Canadá, Estados Unidos y Alemania
consolidan en apenas días una posición convergente de apoyo en torno a la
Iniciativa para un Plan de Autonomía para la región del Sáhara, presentada por
Marruecos ante Naciones Unidas, en un giro que refleja el peso de la estrategia
internacional del rey Mohammed VI.
Contenido:
Buenos Aires - En
cuestión de jornadas, una secuencia de declaraciones oficiales ha reconfigurado
el equilibrio diplomático en torno al contencioso del Sáhara. Tres actores
clave del espacio euroatlántico —Canadá, Estados Unidos y Alemania— han
reiterado de forma pública y coordinada su respaldo a la propuesta de autonomía
presentada por Marruecos ante Naciones Unidas, subrayando su carácter “serio,
creíble y realista” como base para una solución duradera al conflicto.
El
movimiento no es casual ni aislado. Responde a una estrategia diplomática
cuidadosamente diseñada y ejecutada durante años por el rey Mohammed VI, que ha
logrado desplazar progresivamente el eje de las discusiones internacionales
desde la autodeterminación clásica hacia fórmulas de autonomía bajo soberanía
marroquí.
El
gesto más reciente llegó desde Ottawa. El Gobierno canadiense reconoció
explícitamente el plan marroquí como una base válida para una “solución
mutuamente aceptable” del diferendo regional. La declaración, emitida tras
contactos de alto nivel entre responsables diplomáticos de ambos países, supone
un matiz relevante en la posición tradicional de Canadá, que ahora no solo
respalda el proceso auspiciado por la ONU, sino que identifica claramente la
iniciativa de Rabat como un punto de partida legítimo. El reconocimiento se
acompaña de la referencia a la resolución 2797 del Consejo de Seguridad,
adoptada en 2025, que refuerza la necesidad de un arreglo político duradero en
el marco multilateral.
Casi
en paralelo, desde Rabat, Estados Unidos volvió a elevar el tono de su
respaldo. En una comparecencia tras reuniones bilaterales, un alto responsable
del Departamento de Estado reiteró el reconocimiento de la soberanía marroquí
sobre el territorio, una posición ya consolidada en la política exterior
estadounidense desde años anteriores. Más aún, Washington insistió en que la
propuesta de un Plan de Autonomía constituye “la única base” para
resolver un conflicto artificial que considera prolongado en exceso. El mensaje
no se limita al plano político: incluye también el respaldo a la inversión
estadounidense en la región, lo que introduce una dimensión económica que
consolida los hechos sobre el terreno.
El
tercer pilar de este giro lo aporta Alemania, cuya posición ha evolucionado de
manera significativa en los últimos años. Berlín reafirmó la “centralidad”
de la autonomía bajo soberanía marroquí, señalando que podría representar la
solución más viable al diferendo. La declaración conjunta adoptada tras el
diálogo estratégico entre ambos países no solo avala el plan como base de
negociación, sino que va más allá al comprometer a Alemania a actuar conforme a
esta posición tanto en el ámbito diplomático como en el económico. Este paso
implica, en la práctica, una alineación más nítida con las tesis defendidas por
Rabat.
El
trasfondo de estas declaraciones revela una dinámica más amplia. El Sáhara,
durante décadas un conflicto enquistado en la agenda internacional, ha pasado a
inscribirse en un contexto geopolítico marcado por la competencia entre
potencias, la seguridad energética y la estabilidad del flanco sur europeo. En
ese escenario, Marruecos se ha posicionado como un socio estratégico fiable,
capaz de articular alianzas en ámbitos que van desde la seguridad hasta la
cooperación tecnológica, incluyendo iniciativas como los Acuerdos de Artemisa
en materia espacial.
La
clave de este reposicionamiento radica en la coherencia de la diplomacia
marroquí. Bajo el liderazgo de Mohammed VI, Rabat ha desplegado una política
exterior que combina pragmatismo y continuidad, apoyándose en relaciones
bilaterales intensas y en una narrativa que presenta la autonomía como una
solución intermedia, viable y alineada con el derecho internacional. El énfasis
en el desarrollo económico del territorio y en la estabilidad regional ha
contribuido a reforzar la credibilidad de esta propuesta ante socios
occidentales.
Al
mismo tiempo, el apoyo explícito al proceso liderado por Naciones Unidas
permite a estos países mantener un equilibrio entre el respaldo a Marruecos y
el respeto al marco multilateral. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad
actúa como punto de convergencia, legitimando la búsqueda de una solución
política negociada sin cerrar formalmente otras opciones, aunque en la práctica
el peso diplomático parece inclinarse cada vez más hacia la iniciativa
marroquí.
Este
alineamiento de potencias occidentales no resuelve por sí solo el conflicto,
pero sí redefine sus parámetros. Al consolidar la autonomía como referencia
central, reduce el margen de maniobra de las posiciones más alejadas de esa
fórmula y refuerza la idea de que cualquier solución futura pasará,
inevitablemente, por una negociación en torno a ese esquema.
En
Rabat, la lectura es clara: la acumulación de apoyos no es el resultado de un
giro repentino, sino la consecuencia de una estrategia sostenida en el tiempo.
En las cancillerías occidentales, el mensaje también empieza a cristalizar: la
estabilidad del Magreb y del entorno atlántico-sur pasa, en buena medida, por
cerrar uno de los conflictos más longevos de la agenda internacional. Y en ese
camino, la propuesta marroquí ha dejado de ser una opción más para convertirse,
a ojos de muchos, en el punto de partida imprescindible.

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