La toma de Moca y de la isla de Perim
en septiembre de 2026 ha colocado a Ansar Allah frente a una de las arterias
del comercio mundial, en un momento en que el estrecho de Ormuz ya está
gravemente perturbado. La amenaza creíble basta para encarecer seguros, desviar
buques y reducir el margen de Arabia Saudí.
Contenido:
Buenos
Aires - La ofensiva con la que Ansar Allah, el movimiento conocido
internacionalmente como hutí, se ha hecho con la ciudad portuaria de Moca y con
la isla de Perim no es solo un episodio más de la guerra yemení. Es un
desplazamiento del centro de gravedad estratégico de un conflicto que, durante
años, pareció contenido en las montañas del norte y en las negociaciones
intermitentes con Riad. Al asomarse a las orillas del estrecho de Bab
el-Mandeb, los hutíes han transformado una ventaja geográfica local en un
instrumento de presión sobre el tráfico entre el golfo de Adén y el mar Rojo,
y, por extensión, sobre una de las rutas que conectan Asia con Europa y el
petróleo del Golfo con los mercados occidentales. Reuters ha interpretado esa
campaña como un refuerzo sustancial de la posición de Abdulmalik al-Houthi. El
dato no es menor: no hace falta cerrar formalmente el paso para alterar las
decisiones de navieras, aseguradoras y productores. Basta con que el riesgo sea
creíble.
El
estrecho, estrecho de apenas una docena de millas en sus tramos más angostos,
es la puerta meridional del canal de Suez. Antes de que los ataques hutíes
contra el tráfico comercial, iniciados a finales de 2023 en nombre de la causa
palestina, desviaran una parte sustancial de los buques hacia el cabo de Buena
Esperanza, por Bab el-Mandeb circulaban unos 9,3 millones de barriles diarios
de petróleo y productos petrolíferos. En el primer semestre de 2025, según la
Administración de Información Energética de Estados Unidos, el flujo había
caído a unos 4,2 millones. El tráfico por Suez y por el oleoducto SUMED se
redujo en una proporción similar. El desvío añade cerca de dos semanas de
navegación y un coste extra de combustible que, en determinadas travesías,
supera el millón de dólares. Las primas de seguro de guerra se disparan. El
efecto se transmite a las cadenas de suministro, a los fletes y, en última
instancia, a la inflación de las economías importadoras.
La
novedad de septiembre de 2026 reside en que esa amenaza marítima ya no se
ejerce solo desde la distancia, con drones y misiles lanzados desde el
interior. El control de tramos de la costa occidental y de Perim —Mayún, en la
nomenclatura local— sitúa a los hutíes a pocos kilómetros de las rutas de paso.
Al mismo tiempo, el movimiento ha intensificado los ataques contra territorio
saudí. El 12 de septiembre reivindicó una operación con misiles balísticos y
drones contra una base en Sharurah; la Defensa Civil del reino reconoció
víctimas y daños. Riad, que en 2015 intervino para impedir la consolidación de
un poder hostil en su frontera sur y que después intentó desengancharse para
concentrarse en Visión 2030, se enfrenta de nuevo al dilema de una guerra
terrestre costosa o de una respuesta aérea insuficiente para revertir el avance
costero.
Ansar
Allah no nació como un apéndice de Teherán. Surgió en los años noventa en el
norte zaidí, como reacción identitaria y territorial frente a la pérdida de
influencia de esas comunidades y frente a la penetración de corrientes suníes
conservadoras financiadas, en buena medida, desde Arabia Saudí. La Primavera
Árabe y el colapso del Estado yemení le permitieron ocupar Saná en 2014. La
intervención saudí de 2015 internacionalizó la guerra, pero no destruyó al
movimiento. Al contrario: los hutíes sobrevivieron al bombardeo y al bloqueo,
construyeron una administración que recauda impuestos, gestiona servicios y
combina rasgos de milicia, partido y aparato estatal, y pasaron de la
infantería de montaña a una fuerza con misiles balísticos, de crucero y drones
capaces de alcanzar objetivos lejanos. La tregua de 2022 congeló frentes sin
resolver las causas del conflicto.
La
relación con Irán es, por eso, mejor descrita como una asociación estratégica
asimétrica que como una simple cadena de mando. Teherán aporta tecnología,
entrenamiento, redes de suministro y cobertura política; los hutíes ofrecen
profundidad en el extremo occidental de la península arábiga y una capacidad de
hostigamiento que Irán no podría ejercer por sí solo sin asumir un coste
diplomático mayor. Washington ha sancionado redes de adquisición que operan a
través de Yemen, Irán, China, Rusia y otras jurisdicciones, y que buscan
componentes de misiles y vehículos aéreos no tripulados. La capacidad hutí no
depende de un único conducto: combina asistencia iraní, contrabando, producción
local, adaptación tecnológica y captura de material enemigo, incluidos sistemas
de vigilancia occidentales y regionales. Esa heterogeneidad logística complica
cualquier estrategia de interdicción.
El
éxito reciente no se explica solo por las armas. El campo antihutí permanece
fragmentado: Riad, Abu Dabi, el Gobierno reconocido internacionalmente,
milicias tribales y el proyecto secesionista del sur han operado durante años
con objetivos divergentes. Ansar Allah, en cambio, conserva una cadena de mando
relativamente centralizada. Acumula más de una década de aprendizaje contra una
fuerza aérea superior: dispersión, lanzadores móviles, instalaciones
subterráneas. Y aprovecha una coyuntura en la que Estados Unidos, inmerso en su
enfrentamiento con Irán, se ha mostrado reticente a abrir un nuevo frente
terrestre en Yemen, pese a las peticiones saudíes de apoyo. La geografía
completa el cuadro. No hace falta dominar todo el estrecho para generar
inseguridad; basta con amenazar el tránsito desde tierra.
La
dimensión energética adquiere un carácter excepcional porque Bab el-Mandeb no
está solo. Ormuz, por el que en el primer semestre de 2025 transitaron unos
20,9 millones de barriles diarios —alrededor de cinco veces el volumen de Bab
el-Mandeb—, permanece gravemente afectado por la guerra entre Estados Unidos e
Irán. Arabia Saudí concibió el oleoducto Este-Oeste, con capacidad teórica
cercana a los siete millones de barriles, precisamente para evacuar crudo hacia
Yanbu y eludir Ormuz. Esa alternativa, sin embargo, también ha resultado
vulnerable: ataques con drones atribuidos por Riad a lanzadores en Irak —y no
necesariamente a los hutíes— han obligado a interrumpir o reducir el flujo. Si
las dos grandes puertas de salida del petróleo del Golfo sufren perturbaciones
simultáneas, el margen de maniobra del reino se estrecha y el problema deja de
ser yemení para convertirse en una cuestión de seguridad energética
internacional.
China
ha pedido a Teherán que contenga a su aliado; Europa ve amenazado el corredor
que sostiene una parte sustancial de su comercio con Asia; Italia ha anunciado
preparativos para reforzar su presencia naval. Washington sigue siendo el actor
externo con más capacidad de inteligencia, defensa aérea y ataque de largo
alcance, pero una intervención directa contra los hutíes reabriría el espectro
de una guerra prolongada que la Administración ha preferido evitar. Los hutíes,
por su parte, parecen buscar menos la aniquilación militar de Arabia Saudí que
la conversión de su poder de fuego y de su posición costera en moneda de
negociación: reconocimiento de facto, alivio del bloqueo, participación
institucional y acceso a recursos. Palestina sigue siendo el registro
ideológico que legitima ante su base los ataques a la navegación.
El
escenario más plausible no es una victoria rápida de ninguno de los bandos,
sino una guerra de desgaste con diplomacia coercitiva en paralelo: conservación
hutí de Moca y Perim, presión con drones y misiles, respuesta aérea saudí,
mediación omaní o china, y evitación de un cierre absoluto del estrecho que
pudiera precipitar una coalición naval más amplia. El riesgo reside en la
ruptura de esa lógica. Un ataque de gran impacto contra un petrolero
internacional, una interrupción prolongada del paso o una ofensiva terrestre
saudí de envergadura podrían internacionalizar el conflicto de forma
irreversible.
Yemen
ha dejado de ser un teatro periférico. Con recursos limitados, Ansar Allah
obliga a Riad, a Washington, a Bruselas y a Pekín a destinar medios
desproporcionados a la protección de un corredor que, hasta hace poco, se daba
por garantizado. Mientras Ormuz y Bab el-Mandeb permanezcan bajo presión a la
vez, la seguridad del petróleo del Golfo dependerá menos de la capacidad de
extraerlo que de la capacidad de escoltarlo hasta el mercado.





