martes, 29 de septiembre de 2026

En el polvorín del Cuerno de África: Etiopía reabre las puertas del infierno con una nueva guerra civil



Tras el colapso del pacto de paz de 2022, una inédita y heterogénea alianza insurgente de siete milicias encabezada por el Tigray busca derrocar al primer ministro Abiy Ahmed. El conflicto amenaza con internacionalizarse y arrastrar a todo el Cuerno de África a una conflagración sin precedentes.

 

Buenos Aires - La frágil tregua que en noviembre de 2022 detuvo una de las conflagraciones más mortíferas del siglo XXI ha saltado por los aires. En la madrugada del pasado 23 de septiembre de 2026, las fuerzas armadas del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) lanzaron una amplia y coordinada ofensiva en el norte de Etiopía, tomando el control de tres aeropuertos estratégicos regionales —Mekelle, la capital tigrayana, Axum y Shire—, forzando la suspensión inmediata de todos los vuelos comerciales de la aerolínea estatal Ethiopian Airlines y extendiendo los combates a las vecinas regiones de Afar y Amhara. Mientras las autoridades de Tigray justifican las operaciones militares como una "guerra defensiva" ante los constantes e incrementados ataques federales con drones, el Gobierno central del primer ministro y galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2019, Abiy Ahmed, califica el movimiento de "ofensiva total" e irresponsabilidad absoluta. En esta nueva conflagración, el mapa de lealtades políticas se ha invertido por completo: milicias y facciones que hace apenas cuatro años se enfrentaban a muerte en el campo de batalla combaten hoy unidas bajo una misma bandera contra el poder central de Adís Abeba.

Una geografía clave para el equilibrio regional

Etiopía es un gigante demográfico y geopolítico de más de 120 millones de habitantes, lo que lo convierte en el segundo país más poblado de África y en el corazón gravitacional del Cuerno de África. Su relieve, dominado por el vasto macizo etíope cortado de norte a sur por el Gran Valle del Rift, configura tanto una barrera natural como un complejo mosaico de microclimas y etnias aisladas. La nación es, además, la cuna del Nilo Azul, cuyas fuentes en el lago Tana aportan la inmensa mayoría del caudal que fluye hacia el norte, haciendo del control hídrico un asunto de vital importancia estratégica.

Desde que Eritrea se independizó en 1993, Etiopía se convirtió en un Estado mediterráneo, sin acceso directo al mar. Esta limitación geográfica ha condicionado de manera severa su política exterior y comercial, obligando al país a depender de forma crítica de la infraestructura portuaria de Yibuti, por donde transita prácticamente el 95% de su comercio internacional y abastecimiento de combustible. La estabilidad de Etiopía es el pilar sobre el que descansa el delicado equilibrio de la región; limita con Eritrea, Sudán, Sudán del Sur, Kenia, Somalia y Yibuti. Cualquier fractura de sus fronteras desencadena de inmediato un efecto dominó de refugiados, tráfico de armas e inestabilidad en zonas vulnerables como el estrecho de Bab el-Mandeb y la cuenca del mar Rojo.

Las raíces del colapso: la quiebra de Pretoria

Para comprender la magnitud de la crisis actual es necesario remontarse al estallido de la guerra civil de 2020-2022. Durante casi tres décadas, entre 1991 y 2018, el TPLF dominó con mano de hierro la coalición del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope que gobernó el país tras la caída de la dictadura del Derg. A pesar de representar a una minoría étnica que apenas conforma el 6% de la población nacional, la elite tigrayana concentró el poder político, militar y económico de la federación. Esta hegemonía se quebró con la llegada al poder de Abiy Ahmed en 2018, un político oromo que disolvió la antigua coalición, fundó el Partido de la Prosperidad y comenzó un proceso de recentralización y desplazamiento de los líderes tigrayanos.

Las crecientes fricciones desembocaron en noviembre de 2020 en una devastadora guerra civil que atrajo la intervención militar de la vecina Eritrea y de milicias amharas del lado federal. Aquel conflicto dejó un saldo trágico estimado en 600.000 muertos —principalmente a causa de la hambruna y el bloqueo humanitario— y más de cinco millones de desplazados internos. En noviembre de 2022, el Acuerdo de Paz de Pretoria, auspiciado por la Unión Africana, puso fin formalmente a las hostilidades, disponiendo el cese del fuego, el desarme paulatino del TPLF y el restablecimiento de la autoridad federal.

Sin embargo, el Acuerdo de Pretoria contenía gérmenes de su propia destrucción al excluir de las mesas de negociación a dos actores clave: el Gobierno de Eritrea y las fuerzas milicianas de la región de Amhara. Los territorios del oeste de Tigray continuaron bajo ocupación militar amhara, el proceso de desarme quedó incompleto y cerca de 750.000 desplazados tigrayanos se vieron imposibilitados de retornar a sus hogares. El detonante final sobrevino en 2025 y 2026, cuando el Gobierno federal intentó integrar a la fuerza a las unidades de seguridad regionales dentro de la estructura militar nacional y desplegó sistemáticos ataques con drones contra supuestos objetivos en Tigray. En mayo de 2026, la facción dura del TPLF restauró a Debretsion Gebremichael como presidente regional, rompiendo toda colaboración con la administración interina impuesta desde la capital.

Radiografía del frente rebelde y de las fuerzas federales

El mapa del conflicto actual destaca por su notable complejidad ideológica y territorial. La ofensiva de septiembre de 2026 fue precedida por el anuncio, el 20 de septiembre, de la formación de la Alianza de Fuerzas de los Pueblos Etíopes por la Supervivencia, conocida popularmente como la "Alianza de los 7 Ejércitos". Esta heterogénea coalición agrupa a organizaciones insurgentes de seis regiones diferentes con el objetivo explícito de derrocar al Ejecutivo de Abiy Ahmed e instaurar un gobierno de transición:

  • Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF): Encabezado por Debretsion Gebremichael y con Amanuel Assefa como vicepresidente, constituye el núcleo con mayor disciplina militar y experiencia táctica del frente. Aporta las curtidas Fuerzas de Defensa de Tigray (TDF) y el control operativo de la provincia septentrional. La formación ha declarado que el pacto de Pretoria carece de validez tras la ruptura de compromisos por parte de Adís Abeba.
  • Movimiento Nacional Amhara Fano: Dirigido por Zemene Kassie —quien actúa como portavoz de la alianza—, agrupa a milicias nacionalistas de la segunda región más poblada del país. Paradójicamente, Fano luchó del lado del Gobierno federal contra Tigray en la guerra de 2020-2022. Sin embargo, se levantó en armas contra Abiy Ahmed en 2023 cuando el Ejecutivo buscó desarmar a las fuerzas regionales. Su ideología combina la defensa radical de la identidad amhara y la reivindicación de disputas territoriales.
  • Ejército de Liberación Oromo (OLA): Dirigido militarmente por Jaal Marroo, sostiene desde 2018 una insurrección armada en Oromia, la región con mayor superficie y población de Etiopía. Reclama la autodeterminación del pueblo oromo y combate el modelo recentralizador de Adís Abeba.
  • Frente Revolucionario de Unidad Democrática Afar (ARDUF / Ugugumo): Liderado por Ibrahim Osman Aliyu, opera en la franja nororiental. Su participación es fundamental para el avance insurgente hacia las localidades fronterizas de Abala, Erebti y Berhale, con la meta implícita de asfixiar las vías terrestres de suministro federal.
  • Fuerzas suplementarias de la Alianza: La coalición la completan el Frente de Liberación Nacional de Ogadén (ONLF, de la región somalí), el Movimiento de Liberación Popular de Benishangul y el Movimiento Democrático Popular Gumuz. El único elemento articulador entre grupos tan dispares es el rechazo frontal a la figura del primer ministro.

Frente a la alianza insurrecta se erige el Gobierno federal y las Fuerzas de Defensa Nacional de Etiopía (ENDF), comandadas por el jefe del Estado Mayor, el mariscal de campo Birhanu Jula. El Gobierno de Adís Abeba mantiene el respaldo de las autoridades locales de Afar, de unidades de la policía federal y de la facción moderada del TPLF alineada con Getachew Reda. Aunque las Fuerzas Armadas han sufrido reveses iniciales en tierra y la pérdida de plazas como Sekota y Alamata —esta última recuperada parcialmente en contraofensivas recientes—, la baza estratégica del Gobierno radica en su incontestable superioridad aérea. El despliegue sistemático de aeronaves no tripuladas (drones de combate de fabricación turca e iraní) le permite golpear la infraestructura rebelde a gran distancia, habiendo alcanzado la sede de la cadena regional Tigray TV en Mekelle y provocado cuantiosas bajas en los avances enemigos.

El ajedrez geopolítico: actores internacionales e intereses en juego

El conflicto de Etiopía trasciende las fronteras nacionales para convertirse en un tablero de ajedrez donde convergen los intereses de potencias regionales e internacionales.

Eritrea representa el factor más peligroso de internacionalización. Bajo el mando autoritario del presidente Isaias Afwerki, Asmara fue el aliado indispensable de Abiy Ahmed en la guerra de 2020-2022 contra su enemigo histórico, el TPLF. Sin embargo, tras quedar marginado de la tregua de Pretoria y ver con alarma las recientes pretensiones de Abiy Ahmed de obtener un puerto en el mar Rojo —que Asmara interpreta como una amenaza directa a su soberanía sobre Assab o Massawa—, las relaciones entre ambos Gobiernos se han roto por completo. Funcionarios etíopes acusan a Eritrea de financiar y coordinar a la Alianza de los 7 Ejércitos. Por su parte, la intervención directa de tropas eritreas con artillería pesada en las zonas fronterizas de Afar busca aislar el corredor de Yibuti para impedir el reabastecimiento de Adís Abeba.

En el flanco occidental, Sudán y Egipto miran el deterioro etíope bajo la lente del proyecto hidroeléctrico de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD). El jefe del Estado Mayor etíope, Birhanu Jula, acusó abiertamente a El Cairo y Jartum de suministrar pertrechos y soporte logístico a los insurgentes. Mientras las Fuerzas Armadas sudanesas del general Abdel Fattah al-Burhan mantienen lazos estrechos con Eritrea y Egipto, se reporta que combatientes tigrayanos han utilizado suelo sudanés como retaguardia logística. La posibilidad de que la guerra civil etíope y la sangrienta contienda interna sudanesa terminen fusionándose mediante corredores militares transfronterizos supone una amenaza sin precedentes para el noreste africano.

Por otro lado, los Emiratos Árabes Unidos han emergido como el sostén financiero y diplomático más firme del régimen de Abiy Ahmed, condenando las acciones del TPLF y garantizando el flujo de recursos militares al Gobierno federal. En el plano global, Estados Unidos, la Unión Europea y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) observan la situación con alarma, urgiendo una desescalada inmediata para no comprometer la seguridad de las rutas de navegación comercial en el mar Rojo. China, por su parte, siendo el principal inversor en infraestructura y acreedor de Etiopía, prioriza la preservación de la estabilidad del Estado central etíope y la seguridad de sus activos en la región.

La voz de los protagonistas y el clamor internacional

Las posturas vertidas por los líderes del conflicto reflejan la imposibilidad de encontrar, a corto plazo, un punto de encuentro diplomático. Desde el bando insurgente, el vicepresidente de las autoridades del Tigray, Amanuel Assefa, declaró con contundencia a los medios internacionales la gravedad de la situación: "Hay combates por todas partes. Ahora nos encontramos en una situación de guerra total". En una línea similar, el analista de la Universidad de Oslo Kjetil Tronvoll explicó que la toma de aeropuertos y la penetración en Afar "reflejan la estrategia de cortar las líneas de suministro hacia Adís Abeba, buscando asfixiar la economía federal al interrumpir el flujo de combustible e importaciones que llegan desde Yibuti".

Desde la cúpula gubernamental, la respuesta no ha dejado margen a la negociación. Getachew Reda, actual consejero del primer ministro, criticó con dureza la acción rebelde señalando que "la cúpula político-militar del TPLF ha llevado la irresponsabilidad a nuevas alturas al lanzar una ofensiva total y tomar aeropuertos federales". El jefe del Estado Mayor militar, Birhanu Jula, reafirmó la tesis de la conspiración externa: "Estamos combatiendo fuerzas que están organizadas y aliadas para servir a los intereses de potencias externas. Ni Eritrea ni el TPLF pueden lograr nada por sí solos si no cuentan con el respaldo, el apoyo y el suministro de Sudán, Egipto y otras potencias".

Entretanto, los organismos internacionales insisten en la vía del diálogo antes de que la catástrofe sea irreversible. El portavoz de la Secretaría General de las Naciones Unidas, Stéphane Dujarric, enfatizó la preocupación del organismo "por el uso indiscriminado de drones y los ataques que causan daños devastadores sobre la población civil". Asimismo, la investigadora de Human Rights Watch, Laetitia Bader, advirtió sobre las dramáticas consecuencias humanas: "La región ya afronta crisis devastadoras de derechos humanos y humanitarias. Vemos que el riesgo para la población se extiende en un momento en que la atención diplomática y el escrutinio sobre Etiopía han disminuido".

Un futuro en la cuerda floja

Etiopía se encuentra atrapada en una trampa histórica derivada de su propio diseño constitucional. El federalismo étnico, concebido en los noventa para otorgar representación a las diferentes nacionalidades del país, ha terminado por institucionalizar las divisiones y armar a las identidades regionales. La Alianza de los 7 Ejércitos ha logrado canalizar el descontento heterogéneo contra el autoritarismo de Adís Abeba, pero adolece de fragilidades internas extremas: las históricas disputas territoriales entre amharas y tigrayanos no han desaparecido y amenazan con fracturar el frente insurgente en cuanto el enemigo común retroceda.

Si el Gobierno de Abiy Ahmed logra preservar el corredor logístico con Yibuti y hacer valer su poderío aéreo, la ofensiva rebelde podría ser contenida como una crisis de seguridad regional manejable. No obstante, si los frentes se consolidan, el corte de suministros se concreta y las potencias vecinas escalan su implicación, Etiopía corre el riesgo de precipitarse hacia la balcanización. En un Cuerno de África desbordado por las crisis humanitarias y la violencia, la caída de Etiopía representaría la pérdida del último ancla de estabilidad regional, abriendo un capítulo de consecuencias impredecibles para todo el continente africano.

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Marruecos y Arabia Saudí, una alianza entre dos monarquías ante la amenaza hutí


 

El respaldo de Mohammed VI a Riad tras la nueva ofensiva de los hutíes trasciende la solidaridad diplomática: reafirma una relación construida sobre vínculos dinásticos, religiosos, estratégicos y económicos y sitúa a Marruecos junto a Arabia Saudí ante una amenaza que ya afecta a la seguridad del Golfo, al mar Rojo y al comercio mundial.

Contenido:

Buenos Aires - En un Oriente Medio sometido a una nueva y peligrosa mutación del equilibrio estratégico, el Reino de Marruecos ha hecho pública una declaración cuya trascendencia excede el lenguaje habitual de la diplomacia. El 26 de septiembre, el rey Mohammed VI dirigió sendos mensajes al rey Salman bin Abdulaziz Al Saud, Servidor de los dos Lugares Santos del Islam, y al príncipe heredero Mohammed bin Salman, presidente del Consejo de Ministros, para expresar la solidaridad de Marruecos con Arabia Saudí ante la sucesión de ataques perpetrados por las milicias hutíes.

El contenido de esos mensajes posee una densidad política singular. El monarca marroquí no se limitó a expresar preocupación por los ataques ni a reafirmar su respaldo a la soberanía saudí. Estableció una identificación estratégica entre la seguridad de ambos reinos. “La seguridad y la estabilidad del Reino de Arabia Saudí, al igual que la seguridad del resto de los países del Consejo de Cooperación del Golfo, es inseparable de la seguridad del Reino de Marruecos», afirmó Mohammed VI. Y añadió una frase destinada a convertirse en el eje político de la declaración: «toda agresión contra Arabia Saudí es una agresión contra Marruecos”.

La contundencia de la fórmula sólo puede comprenderse a la luz de la relación que desde hace décadas vincula a las dos monarquías. Marruecos y Arabia Saudí constituyen dos centros históricos de legitimidad dentro del mundo árabe e islámico, aunque sus respectivas tradiciones políticas y religiosas sean diferentes. El vínculo entre las casas reales Alauita y Al Saud ha adquirido, bajo Mohammed VI y Salman bin Abdulaziz, una dimensión particularmente estrecha, sustentada en una concepción compartida de la estabilidad regional, la soberanía estatal y la cooperación frente a las amenazas procedentes de actores armados no estatales.

La propia diplomacia marroquí ha definido reiteradamente esos vínculos como fraternales, históricos y estratégicos. En 2025, durante la decimocuarta sesión de la Comisión Mixta Marruecos-Arabia Saudí, celebrada en La Meca, ambos Gobiernos volvieron a subrayar la profundidad de esa relación y su voluntad de ampliarla hacia nuevos ámbitos. La cooperación ya no se limita a la esfera política: alcanza las finanzas, las inversiones, la defensa, la lucha contra el terrorismo, el comercio, las infraestructuras, el turismo, la agricultura y las energías renovables.

El carácter estratégico de esa asociación tampoco es nuevo. Marruecos participó en el marco de la coalición encabezada por Arabia Saudí en Yemen desde 2015, en apoyo del Gobierno internacionalmente reconocido. Una década después, la cooperación militar continúa profundizándose. En marzo de 2025, el inspector general de las Fuerzas Armadas Reales marroquíes visitó Arabia Saudí y mantuvo conversaciones con el jefe del Estado Mayor saudí sobre cooperación militar y seguridad regional. Aquella visita puso de manifiesto que la relación entre ambos aparatos de defensa se encuentra institucionalizada y no depende exclusivamente de coyunturas políticas.

También la dimensión económica ha experimentado una expansión considerable. En febrero de 2025, Marruecos y Arabia Saudí suscribieron un memorando de entendimiento en materia de cooperación financiera destinado a fortalecer la coordinación macroeconómica y la cooperación ante organismos internacionales. En octubre del mismo año, una delegación encabezada por el ministro saudí de Inversiones visitó Rabat para impulsar proyectos en energías renovables, industria, turismo, agricultura, transporte e infraestructuras. El vínculo político dispone, por tanto, de una creciente arquitectura económica.

Es sobre ese entramado de intereses convergentes donde debe interpretarse el actual mensaje de Mohammed VI. El monarca no está simplemente defendiendo a un aliado árabe. Está afirmando que la estabilidad del Golfo forma parte del sistema de seguridad estratégico de Marruecos y que las amenazas contra Arabia Saudí poseen una dimensión que alcanza al conjunto del mundo árabe e islámico.

Una guerra que nació en Yemen y amenaza con desbordar sus fronteras

El conflicto con los hutíes tiene sus raíces en la compleja historia política, tribal y religiosa del Yemen. Los hutíes, conocidos oficialmente como Ansar Allah, surgieron en la década  de los noventa en el norte del país como un movimiento de revitalización religiosa asociado al zaydismo, una corriente del islam chií históricamente arraigada en Yemen. El movimiento se militarizó progresivamente y protagonizó desde 2004 varios enfrentamientos con el Gobierno de Saná.

La transformación decisiva se produjo en 2014, cuando los hutíes conquistaron la ciudad capital, Saná, y desplazaron al Gobierno reconocido internacionalmente. La posterior intervención militar saudí, iniciada en 2015, convirtió la guerra civil yemení en uno de los principales escenarios de la rivalidad regional entre Arabia Saudí e Irán.

Pero reducir a los hutíes a una simple organización subordinada a Teherán sería insuficiente. El movimiento posee raíces y objetivos propios, una estructura política y militar autónoma y una fuerte implantación territorial. Su relación con Irán, sin embargo, se ha profundizado de manera extraordinaria. Teherán les ha proporcionado asistencia militar, tecnología, entrenamiento, inteligencia y componentes para misiles y drones. Investigaciones de Naciones Unidas y análisis especializados han documentado redes de transferencia de armamento iraní hacia Yemen.

Esa combinación de autonomía local y apoyo exterior ha convertido a Ansar Allah en uno de los actores armados no estatales con mayor capacidad de proyección militar de Oriente Medio. Su arsenal de misiles balísticos y de crucero, drones y sistemas no tripulados le permite atacar objetivos situados a cientos de kilómetros de sus posiciones y proyectar su influencia desde Yemen hacia Arabia Saudí, Israel y las rutas marítimas del mar Rojo.

La dimensión marítima constituye ahora uno de los aspectos más inquietantes de la crisis. Yemen ocupa una posición geográfica excepcional: domina la costa oriental del mar Rojo y se encuentra junto al estrecho de Bab el Mandeb, una de las principales puertas de comunicación entre el océano Índico y el Mediterráneo a través del canal de Suez.

El avance hutí hacia esa zona convierte una guerra civil en un problema de seguridad internacional. El secretario general adjunto de Naciones Unidas para Oriente Medio advirtió en septiembre sobre el avance de los hutíes hacia Bab el Mandeb y señaló que, aunque el tráfico comercial continuaba, la evolución militar estaba incrementando la preocupación de los mercados. La amenaza no procede únicamente de un eventual cierre formal del estrecho: basta con que los buques perciban que atravesarlo implica un riesgo elevado para alterar las rutas, elevar los costes de los seguros y prolongar los tiempos de transporte.

La experiencia reciente ya ha demostrado esa capacidad de perturbación. Los ataques hutíes contra buques comerciales en el mar Rojo obligaron a numerosos operadores a modificar sus itinerarios y a utilizar rutas más largas alrededor del continente africano. La Unión Europea mantiene además la misión naval Aspides para proteger la navegación comercial frente a esta amenaza.

Riad, bajo presión

Para Arabia Saudí, la cuestión posee una dimensión todavía más inmediata. Los hutíes no representan solamente una amenaza marítima distante. Su capacidad misilística y de drones les permite golpear ciudades, instalaciones energéticas, aeropuertos e infraestructuras estratégicas saudíes.

Durante septiembre se multiplicaron los ataques y las interceptaciones de proyectiles. Los hutíes reivindicaron ataques contra Riad y contra instalaciones vinculadas con Aramco en Yanbu, mientras las autoridades saudíes informaron de la interceptación de misiles y drones. También se registraron episodios relacionados con instalaciones energéticas y con el entorno de La Meca.

Es precisamente este último aspecto el que confiere al mensaje de Mohammed VI una dimensión religiosa extraordinaria. Para el monarca marroquí, como Comendador de los Creyentes, el problema dejó de ser exclusivamente una agresión contra la soberanía territorial saudí cuando los ataques alcanzaron —o intentaron alcanzar— el espacio de las ciudades santas.

“Lo que amplifica los sentimientos de condena es el hecho de que estos ataques hayan superado el objetivo de las instalaciones y de los civiles, para llegar hasta intentos desesperados, abyectos y odiosos dirigidos contra los Lugares más sagrados de la Tierra y los más santos en el corazón de todo musulmán: La Meca y Medina”, señala el comunicado real.

El razonamiento continúa con una afirmación de gran alcance político: esos ataques “no constituyen solamente una agresión contra el hermano Reino de Arabia Saudí” sino también “una agresión flagrante contra los sentimientos de más de mil ochocientos millones de musulmanes en los cuatro rincones del mundo”.

La elección de las palabras no es accidental. Mohammed VI es, además de jefe de Estado, descendiente de la familia del profeta Mahoma y monarca de una dinastía con  una legitimidad histórica y religiosa particularmente profunda. Arabia Saudí, por su parte, alberga La Meca y Medina y su rey ostenta el título de Servidor de los Dos Lugares Santos. La solidaridad expresada desde Rabat adquiere así una dimensión que trasciende la diplomacia convencional.

La dimensión religiosa del mensaje

El comunicado sitúa deliberadamente la defensa de Arabia Saudí en el marco de la protección de los valores islámicos. Mohammed VI recuerda que el islam “preconiza la paz, la tolerancia y el carácter sagrado de la sangre, del honor y de las sacralidades”.

No se trata únicamente de una apelación religiosa. Es también una construcción política destinada a presentar la defensa de Arabia Saudí como una cuestión de soberanía, derecho internacional y estabilidad colectiva.

El monarca responsabiliza directamente a los hutíes y a “quienes las apoyan, las financian y las arman”, afirmando que todos ellos deben responder “ante Dios, la historia y el derecho internacional”. Asimismo, reclama la aplicación de sanciones internacionales.

Mohammed VI invoca expresamente las resoluciones 2216, adoptada por el Consejo de Seguridad en 2015, y 2722, aprobada en 2024, relativa a los ataques contra la navegación comercial en el mar Rojo. Con ello, Rabat procura situar su posición dentro del lenguaje jurídico de Naciones Unidas y no exclusivamente en el terreno de la solidaridad árabe.

La misma lógica había sido defendida pocos días antes por el ministro marroquí de Exteriores, Nasser Bourita, durante una reunión del Consejo de Seguridad bajo fórmula Arria. Bourita calificó de cobardes los ataques hutíes, expresó la “solidaridad absoluta” de Marruecos con Arabia Saudí y advirtió de que el intento de controlar Bab el Mandeb demuestra que la seguridad de los estrechos internacionales ya no puede ser considerada exclusivamente una cuestión de los Estados ribereños.

El alcance estratégico de una declaración

La frase según la cual una agresión contra Arabia Saudí constituye una agresión contra Marruecos posee, por tanto, un significado que excede su dimensión retórica. Representa la reafirmación de una comunidad estratégica entre dos monarquías que han desarrollado durante décadas mecanismos de cooperación política, económica, militar y de inteligencia.

Para Riad, el respaldo de Rabat adquiere además un valor político específico. Marruecos posee una posición singular en el mundo árabe, africano e islámico. Su diplomacia mantiene vínculos simultáneos con Europa, África, Estados Unidos, los países del Golfo y diversas potencias asiáticas. Mohammed VI ha construido durante las últimas décadas una política exterior basada en la diversificación de alianzas y en la búsqueda de asociaciones que permitan a Marruecos actuar como interlocutor entre espacios geopolíticos diferentes.

Por ello, la declaración real no debe interpretarse exclusivamente como una respuesta bilateral. Se inserta en una progresiva formación de posiciones regionales destinadas a contener la expansión de las amenazas procedentes del Yemen. Turquía, Egipto, Pakistán y Arabia Saudí ya habían afirmado conjuntamente el derecho de Riad a defenderse conforme al derecho internacional y habían subrayado la necesidad de garantizar la seguridad de la navegación.

La Liga Árabe también condenó la escalada y afirmó que la seguridad del reino forma parte de la seguridad nacional árabe. Marruecos, sin embargo, ha añadido a esa condena una formulación particularmente contundente: la seguridad del Golfo es inseparable de su propia seguridad.

El verdadero alcance de la crisis se encuentra precisamente ahí. El conflicto yemení ha dejado de ser una guerra circunscrita a las montañas y ciudades de Yemen. Los misiles que amenazan a Riad, los drones que ponen en riesgo instalaciones energéticas y los ataques contra buques comerciales convierten a Bab el Mandeb en una pieza de la seguridad energética y comercial del planeta.

En ese escenario, la alianza entre Rabat y Riad adquiere una dimensión renovada. Marruecos no dispone de una frontera con Yemen, pero sí comparte con Arabia Saudí una concepción de la seguridad regional basada en la defensa de la soberanía estatal, la estabilidad de las monarquías árabes y la protección de las grandes rutas de comunicación marítima.

El mensaje de Mohammed VI es, por ello, simultáneamente religioso, político y estratégico. Su defensa de Arabia Saudí significa defender la soberanía de un Estado aliado; su defensa de La Meca y Medina apela a la sensibilidad de la comunidad musulmana mundial; y su preocupación por Bab el Mandeb introduce la crisis en el ámbito de la seguridad internacional.

En un Oriente Medio donde las fronteras entre conflictos locales y rivalidades regionales se vuelven cada vez más difusas, Marruecos ha querido dejar claro de qué lado se encuentra. La afirmación de Mohammed VI —“toda agresión contra Arabia Saudí es una agresión contra Marruecos”— no es únicamente una expresión de solidaridad entre dos familias reales. Es la formulación política de una alianza que, después de décadas de cooperación, vuelve a encontrarse ante una amenaza común.

Y esa amenaza ya no navega solamente por las aguas del mar Rojo ni se proyecta únicamente sobre los cielos saudíes. Alcanza las arterias por las que circulan la energía, las mercancías y buena parte del comercio entre Asia, África y Europa. Por eso, la crisis hutí ha dejado de ser un episodio más de la interminable guerra de Yemen: se ha convertido en una prueba para el sistema de seguridad del Golfo, para la libertad de navegación internacional y para la capacidad de las potencias árabes de actuar coordinadamente frente a una nueva generación de amenazas.

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

América Latina vista desde la Asamblea General de Naciones Unidas


 

En la 81.ª Asamblea General de Naciones Unidas, celebrada en Nueva York entre el 22 y el 28 de septiembre de 2026, un grupo de jefes de Estado sudamericanos y centroamericanos coincidió en un lenguaje que, más allá de matices nacionales, delinea una nueva geografía política regional.

Los discursos de Javier Milei (Argentina), Rodrigo Paz (Bolivia), José Antonio Kast (Chile), José Manuel Restrepo en representación de Abelardo de la Espriella (Colombia), Daniel Noboa (Ecuador), Keiko Fujimori (Perú), Santiago Peña (Paraguay) y Nayib Bukele (El Salvador) no constituyen un manifiesto único. Sin embargo, revelan convergencias suficientemente densas como para esbozar un perfil ideológico compartido, un alineamiento internacional reconocible y un diagnóstico común de los problemas que estos gobiernos consideran existenciales. Frente a ellos se perfila, con otra gramática, el polo que agrupa a México, Brasil y Uruguay, en distinto grado vinculado a Cuba y Nicaragua.

La coincidencia más nítida es la securitización de la política exterior. En casi todos estos discursos la seguridad deja de ser un asunto de policía interna y se presenta como un fenómeno transnacional que exige coordinación hemisférica. Ecuador describe redes de narcotráfico, minería ilegal, trata y lavado; Colombia reclama una arquitectura internacional contra el narcotráfico y una definición común de terrorismo; Bolivia incorpora el “narcoterrorismo” a su diagnóstico; Chile habla de crimen organizado que desborda fronteras; Perú, en la primera intervención de Fujimori ante la Asamblea, equipara a las organizaciones criminales con grupos terroristas y reivindica la experiencia peruana contra Sendero Luminoso como precedente de una guerra de nuevo tipo; El Salvador, con Bukele, insiste en que la recuperación del monopolio de la violencia por parte del Estado es la condición previa de cualquier desarrollo. Argentina y Paraguay se inscriben en la misma lógica. El dato institucional que da consistencia a esa retórica es la adhesión de estos países —con distintos calendarios— al Escudo de las Américas, el mecanismo de coordinación impulsado por Washington para el intercambio de información y la persecución de organizaciones criminales. No se trata solo de analogías verbales: hay una estructura de cooperación que los vincula entre sí y con Estados Unidos.

Ese eje de seguridad se articula con una segunda convergencia: la defensa de una economía abierta a la inversión, la propiedad y la seguridad jurídica. Paz contrapone el “capitalismo para todos” al ciclo asociado a Evo Morales y Hugo Chávez; Milei radicaliza la defensa del capitalismo de libre empresa y la crítica al intervencionismo regulatorio, incluso en materia tecnológica; Kast ofrece a los inversores reglas estables y contratos respetados; Peña insiste en que la prosperidad depende de instituciones predecibles y mercados abiertos; Fujimori y Noboa combinan apertura económica con prioridad securitaria; Bukele presenta la pacificación del territorio como el activo que permite el retorno de capitales y de emigrantes. Los recursos estratégicos —litio, cobre, hidrocarburos, energía— dejan de ser solo emblemas de soberanía extractiva y pasan a concebirse como activos geopolíticos para atraer inversiones, tecnología y alianzas. La inteligencia artificial aparece, según el caso, como motor de crecimiento, amenaza criminal o ámbito que no debe ser sofocado por una regulación preventiva.

De esos dos pilares —seguridad hemisférica y liberalismo económico— se desprende un perfil ideológico que no es idéntico en todos, pero sí reconocible. Se trata de una derecha o centroderecha contemporánea que combina liberalismo de mercado, conservadurismo político o cultural en dosis variables, nacionalismo soberanista y una concepción de la democracia como contrapeso al autoritarismo. Fujimori introduce con más claridad que otros el componente cultural: la crítica a “agendas” internacionales que habrían debilitado la familia y polarizado las sociedades. Milei ocupa el extremo libertario y anti-burocrático. Kast y Peña son más institucionalistas. Paz representa la ruptura más dramática con el ciclo anterior en Bolivia. Noboa, Restrepo y Bukele privilegian el Estado fuerte en materia de orden público. Ninguno de ellos propone un aislamiento. Todos aceptan la cooperación internacional siempre que refuerce, y no limite, la capacidad de decisión nacional. El concepto que mejor resume esa síntesis es el de un multilateralismo soberanista: reformar Naciones Unidas para hacerla más eficaz, menos burocrática y más atenta a las prioridades de los Estados, no para disolverla.

Los alineamientos internacionales se deducen con claridad. Estados Unidos aparece como el principal socio estratégico, especialmente en seguridad, inteligencia y, en varios casos, inversión. Milei declara a Argentina “inequívocamente alineada” con Occidente, Washington e Israel. Paraguay profundiza una relación ya estrecha con Estados Unidos y Taiwán. Ecuador y El Salvador han construido vínculos densos en materia de lucha contra el crimen. Chile y Bolivia, pese a tradiciones diplomáticas distintas, se incorporan al mismo dispositivo hemisférico. Colombia marca un giro respecto del periodo precedente. Israel figura de manera explícita en el discurso argentino y, de forma más discreta, en la afinidad occidental del conjunto. China, Rusia, Irán y Venezuela son mirados con una cautela muy superior a la de la ola de gobiernos del llamado Socialismo del Siglo XXI.

Los problemas que todos enfrentan, y que recorren los textos, son el crimen transnacional, la debilidad o captura de instituciones, la necesidad de atraer capital en un entorno de competencia global por minerales críticos y tecnología, y la percepción de que el sistema de Naciones Unidas, diseñado en 1945, responde con lentitud a crisis contemporáneas. A ello se suma, en varios países, la tensión entre soberanía y presión externa, y la reclamación de que la democracia no se reduzca a un procedimiento electoral, sino que sea condición de inserción internacional y de libertad económica. En el caso argentino reaparece la cuestión de las Malvinas; en el paraguayo, Taiwán; en el peruano y salvadoreño, la memoria de la lucha antiterrorista o antimafias como fuente de legitimidad.

América Latina, vista desde esta Asamblea, no aparece como un bloque ni como un simple “giro a la derecha”. Aparece dividida en dos modelos enfrentados, con un espacio intermedio que complica cualquier dicotomía perfecta. De un lado, el polo liberal-conservador aliado de Estados Unidos e Israel, cuya expresión institucional más visible es el Escudo de las Américas y cuyo lenguaje común es el de la seguridad, el mercado y la reforma restrictiva o eficientista de la ONU. Del otro, los herederos —en sentido amplio y no uniforme— del ciclo del Socialismo del Siglo XXI y de una tradición soberanista crítica de la hegemonía estadounidense: México, Brasil y Uruguay, que se vinculan en distinto grado con Cuba y Nicaragua. Lula da Silva formula la tesis de que Brasil no cabe en el patio trasero de ninguna potencia y defiende un multilateralismo de autonomía estratégica. Yamandú Orsi encarna una socialdemocracia internacionalista que rechaza tanto la confrontación permanente como la subordinación. México, representado por su canciller, insiste en la no intervención y el derecho internacional, en un contexto de acusaciones estadounidenses sobre los cárteles. Cuba y Nicaragua radicalizan esa crítica hasta el antiimperialismo y la defensa explícita del socialismo.

La paradoja, subrayada por los propios discursos del primer grupo, es que reivindican a la vez más soberanía nacional y más cooperación internacional; un Estado más fuerte en seguridad y una economía más abierta; una ONU que no desaparezca, pero que deje de imponer agendas internas. Esa combinación —y no una identidad ideológica monolítica— es lo que permite hablar de una comunidad de convergencia estratégica. No hay aún un bloque comparable al Mercosur ni una alianza militar formal. Hay, sí, una redistribución de las preferencias sobre el orden internacional. Las mismas palabras —soberanía, democracia, multilateralismo, desarrollo— circulan por ambos polos con significados políticos distintos. Esa disputa semántica, más que cualquier recuento de votos en el hemiciclo de Nueva York, es el dato más revelador de la América Latina que emerge en 2026.

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Infravest: la estafa pirámidal que dejó al descubierto el dinero oculto de los campamentos de Tinduf


El colapso de Infravest, una empresa que desde 2022 captaba ahorros en los campamentos de Tinduf con promesas de rentabilidades extraordinarias, ha provocado protestas y dejado al descubierto una paradoja difícil de explicar: en una población refugiada asentada en uno de los territorios más inhóspitos del planeta circulaban millones de dólares destinados a una inversión que funcionaba como un esquema Ponzi.

Contenido:

Buenos Aires - En septiembre de 2026, las calles de Rabuni y de Chahid El Hafed, en los campamentos de Tinduf, en el Sáhara argelino, dejaron de hablar solamente de supervivencia. Centenares de inversores, comerciantes y familias reclamaron la devolución de unos fondos que habían confiado a Infravest for Contracting and Investment, una empresa que había conseguido construir durante varios años una apariencia de solvencia y respetabilidad. Su director, Sallamu Abba Ali —también citado como Salamo Abaali— desapareció cuando comenzaron a multiplicarse las reclamaciones. Las estimaciones difundidas localmente sitúan el dinero comprometido en torno a los 886.000 millones de dinares argelinos, unos 6,6 millones de dólares, aunque las cifras siguen pendientes de una auditoría independiente.

Los informes existentes hablan de 3.420 contratos y de 2.841 inversores. Otra reconstrucción publicada posteriormente sitúa en 648.580 millones de dinares argelinos, más 532 millones de ouguiyas mauritanas, las cantidades que habrían sido captadas. Esas cifras proceden de estimaciones de fuentes locales y deben ser verificadas.

La importancia del caso no reside solamente en la eventual dimensión de la estafa. Infravest plantea una cuestión mucho más incómoda: cómo pudo funcionar durante años una estructura de captación masiva de dinero en una comunidad sometida a una economía de subsistencia, sin que las autoridades políticas y administrativas que controlan los campamentos detectaran, impidieran o investigaran sus operaciones.

La anatomía de una estafa Ponzi

Un esquema Ponzi recibe su nombre de Charles Ponzi, el estafador italoestadounidense que a comienzos del siglo XX popularizó un modelo basado en una premisa elemental: ofrecer a los inversores beneficios extraordinarios que no proceden de una actividad económica rentable, sino del dinero aportado por nuevos participantes.

La apariencia inicial es fundamental. Los primeros inversores pueden recibir efectivamente sus beneficios. Pero esos pagos no demuestran que exista una empresa rentable: simplemente sirven para consolidar la confianza y atraer más capital. Mientras el flujo de nuevos aportantes sea suficiente, el mecanismo puede mantenerse. Cuando el número de nuevos inversores disminuye o llega simultáneamente el vencimiento de un número elevado de contratos, la estructura se queda sin liquidez y se derrumba.

Ese patrón es precisamente el que las informaciones conocidas atribuyen a Infravest. La empresa habría comenzado construyendo una imagen legítima mediante actividades de contratación y obras, iniciativas comunitarias y acciones de carácter benéfico. Después habría ofrecido inversiones con rendimientos mensuales extraordinarios, que, según el material aportado, llegaron a situarse entre el 50% y el 70%. El dinero de los nuevos participantes habría permitido atender los pagos prometidos a los anteriores.

La llegada simultánea de cientos de vencimientos habría terminado por quebrar el mecanismo. El análisis de Buda Mustafa señala 780 contratos que habrían llegado al vencimiento, más del 22% del total registrado. Si esa información se confirma documentalmente, constituiría precisamente el tipo de crisis de liquidez característico de un esquema Ponzi: cuando las obligaciones de pago superan la capacidad de atraer nuevo dinero, la arquitectura financiera deja de funcionar.

La desaparición de Abbali agravó todavía más el desconcierto. La empresa difundió inicialmente un comunicado según el cual el director se encontraba fuera del país por motivos de viaje y pidió paciencia a los inversores. Pero la posterior desaparición del empresario convirtió el problema financiero en una crisis política y social.

El misterio de los seis millones de dólares

Hay, sin embargo, una pregunta que precede incluso a la responsabilidad penal de Infravest: ¿de dónde salió el dinero?

Los campamentos de Tinduf se encuentran en una de las zonas más áridas y difíciles del norte de África. La población local depende en gran medida de la asistencia internacional para satisfacer necesidades básicas. Human Rights Watch describía ya a los campamentos como asentamientos remotos en el desierto argelino cuya población dependía principalmente de la ayuda internacional para sus necesidades esenciales.

La propia documentación de la Comisión Europea señala que los residentes saharauis continúan dependiendo de la asistencia humanitaria y que la ayuda europea se canaliza mediante organizaciones internacionales y ONG especializadas.

De ahí nace la paradoja de Infravest. Resulta extraordinariamente llamativo que una comunidad cuya economía formal está severamente limitada por el entorno geográfico, el régimen de los campamentos y su dependencia de la asistencia internacional haya podido movilizar varios millones de dólares para destinarlos a una operación financiera privada.

Esto no demuestra por sí mismo que el dinero procediera de actividades ilícitas. Sería irresponsable convertir una anomalía económica en una acusación penal sin una investigación financiera. Pero sí justifica una investigación sobre el origen de los capitales. Entre las hipótesis que deberían ser examinadas figuran las redes de contrabando transfronterizo, el tráfico de drogas, el comercio ilegal de combustible y cigarrillos, la minería clandestina y la eventual desviación y posterior comercialización de productos de ayuda humanitaria.

La existencia histórica de mercados informales vinculados a las rutas transfronterizas del desierto está documentada. Human Rights Watch, por ejemplo, registró en años anteriores incidentes relacionados con el transporte de combustible y con presuntas actividades de contrabando en las proximidades de la frontera con Mauritania.

Pero una hipótesis sobre el origen de los fondos solamente puede transformarse en un hecho cuando una investigación financiera reconstruya las operaciones. Ese debería ser uno de los objetivos centrales de cualquier investigación sobre Infravest: determinar quién entregó el dinero, en qué cantidades, de dónde procedía, dónde fue depositado, qué intermediarios participaron y hacia qué destinos terminó siendo transferido.

El precedente de la ayuda humanitaria

La cuestión adquiere una dimensión todavía mayor cuando se recuerda el antecedente de la investigación de la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude, OLAF.

En 2003, la Comisión Europea recibió denuncias sobre posibles desviaciones de ayuda destinada a los residentes de Tinduf y solicitó una investigación a la OLAF. La investigación se realizó entre 2003 y 2007 y su informe fue conocido públicamente años después. El Parlamento Europeo dejó constancia de que el documento había identificado importantes problemas relacionados con la gestión y distribución de la ayuda alimentaria.

La Comisión Europea respondió que las conclusiones de la investigación habían puesto de manifiesto debilidades en la cadena logística de la ayuda y que, a partir de entonces, se habían reforzado los controles, incluyendo el seguimiento de la distribución, auditorías y una mayor presencia de organizaciones internacionales. La Comisión sostuvo además que, desde la implantación de esas medidas, no había encontrado nuevas evidencias de desviación de la ayuda financiada por ECHO.

Es una precisión importante. El informe de la OLAF no puede utilizarse legítimamente como prueba automática de que toda ayuda posterior haya sido desviada ni de que cualquier actividad económica desarrollada décadas después sea fruto de esa desviación. Pero sí constituye un antecedente institucional relevante que obliga a observar con especial atención cualquier nuevo circuito financiero surgido alrededor de los campamentos.

Una estructura que difícilmente podía pasar inadvertida

La cuestión política más delicada es la responsabilidad de las autoridades que administran los campamentos. Human Rights Watch ha señalado que, con la aquiescencia de las autoridades argelinas, el Frente Polisario administra los campamentos próximos a Tinduf.

Infravest no parece haber sido una operación clandestina desarrollada durante unas pocas semanas. Según el material aportado, funcionó físicamente desde 2022, mantuvo oficinas, realizó actividades de contratación, construyó una reputación pública y captó capital durante varios años.

Por ello, resulta difícil imaginar que una operación de semejante escala pudiera desarrollarse completamente al margen de las estructuras de poder locales. Esa circunstancia justifica investigar qué autorizaciones obtuvo la empresa, qué funcionarios conocieron sus actividades, qué controles administrativos existieron, qué instituciones permitieron su funcionamiento y si existieron relaciones financieras o personales entre sus responsables y miembros del aparato del Frente Polisario o funcionarios argelinos.

Allí existe una cuestión institucional de enorme gravedad: ¿cómo pudo una empresa captar durante años cantidades millonarias dentro de un espacio sometido a estructuras administrativas y de seguridad concretas sin que esas estructuras intervinieran?

Las víctimas no son quienes deben pagar la factura

Hay otra dimensión que corre el riesgo de quedar sepultada bajo el escándalo. Las víctimas inmediatas son los propios refugiados.

El expediente describe a comerciantes, empleados públicos, estudiantes y familias que habrían colocado sus ahorros en Infravest atraídos por la promesa de rentabilidades excepcionales.

Convertir a esos damnificados en responsables colectivos sería una injusticia adicional. La población saharaui de los campamentos no puede ser confundida con quienes administran sus estructuras políticas, ni puede atribuirse a una comunidad entera la eventual conducta criminal de individuos concretos.

Precisamente por eso, el caso Infravest debería servir para separar dos realidades que con frecuencia aparecen mezcladas: la población local, que continúa viviendo en condiciones de dependencia y vulnerabilidad, y las estructuras de poder que gestionan los campamentos.

La República Árabe Saharaui Democrática (RASD), entidad fantasma proclamada por el Frente Polisario y sin reconocimiento internacional, forma parte de ese entramado político, pero su existencia como estructura control por el movimiento separatista no convierte automáticamente a todos los saharauis locales en responsables de sus decisiones.

El dinero como radiografía de un sistema

El escándalo de Infravest puede terminar siendo mucho más importante que la desaparición de un empresario y la pérdida de varios millones de dólares. Puede convertirse en una radiografía de la economía informal de los campamentos y de la corrupción imperante entre los altos mandos del Polisario.

Si las cifras se confirman, habrá que explicar cómo una economía oficialmente dependiente de la asistencia internacional consiguió reunir semejante volumen de liquidez privada. Habrá que reconstruir también el circuito del dinero y determinar si existieron conexiones con redes comerciales transfronterizas.

El antecedente de la OLAF demuestra que los riesgos de desvío y comercialización irregular de recursos destinados a los refugiados no son una invención reciente. La propia Unión Europea modificó sus procedimientos precisamente para reducir esos riesgos y estableció mecanismos de seguimiento que, según la Comisión, no habían detectado nuevas desviaciones después de su implantación.

Infravest abre ahora un capítulo diferente: ya no se trata solamente de saber si una mercancía humanitaria llegó o no a su destinatario, sino de descubrir de dónde procede el capital privado que permitió montar una operación financiera de millones de dólares en un territorio donde las oportunidades económicas formales son extremadamente reducidas.

La respuesta determinará también la verdadera naturaleza del escándalo. Podría tratarse de una gigantesca estafa privada aprovechándose de una comunidad vulnerable. Podría revelar una economía informal mucho más importante de lo que muestran las estadísticas oficiales. O una investigación judicial y financiera podría descubrir conexiones con redes ilícitas de alcance regional. Incluso podrían coexistir esas realidades.

Por ahora, hay una certeza y una pregunta. La certeza es que miles de personas aseguran haber perdido sus ahorros y que Infravest presenta, según las informaciones disponibles, numerosos rasgos compatibles con un esquema Ponzi. La pregunta —mucho más profunda— es dónde estaba el dinero antes de entrar en Infravest y dónde está ahora.

En los campamentos de Tinduf, el desierto ha vuelto a revelar una paradoja: detrás de una comunidad cuya imagen internacional es la de una población dependiente de la ayuda humanitaria apareció, durante años, una masa de capital suficiente para alimentar una gigantesca operación financiera. Saber quién generó ese dinero, quién lo permitió circular y quién terminó beneficiándose de él será indispensable para distinguir el fraude individual de la existencia de una economía clandestina e ilegal más amplia. Y, sobre todo, para evitar que quienes vuelven a quedar abandonados sean, una vez más, los propios refugiados.

 

martes, 22 de septiembre de 2026

Chile y Cabo Verde se acercan a Marruecos y respaldan su plan de autonomía para el Sáhara


Chile y Cabo Verde han dado un nuevo paso en el acercamiento diplomático a Marruecos al expresar, en septiembre de 2026, su respaldo al plan de autonomía presentado por Rabat para el Sáhara. Las dos decisiones se producen en contextos diferentes, pero convergen con una política marroquí que vincula el apoyo internacional a su posición sobre el territorio con una creciente red de relaciones económicas, comerciales y estratégicas. Santiago prepara un eventual acuerdo de libre comercio con Rabat, mientras Praia profundiza una cooperación que abarca sectores tan diversos como la pesca, la agricultura, la energía, la seguridad y el transporte.

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Buenos Aires - La diplomacia marroquí ha encontrado en Nueva York, durante la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas, un escenario particularmente significativo para consolidar una política exterior que desde hace años procura transformar los apoyos políticos al Plan de Autonomía en relaciones bilaterales de mayor densidad económica y estratégica. En apenas dos jornadas, Chile y Cabo Verde han explicitado posiciones favorables a la propuesta marroquí y, al mismo tiempo, han proyectado nuevos espacios de cooperación con Rabat.

El caso chileno posee una particular relevancia por tratarse de un país latinoamericano con una tradición diplomática estrechamente vinculada al multilateralismo y por la dimensión económica que acompaña ahora el giro de sus relaciones con Marruecos. En el comunicado conjunto difundido el 21 de septiembre, Santiago manifestó su apoyo a la soberanía marroquí sobre la totalidad de su territorio, incluida la región del Sáhara, y consideró la propuesta de autonomía presentada por Marruecos en 2007 como una solución política “justa, duradera y mutuamente aceptable”, en el marco de las resoluciones pertinentes del Consejo de Seguridad.

La declaración adquiere mayor significado porque coincide con el 65º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Chile y Marruecos. Durante más de seis décadas, los vínculos entre ambos países se han desarrollado bajo una fórmula de amistad y respeto mutuo que ahora busca traducirse en una relación económica más estructurada. En Nueva York, los cancilleres Francisco Pérez Mackenna y Nasser Bourita firmaron los Términos de Referencia que servirán de base para iniciar las negociaciones de un eventual Tratado de Libre Comercio.

El movimiento no surgió de improviso. Durante 2026, Santiago y Rabat habían intensificado el diálogo comercial. En junio, ambos Gobiernos suscribieron una declaración conjunta orientada a establecer las condiciones para negociar un acuerdo comercial que podría convertirse en el primer tratado de libre comercio de Chile con un país africano y, simultáneamente, en el primer acuerdo de esta naturaleza de Marruecos con un país latinoamericano. La Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales chilena destacó entonces el carácter complementario de ambas economías y la posición geográfica de Marruecos como posible puerta de entrada a los mercados africanos.

La aproximación económica también ha comenzado a adquirir contenido sectorial. En agosto, Chile y Marruecos firmaron un mecanismo de cooperación técnica destinado a facilitar el comercio de alimentos y abordar cuestiones sanitarias. Según la información oficial chilena, las exportaciones de Chile a Marruecos poseen un potencial adicional estimado en 48 millones de dólares hacia 2030 si se profundiza el intercambio, con una participación especialmente importante de los productos agrícolas. Una rueda de negocios celebrada en Rabat reunió además a empresas chilenas de los sectores agroalimentario, vitivinícola y pesquero con importadores de Marruecos, África, Europa y Oriente Medio.

Los números permiten comprender la dimensión todavía incipiente de esta relación. En 2025 el intercambio comercial bilateral alcanzó los 80,2 millones de dólares, frente a apenas 10,4 millones en 2003. Chile exportó a Marruecos 16,6 millones de dólares e importó 63,7 millones. Los alimentos representaron el 77% de las exportaciones chilenas hacia ese mercado. La negociación de un tratado comercial pretende, por tanto, convertir una relación todavía modesta en una plataforma de mayor integración económica.

En este contexto, el elemento político y el económico aparecen estrechamente relacionados. Chile no se limitó a expresar su posición sobre el Sáhara, sino que anunció que traducirá ese respaldo al ámbito bilateral mediante la promoción de oportunidades de inversión, comercio y desarrollo productivo en la región. Es una decisión que dota de una dimensión práctica a la declaración diplomática y que puede favorecer la incorporación de empresas chilenas a los proyectos económicos desarrollados en el sur de Marruecos.

La referencia de Santiago a la resolución 2797 del Consejo de Seguridad introduce, sin embargo, una precisión necesaria. Adoptada el 31 de octubre de 2025, la resolución prorrogó hasta el 31 de octubre de 2026 el mandato de la MINURSO y pidió al secretario general y a su enviado personal facilitar negociaciones tomando como base la propuesta de autonomía marroquí, al tiempo que reclamó una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable que contemple la autodeterminación de la población del Sáhara. El texto, por tanto, constituye un elemento relevante del marco diplomático actual, pero no equivale por sí mismo a un reconocimiento jurídico de la soberanía marroquí sobre el territorio.

Cabo Verde, del respaldo diplomático a una asociación multidimensional

La evolución de las relaciones entre Marruecos y Cabo Verde presenta una trayectoria diferente. Praia ha ido estrechando progresivamente sus vínculos con Rabat y ha convertido su respaldo a la posición marroquí en una dimensión visible de su política exterior.

El 21 de septiembre de 2026, el ministro de Asuntos Exteriores y Defensa de Cabo Verde, Manuel Augusto Lima Amante da Rosa, reafirmó en Nueva York el apoyo de su país a la soberanía y la integridad territorial de Marruecos sobre la totalidad de su territorio, incluida la región del Sáhara, así como su respaldo al plan marroquí de autonomía. La declaración se produjo después de una reunión bilateral con Nasser Bourita y fue incorporada a un comunicado conjunto. El Gobierno caboverdiano también expresó su respaldo a la resolución 2797 del Consejo de Seguridad.

La trayectoria diplomática explica la contundencia de esta posición. En agosto de 2022, Cabo Verde inauguró su Consulado General en Dajla, decisión que Rabat considera una manifestación concreta del respaldo a su posición sobre el Sáhara. En aquella ocasión, ambos países suscribieron además una hoja de ruta de cooperación, dos acuerdos y un memorando de entendimiento destinados a ampliar la relación en educación, formación, cooperación técnica y de seguridad, promoción económica, inversión e intercambio de visitas oficiales.

La presencia consular en Dajla tiene, además, una dimensión económica. La apertura de representaciones extranjeras en las provincias del sur se ha convertido para Marruecos en uno de los instrumentos mediante los cuales procura asociar el reconocimiento diplomático a una mayor presencia económica internacional. En el caso caboverdiano, aquella decisión precedió a una etapa de profundización de la cooperación bilateral que ahora entra en una nueva fase.

El siguiente horizonte será la tercera sesión de la Comisión Mixta de Cooperación, prevista para el primer trimestre de 2027. Rabat ha anunciado su disposición a acompañar a Cabo Verde en sectores considerados prioritarios por las dos partes: salud, turismo, pesca marítima, agricultura, economía azul y transición energética.

A ello se suma una dimensión logística que puede adquirir importancia en la consolidación del vínculo atlántico. Royal Air Maroc mantiene vuelos directos entre Casablanca y Praia, con cinco frecuencias semanales, y entre Casablanca y Sal, con dos. Según la documentación aportada, estas conexiones han contribuido a fortalecer los flujos turísticos y comerciales.

La relación también se extiende al ámbito de la defensa. En julio de 2026, las Fuerzas Armadas de Cabo Verde destacaron la cooperación con las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos en materia de formación, ejercicios operacionales y donación de equipamiento, al tiempo que manifestaron su voluntad de profundizar esa cooperación.

Una red atlántica en expansión

Los movimientos de Chile y Cabo Verde deben interpretarse dentro de una estrategia marroquí más amplia, en la que el Atlántico ocupa una posición creciente. Para Rabat, la relación con los países atlánticos africanos no constituye solamente una cuestión de diplomacia territorial. Se vincula también con proyectos de infraestructura, comercio, energía, pesca, seguridad y conectividad que buscan convertir la fachada atlántica africana en un espacio de cooperación.

Cabo Verde ha expresado explícitamente su respaldo a la Iniciativa de los Estados Africanos del Atlántico y a la iniciativa marroquí destinada a facilitar el acceso de los países del Sahel al océano Atlántico. Chile, por su parte, puede aportar una dimensión latinoamericana a esta arquitectura, especialmente si las negociaciones comerciales culminan en un acuerdo que facilite el intercambio entre ambas economías.

La coincidencia temporal de ambas decisiones resulta, por ello, significativa. Mientras Cabo Verde profundiza una asociación africana que ya dispone de instrumentos diplomáticos, consulares, económicos, logísticos y de seguridad, Chile comienza a construir con Marruecos una relación de mayor densidad comercial. En ambos casos, el respaldo al plan de autonomía aparece acompañado por una voluntad declarada de ampliar los vínculos bilaterales.

El resultado es una diplomacia marroquí que procura que la cuestión del Sáhara deje de constituir un asunto aislado de política exterior para integrarse en una arquitectura más amplia de asociaciones internacionales. Chile y Cabo Verde representan, desde espacios geográficos y estratégicos distintos, dos expresiones de ese proceso: uno desde el Pacífico sudamericano y otro desde el Atlántico africano. El desafío para Rabat será ahora transformar esas declaraciones políticas en cooperación económica efectiva y sostenida, mientras para Santiago y Praia el reto consistirá en convertir el acercamiento diplomático en beneficios concretos para sus respectivas economías.

En esa intersección entre diplomacia, comercio y geopolítica se encuentra la principal novedad de septiembre de 2026. El respaldo al plan de autonomía ya no aparece únicamente como una declaración sobre el futuro del Sáhara, sino como una pieza dentro de relaciones bilaterales que Marruecos, Chile y Cabo Verde aspiran a dotar de mayor contenido económico y estratégico.