Las amenazas rusas contra Reino Unido
y Francia, el envío de tecnología de misiles de largo alcance a Ucrania y las
señales cruzadas de Washington dibujan un escenario de baja probabilidad de
guerra abierta y de riesgo creciente de una operación limitada, híbrida o
deliberadamente ambigua.
Buenos
Aires - La posibilidad de que Rusia ataque a un Estado miembro de la OTAN no
puede descartarse. Pero una invasión convencional deliberada de territorio
aliado, en el horizonte inmediato, sigue siendo un escenario de baja
probabilidad. El problema estratégico que se abre ahora es otro, más difícil de
nombrar y más difícil de gestionar: una acción limitada, encubierta o de
naturaleza híbrida, calibrada para erosionar la cohesión política de la Alianza
sin cruzar de forma inequívoca el umbral que activaría una respuesta militar
colectiva.
Esa
distinción —entre capacidad de dañar y decisión de conquistar— es la que
importa. Rusia puede golpear. No está claro que pueda, ni que quiera, sostener
una guerra contra una coalición superior en recursos económicos, industriales y
tecnológicos. El Kremlin lo sabe. Por eso el instrumento más racional, desde su
punto de vista, no es todavía la ofensiva clásica, sino la coerción: amenazas,
sabotaje, ciberataques, interferencias y operaciones cuya autoría o
calificación jurídica puedan discutirse.
La
línea que se desdibuja
Durante
las primeras fases de la guerra de Ucrania, Moscú intentó preservar una
frontera relativamente nítida entre la asistencia occidental a Kiev y la
intervención directa de los Estados de la OTAN. Esa frontera se ha ido
diluyendo. El motivo no es solo el volumen de armas entregadas, sino el tipo de
armas y el grado de implicación en su empleo.
Los
misiles de crucero Storm Shadow británicos y sus equivalentes franceses SCALP
permiten atacar objetivos situados a gran distancia del frente. La decisión de
Londres —anunciada esta misma semana, durante la visita a Kiev del primer
ministro británico, Andy Burnham— de facilitar a Ucrania tecnología clasificada
para producir esos sistemas en su propio territorio modifica el problema. Ya no
se trata únicamente de transferir munición. Se trata de contribuir a una
capacidad ucraniana más autónoma de ataque profundo.
Desde
la perspectiva rusa, lo decisivo no es que Ucrania posea un misil concreto. Lo
decisivo es quién aporta la tecnología, quién sostiene la logística, quién
facilita inteligencia y quién participa, de un modo u otro, en la cadena que
termina en un impacto dentro de Rusia. Esa ambigüedad es precisamente la que
Moscú utiliza para justificar sus amenazas.
La
portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, acusó esta semana a
Reino Unido y Francia de “jugar con fuego” y advirtió que cualquier
instalación o equipo militar británico, “en Ucrania u otros lugares”,
podría ser objeto de represalias si Kiev sigue empleando armamento británico
contra territorio ruso. No es una fórmula nueva, pero el tono es más explícito.
El mensaje tiene un doble propósito: disuadir a Londres y París de profundizar
su asistencia, y establecer una regla de reciprocidad. Si Occidente permite
ataques profundos con sistemas occidentales, Rusia se reserva el derecho de
considerar legítimos determinados objetivos occidentales.
Amenaza
no es todavía decisión de guerra
En
análisis estratégico conviene separar tres variables: capacidad, intención y
oportunidad. Rusia tiene capacidad para atacar ciertos objetivos europeos.
Tiene, además, un incentivo creciente para modificar por la vía de la coacción
la conducta de los aliados. De ahí no se sigue que el Kremlin haya resuelto
iniciar una guerra contra la OTAN.
El
coste de esa decisión sería extraordinario. Un ataque inequívoco contra
territorio de un aliado podría activar el artículo 5° del Tratado de
Washington: un ataque armado contra uno se considera un ataque contra todos.
Moscú se expondría entonces a una coalición muy superior. El cálculo cambia,
sin embargo, si la operación es ambigua. Un ciberataque grave, un sabotaje
contra infraestructura crítica, una interferencia electrónica, un incidente
fronterizo o una acción clandestina cuya autoría resulte discutible no producen
automáticamente el mismo efecto político que una invasión.
La
OTAN ha reconocido que determinados ataques híbridos y cibernéticos de
suficiente gravedad podrían llegar a considerarse dentro del ámbito del
artículo 5°. Esa admisión es, a la vez, una advertencia y una zona gris. El
objetivo ruso más sofisticado no sería conquistar Tallin o Riga, sino obligar a
los aliados a discutir si se hallan ante un ataque armado, un incidente o una
operación encubierta. En esa discusión reside la prueba de la credibilidad de
la Alianza.
Londres,
París y el Báltico
Reino
Unido es hoy uno de los principales puntos de fricción. La transferencia
tecnológica de los Storm Shadow altera, a ojos de Moscú, la relación entre el
proveedor occidental y el usuario ucraniano. Se abren, en términos analíticos,
tres escenarios. El más probable es que las amenazas permanezcan en el terreno
de la disuasión verbal. El segundo sería una respuesta rusa contra
instalaciones vinculadas al apoyo británico, pero situadas en territorio
ucraniano: una escalada, todavía no un ataque a la OTAN. El tercero, de baja
probabilidad y altísimo impacto, sería una operación contra un objetivo
británico en el Reino Unido o en otro Estado aliado.
Francia
presenta una analogía y una diferencia. París comparte con Londres la
responsabilidad sobre el SCALP/Storm Shadow, pero posee una capacidad militar y
nuclear autónoma y una tradición de política exterior menos subordinada a
Washington. Un golpe contra territorio francés tendría, por eso, una carga
estratégica particularmente sensible.
Si
Rusia decidiera poner a prueba militarmente a la Alianza, los Estados bálticos
seguirían siendo el teatro más delicado. Estonia, Letonia y Lituania combinan
proximidad geográfica a Rusia y Bielorrusia, tiempos de reacción reducidos y la
presencia de Kaliningrado. Precisamente porque son miembros de la OTAN, una
agresión abierta tendría consecuencias mayores que una operación contra un
Estado no aliado. De ahí que el escenario más plausible no sea una invasión de
gran escala, sino una crisis local diseñada para sembrar duda sobre la
naturaleza del ataque.
Washington
habla en dos registros
A
esa tensión se suma una aparente contradicción estadounidense. El presidente
Donald Trump afirmó el 27 de agosto que Vladímir Putin “no va a atacar”
territorio de la OTAN y que esa posibilidad no le preocupa. Al mismo tiempo,
informaciones publicadas en Estados Unidos —empezando por The Wall Street
Journal— indicaron que el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a Moscú
y trasladó a interlocutores rusos la preocupación estadounidense ante una
eventual acción contra un aliado. Trump restó importancia al viaje y negó que
Ratcliffe llevara un mensaje extraordinario. Fuentes consultadas por agencias
internacionales sostienen, en cambio, que la posibilidad de una operación
contra un miembro de la Alianza sí se planteó.
No
es imprescindible interpretar esa discrepancia como una fractura estratégica.
Puede ser, simplemente, la división clásica entre comunicación pública y
gestión confidencial del riesgo. Washington puede intentar cerrar una vía de
escalada en privado mientras el presidente procura, en público, evitar una
espiral de alarma. Una cosa es considerar improbable un ataque. Otra, muy
distinta, es no prepararse para él.
El
Kremlin, por su parte, ha calificado de “historias para asustar” los
reportes sobre una ofensiva contra la OTAN. El portavoz Dmitri Peskov negó
planes de ese tipo y acusó a Europa de hostilidad. La negación no cierra el
análisis: forma parte del mismo repertorio de señales contradictorias.
Lo
que Rusia puede hacer y lo que no puede sostener
Hay
un argumento material que reduce la probabilidad de una ofensiva convencional
inmediata: Rusia sigue comprometida en Ucrania. Abrir un segundo frente contra
la OTAN exigiría unidades terrestres, aviación, municiones, defensa aérea y
logística en una escala que Moscú no parece en condiciones de sustraer del
teatro ucraniano sin debilitar su campaña principal. Poder atacar no es lo
mismo que poder ocupar y sostener territorio aliado.
Eso
no convierte a Rusia en un actor inerme. Su arsenal de misiles, sus capacidades
cibernéticas, la guerra electrónica, la aviación estratégica, los submarinos y,
sobre todo, las armas nucleares constituyen un instrumento de coerción
formidable. La retórica nuclear ha acompañado la guerra de Ucrania desde el
primer año. Un empleo nuclear contra un miembro de la Alianza sería, no
obstante, una ruptura cualitativa de consecuencias incontrolables. El uso más
plausible del factor nuclear no es el disparo inmediato, sino la disuasión
inversa: convencer a los gobiernos occidentales de que una respuesta demasiado
enérgica entrañaría un riesgo inaceptable.
En
la cumbre de Ankara de julio de 2026, los aliados reafirmaron el compromiso con
el artículo 5° y definieron a Rusia como amenaza de largo plazo para la
seguridad euroatlántica. Anunciaron nuevas adquisiciones, insistieron en el
refuerzo de las capacidades convencionales, nucleares, antimisiles,
cibernéticas y espaciales, y comprometieron un apoyo militar a Ucrania de
70.000 millones de euros para 2026. La declaración no elimina la duda política
que Moscú busca explotar: si la solidaridad aliada es tan automática como
afirma la doctrina.
Indicadores,
no profecías
La
diferencia entre la amenaza retórica y la preparación operativa se mide en
indicadores. Una movilización extraordinaria fuera del teatro ucraniano, el
desplazamiento de unidades aéreas y navales hacia posiciones desde las que se
pueda alcanzar territorio aliado, un aumento sustancial de la actividad de
inteligencia rusa en países de la OTAN, evacuaciones diplomáticas, acumulación
de munición de precisión o cambios en el despliegue de fuerzas nucleares serían
señales de otro orden. También lo sería un incremento coordinado de sabotajes
contra infraestructura crítica europea, acompañado de campañas de
desinformación destinadas a presentar a los gobiernos como incapaces de
proteger a sus ciudadanos.
La
aparición simultánea de varias de esas señales sería particularmente grave. Su
ausencia, mientras continúan las advertencias públicas, favorece la
interpretación de que Moscú está usando la retórica como instrumento de
coerción, no como preludio inmediato de una ofensiva.
El
factor decisivo sigue siendo el cálculo de costes y beneficios del Kremlin.
Mientras Putin considere que una guerra abierta con la OTAN pondría en peligro
intereses fundamentales de Rusia, la disuasión debería funcionar. El riesgo
aparece si Moscú concluye que la Alianza está políticamente dividida, que
Estados Unidos reducirá de forma sustancial su compromiso militar en Europa o
que una operación limitada puede ejecutarse sin desencadenar una respuesta
colectiva contundente.
Ese
es, en los próximos meses, el verdadero dilema estratégico. No una invasión
rusa de Europa. Una operación pensada para demostrar que el artículo 5° puede
ponerse a prueba sin provocar una guerra general. Por eso la credibilidad de la
disuasión aliada —no solo el inventario de misiles o el texto de las
declaraciones— será más importante que nunca.

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