El bombardeo israelí de la base aérea
de Abu al-Duhur ha convertido la disputa por el futuro de Siria en el punto más
peligroso de la relación entre Ankara y Tel Aviv. Detrás de las acusaciones
cruzadas sobre un eventual despliegue militar turco se libra una pugna mucho
más profunda por el nuevo equilibrio de Medio Oriente. La reciente alianza
defensiva entre Turquía, Arabia Saudí y Pakistán añade una dimensión inédita al
conflicto, mientras Washington intenta impedir que dos de sus socios
estratégicos terminen enfrentados y la sombra nuclear introduce un riesgo que,
aunque remoto, ya no puede ser ignorado.
Contenido:
Hay
conflictos que comienzan con un bombardeo y otros que simplemente encuentran en
un bombardeo la ocasión para hacerse visibles. El ataque israelí contra la base
aérea de Abu al-Duhur, en el noroeste de Siria, pertenece a la segunda
categoría. Israel sostiene que actuó para impedir que Turquía estableciera allí
una presencia militar capaz de alterar el equilibrio estratégico de la región.
Ankara y Damasco niegan que existiera semejante proyecto y sostienen que las
instalaciones estaban siendo rehabilitadas para la Fuerza Aérea siria.
La
discrepancia factual importa, pero no explica por sí sola la crisis. El
verdadero problema es que Israel y Turquía han comenzado a concebirse
mutuamente como obstáculos para sus respectivos proyectos estratégicos en la
Siria posterior a Bashar al Asad. El documento aportado para este análisis
describe precisamente esa dinámica como un dilema de seguridad: una actividad
que Turquía interpreta como cooperación defensiva puede ser considerada por
Israel la primera fase de una infraestructura militar hostil.
El
primer ministro Benjamin Netanyahu resumió la posición israelí con una
advertencia inequívoca: “No toleraremos que el ejército turco avance hacia
el sur, porque eso nos amenaza”. Su ministro de Defensa, Israel Katz, acusó
a Recep Tayyip Erdogan de arrastrar a Turquía hacia una “aventura peligrosa”
en Siria. Ankara respondió calificando las acusaciones de insostenibles y
rechazando cualquier intención de establecer una base permanente. El canciller
sirio, Asaad al-Shaibani, afirmó que no existía ningún plan de despliegue turco
y que la instalación estaba destinada a recuperar su función bajo soberanía
siria.
La
secuencia resulta reveladora. Días antes del ataque, el director del Mossad,
Roman Gofman, había hablado con Al-Shaibani sobre la creciente actividad
militar turca en Siria, incluidos posibles suministros de armas y drones.
Después llegó el bombardeo. Reuters ha confirmado que Washington trabaja ahora
en un mecanismo de descompresión entre Israel, Turquía y Siria. El enviado
estadounidense para Siria, Tom Barrack, calificó la acción israelí de “escalada
innecesaria”.
No
se trata, por tanto, de una disputa circunstancial. La caída de Asad desplazó
el centro de gravedad sirio. Durante años, Israel había considerado a Irán y a
Hezbolá como sus principales adversarios en territorio sirio. Ahora Irán ha
perdido buena parte de la posición que construyó durante la guerra civil y
Turquía ha ocupado el espacio dejado vacante. Ankara respalda al nuevo Gobierno
de Ahmed al-Sharaa, participa en la reconstrucción de las fuerzas armadas
sirias y pretende que Siria vuelva a funcionar como un Estado territorialmente
integrado y políticamente estable. Israel contempla esa perspectiva con mucha
mayor desconfianza.
El
analista Ömer Özkizilcik, investigador asociado al Atlantic Council, sostiene
que Ankara e Israel poseen visiones fundamentalmente opuestas sobre la Siria
posterior a Asad: Turquía aspira a fortalecer un Estado sirio centralizado,
mientras Israel busca evitar la aparición de una estructura militar que pueda
convertirse en una amenaza y prefiere conservar un entorno sirio débil y
fragmentado. Esa divergencia ayuda a comprender por qué Abu al-Duhur es más
importante que la pista de aterrizaje dañada por los misiles.
La
cuestión es hasta dónde puede llegar la escalada. Una guerra abierta entre
Israel y Turquía continúa siendo improbable. Ambos países disponen de poder
militar suficiente para infligirse daños considerables, pero también tienen
demasiados incentivos para evitar una confrontación directa. Turquía es miembro
de la OTAN y posee el segundo mayor ejército de la organización; Israel cuenta
con una relación estratégica extraordinariamente estrecha con Estados Unidos.
Una guerra entre ambos obligaría a Washington a gestionar una contradicción
casi imposible: respaldar a Israel sin romper con Turquía.
El
riesgo más plausible no es una guerra declarada, sino una sucesión de
incidentes. Un ataque israelí que mate militares turcos, una interceptación
aérea, el derribo accidental de un aparato o la destrucción de una instalación
utilizada por Ankara podrían producir una respuesta limitada que, a su vez,
obligara a Israel a responder. Precisamente para evitar esa dinámica existe ya
un mecanismo de comunicación militar, pero la crisis demuestra que necesita ser
reforzado. El objetivo de la descompresión no es reconciliar a Israel y
Turquía, sino impedir que dos ejércitos operando en el mismo espacio terminen
combatiendo por error.
El
contexto político tampoco ayuda. Netanyahu se encuentra ante las elecciones
legislativas del 27 de octubre y la rivalidad con Erdogan ha comenzado a
incorporarse a su discurso electoral. La política exterior se convierte así en
política doméstica: presentar a Turquía como una amenaza emergente permite al
Gobierno israelí reforzar el argumento de que el país se encuentra rodeado por
enemigos y necesita un liderazgo experimentado en materia de seguridad. Al
mismo tiempo, Erdogan puede presentar a Israel como la potencia que intenta
impedir la reconstrucción de Siria y extender hacia el norte la guerra de Gaza.
La retórica alimenta un círculo en el que cada dirigente tiene incentivos
internos para no parecer débil.
La
situación adquiere una dimensión todavía mayor después del acuerdo de defensa
firmado el 7 de agosto en La Meca por Turquía, Arabia Saudí y Pakistán. El
pacto establece que un ataque contra uno de sus integrantes será considerado
una agresión contra los tres y contempla una mayor cooperación militar,
entrenamiento, inteligencia y tecnología.
Sería
exagerado llamarlo una “OTAN islámica”. Los propios gobiernos firmantes
han insistido en que no está dirigido contra ningún país concreto. Arabia Saudí
ha negado expresamente que el acuerdo tenga relación con una carrera nuclear.
Pero su importancia estratégica es indiscutible: reúne el poder financiero
saudí, la industria militar y la posición geográfica turcas y la capacidad
militar de Pakistán, único Estado musulmán con armas nucleares.
Para
Israel, el problema no es necesariamente que la alianza vaya a intervenir
militarmente en su defensa, sino que modifica el cálculo de disuasión. Hasta
ahora, Israel podía estudiar por separado a Turquía, Arabia Saudí y Pakistán.
El pacto introduce la posibilidad de que esas capacidades comiencen a
coordinarse. No significa que exista una cadena automática de respuesta militar
ni, mucho menos, un compromiso nuclear. Pero obliga a Israel a incorporar una
nueva variable en sus cálculos estratégicos.
Aquí
aparece la cuestión más inquietante: el riesgo nuclear. Israel mantiene una
política de ambigüedad y nunca ha reconocido oficialmente disponer de armas
atómicas, aunque la comunidad internacional considera ampliamente que posee un
arsenal nuclear; estimaciones públicas sitúan su inventario alrededor de las 90
ojivas.
Sin
embargo, la posibilidad de que Israel empleara armamento nuclear contra Turquía
en una eventual guerra es extraordinariamente remota. No existe actualmente una
situación que haga pensar en una decisión semejante. Las armas nucleares
israelíes forman parte fundamentalmente de una disuasión existencial y su
utilización contra un Estado miembro de la OTAN supondría una ruptura
catastrófica del orden estratégico internacional.
Mucho
más importante es la pregunta sobre qué ocurriría después. ¿Respondería
Pakistán nuclearmente en virtud del acuerdo de La Meca? La respuesta más
probable es que no. La doctrina nuclear pakistaní está construida esencialmente
alrededor de la India y no existe una declaración oficial que sitúe a Israel
como objetivo nuclear. Un análisis de la Arms Control Association subraya que
Islamabad ha mantenido su arsenal como instrumento de disuasión frente a la
India y que no ha anunciado un cambio de doctrina respecto de Israel. Un
estudio de Georgetown considera, además, altamente improbable que Pakistán
empleara armas nucleares para defender a Arabia Saudí, precisamente porque su
disuasión nuclear está concebida para contener a India.
La
amenaza nuclear, por tanto, opera más como factor de disuasión indirecta que
como escenario probable de combate. El verdadero peligro sería que una guerra
regional comenzara a modificar las doctrinas de seguridad de los actores.
Turquía ya debate públicamente la conveniencia de desarrollar una capacidad
nuclear propia y algunos responsables turcos han advertido sobre los riesgos
derivados del deterioro del régimen de no proliferación. Si Israel empleara
armas nucleares, aunque fuera en un escenario extremo, la presión para que
otros países de Medio Oriente reconsideraran sus propias opciones aumentaría
dramáticamente.
Washington
aparece entonces como el actor decisivo. Estados Unidos no tiene interés alguno
en permitir una guerra entre Israel y Turquía. La administración Trump necesita
a Israel como socio estratégico, pero también necesita a Turquía por su
posición geográfica, su ejército, su industria militar y su influencia sobre
Siria. La propia Casa Blanca parece haber comprendido que una confrontación
entre ambos aliados sería estratégicamente ruinosa. De ahí la intervención de
Barrack y la creación del mecanismo de descompresión.
La
OTAN se encuentra ante un dilema todavía más delicado. El artículo 5 no
convierte automáticamente una guerra iniciada por un miembro en una guerra de
toda la Alianza. Israel, además, no es miembro de la organización. Si Turquía
fuese atacada directamente por Israel, el Consejo del Atlántico Norte tendría
que determinar las circunstancias y las medidas correspondientes. Pero
Washington difícilmente permitiría que una crisis bilateral se transformara en
una confrontación entre la OTAN e Israel.
El
resultado más probable es, por ello, una diplomacia de contención. Estados
Unidos intentará convencer a Israel de que sus preocupaciones sobre la
expansión turca en Siria deben gestionarse mediante límites verificables y no
mediante ataques preventivos. Ankara, por su parte, tendrá que demostrar que su
cooperación militar con Damasco no constituye la construcción encubierta de una
plataforma ofensiva contra Israel.
Siria
es el tablero donde todas estas contradicciones convergen. Al-Sharaa necesita a
Turquía para reconstruir su Estado, pero también necesita un acuerdo de
seguridad con Israel y el respaldo estadounidense. Israel quiere impedir que
Siria se convierta en una plataforma militar hostil, pero sus ataques pueden
debilitar precisamente al Gobierno sirio que Washington y Ankara consideran
necesario para estabilizar el país. Turquía quiere consolidar su influencia,
pero una confrontación abierta con Israel podría poner en peligro su relación
con Estados Unidos y complicar su posición dentro de la OTAN.
La
paradoja es que todos los actores tienen razones para evitar la guerra y,
simultáneamente, razones para seguir aumentando su poder militar. Ese es el
clásico dilema de seguridad que convierte las crisis regionales en peligros
internacionales. La rivalidad entre Israel y Turquía no parece encaminada hoy
hacia una guerra abierta. Pero tampoco es ya una disputa pasajera. Siria se ha
convertido en el lugar donde chocan dos proyectos de orden regional.
La
cuestión decisiva será quién consiga imponer las reglas de ese nuevo
equilibrio. Si Washington logra establecer mecanismos fiables de comunicación y
delimitar las zonas de actuación de ambos ejércitos, Abu al-Duhur podría
terminar siendo recordado como una advertencia. Si fracasa, el ataque puede
convertirse en el primer episodio de una competencia militar mucho más
peligrosa. En un Medio Oriente atravesado por guerras, alianzas nuevas y
arsenales nucleares, la diferencia entre una advertencia y una guerra puede
depender, paradójicamente, de la capacidad de los adversarios para seguir
hablando cuando todo parece empujarlos a dejar de hacerlo.

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