El próximo presidente colombiano
recibirá un país socialmente menos desigual que hace cuatro años, pero también
más polarizado, con unas finanzas públicas tensionadas, una seguridad
deteriorada en amplias regiones y una compleja redefinición de su papel internacional.
El legado de Gustavo Petro, primer mandatario de izquierda de la historia
contemporánea de Colombia, será objeto de debate durante muchos años: para
unos, el dirigente que introdujo reformas largamente postergadas; para otros,
el gobernante que tensionó las instituciones sin lograr materializar gran parte
de sus promesas transformadoras.
Contenido:
Buenos
Aires - Cuando el próximo presidente de Colombia jure el cargo en la Casa de
Nariño, heredará un país profundamente distinto al que encontró Gustavo Petro
en agosto de 2022. Distinto en sus prioridades políticas, en su lenguaje
público, en la naturaleza de sus debates nacionales y en la forma en que se
percibe a sí mismo dentro de América Latina. Pero también recibirá una nación
atravesada por contradicciones estructurales que continúan sin resolverse y que
representan algunos de los mayores desafíos de la historia reciente colombiana.
La
presidencia de Gustavo Petro ha constituido, probablemente, el experimento
político más ambicioso que haya vivido Colombia desde la promulgación de la
Constitución de 1991. No solamente porque significó la llegada de la izquierda
al poder por primera vez en la historia contemporánea del país, sino porque
intentó modificar simultáneamente algunos de los pilares fundamentales sobre
los que se había asentado el modelo colombiano durante las últimas décadas: la
política de seguridad, la organización del sistema sanitario, la estructura
tributaria, la matriz energética, la relación con Estados Unidos y el propio
relato histórico del conflicto armado.
Sin
embargo, la magnitud de las transformaciones anunciadas terminó chocando con la
complejidad institucional del Estado colombiano, con la resistencia de amplios
sectores políticos y económicos y con las limitaciones propias de un sistema
democrático diseñado precisamente para evitar cambios bruscos y concentraciones
excesivas de poder. Como resultado, el próximo mandatario recibirá un país en
transición, donde muchas reformas quedaron incompletas, otras fueron
parcialmente aprobadas y algunas nunca lograron superar los obstáculos
legislativos.
El
legado económico: avances sociales y fragilidad fiscal
La
economía será, sin duda, uno de los terrenos donde el nuevo presidente
encontrará mayores desafíos. El balance económico de Petro resulta difícil de
clasificar mediante categorías simples porque combina indicadores sociales
positivos con preocupaciones crecientes sobre la sostenibilidad de las finanzas
públicas.
Durante
el mandato del líder del Pacto Histórico, Colombia logró evitar una recesión y
mantuvo tasas de crecimiento positivas. El Producto Interno Bruto creció un
2,6% en 2025 después de expandirse un 1,5% en 2024, cifras modestas para una
economía emergente pero suficientes para preservar la estabilidad
macroeconómica básica.
Más
significativos resultaron los avances sociales. La inflación, que superaba el
10% cuando Petro llegó al poder, descendió hasta situarse en torno al 5,8%. El
desempleo cayó por debajo de los dos dígitos y la pobreza multidimensional
continuó reduciéndose. Los incrementos sostenidos del salario mínimo, la
ampliación de subsidios sociales y las transferencias dirigidas a los sectores
más vulnerables contribuyeron a mejorar los indicadores de bienestar de amplias
capas de la población.
El
economista Luis Fernando Mejía, una de las voces más respetadas del análisis
económico colombiano, reconoce estos avances sociales pero advierte que el
próximo gobierno enfrentará una situación fiscal extraordinariamente compleja.
Según sus estimaciones, el déficit fiscal se aproxima al 6,5% del PIB, un nivel
muy superior a los promedios históricos del país.
La
deuda pública constituye otro motivo de preocupación. El aumento del gasto
estatal destinado a financiar programas sociales coincidió con una
desaceleración de la inversión privada y con menores ingresos derivados del
sector energético. La inversión extranjera directa mostró signos de
debilitamiento, especialmente en petróleo y minería, sectores que continúan
siendo fundamentales para las exportaciones colombianas y para la obtención de
divisas.
La
transición energética impulsada por Petro simboliza con claridad esta tensión
entre objetivos estratégicos y realidades económicas. La decisión de limitar
nuevos contratos de exploración petrolera buscó posicionar a Colombia como
referente climático internacional y acelerar la diversificación productiva. Sin
embargo, numerosos economistas sostienen que el país todavía no dispone de una
estructura económica alternativa capaz de reemplazar plenamente los ingresos
fiscales generados por los hidrocarburos.
El
próximo presidente deberá resolver una ecuación particularmente difícil:
mantener los avances sociales obtenidos durante los últimos años sin deteriorar
aún más las cuentas públicas ni desalentar la inversión privada. Esa será,
probablemente, la cuestión económica central del próximo cuatrienio.
Una
sociedad menos desigual pero profundamente polarizada
En
el terreno social, la herencia de Petro presenta igualmente luces y sombras.
Incluso algunos de sus adversarios reconocen que consiguió modificar las
prioridades del debate nacional. Temas como la desigualdad, la inclusión
territorial, la justicia social, la protección ambiental y la redistribución de
la riqueza adquirieron una centralidad política que no habían tenido durante
décadas.
El
analista Óscar Montes sostiene que uno de los principales logros del presidente
fue precisamente instalar la cuestión social en el centro de la agenda pública.
Sin
embargo, ese cambio cultural vino acompañado de una polarización política
extraordinaria. Petro gobernó en permanente confrontación con amplios sectores
del establishment político, empresarial y mediático. Sus críticos lo acusan de
haber convertido el conflicto permanente en un método de gobierno. Sus
partidarios argumentan que simplemente desafió estructuras de poder que durante
décadas habían permanecido prácticamente intactas.
El
politólogo Hernando Gómez Buendía resume esta paradoja señalando que la
principal transformación del período fue simbólica y discursiva más que
estructural. Según su análisis, Colombia vivió una intensa batalla narrativa
que modificó percepciones, identidades políticas y formas de representación,
aunque muchas de las estructuras profundas permanecieran relativamente
inalteradas.
La
crisis del sistema de salud constituye otro de los grandes desafíos heredados.
Las dificultades operativas de numerosas Entidades Promotoras de Salud, los
retrasos en la atención médica y la incertidumbre respecto de la reforma
sanitaria han generado una creciente preocupación ciudadana. Aunque el Gobierno
atribuye la crisis a problemas estructurales previos y al funcionamiento de las
EPS privadas, amplios sectores sociales perciben un deterioro efectivo de los
servicios sanitarios.
El
desafío más urgente: la seguridad y el fracaso parcial de la Paz Total
Si
existe un área donde el próximo presidente enfrentará presiones inmediatas, esa
será la seguridad.
La
política de “Paz Total” fue probablemente la iniciativa más ambiciosa de
Petro y, al mismo tiempo, una de las más controvertidas. Su objetivo consistía
en negociar simultáneamente con guerrillas, disidencias de las FARC, grupos
narcotraficantes y organizaciones criminales, bajo la premisa de que el
conflicto colombiano ya no podía abordarse mediante compartimentos estancos.
La
idea representaba una innovación conceptual importante. No obstante, sus
resultados han sido objeto de fuertes cuestionamientos.
Aunque
algunas estadísticas oficiales reflejan mejoras en determinados indicadores de
violencia, extensas regiones del país continúan bajo influencia de actores
armados ilegales. Departamentos como Cauca, Arauca, Norte de Santander,
Guaviare y diversas zonas del Pacífico siguen registrando enfrentamientos,
desplazamientos de población y economías ilegales vinculadas al narcotráfico.
Las
disidencias de las antiguas FARC continúan fragmentadas en múltiples
estructuras armadas con intereses diversos. Algunas mantienen canales de
diálogo con el Estado; otras han intensificado sus actividades militares y
criminales. El Ejército de Liberación Nacional sigue siendo un actor relevante
en varias regiones fronterizas, mientras numerosos grupos narcotraficantes
aprovechan los vacíos de autoridad estatal para expandir su control
territorial.
La
expansión de los cultivos de coca añade complejidad al panorama. Colombia
continúa siendo el principal productor mundial de cocaína y el narcotráfico
sigue financiando buena parte de las organizaciones armadas ilegales.
El
próximo mandatario deberá decidir si mantiene el enfoque negociador de Petro,
lo corrige o retorna a estrategias más cercanas a la lógica de la seguridad
democrática impulsada durante los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez.
Instituciones
tensionadas y gobernabilidad incierta
Otro
aspecto fundamental del legado petrista es la relación entre el Ejecutivo y las
instituciones.
Durante
gran parte de su mandato, Petro mantuvo conflictos abiertos con el Congreso,
sectores del Poder Judicial, organismos de control, medios de comunicación y
dirigentes regionales. Diversos analistas consideran que esas tensiones
dificultaron la construcción de consensos indispensables para aprobar reformas
estructurales.
Al
mismo tiempo, el presidente conservó niveles de popularidad relativamente
elevados para los estándares colombianos, lo que demuestra que una parte
significativa de la sociedad continúa respaldando sus objetivos políticos
incluso cuando cuestiona algunos aspectos de su gestión.
El
resultado es un sistema político fragmentado donde ninguna fuerza dispone de
una hegemonía suficiente para gobernar sin acuerdos amplios. El fortalecimiento
parlamentario del Pacto Histórico garantiza que el petrismo seguirá siendo un
actor central de la política colombiana incluso después de la salida de Petro
de la presidencia.
Colombia
ante el mundo: dos posibles rumbos
La
orientación internacional del país dependerá en gran medida del signo
ideológico del próximo gobierno.
Si
la presidencia queda en manos de una figura de izquierda cercana al proyecto de
Petro, como Iván Cepeda Castro, es probable que Colombia mantenga su apuesta
por una diplomacia autónoma, una política exterior centrada en el cambio
climático, la integración latinoamericana y una relación más equilibrada con
las grandes potencias. Continuaría además el acercamiento a gobiernos
progresistas de la región y la búsqueda de espacios de cooperación con China y
otros actores emergentes.
Sin
embargo, incluso en ese escenario, las relaciones con Estados Unidos seguirían
siendo prioritarias. La cooperación antidrogas, la estabilidad venezolana, los
flujos migratorios y la importancia geopolítica de Colombia hacen imposible una
ruptura significativa con Washington. Como señalan diversos analistas, la
relación entre ambos países ha demostrado una notable capacidad de adaptación
incluso en momentos de fuertes discrepancias ideológicas.
Si,
por el contrario, triunfase una candidatura de derecha, ya sea representada por
figuras cercanas al uribismo o por corrientes conservadoras más recientes,
podría producirse una reorientación significativa. Un gobierno conservador
probablemente reforzaría la cooperación estratégica con Estados Unidos,
recuperaría una política más favorable a la inversión extranjera en
hidrocarburos, endurecería la estrategia frente a los grupos armados y
adoptaría posiciones más críticas respecto de determinados gobiernos de
izquierda latinoamericanos.
No
obstante, existen límites estructurales que moderarían cualquier giro radical.
Colombia continúa dependiendo de los mercados internacionales, de la
cooperación estadounidense y de la estabilidad regional. Por ello, más que
rupturas drásticas, cabe esperar ajustes de énfasis y prioridades.
El
país que viene
Colombia
se aproxima a una nueva etapa histórica con una combinación de oportunidades y
riesgos que pocas veces se había presentado de manera tan simultánea.
El
próximo presidente encontrará una sociedad más consciente de las desigualdades,
más exigente con el Estado y más involucrada en la discusión política. Recibirá
también unas finanzas públicas tensionadas, un sistema sanitario necesitado de
reformas urgentes, una seguridad deteriorada en varias regiones periféricas y
una economía que necesita recuperar dinamismo inversor sin renunciar a los
avances sociales alcanzados.
La
presidencia de Gustavo Petro será recordada como una experiencia política que
alteró profundamente el eje del debate nacional. Sus partidarios sostendrán que
abrió caminos largamente postergados hacia una sociedad más inclusiva y menos
desigual. Sus detractores argumentarán que generó incertidumbre económica,
polarización institucional y expectativas imposibles de cumplir. Ambas
interpretaciones contienen elementos de verdad.
La
cuestión decisiva para el próximo gobierno no será simplemente corregir o
profundizar el legado de Petro. Será demostrar que Colombia puede combinar
crecimiento económico, cohesión social, seguridad territorial y estabilidad
institucional en un mismo proyecto nacional. El verdadero desafío ya no
consiste en cambiar el país, sino en gobernar eficazmente el país que surgió
después de Petro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario