La pugna entre Ankara y Tel Aviv ha
trascendido hace tiempo el ámbito del discurso político y las crisis
diplomáticas episódicas para convertirse en una competencia estructural por el
control de corredores energéticos, la reconfiguración del poder en Siria, la
influencia en el Mediterráneo oriental y la proyección estratégica en el Cuerno
de África. Esta dinámica configura un nuevo eje de tensión regional con
repercusiones globales, que involucra a Estados Unidos, la OTAN, Grecia,
Chipre, Azerbaiyán, Arabia Saudita, Pakistán e incluso India. Detrás de las
declaraciones incendiarias y las alianzas militares en gestación se vislumbra
una lucha por la hegemonía en Oriente Próximo que redefine el equilibrio de
poder surgido tras el colapso del orden regional anterior.
Contenido:
Buenos
Aires - Durante décadas, las relaciones entre Recep Tayyip Erdoğan y Benjamín
Netanyahu se caracterizaron por un pragmatismo estratégico teñido de
desconfianza ideológica. Turquía fue el primer país de mayoría musulmana en
reconocer al Estado de Israel en 1949, y ambos mantuvieron una cooperación
militar e de inteligencia profunda durante años. Sin embargo, ese vínculo
pertenece al pasado. La crisis del buque Mavi Marmara[i]
en 2010 abrió una herida que nunca cicatrizó por completo. Desde entonces, las
relaciones se deterioraron de forma progresiva, entrando en una fase de
confrontación abierta tras la guerra en Gaza y la ampliación de las disputas
geopolíticas en Siria y el Mediterráneo oriental. Las acusaciones mutuas han
adquirido una dimensión no solo retórica, sino militar y estratégica concreta.
En
Ankara, el presidente Erdoğan ha endurecido su retórica contra Israel hasta
niveles sin precedentes. En abril de 2026, durante un discurso en la
Conferencia Internacional de Partidos Políticos de Asia en Estambul, Erdoğan
calificó las acciones israelíes de “red de genocidio manchada de sangre”
que “continúa matando a niños, mujeres y civiles inocentes sin regla ni
principio alguno, ignorando todos los valores humanos”. Asimismo, ha
comparado las políticas del primer ministro Netanyahu con las de Hitler y ha
advertido que “así como entramos en Karabaj y en Libia, podríamos hacer lo
mismo con ellos. No hay nada que lo impida; solo se requiere fuerza y unidad”.
Altos funcionarios turcos, como el ministro de Exteriores Hakan Fidan, han
acusado a Israel de buscar convertir a Turquía en su “nuevo enemigo”
tras el debilitamiento de Irán. Fidan declaró en abril de 2026: “Después de
Irán, Israel no puede vivir sin un enemigo. Vemos que tanto en el Gobierno de
Netanyahu como en parte de la oposición se busca declarar a Turquía el nuevo
adversario”.
Del
lado israelí, miembros del Gobierno de Netanyahu sostienen que Turquía aspira a
convertirse en la nueva potencia hegemónica islamista de Oriente Próximo,
aprovechando el debilitamiento iraní y el colapso del equilibrio sirio
anterior. El propio Netanyahu ha acusado públicamente a Erdoğan de “masacrar
a sus propios ciudadanos kurdos” y de “acomodar al régimen terrorista de
Irán y sus proxies”. Funcionarios israelíes como el ex primer ministro
Naftali Bennett han advertido que “está surgiendo una nueva amenaza turca”
comparable a la iraní, y el ministro de Defensa Israel Katz ha calificado a
Erdoğan de “hombre de los Hermanos Musulmanes” y “tigre de papel”.
Analistas israelíes describen cada vez más a Ankara como un actor capaz de
forjar una red de aliados a expensas de Israel, con Siria como eje central.
Esta
creciente hostilidad se explica, en gran medida, por la disputa por los
corredores energéticos entre Oriente Medio y Europa. El Mediterráneo oriental
se ha consolidado como uno de los principales escenarios geopolíticos del siglo
XXI. Israel, Grecia y Chipre impulsan desde hace años el proyecto del gasoducto
EastMed, diseñado para transportar gas natural desde los yacimientos israelíes
y chipriotas hacia Europa, evitando territorio turco. Aunque el proyecto
enfrentó dificultades técnicas y económicas —y perdió apoyo explícito
estadounidense en 2022—, en 2025 y 2026 los tres países han intentado
revivirlo, vinculándolo además al Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa
(IMEC). Este esquema no solo es energético, sino estratégico: consolida un eje greco-israelí-chipriota
respaldado por Occidente y limita la influencia turca sobre las rutas
energéticas regionales.
Turquía
percibe esta iniciativa como una amenaza existencial a su soberanía marítima y
económica. La doctrina de la “Patria Azul” (Mavi Vatan),
promovida por sectores nacionalistas y militares cercanos al Gobierno, busca
expandir la zona de influencia marítima turca en el Mediterráneo oriental y
cuestiona las delimitaciones marítimas acordadas por Grecia y Chipre. Ankara ha
respondido impulsando alternativas, como corredores energéticos que incluyan un
posible enlace Qatar-Turquía a través de Siria, y ha mantenido un embargo
comercial integral contra Israel desde 2024. El ministro Fidan ha señalado que
la cooperación militar entre Grecia, Chipre e Israel “no genera más
confianza, sino más problemas y guerra”.
Esta
competencia energética se entrelaza de manera inextricable con la guerra y la
reconfiguración de Siria. Tras la caída del régimen de Bashar al-Assad en
diciembre de 2024, Turquía emergió como el actor con mayor capacidad de
influencia en el nuevo equilibrio damasceno. Ankara ha consolidado tropas en el
norte del país, cultivado estructuras de gobernanza alineadas con sus intereses
y bloqueado cualquier autonomía kurda significativa. Busca, además, ampliar su
profundidad estratégica hacia el Levante. Israel observa con profunda
preocupación este avance. Para Tel Aviv, una Siria bajo fuerte influencia turca
podría representar una amenaza superior a la que suponía Irán en la era Assad.
Fuentes israelíes indican que la aviación de Israel ha realizado casi un millar
de ataques aéreos y de artillería en los primeros siete meses posteriores a la
caída de Assad —casi el triple que en los siete años previos—, con el objetivo
explícito de frustrar la instalación de infraestructura militar turca,
incluyendo bases y sistemas antiaéreos. Turquía ha condenado estos ataques como
“escalada peligrosa” y ha logrado, mediante mediación azerbaiyana, un
mecanismo de desescalada militar para evitar choques directos.
La
cuestión kurda agrava aún más la rivalidad. Israel ha expresado simpatía hacia
las aspiraciones de los kurdos en Siria e Irak —describiéndolos en ocasiones
como “aliados naturales”—, una posición que Ankara considera una línea
roja absoluta. Esta divergencia de visiones sobre el futuro sirio —Turquía
busca un Gobierno central amigo y unificado bajo su influencia; Israel prioriza
la fragmentación que impida cualquier amenaza unificada en su frontera norte—
ha convertido Siria en el epicentro del choque geopolítico.
El
conflicto se proyecta también hacia el Cuerno de África, una de las regiones
más estratégicas del planeta. En Somalia, Turquía mantiene su mayor base
militar en el extranjero en Mogadiscio y ha invertido miles de millones en
infraestructura, entrenamiento de las fuerzas armadas somalíes y cooperación
económica. En 2025-2026, Ankara anunció planes para un espacio-port en Somalia
y reforzó su presencia naval y aérea, incluyendo despliegues de F-16. Pretende
convertir el Cuerno en una plataforma de proyección hacia el mar Rojo y el
océano Índico. Israel, por su parte, busca reforzar su presencia para controlar
rutas marítimas críticas entre Asia, África y Europa. En diciembre de 2025,
Israel reconoció formalmente la independencia de Somalilandia —la primera
potencia de la ONU en hacerlo—, generando una fuerte reacción en Turquía y
Qatar. El presidente Erdoğan condenó la medida como “ilegal e
intervencionista”, una violación de la integridad territorial somalí y un
intento deliberado de socavar la influencia turca. El portavoz del Ministerio
de Exteriores turco, Öncü Keçeli, lo describió como “otro ejemplo de las
políticas expansionistas del Gobierno Netanyahu destinadas a crear
inestabilidad regional”. El estrecho de Bab el-Mandeb, vital para el
comercio energético global, se ha convertido así en un nuevo frente de
competencia indirecta.
La
rivalidad ya no es meramente bilateral. Se han consolidado bloques regionales
cada vez más definidos. Israel ha profundizado su alianza estratégica con
Grecia y Chipre —basada en cooperación energética, ejercicios militares
conjuntos e inteligencia compartida— y explora su ampliación hacia India a
través de corredores como el IMEC. Frente a este eje aparece un conglomerado
potencial integrado por Turquía, Azerbaiyán —aliado clave tras la guerra de
Nagorno-Karabaj—, Pakistán —con creciente cooperación militar— y,
eventualmente, Arabia Saudita, cuya aproximación dependerá de la evolución
frente a Irán y la situación en Gaza.
Estados
Unidos observa el escenario con creciente inquietud. Washington mantiene
vínculos estratégicos con ambos países: Israel como aliado fundamental y
Turquía como miembro clave de la OTAN por su control de los estrechos y su peso
militar. El enviado especial estadounidense Tom Barrack ha calificado las
tensiones de “retórica” y ha instado a la cooperación en seguridad y
energía, afirmando que “Turquía no es un país con el que se pueda jugar”.
Sin embargo, una confrontación directa entre Ankara y Tel Aviv podría fracturar
el sistema de alianzas occidentales. Para la OTAN, el dilema es delicado:
Turquía es uno de sus principales ejércitos y controla posiciones estratégicas
vitales, mientras Israel mantiene una estrecha cooperación militar con miembros
occidentales. La posibilidad de que Ankara ejerza su veto en la Alianza genera preocupación
en círculos políticos y militares de Bruselas y Washington.
En
paralelo, la retórica y la preparación militarista continúan escalando. Turquía
ha exhibido avances en misiles balísticos, drones y sistemas de largo alcance
capaces de alcanzar objetivos en el Mediterráneo oriental. Israel, por su
parte, ha intensificado operaciones en Siria y reforzado sus defensas ante
posibles amenazas regionales ampliadas. En este contexto emerge una cuestión
particularmente explosiva: la posibilidad futura de que Turquía aspire a una
capacidad nuclear militar. Aunque Ankara es parte del Tratado de No
Proliferación Nuclear, Erdoğan ha cuestionado públicamente el “monopolio
nuclear” israelí en la región, afirmando en el pasado que “el poder
nuclear militar debe estar prohibido para todos o permitido para todos”.
Sectores nacionalistas turcos argumentan que la asimetría estratégica actual
coloca a Turquía en una posición vulnerable y que Ankara debería contar con una
disuasión equivalente. Aunque este escenario sigue siendo remoto, el deterioro
del orden regional y la proliferación de alianzas rivales lo hacen cada vez
menos impensable.
La
paradoja radica en que Turquía e Israel comparten aún intereses comunes
sustanciales: ambos temen la expansión del caos regional, requieren estabilidad
económica y mantienen vínculos comerciales profundos. No obstante, la lógica
geopolítica —acentuada por el vacío dejado tras el debilitamiento iraní y la
reconfiguración siria— parece empujarlos hacia una confrontación cada vez más
estructural. Lo que está en juego ya no se limita a Siria, Gaza o el
Mediterráneo oriental: se trata del liderazgo político, militar y energético
del nuevo Oriente Próximo. En esa lucha, Ankara y Tel Aviv parecen convencidos
de que el espacio para la coexistencia estratégica se reduce día tras día,
configurando un escenario de alto riesgo para la estabilidad regional y global.
[i] MAVI MARMARA: El 31 de mayo de 2010, comandos israelíes abordaron
el buque Mavi Marmara de bandera turca en aguas internacionales, matando a diez
activistas turcos e hiriendo a decenas de ellos, provocando una grave crisis
diplomática entre Israel y Turquía. La nave encabezaba una “Flotilla de la
Libertad” para romper el bloqueo de Gaza.

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