El respaldo de Mohammed VI a Riad tras la nueva ofensiva de
los hutíes trasciende la solidaridad diplomática: reafirma una relación
construida sobre vínculos dinásticos, religiosos, estratégicos y económicos y
sitúa a Marruecos junto a Arabia Saudí ante una amenaza
que ya afecta a la seguridad del Golfo, al mar Rojo y al comercio mundial.
Contenido:
Buenos
Aires - En un Oriente Medio sometido a una nueva y peligrosa mutación del
equilibrio estratégico, el Reino de Marruecos ha hecho pública una declaración
cuya trascendencia excede el lenguaje habitual de la diplomacia. El 26 de
septiembre, el rey Mohammed VI dirigió sendos mensajes al rey Salman bin
Abdulaziz Al Saud, Servidor de los dos Lugares Santos del Islam, y al príncipe
heredero Mohammed bin Salman, presidente del Consejo de Ministros, para
expresar la solidaridad de Marruecos con Arabia Saudí ante la sucesión de
ataques perpetrados por las milicias hutíes.
El
contenido de esos mensajes posee una densidad política singular. El monarca
marroquí no se limitó a expresar preocupación por los ataques ni a reafirmar su
respaldo a la soberanía saudí. Estableció una identificación estratégica entre
la seguridad de ambos reinos. “La seguridad y la estabilidad del Reino de
Arabia Saudí, al igual que la seguridad del resto de los países del Consejo de
Cooperación del Golfo, es inseparable de la seguridad del Reino de Marruecos»,
afirmó Mohammed VI. Y añadió una frase destinada a convertirse en el eje
político de la declaración: «toda agresión contra Arabia Saudí es una agresión
contra Marruecos”.
La
contundencia de la fórmula sólo puede comprenderse a la luz de la relación que
desde hace décadas vincula a las dos monarquías. Marruecos y Arabia Saudí
constituyen dos centros históricos de legitimidad dentro del mundo árabe e
islámico, aunque sus respectivas tradiciones políticas y religiosas sean
diferentes. El vínculo entre las casas reales Alauita y Al Saud ha adquirido,
bajo Mohammed VI y Salman bin Abdulaziz, una dimensión particularmente
estrecha, sustentada en una concepción compartida de la estabilidad regional,
la soberanía estatal y la cooperación frente a las amenazas procedentes de
actores armados no estatales.
La
propia diplomacia marroquí ha definido reiteradamente esos vínculos como
fraternales, históricos y estratégicos. En 2025, durante la decimocuarta sesión
de la Comisión Mixta Marruecos-Arabia Saudí, celebrada en La Meca, ambos
Gobiernos volvieron a subrayar la profundidad de esa relación y su voluntad de
ampliarla hacia nuevos ámbitos. La cooperación ya no se limita a la esfera
política: alcanza las finanzas, las inversiones, la defensa, la lucha contra el
terrorismo, el comercio, las infraestructuras, el turismo, la agricultura y las
energías renovables.
El
carácter estratégico de esa asociación tampoco es nuevo. Marruecos participó en
el marco de la coalición encabezada por Arabia Saudí en Yemen desde 2015, en
apoyo del Gobierno internacionalmente reconocido. Una década después, la
cooperación militar continúa profundizándose. En marzo de 2025, el inspector
general de las Fuerzas Armadas Reales marroquíes visitó Arabia Saudí y mantuvo
conversaciones con el jefe del Estado Mayor saudí sobre cooperación militar y
seguridad regional. Aquella visita puso de manifiesto que la relación entre
ambos aparatos de defensa se encuentra institucionalizada y no depende
exclusivamente de coyunturas políticas.
También
la dimensión económica ha experimentado una expansión considerable. En febrero
de 2025, Marruecos y Arabia Saudí suscribieron un memorando de entendimiento en
materia de cooperación financiera destinado a fortalecer la coordinación
macroeconómica y la cooperación ante organismos internacionales. En octubre del
mismo año, una delegación encabezada por el ministro saudí de Inversiones
visitó Rabat para impulsar proyectos en energías renovables, industria,
turismo, agricultura, transporte e infraestructuras. El vínculo político
dispone, por tanto, de una creciente arquitectura económica.
Es
sobre ese entramado de intereses convergentes donde debe interpretarse el
actual mensaje de Mohammed VI. El monarca no está simplemente defendiendo a un
aliado árabe. Está afirmando que la estabilidad del Golfo forma parte del
sistema de seguridad estratégico de Marruecos y que las amenazas contra Arabia
Saudí poseen una dimensión que alcanza al conjunto del mundo árabe e islámico.
Una
guerra que nació en Yemen y amenaza con desbordar sus fronteras
El
conflicto con los hutíes tiene sus raíces en la compleja historia política,
tribal y religiosa del Yemen. Los hutíes, conocidos oficialmente como Ansar
Allah, surgieron en la década de los
noventa en el norte del país como un movimiento de revitalización religiosa
asociado al zaydismo, una corriente del islam chií históricamente arraigada en
Yemen. El movimiento se militarizó progresivamente y protagonizó desde 2004
varios enfrentamientos con el Gobierno de Saná.
La
transformación decisiva se produjo en 2014, cuando los hutíes conquistaron la
ciudad capital, Saná, y desplazaron al Gobierno reconocido internacionalmente.
La posterior intervención militar saudí, iniciada en 2015, convirtió la guerra
civil yemení en uno de los principales escenarios de la rivalidad regional
entre Arabia Saudí e Irán.
Pero
reducir a los hutíes a una simple organización subordinada a Teherán sería
insuficiente. El movimiento posee raíces y objetivos propios, una estructura
política y militar autónoma y una fuerte implantación territorial. Su relación
con Irán, sin embargo, se ha profundizado de manera extraordinaria. Teherán les
ha proporcionado asistencia militar, tecnología, entrenamiento, inteligencia y
componentes para misiles y drones. Investigaciones de Naciones Unidas y
análisis especializados han documentado redes de transferencia de armamento
iraní hacia Yemen.
Esa
combinación de autonomía local y apoyo exterior ha convertido a Ansar Allah en
uno de los actores armados no estatales con mayor capacidad de proyección
militar de Oriente Medio. Su arsenal de misiles balísticos y de crucero, drones
y sistemas no tripulados le permite atacar objetivos situados a cientos de
kilómetros de sus posiciones y proyectar su influencia desde Yemen hacia Arabia
Saudí, Israel y las rutas marítimas del mar Rojo.
La
dimensión marítima constituye ahora uno de los aspectos más inquietantes de la
crisis. Yemen ocupa una posición geográfica excepcional: domina la costa
oriental del mar Rojo y se encuentra junto al estrecho de Bab el Mandeb, una de
las principales puertas de comunicación entre el océano Índico y el
Mediterráneo a través del canal de Suez.
El
avance hutí hacia esa zona convierte una guerra civil en un problema de
seguridad internacional. El secretario general adjunto de Naciones Unidas para
Oriente Medio advirtió en septiembre sobre el avance de los hutíes hacia Bab el
Mandeb y señaló que, aunque el tráfico comercial continuaba, la evolución
militar estaba incrementando la preocupación de los mercados. La amenaza no
procede únicamente de un eventual cierre formal del estrecho: basta con que los
buques perciban que atravesarlo implica un riesgo elevado para alterar las
rutas, elevar los costes de los seguros y prolongar los tiempos de transporte.
La
experiencia reciente ya ha demostrado esa capacidad de perturbación. Los
ataques hutíes contra buques comerciales en el mar Rojo obligaron a numerosos
operadores a modificar sus itinerarios y a utilizar rutas más largas alrededor
del continente africano. La Unión Europea mantiene además la misión naval
Aspides para proteger la navegación comercial frente a esta amenaza.
Riad,
bajo presión
Para
Arabia Saudí, la cuestión posee una dimensión todavía más inmediata. Los hutíes
no representan solamente una amenaza marítima distante. Su capacidad
misilística y de drones les permite golpear ciudades, instalaciones
energéticas, aeropuertos e infraestructuras estratégicas saudíes.
Durante
septiembre se multiplicaron los ataques y las interceptaciones de proyectiles.
Los hutíes reivindicaron ataques contra Riad y contra instalaciones vinculadas
con Aramco en Yanbu, mientras las autoridades saudíes informaron de la
interceptación de misiles y drones. También se registraron episodios
relacionados con instalaciones energéticas y con el entorno de La Meca.
Es
precisamente este último aspecto el que confiere al mensaje de Mohammed VI una
dimensión religiosa extraordinaria. Para el monarca marroquí, como Comendador
de los Creyentes, el problema dejó de ser exclusivamente una agresión contra la
soberanía territorial saudí cuando los ataques alcanzaron —o intentaron
alcanzar— el espacio de las ciudades santas.
“Lo
que amplifica los sentimientos de condena es el hecho de que estos ataques
hayan superado el objetivo de las instalaciones y de los civiles, para llegar
hasta intentos desesperados, abyectos y odiosos dirigidos contra los Lugares
más sagrados de la Tierra y los más santos en el corazón de todo musulmán: La
Meca y Medina”, señala el comunicado real.
El
razonamiento continúa con una afirmación de gran alcance político: esos ataques
“no constituyen solamente una agresión contra el hermano Reino de Arabia
Saudí” sino también “una agresión flagrante contra los sentimientos de más
de mil ochocientos millones de musulmanes en los cuatro rincones del mundo”.
La
elección de las palabras no es accidental. Mohammed VI es, además de jefe de
Estado, descendiente de la familia del profeta Mahoma y monarca de una dinastía
con una legitimidad histórica y
religiosa particularmente profunda. Arabia Saudí, por su parte, alberga La Meca
y Medina y su rey ostenta el título de Servidor de los Dos Lugares Santos. La
solidaridad expresada desde Rabat adquiere así una dimensión que trasciende la
diplomacia convencional.
La
dimensión religiosa del mensaje
El
comunicado sitúa deliberadamente la defensa de Arabia Saudí en el marco de la
protección de los valores islámicos. Mohammed VI recuerda que el islam “preconiza
la paz, la tolerancia y el carácter sagrado de la sangre, del honor y de las
sacralidades”.
No
se trata únicamente de una apelación religiosa. Es también una construcción
política destinada a presentar la defensa de Arabia Saudí como una cuestión de
soberanía, derecho internacional y estabilidad colectiva.
El
monarca responsabiliza directamente a los hutíes y a “quienes las apoyan,
las financian y las arman”, afirmando que todos ellos deben responder “ante
Dios, la historia y el derecho internacional”. Asimismo, reclama la
aplicación de sanciones internacionales.
Mohammed
VI invoca expresamente las resoluciones 2216, adoptada por el Consejo de
Seguridad en 2015, y 2722, aprobada en 2024, relativa a los ataques contra la
navegación comercial en el mar Rojo. Con ello, Rabat procura situar su posición
dentro del lenguaje jurídico de Naciones Unidas y no exclusivamente en el
terreno de la solidaridad árabe.
La
misma lógica había sido defendida pocos días antes por el ministro marroquí de
Exteriores, Nasser Bourita, durante una reunión del Consejo de Seguridad bajo
fórmula Arria. Bourita calificó de cobardes los ataques hutíes, expresó la “solidaridad
absoluta” de Marruecos con Arabia Saudí y advirtió de que el intento de
controlar Bab el Mandeb demuestra que la seguridad de los estrechos
internacionales ya no puede ser considerada exclusivamente una cuestión de los
Estados ribereños.
El
alcance estratégico de una declaración
La
frase según la cual una agresión contra Arabia Saudí constituye una agresión
contra Marruecos posee, por tanto, un significado que excede su dimensión
retórica. Representa la reafirmación de una comunidad estratégica entre dos
monarquías que han desarrollado durante décadas mecanismos de cooperación
política, económica, militar y de inteligencia.
Para
Riad, el respaldo de Rabat adquiere además un valor político específico.
Marruecos posee una posición singular en el mundo árabe, africano e islámico.
Su diplomacia mantiene vínculos simultáneos con Europa, África, Estados Unidos,
los países del Golfo y diversas potencias asiáticas. Mohammed VI ha construido
durante las últimas décadas una política exterior basada en la diversificación
de alianzas y en la búsqueda de asociaciones que permitan a Marruecos actuar
como interlocutor entre espacios geopolíticos diferentes.
Por
ello, la declaración real no debe interpretarse exclusivamente como una
respuesta bilateral. Se inserta en una progresiva formación de posiciones
regionales destinadas a contener la expansión de las amenazas procedentes del
Yemen. Turquía, Egipto, Pakistán y Arabia Saudí ya habían afirmado
conjuntamente el derecho de Riad a defenderse conforme al derecho internacional
y habían subrayado la necesidad de garantizar la seguridad de la navegación.
La
Liga Árabe también condenó la escalada y afirmó que la seguridad del reino
forma parte de la seguridad nacional árabe. Marruecos, sin embargo, ha añadido
a esa condena una formulación particularmente contundente: la seguridad del
Golfo es inseparable de su propia seguridad.
El
verdadero alcance de la crisis se encuentra precisamente ahí. El conflicto
yemení ha dejado de ser una guerra circunscrita a las montañas y ciudades de
Yemen. Los misiles que amenazan a Riad, los drones que ponen en riesgo
instalaciones energéticas y los ataques contra buques comerciales convierten a
Bab el Mandeb en una pieza de la seguridad energética y comercial del planeta.
En
ese escenario, la alianza entre Rabat y Riad adquiere una dimensión renovada.
Marruecos no dispone de una frontera con Yemen, pero sí comparte con Arabia
Saudí una concepción de la seguridad regional basada en la defensa de la
soberanía estatal, la estabilidad de las monarquías árabes y la protección de
las grandes rutas de comunicación marítima.
El
mensaje de Mohammed VI es, por ello, simultáneamente religioso, político y
estratégico. Su defensa de Arabia Saudí significa defender la soberanía de un
Estado aliado; su defensa de La Meca y Medina apela a la sensibilidad de la
comunidad musulmana mundial; y su preocupación por Bab el Mandeb introduce la
crisis en el ámbito de la seguridad internacional.
En
un Oriente Medio donde las fronteras entre conflictos locales y rivalidades
regionales se vuelven cada vez más difusas, Marruecos ha querido dejar claro de
qué lado se encuentra. La afirmación de Mohammed VI —“toda agresión contra
Arabia Saudí es una agresión contra Marruecos”— no es únicamente una
expresión de solidaridad entre dos familias reales. Es la formulación política
de una alianza que, después de décadas de cooperación, vuelve a encontrarse
ante una amenaza común.
Y
esa amenaza ya no navega solamente por las aguas del mar Rojo ni se proyecta
únicamente sobre los cielos saudíes. Alcanza las arterias por las que circulan
la energía, las mercancías y buena parte del comercio entre Asia, África y
Europa. Por eso, la crisis hutí ha dejado de ser un episodio más de la
interminable guerra de Yemen: se ha convertido en una prueba para el sistema de
seguridad del Golfo, para la libertad de navegación internacional y para la
capacidad de las potencias árabes de actuar coordinadamente frente a una nueva
generación de amenazas.

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