domingo, 3 de mayo de 2026

Malí frente al abismo


 








Mientras los ojos del mundo se mantienes en Medio Oriente y la guerrar en Medio Oriente. Algunas naciones africanas viven su propio drama. Tal el caso de Máli, en el África Occidentes. Un Estado que se desmorona en el corazón del Sahel 

Contenido:

Buenos Aires - En las primeras horas del 25 de abril de 2026, una ofensiva coordinada sin precedentes sacudió Malí desde sus cimientos. Grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda y separatistas tuareg del Frente de Liberación del Azawad (FLA) lanzaron ataques simultáneos contra guarniciones clave, desde Kati —a escasos kilómetros de Bamako— hasta las ciudades nortenas de Kidal, Gao y Sévaré. El ministro de Defensa, el general Sadio Camara, cayó asesinado en un atentado con coche bomba en su feudo de Kati. Kidal, histórico bastión tuareg, pasó a manos rebeldes, mientras el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM) anunciaba un asedio a la capital y otras urbes principales. El silencio inicial del líder de la junta, el general Assimi Goïta, alimentó especulaciones sobre la estabilidad del régimen. Cuando finalmente habló, tres días después, proclamó que “la situación está bajo control” y prometió la “neutralización completa” de los agresores. Sin embargo, la magnitud de los acontecimientos —la muerte del segundo hombre fuerte del poder, la retirada táctica de fuerzas malienses y rusas de Kidal y el restablecimiento de una inédita alianza entre yihadistas y separatistas— ha expuesto con crudeza lo que los analistas vienen advirtiendo desde hace años: Malí representa hoy uno de los ejemplos más acabados de colapso estatal en el mundo contemporáneo.

Esta crisis no surge de la nada. Para comprenderla es indispensable atender, en primer lugar, a los condicionantes geográficos que han moldeado históricamente su fragilidad estructural; en segundo término, a su compleja composición social; y finalmente a la convergencia letal de insurgencias armadas, intervenciones externas fallidas y una deriva política que ha erosionado de manera profunda la soberanía efectiva del Estado. Situado en el corazón del Sahel, Malí es un vasto país sin salida al mar que se extiende sobre más de 1,24 millones de kilómetros cuadrados —una superficie comparable a la de Sudáfrica o Perú— y limita con Argelia al norte, Níger al este, Burkina Faso y Costa de Marfil al sur, Guinea al suroeste, y Senegal y Mauritania al oeste. Esta posición lo convierte en un espacio de transición entre el África subsahariana y el Magreb, un corredor histórico de rutas comerciales, legales e ilegales que hoy facilitan tanto el contrabando como el flujo de armas, drogas y combatientes.

El territorio maliense presenta una marcada dualidad que condiciona su destino. Al norte se extiende el desierto del Sahara, una inmensidad de dunas, mesetas rocosas y áreas prácticamente despobladas donde la presencia estatal ha sido históricamente débil o inexistente. Hacia el centro aparece el Sahel, franja semiárida de vegetación escasa y extrema vulnerabilidad climática. El sur, en cambio, es relativamente más fértil, irrigado por los ríos Níger y Senegal, y concentra la mayor parte de la población y la actividad económica. Con una población que supera los 25,8 millones de habitantes en 2026, Malí enfrenta un clima extremo de temperaturas elevadas y precipitaciones irregulares. La desertificación avanza de forma implacable, agravada por el cambio climático y la presión demográfica, reduciendo las tierras cultivables y exacerbando los conflictos ancestrales entre agricultores sedentarios y pastores nómadas. Esta dinámica constituye uno de los factores estructurales de la violencia, al intensificar las disputas por recursos cada vez más escasos en un país donde la economía depende en gran medida del oro —que representa cerca del 80 % de las exportaciones— y donde tanto los grupos armados como el propio Estado compiten por el control de minas artesanales y yacimientos estratégicos.

La diversidad étnica de Malí no es meramente cultural, sino profundamente política. Los bambara constituyen el grupo mayoritario, asentados principalmente en el sur. Les siguen los fulani o peul, tradicionalmente pastores nómadas; los songhai, concentrados en el valle del Níger; y los tuareg y árabes en el norte, con estructuras sociales tribales y una larga historia de resistencia frente al poder central de Bamako. El norte, conocido como Azawad, ha sido escenario recurrente de rebeliones tuareg que reclaman autonomía o independencia. El Acuerdo de Argel de 2015 buscó integrar a estos grupos en el Estado y descentralizar el poder, pero su implementación parcial y conflictiva, sumada a la decisión de la junta de dar por terminado el pacto en 2024, ha reactivado tensiones. La Coordinación de Movimientos del Azawad suspendió su participación hace tiempo ante incumplimientos reiterados; hoy, el FLA ha regresado a demandas maximalistas de soberanía territorial, sellando una inédita convergencia operativa con los yihadistas.

Describir a Malí como un Estado fallido no es una exageración retórica, sino una constatación empírica que los hechos de abril de 2026 han vuelto innegables. El gobierno central apenas ejerce control efectivo más allá de Bamako y algunas ciudades importantes del sur. Amplias regiones del norte y del centro están dominadas por actores no estatales: milicias, grupos insurgentes, organizaciones criminales y formaciones yihadistas. La autoridad estatal ha sido sustituida en muchos casos por sistemas paralelos de poder que administran justicia, recaudan impuestos —incluido el zakat— y controlan territorios enteros. Entre los insurgentes destacan, por un lado, los separatistas tuareg del FLA, cuya ideología combina nacionalismo étnico y reivindicaciones regionales. Por otro —y más determinantes—, los grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico. El JNIM, coalición salafista-jihadista, y el Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS) han demostrado una notable capacidad de adaptación local. No se limitan a la violencia armada: han construido redes económicas basadas en el tráfico de drogas, el contrabando, los secuestros y la explotación de recursos, insertándose en dinámicas sociales locales y alineándose con comunidades como los pastores fulani para ganar legitimidad.

Estos grupos compensan su falta de capacidades convencionales con tácticas de guerrilla, profundo conocimiento del terreno y movilidad transfronteriza. Su liderazgo fragmentado dificulta su neutralización, mientras su estrategia prioriza el control de áreas rurales y rutas estratégicas, debilitando progresivamente al Estado. La reciente ofensiva de abril, en la que JNIM y FLA actuaron de manera coordinada —restableciendo una alianza que se había visto fugazmente en 2012—, marca un salto cualitativo: ya no solo se trata de erosión gradual, sino de un desafío directo al corazón del régimen.

La intervención extranjera ha sido un factor central en esta evolución. Francia, antigua potencia colonial, lanzó en 2013 la operación Serval y luego Barkhane, con miles de soldados desplegados en el Sahel. Pese a éxitos tácticos iniciales, estas misiones fueron percibidas crecientemente como injerencia neocolonial y no lograron estabilizar el país.

La misión de la ONU, MINUSMA, desplegada en 2013, se convirtió en una de las más peligrosas del mundo antes de su retirada forzada por la junta. El vacío dejado por Occidente abrió la puerta a Rusia. El Grupo Wagner, hoy reconfigurado como Africa Corps bajo control directo del Ministerio de Defensa ruso, opera junto a las fuerzas malienses desde 2021. Con alrededor de dos mil efectivos, ha sido acusado de graves violaciones de derechos humanos, pero también ha proporcionado apoyo aéreo y logístico en momentos críticos. En la ofensiva de abril, las fuerzas rusas se retiraron de Kidal junto a las malienses en una maniobra negociada, aunque Moscú reivindicó haber impedido un golpe de Estado y evitado mayores pérdidas civiles. La junta de Bamako ha reorientado su política exterior hacia Moscú, firmando acuerdos en minería, energía nuclear y refinería de oro, al tiempo que mantiene relaciones tensas con organismos internacionales y busca aliados en el eje militar del Sahel —Burkina Faso y Níger— dentro de la Alianza de Estados del Sahel.

El gobierno actual, encabezado por la junta militar liderada por Assimi Goïta desde los golpes de Estado de 2020 y 2021, combina un discurso soberanista con prácticas autoritarias. Internamente, ha consolidado el poder mediante reformas que refuerzan la figura presidencial; internacionalmente, ha confrontado a Francia y abrazado a Rusia. Sin embargo, la situación interna continúa deteriorándose. La violencia es persistente, los desplazamientos de población —más de 400.000 desplazados internos— se multiplican y la economía permanece estancada pese al oro, cuya producción industrial ha caído en los últimos años. Las denuncias de abusos por parte de las fuerzas armadas y sus aliados rusos alimentan el ciclo de violencia y facilitan el reclutamiento yihadista.

En el corto y medio plazo, la evolución probable apunta a una consolidación de la fragmentación territorial. El Estado difícilmente recuperará el control de las regiones periféricas sin una transformación profunda de su estructura política y social. Los grupos yihadistas seguirán expandiéndose, aprovechando la debilidad institucional y las tensiones comunitarias. La presencia rusa podría reforzarse —con entregas recientes de equipo militar y proyectos mineros—, pero sin garantías de estabilización, reproduciendo en muchos aspectos los fracasos de las intervenciones anteriores. Malí se perfila como un epicentro de inestabilidad con proyecciones regionales e internacionales. Su crisis no es únicamente nacional, sino un síntoma de las fracturas estructurales del Sahel, donde confluyen pobreza, cambio climático, conflictos identitarios y rivalidades geopolíticas. Sin un enfoque integral que combine seguridad, desarrollo, gobernanza inclusiva y diálogo político genuino, el país continuará atrapado en una espiral de violencia que amenaza con extenderse más allá de sus fronteras, arrastrando a una región ya al límite. El tiempo apremia, pero la ventana de oportunidad para evitar el desastre total se cierra con cada nuevo ataque.

 

No hay comentarios: