La cumbre de la Organización de
Cooperación de Shanghái ha mostrado en la capital de Kirguistán hasta qué punto
Eurasia está construyendo espacios de poder capaces de reducir la centralidad
de Estados Unidos. China, Rusia, India e Irán, acompañados por otras seis
naciones, reúnen una formidable combinación de población, territorio, energía,
materias primas y capacidad económica. No forman una alianza militar ni un
bloque compacto, pero la OCS empieza a funcionar como una de las principales
plataformas desde las que se negocia el tránsito hacia un sistema internacional
más multipolar.
Contenido:
Buenos
Aires - Hay fotografías que explican mejor una época que muchos tratados. La de
Xi Jinping, Vladímir Putin y Narendra Modi compartiendo escenario en Biskek
pertenece a esa categoría. El presidente chino, el líder ruso y el primer
ministro indio representan intereses profundamente diferentes y mantienen entre
sí rivalidades que en ocasiones son difíciles de disimular. Sin embargo, los
tres han encontrado en la Organización de Cooperación de Shanghái un espacio
común suficientemente amplio como para defender una idea que hasta hace pocos
años parecía más una aspiración que una realidad: el poder mundial ya no puede
organizarse alrededor de un único centro.
La
cumbre celebrada el 1 de septiembre en la capital de Kirguistán, coincidiendo
con el vigésimo quinto aniversario de la organización, ha servido para
confirmar esa transformación. La OCS, creada en 2001 a partir de los antiguos
Cinco de Shanghái, nació esencialmente como un mecanismo destinado a resolver
disputas fronterizas y combatir el terrorismo, el separatismo y el extremismo.
Hoy agrupa a diez países y se ha convertido en un foro de seguridad, comercio,
energía, tecnología, conectividad y diplomacia internacional.
Su
dimensión resulta difícil de ignorar. China, India y Rusia se encuentran entre
las mayores economías del planeta; Irán es una potencia energética de primer
orden; Pakistán posee armas nucleares; y las repúblicas de Asia Central ocupan
una posición estratégica entre China, Rusia, Oriente Próximo y Europa. En
conjunto, los miembros de la OCS representan alrededor del 43% de la población
mundial y aproximadamente una cuarta parte del PIB global.
Pero
las estadísticas demográficas y económicas apenas cuentan una parte de la
historia. La verdadera importancia de la organización reside en la acumulación
de recursos estratégicos. Sus miembros concentran aproximadamente una quinta
parte de las reservas mundiales de petróleo y cerca de la mitad de las reservas
probadas de gas natural. En las tierras raras, cuya importancia para las
industrias electrónica, energética, aeroespacial y militar crece
aceleradamente, China, India y Rusia concentran conjuntamente alrededor del 60%
de las reservas conocidas. El dato adquiere especial relevancia porque China no
solo dispone de grandes reservas: domina además buena parte de las fases de
procesamiento y refinamiento de estos minerales.
Es,
por tanto, una organización asentada sobre una formidable base material.
Territorio, población, energía, minerales críticos, corredores comerciales y
mercados internos se combinan en un espacio que se extiende desde Europa
oriental hasta el Extremo Oriente y desde el Ártico hasta el océano Índico.
La
pregunta que comienza a plantearse en las capitales occidentales es inevitable:
¿está naciendo un bloque alternativo a Occidente?
La
respuesta exige cierta prudencia. La OCS no es una OTAN asiática. Sus miembros
no están obligados a defenderse mutuamente ni existe una estructura militar
integrada. Tampoco poseen una política exterior común. La rivalidad entre India
y Pakistán continúa siendo profunda; India y China mantienen una competencia
estratégica; Rusia y China tienen intereses divergentes en Asia Central; y los
pequeños Estados centroasiáticos procuran evitar convertirse en simples piezas
de cualquiera de las grandes potencias.
Precisamente
por ello resulta más interesante observar lo que la OCS sí está construyendo.
La
Declaración de Biskek y los documentos aprobados durante la cumbre ampliaron
considerablemente el campo de cooperación. Se adoptaron acuerdos sobre
seguridad y narcotráfico, inteligencia artificial, centros de datos, protección
medioambiental, energía, transporte y logística. La organización también avanzó
en la creación de mecanismos financieros y en la utilización de monedas
nacionales para el comercio entre sus integrantes.
No
se trata de una revolución financiera inmediata. El dólar continúa siendo la
principal moneda de reserva y de transacción internacional y las instituciones
financieras occidentales mantienen una influencia extraordinaria. Pero la
dirección del movimiento es significativa. Rusia, sometida a amplias sanciones
occidentales, tiene un interés evidente en reducir su dependencia del sistema
financiero dominado por Estados Unidos. China observa con atención esa
experiencia. India, aunque mantiene estrechos vínculos económicos y
tecnológicos con Washington, tampoco desea que sus opciones estratégicas puedan
quedar condicionadas por decisiones adoptadas en otra capital.
Vladímir
Putin lo expresó con claridad durante la cumbre. Según el presidente ruso, más
del 98% de las operaciones comerciales de Rusia con los miembros de la OCS ya
se realizan en monedas nacionales. Moscú aspira además a que el eventual Banco
de Desarrollo de la organización tenga independencia respecto de las
estructuras financieras occidentales.
China,
sin embargo, parece perseguir un objetivo más sofisticado que la simple
construcción de un bloque antiestadounidense. Xi Jinping ha hablado de un mundo
“multipolar igualitario y ordenado”, de una reforma de la gobernanza
internacional y de la necesidad de preservar el papel central de Naciones
Unidas. Al mismo tiempo, Beijing impulsa proyectos de infraestructura, energía
renovable, inteligencia artificial, centros de datos y corredores comerciales
capaces de proporcionar a Eurasia mayor autonomía.
El
mensaje chino consiste menos en destruir el sistema internacional existente que
en modificar la distribución del poder dentro de él.
Ese
matiz es importante. El especialista de Carnegie Endowment Evan A. Feigenbaum
advertía durante la cumbre contra la interpretación simplista de la OCS como
una organización en la que Rusia estaría perdiendo su “patio trasero”
frente a China. A su juicio, la organización nació fundamentalmente como un
instrumento chino y la presencia económica de Beijing en Asia Central lleva ya
décadas siendo determinante.
La
investigación académica reciente también invita a evitar las conclusiones
precipitadas. James MacHaffie, en Asia & the Pacific Policy Studies,
considera que la OCS posee capacidad para convertirse en un importante
mecanismo de equilibrio frente a las estructuras de seguridad occidentales,
pero advierte que las rivalidades entre sus principales miembros podrían
limitar seriamente esa posibilidad. Susanne Weigelin-Schwiedrzik, especialista
en China y Rusia, llega a una conclusión similar desde otra perspectiva: las
limitaciones de la OCS difícilmente desaparecerán mientras China, Rusia e India
no alcancen algún tipo de entendimiento sobre la distribución del poder dentro
de la propia organización.
India
constituye quizá el mejor ejemplo de esa ambivalencia. Narendra Modi no acudió
a Biskek para incorporarse a una cruzada contra Estados Unidos. Nueva Delhi
mantiene una relación estratégica con Washington y participa en el Quad junto a
Estados Unidos, Japón y Australia. Pero India también compra energía rusa,
desarrolla vínculos con Irán y participa en la OCS porque entiende que el mundo
que emerge no puede ser administrado exclusivamente desde las instituciones
creadas bajo predominio occidental.
Modi
aprovechó incluso su encuentro con Putin para reclamar nuevamente el final de
la guerra en Ucrania. La escena sintetiza perfectamente la naturaleza de la
OCS: cooperación sin subordinación y convergencia sin alianza.
También
resulta significativo lo ocurrido con Irán. La cumbre respaldó la soberanía
iraní y condenó los ataques contra su territorio, mientras reclamó el respeto
de su derecho al desarrollo nuclear con fines pacíficos. En cambio, la guerra
de Ucrania quedó prácticamente fuera de la declaración colectiva, precisamente
porque no existe consenso entre los miembros sobre el conflicto.
Esa
diferencia revela la verdadera lógica de Biskek. Los miembros pueden coincidir
en que no desean un sistema internacional excesivamente dependiente de
Washington sin compartir necesariamente las políticas exteriores de Moscú,
Beijing o Teherán.
La
expansión de la OCS tampoco se detiene en sus diez miembros. Turquía, que
mantiene desde 2012 el estatus de socio de diálogo, ha expresado nuevamente su
aspiración de incorporarse plenamente. El presidente Recep Tayyip Erdogan, sin
embargo, se apresuró a aclarar tras la cumbre que el acercamiento a China y
Rusia no supone abandonar las alianzas occidentales. Esa declaración constituye
otra prueba de que el nuevo sistema internacional se parece menos a una
división en dos bloques que a una compleja red de asociaciones superpuestas.
Ahí
reside, probablemente, la mayor trascendencia de la OCS.
Durante
la Guerra Fría, la lógica internacional tendía a organizarse alrededor de
bloques relativamente definidos. Hoy las grandes potencias cooperan en un
ámbito, compiten en otro y mantienen alianzas cruzadas en un tercero. India
puede pertenecer simultáneamente a la OCS y al Quad. Turquía puede ser miembro
de la OTAN y aspirar a una relación más estrecha con la OCS. Arabia Saudí y los
Emiratos Árabes Unidos pueden mantener estrechos vínculos con Washington
mientras profundizan sus relaciones con Beijing y Moscú.
La
OCS no necesita convertirse en una alianza militar para modificar el equilibrio
mundial. Le basta con contribuir a que sus miembros tengan más alternativas. Alternativas
energéticas. Alternativas financieras. Alternativas tecnológicas. Alternativas
logísticas. Alternativas diplomáticas.
En
ese sentido, la organización representa una de las respuestas más visibles al
uso creciente de sanciones, restricciones comerciales, controles tecnológicos y
medidas financieras como instrumentos de poder internacional. Cuanto mayor sea
la percepción de que el acceso a los mercados, al crédito, a las tecnologías o
al sistema de pagos puede ser utilizado como mecanismo de presión, mayor será
el incentivo de las potencias emergentes para desarrollar redes alternativas.
Biskek
no ha proclamado el nacimiento de un nuevo imperio ni la desaparición del orden
occidental. Ha mostrado algo más importante y probablemente más duradero: que
el monopolio de la capacidad para definir las reglas internacionales está
siendo cuestionado.
La
OCS todavía tiene demasiadas contradicciones para convertirse en un bloque
compacto. Pero quizá ese no sea su propósito. Su verdadera fuerza puede estar
precisamente en ser una plataforma flexible donde potencias que no confían
plenamente unas en otras encuentran razones suficientes para cooperar.
La
fotografía de Biskek, por tanto, no anuncia una nueva Guerra Fría. Anuncia algo
más incierto: un mundo en el que ya no será posible asumir que todas las
grandes decisiones se tomarán en Washington, Bruselas o las capitales
occidentales.
Y
esa transformación, más silenciosa que espectacular, puede ser el
acontecimiento geopolítico más importante de la cumbre.

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