Las protestas estudiantiles que
recorren Europa y América Latina expresan mucho más que el rechazo a los
recortes educativos o al encarecimiento de la vida. La inflación energética, la
crisis de la vivienda, la incertidumbre laboral provocada por la inteligencia
artificial y la creciente competencia entre el gasto social y las nuevas
exigencias militares están erosionando el contrato entre generaciones. Sin
embargo, detrás de unas consignas compartidas existen diferencias históricas
profundas entre las movilizaciones europeas y las latinoamericanas.
Contenido:
Buenos
Aires - Las calles han vuelto a convertirse en el lugar donde una generación
intenta hacer visible aquello que las instituciones políticas parecen incapaces
de resolver. En octubre de 2026, las protestas estudiantiles y las
movilizaciones sociales se han extendido por Francia, Bélgica, Italia, España,
Portugal y Albania, mientras Argentina y Chile vuelven a situar la defensa de
la educación pública en el centro de la confrontación política. Los motivos
inmediatos varían, desde las condiciones de las aulas hasta los alquileres, los
salarios y los presupuestos universitarios. Pero una misma pregunta atraviesa
las manifestaciones: ¿qué posibilidades reales tiene la juventud de construir
una vida mejor que la de sus padres?
La
coincidencia temporal no significa que exista un movimiento mundial unificado,
dirigido por una organización común o inspirado en una ideología homogénea. Lo
que se observa es algo más complejo: una sincronización de conflictos
nacionales que comparten problemas estructurales y encuentran en las redes
sociales un mecanismo de difusión, coordinación y reconocimiento mutuo. Las
investigaciones sobre las movilizaciones juveniles internacionales han señalado
reiteradamente la convergencia de tres factores: dificultades económicas,
desconfianza hacia las instituciones y percepción de que las decisiones
públicas se adoptan sin escuchar a quienes sufrirán sus consecuencias.
El
material reunido sobre las protestas de 2026 muestra precisamente esa
combinación. Los estudiantes franceses reclaman docentes, instalaciones
adecuadas y mejores perspectivas educativas; los belgas denuncian las
restricciones presupuestarias; los portugueses y españoles sitúan la vivienda
en primer plano; los italianos vinculan los salarios y el coste de la vida con
el incremento del gasto militar. En Argentina, la controversia gira alrededor
de la financiación de las universidades públicas, mientras que en Chile las
movilizaciones responden a los recortes previstos en determinadas partidas
educativas. La diversidad de demandas no impide reconocer un denominador común:
la creciente distancia entre las expectativas que acompañaron a la expansión
educativa y las oportunidades que ofrece la economía contemporánea.
La
economía cotidiana detrás de la protesta
La
explicación más sencilla atribuye estas manifestaciones a la inflación, los
recortes presupuestarios o el malestar contra determinados gobiernos. Son
causas importantes, pero insuficientes. Para comprender la amplitud del
fenómeno hay que distinguir entre las circunstancias que deterioran las
condiciones de vida, los acontecimientos que desencadenan las movilizaciones y
la crisis de confianza que permite que una reivindicación sectorial se
transforme en una protesta política general.
La
inflación constituye una de las primeras piezas de esta cadena. El
encarecimiento de los combustibles repercute en el transporte, la distribución
de alimentos, los costes industriales y numerosos servicios. El petróleo
alcanzó el 20 de octubre un máximo de cinco meses, con el barril de Brent en
torno a los 111 dólares, impulsado por la tensión en Oriente Próximo, los
ataques contra infraestructuras energéticas y las amenazas a la navegación
comercial. La incertidumbre geopolítica añade una prima de riesgo a los
mercados y encarece las decisiones de consumo y producción.
El
problema no termina cuando los precios dejan de subir. Una vez que la energía y
los alimentos se encarecen, los hogares necesitan más ingresos para conservar
su nivel de vida, mientras que las empresas afrontan mayores costes y pueden
trasladarlos al consumidor, reducir contrataciones o contener los salarios.
Aunque la inflación se modere posteriormente, el nivel de precios puede
permanecer elevado. La pérdida acumulada de poder adquisitivo se convierte así
en una experiencia duradera, especialmente para quienes comienzan su vida
laboral con remuneraciones modestas y deben afrontar alquileres, transporte y
gastos educativos.
La
presión es particularmente intensa en las grandes ciudades europeas. La
vivienda se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la
emancipación juvenil. El aumento de los alquileres, la escasez de oferta
asequible y la competencia por los inmuebles más accesibles dificultan que
incluso quienes tienen empleo estable puedan independizarse. La educación
superior ya no garantiza por sí sola una posición económica suficientemente
sólida para acceder a una vivienda. El ascenso social, que durante décadas
legitimó el esfuerzo académico, pierde credibilidad cuando un título
universitario no permite asegurar condiciones materiales básicas.
La
décima edición del estudio Junges Europa, publicada en junio de 2026 por
la Fundación TUI a partir de 8.024 entrevistas a jóvenes de entre 16 y 26 años
de siete países europeos, ofrece una medida de esa transformación. Solo el 25%
de los encuestados cree que su generación vivirá mejor que la de sus padres,
mientras que el 52% espera encontrarse en una situación peor. El optimismo
sobre el futuro descendió del 70% en 2017 al 57% en 2026. No se trata de una
generación completamente desprovista de iniciativa —el 55% contempla la
posibilidad de crear su propia empresa—, sino de jóvenes que combinan
aspiraciones personales con una creciente incertidumbre sobre las condiciones
colectivas necesarias para realizarlas.
El
deterioro de las expectativas también se refleja en el empleo. La Organización
Internacional del Trabajo, en su informe Global Employment Trends for Youth
2026, estimó que el desempleo mundial entre los jóvenes de 15 a 24 años
alcanzó el 12,4% en 2025, equivalente a unos 67 millones de personas. El
organismo relaciona esta evolución con el crecimiento económico insuficiente,
la debilidad de la creación de puestos de trabajo, las tensiones geopolíticas y
los cambios tecnológicos. La dificultad no consiste únicamente en conseguir una
ocupación, sino en acceder a un empleo formal, productivo y suficientemente
remunerado para sostener un proyecto de vida.
Cuando
estudiar ya no parece garantizar trabajo, y trabajar tampoco permite
independizarse, el malestar deja de ser exclusivamente económico. Se convierte
en una crisis de expectativas y, finalmente, en una impugnación de la
legitimidad de las instituciones que prometieron movilidad social.
Defensa,
Ucrania y el dilema de los presupuestos
A
esas tensiones se suma una transformación de las prioridades estratégicas de
Occidente. Estados Unidos reclama desde hace años una distribución más
equilibrada de las responsabilidades defensivas entre los miembros de la OTAN.
En la cumbre de La Haya de 2025, los aliados acordaron avanzar hacia una
inversión anual equivalente al 5% del producto interior bruto para 2035, de la
cual al menos el 3,5% se destinaría a las necesidades esenciales de defensa y
el resto a partidas relacionadas con la seguridad y la resiliencia. La OTAN
informó de que el gasto de los aliados europeos y Canadá había aumentado casi
un 20% en términos reales durante 2025 respecto del año anterior.
Este
compromiso modifica el horizonte presupuestario de los Estados europeos. La
guerra de Rusia contra Ucrania ha demostrado que la seguridad continental no
puede darse por garantizada y que los ejércitos necesitan municiones, sistemas
de defensa aérea, capacidades industriales y medios de disuasión que requieren
inversiones sostenidas. El apoyo a Kiev responde, además, a una consideración
estratégica: impedir que la agresión militar altere por la fuerza las fronteras
europeas.
Sin
embargo, las decisiones militares tienen consecuencias distributivas. Cada
gobierno debe determinar cómo financiar sus compromisos: mediante mayores
impuestos, endeudamiento, reasignación de partidas o una combinación de esas
alternativas. Cuando se exige simultáneamente contener el déficit, aumentar la
defensa y sostener sistemas de pensiones y sanidad sometidos a presiones
demográficas, la educación y las políticas juveniles pueden terminar
compitiendo por recursos escasos.
La
afirmación de que cada euro destinado a defensa se resta automáticamente del
gasto social sería, no obstante, una simplificación. Los presupuestos no
funcionan como compartimentos estancos: también pueden modificarse los ingresos
fiscales, el endeudamiento y las prioridades de inversión. Pero la competencia
por el espacio fiscal es real, y se vuelve políticamente explosiva cuando los
ciudadanos perciben que se les exige aceptar sacrificios sin una explicación
convincente de sus beneficios ni un reparto equitativo de las cargas.
El
sostenimiento de Ucrania añade otra dimensión. Las ayudas militares,
financieras y humanitarias implican compromisos considerables, mientras la
reconstrucción de las capacidades defensivas europeas demanda inversiones
adicionales. La decisión de respaldar a Kiev puede justificarse por razones de
seguridad colectiva, pero eso no elimina la obligación de explicar cómo se
financiará sin deteriorar innecesariamente los servicios públicos. La discusión
democrática no debería enfrentar de manera automática la defensa con la
educación, sino exigir que los gobiernos hagan explícitos sus costes, objetivos
y alternativas.
El
incremento de los precios energéticos agrava el problema. Si los hogares deben
destinar una mayor proporción de sus ingresos al combustible, la calefacción y
el transporte, disminuye su capacidad para afrontar otros gastos. Si, además,
los Estados dedican recursos crecientes a defensa y deben pagar intereses más
elevados por su deuda, el margen para ampliar becas, contratar profesores o
financiar vivienda asequible se estrecha.
En
Francia, donde las protestas educativas han coincidido con una profunda crisis
política y dificultades presupuestarias, esa acumulación resulta especialmente
visible. En Italia y Bélgica, las reivindicaciones sociales también se han
vinculado con el coste de la vida y la orientación del gasto público. La
cuestión decisiva no es si la seguridad nacional importa, sino quién soporta el
coste de garantizarla y qué mecanismos permiten impedir que la generación más
joven termine pagando una parte desproporcionada de la factura.

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