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Buenos
Aires - La guerra moderna ya no se mide solo en ciudades destruidas o en
desplazamientos humanos. En el Golfo Pérsico, desde el inicio de los ataques el
28 de febrero, el conflicto ha desatado un proceso de degradación ambiental de
gran escala cuya magnitud apenas empieza a comprenderse. Incendios en
refinerías, explosiones de depósitos de combustible y ataques a buques
petroleros han liberado una combinación de sustancias tóxicas que se dispersan
por la atmósfera, los suelos y el mar, afectando a ecosistemas extremadamente
sensibles y a poblaciones urbanas densamente concentradas.
En
apenas las primeras semanas de combates, las emisiones derivadas de incendios
industriales y explosiones han liberado alrededor de cinco millones de
toneladas de dióxido de carbono, un volumen que supera las emisiones anuales de
algunos países pequeños. Este fenómeno se explica porque la destrucción de
instalaciones energéticas —refinerías, depósitos de petróleo y plantas de gas—
provoca la combustión masiva de hidrocarburos y la liberación de gases de
efecto invernadero que aceleran el calentamiento global. A ello se suma la
liberación de partículas finas, carbono negro y compuestos tóxicos que afectan
de inmediato la calidad del aire y la salud pública.
La
escena más visible de ese impacto se ha vivido en Teherán. Tras los ataques
contra instalaciones petroleras en las afueras de la capital iraní, columnas de
humo cubrieron el cielo de la ciudad, donde viven millones de personas.
Científicos consultados por medios internacionales han señalado que la mezcla
de contaminantes liberados en estos incendios —monóxido de carbono, óxidos de
nitrógeno, dióxido de azufre y compuestos orgánicos volátiles— es propia de
accidentes industriales extremos, pero rara vez se observa a esa escala en un
entorno urbano tan densamente poblado. El investigador Akshay Deoras, de la
Universidad de Reading, afirmó que la magnitud de los contaminantes liberados
podría ser “sin precedentes”, mientras que la profesora Eloise Marais,
del University College de Londres, advirtió que el episodio equivale, en
términos químicos, a la explosión simultánea de varias instalaciones
industriales.
Uno
de los fenómenos más inquietantes reportados por los habitantes de la capital
iraní ha sido la llamada “lluvia negra”. Este término describe una
precipitación cargada de hollín y residuos químicos que oscurecen el agua al
caer. El proceso ocurre cuando las partículas suspendidas en el aire —producto
de incendios petroleros o explosiones— son capturadas por gotas de lluvia y
arrastradas hasta el suelo. Aunque la lluvia puede limpiar parcialmente la
atmósfera, también deposita contaminantes sobre calles, viviendas, cultivos y
sistemas hídricos, facilitando su infiltración en acuíferos y su incorporación
a la cadena alimentaria.
La
contaminación atmosférica es apenas uno de los frentes de esta crisis. La
guerra también ha liberado residuos tóxicos derivados de municiones, explosivos
y materiales industriales. Cuando edificios, depósitos y fábricas son
destruidos, los escombros dispersan sustancias peligrosas como plomo, mercurio,
amianto o hidrocarburos complejos que pueden permanecer en el ambiente durante
décadas. Estos contaminantes se fijan en el suelo, degradan su fertilidad y
afectan su capacidad de regeneración, comprometiendo la agricultura y la
seguridad alimentaria de amplias regiones.
El
impacto sobre la salud humana es inmediato y también prolongado. El director
general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha
advertido que la destrucción de infraestructuras energéticas “corre el
riesgo de contaminar alimentos, agua y aire”, generando consecuencias
graves para las poblaciones más vulnerables. La exposición a partículas finas y
compuestos tóxicos no solo provoca afecciones respiratorias agudas, sino que
incrementa el riesgo de enfermedades crónicas y cáncer en el largo plazo.
Pero
el alcance del desastre ambiental no se limita a Irán. El conflicto se ha
trasladado también al mar, especialmente al Golfo Pérsico y al estrecho de
Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del mundo. Los ataques
a petroleros y buques militares han provocado derrames de crudo que forman
películas superficiales sobre el agua, reducen la oxigenación y afectan a
peces, aves marinas y arrecifes coralinos. Estos ecosistemas, ya debilitados
por el calentamiento global, podrían sufrir daños irreversibles si los vertidos
continúan.
A
ello se suma el riesgo sobre infraestructuras críticas como las plantas
desalinizadoras, esenciales en una región donde el acceso al agua dulce depende
del mar. La contaminación del agua marina puede inutilizar estos sistemas o
reducir su capacidad, generando una crisis hídrica en plena guerra.
En
este contexto ya crítico, la eventual apertura de un frente terrestre por parte
de Estados Unidos en territorio iraní representaría un salto cualitativo en la
degradación ambiental. A diferencia de la guerra aérea y naval, las operaciones
terrestres implican una ocupación prolongada del territorio, el despliegue
masivo de vehículos blindados, artillería pesada y tropas, así como la
destrucción sistemática de infraestructuras a lo largo de amplias zonas. Este
tipo de guerra intensifica la contaminación del suelo mediante la dispersión
directa de metales pesados, combustibles, lubricantes y residuos explosivos.
La
experiencia histórica muestra que los conflictos terrestres dejan tras de sí
una “contaminación por armas” persistente, caracterizada por la
presencia de minas, municiones sin detonar y restos químicos que pueden
permanecer activos durante décadas, afectando ecosistemas y poblaciones
civiles. Estos elementos no solo representan un peligro físico, sino que también
liberan sustancias tóxicas que contaminan el agua y el suelo, deteriorando la
biodiversidad y dificultando la recuperación ambiental.
Además,
las operaciones terrestres suelen provocar la destrucción directa de hábitats
naturales, la deforestación y la fragmentación de ecosistemas. El paso de
vehículos pesados compacta el suelo, altera su estructura y reduce su capacidad
de absorción de agua, favoreciendo procesos de erosión y desertificación. En
regiones áridas como gran parte de Irán, estos efectos pueden ser especialmente
graves y duraderos.
Otro
factor crítico es el colapso de los sistemas de gestión ambiental durante las
guerras prolongadas. La supervisión de vertidos, la protección de recursos
hídricos y la gestión de residuos peligrosos dejan de funcionar, lo que acelera
la degradación ecológica. Naciones Unidas ha advertido que los conflictos
armados provocan una “acelerada degradación ambiental” precisamente por
la ruptura de estos mecanismos de control.
En
un escenario de ocupación terrestre, también aumentaría el consumo de
combustibles fósiles a gran escala, debido al uso intensivo de vehículos
militares, logística y maquinaria pesada, lo que incrementaría las emisiones
globales de gases de efecto invernadero. Este fenómeno, sumado a la destrucción
de infraestructuras energéticas, reforzaría el impacto climático del conflicto.
Las
consecuencias, además, no se limitarían al territorio iraní. Las partículas
contaminantes generadas por explosiones y movimientos de tierra pueden ser
transportadas por corrientes atmosféricas a miles de kilómetros, mientras que
la contaminación de ríos y acuíferos puede extenderse a regiones vecinas. La
guerra terrestre, en este sentido, amplificaría la dimensión global de la
crisis ambiental ya en curso.
A
este panorama se suma el riesgo asociado a instalaciones nucleares y químicas
dañadas. Aunque hasta ahora no se han confirmado fugas radiactivas
significativas, el deterioro de infraestructuras sensibles en un contexto de
combates terrestres aumentaría la probabilidad de incidentes con consecuencias
potencialmente catastróficas.
La
dificultad para evaluar el impacto real del conflicto complica aún más el
diagnóstico. Organizaciones independientes han identificado centenares de
incidentes con consecuencias ambientales, aunque advierten que la cifra real
podría ser muy superior debido a la falta de acceso y a las restricciones
informativas.
Las
consecuencias de esta contaminación pueden extenderse mucho más allá del
Oriente Próximo. Las partículas liberadas por incendios petroleros y
explosiones pueden viajar miles de kilómetros y afectar incluso a regiones
remotas, alterando glaciares, suelos y ecosistemas. La guerra, en este sentido,
se convierte en un fenómeno ambiental global.
Mientras
tanto, en el terreno, los efectos más visibles siguen siendo el aire
irrespirable y el paisaje devastado. Pero los expertos coinciden en que el
verdadero alcance del desastre se medirá en los años y décadas posteriores,
cuando los contaminantes persistentes sigan afectando la salud, la agricultura
y los ecosistemas.
El
conflicto en el Golfo Pérsico está demostrando que el medio ambiente no es un
daño colateral, sino una de las principales víctimas de la guerra. Y si el
conflicto escalara hacia una invasión terrestre, esa víctima invisible podría
transformarse en una catástrofe ecológica de alcance histórico.

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