jueves, 20 de agosto de 2026

La península coreana en el filo de la navaja



La diplomacia personal de Trump choca frente a un Kim Jong-un más poderoso y una alianza bajo tensión

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Buenos Aires - La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de reducir drásticamente los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, invocar su “muy buena relación” con Kim Jong-un y cifrar en cincuenta y siete el número de armas nucleares norcoreanas ha reabierto de forma abrupta un capítulo de la diplomacia asiática que parecía cerrado desde 2019. En un momento en que Washington concentra recursos en el conflicto con Irán, el gesto busca abrir un canal de comunicación con un régimen que ha ampliado su arsenal, estrechado lazos con Rusia y recuperado espacios de influencia con China. Pyongyang, sin embargo, respondió con el lanzamiento de una decena de misiles balísticos de corto alcance y restó valor a las concesiones estadounidenses, mientras Seúl observa con una mezcla de esperanza y alarma el posible debilitamiento de la disuasión aliada. El resultado es una península más inestable, donde la búsqueda de estabilidad a corto plazo corre el riesgo de consolidar a Corea del Norte como potencia nuclear permanente y de erosionar la confianza de los aliados regionales.

La relación entre Trump y Kim ha vuelto a ocupar el centro de la política exterior estadounidense en Asia oriental con una intensidad que recuerda los años de las cumbres de Singapur y Hanói. El presidente ordenó al secretario de Defensa, Pete Hegseth, reducir de manera sustancial los ejercicios Ulchi Freedom Shield, que pasaron de once a cinco días y vieron recortados sus componentes de entrenamiento de campaña. Trump argumentó que las maniobras resultaban costosas y enviaban una señal “inapropiada y hostil” a un país que, según él, se ha mostrado respetuoso desde su regreso al poder. Al mismo tiempo, reivindicó públicamente su sintonía personal con el líder norcoreano y afirmó que se reuniría con él antes de que finalizara el año, posiblemente en el marco de la cumbre de la APEC en Shenzhen. La declaración sobre las cincuenta y siete armas nucleares, formulada con una precisión poco habitual, subrayó tanto el reconocimiento implícito de una realidad estratégica como la voluntad de gestionarla a través del diálogo personal.

Las intenciones reales de Trump combinan elementos de diplomacia personal, cálculo de riesgo y ambición geopolítica de más largo alcance. El analista Kyung Suk Lee, en un estudio de 38 North, ha señalado que la atracción del presidente estadounidense hacia Kim posee un componente marcadamente personal: el encuentro puede constituir un objetivo en sí mismo, más allá de los resultados concretos en materia de desnuclearización. Trump ha repetido en varias ocasiones que su relación con el dirigente norcoreano evitó una guerra durante su primer mandato y que mantiene un entendimiento singular con él. Esta lógica de la diplomacia de líderes se proyecta ahora sobre un escenario más complejo. Estados Unidos necesita evitar una crisis simultánea en la península coreana mientras parte de sus capacidades se encuentran comprometidas en Oriente Próximo. La reducción de los ejercicios funciona, en este sentido, como una señal de distensión destinada a disminuir la probabilidad de una provocación norcoreana que obligue a desviar recursos.

Existe, además, una dimensión estratégica vinculada a la arquitectura de poder en el noreste de Asia. Durante los últimos años, Corea del Norte ha reducido su dependencia histórica de China mediante una alianza cada vez más estrecha con Rusia. El envío de tropas y municiones a Ucrania y la firma de un tratado de asociación estratégica con Moscú han otorgado a Pyongyang un margen de maniobra que antes no poseía. China reaccionó con la visita de Xi Jinping a Pyongyang en junio de 2026, la primera en siete años, orientada a recuperar influencia económica, diplomática y militar. La ausencia del tema de la desnuclearización en las declaraciones públicas de aquella cumbre fue interpretada por el profesor Ban Kil Joo, de la Academia Nacional Diplomática de Corea, como una posible aceptación de facto de Corea del Norte como potencia nuclear. En este contexto, una relación más fluida entre Washington y Pyongyang podría buscar ampliar el margen de autonomía norcoreano, impidiendo que el régimen quede definitivamente incorporado al bloque chino-ruso y limitando su utilidad como instrumento de presión en una eventual crisis en torno a Taiwán. No se trataría de una separación literal, sino de diluir la dependencia exclusiva.

Sin embargo, esta estrategia conlleva riesgos evidentes. La reducción de la presencia y de las maniobras estadounidenses puede transmitir a Seúl la impresión de que su seguridad se ha convertido en una variable secundaria. El presidente surcoreano Lee Jae Myung acogió con cauteloso optimismo el gesto de Trump, considerándolo una oportunidad para superar la hostilidad y construir la paz en la península. En una publicación en redes sociales, afirmó que la decisión reflejaba una profunda reflexión sobre cómo superar la confrontación. Al mismo tiempo, el gobierno de Seúl insistió en la necesidad de mantener una postura de defensa combinada sólida y en avanzar hacia una mayor autonomía militar. La oposición conservadora criticó la reducción de los ejercicios como una amenaza para la disuasión, y analistas citados por diversos medios advirtieron que la disminución de las maniobras puede afectar la preparación de las fuerzas aliadas y erosionar la confianza en el compromiso estadounidense. El ministro de Asuntos Exteriores, Cho Hyun, reconoció ante el Parlamento que ni Seúl ni los propios funcionarios estadounidenses habían recibido aviso previo de la orden presidencial, lo que generó perplejidad y reforzó las dudas sobre la solidez de la coordinación aliada.

La respuesta de Pyongyang ha sido inequívoca. Un día después de que Trump afirmara que Kim había respondido positivamente a sus contactos y de que se conociera la reducción de los ejercicios, Corea del Norte lanzó unos diez misiles balísticos de corto alcance desde las cercanías de Pyongyang. Kim Yo Jong, hermana del líder y figura clave del régimen, restó importancia a la medida estadounidense y negó la existencia de comunicaciones de alto nivel, al tiempo que afirmó que la política hostil de Washington seguía siendo la misma. El lanzamiento, el tercero del mes, subrayó que el régimen no interpreta las concesiones como un cambio estructural de la postura estadounidense, sino como un intento de obtener legitimidad sin entregar contrapartidas reales. La disparidad entre la estimación de Trump —cincuenta y siete armas nucleares “muy potentes”— y la del ministro de Defensa surcoreano Ahn Gyu-back —entre ochenta y ciento veinte, según cálculos de institutos de investigación— ilustra la dificultad de establecer una base común de diálogo. El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo sitúa el arsenal en torno a sesenta ojivas ensambladas, con material fisible suficiente para al menos treinta más, cifras cercanas a las del presidente estadounidense pero inferiores a las evaluaciones surcoreanas más amplias.

Desde una perspectiva geopolítica, la situación que se perfila es de mayor complejidad y de menores incentivos para una desnuclearización completa. Kim llega a cualquier eventual negociación con un arsenal mayor, una relación militar privilegiada con Rusia y renovados vínculos con China. La experiencia del conflicto con Irán puede haber reforzado en Pyongyang la convicción de que las armas nucleares constituyen la mejor garantía contra un cambio de régimen. Frank Aum, analista de 38 North, ha observado que existe un interés genuino tanto de Trump como de Kim por volver a sentarse a negociar, aunque las diferencias sobre la desnuclearización continúan siendo enormes. Victor Cha, de la Universidad de Georgetown, ha señalado que la reducción de los ejercicios constituye una señal concreta, distinta de las meras declaraciones de años anteriores, pero advierte que las cartas de Washington son peores que en 2018. Jenny Town, directora del programa 38 North del Stimson Center, interpreta la decisión como parte de un esfuerzo más amplio por crear oportunidades diplomáticas, aunque reconoce los riesgos para la preparación aliada.

La paradoja es profunda. Trump pretende utilizar su relación personal para reducir el riesgo de conflicto y, potencialmente, limitar la dependencia norcoreana de China y Rusia. Al mismo tiempo, la estrategia puede terminar aceptando tácitamente una Corea del Norte nuclear, obteniendo una península más estable a corto plazo a cambio de consolidar una realidad que durante décadas se intentó impedir. La reducción de los ejercicios funciona como concesión diplomática y como mecanismo de gestión del riesgo, pero su éxito depende de que Trump consiga convencer a Kim de que Estados Unidos no prepara una operación militar y, simultáneamente, de que Seúl y Tokio no perciban que la alianza se sacrifica en nombre de una relación presidencial. En un entorno marcado por la rivalidad entre Estados Unidos, China y Rusia, la península coreana se convierte en un escenario donde la fotografía de una nueva cumbre puede cambiar la atmósfera de la crisis, pero donde transformar esa atmósfera en un acuerdo durable sigue siendo el desafío más arduo. La historia de las cumbres anteriores demuestra que las cámaras pueden apagarse sin que las armas desaparezcan.

 

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