Tres semanas después del bloqueo del
principal pulmón petrolero del planeta, la economía mundial se enfrenta a un
shock de dimensiones históricas. La combinación de una inflación desbocada y
una recesión inminente amenaza con superar la severidad de la crisis de 1973,
forzando un reordenamiento forzoso del orden económico global.
Contenido:
Buenos
Aires - Apenas tres semanas después de que Irán decretara el cierre efectivo
del Estrecho de Ormuz en represalia por los ataques conjuntos de Estados Unidos
e Israel contra sus instalaciones militares y energéticas, la economía mundial
se encuentra al borde de un shock petrolero de dimensiones históricas que
amenaza con combinar inflación desbocada y recesión simultánea, un escenario
que evoca con crudeza la crisis de 1973 pero que, por su escala y rapidez,
podría superarla en severidad.
El
principal chokepoint del petróleo global –por donde transitaban antes del
conflicto unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes al 20% del
suministro mundial y al 20% del gas natural licuado transportado por mar– ha
visto su tráfico caer de más de cien petroleros al día a prácticamente cero.
Arabia Saudita, Irak, Emiratos Árabes, Kuwait y Qatar han declarado fuerza
mayor y recortado su producción entre un 10% y un 70%, según los casos. La
Agencia Internacional de la Energía (AIE) no ha dudado en calificar esta
disrupción como “la mayor crisis energética de la historia” y ha
procedido a la liberación récord de 400 millones de barriles de reservas
estratégicas, cantidad equivalente a cuatro días de consumo mundial.
Los
precios han respondido con una velocidad nunca vista en conflictos recientes.
El barril de Brent pasó en días de entre 70 y 80 dólares a superar los 100, con
picos registrados de 126 dólares, mientras el crudo Dubai llegó a 166. El gas
natural en Europa se duplicó temporalmente y el gas natural licuado (GNL) se
encareció un 100%. Si el cierre se prolonga más de un mes –y todo indica que la
situación evoluciona día a día sin visos de solución inmediata–, los analistas
proyectan niveles de 150 a 200 dólares por barril, cifras que multiplicarían el
impacto inflacionario. Este shock no es selectivo como el embargo árabe de
1973, que redujo apenas entre un 5% y un 7% del suministro mundial (unos cinco
millones de barriles diarios menos) durante cinco meses. Entonces los precios
se cuadruplicaron de unos 3 dólares a 11,65 en enero de 1974. Ahora la
interrupción física y militar afecta de forma simultánea a la mayor parte de
las exportaciones del Golfo y genera un efecto dominó inmediato sobre
combustibles, fertilizantes, plásticos y transporte.
Los
sectores más expuestos son precisamente aquellos que dependen de forma crítica
del petróleo y sus derivados. El transporte –por carretera, aéreo y marítimo–
afronta alzas brutales en carburantes: en California la gasolina ya supera los
5 dólares por galón, lo que encarece la logística global y los fletes. La
industria petroquímica, base de plásticos, envases y miles de productos
cotidianos, ve dispararse sus costos de producción. La agricultura sufre
doblemente: los fertilizantes, elaborados a partir de gas natural, se encarecen
de forma dramática, amenazando cosechas y precios de alimentos en todo el
planeta. La aviación y el sector manufacturero completan el panorama de
vulnerabilidades, con márgenes de beneficio comprimidos y posibles cierres de
fábricas si la escasez se agrava. Según el experto en energía Daniel Yergin,
esta es “la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado
petrolero global”, y sus consecuencias no se limitarán a los precios:
alterarán cadenas de valor enteras y forzarán ajustes estructurales que podrían
prolongarse hasta bien entrada la década.
El
director ejecutivo de la AIE, Fatih Birol, ha sido tajante: “Ningún país
quedará inmune” a los efectos de esta crisis. “La economía mundial está
bajo una amenaza mayor”, advirtió tras la liberación de reservas,
subrayando que el cierre de Ormuz representa un desafío de seguridad energética
sin precedentes desde los años setenta. Economistas como David Bassanese, jefe
de BetaShares, ya hablan abiertamente de un “momento estanflacionario” en el
que el crecimiento se debilitaría mientras los bancos centrales se verían
limitados para bajar tipos ante la presión inflacionaria. “Si el petróleo se
mantiene por encima de 100 dólares y la disrupción continúa, enfrentaremos
crecimiento débil pero inflación alta que impedirá una respuesta monetaria
ágil”, explicó. En paralelo, Sal Guatieri, de BMO Capital Markets, describe
la situación estadounidense como el “segundo shock estanflacionario en un
año”, tras las tensiones comerciales previas.
Estados
Unidos, pese a su mayor autosuficiencia gracias al shale oil, no escapa al
vendaval. Los precios de la gasolina en estados clave como California ya
superan los cinco dólares por galón, alimentando una inflación que el mercado
laboral –con riesgo de ralentización– no podrá absorber fácilmente. El PIB
podría recortarse hasta un 1,5% si el barril se estabiliza en 120 dólares,
según estimaciones de Capital Group.
Europa,
mucho más dependiente de importaciones, afronta un escenario aún más delicado:
los precios del gas se han duplicado temporalmente y el continente, todavía
recuperándose de la crisis ucraniana, ve amenazada su industria pesada y su
capacidad para mantener la competitividad.
China,
el mayor importador mundial de crudo, con la mitad de sus compras transitando
históricamente por Ormuz, sufre presión directa sobre su sector manufacturero y
químico. Analistas de The Asia Group advierten que costos energéticos
sostenidos en 90-100 dólares por barril erosionarían los márgenes de las
industrias intensivas en energía y frenarían el objetivo de estimular el
consumo interno, restando décimas al crecimiento del gigante asiático.
Rusia,
en cambio, emerge como uno de los pocos beneficiados a corto plazo. El alza de
los precios le ha permitido incrementar sus ingresos energéticos en unos 150
millones de dólares diarios, según estimaciones de mercado, y ha facilitado un
alivio temporal de sanciones occidentales para estabilizar los precios
globales. Moscú, que ya exportaba a India y China a precios preferenciales, ve
reforzada su posición fiscal en plena negociación sobre Ucrania. Sin embargo,
el Kremlin tampoco está exento de riesgos: una recesión global prolongada
terminaría reduciendo la demanda de sus hidrocarburos.
Los
países del Tercer Mundo, y muy especialmente los de Sudamérica, enfrentan el “doble
golpe” que ya sufrieron en los años ochenta: inflación importada y caída de
la demanda de sus exportaciones primarias. La deuda externa de las economías
emergentes, que ya se encontraba en niveles elevados, podría dispararse de
nuevo si los costos de energía y transporte se mantienen altos durante meses.
En América Latina el panorama es mixto, según Goldman Sachs: naciones
productoras como Brasil y México podrían captar dólares extra por el alza del
crudo, pero los importadores netos y las economías más vulnerables verán
agravada su inflación y desacelerado su crecimiento regional, revisado a la
baja hasta el 2,1% para 2026.
Argentina,
en particular, se encuentra en una posición especialmente delicada. Aunque Vaca
Muerta le permite aspirar a mayores exportaciones de crudo y gas –lo que
generaría divisas en un contexto de escasez global–, el impacto inmediato es
negativo y se multiplica por su alta inflación estructural. Los combustibles
locales se encarecen de inmediato, las tarifas de transporte suben y los
fertilizantes –cruciales para la cosecha récord de soja y maíz esperada–
disparan los costos del sector agroexportador, principal motor de dólares del
país. Los fletes marítimos y los seguros también se han incrementado por la
disrupción logística global.
Analistas
locales como Marcelo Elizondo advierten que el efecto neto será inflacionario y
contractivo: “Esto sube los costos y finalmente termina haciendo que suban
los precios de los commodities agrícolas también”, ha señalado, recordando
que Argentina no depende directamente del estrecho para exportar granos pero sí
sufre el encarecimiento indirecto de toda la cadena. Si el cierre persiste, el
país podría ver cómo su ya frágil equilibrio macroeconómico se desestabiliza
aún más, con riesgo de mayor presión cambiaria y menor margen para políticas
expansivas.
Los
paralelismos con 1973 son inevitables pero también reveladores de diferencias
cruciales. Aquella crisis puso fin a la era de prosperidad de posguerra, generó
estanflación, contrajo el PIB estadounidense un 6% y duplicó el desempleo en
muchos países occidentales. El consumo de petróleo cayó entre un 6% y un 7% en
Occidente y los países en desarrollo vieron explotar su deuda de 75.000
millones de dólares en 1970 a más de 600.000 millones en 1980.
Hoy,
tres semanas después del cierre de Ormuz, los efectos macroeconómicos completos
–recesión confirmada– aún no se han materializado, pero los expertos coinciden
en que nos encontramos ante la mayor crisis energética desde los años setenta.
Si el estrecho no se reabre pronto, los efectos de 2026 podrían no solo igualar
sino superar en magnitud y rapidez a los de 1973, acelerando una transformación
estructural de la economía mundial: mayor conciencia sobre la vulnerabilidad
energética, reordenamiento de rutas comerciales y un nuevo equilibrio de poder
entre productores y consumidores.
Mientras
los mercados financieros oscilan y los gobiernos liberan reservas de
emergencia, la pregunta que recorre las cancillerías y las salas de juntas es
la misma que en octubre de 1973: ¿hasta dónde llegará este shock y cuánto
tiempo tardará el mundo en adaptarse a un petróleo que ya no es barato ni
garantizado? La respuesta, por ahora, se escribe día a día en las aguas del
Golfo Pérsico.

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