Ursula von der Leyen propone a Mark
Carney un estatus inédito, sin precedente en los tratados, para convertir la
relación comercial en una alianza estratégica de defensa, minerales, tecnología
y Ártico, en plena ruptura con Washington.
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Buenos
Aires - En el hemiciclo de Estrasburgo, ante un Parlamento Europeo que se puso
en pie, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se dirigió
el miércoles de forma directa al primer ministro canadiense, Mark Carney,
sentado entre los invitados de honor. “Me gustaría trabajar con usted para
abrir la puerta a que Canadá sea el primer miembro asociado de la Unión
Europea”, dijo. El gesto, acompañado de un abrazo, condensaba meses de
acercamiento acelerado y una lectura común del momento: ambos consideran que el
orden internacional basado en reglas se ha fracturado y que las democracias
deben elegir con quién construyen su futuro.
La
categoría de “miembro asociado” no figura en los tratados. El artículo
49 del Tratado de la Unión Europea reserva la adhesión plena a Estados europeos
que respeten los valores del bloque. Canadá, por geografía, queda fuera de ese
procedimiento. La propuesta de Von der Leyen no pretende, por tanto, convertir
a Ottawa en el vigésimo octavo Estado miembro, sino inventar un estatus
intermedio que eleve la relación “al nivel más alto posible” y dé forma
a lo que la propia presidenta denominó una Alianza para el Futuro. El anuncio
sorprendió a varias capitales, que no habían sido consultadas con detalle, y el
propio Gobierno canadiense se apresuró a bajar expectativas: “Todavía no
estamos ahí”, resumió Jonathan Wilkinson, embajador de Canadá ante la UE.
Una
relación ya densa, pero todavía incompleta
Las
relaciones entre Canadá y la Unión Europea se remontan a 1976, cuando la
entonces Comunidad Económica Europea firmó con Ottawa el primer acuerdo marco
de cooperación económica con un país industrializado no europeo. Desde entonces
se han sucedido declaraciones políticas, cumbres periódicas y, sobre todo, el
Acuerdo Integral de Economía y Comercio (CETA), aplicado de forma provisional
desde septiembre de 2017. Ese pacto eliminó la práctica totalidad de los
aranceles y ha impulsado un crecimiento notable del intercambio. En 2025, el
comercio bilateral de bienes y servicios superó los 130.000 millones de euros,
un incremento de más del 80% respecto a 2016. El comercio de mercancías alcanzó
cerca de 82.000 millones y el de servicios, unos 49.000. La Unión es el segundo
socio comercial de Canadá —lejos, eso sí, de Estados Unidos— y Canadá ocupa el
duodécimo lugar entre los socios de la UE. Bruselas mantiene un superávit de
mercancías de alrededor de 16.000 millones.
El
CETA, sin embargo, sigue sin estar plenamente ratificado: diez Estados
miembros, entre ellos Francia e Italia, no han completado el proceso por
reservas agrícolas y de inversión. Carney ha pedido públicamente que lo hagan.
Paralelamente, Ottawa negocia su incorporación a programas como Horizonte
Europa y Erasmus+, y el reconocimiento mutuo de cualificaciones profesionales.
En defensa, el avance ha sido más rápido. En junio de 2025 ambas partes
firmaron una Asociación de Seguridad y Defensa. Meses después, Canadá se
convirtió en el primer país no europeo admitido en el instrumento SAFE, el
mecanismo de 150.000 millones de euros destinado a compras conjuntas y refuerzo
de la base industrial de defensa. Ottawa obtuvo una excepción que le permite
aportar hasta el 80% del valor de ciertos sistemas, a cambio de una
contribución financiera. La industria canadiense, incluido el contrato
millonario de submarinos U212-CD adjudicados al astillero alemán TKMS, se
beneficia ya de esa aproximación.
Qué
ganaría cada parte si la oferta se concreta
Para
Canadá, la ganancia inmediata es estratégica más que jurídica. Estados Unidos
absorbió en 2025 cerca del 72% de sus exportaciones de mercancías. La guerra
arancelaria abierta por Donald Trump, las insinuaciones sobre una hipotética
anexión y gestos simbólicos como el decreto que rebautizó el lago Ontario han
empujado a Ottawa a diversificar. Una Alianza para el Futuro ofrecería acceso
privilegiado a un mercado de 450 millones de consumidores, cadenas de
suministro de minerales críticos, energía —incluido el GNL destinado a
Alemania—, baterías, inteligencia artificial y computación cuántica. También
permitiría a las empresas canadienses participar de forma más intensa en la
reindustrialización europea de la defensa. El primer ministro ha prometido duplicar
el comercio no estadounidense en una década.
La
Unión Europea, por su lado, busca un socio fiable en materias primas,
tecnología y Ártico, región que Von der Leyen quiere convertir en “proyecto
insignia conjunto”. Canadá aporta recursos naturales, una industria
avanzada y un ancla atlántica que no depende de Washington. En un momento en
que Bruselas intenta reducir su dependencia de China en minerales y de Rusia en
energía, Ottawa aparece como complemento natural. La integración de bases
industriales de defensa permitiría a Europa ampliar escala de producción sin
esperar a una adhesión formal de Ucrania u otros candidatos. El mensaje
político es igualmente importante: las democracias, dijo Von der Leyen, “tienen
la libertad de elegir con quién trabajar”.
El
mecanismo para concretar esa adhesión asociada no existe. Requeriría un acuerdo
mixto, probablemente un tratado específico que debería ser ratificado por los
27 Estados miembros y, en algunos casos, por parlamentos nacionales. Tendría
que definir con precisión derechos de participación en programas, acceso al
mercado interior, movilidad de personas, contribución presupuestaria y, sobre
todo, si Canadá tendría voz —aunque no voto— en el Consejo, la Comisión o el
Parlamento. El precedente más cercano es el planteado por el canciller alemán
Friedrich Merz para Ucrania: asistencia a cumbres, un representante en la
Comisión y acceso gradual a fondos, sin derecho de voto. Ese modelo recibió una
acogida fría en Kiev, que aspira a la adhesión plena. Aplicarlo a un país que
no está en guerra y que no es europeo exigiría una ingeniería jurídica inédita
y un consenso político que hoy no está garantizado. Manon Aubry, eurodiputada
de La Izquierda, preguntó en el hemiciclo quién había otorgado a Von der Leyen
el mandato democrático para tal oferta.
La
motivación real y el efecto sobre Estados Unidos
La
motivación no es solo comercial. Tanto Bruselas como Ottawa perciben un entorno
“abiertamente hostil”, en palabras de Von der Leyen. La competencia
china, la guerra en Ucrania, la presión sobre el Ártico y la imprevisibilidad
de la Administración Trump han coincidido. Canadá busca autonomía estratégica;
Europa, socios que compartan su visión del multilateralismo, el Estado de
derecho y la transición ecológica. Tobias Cremer, eurodiputado alemán impulsor
de una resolución de mayor cooperación con Ottawa, lo resumió: no se trata solo
de valores e historia, sino de “intereses comunes y una visión estratégica”.
Valerie Hayer, líder de Renew, reclamó una respuesta conjunta a los aranceles y
a la “coerción comercial”.
El
impacto sobre Estados Unidos sería, sobre todo, político y simbólico.
Washington seguiría siendo, con diferencia, el primer socio comercial y de
seguridad de Canadá. Una membresía asociada no rompería el NORAD ni la
integración estadounidense de las cadenas de valor. Pero sí enviaría a la Casa
Blanca el recado de que Ottawa y Bruselas están dispuestos a construir un
espacio de prosperidad y seguridad económica que no pasa necesariamente por el
aliado tradicional. Von der Leyen insistió en que la alianza “no está contra
nadie”. En la práctica, reduce el margen de presión arancelaria unilateral
y refuerza la capacidad de ambos para negociar con Pekín y con Moscú desde una
posición menos aislada.
En
el ámbito de la defensa occidental, el efecto sería acumulativo más que
revolucionario. Canadá ya es miembro de la OTAN y ha incrementado sus
compromisos. La integración industrial con Europa —compras conjuntas,
estándares, proyectos árticos— podría complementar, no sustituir, la
arquitectura atlántica. Algunos analistas del Atlantic Council advierten, no
obstante, que la falta de detalle sobre el estatus asociado genera confusión y
que la UE ha resistido históricamente las alianzas flexibles precisamente para
no diluir el acervo. La cumbre de Montreal, prevista para finales de octubre,
será la primera prueba de si el anuncio se traduce en hojas de ruta o se queda
en una declaración de intenciones.
La
opinión pública y el horizonte político
Una
encuesta de Abacus Data publicada antes del discurso mostraba que el 49% de los
canadienses apoyaba o estaba dispuesto a explorar una membresía en la UE,
frente a un 30% de oposición. El dato refleja el malestar con Washington más
que un deseo de adoptar el acervo comunitario. En Europa, la recepción ha sido
desigual: ovación en el Parlamento, escepticismo en varias cancillerías y
críticas de quienes temen que se abra una vía de adhesión a la carta que luego
reclamen otros socios. La población europea, habituada a debates sobre
ampliación hacia los Balcanes o Ucrania, apenas ha comenzado a discutir qué
significaría un vínculo institucional con un país al otro lado del Atlántico.
Carney
intervendrá este jueves ante los eurodiputados. Von der Leyen ha dejado claro
que comparte océano, valores y una forma de ver el mundo. Lo que queda por
construir —el contenido jurídico de esa membresía asociada, el equilibrio entre
soberanía canadiense y normas europeas, la reacción de Washington y el
consentimiento de los Veintisiete— definirá si el miércoles de Estrasburgo fue
un punto de inflexión o un gesto elocuente en un año político ya cargado de
incertidumbre.




