Grecia y Dinamarca han dado un nuevo
impulso europeo al Plan de Autonomía marroquí para el Sáhara. Atenas considera
la propuesta una contribución “seria y creíble” y una de las soluciones más
viables, mientras Copenhague la define como una base sólida para un acuerdo
político. Detrás de estos pronunciamientos hay algo más que un cambio de
lenguaje diplomático: el resultado de años de construcción de alianzas por
parte de Marruecos, una estrategia impulsada por el rey Mohammed VI que ha
convertido la cuestión del Sáhara en el eje de una red de relaciones políticas,
económicas y estratégicas que trasciende el Magreb.
Contenido:
Buenos
Aires - La diplomacia marroquí ha obtenido en los últimos años una sucesión de
apoyos europeos que hace tiempo parecían improbables. El movimiento más
reciente procede de Grecia. El 7 de septiembre, durante la visita a Atenas del
ministro marroquí de Exteriores, Nasser Bourita, su homólogo griego, George
Gerapetritis, afirmó que la propuesta de autonomía constituye una “contribución
seria y creíble” al proceso auspiciado por Naciones Unidas y que “podría
constituir la solución más viable” para resolver el conflicto. Atenas añadió
que respalda las negociaciones dirigidas por el enviado personal del secretario
general de la ONU, Staffan de Mistura, sobre la base de la iniciativa marroquí.
La
importancia del pronunciamiento griego no reside únicamente en sus palabras.
Grecia es miembro no permanente del Consejo de Seguridad durante 2025 y 2026 y
volverá a presidir el órgano en octubre. El propio Gerapetritis destacó que su
país participó en la elaboración de la resolución 2797, aprobada en octubre de
2025, y que contribuirá nuevamente a la próxima discusión sobre la renovación
del mandato de la MINURSO. En otras palabras, el respaldo griego no procede de
un observador distante, sino de un país que ocupa una posición institucional
particularmente relevante en el momento en que Naciones Unidas intenta encauzar
una solución política.
Grecia
y Marruecos han encontrado, además, un terreno común que va mucho más allá del
Sáhara. Ambos países se presentan como actores mediterráneos enfrentados a
desafíos compartidos: seguridad marítima, migración, terrorismo, energía y
estabilidad del norte de África. Atenas considera a Marruecos un “pilar de
estabilidad” regional y ve al reino como una puerta de entrada a los
mercados del África subsahariana. Las dos partes han identificado posibilidades
de cooperación en infraestructuras, energía verde, gestión del agua, actividad
portuaria, transporte marítimo y agroalimentación. El Mundial de fútbol de
2030, que Marruecos organizará, conjuntamente con España y Portugal, aparece
también como una oportunidad para ampliar la cooperación económica.
La
dimensión económica ayuda a comprender por qué la relación ha adquirido una
importancia creciente. La diplomacia griega reconoce que sus exportaciones a
Marruecos siguen concentradas en buena medida en productos petrolíferos, pero
considera que existe un amplio margen para diversificar el intercambio. La
próxima octava sesión de la Comisión Interministerial Mixta pretende
precisamente convertir esa convergencia política en nuevos proyectos
empresariales.
El
caso danés es igualmente significativo, aunque tiene una trayectoria algo
diferente. Copenhague había expresado ya en 2024 que consideraba el Plan de
Autonomía presentado por Marruecos en 2007 una contribución “seria y creíble”
al proceso de Naciones Unidas y una buena base para alcanzar una solución
acordada entre las partes. En septiembre de 2026, el ministro de Exteriores
danés, Lars Løkke Rasmussen, renovó esa posición y volvió a calificar la
propuesta marroquí de creíble y de fundamento adecuado para una solución
política consensuada.
También
en este caso la coyuntura multiplica el valor político del respaldo. Dinamarca
forma parte actualmente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y su
posición coincide con la creciente importancia que varios países europeos
conceden al Plan de Autonomía dentro del proceso diplomático. Copenhague no
plantea su respaldo como una ruptura con Naciones Unidas, sino precisamente
como una forma de contribuir a un proceso político negociado bajo sus
auspicios. Esta diferencia resulta esencial: el avance marroquí en Europa no se
basa exclusivamente en reconocimientos formales de soberanía, sino en conseguir
que cada vez más Gobiernos consideren su propuesta el marco más realista para
alcanzar una solución.
La
relación entre Dinamarca y Marruecos tampoco se limita a la cuestión
territorial. Empresas danesas como Maersk, Vestas, DSV, Novo Nordisk y FLSmidth
mantienen actividades en el mercado marroquí. Maersk, además, tiene una
posición destacada en Tánger Med, uno de los grandes centros portuarios del
Mediterráneo y una infraestructura decisiva para la estrategia económica
marroquí. El intercambio comercial, aunque todavía modesto, muestra también una
tendencia de crecimiento: Dinamarca exportó a Marruecos bienes por unos 892
millones de coronas danesas en 2023 e importó productos marroquíes por unos 593
millones.
El
significado político de Grecia y Dinamarca se comprende mejor al observar el
contexto europeo. El respaldo marroquí ha dejado de ser una cuestión limitada a
los tradicionales aliados mediterráneos. Francia constituye el caso más
evidente tras su reconocimiento de que el presente y el futuro del Sáhara se
inscriben dentro de la soberanía marroquí. España ha situado también el Plan de
Autonomía como la base más seria, realista y creíble para resolver el
conflicto. Alemania, Países Bajos, Portugal y otros Estados europeos han ido
aproximándose, con diferentes fórmulas y grados de intensidad, a la posición
marroquí.
La
estrategia de Rabat ha consistido en transformar progresivamente la cuestión
del Sáhara de un asunto territorial aislado en una pieza de una relación mucho
más amplia con cada socio. Seguridad, lucha contra el terrorismo, control
migratorio, inversiones, energía, comercio, infraestructuras, cooperación
africana y estabilidad mediterránea forman parte del mismo entramado. El
resultado es que los Gobiernos europeos ya no contemplan sus vínculos con
Marruecos únicamente a través del prisma del conflicto sahariano. El Sáhara
está integrado en una relación estratégica mucho más extensa.
Es
precisamente aquí donde aparece la dimensión personal de la estrategia
impulsada por Mohammed VI. Desde su llegada al trono en 1999, el monarca ha
promovido una política exterior que ha buscado diversificar las alianzas de
Marruecos, reducir su dependencia de cualquier socio individual y convertir al
país en un interlocutor imprescindible para Europa, África, Estados Unidos y
las monarquías árabes. El documento de referencia destaca precisamente que
Marruecos ha fortalecido su posición mediante una diplomacia activa, alianzas
estratégicas, estabilidad política e inversiones en las provincias del sur,
mientras su iniciativa de autonomía es percibida por un número creciente de
países como seria, creíble y pragmática.
La
dimensión africana es igualmente importante. Rabat regresó a la Unión Africana
en 2017 después de más de tres décadas de ausencia y desde entonces ha
desplegado una intensa diplomacia económica y política en el continente.
Bancos, compañías de telecomunicaciones, aseguradoras, empresas de construcción
y proyectos de infraestructuras han convertido a Marruecos en un socio
relevante para numerosos países subsaharianos. Esa presencia económica se ha
transformado progresivamente en capital diplomático. El apoyo de países
africanos a la posición marroquí no aparece así como un fenómeno exclusivamente
ideológico, sino también como el resultado de una red creciente de intereses
compartidos.
A
ello se suma la relación privilegiada con Estados Unidos. El reconocimiento
estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara en 2020 modificó
sustancialmente el equilibrio diplomático. La posterior profundización de los
vínculos con Washington, junto con la relación estratégica establecida con
Israel, proporcionó a Rabat un nuevo margen de maniobra internacional. La
resolución 2797 del Consejo de Seguridad de 2025 añadió otro elemento decisivo
al situar la autonomía bajo soberanía marroquí en el centro de las
negociaciones impulsadas por Naciones Unidas.
El
resultado no equivale, sin embargo, a que el conflicto esté resuelto. Tampoco
significa que todos los Gobiernos europeos reconozcan formalmente la soberanía
marroquí sobre el territorio. La posición europea continúa teniendo matices y
sigue vinculada al proceso de Naciones Unidas. Grecia, por ejemplo, insiste en
una solución “justa, duradera y mutuamente aceptable” y en la actuación
del enviado personal del secretario general. Dinamarca mantiene igualmente el
lenguaje de una solución política consensuada.
Pero
precisamente ese desplazamiento del lenguaje diplomático constituye uno de los
mayores éxitos de Rabat. El debate internacional ha ido pasando de preguntarse
únicamente qué alternativas existen a considerar cada vez con mayor frecuencia
si la autonomía constituye el marco más realista para alcanzar un acuerdo. Para
Marruecos, la batalla diplomática consiste en modificar el centro de gravedad
de la discusión hasta hacer que la propuesta de 2007 deje de aparecer como una
iniciativa unilateral y se convierta en la referencia inevitable de cualquier
negociación.
Grecia
y Dinamarca son, en este sentido, dos piezas especialmente reveladoras. Una
potencia mediterránea con creciente proyección hacia el norte de África y un
país nórdico con una tradicional política exterior multilateral convergen en
una misma conclusión: el Plan de Autonomía es una propuesta seria y creíble que
puede servir de base para una solución política.
El
avance no se explica por una ofensiva diplomática circunstancial. Es la
consecuencia de una estrategia de largo plazo. Mohammed VI ha construido para
Marruecos una red de alianzas en la que cada vínculo refuerza a los demás.
Europa necesita a Marruecos para gestionar migraciones y seguridad; África lo
considera un socio económico y una puerta hacia los mercados europeos; Estados
Unidos lo contempla como un aliado estratégico en el Mediterráneo y África; y
las nuevas cadenas energéticas y logísticas aumentan el valor geopolítico del
reino.
En
ese entramado, el Sáhara ocupa el centro, pero ya no está solo. Es el punto de
convergencia de una política exterior mucho más amplia. Y la sucesión de
respaldos europeos, desde París y Madrid hasta Copenhague y Atenas, muestra
hasta qué punto Rabat ha conseguido convertir una cuestión territorial en una
prueba de la utilidad estratégica de Marruecos para sus socios. La diplomacia
de Mohammed VI parece haber entendido una regla elemental de la política
internacional: los países rara vez cambian de posición por un argumento
aislado; lo hacen cuando descubren que sus intereses nacionales empiezan a
coincidir con la posición de su interlocutor.





