Ignorada por la agenda internacional,
eclipsada por la guerra entre Rusia y Ucrania y por la escalada entre Estados
Unidos, Israel e Irán, la frontera entre Pakistán y Afganistán se ha convertido
en uno de los focos más volátiles del planeta. Lo que comenzó como una serie de
escaramuzas y acusaciones cruzadas ha derivado en un enfrentamiento abierto
entre un Estado con capacidad nuclear y un régimen insurgente que ha logrado
consolidarse en el poder..
Contenido:
Buenos
Aires - La actual crisis entre Islamabad y Kabul dista de ser un estallido
súbito. Por el contrario, constituye la culminación de una relación
históricamente ambigua, atravesada por la instrumentalización mutua, la
desconfianza estructural y una geografía que ha favorecido tanto la
infiltración como el conflicto. Durante décadas, Pakistán concibió a los
talibanes como un instrumento de profundidad estratégica frente a India. Sin
embargo, ese cálculo geopolítico ha terminado por volverse en su contra: el
actual poder talibán se presenta como un actor autónomo, ideológicamente
inflexible y cada vez menos dispuesto a someterse a las presiones de quien
fuera su principal sostén.
En
los últimos meses, la tensión ha alcanzado niveles alarmantes. La aviación
paquistaní ha llevado a cabo bombardeos en territorio afgano —incluyendo zonas
cercanas a Kabul y provincias orientales como Paktika y Nangarhar— bajo el
argumento de neutralizar bases del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP). Desde
Kabul, las autoridades han denunciado estas incursiones como actos de agresión
directa, subrayando que han provocado víctimas civiles, entre ellas mujeres y
niños, además de generar nuevos desplazamientos de población.
El
portavoz del Ministerio de Defensa afgano, en declaraciones difundidas por
medios regionales, acusó a Islamabad de “violar la soberanía nacional y atacar
indiscriminadamente a la población”. En respuesta, el Ministerio de Exteriores
paquistaní ha insistido en el derecho a la legítima defensa frente a grupos
insurgentes que —según sostiene— operan con impunidad desde territorio afgano.
En una comparecencia ante el Parlamento, el entonces primer ministro
paquistaní, Shehbaz Sharif, afirmó con contundencia que “Pakistán no permitirá
que su territorio sea desestabilizado por organizaciones terroristas que
encuentran refugio al otro lado de la frontera”.
El
núcleo de la disputa sigue siendo la línea Durand, una frontera de más de 2.600
kilómetros trazada en 1893 por el Imperio británico. Para Pakistán, heredero de
esa delimitación, se trata de una frontera internacional legítima e
inalterable. Para Afganistán, en cambio, constituye una imposición colonial que
fragmenta artificialmente a la etnia pastún, asentada a ambos lados de la
divisoria. Esta fractura territorial ha alimentado durante décadas tensiones
persistentes, insurgencias y flujos transfronterizos difíciles de controlar.
Con el regreso de los talibanes al poder en Kabul en 2021, tras la retirada de
Estados Unidos, la cuestión ha adquirido una dimensión aún más crítica: ya no
se trata únicamente de una disputa histórica, sino de un problema inmediato de
seguridad para Islamabad.
El
movimiento talibán, surgido en 1994 en el sur de Afganistán, es fruto de una
compleja combinación de factores: el vacío de poder posterior a la guerra
contra la Unión Soviética, el apoyo logístico de Pakistán y la influencia
ideológica de escuelas religiosas islámicas de orientación deobandí. Su
proyecto político se articula en torno a la instauración de un emirato islámico
regido por una interpretación estricta de la sharía. Durante su primer
gobierno, entre 1996 y 2001, impusieron un sistema profundamente restrictivo
—especialmente para las mujeres— y ofrecieron refugio a organizaciones como Al
Qaeda, lo que desencadenó la intervención militar estadounidense tras los
atentados del 11 de septiembre. Dos décadas después, han regresado al poder
combinando pragmatismo táctico con una notable rigidez doctrinal.
En
la actualidad, su desafío no se limita a gobernar un país devastado, sino
también a gestionar sus relaciones exteriores sin renunciar a su identidad
ideológica. Es precisamente en ese delicado equilibrio donde se inscribe su
compleja relación con Pakistán.
El
elemento más explosivo del conflicto es la presencia del Tehreek-e-Taliban
Pakistan, una organización insurgente que comparte raíces ideológicas con los
talibanes afganos, pero cuyo objetivo es derrocar al Estado paquistaní.
Islamabad acusa a Kabul de tolerar —cuando no respaldar— la actividad del TTP
en su territorio. Las autoridades talibanes rechazan estas acusaciones, aunque
persisten las dudas sobre su capacidad real o su voluntad política para
controlar a este grupo. Mientras algunos analistas apuntan a una afinidad
ideológica que dificulta una ruptura clara, otros sostienen que el problema
radica en la falta de control efectivo sobre regiones periféricas.
Desde
el punto de vista militar convencional, la superioridad de Pakistán resulta
incuestionable. Su ejército, considerado uno de los más profesionalizados del
mundo islámico, dispone de armamento moderno, aviación avanzada y un arsenal
nuclear que lo sitúa en una categoría estratégica muy superior. Afganistán, por
el contrario, depende de estructuras militares informales, armamento ligero y
recursos limitados. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que la
superioridad tecnológica no garantiza el control del territorio afgano. Ni la
Unión Soviética ni Estados Unidos lograron imponerse de manera duradera. Los
talibanes, expertos en la guerra de guerrillas, han sabido transformar su
debilidad estructural en una ventaja táctica.
El
conflicto no se desarrolla en un vacío geopolítico. Al contrario, genera una
profunda inquietud entre las potencias regionales, que perciben en esta
inestabilidad tanto amenazas como oportunidades. China observa con creciente
preocupación la evolución de la crisis. Para Pekín, la fricción entre Islamabad
y Kabul representa un factor de riesgo estratégico, especialmente en lo
relativo a sus inversiones en Pakistán a través del Corredor Económico
China-Pakistán. Una eventual desestabilización interna podría comprometer
infraestructuras críticas. Además, China teme que un Afganistán sin control
efectivo se convierta en refugio para grupos militantes que operan en Xinjiang.
En este contexto, busca que los talibanes cumplan su promesa de no exportar el
terrorismo, adoptando un papel de mediador discreto pero constante.
India,
en cambio, contempla la situación desde una lógica distinta. La histórica
rivalidad con Pakistán convierte cualquier debilitamiento del control estatal
paquistaní en una oportunidad estratégica. El hecho de que el antiguo aliado de
Islamabad —los talibanes— se haya transformado en una fuente de inestabilidad
es interpretado en Nueva Delhi como un error de cálculo del aparato militar
paquistaní. En consecuencia, India ha iniciado un acercamiento cauteloso hacia
el régimen talibán, combinando ayuda humanitaria con una presencia técnica en
su embajada. Este despliegue de poder blando busca contrarrestar la influencia
paquistaní y evitar que Afganistán sea utilizado como base para acciones
hostiles contra territorio indio.
El
coste humano del conflicto resulta difícil de cuantificar con precisión, pero
los informes coinciden en señalar que la violencia ha dejado ya centenares de
muertos. A las bajas militares se suman víctimas civiles, desplazamientos
forzados y destrucción de infraestructuras. Los bombardeos en zonas fronterizas
han afectado especialmente a comunidades vulnerables, agravando una crisis
humanitaria ya de por sí severa. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas
para los Refugiados ha advertido sobre el riesgo de nuevos flujos de
desplazados en una región que ya acoge a millones de refugiados afganos.
La
paradoja más inquietante de este conflicto es su relativa invisibilidad.
Mientras otras guerras acaparan la atención internacional, la escalada entre
Pakistán y Afganistán avanza sin apenas escrutinio mediático ni presión
diplomática significativa. Esta ausencia de foco no solo dificulta los
esfuerzos de desescalada, sino que incrementa el riesgo de errores de cálculo.
En una región donde convergen intereses de potencias nucleares y actores no
estatales, cualquier incidente puede desencadenar consecuencias
desproporcionadas.
Todo
apunta a que el conflicto se encamina hacia una fase prolongada de
confrontación indirecta. Pakistán continuará con ataques selectivos contra
objetivos insurgentes, mientras los talibanes, ya sea de forma directa o a
través de grupos afines, mantendrán la presión. El mayor peligro no reside en
una guerra convencional a gran escala, sino en una erosión progresiva de la
estabilidad regional.
En
ese escenario, la frontera entre Pakistán y Afganistán corre el riesgo de
consolidarse como uno de los puntos más peligrosos del mapa global: un
conflicto persistente, de baja visibilidad pero de alto impacto. En un mundo
saturado de crisis, esta guerra olvidada entre dos países musulmanes podría, en
cualquier momento, dejar de serlo.





