domingo, 20 de septiembre de 2026

Los hutíes se convierten un actor central en Medio Oriente


 

La toma de Moca y de la isla de Perim en septiembre de 2026 ha colocado a Ansar Allah frente a una de las arterias del comercio mundial, en un momento en que el estrecho de Ormuz ya está gravemente perturbado. La amenaza creíble basta para encarecer seguros, desviar buques y reducir el margen de Arabia Saudí.

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Buenos Aires - La ofensiva con la que Ansar Allah, el movimiento conocido internacionalmente como hutí, se ha hecho con la ciudad portuaria de Moca y con la isla de Perim no es solo un episodio más de la guerra yemení. Es un desplazamiento del centro de gravedad estratégico de un conflicto que, durante años, pareció contenido en las montañas del norte y en las negociaciones intermitentes con Riad. Al asomarse a las orillas del estrecho de Bab el-Mandeb, los hutíes han transformado una ventaja geográfica local en un instrumento de presión sobre el tráfico entre el golfo de Adén y el mar Rojo, y, por extensión, sobre una de las rutas que conectan Asia con Europa y el petróleo del Golfo con los mercados occidentales. Reuters ha interpretado esa campaña como un refuerzo sustancial de la posición de Abdulmalik al-Houthi. El dato no es menor: no hace falta cerrar formalmente el paso para alterar las decisiones de navieras, aseguradoras y productores. Basta con que el riesgo sea creíble.

El estrecho, estrecho de apenas una docena de millas en sus tramos más angostos, es la puerta meridional del canal de Suez. Antes de que los ataques hutíes contra el tráfico comercial, iniciados a finales de 2023 en nombre de la causa palestina, desviaran una parte sustancial de los buques hacia el cabo de Buena Esperanza, por Bab el-Mandeb circulaban unos 9,3 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos. En el primer semestre de 2025, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, el flujo había caído a unos 4,2 millones. El tráfico por Suez y por el oleoducto SUMED se redujo en una proporción similar. El desvío añade cerca de dos semanas de navegación y un coste extra de combustible que, en determinadas travesías, supera el millón de dólares. Las primas de seguro de guerra se disparan. El efecto se transmite a las cadenas de suministro, a los fletes y, en última instancia, a la inflación de las economías importadoras.

La novedad de septiembre de 2026 reside en que esa amenaza marítima ya no se ejerce solo desde la distancia, con drones y misiles lanzados desde el interior. El control de tramos de la costa occidental y de Perim —Mayún, en la nomenclatura local— sitúa a los hutíes a pocos kilómetros de las rutas de paso. Al mismo tiempo, el movimiento ha intensificado los ataques contra territorio saudí. El 12 de septiembre reivindicó una operación con misiles balísticos y drones contra una base en Sharurah; la Defensa Civil del reino reconoció víctimas y daños. Riad, que en 2015 intervino para impedir la consolidación de un poder hostil en su frontera sur y que después intentó desengancharse para concentrarse en Visión 2030, se enfrenta de nuevo al dilema de una guerra terrestre costosa o de una respuesta aérea insuficiente para revertir el avance costero.

Ansar Allah no nació como un apéndice de Teherán. Surgió en los años noventa en el norte zaidí, como reacción identitaria y territorial frente a la pérdida de influencia de esas comunidades y frente a la penetración de corrientes suníes conservadoras financiadas, en buena medida, desde Arabia Saudí. La Primavera Árabe y el colapso del Estado yemení le permitieron ocupar Saná en 2014. La intervención saudí de 2015 internacionalizó la guerra, pero no destruyó al movimiento. Al contrario: los hutíes sobrevivieron al bombardeo y al bloqueo, construyeron una administración que recauda impuestos, gestiona servicios y combina rasgos de milicia, partido y aparato estatal, y pasaron de la infantería de montaña a una fuerza con misiles balísticos, de crucero y drones capaces de alcanzar objetivos lejanos. La tregua de 2022 congeló frentes sin resolver las causas del conflicto.

La relación con Irán es, por eso, mejor descrita como una asociación estratégica asimétrica que como una simple cadena de mando. Teherán aporta tecnología, entrenamiento, redes de suministro y cobertura política; los hutíes ofrecen profundidad en el extremo occidental de la península arábiga y una capacidad de hostigamiento que Irán no podría ejercer por sí solo sin asumir un coste diplomático mayor. Washington ha sancionado redes de adquisición que operan a través de Yemen, Irán, China, Rusia y otras jurisdicciones, y que buscan componentes de misiles y vehículos aéreos no tripulados. La capacidad hutí no depende de un único conducto: combina asistencia iraní, contrabando, producción local, adaptación tecnológica y captura de material enemigo, incluidos sistemas de vigilancia occidentales y regionales. Esa heterogeneidad logística complica cualquier estrategia de interdicción.

El éxito reciente no se explica solo por las armas. El campo antihutí permanece fragmentado: Riad, Abu Dabi, el Gobierno reconocido internacionalmente, milicias tribales y el proyecto secesionista del sur han operado durante años con objetivos divergentes. Ansar Allah, en cambio, conserva una cadena de mando relativamente centralizada. Acumula más de una década de aprendizaje contra una fuerza aérea superior: dispersión, lanzadores móviles, instalaciones subterráneas. Y aprovecha una coyuntura en la que Estados Unidos, inmerso en su enfrentamiento con Irán, se ha mostrado reticente a abrir un nuevo frente terrestre en Yemen, pese a las peticiones saudíes de apoyo. La geografía completa el cuadro. No hace falta dominar todo el estrecho para generar inseguridad; basta con amenazar el tránsito desde tierra.

La dimensión energética adquiere un carácter excepcional porque Bab el-Mandeb no está solo. Ormuz, por el que en el primer semestre de 2025 transitaron unos 20,9 millones de barriles diarios —alrededor de cinco veces el volumen de Bab el-Mandeb—, permanece gravemente afectado por la guerra entre Estados Unidos e Irán. Arabia Saudí concibió el oleoducto Este-Oeste, con capacidad teórica cercana a los siete millones de barriles, precisamente para evacuar crudo hacia Yanbu y eludir Ormuz. Esa alternativa, sin embargo, también ha resultado vulnerable: ataques con drones atribuidos por Riad a lanzadores en Irak —y no necesariamente a los hutíes— han obligado a interrumpir o reducir el flujo. Si las dos grandes puertas de salida del petróleo del Golfo sufren perturbaciones simultáneas, el margen de maniobra del reino se estrecha y el problema deja de ser yemení para convertirse en una cuestión de seguridad energética internacional.

China ha pedido a Teherán que contenga a su aliado; Europa ve amenazado el corredor que sostiene una parte sustancial de su comercio con Asia; Italia ha anunciado preparativos para reforzar su presencia naval. Washington sigue siendo el actor externo con más capacidad de inteligencia, defensa aérea y ataque de largo alcance, pero una intervención directa contra los hutíes reabriría el espectro de una guerra prolongada que la Administración ha preferido evitar. Los hutíes, por su parte, parecen buscar menos la aniquilación militar de Arabia Saudí que la conversión de su poder de fuego y de su posición costera en moneda de negociación: reconocimiento de facto, alivio del bloqueo, participación institucional y acceso a recursos. Palestina sigue siendo el registro ideológico que legitima ante su base los ataques a la navegación.

El escenario más plausible no es una victoria rápida de ninguno de los bandos, sino una guerra de desgaste con diplomacia coercitiva en paralelo: conservación hutí de Moca y Perim, presión con drones y misiles, respuesta aérea saudí, mediación omaní o china, y evitación de un cierre absoluto del estrecho que pudiera precipitar una coalición naval más amplia. El riesgo reside en la ruptura de esa lógica. Un ataque de gran impacto contra un petrolero internacional, una interrupción prolongada del paso o una ofensiva terrestre saudí de envergadura podrían internacionalizar el conflicto de forma irreversible.

Yemen ha dejado de ser un teatro periférico. Con recursos limitados, Ansar Allah obliga a Riad, a Washington, a Bruselas y a Pekín a destinar medios desproporcionados a la protección de un corredor que, hasta hace poco, se daba por garantizado. Mientras Ormuz y Bab el-Mandeb permanezcan bajo presión a la vez, la seguridad del petróleo del Golfo dependerá menos de la capacidad de extraerlo que de la capacidad de escoltarlo hasta el mercado.

 

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