Los recientes respaldos expresados
por Benín, Ghana y Rumanía al Plan de Autonomía impulsado por Rabat reflejan
una evolución que trasciende el histórico diferendo sobre el Sáhara y sitúan al
Reino de Marruecos en el centro de una compleja red de alianzas políticas,
económicas y estratégicas que ha redefinido su posición tanto en África como en
el Mediterráneo.
Contenido:
Buenos
Aires - Durante décadas, el conflicto del Sáhara
constituyó uno de los asuntos más persistentes y complejos de la agenda
diplomática del norte de África. La controversia, enquistada desde mediados de
la década de 1970, parecía condenada a una prolongada inmovilidad en la que las
posiciones de los distintos actores apenas experimentaban variaciones
sustanciales. Sin embargo, la evolución del escenario internacional durante los
últimos años ha comenzado a modificar gradualmente ese panorama. Cada vez con
mayor frecuencia, distintos gobiernos anuncian públicamente su respaldo a la
propuesta de autonomía presentada por Marruecos en 2007 como base para una
solución política del diferendo, una dinámica que Rabat interpreta como la
confirmación de la creciente aceptación internacional de su iniciativa.
Los
pronunciamientos realizados recientemente por Benín, Ghana y Rumanía
constituyen algunos de los ejemplos más significativos de esta evolución.
Aunque cada uno responde a contextos políticos diferentes y a intereses
estratégicos específicos, en conjunto reflejan una tendencia que trasciende el
ámbito estrictamente regional y que evidencia el creciente peso diplomático
adquirido por Marruecos en un contexto internacional caracterizado por la
reconfiguración de alianzas, la competencia entre potencias y la renovada
importancia geopolítica de África.
Desde
la perspectiva de la diplomacia marroquí, estos apoyos no representan
acontecimientos aislados, sino la culminación de una estrategia exterior
desarrollada de forma sostenida durante casi dos décadas. Esa política ha
buscado combinar una intensa actividad diplomática con una creciente presencia
económica, financiera y empresarial en numerosos países africanos, árabes y
europeos, fortaleciendo simultáneamente las relaciones bilaterales con socios
tradicionales y abriendo nuevos espacios de cooperación.
En
ese proceso, la figura del rey Mohammed VI ocupa un lugar central. Diversos
observadores coinciden en señalar que la política exterior marroquí ha
experimentado, bajo su reinado, una profunda transformación tanto en sus
objetivos como en sus instrumentos. Frente a una diplomacia tradicional basada
casi exclusivamente en las relaciones políticas, Rabat ha impulsado un modelo
que combina cooperación económica, inversiones, financiación del desarrollo,
iniciativas religiosas, programas educativos, acuerdos comerciales y proyectos
de integración regional.
El
resultado ha sido la progresiva consolidación de una red de relaciones
internacionales mucho más amplia y diversificada que la existente a comienzos
del siglo XXI. Esa transformación constituye uno de los factores que permiten
comprender por qué numerosos países han comenzado a revisar sus posiciones
respecto del conflicto del Sáhara en paralelo al fortalecimiento de sus
vínculos políticos y económicos con Marruecos.
Los
acontecimientos registrados durante julio de 2026 ilustran con claridad esa
dinámica.
En
Ghana, el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, mantuvo una
intensa agenda diplomática que culminó con la celebración de la segunda sesión
de la Comisión Mixta de Cooperación entre ambos países. Durante esos
encuentros, el Gobierno ghanés expresó oficialmente que considera el Plan de
Autonomía como la única base realista y duradera para alcanzar una solución
mutuamente aceptable de la cuestión del Sáhara, reafirmando además su respaldo
al proceso impulsado en el marco de las Naciones Unidas.
El
alcance político de esta declaración resulta particularmente significativo si
se considera la evolución experimentada por Accra durante los últimos años.
Ghana había mantenido históricamente una posición distinta respecto del
conflicto y sus relaciones con el Frente Polisario formaban parte de una
tradición diplomática heredada del contexto ideológico de la Guerra Fría y del
fuerte impulso que entonces adquirieron los movimientos de liberación nacional
en África.
Sin
embargo, el profundo cambio registrado en la política exterior ghanesa refleja
transformaciones mucho más amplias que afectan al conjunto del continente. La
expansión del comercio intraafricano, la consolidación de nuevas
infraestructuras de transporte, la creciente importancia de las inversiones
privadas y la aparición de nuevas prioridades vinculadas al desarrollo
económico han desplazado progresivamente el eje de muchas políticas exteriores
africanas hacia una lógica más pragmática.
Ese
cambio puede apreciarse también en el contenido mismo de la cooperación
bilateral entre Marruecos y Ghana. Lejos de limitarse al plano político, ambas
delegaciones acordaron ampliar sus relaciones en sectores considerados
estratégicos para el crecimiento económico de los dos países: infraestructuras,
energías renovables, logística, minería, economía digital, agricultura, banca e
hidrocarburos. Asimismo, anunciaron la creación de un Foro Económico e Inversor
Marruecos-Ghana destinado a incrementar los intercambios comerciales y
facilitar nuevos proyectos empresariales.
La
cooperación agrícola constituye uno de los aspectos más relevantes de esta
nueva asociación. El grupo marroquí OCP, uno de los mayores productores
mundiales de fertilizantes fosfatados, desempeña un papel fundamental en
diversos programas destinados a incrementar la productividad agrícola africana.
En el caso de Ghana, las autoridades de ambos países consideran que la
utilización de fertilizantes adaptados a las características del cultivo del
cacao puede contribuir significativamente a mejorar los rendimientos de una
actividad esencial para la economía nacional.
Este
tipo de iniciativas explica, en buena medida, por qué la política africana de
Marruecos ha adquirido una dimensión muy distinta de la que poseía hace apenas
veinte años. Rabat ya no proyecta únicamente influencia mediante los canales
diplomáticos tradicionales, sino también a través de su línea aérea, empresas,
bancos, compañías aseguradoras, grupos industriales, universidades,
instituciones religiosas y organismos de cooperación que actúan de manera
coordinada en numerosos países del continente.
Una
evolución semejante puede observarse en Benín.
Durante
la séptima sesión de la Comisión Mixta de Cooperación celebrada en Cotonú, las
autoridades beninesas reafirmaron su apoyo a la integridad territorial
defendida por Marruecos y expresaron igualmente su respaldo al Plan de
Autonomía, al tiempo que manifestaron su voluntad de fortalecer las relaciones
bilaterales en prácticamente todos los ámbitos de cooperación.
Más
allá del contenido político de la declaración conjunta, resulta especialmente
revelador el énfasis colocado sobre los proyectos económicos. La decisión de
organizar una futura reunión de la comisión bilateral en Dajla y el anuncio de
una misión beninesa destinada a conocer sobre el terreno el desarrollo
económico de esa región reflejan hasta qué punto las relaciones económicas
comienzan a desempeñar un papel determinante en la evolución de las posiciones
diplomáticas africanas.
Esta
tendencia no constituye un fenómeno aislado. Durante los últimos años,
Marruecos ha intensificado considerablemente su presencia económica en África
occidental. Bancos marroquíes figuran entre los principales operadores
financieros de la región; empresas constructoras participan en grandes
proyectos de infraestructura; compañías de telecomunicaciones amplían
continuamente sus inversiones; mientras que el sector de los fertilizantes, la
producción de energía y los servicios logísticos han convertido al Reino en uno
de los principales inversores africanos dentro del propio continente.
La
política africana impulsada desde Rabat responde, además, a una concepción
estratégica de largo alcance. Desde su reincorporación a la Unión Africana en
2017, Marruecos ha desarrollado una intensa actividad diplomática orientada a
fortalecer la cooperación Sur-Sur, promover la integración económica regional y
consolidar alianzas estables con numerosos Estados africanos.
Lejos
de limitarse a las declaraciones políticas, esa estrategia se ha traducido en
inversiones multimillonarias, acuerdos de cooperación técnica, programas de
formación universitaria, iniciativas sanitarias y proyectos agrícolas que han
contribuido a reforzar la imagen de Marruecos como uno de los principales
motores económicos del continente.
En
paralelo, Rabat ha impulsado proyectos de enorme alcance geoestratégico, entre
ellos la Iniciativa Atlántica destinada a facilitar la salida al océano de los
países del Sahel sin litoral y el ambicioso gasoducto África Atlántica,
concebido para conectar Nigeria con Marruecos a lo largo de miles de kilómetros
de la costa occidental africana. Ambas iniciativas han sido presentadas por las
autoridades marroquíes como instrumentos destinados a favorecer la integración
regional y el desarrollo económico compartido, reforzando al mismo tiempo la
posición del Reino como plataforma logística entre África, Europa y el
Atlántico.
La
segunda parte desarrollará el significado del respaldo de Rumanía, la
transformación económica de Marruecos durante las últimas dos décadas, el papel
desempeñado por Mohammed VI en la proyección internacional del Reino y las
implicaciones geopolíticas de la creciente red de apoyos al Plan de Autonomía
en África, Europa y el Mediterráneo.
La
dimensión africana de esta estrategia explica solo una parte del fenómeno. La
otra se desarrolla en Europa, donde durante los últimos años varios gobiernos
han ido modificando gradualmente sus posiciones respecto del conflicto del
Sáhara. En ese contexto se inscribe la decisión adoptada por Rumanía, cuyo
respaldo al Plan de Autonomía ha sido interpretado tanto en Rabat como en
numerosas cancillerías europeas como un nuevo indicio de la evolución que
experimenta el debate diplomático en el continente.
El
Gobierno rumano comunicó oficialmente que considera la propuesta presentada por
Marruecos en 2007 como la opción "más práctica, viable y conforme a los
parámetros fijados por las Naciones Unidas" para alcanzar una solución
política al diferendo. La decisión fue transmitida mediante una comunicación
oficial entregada al ministro de Asuntos Exteriores marroquí, Nasser Bourita,
durante una reunión celebrada en Rabat con un enviado especial del presidente
rumano, reflejando así la voluntad de Bucarest de redefinir su posición sobre
una cuestión que durante décadas había permanecido prácticamente inalterada.
Desde
una perspectiva estrictamente geopolítica, la importancia de este respaldo no
reside únicamente en el peso específico de Rumanía dentro de la Unión Europea,
sino en el efecto acumulativo que producen decisiones semejantes cuando son
observadas en conjunto. Cada nuevo apoyo fortalece la percepción de que se está
consolidando una corriente diplomática cada vez más amplia, circunstancia que
inevitablemente modifica el contexto internacional dentro del cual se
desarrolla el proceso auspiciado por las Naciones Unidas.
Para
la diplomacia marroquí, este tipo de reconocimientos constituye el resultado de
una política exterior que ha privilegiado la continuidad por encima de las
iniciativas coyunturales. Lejos de limitarse a responder a acontecimientos
puntuales, Rabat ha desarrollado durante años una estrategia orientada a
construir relaciones de confianza mediante mecanismos permanentes de
cooperación económica, financiera y política. Esa constancia ha permitido que
numerosos países comiencen a considerar a Marruecos no únicamente como un
interlocutor regional, sino como un socio estratégico con capacidad para
contribuir a la estabilidad de espacios geográficos cada vez más amplios.
La
explicación de ese proceso remite inevitablemente a la profunda transformación
experimentada por el Reino durante el último cuarto de siglo.
Cuando
Mohammed VI accedió al trono en 1999, Marruecos enfrentaba importantes desafíos
estructurales. La economía dependía en gran medida de la agricultura, las
infraestructuras presentaban importantes carencias y la integración industrial
era todavía limitada. Desde entonces, el país ha impulsado una estrategia de
modernización que ha modificado sustancialmente su perfil económico y ha
incrementado notablemente su atractivo para la inversión extranjera.
Uno
de los ejemplos más visibles de esa transformación es el complejo portuario de
Tánger Med. Concebido inicialmente como un gran centro logístico destinado a
conectar Europa, África y América, el puerto ha terminado convirtiéndose en uno
de los principales nodos marítimos del Mediterráneo y del Atlántico. Su
extraordinaria capacidad de movimiento de mercancías ha favorecido el
establecimiento de importantes industrias manufactureras y ha consolidado a
Marruecos como una plataforma logística de primer orden para el comercio
internacional.
Alrededor
de ese puerto se ha desarrollado un potente ecosistema industrial que ha
permitido la instalación de fabricantes de automóviles, empresas aeronáuticas,
industrias electrónicas y compañías especializadas en componentes de alta
tecnología. En apenas dos décadas, el Reino ha pasado de desempeñar un papel
relativamente marginal en determinados sectores industriales a convertirse en
uno de los principales productores automovilísticos del continente africano y
en un proveedor integrado en las cadenas de valor europeas.
La
apuesta por las energías renovables constituye otro de los pilares de esta
transformación. Grandes proyectos solares y eólicos han situado a Marruecos
entre los países con mayores ambiciones en materia de transición energética. El
desarrollo de nuevas capacidades para la producción de hidrógeno verde y
combustibles sintéticos refuerza además las expectativas de que el Reino
desempeñe un papel creciente dentro del futuro mercado energético europeo.
Paralelamente,
el país ha mejorado de manera significativa sus infraestructuras ferroviarias,
aeroportuarias y viarias, fortaleciendo su posición como punto de conexión
entre África occidental, el Mediterráneo y el Atlántico. Esa combinación de
estabilidad política, modernización económica y localización geográfica
constituye uno de los principales activos de la estrategia internacional
marroquí.
En
numerosos análisis internacionales, esa evolución aparece estrechamente
vinculada al liderazgo ejercido por Mohammed VI. Diversos especialistas en
relaciones internacionales sostienen que la política exterior del Reino ha
dejado de concebirse únicamente como un instrumento destinado a gestionar las
relaciones diplomáticas tradicionales para transformarse en una herramienta
integral de proyección económica, financiera, religiosa y cultural.
La
denominada diplomacia económica ocupa un lugar central dentro de esa
estrategia. Las visitas oficiales del monarca a numerosos países africanos han
estado acompañadas habitualmente por importantes delegaciones empresariales y
por la firma de acuerdos de inversión, cooperación técnica y financiación de
proyectos de desarrollo. Esa forma de actuación ha permitido construir vínculos
de largo plazo que, en muchos casos, trascienden los cambios de gobierno y
generan intereses compartidos entre las distintas administraciones.
La
creciente presencia de bancos marroquíes en África occidental, la expansión de
las compañías aseguradoras, las inversiones en telecomunicaciones, la
cooperación agrícola y la actividad desarrollada por el grupo OCP ilustran esa
concepción amplia de la acción exterior, donde la diplomacia política y la
diplomacia económica aparecen estrechamente entrelazadas.
Al
mismo tiempo, Marruecos ha logrado consolidar un perfil singular como actor de
estabilidad en una región caracterizada por profundas tensiones. Mientras el
Sahel afronta una sucesión de golpes de Estado, el recrudecimiento de la
amenaza yihadista y una creciente competencia entre potencias externas, Rabat
ha proyectado una imagen de continuidad institucional y de previsibilidad que
resulta especialmente valorada por numerosos socios internacionales.
En
el Mediterráneo occidental, el Reino desempeña igualmente un papel cada vez más
relevante. Su cooperación con la Unión Europea en materia migratoria,
seguridad, lucha contra el terrorismo y control de redes criminales ha
reforzado la percepción de Marruecos como un interlocutor indispensable para la
estabilidad regional. A ello se añade su creciente importancia comercial,
industrial y energética, factores que han ampliado significativamente su peso
estratégico dentro de las prioridades europeas.
En
ese contexto más amplio deben interpretarse los recientes apoyos expresados por
Benín, Ghana y Rumanía. Más allá de su evidente significado diplomático,
reflejan una transformación de mayor alcance: la consolidación de Marruecos
como una potencia regional cuya influencia ya no se limita al Magreb, sino que
se extiende progresivamente hacia África occidental, el espacio atlántico y el
conjunto del Mediterráneo.
Ello
no significa que el diferendo sobre el Sáhara haya dejado de suscitar
posiciones diversas en la comunidad internacional. El proceso político
impulsado por las Naciones Unidas continúa abierto y diferentes Estados
mantienen enfoques distintos sobre el futuro del territorio. Sin embargo,
resulta igualmente evidente que la evolución del contexto diplomático de los
últimos años ha introducido nuevos elementos que modifican el equilibrio
existente durante décadas.
Desde
la óptica de Rabat, la ampliación constante del respaldo internacional al Plan
de Autonomía constituye la consecuencia natural de una política exterior basada
en la continuidad, el fortalecimiento de las relaciones bilaterales y la
creciente proyección económica del Reino. Para numerosos analistas, por su
parte, esos apoyos también reflejan una realidad geopolítica más amplia: el
ascenso de Marruecos como uno de los principales polos de estabilidad,
inversión y crecimiento del continente africano y como un actor cuya influencia
resulta cada vez más difícil de ignorar en la configuración del Mediterráneo
del siglo XXI.
La
sucesión de pronunciamientos favorables registrados en África y Europa durante
los últimos meses parece confirmar, en cualquier caso, que el debate
internacional en torno al Sáhara se desarrolla hoy en un escenario muy distinto
del existente hace apenas una década. La combinación de estabilidad política,
modernización económica, diplomacia activa y creciente capacidad de proyección
regional ha situado a Marruecos en una posición de influencia considerablemente
mayor que la que ocupaba a comienzos del siglo XXI, convirtiéndolo en un
protagonista ineludible de la nueva arquitectura geopolítica africana y
mediterránea.





