La Cumbre de los BRICS, celebrada en
Nueva Delhi bajo la presidencia de Narendra Modi, confirma la transformación de
una asociación inicialmente económica en uno de los principales espacios de
articulación del llamado Sur Global. Con once miembros, diez países socios y la
participación de dirigentes de organismos internacionales, el grupo reúne cerca
de la mitad de la población mundial, alrededor del 40% del PIB global y una
proporción extraordinaria de las reservas energéticas del planeta. La Declaración
de Nueva Delhi, aprobada por unanimidad, reclama una reforma del sistema
internacional, cuestiona el unilateralismo comercial y financiero, impulsa los
pagos en monedas nacionales y llama a la máxima contención en Oriente Próximo.
Pero, detrás de su creciente dimensión, persiste una cuestión decisiva: si los
BRICS pueden transformar su enorme peso demográfico, económico y energético en
una estrategia política coherente.
Contenido:
La
XVIII Cumbre de los BRICS se celebró los días 12 y 13 de septiembre en Bharat
Mandapam, el gran centro internacional de convenciones de Nueva Delhi, bajo la
presidencia de la India y con un lema que resume la ambición de la nueva etapa:
“Construyendo para la Resiliencia, la Innovación, la Cooperación y la
Sostenibilidad”. El encuentro se produjo en un momento de extraordinaria
tensión internacional, marcado por la guerra entre Estados Unidos e Israel e
Irán, la guerra de Ucrania, las disputas comerciales y la creciente
fragmentación del sistema multilateral.
Los
BRICS nacieron originalmente como una asociación de Brasil, Rusia, India y
China. La denominación procede del acrónimo acuñado en 2001 por el economista
de Goldman Sachs Jim O’Neill para identificar a las grandes economías
emergentes con mayor potencial de crecimiento. La primera reunión política tuvo
lugar en 2006 y la primera cumbre presidencial se celebró en Ekaterimburgo en
2009. Sudáfrica se incorporó posteriormente, convirtiendo BRIC en BRICS. La
gran transformación llegó con la ampliación acordada en Johannesburgo en 2023 y
concretada durante 2024 y 2025.
En
la actualidad, las fuentes oficiales consideran miembros a Brasil, Rusia,
India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Indonesia, Emiratos Árabes
Unidos y Arabia Saudí. La situación de Riad merece, sin embargo, una precisión:
aunque aparece incluida en las listas oficiales del bloque, el Gobierno saudí
no ha confirmado públicamente en los mismos términos que los restantes miembros
su incorporación formal. La propia documentación del BRICS mantiene a Arabia
Saudí dentro de los once.
A
ellos se suman diez países socios: Bielorrusia, Bolivia, Cuba, Kazajistán,
Malasia, Nigeria, Tailandia, Uganda, Uzbekistán y Vietnam. Esta categoría fue
creada en la cumbre de Kazán de 2024 y permite ampliar considerablemente el
radio de influencia de la organización sin convertir automáticamente a todos
sus participantes en miembros plenos.
La
cumbre de Nueva Delhi incorporó además un importante componente de apertura
internacional. Participaron como invitados de divulgación representantes de
Bahréin, en representación del Consejo de Cooperación del Golfo; Burundi, en
representación de la Unión Africana; Filipinas, por la ASEAN; y Uruguay, por la
Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. El presidente kazajo
Kassym-Jomart Tokayev participó, a su vez, como dirigente de un país socio y
representante de la Unión Económica Euroasiática. Entre las organizaciones
internacionales estuvieron Naciones Unidas, representada por António Guterres;
la Organización Mundial de la Salud, por Tedros Adhanom Ghebreyesus; la
Organización Mundial del Comercio, por Ngozi Okonjo-Iweala; el Nuevo Banco de
Desarrollo, presidido por Dilma Rousseff; y el Banco Asiático de Inversión en
Infraestructuras.
El
significado económico de esta arquitectura resulta difícil de exagerar. Los
BRICS reúnen aproximadamente al 49% de la población mundial y alrededor del 40%
del PIB planetario. La cifra es particularmente relevante cuando el producto se
mide mediante paridad del poder adquisitivo, indicador que permite comparar el
volumen efectivo de bienes y servicios producidos teniendo en cuenta las
diferencias de precios internos. El FMI calcula que las economías emergentes y
en desarrollo generan alrededor del 61% del PIB mundial medido por PPA.
El
cruce entre PIB nominal y PPA revela la verdadera dimensión del fenómeno. China
ocupa el primer lugar mundial por PPA, con unos 44,3 billones de dólares
internacionales; Estados Unidos es segundo, con aproximadamente 32,4 billones;
India aparece tercera, con cerca de 18,9 billones; Rusia cuarta, con unos 7,5
billones; Indonesia séptima, con aproximadamente 5,45 billones, y Brasil
octava, con unos 5,23 billones. Es decir, cinco integrantes de los BRICS
—China, India, Rusia, Indonesia y Brasil— concentran por sí solos una masa
económica equivalente a más de 81 billones de dólares en términos de PPA.
La
comparación con el G7 resulta especialmente reveladora. Mientras los BRICS
representan alrededor del 40% del PIB mundial en PPA, el G7 se sitúa en torno
al 30%. En términos de crecimiento, además, los BRICS han adquirido un peso
creciente en la expansión de la economía mundial. Vladímir Putin sostuvo en el
Foro Empresarial de Nueva Delhi que los BRICS habían generado más del 40% del
PIB mundial en los últimos cinco años y que aportaron cerca de la mitad del
crecimiento global durante ese período, frente al 18% del G7. Son cifras
utilizadas políticamente por Moscú y deben interpretarse con cautela según la
metodología estadística empleada, pero ilustran el argumento central del
bloque: el centro de gravedad económico mundial se desplaza hacia Asia y otras
regiones emergentes.
La
comparación con la Unión Europea ofrece otra perspectiva. La UE posee una
economía integrada, una moneda común en gran parte de sus miembros,
instituciones supranacionales y un mercado único, características que los BRICS
no poseen. Tampoco constituyen una alianza militar comparable a la OTAN. Su
estructura es deliberadamente más flexible: las decisiones se adoptan por
consenso y los Estados conservan plena autonomía en política exterior, defensa
y economía. Esa debilidad institucional es, paradójicamente, una de sus
fortalezas: permite sentar en la misma mesa a democracias como India y Brasil,
monarquías como Arabia Saudí y Emiratos, regímenes autoritarios y potencias
enfrentadas entre sí.
El
peso energético constituye otra dimensión esencial. Según las estimaciones
reunidas en el material utilizado para este análisis, los miembros del BRICS
concentran aproximadamente el 41% de las reservas probadas mundiales de
petróleo si se incluye Arabia Saudí, y más de la mitad de las reservas probadas
de gas natural. Arabia Saudí, Irán, Emiratos Árabes Unidos y Rusia concentran
enormes reservas petroleras, mientras Rusia e Irán ocupan posiciones centrales
en el gas. China e India agregan a esa ecuación la condición de grandes
consumidores, mientras Brasil aporta una creciente dimensión energética
atlántica a través de sus yacimientos del presal.
No
se trata, naturalmente, de que los BRICS posean esas reservas como una entidad
supranacional. Cada Estado conserva el control soberano sobre sus recursos y
sus intereses energéticos no siempre coinciden. Pero la concentración
geográfica tiene consecuencias geopolíticas: dentro de un mismo espacio de
cooperación conviven algunos de los principales exportadores mundiales de
hidrocarburos con China e India, dos de los mayores consumidores. Esa
combinación convierte al grupo en un actor particularmente relevante para la
seguridad energética mundial. El Energy Institute confirma, además, la
extraordinaria importancia de Rusia, Irán y China en la producción global de
gas.
La
dimensión estratégica se completa con el factor nuclear. Tres miembros del
BRICS —Rusia, China e India— son potencias nucleares reconocidas de facto y
poseen arsenales nucleares. Rusia y China son, además, miembros permanentes del
Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La India dispone de un arsenal nuclear
independiente y reclama desde hace años una mayor representación en el Consejo.
Irán no posee armas nucleares declaradas y no pertenece al grupo de Estados
nuclearmente armados, aunque su programa nuclear constituye uno de los
principales factores de tensión internacional. Esta composición otorga al BRICS
una densidad estratégica que ninguna agrupación económica convencional puede
ignorar.
La
India procuró que la cumbre no se transformara en una plataforma abiertamente
antioccidental. El profesor de Yale Sushant Singh advertía antes de la reunión
que Nueva Delhi no se sentiría cómoda con una postura explícitamente hostil a
Occidente debido a sus relaciones de defensa con Estados Unidos y sus vínculos
comerciales con Europa y Norteamérica. Mihaela Papa, directora del BRICS Lab
del MIT, observaba en cambio que la posición particular de India podía
convertirla en un mediador entre potencias rivales.
Esa
tensión quedó reflejada en la declaración final. Los once miembros aprobaron
por unanimidad la Declaración de Nueva Delhi, un extenso documento de
140 puntos que procura conciliar posiciones nacionales muy diferentes. El texto
reivindica un orden internacional “más representativo y justo”, la
reforma del multilateralismo y una mayor presencia de Asia, África y América
Latina en las instituciones globales. China y Rusia expresaron nuevamente su
respaldo a las aspiraciones de Brasil e India de desempeñar un papel más
importante en Naciones Unidas y en su Consejo de Seguridad.
El
documento también condena el terrorismo en todas sus formas, respalda la
solución pacífica de las controversias mediante diálogo y diplomacia y rechaza
el incremento de medidas arancelarias y no arancelarias unilaterales que, según
el bloque, distorsionan el comercio y contradicen las normas de la OMC. En
materia financiera, reafirma el objetivo de desarrollar sistemas de pagos
transfronterizos más rápidos, baratos y seguros y ampliar las liquidaciones en
monedas nacionales. No se trata todavía de una moneda común ni de una
sustitución inmediata del dólar, sino de una arquitectura destinada a reducir
la dependencia de los mecanismos financieros dominados por Estados Unidos.
La
cuestión más delicada fue Oriente Próximo. La declaración expresa “profunda
preocupación” por la escalada y reclama “máxima contención”, además
de la protección de civiles e infraestructuras, incluidas las instalaciones
nucleares. El consenso fue significativo porque Irán forma parte del BRICS
mientras Emiratos Árabes Unidos mantiene posiciones diferentes y Estados Unidos
es aliado de varios de los países del Golfo. Reuters destacó que el acuerdo
entre Teherán y Abu Dabi para respaldar el llamamiento conjunto representó un
avance diplomático dentro de una organización atravesada por profundas
divergencias.
El
documento dedicó asimismo una atención sustancial a Palestina, Gaza y Líbano,
mientras evitó mencionar expresamente la guerra de Ucrania, una omisión
significativa si se la compara con la declaración de la cumbre de Río de
Janeiro de 2025. Esa decisión parece responder a la necesidad de preservar el
consenso interno y evitar que el conflicto europeo se convierta en un factor de
ruptura entre Rusia, China, India, Brasil y los restantes miembros.
En
economía, tecnología y energía, Nueva Delhi quiso proyectar un BRICS menos
retórico y más operativo. La declaración respalda la cooperación en
inteligencia artificial, economía digital, cadenas de suministro, innovación,
agricultura, seguridad alimentaria y transición energética. El texto reconoce
simultáneamente la necesidad de reducir emisiones y el papel todavía decisivo
de los combustibles fósiles, defendiendo una transición energética “justa,
ordenada, equitativa e inclusiva” y la neutralidad tecnológica.
Xi
Jinping propuso avanzar hacia un “Greater BRICS” mediante mayor
integración industrial y tecnológica, estabilidad de las cadenas de suministro,
un mercado más conectado y una zona abierta de cooperación en inteligencia
artificial. Putin, por su parte, presentó al grupo como uno de los motores del
desplazamiento hacia un orden multipolar y destacó la necesidad de desarrollar
infraestructura propia de pagos, inversión y comercio.
La
paradoja de los BRICS aparece precisamente allí donde reside su mayor
fortaleza. Ningún otro foro reúne simultáneamente semejante población, volumen
económico, reservas energéticas, capacidad industrial y potencias nucleares.
Pero tampoco resulta sencillo encontrar otro agrupamiento donde convivan tantos
intereses contrapuestos: China e India compiten por la influencia asiática;
Irán y algunos Estados del Golfo mantienen profundas diferencias; Rusia
enfrenta a Occidente; India conserva estrechos vínculos estratégicos con
Estados Unidos; Brasil procura mantener una política exterior autónoma y Arabia
Saudí equilibra sus relaciones entre Washington, Pekín y Moscú.
Por
eso, la XVIII Cumbre de Nueva Delhi no convirtió a los BRICS en una nueva
superpotencia institucional. Hizo algo más importante: consolidó la existencia
de un espacio internacional que ya no puede ser considerado periférico. Su
verdadera importancia no reside únicamente en las declaraciones contra el
unilateralismo ni en la aspiración de reducir el peso del dólar. Está en la
acumulación de población, producción, energía, tecnología, territorio y
capacidad militar que comienza a modificar la distribución mundial del poder.
La
pregunta que queda abierta es si esa masa crítica podrá transformarse en una
estrategia común. Por ahora, la respuesta sigue siendo incierta. Pero la
reunión de Nueva Delhi demuestra que el mundo que emerge ya no puede ser
explicado exclusivamente desde Washington, Bruselas o Tokio. Los BRICS
pretenden que el siglo XXI tenga más de un centro de gravedad. Y sus cifras
indican que esa pretensión dejó de ser una hipótesis para convertirse en una
realidad geopolítica.

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