lunes, 2 de marzo de 2026

El Rey de Marruecos, Mohammed VI, cierra filas con los países hermanos del Golfo


 

El Rey de Marruecos, Mohammed VI, ante los riesgos de una expansión de las acciones militares en la región, toma posición sobre el conflicto con Irán condenado las agresiones de Teherán. “La seguridad del Golfo es la seguridad de Marruecos”, afirmó categórico el monarca alauí.

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Buenos Aires. En un movimiento de alto contenido geopolítico, Mohammed VI ha decidido elevar el tono contra Teherán y condenar sin ambages las “agresiones abyectas” perpetradas por Irán contra la soberanía de varios Estados del Golfo. La decisión, comunicada por el Gabinete Real tras una intensa ronda de consultas telefónicas con los principales dirigentes árabes, consolida la alineación estratégica de Rabat con sus socios del Consejo de Cooperación del Golfo y reabre el foco sobre la vieja fractura diplomática entre Marruecos e Irán.

Según el comunicado oficial fechado el 28 de febrero de 2026, el monarca alauí mantuvo conversaciones con Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos; con el rey Hamad bin Isa Al Khalifa, soberano de Baréin; con el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman; y con el emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Thani. Durante esas llamadas, Mohammed VI reafirmó “la firme condena del Reino de Marruecos de las agresiones contra la soberanía de estos Estados hermanos y la seguridad de sus territorios”, y expresó su “pleno respaldo” a las medidas que adopten para preservar la estabilidad y la tranquilidad de sus

El lenguaje empleado por el Palacio Real no deja margen para la ambigüedad. El monarca subrayó que la seguridad y la estabilidad del Golfo forman “parte integrante” de la seguridad marroquí y que cualquier atentado contra esos países constituye una “amenaza directa” para la región.

La fórmula no es retórica: Rabat entiende que Teherán, financiando y armando a sus milicias aliadas ha extendido su radio de acción internacional mediante una red de grupos armados y actores no estatales que operan como proxis en distintos escenarios de Oriente Próximo.

La fractura con Teherán y el precedente del Polisario

La condena actual no puede desligarse del antecedente más grave en la relación bilateral. En 2018, Marruecos rompió relaciones diplomáticas con Irán tras acusar a la República Islámica, a través de su aliado regional —el movimiento chií libanés Hezbolá—, de proporcionar apoyo militar y logístico a los terroristas separatistas del Frente Polisario.

Rabat sostuvo entonces que Teherán había intentado integrar al Polisario en su arquitectura de milicias asociadas, suministrándole entrenamiento y armamento sofisticado con el objetivo de convertirlo en un nuevo actor dentro de su constelación de fuerzas indirectas. Las autoridades iraníes negaron las acusaciones, pero Marruecos mantuvo la ruptura como una línea roja estratégica. Para Rabat, la eventual conversión del Polisario en un apéndice de la política regional iraní suponía una amenaza directa a la integridad territorial del reino y un salto cualitativo en la internacionalización del conflicto en el Sáhara.

Solidaridad árabe y cálculo estratégico

Fuentes diplomáticas marroquíes interpretan la reciente condena como el resultado de una doble motivación. Por un lado, una solidaridad política explícita con los “países hermanos” y sus dirigentes, en coherencia con la tradicional política exterior marroquí de apoyo a las monarquías del Golfo. Por otro, un cálculo de seguridad que trasciende la mera retórica.

Rabat observa con inquietud el avance del programa nuclear iraní y el desarrollo de misiles balísticos de medio y largo alcance. Aunque la distancia geográfica amortigua la amenaza inmediata, la ampliación del alcance de esos vectores, sumada a la proliferación de drones y misiles suministrados a milicias aliadas en distintos teatros, configura un escenario que los estrategas marroquíes consideran potencialmente desestabilizador incluso para el Magreb.

La expansión del chiísmo político promovido por Teherán no se limita a la dimensión religiosa, sino que actúa como herramienta de influencia geopolítica. Desde Irak y Siria hasta Líbano y Yemen, Irán ha consolidado redes armadas que funcionan como multiplicadores de su poder regional. Marruecos, de tradición suní malikí y con una monarquía que ostenta el título de “Comendador de los Creyentes”, percibe esa dinámica como un desafío doctrinal y político.

Una diplomacia en clave regional

La secuencia de llamadas del 28 de febrero revela además una coordinación cuidada. Mohammed VI no actuó en solitario: consultó con los principales líderes del Golfo antes de hacer pública la posición marroquí, reforzando así la imagen de un frente común. La mención explícita a que la seguridad del Golfo es inseparable de la seguridad marroquí apunta a una interdependencia política que Rabat ha cultivado durante la última década, en base a expresas directivas del Rey Mohammed VI, mediante acuerdos de cooperación económica, inversiones cruzadas y coordinación en foros multilaterales.

En este contexto, la condena a Teherán se inscribe en una arquitectura diplomática más amplia que combina pragmatismo económico y firmeza estratégica. Marruecos ha reforzado sus vínculos con Arabia Saudí, Emiratos y Catar, al tiempo que consolida su perfil como socio fiable de Occidente en materia de seguridad y lucha contra el extremismo.

El mensaje a Teherán

La decisión del monarca alauí envía un mensaje inequívoco a la República Islámica: cualquier intento de proyectar su influencia mediante actores armados en el norte de África encontrará resistencia política y diplomática. Al mismo tiempo, reafirma la prioridad que Rabat otorga a la estabilidad regional frente a lo que percibe como una política iraní basada en la disuasión asimétrica y la instrumentalización de milicias.

En un Oriente Próximo atravesado por tensiones crecientes, la posición marroquí consolida un eje de solidaridad monárquica y reitera que, para Rabat, la defensa de la soberanía de sus aliados es inseparable de la defensa de su propia seguridad. La condena no es solo un gesto simbólico: es una pieza más en el tablero de una rivalidad regional que, aunque geográficamente distante, tiene ramificaciones que alcanzan hasta el Atlántico.

 

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