miércoles, 18 de marzo de 2026

La guerra invisible en Asia Central: Pakistán y Afganistán, al borde de una espiral incontrolable


 

Ignorada por la agenda internacional, eclipsada por la guerra entre Rusia y Ucrania y por la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán, la frontera entre Pakistán y Afganistán se ha convertido en uno de los focos más volátiles del planeta. Lo que comenzó como una serie de escaramuzas y acusaciones cruzadas ha derivado en un enfrentamiento abierto entre un Estado con capacidad nuclear y un régimen insurgente que ha logrado consolidarse en el poder..

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Buenos Aires - La actual crisis entre Islamabad y Kabul dista de ser un estallido súbito. Por el contrario, constituye la culminación de una relación históricamente ambigua, atravesada por la instrumentalización mutua, la desconfianza estructural y una geografía que ha favorecido tanto la infiltración como el conflicto. Durante décadas, Pakistán concibió a los talibanes como un instrumento de profundidad estratégica frente a India. Sin embargo, ese cálculo geopolítico ha terminado por volverse en su contra: el actual poder talibán se presenta como un actor autónomo, ideológicamente inflexible y cada vez menos dispuesto a someterse a las presiones de quien fuera su principal sostén.

En los últimos meses, la tensión ha alcanzado niveles alarmantes. La aviación paquistaní ha llevado a cabo bombardeos en territorio afgano —incluyendo zonas cercanas a Kabul y provincias orientales como Paktika y Nangarhar— bajo el argumento de neutralizar bases del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP). Desde Kabul, las autoridades han denunciado estas incursiones como actos de agresión directa, subrayando que han provocado víctimas civiles, entre ellas mujeres y niños, además de generar nuevos desplazamientos de población.

El portavoz del Ministerio de Defensa afgano, en declaraciones difundidas por medios regionales, acusó a Islamabad de “violar la soberanía nacional y atacar indiscriminadamente a la población”. En respuesta, el Ministerio de Exteriores paquistaní ha insistido en el derecho a la legítima defensa frente a grupos insurgentes que —según sostiene— operan con impunidad desde territorio afgano. En una comparecencia ante el Parlamento, el entonces primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, afirmó con contundencia que “Pakistán no permitirá que su territorio sea desestabilizado por organizaciones terroristas que encuentran refugio al otro lado de la frontera”.

El núcleo de la disputa sigue siendo la línea Durand, una frontera de más de 2.600 kilómetros trazada en 1893 por el Imperio británico. Para Pakistán, heredero de esa delimitación, se trata de una frontera internacional legítima e inalterable. Para Afganistán, en cambio, constituye una imposición colonial que fragmenta artificialmente a la etnia pastún, asentada a ambos lados de la divisoria. Esta fractura territorial ha alimentado durante décadas tensiones persistentes, insurgencias y flujos transfronterizos difíciles de controlar. Con el regreso de los talibanes al poder en Kabul en 2021, tras la retirada de Estados Unidos, la cuestión ha adquirido una dimensión aún más crítica: ya no se trata únicamente de una disputa histórica, sino de un problema inmediato de seguridad para Islamabad.

El movimiento talibán, surgido en 1994 en el sur de Afganistán, es fruto de una compleja combinación de factores: el vacío de poder posterior a la guerra contra la Unión Soviética, el apoyo logístico de Pakistán y la influencia ideológica de escuelas religiosas islámicas de orientación deobandí. Su proyecto político se articula en torno a la instauración de un emirato islámico regido por una interpretación estricta de la sharía. Durante su primer gobierno, entre 1996 y 2001, impusieron un sistema profundamente restrictivo —especialmente para las mujeres— y ofrecieron refugio a organizaciones como Al Qaeda, lo que desencadenó la intervención militar estadounidense tras los atentados del 11 de septiembre. Dos décadas después, han regresado al poder combinando pragmatismo táctico con una notable rigidez doctrinal.

En la actualidad, su desafío no se limita a gobernar un país devastado, sino también a gestionar sus relaciones exteriores sin renunciar a su identidad ideológica. Es precisamente en ese delicado equilibrio donde se inscribe su compleja relación con Pakistán.

El elemento más explosivo del conflicto es la presencia del Tehreek-e-Taliban Pakistan, una organización insurgente que comparte raíces ideológicas con los talibanes afganos, pero cuyo objetivo es derrocar al Estado paquistaní. Islamabad acusa a Kabul de tolerar —cuando no respaldar— la actividad del TTP en su territorio. Las autoridades talibanes rechazan estas acusaciones, aunque persisten las dudas sobre su capacidad real o su voluntad política para controlar a este grupo. Mientras algunos analistas apuntan a una afinidad ideológica que dificulta una ruptura clara, otros sostienen que el problema radica en la falta de control efectivo sobre regiones periféricas.

Desde el punto de vista militar convencional, la superioridad de Pakistán resulta incuestionable. Su ejército, considerado uno de los más profesionalizados del mundo islámico, dispone de armamento moderno, aviación avanzada y un arsenal nuclear que lo sitúa en una categoría estratégica muy superior. Afganistán, por el contrario, depende de estructuras militares informales, armamento ligero y recursos limitados. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que la superioridad tecnológica no garantiza el control del territorio afgano. Ni la Unión Soviética ni Estados Unidos lograron imponerse de manera duradera. Los talibanes, expertos en la guerra de guerrillas, han sabido transformar su debilidad estructural en una ventaja táctica.

El conflicto no se desarrolla en un vacío geopolítico. Al contrario, genera una profunda inquietud entre las potencias regionales, que perciben en esta inestabilidad tanto amenazas como oportunidades. China observa con creciente preocupación la evolución de la crisis. Para Pekín, la fricción entre Islamabad y Kabul representa un factor de riesgo estratégico, especialmente en lo relativo a sus inversiones en Pakistán a través del Corredor Económico China-Pakistán. Una eventual desestabilización interna podría comprometer infraestructuras críticas. Además, China teme que un Afganistán sin control efectivo se convierta en refugio para grupos militantes que operan en Xinjiang. En este contexto, busca que los talibanes cumplan su promesa de no exportar el terrorismo, adoptando un papel de mediador discreto pero constante.

India, en cambio, contempla la situación desde una lógica distinta. La histórica rivalidad con Pakistán convierte cualquier debilitamiento del control estatal paquistaní en una oportunidad estratégica. El hecho de que el antiguo aliado de Islamabad —los talibanes— se haya transformado en una fuente de inestabilidad es interpretado en Nueva Delhi como un error de cálculo del aparato militar paquistaní. En consecuencia, India ha iniciado un acercamiento cauteloso hacia el régimen talibán, combinando ayuda humanitaria con una presencia técnica en su embajada. Este despliegue de poder blando busca contrarrestar la influencia paquistaní y evitar que Afganistán sea utilizado como base para acciones hostiles contra territorio indio.

El coste humano del conflicto resulta difícil de cuantificar con precisión, pero los informes coinciden en señalar que la violencia ha dejado ya centenares de muertos. A las bajas militares se suman víctimas civiles, desplazamientos forzados y destrucción de infraestructuras. Los bombardeos en zonas fronterizas han afectado especialmente a comunidades vulnerables, agravando una crisis humanitaria ya de por sí severa. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados ha advertido sobre el riesgo de nuevos flujos de desplazados en una región que ya acoge a millones de refugiados afganos.

La paradoja más inquietante de este conflicto es su relativa invisibilidad. Mientras otras guerras acaparan la atención internacional, la escalada entre Pakistán y Afganistán avanza sin apenas escrutinio mediático ni presión diplomática significativa. Esta ausencia de foco no solo dificulta los esfuerzos de desescalada, sino que incrementa el riesgo de errores de cálculo. En una región donde convergen intereses de potencias nucleares y actores no estatales, cualquier incidente puede desencadenar consecuencias desproporcionadas.

Todo apunta a que el conflicto se encamina hacia una fase prolongada de confrontación indirecta. Pakistán continuará con ataques selectivos contra objetivos insurgentes, mientras los talibanes, ya sea de forma directa o a través de grupos afines, mantendrán la presión. El mayor peligro no reside en una guerra convencional a gran escala, sino en una erosión progresiva de la estabilidad regional.

En ese escenario, la frontera entre Pakistán y Afganistán corre el riesgo de consolidarse como uno de los puntos más peligrosos del mapa global: un conflicto persistente, de baja visibilidad pero de alto impacto. En un mundo saturado de crisis, esta guerra olvidada entre dos países musulmanes podría, en cualquier momento, dejar de serlo. 

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