Tras el colapso del pacto de paz de
2022, una inédita y heterogénea alianza insurgente de siete milicias encabezada
por el Tigray busca derrocar al primer ministro Abiy Ahmed. El conflicto
amenaza con internacionalizarse y arrastrar a todo el Cuerno de África a una
conflagración sin precedentes.
Buenos
Aires - La frágil tregua que en noviembre de 2022
detuvo una de las conflagraciones más mortíferas del siglo XXI ha saltado por
los aires. En la madrugada del pasado 23 de septiembre de 2026, las fuerzas
armadas del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) lanzaron una amplia y
coordinada ofensiva en el norte de Etiopía, tomando el control de tres
aeropuertos estratégicos regionales —Mekelle, la capital tigrayana, Axum y
Shire—, forzando la suspensión inmediata de todos los vuelos comerciales de la
aerolínea estatal Ethiopian Airlines y extendiendo los combates a las vecinas
regiones de Afar y Amhara. Mientras las autoridades de Tigray justifican las
operaciones militares como una "guerra defensiva" ante los
constantes e incrementados ataques federales con drones, el Gobierno central
del primer ministro y galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2019, Abiy
Ahmed, califica el movimiento de "ofensiva total" e
irresponsabilidad absoluta. En esta nueva conflagración, el mapa de lealtades
políticas se ha invertido por completo: milicias y facciones que hace apenas
cuatro años se enfrentaban a muerte en el campo de batalla combaten hoy unidas
bajo una misma bandera contra el poder central de Adís Abeba.
Una
geografía clave para el equilibrio regional
Etiopía
es un gigante demográfico y geopolítico de más de 120 millones de habitantes,
lo que lo convierte en el segundo país más poblado de África y en el corazón
gravitacional del Cuerno de África. Su relieve, dominado por el vasto macizo
etíope cortado de norte a sur por el Gran Valle del Rift, configura tanto una
barrera natural como un complejo mosaico de microclimas y etnias aisladas. La
nación es, además, la cuna del Nilo Azul, cuyas fuentes en el lago Tana aportan
la inmensa mayoría del caudal que fluye hacia el norte, haciendo del control
hídrico un asunto de vital importancia estratégica.
Desde
que Eritrea se independizó en 1993, Etiopía se convirtió en un Estado
mediterráneo, sin acceso directo al mar. Esta limitación geográfica ha
condicionado de manera severa su política exterior y comercial, obligando al
país a depender de forma crítica de la infraestructura portuaria de Yibuti, por
donde transita prácticamente el 95% de su comercio internacional y
abastecimiento de combustible. La estabilidad de Etiopía es el pilar sobre el
que descansa el delicado equilibrio de la región; limita con Eritrea, Sudán,
Sudán del Sur, Kenia, Somalia y Yibuti. Cualquier fractura de sus fronteras
desencadena de inmediato un efecto dominó de refugiados, tráfico de armas e
inestabilidad en zonas vulnerables como el estrecho de Bab el-Mandeb y la
cuenca del mar Rojo.
Las
raíces del colapso: la quiebra de Pretoria
Para
comprender la magnitud de la crisis actual es necesario remontarse al estallido
de la guerra civil de 2020-2022. Durante casi tres décadas, entre 1991 y 2018,
el TPLF dominó con mano de hierro la coalición del Frente Democrático
Revolucionario del Pueblo Etíope que gobernó el país tras la caída de la
dictadura del Derg. A pesar de representar a una minoría étnica que apenas
conforma el 6% de la población nacional, la elite tigrayana concentró el poder
político, militar y económico de la federación. Esta hegemonía se quebró con la
llegada al poder de Abiy Ahmed en 2018, un político oromo que disolvió la
antigua coalición, fundó el Partido de la Prosperidad y comenzó un proceso de
recentralización y desplazamiento de los líderes tigrayanos.
Las
crecientes fricciones desembocaron en noviembre de 2020 en una devastadora
guerra civil que atrajo la intervención militar de la vecina Eritrea y de
milicias amharas del lado federal. Aquel conflicto dejó un saldo trágico
estimado en 600.000 muertos —principalmente a causa de la hambruna y el bloqueo
humanitario— y más de cinco millones de desplazados internos. En noviembre de
2022, el Acuerdo de Paz de Pretoria, auspiciado por la Unión Africana, puso fin
formalmente a las hostilidades, disponiendo el cese del fuego, el desarme
paulatino del TPLF y el restablecimiento de la autoridad federal.
Sin
embargo, el Acuerdo de Pretoria contenía gérmenes de su propia destrucción al
excluir de las mesas de negociación a dos actores clave: el Gobierno de Eritrea
y las fuerzas milicianas de la región de Amhara. Los territorios del oeste de
Tigray continuaron bajo ocupación militar amhara, el proceso de desarme quedó
incompleto y cerca de 750.000 desplazados tigrayanos se vieron imposibilitados
de retornar a sus hogares. El detonante final sobrevino en 2025 y 2026, cuando
el Gobierno federal intentó integrar a la fuerza a las unidades de seguridad
regionales dentro de la estructura militar nacional y desplegó sistemáticos
ataques con drones contra supuestos objetivos en Tigray. En mayo de 2026, la
facción dura del TPLF restauró a Debretsion Gebremichael como presidente
regional, rompiendo toda colaboración con la administración interina impuesta
desde la capital.
Radiografía
del frente rebelde y de las fuerzas federales
El
mapa del conflicto actual destaca por su notable complejidad ideológica y
territorial. La ofensiva de septiembre de 2026 fue precedida por el anuncio, el
20 de septiembre, de la formación de la Alianza de Fuerzas de los Pueblos
Etíopes por la Supervivencia, conocida popularmente como la "Alianza de
los 7 Ejércitos". Esta heterogénea coalición agrupa a organizaciones
insurgentes de seis regiones diferentes con el objetivo explícito de derrocar
al Ejecutivo de Abiy Ahmed e instaurar un gobierno de transición:
- Frente de Liberación
Popular de Tigray (TPLF): Encabezado por
Debretsion Gebremichael y con Amanuel Assefa como vicepresidente,
constituye el núcleo con mayor disciplina militar y experiencia táctica
del frente. Aporta las curtidas Fuerzas de Defensa de Tigray (TDF) y el
control operativo de la provincia septentrional. La formación ha declarado
que el pacto de Pretoria carece de validez tras la ruptura de compromisos
por parte de Adís Abeba.
- Movimiento Nacional
Amhara Fano: Dirigido por Zemene
Kassie —quien actúa como portavoz de la alianza—, agrupa a milicias
nacionalistas de la segunda región más poblada del país. Paradójicamente,
Fano luchó del lado del Gobierno federal contra Tigray en la guerra de
2020-2022. Sin embargo, se levantó en armas contra Abiy Ahmed en 2023
cuando el Ejecutivo buscó desarmar a las fuerzas regionales. Su ideología
combina la defensa radical de la identidad amhara y la reivindicación de
disputas territoriales.
- Ejército de Liberación
Oromo (OLA): Dirigido militarmente
por Jaal Marroo, sostiene desde 2018 una insurrección armada en Oromia, la
región con mayor superficie y población de Etiopía. Reclama la
autodeterminación del pueblo oromo y combate el modelo recentralizador de
Adís Abeba.
- Frente Revolucionario de
Unidad Democrática Afar (ARDUF / Ugugumo):
Liderado por Ibrahim Osman Aliyu, opera en la franja nororiental. Su
participación es fundamental para el avance insurgente hacia las
localidades fronterizas de Abala, Erebti y Berhale, con la meta implícita
de asfixiar las vías terrestres de suministro federal.
- Fuerzas suplementarias de
la Alianza: La coalición la completan el Frente
de Liberación Nacional de Ogadén (ONLF, de la región somalí), el
Movimiento de Liberación Popular de Benishangul y el Movimiento
Democrático Popular Gumuz. El único elemento articulador entre grupos tan
dispares es el rechazo frontal a la figura del primer ministro.
Frente
a la alianza insurrecta se erige el Gobierno federal y las Fuerzas de Defensa
Nacional de Etiopía (ENDF), comandadas por el jefe del Estado Mayor, el
mariscal de campo Birhanu Jula. El Gobierno de Adís Abeba mantiene el respaldo
de las autoridades locales de Afar, de unidades de la policía federal y de la
facción moderada del TPLF alineada con Getachew Reda. Aunque las Fuerzas
Armadas han sufrido reveses iniciales en tierra y la pérdida de plazas como
Sekota y Alamata —esta última recuperada parcialmente en contraofensivas
recientes—, la baza estratégica del Gobierno radica en su incontestable
superioridad aérea. El despliegue sistemático de aeronaves no tripuladas
(drones de combate de fabricación turca e iraní) le permite golpear la
infraestructura rebelde a gran distancia, habiendo alcanzado la sede de la
cadena regional Tigray TV en Mekelle y provocado cuantiosas bajas en los
avances enemigos.
El
ajedrez geopolítico: actores internacionales e intereses en juego
El
conflicto de Etiopía trasciende las fronteras nacionales para convertirse en un
tablero de ajedrez donde convergen los intereses de potencias regionales e
internacionales.
Eritrea
representa el factor más peligroso de internacionalización. Bajo el mando
autoritario del presidente Isaias Afwerki, Asmara fue el aliado indispensable
de Abiy Ahmed en la guerra de 2020-2022 contra su enemigo histórico, el TPLF.
Sin embargo, tras quedar marginado de la tregua de Pretoria y ver con alarma
las recientes pretensiones de Abiy Ahmed de obtener un puerto en el mar Rojo
—que Asmara interpreta como una amenaza directa a su soberanía sobre Assab o
Massawa—, las relaciones entre ambos Gobiernos se han roto por completo.
Funcionarios etíopes acusan a Eritrea de financiar y coordinar a la Alianza de
los 7 Ejércitos. Por su parte, la intervención directa de tropas eritreas con
artillería pesada en las zonas fronterizas de Afar busca aislar el corredor de
Yibuti para impedir el reabastecimiento de Adís Abeba.
En
el flanco occidental, Sudán y Egipto miran el deterioro etíope bajo la lente
del proyecto hidroeléctrico de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD). El
jefe del Estado Mayor etíope, Birhanu Jula, acusó abiertamente a El Cairo y
Jartum de suministrar pertrechos y soporte logístico a los insurgentes.
Mientras las Fuerzas Armadas sudanesas del general Abdel Fattah al-Burhan
mantienen lazos estrechos con Eritrea y Egipto, se reporta que combatientes
tigrayanos han utilizado suelo sudanés como retaguardia logística. La
posibilidad de que la guerra civil etíope y la sangrienta contienda interna
sudanesa terminen fusionándose mediante corredores militares transfronterizos
supone una amenaza sin precedentes para el noreste africano.
Por
otro lado, los Emiratos Árabes Unidos han emergido como el sostén financiero y
diplomático más firme del régimen de Abiy Ahmed, condenando las acciones del
TPLF y garantizando el flujo de recursos militares al Gobierno federal. En el
plano global, Estados Unidos, la Unión Europea y la Autoridad
Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) observan la situación con alarma,
urgiendo una desescalada inmediata para no comprometer la seguridad de las
rutas de navegación comercial en el mar Rojo. China, por su parte, siendo el
principal inversor en infraestructura y acreedor de Etiopía, prioriza la
preservación de la estabilidad del Estado central etíope y la seguridad de sus
activos en la región.
La
voz de los protagonistas y el clamor internacional
Las
posturas vertidas por los líderes del conflicto reflejan la imposibilidad de
encontrar, a corto plazo, un punto de encuentro diplomático. Desde el bando
insurgente, el vicepresidente de las autoridades del Tigray, Amanuel Assefa,
declaró con contundencia a los medios internacionales la gravedad de la
situación: "Hay combates por todas partes. Ahora nos encontramos en una
situación de guerra total". En una línea similar, el analista de la
Universidad de Oslo Kjetil Tronvoll explicó que la toma de aeropuertos y la
penetración en Afar "reflejan la estrategia de cortar las líneas de
suministro hacia Adís Abeba, buscando asfixiar la economía federal al
interrumpir el flujo de combustible e importaciones que llegan desde
Yibuti".
Desde
la cúpula gubernamental, la respuesta no ha dejado margen a la negociación.
Getachew Reda, actual consejero del primer ministro, criticó con dureza la
acción rebelde señalando que "la cúpula político-militar del TPLF ha
llevado la irresponsabilidad a nuevas alturas al lanzar una ofensiva total y
tomar aeropuertos federales". El jefe del Estado Mayor militar,
Birhanu Jula, reafirmó la tesis de la conspiración externa: "Estamos
combatiendo fuerzas que están organizadas y aliadas para servir a los intereses
de potencias externas. Ni Eritrea ni el TPLF pueden lograr nada por sí solos si
no cuentan con el respaldo, el apoyo y el suministro de Sudán, Egipto y otras
potencias".
Entretanto,
los organismos internacionales insisten en la vía del diálogo antes de que la
catástrofe sea irreversible. El portavoz de la Secretaría General de las
Naciones Unidas, Stéphane Dujarric, enfatizó la preocupación del organismo "por
el uso indiscriminado de drones y los ataques que causan daños devastadores
sobre la población civil". Asimismo, la investigadora de Human Rights
Watch, Laetitia Bader, advirtió sobre las dramáticas consecuencias humanas: "La
región ya afronta crisis devastadoras de derechos humanos y humanitarias. Vemos
que el riesgo para la población se extiende en un momento en que la atención
diplomática y el escrutinio sobre Etiopía han disminuido".
Un
futuro en la cuerda floja
Etiopía
se encuentra atrapada en una trampa histórica derivada de su propio diseño
constitucional. El federalismo étnico, concebido en los noventa para otorgar
representación a las diferentes nacionalidades del país, ha terminado por
institucionalizar las divisiones y armar a las identidades regionales. La
Alianza de los 7 Ejércitos ha logrado canalizar el descontento heterogéneo
contra el autoritarismo de Adís Abeba, pero adolece de fragilidades internas
extremas: las históricas disputas territoriales entre amharas y tigrayanos no
han desaparecido y amenazan con fracturar el frente insurgente en cuanto el
enemigo común retroceda.
Si
el Gobierno de Abiy Ahmed logra preservar el corredor logístico con Yibuti y
hacer valer su poderío aéreo, la ofensiva rebelde podría ser contenida como una
crisis de seguridad regional manejable. No obstante, si los frentes se
consolidan, el corte de suministros se concreta y las potencias vecinas escalan
su implicación, Etiopía corre el riesgo de precipitarse hacia la balcanización.
En un Cuerno de África desbordado por las crisis humanitarias y la violencia,
la caída de Etiopía representaría la pérdida del último ancla de estabilidad
regional, abriendo un capítulo de consecuencias impredecibles para todo el
continente africano.




