martes, 11 de agosto de 2026

Japón vuelve a mirar hacia las armas: el rearme que puede cambiar el equilibrio de Asia


 

Ochenta años después de Hiroshima, Japón está dejando atrás algunas de las restricciones militares que definieron su identidad internacional desde la derrota de 1945. El Gobierno de Sanae Takaichi ha llevado el gasto de defensa hasta el 2% del PIB, ha abierto la puerta a las exportaciones de armamento y quiere convertir la industria militar en una fuente de innovación y crecimiento. Detrás de la transformación está China, pero también Corea del Norte, Rusia y la incertidumbre sobre el futuro compromiso estadounidense en Asia. El resultado puede ser una nueva arquitectura de seguridad en el Pacífico, con Taiwán en el centro y una relación cada vez más estrecha entre Tokio, Washington, Seúl y Canberra.

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Buenos Aires - Hay algo profundamente simbólico en el nuevo Japón que se está construyendo. Mientras el país conmemora estos días el 81º aniversario de Hiroshima, su Gobierno presenta un nuevo modelo de seguridad que habría resultado difícil de imaginar para cualquiera de las generaciones que crecieron bajo el trauma de la guerra. Japón, la única potencia que ha sufrido un ataque nuclear en la historia, está incrementando aceleradamente sus capacidades militares y haciendo de la industria de defensa una pieza de su estrategia económica.

No se trata ya solamente de disponer de unas Fuerzas de Autodefensa capaces de proteger el territorio nacional. Tokio quiere radares, misiles de largo alcance, submarinos, sistemas espaciales, inteligencia artificial, drones, capacidades cibernéticas y una industria militar capaz de producir para Japón y para otros países. El nuevo Libro Blanco de Defensa presenta esa transformación como una respuesta al deterioro del entorno estratégico, pero también como una oportunidad económica. La industria de defensa, sostiene el documento, puede contribuir a la innovación, fortalecer la base tecnológica y generar actividad para empresas grandes y pequeñas.

Es la última estación de un viaje que comenzó mucho antes de Sanae Takaichi.

El país que quiso dejar atrás la guerra

La Constitución japonesa de 1947 nació bajo la ocupación estadounidense y convirtió el pacifismo en uno de los fundamentos de la nueva identidad nacional. Su artículo 9 renunció a la guerra como derecho soberano y prohibió el mantenimiento de fuerzas terrestres, navales o aéreas destinadas a un conflicto bélico. Sin embargo, la Guerra Fría pronto hizo evidente la contradicción entre ese principio y la necesidad estratégica de contener a la Unión Soviética y a la China comunista.

En 1954 nacieron las Fuerzas de Autodefensa. El lenguaje fue deliberadamente cuidadoso: Japón no tenía un ejército, sino fuerzas destinadas exclusivamente a la defensa. Durante décadas, ese equilibrio funcionó. Washington asumía la mayor parte de la responsabilidad estratégica mientras Tokio concentraba sus recursos en convertirse en una potencia económica.

La situación comenzó a cambiar después del final de la Guerra Fría. La primera guerra del Golfo, los atentados del 11-S, el programa nuclear de Corea del Norte y, sobre todo, el ascenso militar de China, fueron erosionando las antiguas restricciones.

Shinzo Abe aceleró el proceso. La legislación de seguridad aprobada en 2015 permitió ejercer el derecho de autodefensa colectiva en determinadas circunstancias y convirtió el denominado “pacifismo proactivo” en la fórmula política para conciliar el pasado pacifista con una mayor capacidad de acción militar. Ahora Takaichi está llevando esa lógica a una nueva dimensión.

China es la razón que explica casi todo

En el discurso oficial japonés, China ocupa un lugar que ningún otro país puede disputar. El nuevo Libro Blanco la define como el mayor desafío estratégico para Japón y advierte de la rápida expansión de sus capacidades militares.

Pekín responde que Tokio exagera la amenaza para justificar su remilitarización. El Ministerio de Defensa chino ha acusado al Gobierno japonés de recuperar una política de “nuevo militarismo” y ha advertido de que Taiwán constituye una línea roja que Japón no debe cruzar.

La disputa no es retórica. En los últimos años, China ha incrementado sus actividades alrededor de Taiwán y mantiene una presencia creciente alrededor de las islas Senkaku, administradas por Japón y reclamadas por Pekín como Diaoyu. El archipiélago se encuentra en una zona estratégica próxima a las principales rutas marítimas y a las islas japonesas más occidentales.

Para Tokio, el problema es que una guerra por Taiwán difícilmente podría quedar confinada al estrecho. Las instalaciones militares estadounidenses en Japón serían esenciales para cualquier operación de Washington. Las islas japonesas situadas en el sudoeste del archipiélago quedarían cerca de la zona de operaciones. Las rutas comerciales japonesas también podrían verse afectadas. Por eso, Taiwán ha dejado de ser, desde la perspectiva japonesa, una cuestión exclusivamente china.

La primera ministra Takaichi lo expresó con una claridad que provocó una fuerte reacción de Pekín al plantear que un ataque chino contra Taiwán podría crear una situación que amenazara la supervivencia de Japón y justificara la actuación de sus Fuerzas de Autodefensa. La crisis diplomática posterior ha llevado las relaciones entre Tokio y Pekín a uno de sus momentos más delicados de los últimos años.

La conclusión estratégica japonesa parece sencilla: cuanto mayor sea la capacidad china para modificar por la fuerza el statu quo alrededor de Taiwán, mayor debe ser el precio que Pekín tenga que pagar por intentarlo.

El dinero cambia de dirección

La transformación tiene una dimensión económica que no debe subestimarse. Japón ha llevado su gasto de defensa hasta el equivalente del 2% de su PIB, cumpliendo el objetivo que se había fijado para fortalecer su capacidad militar. El presupuesto para el ejercicio fiscal 2026 alcanza los 9,0353 billones de yenes, mientras que el gasto relacionado directamente con el fortalecimiento de la defensa se sitúa en torno a los 8,8 billones. Es una transformación considerable para un país que durante décadas mantuvo el gasto militar alrededor del 1% del PIB.

Pero el Gobierno quiere convencer a los japoneses de que no se trata únicamente de gastar. La apuesta consiste en crear una industria de defensa competitiva, tecnológica y exportadora. Es una idea que habría resultado políticamente difícil hace una generación. Durante décadas, las empresas japonesas fabricaron sistemas militares principalmente para las Fuerzas de Autodefensa y bajo estrictas restricciones a la exportación. Mitsubishi Heavy Industries, Kawasaki Heavy Industries, Mitsubishi Electric y Fuji Heavy Industries desarrollaron capacidades avanzadas, pero dentro de un mercado doméstico relativamente cerrado. Ahora las puertas se están abriendo.

La fragata Mogami constituye el ejemplo más visible. Australia ha elegido el diseño japonés para su futura flota de fragatas, convirtiendo a Mitsubishi Heavy Industries en uno de los grandes beneficiarios de la nueva política de exportaciones militares. El contrato australiano tiene además un significado estratégico: Japón empieza a integrarse como proveedor de seguridad de otros países del Indopacífico.

La transformación alcanza también a la aviación de combate. Japón participa junto con Reino Unido e Italia en el Global Combat Air Programme, destinado a desarrollar un nuevo avión de combate para la década de 2030. Mitsubishi Heavy Industries lidera la participación japonesa y Mitsubishi Electric está preparando nuevas instalaciones para producir sistemas electrónicos del aparato. La empresa prevé que su negocio de defensa pueda alcanzar 690.000 millones de yenes anuales hacia 2031.

El mensaje es evidente: Japón quiere que el rearme genere una industria. Y quiere que esa industria proporcione, a su vez, rearme.

La economía será la prueba más difícil

La idea de utilizar la defensa como motor de crecimiento no carece de fundamentos. La inversión militar puede estimular sectores de alta tecnología en los que Japón conserva ventajas extraordinarias: electrónica, robótica, sensores, materiales avanzados, inteligencia artificial, espacio, construcción naval y sistemas de precisión.

El Gobierno también quiere que las start-ups participen en este proceso, una ruptura con el tradicional sistema japonés de contratación de defensa. La guerra de Ucrania ha demostrado, además, el valor de drones baratos, inteligencia artificial y sistemas autónomos frente a plataformas militares convencionales extraordinariamente costosas. El nuevo Libro Blanco japonés dedica precisamente una atención considerable a esas tecnologías.

Pero hay una segunda cara de la moneda. Japón es una sociedad envejecida, con una población en descenso y una deuda pública extraordinariamente elevada. El Fondo Monetario Internacional proyecta para 2026 un crecimiento real de apenas el 0,8%, después del 1,1% de 2025, y advierte de que el gasto en intereses, sanidad y cuidados de larga duración ejercerá una presión creciente sobre las cuentas públicas.

El problema no es que Japón no pueda financiar el rearme. Puede hacerlo. El problema es qué deberá sacrificar si decide continuar incrementándolo. Un yen invertido en un misil no puede invertirse simultáneamente en educación, investigación civil, cuidados para una población envejecida o infraestructuras. El FMI ha pedido a Tokio una política fiscal prudente y una trayectoria creíble de reducción de la deuda.

Por eso el argumento de que la defensa será un nuevo motor del crecimiento debe tomarse con cautela. Puede impulsar determinadas industrias. Puede generar innovación. Puede abrir mercados internacionales. Pero no sustituirá las reformas estructurales que Japón necesita para recuperar un crecimiento sostenido. El rearme puede ser una política industrial. No es una solución mágica al problema demográfico japonés.

Una nueva industria militar

La consecuencia más profunda puede producirse en el corazón de la economía japonesa. Durante décadas, la industria de defensa fue casi una actividad residual de grandes conglomerados industriales. Ahora puede convertirse en un sector estratégico. Mitsubishi Electric, por ejemplo, aspira a aumentar sustancialmente sus ventas militares durante los próximos años gracias a radares, misiles, sistemas para el programa GCAP y componentes destinados a la fragata Mogami australiana.

También está cambiando la relación con Estados Unidos.

En mayo de 2026, Tokio y Washington acordaron acelerar la cooperación industrial para producir conjuntamente misiles, entre ellos los SM-3 Block IIA y AMRAAM. El Ministerio de Defensa japonés ha bautizado esa iniciativa como “Operation Supercharge”.

La alianza deja así de ser solamente militar. Se está convirtiendo en una alianza industrial. Japón aporta tecnología, capital, capacidad manufacturera y una base industrial sofisticada. Estados Unidos aporta tecnologías militares críticas, inteligencia, experiencia operacional y un mercado gigantesco. La combinación puede convertir a ambos países en un bloque tecnológico-militar mucho más integrado. Y eso es precisamente lo que preocupa a China.

El nuevo equilibrio del Pacífico

La consecuencia geopolítica más importante del rearme japonés será probablemente la modificación del equilibrio de la primera cadena de islas del Pacífico.

Un Japón militarmente más poderoso complica cualquier estrategia china destinada a proyectar fuerza hacia el Pacífico occidental. Sus submarinos, aviones, misiles antibuque, sistemas de vigilancia y capacidades espaciales aumentan el coste de cualquier operación china. Pero Japón tampoco está actuando solo.

Estados Unidos está reforzando la alianza. Australia se ha convertido en un socio militar cada vez más estrecho. Filipinas ha adquirido una importancia renovada. India participa en el entramado del Quad. Y Corea del Sur, pese a sus profundas reservas históricas hacia Japón, está aumentando la cooperación trilateral con Tokio y Washington.

El propio Ministerio de Defensa japonés señala que en 2026 se ha intensificado la cooperación con Estados Unidos, Australia, Corea del Sur y Filipinas. Es difícil imaginar una arquitectura de contención de China en el Indopacífico sin Japón en su centro.

Corea del Sur: un aliado incómodo

Aquí aparece una de las paradojas de la nueva estrategia. Japón y Corea del Sur tienen razones para desconfiar mutuamente, pero tienen razones aún mayores para cooperar. Ambos se encuentran bajo la amenaza de los misiles y armas nucleares de Corea del Norte. Ambos dependen de Estados Unidos. Ambos tienen intereses fundamentales en impedir que China modifique unilateralmente el equilibrio regional.

Durante 2026, Tokio y Seúl han intensificado el diálogo militar, con reuniones de ministros de Defensa y mecanismos de cooperación que habrían resultado difíciles de imaginar durante los peores momentos de sus disputas históricas.  Pero el pasado colonial japonés sigue presente.

El fortalecimiento militar japonés puede ser aceptado por Seúl mientras sea percibido como una respuesta a China y Corea del Norte. Si Tokio avanzara hacia una reinterpretación más amplia de su Constitución o hacia capacidades inequívocamente ofensivas, la reacción coreana podría ser mucho menos favorable.  La memoria histórica continúa siendo una variable estratégica.

Taiwán, el punto de fractura

En ningún otro lugar será más visible el efecto del rearme japonés que en Taiwán. Para China, la isla forma parte de su soberanía. Para Japón, un conflicto en el estrecho podría afectar directamente su seguridad nacional. Para Estados Unidos, Taiwán es uno de los principales escenarios en los que se pondría a prueba su credibilidad estratégica.

La geografía hace el resto. Japón se encuentra muy cerca de Taiwán y controla posiciones decisivas en el sudoeste de su archipiélago. Okinawa alberga instalaciones militares estadounidenses esenciales. Las islas Yonaguni e Ishigaki se encuentran en primera línea frente al escenario taiwanés.

En caso de conflicto, Japón podría proporcionar bases, inteligencia, defensa aérea, logística y apoyo a las fuerzas estadounidenses incluso sin entrar inicialmente en combate. Si el conflicto afectara directamente territorio japonés, la situación sería completamente diferente.

Eso explica por qué Pekín observa con tanta atención cada reforma militar japonesa. China no teme solamente a Japón. Teme a Japón unido a Estados Unidos, Australia, Corea del Sur y otros socios regionales.

Washington obtiene el socio que necesitaba

Para Estados Unidos, el rearme japonés es una buena noticia estratégica. Washington lleva años reclamando que sus aliados asiáticos asuman una mayor responsabilidad en su propia defensa. Japón está respondiendo.

La alianza se vuelve más útil cuanto más capaz sea Japón de defender sus propias islas, interceptar misiles, vigilar los mares y producir armas. En mayo, los ministros de Defensa de ambos países acordaron avanzar rápidamente en la profundización de la cooperación y reforzar la presencia militar conjunta en el sudoeste japonés. Pero hay una diferencia importante con respecto al Japón de la Guerra Fría. Tokio ya no quiere ser simplemente el protegido. Quiere convertirse en un socio estratégico.

La consecuencia puede ser un Japón más autónomo dentro de una alianza más estrecha con Estados Unidos. No es una contradicción. La autonomía militar japonesa puede, paradójicamente, fortalecer la alianza estadounidense.

La paradoja del rearme

La historia tiene aquí una ironía difícil de ignorar. Japón dice que se rearma para evitar una guerra. China interpreta el rearme como una amenaza. China aumenta sus capacidades. Japón responde. Estados Unidos refuerza su alianza con Tokio. Pekín profundiza sus preparativos militares. Corea del Norte utiliza el nuevo entorno como argumento para mantener su arsenal nuclear.

La lógica de la disuasión funciona precisamente porque cada actor sabe que una guerra tendría un coste insoportable. Pero la misma lógica puede generar una espiral de acumulación militar. El recuerdo de Hiroshima introduce una dimensión adicional.

Los supervivientes de la bomba atómica han advertido que el abandono progresivo del pacifismo puede erosionar uno de los elementos centrales de la identidad internacional japonesa. Masako Wada, de Nihon Hidankyo, ha defendido que Japón recuperó la confianza internacional precisamente porque prometió no volver a hacer la guerra.

Su advertencia no es una objeción menor. Japón no está modificando solamente su presupuesto de defensa. Está revisando uno de los pilares de su identidad nacional.

El país que durante décadas convirtió Hiroshima en símbolo universal de los peligros de la guerra se está convirtiendo nuevamente en una potencia militar de primer orden. La diferencia fundamental es que esta vez Japón no parece buscar un imperio ni una esfera de influencia propia. Su objetivo declarado es impedir que otros puedan imponerla. Ese matiz será decisivo.

Si Tokio consigue construir una capacidad militar suficiente para disuadir a China sin alimentar una dinámica incontrolable de confrontación, el rearme japonés puede convertirse en uno de los principales pilares de estabilidad del Indopacífico. Si fracasa, Asia podría entrar en una nueva carrera armamentista.

La paradoja es que ambas posibilidades nacen de la misma decisión.

Japón está volviendo a armarse porque considera que el mundo que lo rodea se ha vuelto demasiado peligroso para seguir siendo el Japón de la posguerra. Y al hacerlo está contribuyendo, inevitablemente, a crear un Asia diferente: un Asia en la que el equilibrio ya no dependerá solamente de Washington y Pekín, sino también de la capacidad de Tokio para decidir hasta dónde está dispuesto a llegar.

 

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