El Rey de Marruecos, Mohammed VI,
ante los riesgos de una expansión de las acciones militares en la región, toma
posición sobre el conflicto con Irán condenado las agresiones de Teherán. “La
seguridad del Golfo es la seguridad de Marruecos”, afirmó categórico el monarca
alauí.
Contenido
Buenos
Aires. En un movimiento de alto contenido geopolítico, Mohammed VI ha
decidido elevar el tono contra Teherán y condenar sin ambages las “agresiones
abyectas” perpetradas por Irán contra la soberanía de varios Estados del Golfo.
La decisión, comunicada por el Gabinete Real tras una intensa ronda de
consultas telefónicas con los principales dirigentes árabes, consolida la
alineación estratégica de Rabat con sus socios del Consejo de Cooperación del
Golfo y reabre el foco sobre la vieja fractura diplomática entre Marruecos e
Irán.
Según
el comunicado oficial fechado el 28 de febrero de 2026, el monarca alauí
mantuvo conversaciones con Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de
los Emiratos Árabes Unidos; con el rey Hamad bin Isa Al Khalifa,
soberano de Baréin; con el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman;
y con el emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Thani. Durante esas llamadas,
Mohammed VI reafirmó “la firme condena del Reino de Marruecos de las agresiones
contra la soberanía de estos Estados hermanos y la seguridad de sus territorios”,
y expresó su “pleno respaldo” a las medidas que adopten para preservar la
estabilidad y la tranquilidad de sus
El
lenguaje empleado por el Palacio Real no deja margen para la ambigüedad. El
monarca subrayó que la seguridad y la estabilidad del Golfo forman “parte
integrante” de la seguridad marroquí y que cualquier atentado contra esos
países constituye una “amenaza directa” para la región.
La
fórmula no es retórica: Rabat entiende que Teherán, financiando y armando a sus
milicias aliadas ha extendido su radio de acción internacional mediante una red
de grupos armados y actores no estatales que operan como proxis en distintos
escenarios de Oriente Próximo.
La
fractura con Teherán y el precedente del Polisario
La
condena actual no puede desligarse del antecedente más grave en la relación
bilateral. En 2018, Marruecos rompió relaciones diplomáticas con Irán tras
acusar a la República Islámica, a través de su aliado regional —el movimiento
chií libanés Hezbolá—, de proporcionar apoyo militar y logístico a los
terroristas separatistas del Frente Polisario.
Rabat
sostuvo entonces que Teherán había intentado integrar al Polisario en su
arquitectura de milicias asociadas, suministrándole entrenamiento y armamento
sofisticado con el objetivo de convertirlo en un nuevo actor dentro de su
constelación de fuerzas indirectas. Las autoridades iraníes negaron las
acusaciones, pero Marruecos mantuvo la ruptura como una línea roja estratégica.
Para Rabat, la eventual conversión del Polisario en un apéndice de la política
regional iraní suponía una amenaza directa a la integridad territorial del
reino y un salto cualitativo en la internacionalización del conflicto en el
Sáhara.
Solidaridad
árabe y cálculo estratégico
Fuentes
diplomáticas marroquíes interpretan la reciente condena como el resultado de
una doble motivación. Por un lado, una solidaridad política explícita con los “países
hermanos” y sus dirigentes, en coherencia con la tradicional política
exterior marroquí de apoyo a las monarquías del Golfo. Por otro, un cálculo de
seguridad que trasciende la mera retórica.
Rabat
observa con inquietud el avance del programa nuclear iraní y el desarrollo de
misiles balísticos de medio y largo alcance. Aunque la distancia geográfica
amortigua la amenaza inmediata, la ampliación del alcance de esos vectores,
sumada a la proliferación de drones y misiles suministrados a milicias aliadas
en distintos teatros, configura un escenario que los estrategas marroquíes
consideran potencialmente desestabilizador incluso para el Magreb.
La
expansión del chiísmo político promovido por Teherán no se limita a la
dimensión religiosa, sino que actúa como herramienta de influencia geopolítica.
Desde Irak y Siria hasta Líbano y Yemen, Irán ha consolidado redes armadas que
funcionan como multiplicadores de su poder regional. Marruecos, de tradición
suní malikí y con una monarquía que ostenta el título de “Comendador de los
Creyentes”, percibe esa dinámica como un desafío doctrinal y político.
Una
diplomacia en clave regional
La
secuencia de llamadas del 28 de febrero revela además una coordinación cuidada.
Mohammed VI no actuó en solitario: consultó con los principales líderes del
Golfo antes de hacer pública la posición marroquí, reforzando así la imagen de
un frente común. La mención explícita a que la seguridad del Golfo es
inseparable de la seguridad marroquí apunta a una interdependencia política que
Rabat ha cultivado durante la última década, en base a expresas directivas del
Rey Mohammed VI, mediante acuerdos de cooperación económica, inversiones
cruzadas y coordinación en foros multilaterales.
En
este contexto, la condena a Teherán se inscribe en una arquitectura diplomática
más amplia que combina pragmatismo económico y firmeza estratégica. Marruecos
ha reforzado sus vínculos con Arabia Saudí, Emiratos y Catar, al tiempo que
consolida su perfil como socio fiable de Occidente en materia de seguridad y
lucha contra el extremismo.
El
mensaje a Teherán
La
decisión del monarca alauí envía un mensaje inequívoco a la República Islámica:
cualquier intento de proyectar su influencia mediante actores armados en el
norte de África encontrará resistencia política y diplomática. Al mismo tiempo,
reafirma la prioridad que Rabat otorga a la estabilidad regional frente a lo
que percibe como una política iraní basada en la disuasión asimétrica y la
instrumentalización de milicias.
En
un Oriente Próximo atravesado por tensiones crecientes, la posición marroquí
consolida un eje de solidaridad monárquica y reitera que, para Rabat, la
defensa de la soberanía de sus aliados es inseparable de la defensa de su
propia seguridad. La condena no es solo un gesto simbólico: es una pieza más en
el tablero de una rivalidad regional que, aunque geográficamente distante,
tiene ramificaciones que alcanzan hasta el Atlántico.

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