso, cualquier movimiento en Pyongyang altera el equilibrio de seguridad en Asia-Pacífico. Para Washington, la península sigue siendo un foco de inestabilidad que justifica la presencia de unos 18.000 efectivos en el Sur, ante el temor de que una retirada aliente una agresión del Norte.

El régimen de los Kim ha sabido explotar históricamente su imagen de "reino ermitaño", un Estado psicópata y peligroso que utiliza su arsenal nuclear como moneda de cambio y garantía de supervivencia. Geográficamente, la falta de defensas naturales una vez cruzado el río Yalu ha convertido a la península en un eterno campo de batalla, lo que ha forjado un nacionalismo feroz mezclado con un marxismo de corte estalinista.

Radiografía de una monarquía comunista

Corea del Norte sigue siendo el Estado menos democrático del mundo. Bajo la fachada de una "república popular", opera una dinastía unifamiliar que ejerce el control mediante un sistema de terror que incluye ejecuciones sumarias, campos de concentración con más de 100.000 presos políticos y una censura que alcanza niveles industriales. Las restricciones son totales: la ONU advirtió el año pasado que no existe otra población en el mundo sometida a tales privaciones de libertad, llegando a aplicarse la pena de muerte por el simple consumo de música o películas extranjeras.

Sin embargo, el Kim Jong-un que apareció en este congreso —vestido con traje y corbata de corte occidental en lugar del tradicional atuendo Mao— busca proyectar la imagen de un estadista moderno y seguro de sí mismo.

El espejismo de la recuperación económica

El plato fuerte del discurso inaugural de Kim fue la economía. El líder calificó el último quinquenio como un "periodo de orgullo" con éxitos "notables, amplios y radicales". Estas palabras contrastan drásticamente con el congreso de 2021, donde admitió con una franqueza inaudita el "enorme fracaso" de sus planes previos debido a la pandemia, los desastres naturales y las sanciones.

Los datos estadísticos, aunque opacos y procedentes en gran medida de estimaciones surcoreanas, reflejan una tendencia de recuperación. Tras una contracción del 4,5% en el PIB en 2020, la economía norcoreana creció un 3,1% en 2023 y un 3,7% en 2024, su ritmo más rápido en ocho años. Gran parte de este alivio proviene de la reactivación del comercio con China, que sigue siendo el salvavidas del 90% de sus intercambios, y de la exportación de armas a Rusia para la contienda en Ucrania. Además, el Servicio Nacional de Inteligencia de Seúl estima que el régimen obtuvo unos 2.000 millones de dólares, en 2025, mediante el robo de criptomonedas y actividades cibernéticas ilegales.

Purga y renovación: la nueva guardia de Kim

Una de las sorpresas del congreso ha sido la profunda reestructuración de la cúpula del poder. Kim ha renovado a 23 de los 39 miembros del órgano ejecutivo del Partido de los Trabajadores. Figuras históricas vinculadas a la vieja guardia nuclear, como el exjefe de inteligencia Kim Yong Chol, han sido excluidas, marcando un alejamiento de quienes protagonizaron la fallida diplomacia con Donald Trump en 2019.

Mientras los veteranos caen, los leales se consolidan. Jo Yong Won se mantiene como el número dos de facto, y la influyente hermana del líder, Kim Yo Jong, ha confirmado su posición en la primera línea del escenario. No obstante, todas las miradas están puestas en Kim Ju-ae, la hija adolescente del mandatario. Aunque no apareció en la sesión inaugural, el espionaje surcoreano cree que ya ha sido "designada internamente como sucesora", lo que supondría la institucionalización de la cuarta generación de los Kim, un movimiento audaz en una cultura profundamente patriarcal.

Diplomacia de trinchera y el eje del Este

En cuanto a la política exterior, el congreso parece reafirmar el aislamiento respecto a Occidente en favor de una integración total en el bloque euroasiático. Pyongyang ha recibido mensajes de felicitación y respaldo explícito de los gobiernos de China, Rusia, Laos y Vietnam, consolidando su estatus dentro de una red de regímenes afines.

No se espera un giro hacia la moderación. De hecho, uno de los puntos más sensibles del congreso es la institucionalización de la doctrina que define a Corea del Sur ya no como un hermano a reunificar, sino como un "Estado hostil" y el principal enemigo. Con el despliegue de 11.000 soldados en apoyo a Rusia y el desarrollo de misiles intercontinentales como el Hwasong-20, capaces de portar múltiples ojivas nucleares, Kim Jong-un ha dejado claro que su prioridad absoluta sigue siendo el "músculo militar más poderoso".

La gran incógnita sigue siendo Donald Trump. Aunque el presidente estadounidense ha sugerido su disposición para un nuevo encuentro, el régimen norcoreano ha mantenido un silencio calculado, exigiendo que cualquier diálogo descarte de antemano la desnuclearización. En este congreso, Corea del Norte no solo busca sobrevivir; busca que el mundo acepte, de forma irreversible, su estatus como potencia nuclear soberana.