sábado, 12 de septiembre de 2026

Rabat fija su posición ante Madrid por lo ocurrido durante la crisis de Ceuta



Marruecos ha roto su silencio sobre la entrada masiva de migrantes en Ceuta con un contundente comunicado en el que niega cualquier responsabilidad de sus autoridades, reclama una investigación sobre lo ocurrido y acusa a sectores políticos y mediáticos españoles de convertir al reino en un instrumento de la disputa interna. Rabat reivindica la relación estratégica construida con Madrid desde 2022, pero advierte de que la falta de visión política puede transformar esa asociación en una fuente permanente de desconfianza.

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Buenos Aires - La crisis de Ceuta ha abierto una grieta inesperada en una relación que Madrid y Rabat habían presentado durante los últimos años como una de las asociaciones estratégicas más sólidas del Mediterráneo occidental. El Ministerio de Asuntos Exteriores, Cooperación Africana y Marroquíes Residentes en el Extranjero de Marruecos ha decidido intervenir públicamente para fijar su posición después de semanas de acusaciones, debates parlamentarios y controversias políticas en España. Su mensaje es inequívoco: Marruecos niega haber organizado, facilitado o instigado la entrada masiva de migrantes que se produjo a finales de julio y rechaza convertirse en el responsable externo de una crisis que, según sostiene, tiene también profundas dimensiones de política interna española.

El comunicado difundido por Rabat el 10 de septiembre constituye la primera reacción oficial de alcance de las autoridades marroquíes desde el estallido de la crisis. Su tono es significativamente más político que defensivo. Marruecos no se limita a negar las acusaciones: cuestiona abiertamente el comportamiento de determinados partidos, medios de comunicación e instituciones españolas y advierte de que la instrumentalización de la relación bilateral puede terminar perjudicando a ambos países.

La cancillería marroquí recuerda que el reino eligió soberanamente construir con España una relación basada en la buena vecindad geográfica, el entendimiento político, la asociación económica y la cooperación en materia de seguridad. Esa política, sostiene Rabat, encontró su expresión más acabada en la Declaración Conjunta del 7 de abril de 2022, después del encuentro entre el rey Mohammed VI y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Aquel acuerdo abrió, según la interpretación marroquí, una nueva etapa sustentada en el respeto mutuo, la confianza, el diálogo permanente y la voluntad de construir una asociación beneficiosa para ambas partes.

No se trata de una referencia meramente diplomática. La mención a 2022 recuerda que la relación actual nació después de una de las crisis más graves entre Madrid y Rabat de las últimas décadas. Desde entonces, España modificó sustancialmente su posición respecto del conflicto del Sáhara y respaldó la propuesta marroquí de autonomía, mientras Marruecos consolidó su cooperación con España en materia migratoria, policial, antiterrorista y económica.

Los intereses materiales que sostienen ese acercamiento son considerables. Marruecos destaca que España es su principal socio económico y que el reino alauí se ha convertido en uno de los principales socios comerciales de España fuera de la Unión Europea. La diplomacia marroquí subraya además que los dos países han obtenido resultados relevantes en la lucha contra las redes criminales y terroristas y en la prevención de los flujos migratorios.

Los datos proporcionados por la diplomacia española muestran hasta qué punto esa interdependencia ha crecido. El comercio bilateral alcanzó en 2024 alrededor de 22.000 millones de euros, según datos difundidos por el Ministerio de Asuntos Exteriores español, y más de 5.000 empresas españolas mantienen actividad exportadora regular en Marruecos. El país magrebí es también uno de los principales destinos de la inversión española en África.

Precisamente por eso la cuestión migratoria adquiere una dimensión que excede con mucho la gestión de una frontera. Lo ocurrido durante los días 30 y 31 de julio transformó esa frontera en el epicentro de una crisis humanitaria y política sin precedentes recientes.

Decenas de miles de personas, en su mayoría procedentes de Marruecos, intentaron acceder a Ceuta por mar y a través de la frontera. Las estimaciones oficiales sitúan el volumen de entradas e intentos en una magnitud de entre 70.000 y 80.000 personas. El episodio provocó muertos, desaparecidos, una presión extraordinaria sobre los servicios de la ciudad y una crisis política que rápidamente alcanzó al Gobierno central de Pedro Sánchez.

La cuestión adquirió una nueva dimensión esta semana, cuando el Gobierno español desclasificó 40 informes y comunicaciones correspondientes al mes de julio. Los documentos muestran que el Centro Nacional de Inteligencia había detectado convocatorias difundidas a través de Facebook y WhatsApp y que el 29 de julio comunicó a los servicios de inteligencia marroquíes que se preparaban entradas a Ceuta tanto a nado como mediante el salto de la valla. Los grupos utilizados para movilizar a los migrantes reunían a decenas de miles de personas.

El contenido de esa documentación ha alimentado precisamente la controversia que Rabat intenta contener. Algunos informes elaborados después de la entrada masiva describieron una actuación pasiva o negligente de las fuerzas marroquíes. Uno de ellos planteó incluso, entre las hipótesis analizadas, la posibilidad de que existiera algún grado de connivencia como respuesta a acontecimientos políticos recientes. Pero esos documentos no demuestran que las autoridades marroquíes hubieran organizado la operación. De hecho, el propio Gobierno español ha insistido en que no dispone de pruebas sólidas que permitan atribuir a Rabat la planificación de la avalancha.

Ese matiz es el eje de la argumentación marroquí. Rabat sostiene que ningún dato, hecho o informe establece la implicación de sus autoridades. Y transforma la cuestión en una serie de preguntas dirigidas a Madrid: por qué se mantienen las acusaciones si no existen pruebas concluyentes, por qué no se devuelven los migrantes irregulares cuando Marruecos afirma haber aceptado oficialmente su readmisión y por qué continúan en España menores no acompañados cuyos retornos, asegura, Rabat ha solicitado reiteradamente.

La dureza del comunicado aumenta cuando aborda la política española. El Ministerio marroquí denuncia que determinados sectores políticos y mediáticos utilizan al reino como parte de una agenda interna y acusa a partidos con experiencia de Gobierno de haber sustituido el análisis racional por una retórica que califica de populista. Aunque no menciona expresamente al Partido Popular, la alusión ha sido interpretada en España como una referencia inequívoca a la principal fuerza de la oposición.

El Partido Popular sostiene que la relación con Rabat debe sustentarse en el respeto recíproco y en la defensa de las fronteras españolas.

Desde otros sectores políticos las interpretaciones son diferentes. El expresidente Felipe González ha cuestionado la gestión del Gobierno de Sánchez y ha considerado que la respuesta ante la crisis fue manifiestamente mejorable. El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, también ha hablado de una gestión desastrosa y ha advertido del riesgo de que la controversia termine favoreciendo a la extrema derecha.

Entre los analistas de seguridad tampoco existe una lectura unánime. El analista de inteligencia Fernando Cocho ha sostenido que Marruecos utiliza históricamente los flujos migratorios como instrumento de presión estratégica y ha interpretado los documentos españoles como indicios de una responsabilidad marroquí mayor de la que admite Rabat. Su lectura contrasta, sin embargo, con la posición oficial del Gobierno español, que no considera probado que Marruecos organizara la operación.

También desde el ámbito periodístico la cuestión se ha planteado como una prueba de resistencia para la relación bilateral. Los análisis publicados en los últimos días coinciden en que los documentos desclasificados demuestran que existieron señales previas y fallos de coordinación, pero no resuelven definitivamente la pregunta fundamental sobre la intención de las autoridades marroquíes. El propio diario El País ha destacado que el CNI comunicó a Marruecos la existencia de convocatorias para cruzar la frontera y que posteriores informes españoles detectaron falta de reacción proactiva por parte de las autoridades marroquíes.

La posición de Rabat, por tanto, no consiste simplemente en negar una acusación. Es también una advertencia diplomática. Marruecos afirma que la cooperación migratoria ha sido históricamente eficaz y que el episodio de julio debe ser objeto de una investigación exhaustiva para determinar sus circunstancias, identificar posibles injerencias y evitar que vuelva a producirse.

La advertencia final es quizás la más significativa. Rabat afirma que no acepta convertirse en “moneda de cambio” electoral ni en “chivo expiatorio” de las disputas políticas españolas. La cancillería marroquí sostiene que la vecindad geográfica es inmutable, pero que corresponde a los responsables políticos convertirla en un activo estratégico. Si se impone, por el contrario, lo que denomina «ceguera estratégica», el capital acumulado durante los últimos años podría convertirse en una fuente permanente de desconfianza y tensiones recurrentes.

Esa es, en definitiva, la cuestión de fondo. Ceuta ha puesto a prueba no solo los mecanismos de control de una frontera particularmente sensible, sino también el modelo de relación construido entre Madrid y Rabat desde 2022. España necesita la cooperación marroquí para controlar los flujos migratorios, combatir el terrorismo y proteger sus intereses económicos en el norte de África. Marruecos, por su parte, necesita preservar su asociación con España, uno de sus principales interlocutores europeos y uno de los países que más profundamente se ha implicado en su nueva estrategia diplomática.

La crisis ha demostrado que esa asociación es sólida, pero no inmune. Las acusaciones, la desclasificación de información de inteligencia y la utilización política de la inmigración han introducido un elemento de desconfianza que puede resultar difícil de gestionar. La diplomacia marroquí ha optado por responder con firmeza, pero sin cerrar la puerta al diálogo. Al recordar la arquitectura construida desde 2022, Rabat parece estar enviando a Madrid un mensaje doble: no acepta cargar con una responsabilidad que considera no demostrada, pero tampoco desea que una crisis fronteriza destruya una relación que considera estratégica.

La frontera de Ceuta seguirá siendo, por su propia naturaleza, un punto de fricción. Pero el comunicado de Rabat deja claro que el futuro de la relación hispano-marroquí no se decidirá únicamente en esa frontera. Se decidirá también en Madrid, en Rabat y en la capacidad de ambos Gobiernos para impedir que una crisis migratoria termine convirtiéndose en una crisis estratégica.

 

  

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