El resultado de la primera vuelta
electoral en Brasil ha desbaratado los pronósticos y colocado al senador
conservador en una posición favorable para la votación del 25 de octubre. El
desgaste del Gobierno, la inseguridad, el encarecimiento de la vida y la
fortaleza de las redes bolsonaristas explican parte de la sorpresa. Lula
intenta recuperar terreno con una campaña más cercana a los ciudadanos,
mientras su rival suma apoyos políticos y explota la demanda de cambio. Las
primeras encuestas de la segunda vuelta favorecen a Bolsonaro, aunque la
movilización de los abstencionistas y el voto de los candidatos eliminados pueden alterar el desenlace.
Contenido:
Buenos Aires - La
elección presidencial brasileña ha entrado en una fase decisiva. Luiz Inácio
Lula da Silva, el dirigente que regresó al poder en 2023 con la promesa de
reconstruir las políticas sociales y restablecer la normalidad institucional, afronta
ahora una amenaza que hasta hace pocas semanas parecía menos probable: perder
la presidencia ante Flávio Bolsonaro, un senador de 45 años, hijo del
expresidente Jair Bolsonaro y representante de una derecha que ha demostrado
una capacidad de movilización superior a la que anticipaban numerosos sondeos.
El
4 de octubre, Flávio obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de
Lula. La diferencia fue de 2.227.651 sufragios, suficiente para invertir el
clima político de la campaña, pero no para resolver la elección. El Tribunal
Superior Electoral confirmó que ambos disputarían la segunda vuelta del 25 de
octubre, después de que ninguno alcanzara la mayoría absoluta requerida.
La
magnitud política del resultado supera la diferencia numérica. El oficialismo
había llegado a la jornada electoral con expectativas más favorables, mientras
que Flávio, que no figuraba al comienzo del año entre los principales
protagonistas de la carrera presidencial, consiguió convertir el apellido
Bolsonaro en una candidatura competitiva y, finalmente, en la opción más
votada.
La
segunda vuelta será, por tanto, algo más que una elección entre dos proyectos
económicos. Pondrá a prueba la capacidad de Lula para renovar su legitimidad,
el arraigo social del bolsonarismo y la disposición de una parte considerable
de los brasileños a respaldar una alternativa conservadora pese a las
controversias judiciales que rodean al entorno del antiguo presidente.
Una
primera vuelta que desmintió los pronósticos
Los
resultados oficiales muestran una competencia más equilibrada de lo que
sugerían algunos estudios publicados antes de la votación. La sorpresa no
consistió únicamente en que Flávio terminara por delante, sino en que el
presidente no consiguiera convertir su condición de favorito en una ventaja
electoral efectiva.
El
Tribunal Superior Electoral registró 56.104.268 votos para Bolsonaro y
53.876.617 para Lula. Hubo, además, 2.300.781 votos en blanco, equivalentes al
1,84%, y 3.674.149 votos nulos, el 2,93%. En conjunto, casi seis millones de
sufragios no se tradujeron en apoyo válido a ninguna candidatura.
La
derrota relativa del oficialismo no puede explicarse por un único factor. La
economía brasileña presenta indicadores que el Gobierno considera favorables,
especialmente en empleo y actividad, pero esos resultados agregados no se han
convertido necesariamente en una percepción generalizada de bienestar. Para
muchos hogares, la experiencia cotidiana está determinada por el precio de los
alimentos, el combustible, la vivienda, el endeudamiento y la calidad de los
servicios públicos.
El
periodista de CNN Brasil Caio Junqueira ha señalado precisamente la distancia
entre el discurso presidencial y las preocupaciones expresadas por los
ciudadanos. Según su análisis, Lula concentró parte de sus mensajes en
cuestiones como la soberanía nacional sobre los minerales estratégicos,
mientras muchos electores estaban más pendientes del coste de la vida y de las
controversias institucionales que afectaban a la confianza pública.
El
sociólogo Alberto Carlos Almeida, por su parte, atribuyó el resultado a la
evaluación negativa de la gestión presidencial y sostuvo que el Gobierno no
había actuado con suficiente anticipación para mejorarla. Su diagnóstico apunta
a una dificultad característica de los oficialismos: los buenos indicadores
macroeconómicos pierden eficacia electoral cuando los ciudadanos no perciben
una mejora equivalente en sus ingresos y sus expectativas.
La
seguridad pública ha reforzado esa dinámica. El bolsonarismo ha convertido el
incremento de la delincuencia y la sensación de desprotección en elementos
centrales de su discurso, presentándose como la fuerza dispuesta a restaurar el
orden mediante políticas más severas. Aunque la inseguridad brasileña tiene
causas estructurales que ningún Gobierno puede resolver de manera inmediata, la
percepción de amenaza constituye un recurso político poderoso, especialmente
cuando la ciudadanía considera insuficientes las respuestas oficiales.
A
ello se suma el desgaste de una presidencia que vuelve a pedir confianza
después de haber gobernado durante buena parte de las últimas dos décadas. Lula
conserva una trayectoria excepcional y una base social consolidada, pero su
experiencia también lo convierte en el principal responsable, a ojos de los
electores descontentos, de los problemas que persisten.
La
candidatura de Flávio ha sabido explotar esa contradicción. Su mensaje de
cambio permite reunir a votantes ideológicamente conservadores, ciudadanos
desencantados con el Partido de los Trabajadores y electores que no
necesariamente comparten todas las posiciones del bolsonarismo, pero desean
castigar al Gobierno.
La
abstención y el voto blanco: una advertencia para todo el sistema político
Uno
de los datos más inquietantes de la primera vuelta fue la ausencia de
33.469.244 electores, el 21,08% del censo. Se trata del nivel más alto de
abstención en una primera vuelta presidencial desde 1998, según los datos
recogidos en el material electoral y las informaciones publicadas después de
los comicios. A esa cifra deben añadirse los casi seis millones de votos
blancos y nulos.
La
abstención no significa automáticamente rechazo a Lula ni adhesión potencial a
Bolsonaro. Esconde motivaciones diversas: desinterés, dificultades para acudir
a votar, desconfianza en las instituciones, desencanto con los partidos y la
convicción de que ninguno de los candidatos puede modificar sustancialmente las
condiciones de vida. En Brasil, donde el voto es obligatorio para los
ciudadanos alfabetizados de entre 18 y 70 años, la magnitud de la ausencia
adquiere una relevancia política adicional.
El
presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, reconoció
tras la votación que una abstención superior al 20% no era deseable y planteó
la necesidad de mejorar los mecanismos para reducirla. Lula, por su parte,
pidió a su equipo que investigara las razones del alejamiento electoral, en
lugar de atribuir la derrota exclusivamente a errores de su campaña.
Los
testimonios recogidos por Associated Press ilustran el problema. Algunos
ciudadanos rechazan la asociación entre religión y política promovida por
sectores conservadores; otros desconfían de la izquierda por los escándalos de
corrupción. También existen votantes que consideran que ambos candidatos
representan opciones poco satisfactorias. La politóloga Carolina Almeida de
Paula, de la Universidad Estatal de Río de Janeiro, ha advertido sobre el
riesgo de interpretar la polarización como si toda la sociedad estuviera
comprometida con uno de los dos bandos.
El
voto blanco y el nulo tienen una lógica parcialmente distinta. El primero puede
expresar la decisión de no apoyar a ninguna candidatura; el segundo puede
obedecer a una protesta deliberada o a un error al emitir el sufragio. Los
datos agregados no permiten determinar cuántos electores actuaron por cada
motivo. Atribuirlos en bloque a una supuesta tercera fuerza política sería, por
tanto, incorrecto.
La
campaña definitiva tiene ante sí una paradoja: los candidatos necesitan
movilizar a quienes permanecieron al margen, pero una parte de esos ciudadanos
puede preferir mantener su distancia. Además, los casi seis millones de votos
blancos y nulos no constituyen un depósito electoral disponible para ninguno de
los dos aspirantes.
El
comportamiento de los abstencionistas será especialmente importante si la
participación cambia de forma significativa el 25 de octubre. Un aumento de la
movilización podría beneficiar a Lula si recupera a antiguos votantes del
Partido de los Trabajadores; pero también podría favorecer a Bolsonaro si la
derecha logra activar a electores que en la primera vuelta se quedaron en casa.
Lula
cambia el guion y busca recuperar la calle
El
presidente ha reaccionado a la derrota con una reorganización de su campaña. La
primera modificación es política: Geraldo Alckmin, vicepresidente y antiguo
gobernador de São Paulo, ha ganado protagonismo como interlocutor con el
empresariado y los votantes moderados. Su presencia pretende contrarrestar la
imagen de un Gobierno demasiado concentrado en su base tradicional y transmitir
una mayor disposición al diálogo con los sectores productivos.
La
segunda modificación es comunicacional. Lula, que ha expresado reiteradamente
su desconfianza hacia los teléfonos móviles, ha comenzado a grabar vídeos en
formato de selfi para Instagram y TikTok. La iniciativa busca humanizar al
candidato, acercarlo a los electores jóvenes y reducir la distancia que la
campaña oficialista ha mantenido respecto de las plataformas digitales, donde
el bolsonarismo ha construido una comunidad especialmente activa.
El
presidente admite que la experiencia acumulada y la comunicación tradicional ya
no bastan para disputar la atención de una sociedad conectada permanentemente a
las redes.
La
reorganización también responde a críticas internas. Según informaciones
publicadas por Reuters, el equipo pretende sustituir los mensajes excesivamente
abstractos sobre soberanía y minerales estratégicos por una comunicación más
directa sobre los precios, los ingresos familiares y los riesgos que una
victoria conservadora podría entrañar para los programas sociales.
El
PT busca, además, reforzar su presencia territorial en regiones donde la
diferencia fue estrecha y entre los ciudadanos que se abstuvieron. El Nordeste,
tradicional bastión electoral de Lula, seguirá siendo fundamental, pero el
partido necesita mejorar su desempeño en los grandes centros urbanos y en el
electorado joven. En São Paulo, el mayor colegio electoral del país, Alckmin
puede desempeñar un papel importante para recuperar votantes moderados.
La
estrategia tiene una dificultad evidente: Lula debe defender su gestión y, al
mismo tiempo, reconocer que no ha respondido suficientemente a algunas
preocupaciones ciudadanas. Si se limita a denunciar los peligros del
bolsonarismo, corre el riesgo de confirmar la impresión de que el oficialismo
no escucha. Si dedica demasiado espacio a reconocer errores, puede debilitar la
confianza de sus propios partidarios.
El
presidente dispone, no obstante, de activos que su adversario todavía no posee:
la experiencia de gobierno, una identidad política consolidada y una estructura
partidaria con capacidad de movilización. Su desafío consiste en convertirlos
en votos adicionales, no simplemente en reafirmar la fidelidad de quienes ya lo
apoyaron.
Flávio
Bolsonaro consolida la alianza conservadora
El
senador ha afrontado la segunda vuelta desde una posición más favorable. Su
principal ventaja es política: ha logrado transformar el resultado de la
primera ronda en una secuencia de adhesiones que refuerza la percepción de que
su candidatura representa la alternativa con mayores posibilidades de victoria.
Ronaldo
Caiado, exgobernador de Goiás, y Romeu Zema, exgobernador de Minas Gerais, han
respaldado a Bolsonaro después de competir contra él. El escritor y psiquiatra
Augusto Cury, tercer candidato más votado, también anunció su apoyo. Cury
obtuvo el 2,89% de los sufragios válidos, unos 3,4 millones de votos, una
cantidad superior a la diferencia que separó a los dos aspirantes principales.
La
adhesión de Cury resulta especialmente interesante porque su campaña había
intentado presentarlo como una alternativa a la polarización. Su respaldo no
supone, sin embargo, una transferencia automática de todos sus electores. El
propio escritor aclaró que su apoyo no constituía un cheque en blanco y vinculó
su decisión a compromisos sobre responsabilidad fiscal, protección de las
mujeres, transparencia y respeto a las instituciones.
Flávio
también ha sumado el respaldo de importantes formaciones de centroderecha,
entre ellas Republicanos, Novo, Podemos y la federación integrada por Unión
Brasil y Progresistas. Esos apoyos proporcionan estructura territorial,
dirigentes locales y capacidad de movilización, aunque no garantizan que todos
los votantes de esos partidos sigan las indicaciones de sus líderes.
Su
campaña se articula alrededor de tres ideas: seguridad, rechazo al Partido de
los Trabajadores y cambio político. Bolsonaro intenta presentar a Lula como el
representante de un ciclo agotado y reivindica una administración más severa
contra la delincuencia. También busca tranquilizar a los electores preocupados
por las políticas sociales, asegurando que no pretende eliminar programas como
Bolsa Família.
El
candidato ha moderado parte de su tono para atraer a ciudadanos que rechazan
los excesos retóricos de su padre, sin romper con el núcleo ideológico del
bolsonarismo. Su reto consiste en ampliar su base sin perder a los sectores más
militantes que hicieron posible su victoria inicial.
La
relación con Jair Bolsonaro sigue siendo decisiva. El expresidente conserva una
enorme capacidad de movilización entre sus seguidores, pero su condena por la
trama golpista y su enfrentamiento con las instituciones judiciales representan
también un riesgo. Flávio necesita heredar el capital político de su padre sin
que la elección se convierta en un referéndum sobre su legado más
controvertido.
Las
encuestas favorecen a Bolsonaro, pero la elección no está decidida
Los
primeros sondeos posteriores a la primera vuelta confirman que el senador ha
aprovechado el impulso de su victoria. La distancia entre ambos candidatos es
suficientemente consistente como para considerar a Flávio favorito, aunque
todavía no permite descartar una recuperación del presidente.
La
fotografía electoral del 9 de octubre
Intención
de voto para la segunda vuelta: 52,8% para Flávio y 47,2% para Lula. Fuentes: UOL, AtlasIntel/Bloomberg
y Folha de S.Paulo, Datafolha.
Las
dos consultoras sitúan al senador por delante. Aunque, los resultados deben
interpretarse con cautela. Una encuesta es una fotografía de las preferencias
en un momento determinado, no una predicción infalible del resultado final.
El
dato más importante no es únicamente la ventaja de Bolsonaro, sino su capacidad
para mantenerla mientras la campaña de Lula intenta modificar el clima
político. Si la diferencia se mantiene en las próximas mediciones y se
reproduce en el comportamiento de los votantes, el presidente afrontará una
tarea especialmente difícil.
Una
elección que trasciende las fronteras brasileñas
El
desenlace tendrá repercusiones más allá de Brasil. Lula ha defendido una
política exterior multilateral, con protagonismo en los BRICS, cooperación con
China y una relación con Estados Unidos que preserve la autonomía brasileña.
Flávio, por el contrario, ha expresado una mayor afinidad con Donald Trump y ha
defendido un acercamiento político a Washington.
La
diferencia no implica que un eventual Gobierno conservador pueda prescindir de
China. El gigante asiático es el principal socio comercial de Brasil y mantiene
inversiones relevantes en energía, industria e infraestructura. Cualquier
presidente deberá conciliar sus afinidades ideológicas con esos intereses
económicos. Reuters ha señalado que el acceso a los minerales críticos
brasileños, las relaciones comerciales y la competencia entre Washington y
Pekín figuran entre las cuestiones estratégicas que podrían cambiar de
orientación después de la elección.
La
política económica también será determinante. Los mercados han reaccionado
favorablemente a las expectativas de mayor disciplina fiscal asociadas a
Bolsonaro, pero las promesas de reducción de impuestos, inversión en
infraestructura y mantenimiento de los programas sociales deberán enfrentarse a
las restricciones presupuestarias y a la necesidad de negociar con el Congreso.
El
economista Paulo Dutra Constantin, profesor de la Universidad Presbiteriana
Mackenzie, ha advertido que ambos candidatos mantienen diferencias ideológicas
importantes, pero comparten una dependencia significativa de la inversión
pública para impulsar el desarrollo. Su análisis plantea una cuestión que la
campaña ha dejado en segundo plano: quien gane tendrá que resolver las
tensiones entre gasto social, inversión y equilibrio fiscal.
La
elección también puede afectar al funcionamiento de las instituciones
brasileñas. Una victoria de Flávio fortalecería a las fuerzas conservadoras que
buscan revisar el papel del Supremo Tribunal Federal y la situación judicial de
Jair Bolsonaro. Una reelección de Lula, por su parte, no eliminaría la
influencia de una derecha que ha demostrado contar con un respaldo social y
parlamentario considerable.
El
pronóstico para el 25 de octubre
A
dos semanas de la votación, Flávio Bolsonaro parte con ventaja. Ha ganado la
primera vuelta, ha reunido apoyos importantes de la centroderecha y aparece por
delante en los dos principales sondeos publicados después del 4 de octubre. Su
mensaje de cambio conecta con una parte del electorado que no considera
suficientes los resultados económicos del Gobierno y reclama respuestas más
contundentes frente a la delincuencia.
Lula
conserva, sin embargo, posibilidades reales de remontar. La elección todavía
depende de la participación, de la capacidad de atraer a los votantes moderados
y de la transferencia efectiva de los sufragios obtenidos por los candidatos
eliminados. El presidente necesita demostrar que puede escuchar las
preocupaciones económicas cotidianas, recuperar la confianza de los electores
jóvenes y convencer a quienes se alejaron de las urnas de que una nueva
presidencia suya puede ofrecer resultados diferentes.
Su
principal dificultad es el tiempo. La reorganización de la campaña y la
incorporación de Alckmin y de nuevos responsables de comunicación pueden
mejorar su mensaje, pero no garantizan que cambie la evaluación de su gestión.
Bolsonaro, por su parte, debe evitar que la consolidación de su ventaja derive
en exceso de confianza y demostrar que puede atraer a electores que no
comparten todas las posiciones del bolsonarismo.
El
pronóstico, con la información disponible al 10 de octubre, es una victoria de
Flávio Bolsonaro el 25 de octubre, probablemente por un margen moderado. Los
sondeos sitúan su ventaja entre cuatro y seis puntos porcentuales en votos
válidos, una distancia que lo convierte en favorito, pero que todavía puede
reducirse. No considero prudente proyectar una victoria arrolladora ni dar por
cerrado el resultado.
Si
las tendencias actuales se mantienen, Bolsonaro podría obtener entre el 51% y
el 53% de los votos válidos, frente a un Lula situado entre el 47% y el 49%. Se
trata de una estimación analítica, no de un resultado asegurado: una
movilización superior a la prevista de los abstencionistas o una recuperación
del voto moderado por parte del presidente podrían estrechar considerablemente
la diferencia.
La
paradoja de esta elección es que Lula no se enfrenta únicamente a un rival más
joven, sino a una demanda de cambio que ha conseguido imponerse incluso allí
donde el Gobierno reivindica resultados económicos y sociales positivos. Flávio
Bolsonaro ha transformado esa insatisfacción en una oportunidad histórica para
su familia política. El 25 de octubre se sabrá si esa oportunidad basta para
devolver el poder al bolsonarismo o si Lula consigue, una vez más, convertir
una campaña adversa en una victoria.