jueves, 20 de agosto de 2026

España y Marruecos: una crisis migratoria no puede borrar una alianza estratégica


 

La desmentida de Madrid sobre un supuesto “plan de contingencia” contra Rabat revela hasta qué punto cualquier información que sugiera una nueva confrontación entre los dos países puede tener consecuencias que exceden el debate migratorio. España y Marruecos atraviesan una etapa de intensa cooperación económica, policial y diplomática y, pese a las tensiones provocadas por la presión migratoria en Ceuta y Melilla, ambos gobiernos parecen interesados en preservar una relación que consideran estratégica.

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Buenos Aires - La noticia duró poco, pero su impacto potencial fue considerable. Un programa de la radiotelevisión pública española, Mañaneros 360, difundió la existencia de un supuesto “plan de contingencia” elaborado por el Gobierno de Pedro Sánchez para responder a una eventual nueva crisis migratoria provocada desde Marruecos. La información sugería que Madrid estudiaba mecanismos destinados a elevar el coste para Rabat de una eventual utilización de los flujos migratorios como instrumento de presión sobre España, particularmente en las fronteras de Ceuta y Melilla. El Gobierno español negó posteriormente, de manera categórica, que semejante plan existiera y calificó de falsa la información. RTVE retiró después la publicación de sus redes sociales.
La precisión no es menor. La versión inicialmente difundida no hablaba simplemente de medidas preventivas para proteger las fronteras españolas, algo perfectamente compatible con las obligaciones de cualquier Estado. Presentaba, en cambio, la posibilidad de que Marruecos estuviera dispuesto a provocar deliberadamente una crisis migratoria y atribuía a Madrid la intención de preparar una respuesta de carácter disuasorio. El Gobierno español rechazó precisamente esa interpretación.

La controversia aparece, además, en un momento particularmente sensible. Durante el verano de 2026, Ceuta volvió a experimentar una fuerte presión migratoria. A finales de julio se produjo una llegada masiva de migrantes por tierra y mar, mientras que durante los días siguientes las autoridades españolas y marroquíes reforzaron sus dispositivos de seguridad ante nuevas convocatorias difundidas a través de las redes sociales. Reuters informó el 14 de agosto de que las autoridades marroquíes habían detenido a más de un centenar de personas que intentaban alcanzar Ceuta, mientras España incrementaba sustancialmente su presencia policial en el enclave.

El episodio confirma que existe un problema migratorio real y que España necesita disponer de mecanismos de prevención y respuesta. Pero de ello no se desprende necesariamente la existencia de una estrategia española dirigida contra Marruecos. La diferencia es sustancial. Una política de protección fronteriza puede coexistir con una relación bilateral cooperativa; un plan concebido explícitamente para penalizar o presionar al país vecino implicaría, en cambio, una modificación mucho más profunda de la relación estratégica.

Una relación demasiado importante para quedar subordinada a la cuestión migratoria

La realidad de las relaciones hispano-marroquíes difícilmente encaja con la imagen de dos Estados encaminados hacia una nueva confrontación. Desde la adopción de la hoja de ruta de abril de 2022, Madrid y Rabat han procurado construir un marco de cooperación más amplio y estable. La XIII Reunión de Alto Nivel, celebrada en diciembre de 2025, volvió a ratificar la voluntad de ambos gobiernos de profundizar una relación definida oficialmente como moderna, global y transversal.

El fundamento material de esa relación es particularmente sólido. España es desde hace años el principal socio comercial de Marruecos. En 2024, los intercambios bilaterales alcanzaron los 22.693 millones de euros, un récord histórico, con un crecimiento superior al 7%. Más de 6.000 empresas españolas exportan regularmente al mercado marroquí y más de 900 cuentan con filiales o participaciones significativas en compañías del país. Marruecos se ha convertido, además, en el principal destino de la inversión española en África.

Las cifras revelan una interdependencia que trasciende ampliamente el comercio convencional. Empresas españolas participan en proyectos marroquíes de infraestructura, transporte, agua y energía, mientras Marruecos ocupa una posición cada vez más importante dentro de las cadenas productivas que conectan Europa con África. Para España, la proximidad geográfica convierte al reino alauí en una plataforma natural hacia el continente africano; para Marruecos, la vinculación con la economía española facilita su conexión con el mercado europeo.

Esa dimensión económica explica por qué una crisis diplomática tendría costes para ambos países. Madrid no tiene interés en deteriorar una relación que ofrece oportunidades comerciales, energéticas y empresariales crecientes. Rabat tampoco parece tener incentivos para poner en riesgo una asociación que le proporciona acceso privilegiado a uno de los principales mercados europeos.

La misma lógica opera en materia de seguridad. España y Marruecos mantienen una cooperación estrecha contra el terrorismo, la radicalización violenta, el crimen organizado y las redes dedicadas al tráfico de personas. En febrero de 2025, los ministros del Interior de ambos países calificaron la cooperación policial bilateral de extraordinaria y reafirmaron su voluntad de profundizarla. Madrid destacó entonces el papel marroquí en la lucha contra las mafias de tráfico de seres humanos y definió a Marruecos como un socio leal y fiable de España y de la Unión Europea.

La cooperación migratoria, por tanto, no constituye un elemento marginal de la relación bilateral. Es uno de sus pilares. Madrid necesita la colaboración marroquí para contener las redes de tráfico de personas y reducir las salidas hacia territorio español, mientras Rabat obtiene de esa cooperación reconocimiento político, asistencia europea y un interlocutor privilegiado dentro de la Unión Europea.

Ceuta y Melilla: el punto más vulnerable

La cuestión migratoria constituye, sin embargo, el área donde la relación bilateral presenta mayores riesgos. Ceuta y Melilla son espacios especialmente sensibles porque allí confluyen soberanía, seguridad fronteriza, movilidad humana y las complejas relaciones de vecindad entre España y Marruecos.

La crisis de 2021 demostró hasta qué punto una alteración de la cooperación puede provocar consecuencias inmediatas. Pero también puso de manifiesto el elevado coste de una ruptura. Desde entonces, Madrid y Rabat han trabajado para evitar que la cuestión migratoria vuelva a convertirse en un mecanismo de confrontación general.

Incluso durante la reciente crisis, la interlocución entre ambos gobiernos se mantuvo abierta. El presidente Pedro Sánchez afirmó durante su visita a Ceuta, a finales de julio, que la cooperación con Marruecos había sido constante y fluida y destacó que la interlocución con las autoridades marroquíes había sido muy distinta de la registrada en 2021.

Ese dato resulta particularmente significativo. Si existiera una decisión política de Madrid de considerar a Marruecos como adversario estratégico, resultaría difícil conciliarla con la continuidad de los canales de cooperación que funcionan precisamente durante los episodios de mayor tensión.

El riesgo de una crisis fabricada por terceros

Es en este punto donde adquiere interés la hipótesis de que existan actores interesados en deteriorar la relación entre España y Marruecos. No existen, al menos a partir de la información disponible, elementos suficientes para atribuir la difusión del supuesto plan a una organización o Estado concreto. Sería, por tanto, imprudente convertir esa posibilidad en una acusación.

Pero la existencia de intereses que podrían beneficiarse de una confrontación hispano-marroquí constituye una hipótesis políticamente razonable. La relación entre ambos países afecta a equilibrios mucho más amplios que los estrictamente bilaterales. Incide sobre la política migratoria europea, la seguridad del Mediterráneo occidental, las rutas comerciales, las inversiones, la cooperación antiterrorista y la posición de Marruecos dentro de la arquitectura estratégica europea y africana.

Por ello, cualquier información que presente a Rabat como una amenaza para España puede ser utilizada para alimentar percepciones de desconfianza y favorecer posiciones políticas contrarias a la cooperación. La difusión de una información posteriormente desmentida, especialmente cuando procede de un medio público y adquiere rápidamente circulación en medios españoles y marroquíes, puede generar consecuencias incluso después de haber sido retirada. El propio documento aportado señala que la publicación terminó circulando en ambos países y trasladó al terreno bilateral una versión que carecía de respaldo oficial.

La cuestión fundamental, por tanto, no es solamente quién difundió la información, sino a quién podría beneficiar una percepción de creciente hostilidad entre Madrid y Rabat.

La necesidad de separar la crisis de la relación estratégica

España tiene el derecho y la obligación de proteger sus fronteras y de preparar respuestas ante eventuales crisis migratorias. Marruecos, por su parte, tiene la responsabilidad de controlar sus fronteras y combatir las redes criminales que utilizan a los migrantes. Ninguna de esas obligaciones requiere transformar al otro país en un adversario.

La cooperación bilateral ya ha demostrado que puede producir resultados. En 2024, Madrid destacó la reducción de las llegadas irregulares y la eficacia de la cooperación contra las mafias dedicadas al tráfico de personas. Al mismo tiempo, la apertura de las aduanas comerciales en Ceuta y Melilla, la expansión de la migración circular y la coordinación policial muestran que la relación se encuentra asentada sobre intereses concretos y no únicamente sobre declaraciones diplomáticas.

A ello se añade un horizonte que difícilmente encaja con una estrategia de confrontación: España, Marruecos y Portugal serán países anfitriones del Mundial de Fútbol de 2030. Ambos gobiernos consideran el acontecimiento una oportunidad para profundizar los vínculos económicos, sociales y humanos entre las dos sociedades.

La desmentida del Gobierno español adquiere así una dimensión que supera el episodio mediático. Madrid ha enviado un mensaje inequívoco: la existencia de problemas migratorios en Ceuta y Melilla no significa que España haya decidido modificar su estrategia hacia Marruecos. La seguridad fronteriza continuará siendo una prioridad, pero dentro de un marco de cooperación.

La conclusión más razonable es que la relación hispano-marroquí atraviesa una fase de tensión localizada, no una nueva crisis estratégica. La presión migratoria puede provocar episodios graves y exigir respuestas contundentes, pero los intereses económicos, de seguridad y geopolíticos que vinculan a ambos países son demasiado profundos como para quedar subordinados a cada sobresalto fronterizo.

En este contexto, resulta especialmente importante evitar que informaciones no verificadas conviertan una dificultad concreta en una crisis diplomática general. España y Marruecos tienen numerosos intereses compartidos y ambos gobiernos parecen comprender que la estabilidad del Mediterráneo occidental depende, en buena medida, de preservar esa asociación. Precisamente por eso, cualquier actor que pretendiera convertir la cuestión migratoria en una fuente permanente de desconfianza estaría actuando contra una de las relaciones estratégicas más relevantes de la arquitectura política y económica entre Europa y el norte de África.

 

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