martes, 5 de mayo de 2026

La diplomacia de Rabat gana terreno: el respaldo atlántico impulsa el plan marroquí para el Sáhara


 

Canadá, Estados Unidos y Alemania consolidan en apenas días una posición convergente de apoyo en torno a la Iniciativa para un Plan de Autonomía para la región del Sáhara, presentada por Marruecos ante Naciones Unidas, en un giro que refleja el peso de la estrategia internacional del rey Mohammed VI.

 

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Buenos Aires - En cuestión de jornadas, una secuencia de declaraciones oficiales ha reconfigurado el equilibrio diplomático en torno al contencioso del Sáhara. Tres actores clave del espacio euroatlántico —Canadá, Estados Unidos y Alemania— han reiterado de forma pública y coordinada su respaldo a la propuesta de autonomía presentada por Marruecos ante Naciones Unidas, subrayando su carácter “serio, creíble y realista” como base para una solución duradera al conflicto.

El movimiento no es casual ni aislado. Responde a una estrategia diplomática cuidadosamente diseñada y ejecutada durante años por el rey Mohammed VI, que ha logrado desplazar progresivamente el eje de las discusiones internacionales desde la autodeterminación clásica hacia fórmulas de autonomía bajo soberanía marroquí.

El gesto más reciente llegó desde Ottawa. El Gobierno canadiense reconoció explícitamente el plan marroquí como una base válida para una “solución mutuamente aceptable” del diferendo regional. La declaración, emitida tras contactos de alto nivel entre responsables diplomáticos de ambos países, supone un matiz relevante en la posición tradicional de Canadá, que ahora no solo respalda el proceso auspiciado por la ONU, sino que identifica claramente la iniciativa de Rabat como un punto de partida legítimo. El reconocimiento se acompaña de la referencia a la resolución 2797 del Consejo de Seguridad, adoptada en 2025, que refuerza la necesidad de un arreglo político duradero en el marco multilateral.

Casi en paralelo, desde Rabat, Estados Unidos volvió a elevar el tono de su respaldo. En una comparecencia tras reuniones bilaterales, un alto responsable del Departamento de Estado reiteró el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el territorio, una posición ya consolidada en la política exterior estadounidense desde años anteriores. Más aún, Washington insistió en que la propuesta de un Plan de Autonomía constituye “la única base” para resolver un conflicto artificial que considera prolongado en exceso. El mensaje no se limita al plano político: incluye también el respaldo a la inversión estadounidense en la región, lo que introduce una dimensión económica que consolida los hechos sobre el terreno.

El tercer pilar de este giro lo aporta Alemania, cuya posición ha evolucionado de manera significativa en los últimos años. Berlín reafirmó la “centralidad” de la autonomía bajo soberanía marroquí, señalando que podría representar la solución más viable al diferendo. La declaración conjunta adoptada tras el diálogo estratégico entre ambos países no solo avala el plan como base de negociación, sino que va más allá al comprometer a Alemania a actuar conforme a esta posición tanto en el ámbito diplomático como en el económico. Este paso implica, en la práctica, una alineación más nítida con las tesis defendidas por Rabat.

El trasfondo de estas declaraciones revela una dinámica más amplia. El Sáhara, durante décadas un conflicto enquistado en la agenda internacional, ha pasado a inscribirse en un contexto geopolítico marcado por la competencia entre potencias, la seguridad energética y la estabilidad del flanco sur europeo. En ese escenario, Marruecos se ha posicionado como un socio estratégico fiable, capaz de articular alianzas en ámbitos que van desde la seguridad hasta la cooperación tecnológica, incluyendo iniciativas como los Acuerdos de Artemisa en materia espacial.

La clave de este reposicionamiento radica en la coherencia de la diplomacia marroquí. Bajo el liderazgo de Mohammed VI, Rabat ha desplegado una política exterior que combina pragmatismo y continuidad, apoyándose en relaciones bilaterales intensas y en una narrativa que presenta la autonomía como una solución intermedia, viable y alineada con el derecho internacional. El énfasis en el desarrollo económico del territorio y en la estabilidad regional ha contribuido a reforzar la credibilidad de esta propuesta ante socios occidentales.

Al mismo tiempo, el apoyo explícito al proceso liderado por Naciones Unidas permite a estos países mantener un equilibrio entre el respaldo a Marruecos y el respeto al marco multilateral. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad actúa como punto de convergencia, legitimando la búsqueda de una solución política negociada sin cerrar formalmente otras opciones, aunque en la práctica el peso diplomático parece inclinarse cada vez más hacia la iniciativa marroquí.

Este alineamiento de potencias occidentales no resuelve por sí solo el conflicto, pero sí redefine sus parámetros. Al consolidar la autonomía como referencia central, reduce el margen de maniobra de las posiciones más alejadas de esa fórmula y refuerza la idea de que cualquier solución futura pasará, inevitablemente, por una negociación en torno a ese esquema.

En Rabat, la lectura es clara: la acumulación de apoyos no es el resultado de un giro repentino, sino la consecuencia de una estrategia sostenida en el tiempo. En las cancillerías occidentales, el mensaje también empieza a cristalizar: la estabilidad del Magreb y del entorno atlántico-sur pasa, en buena medida, por cerrar uno de los conflictos más longevos de la agenda internacional. Y en ese camino, la propuesta marroquí ha dejado de ser una opción más para convertirse, a ojos de muchos, en el punto de partida imprescindible.

 

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