El Polisario tiene aún ante sí la
oportunidad de iniciar un verdadero proceso de democratización, abandonar los
equilibrios tribales que ha institucionalizado y aceptar el pluralismo político
como alternativa a un sistema de partido único cada vez más obsoleto. No se
trata únicamente de cambiar personas, sino de abrir espacio a ideas y
estrategias diferentes, y a una representación saharaui plural, que no dependa
de los mecanismos de poder y selección heredados de la vieja estructura.
Contenido:
Las
dificultades que está encontrando el actual jefe del Polisario para designar al
presidente de la Comisión Preparatoria de su XVII Congreso no parecen
explicarse únicamente, como sucedía en el pasado, por las habituales
divergencias entre grupos y sectores del poder. El problema es más profundo: la
incertidumbre sobre el futuro del proyecto y la magnitud de los retrocesos
acumulados durante los últimos años han generado una parálisis que va mucho más
allá de las rencillas internas. El problema no es solo quién está dispuesto a
presidir la Comisión, sino quién quiere asumir el coste político de hacerse
cargo de un proyecto que afronta una de sus encrucijadas más difíciles.
Lo
paradójico es que algunos de quienes hoy se resisten a asumir esa
responsabilidad son los mismos que han ocupado cargos clave durante las últimas
tres décadas. No pueden presentarse ahora como
espectadores pasivos ni atribuir toda la responsabilidad a Brahim Ghali. Tampoco
pueden soslayar su propia responsabilidad en una de las decisiones más
trascendentales de los últimos años: la ruptura unilateral del alto el fuego a
finales de 2020. Todos los miembros de la cúpula respaldaron entonces
aquella decisión o, cuando menos, ninguno se opuso públicamente a ella. Si fue
una decisión colectiva cuando se adoptó, sus consecuencias no pueden
convertirse ahora en una responsabilidad individual cuando los resultados han
sido adversos. Cargar sobre Ghali en exclusiva el coste político de una
decisión que todos avalaron, explícita o tácitamente, sería una forma poco
digna, poco ética, de eludir responsabilidades. Como recuerda el viejo refrán,
las derrotas son bastardas: cuando llegan los malos resultados, nadie quiere
reconocerlas como hijas de las decisiones que antes defendió.
Pero
el verdadero problema no es quién ocupa un cargo, sino la ausencia de una
respuesta colectiva ante un cambio de coyuntura que la dirección del Polisario
parece incapaz de procesar. La falta de renovación
del liderazgo durante cinco décadas ha dejado al proyecto atrapado en los
mismos discursos, consignas y esquemas políticos heredados de la Guerra Fría.
Mientras tanto, el marco internacional ha cambiado radicalmente. La resolución
2797 del Consejo de Seguridad, junto con el impulso de la Administración de
Donald Trump, ha abierto una coyuntura que exige abandonar las rigideces del
pasado y explorar, desde un enfoque realista, un acuerdo político con el Reino
de Marruecos. No hay otra receta mágica.
Para
ello haría falta algo que la actual cúpula parece no estar en condiciones de
ofrecer: una verdadera renovación política. Quienes han construido su
trayectoria sobre los paradigmas del siglo XX difícilmente pueden ser quienes
los superen. Hace falta una nueva generación de políticos, menos condicionada
por los viejos eslóganes, las promesas y las inercias del pasado, capaz de
introducir el cambio de rumbo que hoy resulta imprescindible. Preservar
el futuro del pueblo saharaui puede exigir decisiones y sacrificios que ayer
parecían impensables y que mañana podrían ser tardíos e insuficientes.
Desde
la posición de quien conoce desde dentro las inercias y resistencias del
Polisario, cabe preguntarse si no ha llegado finalmente la hora de abordar ese
debate interno tantas veces pospuesto y que el MSP viene reclamando desde su
nacimiento. No se trata de renunciar de antemano a aspiraciones legítimas, sino
de discutir, sin tabúes, ni líneas rojas qué estrategia puede preservar mejor
los intereses del pueblo saharaui ante una realidad que ya no es la de hace
cinco décadas.
Precisamente,
el XVII Congreso podría y debería ser la ocasión histórica para abrir ese
debate y facilitar una transición. Pero para ello no bastaría con un cambio
de nombres; sería necesario un cambio de reglas. La primera y más
evidente: abandonar el viejo esquema del «cuerpo electoral al
gusto», ese censo de dos mil delegados seleccionados quirúrgicamente
mediante una combinación de criterios tribales y afinidades políticas para
garantizar de antemano la ratificación de las decisiones de la cúpula. Porque
un congreso que no puede decidir, sino únicamente ratificar, deja de ser un
instrumento de reflexión y renovación para convertirse en una ceremonia de
continuidad. Ese mecanismo, concebido en su día como herramienta de control, se
ha convertido hoy en uno de los principales lastres para cualquier intento
democratizador.
Y
no es un sistema improvisado. Se trata de una estructura de poder asentada en
lógicas tribales y clientelares, estrechamente entrelazadas. Su
pervivencia explica, por sí sola, la impotencia del Polisario para renovar sus
élites y adaptarse a una realidad que ha cambiado sustancialmente.
En
sus primeros años, el Polisario condenaba cualquier práctica tribal en las
relaciones humanas y la consideraba una amenaza contra el «proyecto nacional».
El discurso fundacional era explícito: el tribalismo era un vestigio del pasado
que había que extirpar. Y no era una condena meramente retórica. Hubo personas
que sufrieron en carne propia aquella acusación y terminaron con sus huesos en
la tenebrosa cárcel de Rashid, después de ser ridiculizadas públicamente en
actos que recordaban, por su carga de humillación, a los rituales de la
Inquisición.
Con
los años y el envejecimiento de los dirigentes, aquella condena moral se fue
diluyendo hasta convertirse en una valiosa fuente de poder. Lo que antes era
considerado un crimen pasó primero a ser una práctica tolerada, después una
ideología no escrita y, finalmente, un sistema político de facto. Hoy, buena
parte de los dirigentes representa a un grupo tribal, y el peso de unos y otros
en las instituciones responde básicamente a un cálculo sobre la fuerza
demográfica atribuida a cada tribu.
La
contradicción es cruel y evidente: el Polisario nació prometiendo una
revolución y construir una sociedad moderna y hoy se ha convertido en el
guardián del arcaísmo que juró erradicar quedando atrapado en sus propias
redes. La dirección, que denostaba y perseguía las prácticas
clientelares y tribales, ahora las usa como mecanismos de supervivencia
política. Así, el movimiento se ha vuelto rehén de su propio discurso,
reproduciendo el anacronismo que decía combatir. Esta deriva no es fortuita; es
la consecuencia directa de un modelo que, al cerrar durante décadas la puerta a
la renovación de sus élites, ha condenado al proyecto a perpetuar los vicios
que pretendía extirpar.
Y
la cuestión no es menor. La institucionalización del tribalismo no solo condena
al Polisario a reproducir un sistema político anacrónico; plantea también una
inquietante pregunta sobre el futuro: ¿qué ocurriría si esas mismas lógicas
fueran trasladadas a un eventual Estado saharaui? El riesgo de terminar
construyendo un Estado fallido, como ha ocurrido en otros países donde la
debilidad institucional y la fragmentación tribal han provocado guerras civiles
no puede ignorarse. Esta preocupación tuvo un peso notable en las
reflexiones que condujeron a la creación del Movimiento Saharauis por la Paz
(MSP) en abril de 2020 y en su apuesta por una solución de compromiso y bajo
garantías con el Reino de Marruecos.
El
Polisario tiene aún ante sí la oportunidad de iniciar un verdadero proceso de
democratización, abandonar los equilibrios tribales que ha institucionalizado y
aceptar el pluralismo político como alternativa a un sistema de partido único
cada vez más obsoleto. No se trata únicamente de
cambiar personas, sino de abrir espacio a ideas y estrategias diferentes, y a
una representación saharaui plural, que no dependa de los mecanismos de poder y
selección heredados de la vieja estructura.El Representante Permanente de los
Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, junto al primer secretario
del MSP, Hach Ahmed Barikalla, acompañado por los destacados miembros de la
Comisión Política, Hadja Baboit y Mohamed Lamine Ennafaa, así como por Mohamed
Cherif, responsable de Relaciones Internacionales
En
ese contexto, la participación del Movimiento Saharauis por la Paz
(MSP) en los diálogos auspiciados por Staffan de Mistura y por el Gobierno de
Estados Unidos podría constituir una prueba concreta de esa voluntad de cambio. Abrirse
a ese escenario y alentarlo demostraría que el Polisario ha sabido captar a
tiempo las exigencias de Washington y el reciente mensaje del embajador Waltz.
El MSP ha construido su proyecto sobre bases políticas y normas de
funcionamiento alejadas de las ecuaciones tribales. Su incorporación al
proceso permitiría ampliar la representación saharaui y demostrar que la
diversidad política puede ser una herramienta para avanzar hacia una solución
consensuada y endosada por todos y no una amenaza para la unidad.El
problema, indudablemente, es que el cambio tiene un coste político. Y ahí
reside probablemente la verdadera dificultad. Ninguno de los actuales
responsables parece dispuesto a pagar el precio de abandonar las certezas del
pasado, aunque esas mismas certezas hayan conducido al proyecto hasta el actual
callejón sin salida. Pero el tiempo tampoco juega a favor de quienes pretenden
mantener indefinidamente el statu quo. A medida que avance el proceso
internacional, se estrecharán los márgenes de maniobra y pueden perderse
posiciones que hoy todavía permitirían negociar un acuerdo menos desfavorable.
La capacidad de influir en los términos de una salida política es siempre mayor
mientras exista margen para negociarla que cuando los hechos consumados
terminan imponiéndola
Por
eso, la cuestión fundamental no es quién ocupará finalmente la presidencia de
la Comisión Preparatoria o incluso la secretaria general. La pregunta
verdaderamente decisiva es otra: ¿quién estará dispuesto a asumir la
responsabilidad de preparar al Polisario para el cambio que se avecina? Porque
el verdadero desafío no consiste en administrar la continuidad del statu quo,
sino en tener el coraje de reconocer que el ciclo iniciado hace cinco décadas
está llegando a su límite y que preservar lo esencial puede exigir dejar atrás
algunas de las promesas del pasado.
El
Polisario necesita una transición política, no otra operación de reparto de
responsabilidades. Necesita renovación, pluralismo y realismo. Y, sobre todo,
necesita dirigentes capaces de asumir que una salida negociada y honrosa,
aunque obligue a sacrificios, puede ser infinitamente preferible a esperar una
derrota que termine dejando en manos ajenas el destino de los saharauis.
La
verdadera prueba a la que deberá responder el XVII Congreso del Polisario será
si, como ha sucedido en el pasado, se limitará a encontrar a alguien de la
vieja guardia para retrasar el naufragio o será capaz de alumbrar un liderazgo
nuevo, dispuesto a pagar el precio político de cambiar el rumbo antes de que el
naufragio sea irreversible.

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