Ochenta años después de Hiroshima,
Japón está dejando atrás algunas de las restricciones militares que definieron
su identidad internacional desde la derrota de 1945. El Gobierno de Sanae
Takaichi ha llevado el gasto de defensa hasta el 2% del PIB, ha abierto la
puerta a las exportaciones de armamento y quiere convertir la industria militar
en una fuente de innovación y crecimiento. Detrás de la transformación está
China, pero también Corea del Norte, Rusia y la incertidumbre sobre el futuro
compromiso estadounidense en Asia. El resultado puede ser una nueva
arquitectura de seguridad en el Pacífico, con Taiwán en el centro y una
relación cada vez más estrecha entre Tokio, Washington, Seúl y Canberra.
Contenido:
Buenos
Aires - Hay algo profundamente simbólico en el nuevo Japón que se está
construyendo. Mientras el país conmemora estos días el 81º aniversario de
Hiroshima, su Gobierno presenta un nuevo modelo de seguridad que habría
resultado difícil de imaginar para cualquiera de las generaciones que crecieron
bajo el trauma de la guerra. Japón, la única potencia que ha sufrido un ataque
nuclear en la historia, está incrementando aceleradamente sus capacidades
militares y haciendo de la industria de defensa una pieza de su estrategia
económica.
No
se trata ya solamente de disponer de unas Fuerzas de Autodefensa capaces de
proteger el territorio nacional. Tokio quiere radares, misiles de largo
alcance, submarinos, sistemas espaciales, inteligencia artificial, drones,
capacidades cibernéticas y una industria militar capaz de producir para Japón y
para otros países. El nuevo Libro Blanco de Defensa presenta esa transformación
como una respuesta al deterioro del entorno estratégico, pero también como una
oportunidad económica. La industria de defensa, sostiene el documento, puede
contribuir a la innovación, fortalecer la base tecnológica y generar actividad
para empresas grandes y pequeñas.
Es
la última estación de un viaje que comenzó mucho antes de Sanae Takaichi.
El
país que quiso dejar atrás la guerra
La
Constitución japonesa de 1947 nació bajo la ocupación estadounidense y
convirtió el pacifismo en uno de los fundamentos de la nueva identidad
nacional. Su artículo 9 renunció a la guerra como derecho soberano y prohibió
el mantenimiento de fuerzas terrestres, navales o aéreas destinadas a un
conflicto bélico. Sin embargo, la Guerra Fría pronto hizo evidente la
contradicción entre ese principio y la necesidad estratégica de contener a la
Unión Soviética y a la China comunista.
En
1954 nacieron las Fuerzas de Autodefensa. El lenguaje fue deliberadamente
cuidadoso: Japón no tenía un ejército, sino fuerzas destinadas exclusivamente a
la defensa. Durante décadas, ese equilibrio funcionó. Washington asumía la
mayor parte de la responsabilidad estratégica mientras Tokio concentraba sus
recursos en convertirse en una potencia económica.
La
situación comenzó a cambiar después del final de la Guerra Fría. La primera
guerra del Golfo, los atentados del 11-S, el programa nuclear de Corea del
Norte y, sobre todo, el ascenso militar de China, fueron erosionando las
antiguas restricciones.
Shinzo
Abe aceleró el proceso. La legislación de seguridad aprobada en 2015 permitió
ejercer el derecho de autodefensa colectiva en determinadas circunstancias y
convirtió el denominado “pacifismo proactivo” en la fórmula política
para conciliar el pasado pacifista con una mayor capacidad de acción militar. Ahora
Takaichi está llevando esa lógica a una nueva dimensión.
China
es la razón que explica casi todo
En
el discurso oficial japonés, China ocupa un lugar que ningún otro país puede
disputar. El nuevo Libro Blanco la define como el mayor desafío estratégico
para Japón y advierte de la rápida expansión de sus capacidades militares.
Pekín
responde que Tokio exagera la amenaza para justificar su remilitarización. El
Ministerio de Defensa chino ha acusado al Gobierno japonés de recuperar una
política de “nuevo militarismo” y ha advertido de que Taiwán constituye
una línea roja que Japón no debe cruzar.
La
disputa no es retórica. En los últimos años, China ha incrementado sus
actividades alrededor de Taiwán y mantiene una presencia creciente alrededor de
las islas Senkaku, administradas por Japón y reclamadas por Pekín como Diaoyu.
El archipiélago se encuentra en una zona estratégica próxima a las principales
rutas marítimas y a las islas japonesas más occidentales.
Para
Tokio, el problema es que una guerra por Taiwán difícilmente podría quedar
confinada al estrecho. Las instalaciones militares estadounidenses en Japón
serían esenciales para cualquier operación de Washington. Las islas japonesas
situadas en el sudoeste del archipiélago quedarían cerca de la zona de
operaciones. Las rutas comerciales japonesas también podrían verse afectadas. Por
eso, Taiwán ha dejado de ser, desde la perspectiva japonesa, una cuestión
exclusivamente china.
La
primera ministra Takaichi lo expresó con una claridad que provocó una fuerte
reacción de Pekín al plantear que un ataque chino contra Taiwán podría crear
una situación que amenazara la supervivencia de Japón y justificara la
actuación de sus Fuerzas de Autodefensa. La crisis diplomática posterior ha
llevado las relaciones entre Tokio y Pekín a uno de sus momentos más delicados
de los últimos años.
La
conclusión estratégica japonesa parece sencilla: cuanto mayor sea la capacidad
china para modificar por la fuerza el statu quo alrededor de Taiwán, mayor debe
ser el precio que Pekín tenga que pagar por intentarlo.
El
dinero cambia de dirección
La
transformación tiene una dimensión económica que no debe subestimarse. Japón ha
llevado su gasto de defensa hasta el equivalente del 2% de su PIB, cumpliendo
el objetivo que se había fijado para fortalecer su capacidad militar. El
presupuesto para el ejercicio fiscal 2026 alcanza los 9,0353 billones de yenes,
mientras que el gasto relacionado directamente con el fortalecimiento de la
defensa se sitúa en torno a los 8,8 billones. Es una transformación
considerable para un país que durante décadas mantuvo el gasto militar
alrededor del 1% del PIB.
Pero
el Gobierno quiere convencer a los japoneses de que no se trata únicamente de
gastar. La apuesta consiste en crear una industria de defensa competitiva,
tecnológica y exportadora. Es una idea que habría resultado políticamente
difícil hace una generación. Durante décadas, las empresas japonesas fabricaron
sistemas militares principalmente para las Fuerzas de Autodefensa y bajo
estrictas restricciones a la exportación. Mitsubishi Heavy Industries, Kawasaki
Heavy Industries, Mitsubishi Electric y Fuji Heavy Industries desarrollaron
capacidades avanzadas, pero dentro de un mercado doméstico relativamente
cerrado. Ahora las puertas se están abriendo.
La
fragata Mogami constituye el ejemplo más visible. Australia ha elegido el
diseño japonés para su futura flota de fragatas, convirtiendo a Mitsubishi
Heavy Industries en uno de los grandes beneficiarios de la nueva política de
exportaciones militares. El contrato australiano tiene además un significado
estratégico: Japón empieza a integrarse como proveedor de seguridad de otros
países del Indopacífico.
La
transformación alcanza también a la aviación de combate. Japón participa junto
con Reino Unido e Italia en el Global Combat Air Programme, destinado a
desarrollar un nuevo avión de combate para la década de 2030. Mitsubishi Heavy
Industries lidera la participación japonesa y Mitsubishi Electric está
preparando nuevas instalaciones para producir sistemas electrónicos del
aparato. La empresa prevé que su negocio de defensa pueda alcanzar 690.000
millones de yenes anuales hacia 2031.
El
mensaje es evidente: Japón quiere que el rearme genere una industria. Y quiere
que esa industria proporcione, a su vez, rearme.
La
economía será la prueba más difícil
La
idea de utilizar la defensa como motor de crecimiento no carece de fundamentos.
La inversión militar puede estimular sectores de alta tecnología en los que
Japón conserva ventajas extraordinarias: electrónica, robótica, sensores,
materiales avanzados, inteligencia artificial, espacio, construcción naval y
sistemas de precisión.
El
Gobierno también quiere que las start-ups participen en este proceso, una
ruptura con el tradicional sistema japonés de contratación de defensa. La
guerra de Ucrania ha demostrado, además, el valor de drones baratos,
inteligencia artificial y sistemas autónomos frente a plataformas militares
convencionales extraordinariamente costosas. El nuevo Libro Blanco japonés
dedica precisamente una atención considerable a esas tecnologías.
Pero
hay una segunda cara de la moneda. Japón es una sociedad envejecida, con una
población en descenso y una deuda pública extraordinariamente elevada. El Fondo
Monetario Internacional proyecta para 2026 un crecimiento real de apenas el
0,8%, después del 1,1% de 2025, y advierte de que el gasto en intereses,
sanidad y cuidados de larga duración ejercerá una presión creciente sobre las
cuentas públicas.
El
problema no es que Japón no pueda financiar el rearme. Puede hacerlo. El
problema es qué deberá sacrificar si decide continuar incrementándolo. Un yen
invertido en un misil no puede invertirse simultáneamente en educación,
investigación civil, cuidados para una población envejecida o infraestructuras.
El FMI ha pedido a Tokio una política fiscal prudente y una trayectoria creíble
de reducción de la deuda.
Por
eso el argumento de que la defensa será un nuevo motor del crecimiento debe
tomarse con cautela. Puede impulsar determinadas industrias. Puede generar
innovación. Puede abrir mercados internacionales. Pero no sustituirá las
reformas estructurales que Japón necesita para recuperar un crecimiento
sostenido. El rearme puede ser una política industrial. No es una solución
mágica al problema demográfico japonés.
Una
nueva industria militar
La
consecuencia más profunda puede producirse en el corazón de la economía
japonesa. Durante décadas, la industria de defensa fue casi una actividad
residual de grandes conglomerados industriales. Ahora puede convertirse en un
sector estratégico. Mitsubishi Electric, por ejemplo, aspira a aumentar
sustancialmente sus ventas militares durante los próximos años gracias a
radares, misiles, sistemas para el programa GCAP y componentes destinados a la
fragata Mogami australiana.
También
está cambiando la relación con Estados Unidos.
En
mayo de 2026, Tokio y Washington acordaron acelerar la cooperación industrial
para producir conjuntamente misiles, entre ellos los SM-3 Block IIA y AMRAAM.
El Ministerio de Defensa japonés ha bautizado esa iniciativa como “Operation
Supercharge”.
La
alianza deja así de ser solamente militar. Se está convirtiendo en una alianza
industrial. Japón aporta tecnología, capital, capacidad manufacturera y una
base industrial sofisticada. Estados Unidos aporta tecnologías militares
críticas, inteligencia, experiencia operacional y un mercado gigantesco. La
combinación puede convertir a ambos países en un bloque tecnológico-militar
mucho más integrado. Y eso es precisamente lo que preocupa a China.
El
nuevo equilibrio del Pacífico
La
consecuencia geopolítica más importante del rearme japonés será probablemente
la modificación del equilibrio de la primera cadena de islas del Pacífico.
Un
Japón militarmente más poderoso complica cualquier estrategia china destinada a
proyectar fuerza hacia el Pacífico occidental. Sus submarinos, aviones, misiles
antibuque, sistemas de vigilancia y capacidades espaciales aumentan el coste de
cualquier operación china. Pero Japón tampoco está actuando solo.
Estados
Unidos está reforzando la alianza. Australia se ha convertido en un socio
militar cada vez más estrecho. Filipinas ha adquirido una importancia renovada.
India participa en el entramado del Quad. Y Corea del Sur, pese a sus profundas
reservas históricas hacia Japón, está aumentando la cooperación trilateral con
Tokio y Washington.
El
propio Ministerio de Defensa japonés señala que en 2026 se ha intensificado la
cooperación con Estados Unidos, Australia, Corea del Sur y Filipinas. Es
difícil imaginar una arquitectura de contención de China en el Indopacífico sin
Japón en su centro.
Corea
del Sur: un aliado incómodo
Aquí
aparece una de las paradojas de la nueva estrategia. Japón y Corea del Sur
tienen razones para desconfiar mutuamente, pero tienen razones aún mayores para
cooperar. Ambos se encuentran bajo la amenaza de los misiles y armas nucleares
de Corea del Norte. Ambos dependen de Estados Unidos. Ambos tienen intereses
fundamentales en impedir que China modifique unilateralmente el equilibrio
regional.
Durante
2026, Tokio y Seúl han intensificado el diálogo militar, con reuniones de
ministros de Defensa y mecanismos de cooperación que habrían resultado
difíciles de imaginar durante los peores momentos de sus disputas históricas. Pero el pasado colonial japonés sigue
presente.
El
fortalecimiento militar japonés puede ser aceptado por Seúl mientras sea
percibido como una respuesta a China y Corea del Norte. Si Tokio avanzara hacia
una reinterpretación más amplia de su Constitución o hacia capacidades
inequívocamente ofensivas, la reacción coreana podría ser mucho menos
favorable. La memoria histórica continúa
siendo una variable estratégica.
Taiwán,
el punto de fractura
En
ningún otro lugar será más visible el efecto del rearme japonés que en Taiwán. Para
China, la isla forma parte de su soberanía. Para Japón, un conflicto en el
estrecho podría afectar directamente su seguridad nacional. Para Estados
Unidos, Taiwán es uno de los principales escenarios en los que se pondría a
prueba su credibilidad estratégica.
La
geografía hace el resto. Japón se encuentra muy cerca de Taiwán y controla
posiciones decisivas en el sudoeste de su archipiélago. Okinawa alberga
instalaciones militares estadounidenses esenciales. Las islas Yonaguni e
Ishigaki se encuentran en primera línea frente al escenario taiwanés.
En
caso de conflicto, Japón podría proporcionar bases, inteligencia, defensa
aérea, logística y apoyo a las fuerzas estadounidenses incluso sin entrar
inicialmente en combate. Si el conflicto afectara directamente territorio
japonés, la situación sería completamente diferente.
Eso
explica por qué Pekín observa con tanta atención cada reforma militar japonesa.
China no teme solamente a Japón. Teme a Japón unido a Estados Unidos,
Australia, Corea del Sur y otros socios regionales.
Washington
obtiene el socio que necesitaba
Para
Estados Unidos, el rearme japonés es una buena noticia estratégica. Washington
lleva años reclamando que sus aliados asiáticos asuman una mayor
responsabilidad en su propia defensa. Japón está respondiendo.
La
alianza se vuelve más útil cuanto más capaz sea Japón de defender sus propias
islas, interceptar misiles, vigilar los mares y producir armas. En mayo, los
ministros de Defensa de ambos países acordaron avanzar rápidamente en la
profundización de la cooperación y reforzar la presencia militar conjunta en el
sudoeste japonés. Pero hay una diferencia importante con respecto al Japón de
la Guerra Fría. Tokio ya no quiere ser simplemente el protegido. Quiere
convertirse en un socio estratégico.
La
consecuencia puede ser un Japón más autónomo dentro de una alianza más estrecha
con Estados Unidos. No es una contradicción. La autonomía militar japonesa
puede, paradójicamente, fortalecer la alianza estadounidense.
La
paradoja del rearme
La
historia tiene aquí una ironía difícil de ignorar. Japón dice que se rearma
para evitar una guerra. China interpreta el rearme como una amenaza. China
aumenta sus capacidades. Japón responde. Estados Unidos refuerza su alianza con
Tokio. Pekín profundiza sus preparativos militares. Corea del Norte utiliza el
nuevo entorno como argumento para mantener su arsenal nuclear.
La
lógica de la disuasión funciona precisamente porque cada actor sabe que una
guerra tendría un coste insoportable. Pero la misma lógica puede generar una
espiral de acumulación militar. El recuerdo de Hiroshima introduce una
dimensión adicional.
Los
supervivientes de la bomba atómica han advertido que el abandono progresivo del
pacifismo puede erosionar uno de los elementos centrales de la identidad
internacional japonesa. Masako Wada, de Nihon Hidankyo, ha defendido que Japón
recuperó la confianza internacional precisamente porque prometió no volver a
hacer la guerra.
Su
advertencia no es una objeción menor. Japón no está modificando solamente su
presupuesto de defensa. Está revisando uno de los pilares de su identidad
nacional.
El
país que durante décadas convirtió Hiroshima en símbolo universal de los
peligros de la guerra se está convirtiendo nuevamente en una potencia militar
de primer orden. La diferencia fundamental es que esta vez Japón no parece
buscar un imperio ni una esfera de influencia propia. Su objetivo declarado es
impedir que otros puedan imponerla. Ese matiz será decisivo.
Si
Tokio consigue construir una capacidad militar suficiente para disuadir a China
sin alimentar una dinámica incontrolable de confrontación, el rearme japonés
puede convertirse en uno de los principales pilares de estabilidad del
Indopacífico. Si fracasa, Asia podría entrar en una nueva carrera armamentista.
La
paradoja es que ambas posibilidades nacen de la misma decisión.
Japón
está volviendo a armarse porque considera que el mundo que lo rodea se ha
vuelto demasiado peligroso para seguir siendo el Japón de la posguerra. Y al
hacerlo está contribuyendo, inevitablemente, a crear un Asia diferente: un Asia
en la que el equilibrio ya no dependerá solamente de Washington y Pekín, sino
también de la capacidad de Tokio para decidir hasta dónde está dispuesto a
llegar.




