Mientras los ojos del mundo se mantienes en Medio Oriente y la guerrar en Medio Oriente. Algunas naciones africanas viven su propio drama. Tal el caso de Máli, en el África Occidentes. Un Estado que se desmorona en el corazón del Sahel
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Buenos
Aires - En las primeras horas del 25 de abril de 2026, una ofensiva coordinada
sin precedentes sacudió Malí desde sus cimientos. Grupos yihadistas vinculados
a Al Qaeda y separatistas tuareg del Frente de Liberación del Azawad (FLA)
lanzaron ataques simultáneos contra guarniciones clave, desde Kati —a escasos
kilómetros de Bamako— hasta las ciudades nortenas de Kidal, Gao y Sévaré. El
ministro de Defensa, el general Sadio Camara, cayó asesinado en un atentado con
coche bomba en su feudo de Kati. Kidal, histórico bastión tuareg, pasó a manos
rebeldes, mientras el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM)
anunciaba un asedio a la capital y otras urbes principales. El silencio inicial
del líder de la junta, el general Assimi Goïta, alimentó especulaciones sobre
la estabilidad del régimen. Cuando finalmente habló, tres días después,
proclamó que “la situación está bajo control” y prometió la “neutralización
completa” de los agresores. Sin embargo, la magnitud de los acontecimientos
—la muerte del segundo hombre fuerte del poder, la retirada táctica de fuerzas
malienses y rusas de Kidal y el restablecimiento de una inédita alianza entre
yihadistas y separatistas— ha expuesto con crudeza lo que los analistas vienen
advirtiendo desde hace años: Malí representa hoy uno de los ejemplos más
acabados de colapso estatal en el mundo contemporáneo.
Esta
crisis no surge de la nada. Para comprenderla es indispensable atender, en
primer lugar, a los condicionantes geográficos que han moldeado históricamente
su fragilidad estructural; en segundo término, a su compleja composición
social; y finalmente a la convergencia letal de insurgencias armadas,
intervenciones externas fallidas y una deriva política que ha erosionado de
manera profunda la soberanía efectiva del Estado. Situado en el corazón del
Sahel, Malí es un vasto país sin salida al mar que se extiende sobre más de
1,24 millones de kilómetros cuadrados —una superficie comparable a la de
Sudáfrica o Perú— y limita con Argelia al norte, Níger al este, Burkina Faso y
Costa de Marfil al sur, Guinea al suroeste, y Senegal y Mauritania al oeste.
Esta posición lo convierte en un espacio de transición entre el África
subsahariana y el Magreb, un corredor histórico de rutas comerciales, legales e
ilegales que hoy facilitan tanto el contrabando como el flujo de armas, drogas
y combatientes.
El
territorio maliense presenta una marcada dualidad que condiciona su destino. Al
norte se extiende el desierto del Sahara, una inmensidad de dunas, mesetas
rocosas y áreas prácticamente despobladas donde la presencia estatal ha sido
históricamente débil o inexistente. Hacia el centro aparece el Sahel, franja
semiárida de vegetación escasa y extrema vulnerabilidad climática. El sur, en
cambio, es relativamente más fértil, irrigado por los ríos Níger y Senegal, y
concentra la mayor parte de la población y la actividad económica. Con una
población que supera los 25,8 millones de habitantes en 2026, Malí enfrenta un
clima extremo de temperaturas elevadas y precipitaciones irregulares. La
desertificación avanza de forma implacable, agravada por el cambio climático y
la presión demográfica, reduciendo las tierras cultivables y exacerbando los
conflictos ancestrales entre agricultores sedentarios y pastores nómadas. Esta
dinámica constituye uno de los factores estructurales de la violencia, al
intensificar las disputas por recursos cada vez más escasos en un país donde la
economía depende en gran medida del oro —que representa cerca del 80 % de las
exportaciones— y donde tanto los grupos armados como el propio Estado compiten
por el control de minas artesanales y yacimientos estratégicos.
La
diversidad étnica de Malí no es meramente cultural, sino profundamente
política. Los bambara constituyen el grupo mayoritario, asentados
principalmente en el sur. Les siguen los fulani o peul, tradicionalmente
pastores nómadas; los songhai, concentrados en el valle del Níger; y los tuareg
y árabes en el norte, con estructuras sociales tribales y una larga historia de
resistencia frente al poder central de Bamako. El norte, conocido como Azawad,
ha sido escenario recurrente de rebeliones tuareg que reclaman autonomía o
independencia. El Acuerdo de Argel de 2015 buscó integrar a estos grupos en el
Estado y descentralizar el poder, pero su implementación parcial y conflictiva,
sumada a la decisión de la junta de dar por terminado el pacto en 2024, ha
reactivado tensiones. La Coordinación de Movimientos del Azawad suspendió su
participación hace tiempo ante incumplimientos reiterados; hoy, el FLA ha
regresado a demandas maximalistas de soberanía territorial, sellando una
inédita convergencia operativa con los yihadistas.
Describir
a Malí como un Estado fallido no es una exageración retórica, sino una
constatación empírica que los hechos de abril de 2026 han vuelto innegables. El
gobierno central apenas ejerce control efectivo más allá de Bamako y algunas
ciudades importantes del sur. Amplias regiones del norte y del centro están
dominadas por actores no estatales: milicias, grupos insurgentes,
organizaciones criminales y formaciones yihadistas. La autoridad estatal ha
sido sustituida en muchos casos por sistemas paralelos de poder que administran
justicia, recaudan impuestos —incluido el zakat— y controlan territorios
enteros. Entre los insurgentes destacan, por un lado, los separatistas tuareg
del FLA, cuya ideología combina nacionalismo étnico y reivindicaciones
regionales. Por otro —y más determinantes—, los grupos yihadistas vinculados a
Al Qaeda y al Estado Islámico. El JNIM, coalición salafista-jihadista, y el
Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS) han demostrado una notable capacidad
de adaptación local. No se limitan a la violencia armada: han construido redes
económicas basadas en el tráfico de drogas, el contrabando, los secuestros y la
explotación de recursos, insertándose en dinámicas sociales locales y
alineándose con comunidades como los pastores fulani para ganar legitimidad.
Estos
grupos compensan su falta de capacidades convencionales con tácticas de
guerrilla, profundo conocimiento del terreno y movilidad transfronteriza. Su
liderazgo fragmentado dificulta su neutralización, mientras su estrategia
prioriza el control de áreas rurales y rutas estratégicas, debilitando
progresivamente al Estado. La reciente ofensiva de abril, en la que JNIM y FLA
actuaron de manera coordinada —restableciendo una alianza que se había visto
fugazmente en 2012—, marca un salto cualitativo: ya no solo se trata de erosión
gradual, sino de un desafío directo al corazón del régimen.
La
intervención extranjera ha sido un factor central en esta evolución. Francia,
antigua potencia colonial, lanzó en 2013 la operación Serval y luego Barkhane,
con miles de soldados desplegados en el Sahel. Pese a éxitos tácticos
iniciales, estas misiones fueron percibidas crecientemente como injerencia
neocolonial y no lograron estabilizar el país.
La
misión de la ONU, MINUSMA, desplegada en 2013, se convirtió en una de las más
peligrosas del mundo antes de su retirada forzada por la junta. El vacío dejado
por Occidente abrió la puerta a Rusia. El Grupo Wagner, hoy reconfigurado como
Africa Corps bajo control directo del Ministerio de Defensa ruso, opera junto a
las fuerzas malienses desde 2021. Con alrededor de dos mil efectivos, ha sido
acusado de graves violaciones de derechos humanos, pero también ha
proporcionado apoyo aéreo y logístico en momentos críticos. En la ofensiva de
abril, las fuerzas rusas se retiraron de Kidal junto a las malienses en una
maniobra negociada, aunque Moscú reivindicó haber impedido un golpe de Estado y
evitado mayores pérdidas civiles. La junta de Bamako ha reorientado su política
exterior hacia Moscú, firmando acuerdos en minería, energía nuclear y refinería
de oro, al tiempo que mantiene relaciones tensas con organismos internacionales
y busca aliados en el eje militar del Sahel —Burkina Faso y Níger— dentro de la
Alianza de Estados del Sahel.
El
gobierno actual, encabezado por la junta militar liderada por Assimi Goïta
desde los golpes de Estado de 2020 y 2021, combina un discurso soberanista con
prácticas autoritarias. Internamente, ha consolidado el poder mediante reformas
que refuerzan la figura presidencial; internacionalmente, ha confrontado a
Francia y abrazado a Rusia. Sin embargo, la situación interna continúa
deteriorándose. La violencia es persistente, los desplazamientos de población
—más de 400.000 desplazados internos— se multiplican y la economía permanece
estancada pese al oro, cuya producción industrial ha caído en los últimos años.
Las denuncias de abusos por parte de las fuerzas armadas y sus aliados rusos
alimentan el ciclo de violencia y facilitan el reclutamiento yihadista.
En
el corto y medio plazo, la evolución probable apunta a una consolidación de la
fragmentación territorial. El Estado difícilmente recuperará el control de las
regiones periféricas sin una transformación profunda de su estructura política
y social. Los grupos yihadistas seguirán expandiéndose, aprovechando la
debilidad institucional y las tensiones comunitarias. La presencia rusa podría
reforzarse —con entregas recientes de equipo militar y proyectos mineros—, pero
sin garantías de estabilización, reproduciendo en muchos aspectos los fracasos
de las intervenciones anteriores. Malí se perfila como un epicentro de
inestabilidad con proyecciones regionales e internacionales. Su crisis no es
únicamente nacional, sino un síntoma de las fracturas estructurales del Sahel,
donde confluyen pobreza, cambio climático, conflictos identitarios y
rivalidades geopolíticas. Sin un enfoque integral que combine seguridad,
desarrollo, gobernanza inclusiva y diálogo político genuino, el país continuará
atrapado en una espiral de violencia que amenaza con extenderse más allá de sus
fronteras, arrastrando a una región ya al límite. El tiempo apremia, pero la
ventana de oportunidad para evitar el desastre total se cierra con cada nuevo
ataque.

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