jueves, 3 de septiembre de 2026

China pone sus ojos en el Canal de Suez



La primera visita de Xi Jinping a Egipto en una década, coincidente con los 70 años de relaciones diplomáticas entre ambos países, va mucho más allá de la celebración de una antigua amistad. China busca convertir a Egipto en una plataforma económica, tecnológica y diplomática hacia el mundo árabe y África, mientras El Cairo intenta diversificar sus alianzas sin romper con Washington. El Canal de Suez, la energía, las nuevas tecnologías y la cooperación militar sitúan el encuentro en el centro de la nueva disputa por la influencia en Oriente Medio.

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El Cairo ha recibido a Xi Jinping con banderas chinas, ceremonias militares y una escenografía destinada a recordar que la relación entre China y Egipto tiene una historia más profunda que la actual rivalidad entre Pekín y Washington. Pero detrás de los gestos protocolares existe una realidad mucho más contemporánea: China está tratando de convertir su creciente presencia económica en influencia estratégica, y Egipto pretende aprovechar esa competencia para ampliar su margen de maniobra internacional.

La visita de Xi, la primera a Egipto desde 2016, realizada en el 70º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas, llega además en un momento excepcionalmente delicado para Oriente Medio. La guerra entre Estados Unidos e Irán, las consecuencias del conflicto de Gaza, las incertidumbres sobre las rutas energéticas y una percepción creciente de que el orden regional está cambiando han creado un escenario favorable para que Pekín se presente como una potencia capaz de ofrecer alternativas a la tradicional arquitectura de seguridad dominada por Washington.

Egipto ocupa una posición privilegiada en esa estrategia. Es el país árabe más poblado, controla el Canal de Suez, posee una influencia política considerable en el mundo árabe y mantiene vínculos históricos con África. Para China, El Cairo es simultáneamente mercado, plataforma industrial, corredor logístico y puerta de entrada a dos regiones consideradas prioritarias por Pekín.

Una relación que dejó de ser simbólica

Egipto fue el primer Estado árabe y africano en establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China, en 1956. La relación adquirió una nueva dimensión en 2014, cuando ambos Gobiernos la elevaron a la categoría de asociación estratégica integral. Desde entonces, la cooperación se ha extendido desde la diplomacia y las infraestructuras hasta la energía, las telecomunicaciones, la inteligencia artificial, el espacio, la industria y la defensa.

El resultado es visible en el paisaje de El Cairo. Empresas chinas han construido el distrito central de negocios de la Nueva Capital Administrativa, incluida la Iconic Tower, de casi 386 metros, y han participado en el ferrocarril eléctrico que conecta El Cairo con las nuevas ciudades del este. Cerca del Canal de Suez, la zona industrial chino-egipcia de Ain Sokhna se ha convertido en uno de los principales símbolos de la penetración económica china.

El comercio bilateral se aproximó a los 21.000 millones de dólares en 2025, según las autoridades egipcias, aunque la relación presenta un desequilibrio considerable. En los primeros seis meses de 2026 Egipto exportó a China unos 841 millones de dólares, mientras sus importaciones alcanzaron los 10.400 millones. La maquinaria, los equipos eléctricos, los vehículos, el acero, los plásticos y los productos químicos dominan las compras egipcias. China, por tanto, no solo vende a Egipto: aspira a producir dentro de Egipto y utilizar el país como plataforma de exportación hacia África y otros mercados.

Ese es precisamente el siguiente capítulo de la relación. El Gobierno de Abdel Fattah Al Sisi quiere que la inversión china deje de estar concentrada en grandes obras de infraestructura y genere mayor transferencia tecnológica, fabricación local y empleo. Vehículos eléctricos, baterías, paneles solares, inteligencia artificial, telecomunicaciones, manufactura avanzada y construcción naval aparecen entre las áreas que El Cairo pretende desarrollar con capital y tecnología chinos.

La propia presidencia egipcia ha señalado que la localización industrial y la transferencia tecnológica constituyen prioridades de la nueva etapa.

El Canal de Suez, la verdadera joya estratégica

Para Pekín, sin embargo, ninguna infraestructura egipcia posee tanta importancia como el Canal de Suez, especialmente después de haber perdido parte de sus intereses en otro emplazamiento estratégico: el Canal de Panamá.

China es una potencia comercial cuya economía depende de la seguridad de las rutas marítimas que conectan Asia con Europa. El canal constituye uno de los principales puntos de estrangulamiento del comercio mundial y permite evitar la larga circunnavegación de África. La guerra y las interrupciones en otras rutas han aumentado todavía más su valor estratégico.

Egipto controla además el oleoducto SUMED, que conecta el mar Rojo con el Mediterráneo. La Administración de Información Energética de Estados Unidos considera tanto al canal como al SUMED infraestructuras fundamentales para los mercados energéticos internacionales.

La ecuación es especialmente significativa para China porque las crisis del estrecho de Ormuz y del mar Rojo han demostrado hasta qué punto las cadenas de suministro pueden quedar expuestas a conflictos regionales. Tener una relación privilegiada con el Estado que controla Suez permite a Pekín reducir riesgos comerciales y, al mismo tiempo, aumentar su capacidad de influencia sobre una de las principales arterias del comercio entre Asia y Europa.

Por eso la relación chino-egipcia no puede entenderse simplemente como una asociación entre un país industrial y otro necesitado de inversiones. Para Pekín, Egipto forma parte de una geografía mucho mayor: es el punto donde confluyen Asia, Europa, África y Oriente Medio.

Petróleo y gas: menos reservas, más importancia estratégica

El interés energético chino por Egipto también existe, aunque conviene evitar una interpretación simplista. Egipto no posee las gigantescas reservas petroleras de Arabia Saudí, Irak o Irán, ni sus reservas gasíferas convierten al país en una superpotencia energética mundial. Su importancia reside en la combinación entre recursos, infraestructura y posición geográfica.

El descubrimiento de Zohr transformó a Egipto en un actor central del gas del Mediterráneo oriental. El país dispone además de instalaciones de gas natural licuado en Idku y Damietta y es el único Estado del Mediterráneo oriental con capacidad operativa de exportación de GNL. Esto permite a Egipto recibir gas de otros productores regionales, procesarlo y eventualmente enviarlo a los mercados internacionales.

La paradoja es que Egipto atraviesa simultáneamente una crisis de producción interna. El crecimiento de la demanda eléctrica y el declive de algunos campos han obligado al país a importar GNL pese a sus ambiciones de convertirse nuevamente en un centro regional de exportación. Los recientes descubrimientos de gas, entre ellos Denise West, ofrecen una perspectiva favorable, pero los especialistas advierten que no serán suficientes por sí solos para transformar inmediatamente el balance energético egipcio.

Para China, por tanto, la importancia energética de Egipto no se limita a comprar petróleo o gas egipcio. Lo verdaderamente valioso es su posición como plataforma energética del Mediterráneo oriental, capaz de conectar potencialmente los recursos de Egipto, Israel y Chipre con los mercados internacionales. Es una lógica similar a la que Pekín aplica a Suez: controlar o asociarse con nodos estratégicos puede ser más importante que poseer directamente grandes reservas.

Los aviones que inquietan a Washington

La dimensión militar constituye quizá el aspecto más novedoso de la relación.

Egipto continúa siendo uno de los principales receptores de asistencia militar estadounidense y durante décadas ha considerado a Washington su socio fundamental en materia de seguridad. La ayuda militar estadounidense ronda los 1.300 millones de dólares anuales y las Fuerzas Armadas egipcias utilizan una mezcla de equipamiento estadounidense, francés y de otros proveedores occidentales.

Pero El Cairo ha comenzado a diversificar deliberadamente sus opciones. En agosto, aviones de combate chinos J-16 realizaron maniobras con Rafale franceses de la Fuerza Aérea egipcia en el ejercicio Eagles of Civilization. Las maniobras incluyeron entrenamiento de combate aéreo, superioridad aérea, búsqueda y rescate y despliegue conjunto. Es un salto cualitativo respecto de la cooperación militar meramente simbólica.

Para Pekín, estas maniobras tienen un valor que excede la relación bilateral. Permiten demostrar que la Fuerza Aérea china puede operar lejos de su territorio y familiarizarse con sistemas occidentales de primera línea. Para Egipto, representan una señal inequívoca de que no desea depender de un único proveedor estratégico.

Ayman Zaineldine, antiguo diplomático egipcio, resumió la lógica de El Cairo al señalar que Egipto busca ampliar sus relaciones con las grandes potencias y que esa política coincide con el objetivo chino de aumentar su presencia internacional.

El delicado juego con Estados Unidos

La cuestión central para Washington no es que Egipto vaya a convertirse mañana en un aliado chino. No parece ser ese el objetivo de El Cairo. La estrategia de Al Sisi es más sofisticada: mantener a Estados Unidos como garante fundamental de la seguridad mientras utiliza a China, Rusia, Europa y los países del Golfo para ampliar sus alternativas económicas y diplomáticas.

Es una política de equilibrio.

Egipto necesita a Estados Unidos por razones militares, financieras y diplomáticas. Washington, por su parte, necesita a Egipto por el Canal de Suez, por su peso en el mundo árabe, por su papel en Gaza y por su capacidad de interlocución con actores regionales.

Pero esa dependencia ya no es absoluta. El crecimiento chino ofrece a Al Sisi una alternativa económica y tecnológica, mientras que la creciente cooperación militar demuestra que Pekín puede convertirse gradualmente en un proveedor adicional de capacidades estratégicas.

La cuestión tecnológica puede ser todavía más sensible. China busca ampliar su presencia en inteligencia artificial y telecomunicaciones en Egipto, incluido un proyecto de gran centro de datos de Huawei. Egipto es especialmente atractivo porque por su territorio pasan cables submarinos que conectan Europa, Asia y Oriente Medio. Washington observa con preocupación que infraestructuras digitales críticas puedan quedar vinculadas a empresas chinas.

Una nueva pieza en el tablero de Oriente Medio

La visita de Xi no altera por sí sola el equilibrio de poder regional, pero sí confirma una tendencia: Oriente Medio está dejando de ser un espacio donde la influencia estadounidense pueda darse por descontada.

Pekín no parece dispuesto a sustituir militarmente a Washington. Su modelo es diferente. China ofrece comercio, infraestructura, tecnología, financiación y, cada vez más, cooperación diplomática y militar. Su intervención en la reconciliación entre Arabia Saudí e Irán ya había mostrado que pretende desempeñar un papel político mayor.

Ahora Xi propone incluso una arquitectura regional de seguridad menos dependiente de potencias externas, en un discurso que encaja con la defensa china de un mundo multipolar.

Egipto es una pieza particularmente adecuada para esa estrategia. No es un Estado subordinado a Pekín, ni pretende abandonar a Estados Unidos. Precisamente por eso resulta útil: su acercamiento a China demuestra que un aliado histórico de Washington puede ampliar sus vínculos sin romper con Occidente.

La visita de Xi debe interpretarse, por tanto, como una operación de largo alcance. China no busca solamente vender trenes, construir edificios o invertir en fábricas egipcias. Busca consolidar una posición alrededor de los corredores por los que circulan mercancías, energía, datos e influencia política.

Y Egipto sabe que su valor estratégico acaba de aumentar. En un Oriente Medio atravesado por guerras, sanciones y alianzas cambiantes, el país que controla Suez, influye sobre Gaza y mantiene abiertas sus relaciones con Washington, Pekín, Moscú, Europa y las monarquías del Golfo posee algo que escasea cada vez más: capacidad de maniobra.

La fotografía de Xi y Al Sisi en El Cairo representa, en ese sentido, algo más que una celebración de siete décadas de amistad. Es el retrato de un orden internacional en transición.

 

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