El Pentágono ha abierto la revisión
más profunda en años de su dispositivo militar en Europa, donde mantiene
alrededor de 80.000 efectivos. La decisión no implica todavía una retirada,
pero sí prepara alternativas que podrían reducir tropas, modificar bases y
trasladar capacidades hacia otras regiones. Detrás del examen hay una
combinación de razones estratégicas, políticas y económicas: la prioridad
creciente de Estados Unidos por contener a China en el Indo-Pacífico, la
presión de Donald Trump para que los europeos paguen y hagan más por su propia
defensa y el deterioro de la confianza entre Washington y algunos aliados
durante la guerra contra Irán. El interrogante decisivo es si Europa está
asistiendo a una racionalización del dispositivo estadounidense o al comienzo
de una transformación histórica de la relación transatlántica.
Contenido:
Buenos
Aires - La imagen de los aproximadamente 80.000 militares estadounidenses
desplegados en Europa ha adquirido un valor que trasciende ampliamente la
dimensión numérica. Desde Alemania hasta Italia, Polonia, Reino Unido y España,
esas fuerzas representan mucho más que soldados, aviones, buques o
instalaciones. Son la expresión física de la garantía estadounidense sobre la
seguridad europea. Por eso la revisión que está realizando el Pentágono ha
provocado inquietud en las capitales europeas, incluso antes de que exista una
decisión definitiva.
El
proceso, iniciado en junio y acelerado en las últimas semanas, contempla
entregar al secretario de Defensa, Pete Hegseth, al menos cuatro alternativas
antes del 6 de noviembre, aunque la revisión completa debería concluir en
diciembre. El documento interno que establece los llamados Terms of
Reference demuestra que Washington no está realizando simplemente un
ejercicio contable sobre el número de soldados que deben permanecer en Europa.
Está reconsiderando la arquitectura misma de su presencia militar.
El
expediente examina la cantidad y localización de las tropas, los costes, la
rapidez con que podrían desplazarse, las bases disponibles y, especialmente,
las condiciones de acceso, estacionamiento y sobrevuelo que los aliados ofrecen
a las fuerzas estadounidenses. También incorpora las infraestructuras
espaciales, cibernéticas y de inteligencia que permiten proyectar el poder
militar norteamericano. El cuestionario enviado a los aliados pregunta, además,
por el gasto en defensa, las adquisiciones militares, la cooperación industrial
transatlántica y el grado de alineamiento con las prioridades de política
exterior de Washington.
No
se trata, por tanto, de decidir únicamente dónde habrá menos soldados. La
cuestión es mucho más profunda: qué tipo de compromiso quiere mantener Estados
Unidos con Europa y qué capacidades está dispuesto a conservar para
garantizarlo.
La
sombra de China sobre el Atlántico
La
explicación más importante de la revisión se encuentra probablemente fuera de
Europa.
Durante
las últimas dos décadas, Washington ha desplazado progresivamente el centro de
gravedad de su planificación militar hacia el Indo-Pacífico. El cambio no
responde a una percepción de que Europa haya dejado de ser importante, sino a
que China representa, desde la perspectiva estadounidense, un desafío de una
naturaleza diferente y potencialmente mucho más determinante para el equilibrio
mundial.
La
Estrategia de Defensa Nacional estadounidense de 2026 establece expresamente la
disuasión de China en el Indo-Pacífico como una de las líneas principales de
actuación. El documento afirma que Washington pretende construir una defensa de
denegación a lo largo de la primera cadena de islas, desde Japón y Filipinas
hasta Taiwán, y reclama una mayor participación de los aliados regionales. Al
mismo tiempo, señala que en Europa serán los aliados quienes deberán asumir el
liderazgo frente a amenazas consideradas menos graves para los intereses
estadounidenses, mientras Washington proporciona un apoyo más limitado pero
crítico.
La
formulación es particularmente reveladora. No dice que Europa haya dejado de
ser estratégica. Dice que su importancia relativa ha cambiado.
El
secretario Hegseth ya había expresado públicamente esa lógica al afirmar que,
si los aliados europeos asumen una mayor parte de la carga, Estados Unidos
puede concentrar más recursos en el Indo-Pacífico, al que calificó como su “teatro
prioritario”.
La
razón es sencilla. China dispone de una creciente capacidad para desafiar la
libertad de acción militar estadounidense en el Pacífico occidental. Su
modernización naval, sus misiles de largo alcance, sus capacidades espaciales y
cibernéticas y su desarrollo de sistemas destinados a impedir o dificultar la
aproximación de fuerzas estadounidenses a la primera cadena de islas obligan a
Washington a distribuir de otro modo sus recursos.
Taiwán
constituye el punto de máxima tensión. Durante 2026, las autoridades taiwanesas
han advertido de que se está reduciendo el tiempo de alerta ante un eventual
ataque chino, mientras Pekín mantiene una actividad militar prácticamente
constante alrededor de la isla.
Eso
no significa que Estados Unidos haya decidido prepararse para una guerra con
China. Significa que el Pentágono debe disponer de fuerzas suficientes para
disuadirla. Y la disuasión exige presencia, municiones, aviones, buques,
inteligencia, defensa aérea, logística, sistemas espaciales y capacidad para
desplegar rápidamente fuerzas desde Estados Unidos y desde las bases aliadas.
En
esa ecuación, cada recurso comprometido permanentemente en Europa es un recurso
que no puede utilizarse simultáneamente en Asia.
La
propia documentación del Pentágono es explícita: Europa debe asumir el
liderazgo frente a las amenazas que son más graves para los europeos, mientras
Estados Unidos concentra su atención en las amenazas consideradas más
importantes para sus intereses nacionales.
Rusia
sigue siendo una amenaza, pero Washington la pondera de otra manera
Sería,
sin embargo, un error interpretar la revisión como consecuencia de una supuesta
desaparición de la amenaza rusa.
La
guerra de Ucrania ha demostrado precisamente lo contrario. La OTAN continúa
considerando a Rusia una amenaza de largo plazo para la seguridad
euroatlántica. En la cumbre de La Haya de 2025, los aliados describieron
explícitamente a Rusia como una amenaza de largo plazo y acordaron elevar
drásticamente sus inversiones militares.
La
cuestión es otra: ¿cuánto de esa amenaza debe ser enfrentado directamente
por Estados Unidos?
Washington
parece considerar que la respuesta europea debe ser mucho mayor que en el
pasado. La paradoja es evidente. Rusia sigue siendo suficientemente peligrosa
como para justificar un reforzamiento de la defensa europea, pero no
necesariamente hasta el punto de justificar que Estados Unidos mantenga en el
continente el mismo volumen de recursos que durante las décadas en las que
Europa dependía casi exclusivamente de la protección norteamericana.
La
diferencia es fundamental.
La
OTAN dispone de más de tres millones de militares no estadounidenses, pero el
problema europeo nunca ha sido simplemente la cantidad de soldados. Estados
Unidos aporta capacidades que Europa no puede sustituir rápidamente:
inteligencia, reconocimiento y adquisición de objetivos, mando y control,
transporte estratégico, reabastecimiento, guerra electrónica, defensa aérea,
logística y determinadas capacidades espaciales. La relevancia de la
participación estadounidense reside tanto en la calidad de esas capacidades
como en el número de efectivos.
Una
retirada demasiado rápida podría, por tanto, generar un vacío mucho mayor que
el que sugeriría la simple reducción de tropas.
Trump
y la política del coste
La
segunda explicación es política y económica. Donald Trump considera desde hace
años que Estados Unidos ha soportado una proporción excesiva del coste de la
seguridad europea.
Su
argumento ha cambiado poco: los europeos disfrutan de una protección
estadounidense que durante décadas no han pagado suficientemente. La
Administración Trump quiere convertir esa crítica en una nueva distribución de
responsabilidades.
La
revisión del Pentágono encaja perfectamente en ese propósito. Washington está
preguntando a los aliados si tienen planes creíbles para aumentar sus
presupuestos, cubrir las capacidades que Estados Unidos pueda abandonar y
facilitar el acceso a sus instalaciones militares.
La
presión ya ha producido resultados. En la cumbre de La Haya, los miembros de la
OTAN acordaron alcanzar el 5% del PIB anual en defensa y gastos relacionados
con la seguridad para 2035: al menos el 3,5% destinado a capacidades militares
esenciales y hasta el 1,5% a infraestructuras, resiliencia, redes e industria
de defensa.
No
es un cambio menor. Supone más que duplicar el antiguo referente del 2%.
Los
aliados europeos y Canadá incrementaron en 2025 su gasto combinado en defensa
básica casi un 20% en términos reales, y en 2026 la tendencia continuó.
Trump
puede presentar ese aumento como una victoria política. Pero la lógica
estratégica estadounidense va más allá. Washington quiere que los europeos
desarrollen las capacidades necesarias para sustituir progresivamente aquellas
que Estados Unidos proporciona en la actualidad.
La
revisión constituye, en ese sentido, un mecanismo de presión. Europa sabe que
cuanto mayor sea su dependencia militar de Washington, mayor será su
vulnerabilidad ante una eventual reducción estadounidense. Y Washington sabe
que cuanto más amenace con reducir su presencia, mayores serán los incentivos
europeos para invertir.
El
factor Irán y la política de las represalias
Existe,
además, una tercera dimensión, mucho más coyuntural y personal: la relación
entre Donald Trump y determinados gobiernos europeos.
La
guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán abrió una grieta inesperada
dentro de la alianza. Washington reprochó a algunos países europeos haber
limitado o retrasado el uso de sus bases y de su espacio aéreo para las
operaciones estadounidenses. España e Italia quedaron particularmente expuestas
en esas discusiones. El cuestionario del Pentágono incorpora ahora
explícitamente las restricciones de acceso, estacionamiento y sobrevuelo,
conocidas como ABO.
Es
difícil determinar hasta qué punto las eventuales decisiones sobre tropas serán
utilizadas como mecanismo de castigo. El propio Pentágono sostiene que la
revisión pretende presentar diferentes alternativas y no ejecutar una decisión
previamente adoptada. Sin embargo, funcionarios europeos sospechan que
Washington ya ha decidido al menos explorar reducciones importantes.
Aquí
aparece el componente más transaccional de la política exterior de Trump. Para
la actual Administración, una alianza no se mide únicamente por los tratados
firmados, sino por la disposición concreta de cada aliado a respaldar los
intereses estadounidenses cuando Washington considera que están en juego.
El
mensaje es inequívoco: quien quiera la protección estadounidense debe estar
preparado para proporcionar bases, espacio aéreo, gasto militar, cooperación
industrial y respaldo político.
Europa
ante su propia responsabilidad
La
gran paradoja es que la revisión estadounidense podría terminar fortaleciendo
la defensa europea, precisamente porque obliga a Europa a afrontar una realidad
que durante décadas pudo posponer.
Los
europeos han incrementado sustancialmente su gasto. Alemania ha comenzado una
transformación de su política de defensa; Polonia se ha convertido en uno de
los principales inversores militares del continente; Francia y Reino Unido
mantienen capacidades nucleares propias y varios países están reconstruyendo
sus fuerzas terrestres y sus arsenales.
Pero
gastar más no equivale automáticamente a ser capaz de sustituir a Estados
Unidos.
La
cuestión decisiva será si Europa consigue transformar los nuevos presupuestos
en capacidades militares integradas, interoperables y sostenibles. Necesita más
defensa aérea, municiones, transporte estratégico, inteligencia, sistemas de
mando y control, guerra electrónica, reabastecimiento y capacidades de largo
alcance. La OTAN ya ha identificado precisamente esas carencias en sus nuevos
objetivos de capacidades.
Por
eso una retirada estadounidense moderada podría resultar incluso beneficiosa
para Europa. Una retirada brusca, en cambio, podría generar un problema
estratégico antes de que los europeos estén preparados para asumir plenamente
la responsabilidad.
El
comienzo de otra relación transatlántica
La
revisión del Pentágono debe interpretarse, en definitiva, como parte de una
transformación más amplia de la política exterior estadounidense.
No
parece probable que Washington abandone Europa. El propio Elbridge Colby
reafirmó esta semana que Europa continúa siendo un “interés fundamental”
para Estados Unidos. Pero añadió una precisión decisiva: Washington está dando
prioridad al hemisferio occidental y a la primera cadena de islas del
Indo-Pacífico.
Esa
frase resume la nueva distribución de prioridades.
Estados
Unidos no está necesariamente abandonando Europa; está intentando dejar de ser
su principal garante militar. Tampoco considera que Rusia haya dejado de ser
peligrosa. Considera, más bien, que los europeos están en mejores condiciones
para enfrentarla y que China exige una concentración creciente de recursos
estadounidenses.
El
resultado puede ser una OTAN diferente. Una alianza en la que Europa tenga que
proporcionar la masa convencional, mientras Estados Unidos conserve capacidades
estratégicas críticas, inteligencia, tecnología, movilidad y disuasión nuclear.
Una OTAN en la que Washington continúe presente, pero ya no necesariamente como
el actor que sostiene por sí solo el edificio.
El
verdadero interrogante no será cuántos de esos 80.000 soldados desaparecerán de
Europa. Será qué capacidades permanecerán, cuáles serán trasladadas y, sobre
todo, si los europeos podrán llenar los espacios que Estados Unidos deje
vacíos.
La
revisión militar del Pentágono es, por eso, mucho más que una reorganización de
tropas. Es una prueba de estrés para la alianza atlántica. Y también el primer
ensayo de una nueva división geopolítica del trabajo: Europa frente a Rusia,
Estados Unidos frente a China y ambos, todavía, bajo el mismo paraguas de la
OTAN. La cuestión que queda abierta es si esa redistribución de
responsabilidades fortalecerá la alianza o si, por el contrario, terminará
convirtiendo la autonomía europea en una consecuencia no buscada de la
estrategia de America First.





