Una revuelta de indígenas, mineros y
cocaleros amenaza con derribar al presidente Rodrigo Paz a tan solo seis meses
después de su llegada al poder.
Contenido:
Buenos
Aires - El humo de los neumáticos quemados y los gases lacrimógenos aún flota
sobre la Plaza Murillo cuando cae la tarde. Miles de manifestantes, armados con
piedras, palos, petardos y, en algunos casos, dinamita, han intentado por horas
romper el cerco policial y militar que protege el Palacio de Gobierno. La
capital boliviana, sitiada por bloqueos en sus accesos, vive una de las
jornadas más violentas de las últimas semanas en un país que parece al borde
del colapso institucional. El presidente Rodrigo Paz, el hombre que prometió un
“capitalismo para todos” tras dos décadas de hegemonía del Movimiento al
Socialismo (MAS), enfrenta ahora la mayor prueba de su breve mandato: una
insurrección popular que exige su renuncia inmediata.
La
crisis que estalló hace casi tres semanas no es un estallido aislado. Es el
resultado previsible de una acumulación de frustraciones económicas, políticas
y sociales que han convertido a Bolivia en un polvorín. Lo que comenzó como
protestas sectoriales por salarios y combustible se ha transformado en un
desafío frontal al orden establecido, con ecos de las convulsiones que
derrocaron gobiernos en el pasado reciente de América Latina.
Una
economía al borde del precipicio
Bolivia
llega a este punto tras años de deterioro silencioso que se aceleró
dramáticamente en los últimos meses. Heredero de un Estado con reservas
internacionales diezmadas —que cayeron de más de 15.000 millones de dólares en
2014 a niveles críticos—, Paz asumió en noviembre de 2025 con un país quebrado
por la caída de las exportaciones de gas natural, la escasez crónica de dólares
y una inflación que ya superaba el 20% anual en proyecciones. Su gobierno optó
por medidas de ajuste: eliminación parcial de subsidios a los combustibles, que
provocó alzas de hasta el 86% en la gasolina y más del 160% en el diésel,
recortes presupuestarios y una tímida apertura a la inversión privada.
Los
resultados han sido devastadores para la población. En los mercados de La Paz y
El Alto, los precios de los alimentos básicos se han disparado. Familias
enteras reducen comidas, los transportistas gastan fortunas en reparaciones de
motores dañados por combustible adulterado y los hospitales enfrentan faltantes
de oxígeno y medicinas. Los bloqueos —se estiman más de 60 puntos activos en
todo el país, con especial intensidad alrededor de La Paz— han agravado el
desabastecimiento hasta convertirlo en crisis humanitaria. Camiones varados,
surtidores vacíos y colas interminables completan un panorama de escasez que
recuerda las peores épocas de racionamiento en la región.
A
esto se suma el malestar por promesas incumplidas. Paz llegó al poder con el
apoyo de sectores que votaron por un cambio moderado, cansados del MAS pero
temerosos de radicalismos. Sin embargo, su gestión ha sido percibida como un
giro neoliberal: eliminación de impuestos a la riqueza, leyes que facilitan la
mercantilización de tierras comunitarias (aunque luego derogadas) y un
acercamiento a organismos internacionales como el FMI. “La gente no creía
que era un Gobierno de derecha. Creía que iba a ser de centro”, resumía un
analista. Esa traición percibida ha unido a sindicatos, mineros, campesinos
aimaras y organizaciones indígenas en un frente común contra lo que llaman “ajuste
tipo Milei”.
El
rol de Evo Morales: desde el exilio en Chapare hasta la vanguardia de la
protesta
En
el corazón de esta tormenta aparece, una vez más, la figura omnipresente de Evo
Morales. Refugiado en su bastión cocalero del Chapare, con una orden de captura
pendiente por un caso de presunta corrupción de menores que él denuncia como
persecución política, el expresidente dirige desde la distancia la “Marcha
por la Vida”. Sus seguidores —cocaleros, mineros, la Central Obrera
Boliviana (COB) y los radicales Ponchos Rojos— han sido clave en la escalada.
Morales,
que gobernó Bolivia entre 2006 y 2019 con un modelo extractivista y
redistributivo que sacó de la pobreza a millones pero dejó instituciones
débiles y dependencia del gas, ha capitalizado el descontento. Sus aliados
rechazan la reforma constitucional impulsada por Paz, exigen el fin de los
procesos judiciales contra él y denuncian una traición a las bases populares.
El gobierno, por su parte, lo acusa de orquestar una conspiración financiada
por el crimen organizado —narcotráfico, minería ilegal, contrabando— que busca
desestabilizar al Ejecutivo. Videos de supuestos miembros de los Ponchos Rojos
exhibiendo armas y llamando a la “guerra civil” han alimentado la narrativa
oficial.
La
polarización étnica y regional agrava el cuadro. Mientras Santa Cruz, bastión
opositor histórico, permanece relativamente calmado, el altiplano andino —con
fuerte presencia indígena y aimara— arde. La Constitución de 2009, que enfatizó
la plurinacionalidad, ha dejado un legado de fragmentación que ahora explota.
Escalada
de violencia y primeras víctimas fatales
Lo
que empezó con bloqueos pacíficos ha derivado en choques brutales. Este lunes
18 de mayo, miles de manifestantes protegidos con escudos improvisados
enfrentaron a la policía antidisturbios en el centro de La Paz. Gases
lacrimógenos, piedras, petardos y explosiones de dinamita convirtieron las
calles en un campo de batalla. Manifestantes saquearon el Tribunal
Departamental de Justicia, estaciones del teleférico y oficinas públicas. Un
manifestante resultó herido de bala o por objetos contundentes, según reportes;
policías golpeados y periodistas agredidos completan el saldo.
Las
autoridades cifran en al menos cuatro las muertes indirectas desde el inicio de
las protestas: pacientes que no pudieron llegar a hospitales por los cortes de
ruta. La Fiscalía ha emitido órdenes de detención contra líderes como Mario
Argollo, de la COB, y reporta decenas de arrestados. El vicepresidente Edmand
Lara, en una carta abierta, ha criticado el uso de la justicia como herramienta
de presión y ha llamado a un diálogo “serio y sin condiciones”. El
gobierno, mientras, refuerza la Plaza Murillo con militares y rechaza cualquier
renuncia.
Efectos
regionales: contagio e inestabilidad
La
crisis boliviana no es un asunto interno. En una Sudamérica marcada por
inestabilidades —con Argentina aplicando ajustes drásticos, tensiones en Perú y
un Brasil vigilante—, el colapso de La Paz genera ondas de choque. La CONMEBOL
ya trasladó partidos de Copa Libertadores y Sudamericana a Paraguay por los
bloqueos y la inseguridad. Vecinos como Argentina y Brasil observan con
preocupación el posible flujo de migrantes o el impacto en el comercio
fronterizo. Estados Unidos ha expresado apoyo al gobierno democráticamente
elegido y condena intentos de desestabilización, mientras figuras como Gustavo
Petro en Colombia han hablado de “insurrección popular”.
El
riesgo de que el conflicto se internacionalice a través de redes de crimen
organizado —narcotráfico desde el Chapare— o de que inspire movimientos
similares en países con economías vulnerables es real. La región, aun
recuperándose de la pandemia y shocks externos, no necesita otro foco de
inestabilidad.
¿Hacia
dónde va Bolivia?
El
futuro inmediato es incierto. El gobierno de Paz insiste en que no renunciará,
promete diálogo con quienes depongan la violencia y busca respaldo
internacional con visitas de la OEA. Sin embargo, sin mayoría parlamentaria
clara y con un gabinete percibido como elitista, su margen de maniobra es
estrecho. Si no logra aliviar rápidamente la escasez y ofrecer concesiones
salariales creíbles, la presión de las calles podría volverse insostenible.
Por
el lado opositor, Morales y sus aliados apuestan a desgastar al Ejecutivo hasta
forzar una salida anticipada o una convocatoria electoral. Pero una eventual
caída de Paz podría abrir un vacío de poder peligroso en un país con historia
de golpes e interrupciones democráticas.
Bolivia
se encuentra en una encrucijada histórica. Detrás de las piedras y el humo no
solo hay demandas salariales o combustible: hay un cuestionamiento profundo al
modelo económico heredado, a la representación política de los sectores
populares y a la capacidad del Estado para gestionar una crisis estructural. La
resolución de este conflicto definirá no solo el destino del presidente Paz,
sino el rumbo de una nación que, una vez más, se juega su estabilidad en las
calles de La Paz. El tiempo apremia: la calma actual en el centro de la ciudad
es solo una tregua frágil antes de la próxima jornada de movilizaciones.

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