miércoles, 11 de marzo de 2026

¿Hacia dónde conduce Trump al mundo?



La estrategia de poder con la que Washington busca frenar a China


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Buenos Aires. Muchos analistas internacionales se preguntan si las decisiones del presidente estadounidense Donald Trump responden a impulsos improvisados —y, por tanto, irreflexivos— o si, por el contrario, forman parte de una estrategia cuidadosamente diseñada para redefinir el equilibrio global antes de que concluya su mandato. La acumulación de medidas adoptadas desde su regreso a la Casa Blanca parece sugerir lo segundo: un plan coherente, aunque disruptivo, destinado a preservar la primacía de Estados Unidos en un sistema internacional que Washington percibe cada vez más hostil.

Al asumir nuevamente la presidencia, Trump pareció llegar a una conclusión central: el liderazgo global de Estados Unidos estaba siendo erosionado por el ascenso de una potencia rival. A diferencia de los tiempos de Ronald Reagan, cuando el “Imperio del Mal” era la Unión Soviética, el desafío estratégico del siglo XXI proviene de China.

El gigante asiático no solo cuenta con una economía capaz de disputar la primacía tecnológica e industrial estadounidense, sino también con una red de aliados políticos y comerciales que amplían su influencia. Entre ellos destacan los países agrupados en el bloque de los BRICS, una plataforma formada por economías emergentes que busca reducir la hegemonía financiera occidental mediante iniciativas como la desdolarización del comercio internacional, la creación de mecanismos de crédito alternativos y un mayor uso de monedas nacionales en las transacciones globales.

Un nuevo “eje” geopolítico

En la visión estratégica de Washington, el sistema de alianzas que órbita alrededor de Pekín incluye a Rusia, Irán y Corea del Norte como pilares principales. A su alrededor se alinean socios menores —aunque geopolíticamente relevantes— como Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Estos países desempeñan un papel particularmente sensible para Estados Unidos porque se sitúan en el Caribe y América Latina, regiones tradicionalmente consideradas parte de su esfera de influencia estratégica. Desde la perspectiva estadounidense, su presencia allí constituye una amenaza directa en el llamado “vientre blando” del país.

La cooperación entre estos Estados no se limita al plano político. También abarca acuerdos militares, intercambio de inteligencia y ejercicios conjuntos. En algunos casos incluye incluso presencia física de fuerzas extranjeras. Tropas rusas han sido desplegadas en Venezuela y Cuba, mientras que China mantiene instalaciones de seguimiento espacial y de guerra electrónica en territorio cubano.

En febrero de 2026, el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, el almirante Alvin Holsey, advirtió ante el Congreso que Pekín utiliza a Cuba como una “plataforma avanzada para la recopilación de inteligencia”. Según la administración estadounidense, estas actividades se remontan al menos a 2019 y han sido ampliadas en los últimos años.

A esta red se suman otros indicios de cooperación estratégica. Buques iraníes han realizado escalas frecuentes en puertos venezolanos y cubanos, mientras que los intercambios militares entre Moscú, Teherán y Caracas se han vuelto cada vez más visibles.

Los enclaves estratégicos de China en América Latina

China también ha consolidado posiciones clave en América Latina mediante inversiones en infraestructuras críticas. Entre ellas destacan el control que empresas vinculadas al conglomerado hongkonés CK Hutchison ejercen sobre instalaciones en el Canal de Panamá, el megapuerto de Chancay en Perú —concebido como una puerta de entrada directa al comercio asiático— y la estación espacial china instalada en Bajada del Agrio, en la provincia argentina de Neuquén.

Este complejo, que ocupa unas 200 hectáreas en la Patagonia, está operado por la Agencia China de Lanzamiento y Control de Satélites, dependiente del Ejército Popular de Liberación. Para muchos analistas occidentales, su carácter dual —civil y militar— plantea interrogantes sobre su posible utilización con fines estratégicos.

La dimensión energética también forma parte de esta ecuación. En 2025, Venezuela suministró entre el 3,3% y el 3,5% de las importaciones petroleras totales de China, mientras que Irán aportó cerca del 13%. Estos flujos consolidan la interdependencia entre Pekín y algunos de los principales adversarios de Washington.

El ascenso militar chino

Aunque la expansión internacional de China se ha apoyado sobre todo en el comercio y la inversión, Pekín no ha descuidado el desarrollo de su poder militar. En los últimos años ha modernizado de forma acelerada su marina y su aviación naval, ampliando su capacidad de proyectar fuerza en el mar de China Meridional y en las rutas marítimas que abastecen su economía.

La inauguración de su base naval en Yibuti, en el estratégico Cuerno de África, fue un símbolo de ese cambio de escala. Desde entonces, la presencia naval china en el Índico y el Pacífico occidental ha aumentado de manera constante, generando preocupación en países como Japón, Corea del Sur y Taiwán.

La respuesta de Trump

Ante lo que considera una amenaza existencial para la hegemonía estadounidense, Donald Trump ha optado por una estrategia directa: reforzar a sus aliados, debilitar a la coalición rival y reconfigurar el sistema internacional en términos más favorables a Washington.

Su discurso inaugural ya contenía señales de esa orientación. Entre ellas destacaban su interés por adquirir Groenlandia y por reforzar el control estadounidense sobre el Canal de Panamá, dos enclaves estratégicos para las rutas comerciales y militares del Atlántico Norte.

Al mismo tiempo, exigió a los países de la OTAN un aumento sustancial de su gasto en defensa, advirtiendo que Estados Unidos podría reconsiderar su compromiso con la seguridad europea si los aliados no asumían una mayor parte de la carga. La insinuación de que Washington podría retirar su “paraguas nuclear” sobre Europa provocó inquietud en varias capitales del continente.

Trump también marginó a los gobiernos europeos de las principales negociaciones internacionales, especialmente en los conflictos de Ucrania y Oriente Próximo, reforzando un estilo diplomático basado en decisiones unilaterales.

Del multilateralismo al bilateralismo

La política exterior estadounidense experimentó así un giro significativo: el abandono del multilateralismo tradicional en favor de acuerdos bilaterales o coaliciones ad hoc.

En enero de 2026, Washington promovió la creación del Board of Peace (Junta de Paz), un foro internacional destinado a coordinar iniciativas de seguridad, mediación en conflictos y reconstrucción en zonas de guerra. Entre sus miembros iniciales figuraban varios líderes cercanos ideológicamente a Trump, como el presidente argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele, el ecuatoriano Daniel Noboa y la primera ministra italiana Giorgia Meloni.

De forma paralela, Estados Unidos impulsó una alianza regional denominada Shield of the Americas, integrada por 17 países y orientada a la cooperación militar contra el narcotráfico y la creciente influencia china en el hemisferio occidental.

El distanciamiento de Naciones Unidas

Este nuevo enfoque también implicó un distanciamiento creciente de las instituciones multilaterales tradicionales. La administración Trump suspendió el financiamiento estadounidense a varias agencias vinculadas con Naciones Unidas, entre ellas la Organización Mundial de la Salud, la UNESCO, el Consejo de Derechos Humanos y la agencia de asistencia a los refugiados palestinos.

En enero de 2026, el presidente firmó además un memorando ordenando revisar la participación de Estados Unidos en 66 organismos internacionales.

Para la Casa Blanca, muchas de estas instituciones se habían convertido en plataformas burocráticas que utilizaban fondos estadounidenses para promover políticas contrarias a los intereses de Washington.

Europa, entre la dependencia y la autonomía

En este contexto, Europa se enfrenta a una incómoda realidad. Sin la plena garantía de seguridad estadounidense, la Unión Europea se encuentra ante el desafío de reforzar su autonomía estratégica.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo expresó con claridad en marzo de 2026 durante una conferencia de embajadores en Bruselas. “La idea de que podemos simplemente retirarnos de este mundo caótico es una falacia”, afirmó. Europa, añadió, debe desarrollar “mayor asertividad” y construir nuevas formas de cooperación para defender sus intereses en un sistema internacional cada vez más inestable.

Intervenciones y conflictos

Mientras tanto, la Casa Blanca ha continuado desplegando su estrategia global con rapidez.

Tras la llamada “batalla de los aranceles”, Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares iraníes para poner fin a la denominada Guerra de los Doce Días entre Israel y Teherán. Posteriormente impulsó un acuerdo para detener la guerra entre Israel y las milicias de Hamás y Hezbolá en Gaza y el Líbano.

Pero el frente más inmediato para Washington estaba en el Caribe. Allí, la administración Trump intensificó su presión sobre el régimen chavista en Venezuela. Inicialmente justificó su intervención en la amenaza del narcotráfico, aunque pronto el discurso giró hacia el control de las mayores reservas petroleras del mundo.

Según diversas versiones, a comienzos de 2026 fuerzas estadounidenses lograron capturar al líder venezolano Nicolás Maduro, forzando al debilitado gobierno encabezado por Delcy Rodríguez a aceptar un acuerdo que incluía la apertura del sector petrolero a empresas estadounidenses y la liberación de presos políticos.

La presión sobre Cuba y América Latina

La Casa Blanca también endureció su postura hacia Cuba, imponiendo un embargo total y pronosticando el colapso del régimen antes de octubre. Trump ha llegado incluso a sugerir que la isla podría convertirse en un “Estado asociado” o eventualmente en el “Estado número 51” de la Unión.

Las tensiones no se limitaron a estos países. México, Colombia y Brasil también han recibido advertencias de Washington.

En México, la presión estadounidense contribuyó a un cambio en la estrategia contra el narcotráfico, que culminó con la muerte del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, durante una operación militar en febrero de 2026.

En Brasil, la relación con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva se ha deteriorado por la cercanía de Brasilia con los BRICS y por la visita de buques de guerra iraníes a puertos brasileños en 2025.

La confrontación con Irán

El frente más explosivo de esta estrategia se encuentra en Oriente Próximo.

Con el despliegue de una poderosa fuerza naval encabezada por el portaaviones USS Abraham Lincoln, Estados Unidos lanzó el 28 de febrero la Operación Furia Épica, una ofensiva conjunta con Israel contra instalaciones militares y nucleares iraníes.

Los objetivos declarados de Washington eran claros: destruir el programa nuclear iraní, cortar el apoyo de Teherán a milicias aliadas como Hamás, Hezbolá y los hutíes y, en última instancia, debilitar al régimen de los ayatolás.

Pero la guerra también tiene una dimensión energética. Irán posee las terceras reservas de petróleo del mundo. Si Washington lograra controlar indirectamente estos recursos —sumados a los de Venezuela— su influencia sobre el mercado energético global sería considerable.

Un mundo en transición

El conflicto con Irán ha provocado graves daños en infraestructuras civiles, tensiones regionales y una nueva sacudida para la economía mundial, todavía debilitada por las consecuencias de la pandemia de COVID-19.

En este momento resulta imposible prever el desenlace del conflicto. Probablemente Irán no pueda ganar la guerra, pero la incógnita es si el régimen sobrevivirá lo suficiente para reconstruir su capacidad militar y continuar su ambición de convertirse en una potencia nuclear.

La pregunta más inquietante, sin embargo, es otra: si esta serie de movimientos constituye el preludio de una confrontación mucho mayor con China.

Porque, detrás de cada una de estas crisis, parece perfilarse el verdadero objetivo estratégico de Washington: impedir que Pekín se convierta en la potencia dominante del siglo XXI.

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