sábado, 10 de octubre de 2026

Brasil: Flávio Bolsonaro aventaja a Lula y convierte el balotaje en un plebiscito sobre el poder


 

El resultado de la primera vuelta electoral en Brasil ha desbaratado los pronósticos y colocado al senador conservador en una posición favorable para la votación del 25 de octubre. El desgaste del Gobierno, la inseguridad, el encarecimiento de la vida y la fortaleza de las redes bolsonaristas explican parte de la sorpresa. Lula intenta recuperar terreno con una campaña más cercana a los ciudadanos, mientras su rival suma apoyos políticos y explota la demanda de cambio. Las primeras encuestas de la segunda vuelta favorecen a Bolsonaro, aunque la movilización de los abstencionistas y el voto de los candidatos eliminados pueden alterar el desenlace.

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Buenos Aires - La elección presidencial brasileña ha entrado en una fase decisiva. Luiz Inácio Lula da Silva, el dirigente que regresó al poder en 2023 con la promesa de reconstruir las políticas sociales y restablecer la normalidad institucional, afronta ahora una amenaza que hasta hace pocas semanas parecía menos probable: perder la presidencia ante Flávio Bolsonaro, un senador de 45 años, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y representante de una derecha que ha demostrado una capacidad de movilización superior a la que anticipaban numerosos sondeos.

El 4 de octubre, Flávio obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula. La diferencia fue de 2.227.651 sufragios, suficiente para invertir el clima político de la campaña, pero no para resolver la elección. El Tribunal Superior Electoral confirmó que ambos disputarían la segunda vuelta del 25 de octubre, después de que ninguno alcanzara la mayoría absoluta requerida.

La magnitud política del resultado supera la diferencia numérica. El oficialismo había llegado a la jornada electoral con expectativas más favorables, mientras que Flávio, que no figuraba al comienzo del año entre los principales protagonistas de la carrera presidencial, consiguió convertir el apellido Bolsonaro en una candidatura competitiva y, finalmente, en la opción más votada.

La segunda vuelta será, por tanto, algo más que una elección entre dos proyectos económicos. Pondrá a prueba la capacidad de Lula para renovar su legitimidad, el arraigo social del bolsonarismo y la disposición de una parte considerable de los brasileños a respaldar una alternativa conservadora pese a las controversias judiciales que rodean al entorno del antiguo presidente.

Una primera vuelta que desmintió los pronósticos

Los resultados oficiales muestran una competencia más equilibrada de lo que sugerían algunos estudios publicados antes de la votación. La sorpresa no consistió únicamente en que Flávio terminara por delante, sino en que el presidente no consiguiera convertir su condición de favorito en una ventaja electoral efectiva.

El Tribunal Superior Electoral registró 56.104.268 votos para Bolsonaro y 53.876.617 para Lula. Hubo, además, 2.300.781 votos en blanco, equivalentes al 1,84%, y 3.674.149 votos nulos, el 2,93%. En conjunto, casi seis millones de sufragios no se tradujeron en apoyo válido a ninguna candidatura.

La derrota relativa del oficialismo no puede explicarse por un único factor. La economía brasileña presenta indicadores que el Gobierno considera favorables, especialmente en empleo y actividad, pero esos resultados agregados no se han convertido necesariamente en una percepción generalizada de bienestar. Para muchos hogares, la experiencia cotidiana está determinada por el precio de los alimentos, el combustible, la vivienda, el endeudamiento y la calidad de los servicios públicos.

El periodista de CNN Brasil Caio Junqueira ha señalado precisamente la distancia entre el discurso presidencial y las preocupaciones expresadas por los ciudadanos. Según su análisis, Lula concentró parte de sus mensajes en cuestiones como la soberanía nacional sobre los minerales estratégicos, mientras muchos electores estaban más pendientes del coste de la vida y de las controversias institucionales que afectaban a la confianza pública.

El sociólogo Alberto Carlos Almeida, por su parte, atribuyó el resultado a la evaluación negativa de la gestión presidencial y sostuvo que el Gobierno no había actuado con suficiente anticipación para mejorarla. Su diagnóstico apunta a una dificultad característica de los oficialismos: los buenos indicadores macroeconómicos pierden eficacia electoral cuando los ciudadanos no perciben una mejora equivalente en sus ingresos y sus expectativas.

La seguridad pública ha reforzado esa dinámica. El bolsonarismo ha convertido el incremento de la delincuencia y la sensación de desprotección en elementos centrales de su discurso, presentándose como la fuerza dispuesta a restaurar el orden mediante políticas más severas. Aunque la inseguridad brasileña tiene causas estructurales que ningún Gobierno puede resolver de manera inmediata, la percepción de amenaza constituye un recurso político poderoso, especialmente cuando la ciudadanía considera insuficientes las respuestas oficiales.

A ello se suma el desgaste de una presidencia que vuelve a pedir confianza después de haber gobernado durante buena parte de las últimas dos décadas. Lula conserva una trayectoria excepcional y una base social consolidada, pero su experiencia también lo convierte en el principal responsable, a ojos de los electores descontentos, de los problemas que persisten.

La candidatura de Flávio ha sabido explotar esa contradicción. Su mensaje de cambio permite reunir a votantes ideológicamente conservadores, ciudadanos desencantados con el Partido de los Trabajadores y electores que no necesariamente comparten todas las posiciones del bolsonarismo, pero desean castigar al Gobierno.

La abstención y el voto blanco: una advertencia para todo el sistema político

Uno de los datos más inquietantes de la primera vuelta fue la ausencia de 33.469.244 electores, el 21,08% del censo. Se trata del nivel más alto de abstención en una primera vuelta presidencial desde 1998, según los datos recogidos en el material electoral y las informaciones publicadas después de los comicios. A esa cifra deben añadirse los casi seis millones de votos blancos y nulos.

La abstención no significa automáticamente rechazo a Lula ni adhesión potencial a Bolsonaro. Esconde motivaciones diversas: desinterés, dificultades para acudir a votar, desconfianza en las instituciones, desencanto con los partidos y la convicción de que ninguno de los candidatos puede modificar sustancialmente las condiciones de vida. En Brasil, donde el voto es obligatorio para los ciudadanos alfabetizados de entre 18 y 70 años, la magnitud de la ausencia adquiere una relevancia política adicional.

El presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, reconoció tras la votación que una abstención superior al 20% no era deseable y planteó la necesidad de mejorar los mecanismos para reducirla. Lula, por su parte, pidió a su equipo que investigara las razones del alejamiento electoral, en lugar de atribuir la derrota exclusivamente a errores de su campaña.

Los testimonios recogidos por Associated Press ilustran el problema. Algunos ciudadanos rechazan la asociación entre religión y política promovida por sectores conservadores; otros desconfían de la izquierda por los escándalos de corrupción. También existen votantes que consideran que ambos candidatos representan opciones poco satisfactorias. La politóloga Carolina Almeida de Paula, de la Universidad Estatal de Río de Janeiro, ha advertido sobre el riesgo de interpretar la polarización como si toda la sociedad estuviera comprometida con uno de los dos bandos.

El voto blanco y el nulo tienen una lógica parcialmente distinta. El primero puede expresar la decisión de no apoyar a ninguna candidatura; el segundo puede obedecer a una protesta deliberada o a un error al emitir el sufragio. Los datos agregados no permiten determinar cuántos electores actuaron por cada motivo. Atribuirlos en bloque a una supuesta tercera fuerza política sería, por tanto, incorrecto.

La campaña definitiva tiene ante sí una paradoja: los candidatos necesitan movilizar a quienes permanecieron al margen, pero una parte de esos ciudadanos puede preferir mantener su distancia. Además, los casi seis millones de votos blancos y nulos no constituyen un depósito electoral disponible para ninguno de los dos aspirantes.

El comportamiento de los abstencionistas será especialmente importante si la participación cambia de forma significativa el 25 de octubre. Un aumento de la movilización podría beneficiar a Lula si recupera a antiguos votantes del Partido de los Trabajadores; pero también podría favorecer a Bolsonaro si la derecha logra activar a electores que en la primera vuelta se quedaron en casa.

Lula cambia el guion y busca recuperar la calle

El presidente ha reaccionado a la derrota con una reorganización de su campaña. La primera modificación es política: Geraldo Alckmin, vicepresidente y antiguo gobernador de São Paulo, ha ganado protagonismo como interlocutor con el empresariado y los votantes moderados. Su presencia pretende contrarrestar la imagen de un Gobierno demasiado concentrado en su base tradicional y transmitir una mayor disposición al diálogo con los sectores productivos.

La segunda modificación es comunicacional. Lula, que ha expresado reiteradamente su desconfianza hacia los teléfonos móviles, ha comenzado a grabar vídeos en formato de selfi para Instagram y TikTok. La iniciativa busca humanizar al candidato, acercarlo a los electores jóvenes y reducir la distancia que la campaña oficialista ha mantenido respecto de las plataformas digitales, donde el bolsonarismo ha construido una comunidad especialmente activa.

El presidente admite que la experiencia acumulada y la comunicación tradicional ya no bastan para disputar la atención de una sociedad conectada permanentemente a las redes.

La reorganización también responde a críticas internas. Según informaciones publicadas por Reuters, el equipo pretende sustituir los mensajes excesivamente abstractos sobre soberanía y minerales estratégicos por una comunicación más directa sobre los precios, los ingresos familiares y los riesgos que una victoria conservadora podría entrañar para los programas sociales.

El PT busca, además, reforzar su presencia territorial en regiones donde la diferencia fue estrecha y entre los ciudadanos que se abstuvieron. El Nordeste, tradicional bastión electoral de Lula, seguirá siendo fundamental, pero el partido necesita mejorar su desempeño en los grandes centros urbanos y en el electorado joven. En São Paulo, el mayor colegio electoral del país, Alckmin puede desempeñar un papel importante para recuperar votantes moderados.

La estrategia tiene una dificultad evidente: Lula debe defender su gestión y, al mismo tiempo, reconocer que no ha respondido suficientemente a algunas preocupaciones ciudadanas. Si se limita a denunciar los peligros del bolsonarismo, corre el riesgo de confirmar la impresión de que el oficialismo no escucha. Si dedica demasiado espacio a reconocer errores, puede debilitar la confianza de sus propios partidarios.

El presidente dispone, no obstante, de activos que su adversario todavía no posee: la experiencia de gobierno, una identidad política consolidada y una estructura partidaria con capacidad de movilización. Su desafío consiste en convertirlos en votos adicionales, no simplemente en reafirmar la fidelidad de quienes ya lo apoyaron.

Flávio Bolsonaro consolida la alianza conservadora

El senador ha afrontado la segunda vuelta desde una posición más favorable. Su principal ventaja es política: ha logrado transformar el resultado de la primera ronda en una secuencia de adhesiones que refuerza la percepción de que su candidatura representa la alternativa con mayores posibilidades de victoria.

Ronaldo Caiado, exgobernador de Goiás, y Romeu Zema, exgobernador de Minas Gerais, han respaldado a Bolsonaro después de competir contra él. El escritor y psiquiatra Augusto Cury, tercer candidato más votado, también anunció su apoyo. Cury obtuvo el 2,89% de los sufragios válidos, unos 3,4 millones de votos, una cantidad superior a la diferencia que separó a los dos aspirantes principales.

La adhesión de Cury resulta especialmente interesante porque su campaña había intentado presentarlo como una alternativa a la polarización. Su respaldo no supone, sin embargo, una transferencia automática de todos sus electores. El propio escritor aclaró que su apoyo no constituía un cheque en blanco y vinculó su decisión a compromisos sobre responsabilidad fiscal, protección de las mujeres, transparencia y respeto a las instituciones.

Flávio también ha sumado el respaldo de importantes formaciones de centroderecha, entre ellas Republicanos, Novo, Podemos y la federación integrada por Unión Brasil y Progresistas. Esos apoyos proporcionan estructura territorial, dirigentes locales y capacidad de movilización, aunque no garantizan que todos los votantes de esos partidos sigan las indicaciones de sus líderes.

Su campaña se articula alrededor de tres ideas: seguridad, rechazo al Partido de los Trabajadores y cambio político. Bolsonaro intenta presentar a Lula como el representante de un ciclo agotado y reivindica una administración más severa contra la delincuencia. También busca tranquilizar a los electores preocupados por las políticas sociales, asegurando que no pretende eliminar programas como Bolsa Família.

El candidato ha moderado parte de su tono para atraer a ciudadanos que rechazan los excesos retóricos de su padre, sin romper con el núcleo ideológico del bolsonarismo. Su reto consiste en ampliar su base sin perder a los sectores más militantes que hicieron posible su victoria inicial.

La relación con Jair Bolsonaro sigue siendo decisiva. El expresidente conserva una enorme capacidad de movilización entre sus seguidores, pero su condena por la trama golpista y su enfrentamiento con las instituciones judiciales representan también un riesgo. Flávio necesita heredar el capital político de su padre sin que la elección se convierta en un referéndum sobre su legado más controvertido.

Las encuestas favorecen a Bolsonaro, pero la elección no está decidida

Los primeros sondeos posteriores a la primera vuelta confirman que el senador ha aprovechado el impulso de su victoria. La distancia entre ambos candidatos es suficientemente consistente como para considerar a Flávio favorito, aunque todavía no permite descartar una recuperación del presidente.

La fotografía electoral del 9 de octubre

Intención de voto para la segunda vuelta: 52,8% para Flávio y 47,2% para Lula. Fuentes: UOL, AtlasIntel/Bloomberg y Folha de S.Paulo, Datafolha.

Las dos consultoras sitúan al senador por delante. Aunque, los resultados deben interpretarse con cautela. Una encuesta es una fotografía de las preferencias en un momento determinado, no una predicción infalible del resultado final.

El dato más importante no es únicamente la ventaja de Bolsonaro, sino su capacidad para mantenerla mientras la campaña de Lula intenta modificar el clima político. Si la diferencia se mantiene en las próximas mediciones y se reproduce en el comportamiento de los votantes, el presidente afrontará una tarea especialmente difícil.

Una elección que trasciende las fronteras brasileñas

El desenlace tendrá repercusiones más allá de Brasil. Lula ha defendido una política exterior multilateral, con protagonismo en los BRICS, cooperación con China y una relación con Estados Unidos que preserve la autonomía brasileña. Flávio, por el contrario, ha expresado una mayor afinidad con Donald Trump y ha defendido un acercamiento político a Washington.

La diferencia no implica que un eventual Gobierno conservador pueda prescindir de China. El gigante asiático es el principal socio comercial de Brasil y mantiene inversiones relevantes en energía, industria e infraestructura. Cualquier presidente deberá conciliar sus afinidades ideológicas con esos intereses económicos. Reuters ha señalado que el acceso a los minerales críticos brasileños, las relaciones comerciales y la competencia entre Washington y Pekín figuran entre las cuestiones estratégicas que podrían cambiar de orientación después de la elección.

La política económica también será determinante. Los mercados han reaccionado favorablemente a las expectativas de mayor disciplina fiscal asociadas a Bolsonaro, pero las promesas de reducción de impuestos, inversión en infraestructura y mantenimiento de los programas sociales deberán enfrentarse a las restricciones presupuestarias y a la necesidad de negociar con el Congreso.

El economista Paulo Dutra Constantin, profesor de la Universidad Presbiteriana Mackenzie, ha advertido que ambos candidatos mantienen diferencias ideológicas importantes, pero comparten una dependencia significativa de la inversión pública para impulsar el desarrollo. Su análisis plantea una cuestión que la campaña ha dejado en segundo plano: quien gane tendrá que resolver las tensiones entre gasto social, inversión y equilibrio fiscal.

La elección también puede afectar al funcionamiento de las instituciones brasileñas. Una victoria de Flávio fortalecería a las fuerzas conservadoras que buscan revisar el papel del Supremo Tribunal Federal y la situación judicial de Jair Bolsonaro. Una reelección de Lula, por su parte, no eliminaría la influencia de una derecha que ha demostrado contar con un respaldo social y parlamentario considerable.

El pronóstico para el 25 de octubre

A dos semanas de la votación, Flávio Bolsonaro parte con ventaja. Ha ganado la primera vuelta, ha reunido apoyos importantes de la centroderecha y aparece por delante en los dos principales sondeos publicados después del 4 de octubre. Su mensaje de cambio conecta con una parte del electorado que no considera suficientes los resultados económicos del Gobierno y reclama respuestas más contundentes frente a la delincuencia.

Lula conserva, sin embargo, posibilidades reales de remontar. La elección todavía depende de la participación, de la capacidad de atraer a los votantes moderados y de la transferencia efectiva de los sufragios obtenidos por los candidatos eliminados. El presidente necesita demostrar que puede escuchar las preocupaciones económicas cotidianas, recuperar la confianza de los electores jóvenes y convencer a quienes se alejaron de las urnas de que una nueva presidencia suya puede ofrecer resultados diferentes.

Su principal dificultad es el tiempo. La reorganización de la campaña y la incorporación de Alckmin y de nuevos responsables de comunicación pueden mejorar su mensaje, pero no garantizan que cambie la evaluación de su gestión. Bolsonaro, por su parte, debe evitar que la consolidación de su ventaja derive en exceso de confianza y demostrar que puede atraer a electores que no comparten todas las posiciones del bolsonarismo.

El pronóstico, con la información disponible al 10 de octubre, es una victoria de Flávio Bolsonaro el 25 de octubre, probablemente por un margen moderado. Los sondeos sitúan su ventaja entre cuatro y seis puntos porcentuales en votos válidos, una distancia que lo convierte en favorito, pero que todavía puede reducirse. No considero prudente proyectar una victoria arrolladora ni dar por cerrado el resultado.

Si las tendencias actuales se mantienen, Bolsonaro podría obtener entre el 51% y el 53% de los votos válidos, frente a un Lula situado entre el 47% y el 49%. Se trata de una estimación analítica, no de un resultado asegurado: una movilización superior a la prevista de los abstencionistas o una recuperación del voto moderado por parte del presidente podrían estrechar considerablemente la diferencia.

La paradoja de esta elección es que Lula no se enfrenta únicamente a un rival más joven, sino a una demanda de cambio que ha conseguido imponerse incluso allí donde el Gobierno reivindica resultados económicos y sociales positivos. Flávio Bolsonaro ha transformado esa insatisfacción en una oportunidad histórica para su familia política. El 25 de octubre se sabrá si esa oportunidad basta para devolver el poder al bolsonarismo o si Lula consigue, una vez más, convertir una campaña adversa en una victoria.

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