La creciente sintonía entre Rabat y
San José simboliza un giro en el tablero latinoamericano, donde cada vez más
países consideran el plan marroquí como la base más realista para resolver uno
de los conflictos más prolongados del norte de África.
Contenido:
Buenos
Aires - La reciente declaración conjunta firmada en Rabat entre el ministro de
Exteriores marroquí, Nasser Bourita, y su homólogo costarricense, Arnoldo André
Tinoco, no constituye un gesto diplomático aislado, sino la expresión más
reciente de una tendencia de fondo que atraviesa América Latina. En ella, Costa
Rica reconoce que la propuesta de autonomía para el Sáhara presentada por
Marruecos es “la base más apropiada, seria, creíble y realista” para una
solución política, y va más allá al admitir que una autonomía bajo soberanía
marroquí podría ser “la solución más viable” al diferendo regional.
La
contundencia del lenguaje empleado marca un punto de inflexión en las
relaciones bilaterales y consolida una convergencia política que Rabat viene
cultivando con paciencia en el continente americano. No se trata únicamente de
una declaración de principios: Costa Rica ha manifestado su intención de
alinear su acción política, diplomática, económica y consular con esta
posición, lo que introduce una dimensión operativa a su respaldo.
Este
alineamiento se inscribe en un contexto internacional en el que la Propuesta
para la Negociación de un Plan de Autonomía para la Región del Sáhara, presentado por Marruecos en Naciones Unidas en
2007, ha ido ganando legitimidad progresiva dentro de los marcos
multilaterales, particularmente en el seno del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas, cuya Resolución 2797 de 2025 reconoce la centralidad de esta
iniciativa como base de negociación. La referencia explícita a esta resolución
por parte de Costa Rica no es menor: supone un aval indirecto al enfoque
promovido por Rabat y una señal de alineamiento con la dinámica diplomática
impulsada bajo el liderazgo del rey Mohammed VI.
En
términos bilaterales, el acercamiento entre Marruecos y Costa Rica ha adquirido
una densidad creciente que trasciende la cuestión sahariana. La visita oficial
de André Tinoco a Rabat ha servido para relanzar la relación bajo una “nueva
dinámica”, basada en el diálogo político estructurado y en una cooperación
ampliada en sectores como la agricultura, las energías limpias, la
investigación científica o el turismo. Este despliegue responde a una
estrategia más amplia de Marruecos, orientada a consolidar alianzas en América
Latina mediante una combinación de diplomacia política, cooperación económica y
proyección cultural.
La
dimensión parlamentaria de este acercamiento también ha cobrado protagonismo.
En reuniones paralelas, responsables marroquíes subrayaron la importancia de
reforzar los intercambios legislativos y consolidar los grupos de amistad entre
ambos países, en una lógica de diplomacia multinivel que busca anclar los
vínculos más allá de los ciclos gubernamentales.
Pero
el caso costarricense no puede entenderse de manera aislada. En los últimos
años, América Latina se ha convertido en un terreno clave para la proyección
internacional de Marruecos. Países como Panamá, Guatemala, República
Dominicana, Paraguay o Ecuador han expresado, en distintos grados, su apoyo a
la integridad territorial marroquí y al plan de autonomía. Este respaldo se
manifiesta tanto en declaraciones oficiales como en decisiones prácticas, como
la apertura de consulados en ciudades del Sáhara administradas por Marruecos,
un gesto de alto contenido político.
El
giro de Perú en 2022, al retirar su reconocimiento a la autoproclamada
República Árabe Saharaui Democrática, constituye uno de los ejemplos más
elocuentes de esta tendencia. A ello se suman señales de apoyo implícito de
actores regionales de peso como Brasil, cuya cartografía oficial ha incorporado
el Sáhara como parte del territorio marroquí, en una decisión de fuerte carga
simbólica.
En
paralelo, otras potencias latinoamericanas como Argentina, Chile o México
mantienen posiciones más equilibradas, abogando por una solución “justa,
duradera y mutuamente aceptable” bajo los auspicios de la ONU. Sin embargo,
incluso estas posturas, al reconocer el marco de las resoluciones del Consejo
de Seguridad, contribuyen indirectamente a legitimar la propuesta marroquí como
eje de negociación.
Este
avance diplomático se sustenta en una presencia institucional cada vez más
sólida. Actualmente, más de una docena de países latinoamericanos cuentan con
representación diplomática en Rabat, mientras que otros han optado por
establecer consulados en el Sáhara, reforzando así la tesis de la soberanía
marroquí sobre el territorio.
En
este contexto, Costa Rica emerge como un socio particularmente significativo.
Su tradición democrática, su estabilidad institucional y su perfil
internacional como actor moderado otorgan un peso específico a su
posicionamiento. El respaldo explícito al plan de autonomía no solo refuerza la
estrategia de Marruecos, sino que también puede influir en otros países de la
región que observan con atención la evolución del consenso latinoamericano.
La
cuestión del Sáhara, durante décadas marcada por la polarización ideológica y
la inercia diplomática, parece haber entrado en una nueva fase en el continente
americano. El lenguaje empleado por Costa Rica, alineado con el de otras
capitales de la región, sugiere que el plan de autonomía marroquí ha dejado de
ser una propuesta más para convertirse en el punto de referencia central del
debate.
En
esa reconfiguración silenciosa del mapa diplomático, Rabat ha logrado situar su
iniciativa en el corazón de las discusiones internacionales, apoyándose en una
red de alianzas que trasciende geografías y tradiciones políticas. La relación
con Costa Rica, fortalecida y redefinida, es hoy uno de los ejemplos más
nítidos de esa estrategia paciente y persistente que Marruecos despliega para
consolidar su posición en el escenario global.

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