El respaldo simultáneo del Consejo de Cooperación del Golfo y de varios
países latinoamericanos a la iniciativa marroquí de autonomía confirma la
creciente densidad diplomática que Rabat ha construido en torno al Sáhara. Las
declaraciones formuladas en Naciones Unidas se producen además en un contexto
nuevo tras la resolución 2797 del Consejo de Seguridad, que estableció la
propuesta de autonomía de Marruecos como base de las negociaciones. Detrás de
esta dinámica se encuentra una estrategia sostenida durante años por el Rey
Mohammed VI, que ha convertido la cuestión del Sáhara en uno de los ejes de su
política exterior y ha tejido una red de alianzas que combina respaldo
político, cooperación económica, inversiones y presencia africana.
Contenido:
Buenos
Aires - La diplomacia marroquí ha obtenido en las últimas semanas una nueva
cosecha de respaldos internacionales para su propuesta de autonomía del Sáhara.
El escenario escogido no es casual: la Cuarta Comisión de la Asamblea General
de Naciones Unidas, tradicionalmente uno de los espacios donde las posiciones
sobre el contencioso sahariano se expresan con mayor nitidez, ha sido utilizada
por varios países para reiterar públicamente su posición.
El
2 de octubre, El Salvador, Chile y Ecuador defendieron ante Naciones Unidas,
con diferentes grados de intensidad, la iniciativa marroquí de autonomía. Ese
mismo escenario fue aprovechado por los seis Estados integrantes del Consejo de
Cooperación del Golfo (CCG), cuya declaración colectiva posee una particular
relevancia política por el peso económico, energético y estratégico de esas
monarquías. La representante de Baréin habló en nombre del conjunto del bloque
y reiteró su “posición constante de apoyo a la marroquinidad del Sáhara”
y a la iniciativa marroquí de autonomía.
El
movimiento adquiere mayor significado porque se produce cuando el proceso
diplomático auspiciado por Naciones Unidas atraviesa una etapa diferente de la
que caracterizó buena parte de las últimas décadas. La resolución 2797 del
Consejo de Seguridad, aprobada el 31 de octubre de 2025, pidió a las partes
participar en negociaciones tomando como base la propuesta marroquí de
autonomía y reconoció que una autonomía genuina podría constituir uno de los
resultados más viables, al tiempo que mantuvo como objetivo una solución
política definitiva y mutuamente aceptable que contemple la autodeterminación
de la población del Sáhara.
Conviene,
sin embargo, precisar el alcance jurídico de esa resolución. Naciones Unidas no
declaró la soberanía marroquí sobre el Sáhara ni convirtió formalmente la
propuesta de autonomía en la única alternativa jurídicamente posible. El texto
establece que la iniciativa marroquí sea una base de las conversaciones y
mantiene el principio de una solución mutuamente aceptable. Esa precisión es
importante porque el propio sistema de Naciones Unidas continúa siendo el marco
de negociación y porque las posiciones de Marruecos, Argelia y el Frente
Polisario siguen siendo divergentes.
Pero,
desde el punto de vista estrictamente diplomático, el cambio es significativo.
La propuesta que Rabat presentó en 2007 ha pasado de ser una iniciativa
defendida fundamentalmente por Marruecos y sus principales aliados a ocupar una
posición cada vez más central en el lenguaje utilizado por numerosos Estados
cuando se refieren al futuro del Sáhara.
El
peso político del Golfo
El
respaldo del CCG tiene una dimensión diferente a la de una declaración
bilateral. El Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo es una
organización regional creada el 25 de mayo de 1981 y está integrada por Arabia
Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán y Baréin. Su Carta establece
como objetivos la coordinación, integración e interconexión entre sus miembros
en materias políticas, económicas, financieras, comerciales, sociales,
culturales, científicas y administrativas. Su sede se encuentra en Riad.
No
se trata, por tanto, de una organización concebida exclusivamente para la
cooperación económica. Durante sus más de cuatro décadas de existencia, el CCG
se ha convertido en uno de los principales mecanismos de concertación política
y estratégica del mundo árabe. Su posición colectiva sobre una cuestión
territorial que Marruecos considera esencial posee, por ello, un considerable
valor diplomático.
La
relación entre Rabat y las monarquías del Golfo tampoco nació con las recientes
declaraciones. Constituye uno de los resultados más visibles de la política
exterior desarrollada por Mohammed VI desde su llegada al trono. El vínculo
alcanzó un momento decisivo con la cumbre Marruecos-CCG celebrada en Riad en
abril de 2016. En aquella ocasión, el Rey Mohammed VI y los dirigentes de los
seis Estados del Golfo reafirmaron la profundidad de sus relaciones y la
necesidad de transformar los vínculos históricos en una asociación estratégica
institucionalizada. El comunicado final subrayó además la defensa conjunta de
la soberanía, la integridad territorial y la estabilidad de los Estados.
Cinco
años antes, en 2011, Marruecos había planteado incluso su adhesión al Consejo.
La iniciativa no desembocó en una incorporación formal, pero sí favoreció la
creación de una asociación estratégica particularmente estrecha. El vínculo se
ha desarrollado desde entonces a través de cumbres, reuniones ministeriales,
acuerdos económicos, cooperación en seguridad y una creciente convergencia
política.
La
cuestión del Sáhara ocupa un lugar central en esa arquitectura. Los Estados del
Golfo han respaldado durante años la posición marroquí y algunos han dado a ese
apoyo una dimensión física mediante la apertura de consulados en las provincias
del Sur. Emiratos Árabes Unidos abrió un consulado general en El Aaiún y Baréin
hizo lo propio en la ciudad de Dajla. El apoyo diplomático se ha acompañado
además de inversiones y proyectos económicos.
La
asociación tiene, asimismo, una dimensión africana. Marruecos se presenta ante
las monarquías del Golfo como una plataforma privilegiada de acceso al África
atlántica y subsahariana. Los recursos financieros de los fondos soberanos y
empresas del Golfo encuentran en Marruecos infraestructuras portuarias,
conectividad, estabilidad institucional y acceso a mercados africanos. Rabat, a
su vez, aporta su experiencia diplomática y empresarial en África y una
posición geográfica que conecta Europa, el Mediterráneo y el Atlántico.
La
declaración colectiva de octubre debe leerse, por tanto, dentro de una relación
mucho más profunda que una coincidencia circunstancial sobre el Sáhara. El CCG
expresó su apoyo al proceso auspiciado por Naciones Unidas y a una solución que
respete, en los términos de su declaración, la soberanía y la integridad
territorial de Marruecos. La posición coincide con una relación estratégica en
la que seguridad, inversiones, energía, comercio y cooperación africana se
entrelazan.
Chile
cambia el lenguaje diplomático
En
América Latina, el caso de Chile presenta una importancia particular porque el
comunicado bilateral firmado en Nueva York el 21 de septiembre supuso un paso
de especial intensidad. Santiago afirmó que apoya la soberanía de Marruecos
sobre la totalidad de su territorio, “incluida la región del Sahara
Occidental”, y calificó la propuesta de autonomía presentada en 2007 como
una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable.
La
declaración no quedó restringida al plano retórico. Chile manifestó su
intención de traducir ese apoyo en el ámbito bilateral y promover oportunidades
de cooperación económica y comercial en la región del Sáhara marroquí. Al mismo
tiempo, ambos países suscribieron los términos de referencia para avanzar en la
negociación de un acuerdo de libre comercio.
La
simultaneidad entre la definición diplomática y la profundización económica
resulta especialmente significativa. La política exterior contemporánea de
Marruecos ha procurado que el respaldo al Sáhara no permanezca limitado a
declaraciones políticas, sino que se traduzca progresivamente en relaciones
comerciales, inversiones, proyectos de infraestructura y presencia
institucional.
Chile
constituye en este sentido un ejemplo de esa estrategia. Rabat busca que el
reconocimiento de su posición vaya acompañado de una creciente interdependencia
económica. Santiago, por su parte, encuentra en Marruecos una puerta hacia
mercados africanos y una plataforma para ampliar su presencia en el continente.
El
Salvador y Ecuador
La
posición salvadoreña es menos explícita que la chilena en materia de soberanía,
pero no por ello carece de importancia. Su representante ante la Cuarta
Comisión respaldó los esfuerzos marroquíes para alcanzar una solución “política,
realista, pragmática y duradera” y consideró la iniciativa de autonomía
como un elemento fundamental de ese proceso. También apoyó los esfuerzos del
Enviado Personal del secretario general de Naciones Unidas para impulsar las
negociaciones.
No
se trata de una ruptura súbita con la posición anterior de El Salvador. Ya en
debates de Naciones Unidas, El Salvador había expresado su apoyo a los
esfuerzos de Marruecos para alcanzar una solución realista, pragmática y
duradera y había considerado la iniciativa de autonomía una pieza fundamental
del proceso.
Ecuador,
en cambio, empleó un lenguaje particularmente contundente en octubre. Su
representante afirmó que, de conformidad con la resolución 2797, Ecuador apoya
la propuesta marroquí de autonomía y la considera “la única propuesta seria,
creíble y realista” para avanzar hacia una solución duradera. Quito también
pidió a las partes negociar de buena fe y sin condiciones previas bajo los
auspicios de Naciones Unidas.
El
acercamiento ecuatoriano se inserta además en una relación bilateral que está
adquiriendo contenido económico y de cooperación. En septiembre, Marruecos
participó como país invitado de honor en la Feria de Cooperación Internacional
organizada en Ibarra, una señal de la voluntad de ambos Gobiernos de ampliar
los vínculos más allá de la cuestión sahariana.
La
arquitectura diplomática de Mohammed VI
La
sucesión de respaldos permite observar una característica fundamental de la
política exterior marroquí: la defensa del Sáhara no constituye una política
aislada, sino el núcleo de una estrategia internacional de largo plazo
impulsada por Mohammed VI.
Desde
África occidental hasta el Golfo, pasando por Europa, América Latina y Estados
Unidos, Rabat ha procurado construir relaciones que combinen diplomacia
política, cooperación económica, inversiones, seguridad, religión,
infraestructura y proyectos continentales. La cuestión del Sáhara aparece
integrada dentro de esa red y no como un expediente separado.
La
estrategia posee una lógica particularmente visible en África. El retorno de
Marruecos a la Unión Africana, la intensificación de sus vínculos con Estados
subsaharianos, la apertura de consulados en las provincias del Sur y la
iniciativa atlántica destinada a facilitar a los países del Sahel sin litoral
el acceso al océano han creado un entramado en el que la diplomacia y la
geoeconomía se refuerzan mutuamente. El proyecto del puerto de Dajla Atlántico
forma parte de esa visión de conexión entre el Sáhara, el África occidental y
los mercados internacionales.
En
este contexto, los respaldos del Golfo y de América Latina tienen un efecto
acumulativo. No significan por sí mismos el cierre del contencioso, que
continúa sujeto al proceso político de Naciones Unidas y a posiciones
contrapuestas. Pero sí modifican progresivamente el entorno diplomático en el
que se desarrolla la negociación.
El
dato más importante quizá no sea el número exacto de Estados que apoyan la
propuesta marroquí, sino la diversidad geográfica de esos apoyos. Que una misma
iniciativa encuentre respaldo entre las monarquías del Golfo, países africanos,
Estados latinoamericanos, potencias occidentales y otros actores
internacionales demuestra que Rabat ha conseguido convertir la cuestión del
Sáhara en una prioridad de su diplomacia global.
La
próxima etapa dependerá de la capacidad de las partes para transformar ese
nuevo contexto diplomático en negociaciones sustantivas. Naciones Unidas
continúa siendo el escenario institucional central y el principio de una
solución mutuamente aceptable permanece formalmente vigente. Pero el punto de
partida ya no es el mismo que hace dos décadas.
La
gran apuesta de Mohammed VI ha consistido precisamente en modificar ese punto
de partida mediante una paciente acumulación de relaciones políticas,
económicas y estratégicas. El respaldo conjunto del CCG, El Salvador, Chile y
Ecuador constituye una nueva expresión de esa política. Más que una sucesión de
declaraciones aisladas, revela la existencia de una red diplomática que Rabat
ha construido durante años y que ahora comienza a proyectar sus efectos con
particular claridad en los foros internacionales.
El
Sáhara sigue siendo un conflicto abierto. Lo que ha cambiado sustancialmente es
el contexto diplomático en el que se discute su futuro.




