La creciente adhesión
internacional a la propuesta de un Plan de Autonomía para la región del Sáhara
presentada por Rabat consolida la estrategia exterior de Marruecos, que bajo el
liderazgo del rey Mohammed VI ha logrado situar su iniciativa como la única
opción realista y posible para terminar con el diferendo artificial en el
Sáhara.
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Buenos
Aires.— La cuestión del Sáhara, uno de los conflictos más prolongados del
escenario internacional contemporáneo, atraviesa una fase de inflexión marcada
por un cambio paulatino pero sostenido en las posiciones de actores clave. En
los últimos días, el respaldo explícito de Países Bajos y la reiteración del
apoyo de Estados Unidos, a través de su embajador en Rabat, Richard Duke Buchan
III, han vuelto a situar el plan de autonomía propuesto por Marruecos en el
centro de la agenda diplomática internacional.
El
pronunciamiento neerlandés no ha sido ambiguo. Durante una visita oficial a
Rabat, el ministro de Asuntos Exteriores, Tom Berendsen, afirmó que una
autonomía “real” bajo soberanía marroquí constituye la solución “más
factible” al diferendo. La declaración, recogida en un comunicado conjunto
tras su encuentro con Nasser Bourita, va más allá de una mera expresión de
apoyo político: implica una disposición a actuar en consecuencia tanto en el
plano diplomático como económico, en consonancia con el derecho internacional.
Este
posicionamiento se inscribe en una tendencia más amplia dentro de Europa, donde
la percepción del conflicto ha evolucionado desde esquemas rígidos heredados de
la Guerra Fría hacia enfoques pragmáticos centrados en la estabilidad regional.
En ese contexto, el plan marroquí —que propone una amplia autonomía para el
territorio sahariano bajo soberanía de Rabat, reservando al Estado competencias
en defensa, política exterior y moneda— ha ganado terreno como alternativa “seria,
creíble y realista”, en línea con las resoluciones del Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas.
La
dimensión transatlántica de este respaldo resulta igualmente significativa. En
Marrakech, en el marco de un foro económico internacional, el embajador
estadounidense reafirmó que Washington considera el plan marroquí como una vía
hacia la resolución del conflicto y la prosperidad regional. Sus palabras no
solo reflejan la continuidad de la posición estadounidense, sino que introducen
un elemento clave: el interés creciente del sector privado. Según Buchan,
empresas estadounidenses observan en el Sáhara un espacio de oportunidades “ilimitadas”,
lo que añade una dimensión económica a una cuestión tradicionalmente dominada
por consideraciones políticas y jurídicas.
Este
cruce entre diplomacia e inversión ilustra uno de los pilares de la estrategia
marroquí. Lejos de limitarse a la defensa de su soberanía, Rabat ha promovido
activamente el desarrollo económico de sus “provincias del sur”,
atrayendo capital extranjero en sectores como las energías renovables, el
turismo o las infraestructuras. La narrativa de prosperidad compartida ha sido
cuidadosamente integrada en su acción exterior, reforzando la idea de que la
autonomía no solo es una solución política, sino también un proyecto de
crecimiento económico e integración territorial.
El
creciente respaldo internacional no puede entenderse sin tener en cuenta la
coherencia y continuidad de la diplomacia marroquí en los últimos años. Bajo
las directrices de Mohammed VI, Marruecos ha desplegado una estrategia
multifacética que combina relaciones bilaterales intensificadas, presencia
activa en foros multilaterales y una política africana dinámica. La labor de su
cuerpo diplomático, encabezado por Bourita, ha sido decisiva para traducir esa
visión en apoyos concretos.
Más
de un centenar de países han expresado ya su respaldo, explícito o implícito,
al Plan de Autonomía. Entre ellos figuran potencias como Estados Unidos,
Francia, Alemania o España, así como actores relevantes del mundo árabe y
africano. Este consenso creciente contrasta con la posición defendida por los
separatistas del Frente Polisario, que abogan por un referéndum de
autodeterminación y cuentan únicamente con el apoyo de Argelia.
En
el seno de Naciones Unidas, el giro también es perceptible. Las últimas
resoluciones del Consejo de Seguridad han reforzado la centralidad de la
propuesta marroquí como base para una solución política negociada, al tiempo
que respaldan los esfuerzos del enviado personal del secretario general,
Staffan de Mistura. Sin embargo, el proceso sigue enfrentando obstáculos
estructurales, entre ellos la falta de consenso pleno entre las partes
implicadas y las tensiones regionales persistentes.
La
evolución de la postura neerlandesa resulta particularmente reveladora.
Tradicionalmente alineado con las posiciones europeas más cautelosas, el
Gobierno de La Haya ha optado ahora por un apoyo más definido, reconociendo no
solo la viabilidad del plan marroquí, sino también el papel de Marruecos como
actor clave en la estabilidad regional. Este reconocimiento se produce en un
contexto de relaciones bilaterales reforzadas, que abarcan ámbitos como la
seguridad, la justicia y la gestión migratoria.
En
paralelo, la implicación estadounidense añade peso geopolítico al proceso. Más
allá del respaldo político, el énfasis en las oportunidades económicas sugiere
una convergencia de intereses que podría acelerar la consolidación del plan
marroquí como marco de referencia internacional.
A
medida que se acumulan los apoyos, el conflicto del Sáhara parece desplazarse
desde un terreno de confrontación ideológica hacia uno de realismo político. En
ese tránsito, Marruecos ha logrado posicionar su propuesta como el punto de
encuentro posible entre soberanía, autonomía y desarrollo. El desafío, ahora,
reside en traducir ese consenso creciente en una solución efectiva que cierre
definitivamente una de las disputas más longevas del siglo XX.






