El desorbitado costo de la guerra en
Medio Oriente, con su secuela de destrucción de infraestructura e interrupción
de los flujos comerciales internacionales, amenazan con provocar una crisis
económica de alcance global.
Contenido:
Buenos
Aires - La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha desbordado con
rapidez el campo de batalla militar para convertirse en una crisis económica de
alcance global. En apenas unos días, la confrontación ha desencadenado una
cadena de perturbaciones que atraviesan el mercado energético, el comercio
marítimo, el sistema financiero internacional y las economías de Medio Oriente.
La magnitud de los costos resulta todavía difícil de calcular con precisión,
pero las primeras estimaciones sitúan el impacto económico total en decenas de
miles de millones de dólares diarios, una cifra que recuerda a los momentos más
críticos de las grandes crisis energéticas del siglo XX.
El
conflicto se ha convertido, en primer lugar, en una guerra extraordinariamente
costosa en términos estrictamente militares. Las operaciones aéreas y navales
de Estados Unidos e Israel implican el despliegue de algunas de las plataformas
bélicas más caras del arsenal occidental. Bombarderos furtivos B-2 Spirit,
cazas F-35A Lightning II, F-22 Raptor, F-15E Strike Eagle y F/A-18 Super Hornet
participan en misiones de ataque, supresión de defensas aéreas y superioridad
aérea. Cada una de estas operaciones supone el lanzamiento de municiones
guiadas de precisión, misiles de crucero Tomahawk y el uso intensivo de
sistemas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento.
Los
costes operativos de una guerra de esta intensidad son enormes. Según la
prestigiosa publicación especializada Defense Review, en conflictos previos
entre Israel e Irán, como la confrontación directa de doce días en junio de
2025, el gasto diario israelí en combustible para aeronaves, mantenimiento de
sistemas, misiones aéreas y municiones se estimó en unos 700 millones de dólares.
Sin embargo, el coste real de la guerra no se limita a las operaciones
ofensivas. Israel debe desplegar simultáneamente una compleja arquitectura
defensiva basada en interceptores de misiles como David’s Sling, Arrow-2 y
Arrow-3, Patriot, SM-3, SM-6 y el sistema estadounidense THAAD. Cada
interceptor puede costar entre uno y cuatro millones de dólares, y el volumen
de misiles lanzados durante los ataques iraníes ha elevado el gasto diario
total israelí a cerca de 2.000 millones de dólares incluso en escenarios de
intensidad moderada.
La
actual escalada ha multiplicado esas cifras. Las estimaciones más recientes
sitúan el coste combinado de las operaciones militares israelíes y
estadounidenses entre 5.000 y 8.000 millones de dólares diarios, si se incluyen
los gastos operativos, los interceptores antimisiles, los daños en
infraestructura militar y los costos logísticos de las bases desplegadas en la
región. Solo los daños provocados en una base militar estadounidense en Qatar
podrían superar los 10.000 millones de dólares.
A
este gasto directo se añade la destrucción de infraestructura estratégica en
Irán. Los bombardeos se han dirigido especialmente contra instalaciones
petroleras, depósitos de combustible y refinerías. Antes de la guerra, Irán
contaba con una capacidad de refinación cercana a 2,2 millones de barriles
diarios repartidos en nueve grandes refinerías. La destrucción de unidades de
destilación, plantas de hidrógeno y sistemas de craqueo catalítico supone la
pérdida de instalaciones cuyo reemplazo requiere entre tres y cinco años. Cada
complejo industrial destruido implica miles de millones de dólares en
reconstrucción futura y reduce la capacidad global de refinación, un factor
clave para el mercado energético internacional.
El
impacto económico se extiende inmediatamente a los países del Golfo Pérsico,
donde se concentra una parte decisiva de la infraestructura energética mundial.
Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin y Omán han sufrido
ataques con drones, interrupciones en aeropuertos y cierres del espacio aéreo.
Los centros financieros y logísticos de Dubái, Doha o Manama han visto
paralizadas muchas de sus actividades. Las pérdidas directas en la aviación, el
turismo, los servicios financieros y el comercio regional superan ya los mil
millones de dólares diarios, mientras que los efectos indirectos —desde la
caída del turismo hasta las interrupciones en las cadenas de suministro—
podrían elevar las pérdidas económicas regionales hasta entre 3.000 y 5.000
millones de dólares diarios.
Sin
embargo, el elemento que ha amplificado el impacto global del conflicto es la
crisis energética provocada por la interrupción del tráfico en el estrecho de
Ormuz. Este corredor marítimo, de apenas 34 kilómetros de ancho en su punto más
estrecho, transportaba antes de la guerra alrededor del 20% del petróleo
mundial y cerca del 20% del comercio global de gas natural licuado. La
interrupción del tráfico marítimo ha provocado la pérdida de aproximadamente 10
millones de barriles diarios en el mercado internacional, de los cuales ocho
millones corresponden a crudo y dos millones a productos refinados.
Se
trata de la mayor interrupción de suministro petrolero registrada en la
historia del mercado energético moderno. Antes del conflicto, unos 15 millones
de barriles diarios de crudo y cinco millones de barriles de derivados
atravesaban Ormuz. En la actualidad, el tráfico ha caído a menos del 10% de
esos niveles. La Agencia Internacional de la Energía considera que el shock de
oferta supera incluso al de la crisis petrolera de 1973 o a la interrupción
causada por la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Las
rutas alternativas apenas compensan una fracción del flujo perdido. Arabia
Saudí puede desviar parte de su producción mediante el oleoducto Este-Oeste
hacia el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, con una capacidad cercana a 7
millones de barriles diarios. Los Emiratos Árabes Unidos cuentan con otro
oleoducto entre Habshan y Fujairah capaz de transportar alrededor de 1,5
millones de barriles diarios. Incluso utilizando estas infraestructuras al
máximo, el volumen desviado queda muy por debajo del flujo que normalmente
atravesaba el estrecho.
La
consecuencia inmediata ha sido una subida brusca del precio del petróleo. El
crudo WTI superó los 92 dólares por barril en las primeras jornadas de la
escalada, mientras que los analistas consideran plausible un salto por encima
de los 100 dólares si la interrupción se prolonga. Algunos mandos militares
iraníes han llegado a declarar explícitamente que el objetivo estratégico de la
guerra es empujar el precio del petróleo hasta los 200 dólares por barril, una
cifra que desencadenaría un shock energético comparable al de las grandes
crisis petroleras del siglo pasado.
Las
repercusiones sobre la economía mundial ya empiezan a ser visibles. Cada
aumento sostenido de diez dólares en el precio del petróleo puede restar entre
una y dos décimas al crecimiento económico global durante el año siguiente,
según estimaciones de bancos internacionales. En las economías desarrolladas,
un aumento del 10% en el precio del crudo podría añadir entre dos y cuatro
décimas a la inflación anual.
El
impacto se transmite también a otros sectores energéticos. El Golfo Pérsico
concentra una parte sustancial de la producción mundial de fertilizantes y
productos petroquímicos, especialmente amoniaco y urea. La interrupción de las
exportaciones de Qatar y otros países amenaza con elevar el coste de los
fertilizantes y presionar al alza los precios de los alimentos, especialmente
en Europa y Asia.
El
comercio internacional sufre otra de las grandes sacudidas del conflicto. La
interrupción del tráfico marítimo en el Golfo ha dejado cientos de buques
atrapados o desviados. Más de 3.200 barcos se encuentran inactivos dentro del
Golfo Pérsico, mientras otros 500 esperan en el exterior. La capacidad
paralizada equivale a unos 470.000 contenedores estándar, aproximadamente el
10% de la flota mundial de portacontenedores.
Las
principales navieras han suspendido rutas enteras. La danesa Maersk mantiene al
menos diez buques atrapados en el Golfo, incapaces de abandonar la zona. Los
barcos que logran continuar su viaje deben rodear África por el cabo de Buena
Esperanza, lo que añade entre diez y catorce días al trayecto entre Asia y
Europa. Este desvío incrementa el consumo de combustible, retrasa la llegada de
mercancías y provoca un efecto dominó en toda la logística global.
Las
tarifas de transporte marítimo han reaccionado con rapidez. Las compañías han
impuesto recargos de emergencia de hasta 1.800 dólares por contenedor de 20
pies, 3.000 dólares por contenedor de 40 pies y casi 4.000 dólares por
contenedor refrigerado. Otras navieras han añadido recargos adicionales de
hasta 3.000 dólares por unidad. A esto se suma el aumento del 300% en las
primas de seguro marítimo por riesgo de guerra.
Estas
perturbaciones ya se traducen en aumentos de precios en sectores industriales.
Los envíos de semiconductores desde Asia hacia los centros de ensamblaje del
Golfo se han retrasado, lo que amenaza con encarecer la electrónica de consumo
entre un 20% y un 30%. Los productos agrícolas también se ven afectados por la
interrupción del comercio de fertilizantes y materias primas.
El
turismo constituye otra de las víctimas inmediatas del conflicto. Las ciudades
del Golfo, que se habían convertido en grandes centros de tránsito aéreo y
destinos turísticos globales, han sufrido cierres temporales de aeropuertos y
cancelaciones masivas de vuelos. Las aerolíneas se enfrentan a rutas más largas
para evitar el espacio aéreo iraní y a un combustible mucho más caro. En
consecuencia, las tarifas aéreas internacionales han subido entre un 3% y un
15% en pocos días.
La
crisis también golpea al sistema financiero regional. La decisión iraní de
considerar objetivos militares a los bancos vinculados a Estados Unidos e
Israel ha generado temor en los centros financieros del Golfo. La mera amenaza
de ataques contra instituciones bancarias internacionales ha provocado
recalculaciones de riesgo por parte de aseguradoras y entidades financieras. El
peligro de corridas bancarias o retiradas masivas de depósitos se ha convertido
en una preocupación real en ciudades como Dubái, Manama o Kuwait.
China
ocupa un lugar singular en este nuevo escenario geoeconómico. Mientras gran
parte del tráfico marítimo internacional evita el estrecho de Ormuz, el
petróleo iraní sigue fluyendo hacia puertos chinos a través de una flota
clandestina de petroleros sancionados. Desde el inicio de la guerra se habrían
exportado al menos 11,7 millones de barriles de crudo iraní hacia China
mediante estos canales. Pekín compra entre el 80% y el 90% de las exportaciones
petroleras iraníes y dispone además de reservas estratégicas suficientes para
cubrir entre 90 y 130 días de consumo. Esta situación permite a China
amortiguar el impacto energético de la crisis mientras el resto del mundo
enfrenta precios al alza.
Finalmente,
la factura más pesada llegará cuando termine la guerra. La reconstrucción de
infraestructuras dañadas en Israel, Irán y los países del Golfo podría alcanzar
cifras colosales. La reparación de refinerías, depósitos de combustible,
puertos, aeropuertos y centros industriales destruirá recursos durante años. La
reconstrucción de una gran refinería puede costar entre 5.000 y 10.000 millones
de dólares, mientras que la reparación de aeropuertos, puertos y redes
energéticas puede sumar decenas de miles de millones adicionales.
En
conjunto, la guerra ya se perfila como uno de los conflictos más costosos de la
historia reciente. La combinación de operaciones militares intensivas,
destrucción de infraestructura energética, interrupciones comerciales y
volatilidad financiera amenaza con transformar un conflicto regional en un
shock económico global. La guerra, en este caso, no solo se libra con misiles y
aviones: también se combate en los mercados energéticos, en los puertos del
comercio mundial y en las cuentas bancarias de millones de personas.

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