jueves, 26 de marzo de 2026

El humo que no termina: la guerra en el Golfo Pérsico abre un frente ambiental global



Las operaciones militares de Estados Unidos e Israel contra Irán han abierto una crisis que trasciende el campo de batalla. Incendios en refinerías, vertidos en el Golfo Pérsico, emisiones masivas de gases contaminantes y riesgos químicos y nucleares dibujan un escenario que amenaza la salud de millones de personas y que podría dejar cicatrices ecológicas durante décadas, tanto en Oriente Próximo como en regiones lejanas del planeta.

 

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Buenos Aires - La guerra moderna ya no se mide solo en ciudades destruidas o en desplazamientos humanos. En el Golfo Pérsico, desde el inicio de los ataques el 28 de febrero, el conflicto ha desatado un proceso de degradación ambiental de gran escala cuya magnitud apenas empieza a comprenderse. Incendios en refinerías, explosiones de depósitos de combustible y ataques a buques petroleros han liberado una combinación de sustancias tóxicas que se dispersan por la atmósfera, los suelos y el mar, afectando a ecosistemas extremadamente sensibles y a poblaciones urbanas densamente concentradas.

En apenas las primeras semanas de combates, las emisiones derivadas de incendios industriales y explosiones han liberado alrededor de cinco millones de toneladas de dióxido de carbono, un volumen que supera las emisiones anuales de algunos países pequeños. Este fenómeno se explica porque la destrucción de instalaciones energéticas —refinerías, depósitos de petróleo y plantas de gas— provoca la combustión masiva de hidrocarburos y la liberación de gases de efecto invernadero que aceleran el calentamiento global. A ello se suma la liberación de partículas finas, carbono negro y compuestos tóxicos que afectan de inmediato la calidad del aire y la salud pública.

La escena más visible de ese impacto se ha vivido en Teherán. Tras los ataques contra instalaciones petroleras en las afueras de la capital iraní, columnas de humo cubrieron el cielo de la ciudad, donde viven millones de personas. Científicos consultados por medios internacionales han señalado que la mezcla de contaminantes liberados en estos incendios —monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre y compuestos orgánicos volátiles— es propia de accidentes industriales extremos, pero rara vez se observa a esa escala en un entorno urbano tan densamente poblado. El investigador Akshay Deoras, de la Universidad de Reading, afirmó que la magnitud de los contaminantes liberados podría ser “sin precedentes”, mientras que la profesora Eloise Marais, del University College de Londres, advirtió que el episodio equivale, en términos químicos, a la explosión simultánea de varias instalaciones industriales.

Uno de los fenómenos más inquietantes reportados por los habitantes de la capital iraní ha sido la llamada “lluvia negra”. Este término describe una precipitación cargada de hollín y residuos químicos que oscurecen el agua al caer. El proceso ocurre cuando las partículas suspendidas en el aire —producto de incendios petroleros o explosiones— son capturadas por gotas de lluvia y arrastradas hasta el suelo. Aunque la lluvia puede limpiar parcialmente la atmósfera, también deposita contaminantes sobre calles, viviendas, cultivos y sistemas hídricos, facilitando su infiltración en acuíferos y su incorporación a la cadena alimentaria.

La contaminación atmosférica es apenas uno de los frentes de esta crisis. La guerra también ha liberado residuos tóxicos derivados de municiones, explosivos y materiales industriales. Cuando edificios, depósitos y fábricas son destruidos, los escombros dispersan sustancias peligrosas como plomo, mercurio, amianto o hidrocarburos complejos que pueden permanecer en el ambiente durante décadas. Estos contaminantes se fijan en el suelo, degradan su fertilidad y afectan su capacidad de regeneración, comprometiendo la agricultura y la seguridad alimentaria de amplias regiones.

El impacto sobre la salud humana es inmediato y también prolongado. El director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha advertido que la destrucción de infraestructuras energéticas “corre el riesgo de contaminar alimentos, agua y aire”, generando consecuencias graves para las poblaciones más vulnerables. La exposición a partículas finas y compuestos tóxicos no solo provoca afecciones respiratorias agudas, sino que incrementa el riesgo de enfermedades crónicas y cáncer en el largo plazo.

Pero el alcance del desastre ambiental no se limita a Irán. El conflicto se ha trasladado también al mar, especialmente al Golfo Pérsico y al estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del mundo. Los ataques a petroleros y buques militares han provocado derrames de crudo que forman películas superficiales sobre el agua, reducen la oxigenación y afectan a peces, aves marinas y arrecifes coralinos. Estos ecosistemas, ya debilitados por el calentamiento global, podrían sufrir daños irreversibles si los vertidos continúan.

A ello se suma el riesgo sobre infraestructuras críticas como las plantas desalinizadoras, esenciales en una región donde el acceso al agua dulce depende del mar. La contaminación del agua marina puede inutilizar estos sistemas o reducir su capacidad, generando una crisis hídrica en plena guerra.

En este contexto ya crítico, la eventual apertura de un frente terrestre por parte de Estados Unidos en territorio iraní representaría un salto cualitativo en la degradación ambiental. A diferencia de la guerra aérea y naval, las operaciones terrestres implican una ocupación prolongada del territorio, el despliegue masivo de vehículos blindados, artillería pesada y tropas, así como la destrucción sistemática de infraestructuras a lo largo de amplias zonas. Este tipo de guerra intensifica la contaminación del suelo mediante la dispersión directa de metales pesados, combustibles, lubricantes y residuos explosivos.

La experiencia histórica muestra que los conflictos terrestres dejan tras de sí una “contaminación por armas” persistente, caracterizada por la presencia de minas, municiones sin detonar y restos químicos que pueden permanecer activos durante décadas, afectando ecosistemas y poblaciones civiles. Estos elementos no solo representan un peligro físico, sino que también liberan sustancias tóxicas que contaminan el agua y el suelo, deteriorando la biodiversidad y dificultando la recuperación ambiental.

Además, las operaciones terrestres suelen provocar la destrucción directa de hábitats naturales, la deforestación y la fragmentación de ecosistemas. El paso de vehículos pesados compacta el suelo, altera su estructura y reduce su capacidad de absorción de agua, favoreciendo procesos de erosión y desertificación. En regiones áridas como gran parte de Irán, estos efectos pueden ser especialmente graves y duraderos.

Otro factor crítico es el colapso de los sistemas de gestión ambiental durante las guerras prolongadas. La supervisión de vertidos, la protección de recursos hídricos y la gestión de residuos peligrosos dejan de funcionar, lo que acelera la degradación ecológica. Naciones Unidas ha advertido que los conflictos armados provocan una “acelerada degradación ambiental” precisamente por la ruptura de estos mecanismos de control.

En un escenario de ocupación terrestre, también aumentaría el consumo de combustibles fósiles a gran escala, debido al uso intensivo de vehículos militares, logística y maquinaria pesada, lo que incrementaría las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Este fenómeno, sumado a la destrucción de infraestructuras energéticas, reforzaría el impacto climático del conflicto.

Las consecuencias, además, no se limitarían al territorio iraní. Las partículas contaminantes generadas por explosiones y movimientos de tierra pueden ser transportadas por corrientes atmosféricas a miles de kilómetros, mientras que la contaminación de ríos y acuíferos puede extenderse a regiones vecinas. La guerra terrestre, en este sentido, amplificaría la dimensión global de la crisis ambiental ya en curso.

A este panorama se suma el riesgo asociado a instalaciones nucleares y químicas dañadas. Aunque hasta ahora no se han confirmado fugas radiactivas significativas, el deterioro de infraestructuras sensibles en un contexto de combates terrestres aumentaría la probabilidad de incidentes con consecuencias potencialmente catastróficas.

La dificultad para evaluar el impacto real del conflicto complica aún más el diagnóstico. Organizaciones independientes han identificado centenares de incidentes con consecuencias ambientales, aunque advierten que la cifra real podría ser muy superior debido a la falta de acceso y a las restricciones informativas.

Las consecuencias de esta contaminación pueden extenderse mucho más allá del Oriente Próximo. Las partículas liberadas por incendios petroleros y explosiones pueden viajar miles de kilómetros y afectar incluso a regiones remotas, alterando glaciares, suelos y ecosistemas. La guerra, en este sentido, se convierte en un fenómeno ambiental global.

Mientras tanto, en el terreno, los efectos más visibles siguen siendo el aire irrespirable y el paisaje devastado. Pero los expertos coinciden en que el verdadero alcance del desastre se medirá en los años y décadas posteriores, cuando los contaminantes persistentes sigan afectando la salud, la agricultura y los ecosistemas.

El conflicto en el Golfo Pérsico está demostrando que el medio ambiente no es un daño colateral, sino una de las principales víctimas de la guerra. Y si el conflicto escalara hacia una invasión terrestre, esa víctima invisible podría transformarse en una catástrofe ecológica de alcance histórico.

 

 


 

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