Un eventual triunfo del hijo de Jair
Bolsonaro modificaría profundamente el equilibrio político de América del Sur.
Para el Gobierno de Javier Milei supondría el fin de la incómoda convivencia
con un Brasil gobernado por Lula da Silva, pero también abriría una competencia
inédita por la atención de Washington, las inversiones occidentales y los
mercados internacionales.
Contenido:
Buenos
Aires - La eventual llegada de Flávio Bolsonaro al Palacio de Planalto
produciría una transformación de considerable magnitud en la geopolítica
sudamericana. No se trataría solamente del regreso del apellido Bolsonaro al
Gobierno de Brasil, sino de la incorporación de la mayor economía
latinoamericana a un espacio político regional en el que ya se encuentran la
Argentina de Javier Milei, Paraguay, Ecuador, Perú, Chile y, con diferentes
matices, otros gobiernos de orientación conservadora. Después de una primera
vuelta en la que Flávio obtuvo el 47,03% de los votos frente al 45,16% de Luiz
Inácio Lula da Silva, la segunda vuelta del 25 de octubre aparece como una
elección capaz de modificar simultáneamente el mapa político sudamericano y las
relaciones entre las grandes potencias y la región.
Para
la Argentina, el cambio tendría una característica paradójica: sería, al mismo
tiempo, una oportunidad política extraordinaria y un desafío económico
considerable. La llegada de un presidente brasileño ideológicamente próximo a
Milei terminaría con la tensión política que caracterizó la relación entre
Buenos Aires y Brasilia durante el Gobierno de Lula. Pero esa misma
coincidencia convertiría a Brasil en un competidor mucho más poderoso que la
Argentina por el favor de Washington, el capital internacional y la
consideración estratégica de la Casa Blanca.
El
fin de la anomalía Milei-Lula
La
relación entre Milei y Lula ha estado condicionada desde el comienzo por una
profunda incompatibilidad ideológica. El presidente argentino hizo de su
rechazo al socialismo uno de los ejes de su política exterior y llegó a
respaldar abiertamente la candidatura de Flávio durante su visita a Brasil. En
aquella ocasión calificó duramente a Lula y expresó su voluntad de contribuir a
una nueva mayoría conservadora en América Latina.
Un
Gobierno de Flávio Bolsonaro permitiría transformar esa coincidencia ideológica
en una relación institucional entre dos de las principales economías
sudamericanas. La cooperación podría adquirir particular intensidad en
seguridad, energía, infraestructura, comercio, lucha contra el crimen
organizado y cooperación diplomática. También facilitaría la coordinación de
posiciones en organismos multilaterales y en asuntos regionales en los que
Buenos Aires y Brasilia han mantenido discrepancias durante la Administración
Lula.
El
propio programa de Flávio contempla un acercamiento explícito a la Argentina.
El documento electoral registrado ante las autoridades brasileñas prioriza la
aproximación a Estados Unidos, Israel y Argentina, además de la incorporación a
la OCDE y una apertura comercial gradual. Esa referencia constituye un dato de
enorme importancia para Buenos Aires: significa que la Argentina no sería
considerada únicamente como un socio comercial, sino como una pieza relevante
de la estrategia internacional del eventual Gobierno Bolsonaro.
La
cuestión, sin embargo, es si esa proximidad política se traduciría
automáticamente en beneficios económicos. La respuesta es menos evidente.
Un
MERCOSUR más abierto e incierto
El
punto donde podrían coincidir con mayor claridad Milei y Flávio sería el futuro
del MERCOSUR. Ambos dirigentes comparten la percepción de que las restricciones
institucionales del bloque, especialmente la obligación de negociar
colectivamente con terceros países, limitan la capacidad de cada miembro para
desarrollar una política comercial propia.
Flávio
llegó a plantear durante la campaña que Brasil debería liberarse de las “amarras”
del MERCOSUR para poder avanzar hacia acuerdos bilaterales, una posición
extraordinariamente cercana a la sostenida desde hace tiempo por Milei. También
cuestionó la utilización del bloque como instrumento de confrontación
ideológica con Estados Unidos.
La
consecuencia más probable no sería una retirada brasileña del MERCOSUR. El
costo económico, jurídico y empresarial de abandonar el bloque sería demasiado
elevado, especialmente para sectores brasileños integrados con la economía
argentina, como el automotor, la industria de bienes de capital y numerosas
cadenas manufactureras. Lo más plausible sería una transformación gradual del
bloque desde una unión comercial relativamente disciplinada hacia una
estructura más flexible, con mayores excepciones y mayor libertad para negociar
acuerdos externos.
Para
Milei, esa transformación tendría una ventaja inmediata. Argentina podría
avanzar con mayor libertad hacia un acuerdo comercial con Estados Unidos sin
quedar necesariamente condicionada por la posición brasileña. El problema es
que la liberalización también funcionaría en sentido contrario. Brasil podría
abrir sus mercados a Estados Unidos, Asia y otras economías y permitir que
competidores internacionales accedieran con mayor facilidad al gigantesco
mercado brasileño.
La
preferencia que actualmente poseen determinados productos argentinos en Brasil
podría, por tanto, perder valor relativo. La industria argentina debería
competir con empresas estadounidenses, asiáticas y europeas en condiciones
diferentes de las actuales. El problema sería particularmente sensible para el
sector automotor, cuya integración productiva argentino-brasileña constituye
uno de los pilares del comercio bilateral.
Los
números explican la dimensión del riesgo. En 2025, el intercambio comercial
entre Argentina y Brasil alcanzó 31.195 millones de dólares, el nivel más
elevado desde 2013. Argentina exportó a Brasil 12.771 millones de dólares e
importó 18.424 millones. Brasil continúa siendo, además, el principal destino
de las exportaciones argentinas.
La
flexibilización del MERCOSUR, por lo tanto, sería beneficiosa para la Argentina
únicamente si Buenos Aires consigue simultáneamente aumentar su productividad y
conquistar nuevos mercados. De lo contrario, podría producirse una paradoja:
Milei obtendría el MERCOSUR más flexible que reclama, pero la industria
argentina perdería parte de la protección que actualmente le proporciona el
mercado brasileño.
Dos
gobiernos, una competencia por Washington
El
cambio más importante quizás no se produciría en Brasilia sino en Washington.
Durante
los últimos años, la Argentina de Milei adquirió una posición singular como
principal aliado político de Estados Unidos en Sudamérica. Un Brasil gobernado
por Flávio Bolsonaro modificaría radicalmente esa ecuación. Estados Unidos
dispondría entonces de dos grandes gobiernos sudamericanos ideológicamente
próximos y, sobre todo, de acceso privilegiado a una economía brasileña de
dimensiones incomparables con la argentina.
El
problema para Buenos Aires no sería perder el favor estadounidense, sino dejar
de tener la exclusividad que hasta ahora le había otorgado un valor estratégico
adicional.
Brasil
posee una escala demográfica, industrial, energética y minera que lo convierte
en un socio extraordinariamente atractivo para Washington. El país dispone,
además, de enormes reservas de minerales críticos y tierras raras. Brasil posee
aproximadamente 21 millones de toneladas de reservas de tierras raras, frente a
unos 44 millones de China, y concentra también proporciones relevantes de las
reservas mundiales de grafito, niobio, níquel y litio.
Flávio
ha comprendido perfectamente esa circunstancia. Su aproximación a Trump, J. D.
Vance y Marco Rubio y su interés por convertir a Brasil en un proveedor
occidental de minerales estratégicos muestran que la relación con Estados
Unidos no estaría basada exclusivamente en afinidades ideológicas.
En
este terreno, la Argentina debería asumir una realidad incómoda: Brasil podría
convertirse simultáneamente en aliado y competidor.
La
Casa Blanca tendría interés en el litio argentino, el cobre, el gas de Vaca
Muerta y otros recursos, pero tendría también acceso a un Brasil con una escala
productiva mucho mayor y una formidable dotación de minerales estratégicos. La
competencia por inversiones estadounidenses podría intensificarse.
La
cuestión no es menor porque el eventual Gobierno Bolsonaro parece querer
presentar a Brasil como una alternativa occidental a la dependencia de China.
Un documento vinculado a su entorno llegó a proponer que Brasil se convirtiera
en uno de los principales proveedores mundiales de minerales críticos fuera de
China y en un centro de procesamiento para las cadenas de suministro alineadas
con Estados Unidos.
Para
Milei, la conclusión sería clara: un Brasil aliado no necesariamente significa
un Brasil subordinado a la Argentina. Por el contrario, podría ser el principal
competidor de Buenos Aires en la nueva carrera sudamericana por capitales
occidentales.
China:
pragmatismo antes que ruptura
La
política hacia China constituiría probablemente el principal límite a una
completa alineación brasileña con Washington.
Flávio
ha utilizado un lenguaje duro respecto de los BRICS y de la desdolarización,
pero su posición hacia China es considerablemente más pragmática. El propio
material de campaña señala su intención de mantener una relación “económicamente
pragmática” con Pekín: vender alimentos y energía, atraer inversiones y
evitar que Brasil tenga que escoger formalmente entre China y Estados Unidos.
La
razón es elemental. China es demasiado importante para Brasil como para ser
sustituida mediante una decisión política.
En
2025, el comercio bilateral Brasil-China alcanzó un récord de 171.000 millones
de dólares, con exportaciones brasileñas por unos 100.000 millones e
importaciones cercanas a 70.900 millones. China representa, por tanto, un
componente fundamental de la balanza comercial brasileña.
La
dimensión inversora tampoco permite imaginar un desacoplamiento rápido. Brasil
recibió 6.100 millones de dólares de inversiones chinas durante 2025,
convirtiéndose en el principal destino mundial de las inversiones chinas ese
año. El stock acumulado desde 2007 ascendía a unos 85.500 millones de dólares.
En
consecuencia, un Gobierno de Flávio probablemente intentaría aplicar una
fórmula de “China para el comercio, Estados Unidos para la seguridad”.
La inversión china podría continuar en energía, minería y sectores productivos,
mientras Brasil impondría mayores restricciones en telecomunicaciones,
infraestructura portuaria, tecnologías sensibles y determinadas cadenas
estratégicas.
Esta
fórmula ya contiene una enseñanza para la Argentina. Brasil podría conseguir
algo que Buenos Aires todavía intenta construir: beneficiarse simultáneamente
de Washington y Pekín sin adoptar una dependencia política plena de ninguno de
los dos.
Si
Flávio consigue mantener abiertas las exportaciones brasileñas hacia China
mientras obtiene inversiones y ventajas estratégicas de Estados Unidos,
Argentina se encontraría compitiendo con un socio que juega simultáneamente en
ambos tableros.
El
futuro brasileño en los BRICS
La
posición brasileña dentro de los BRICS constituiría uno de los mayores
interrogantes.
Flávio
ha sostenido que revisaría la permanencia brasileña en el grupo y ha
cuestionado su utilización como instrumento de confrontación con Estados
Unidos. Sin embargo, una retirada formal sería mucho más compleja que una
modificación de la política brasileña dentro del bloque.
Lo
más probable sería un BRICS con participación brasileña más fría y menos
politizada. Brasil podría reducir su protagonismo en las iniciativas de
desdolarización, evitar convertir al bloque en una plataforma explícitamente
antiestadounidense y disminuir su participación en proyectos financieros
concebidos como alternativas al sistema dominado por Washington.
Para
la Argentina de Milei, que rechazó incorporarse a los BRICS, semejante
evolución sería políticamente confortable. Pero tampoco supondría un beneficio
económico directo. Brasil seguiría comerciando intensamente con China y otros
miembros del grupo, mientras Argentina continuaría fuera de esa arquitectura
institucional.
El
escenario más interesante sería, precisamente, el de un Brasil que no abandone
los BRICS, pero los convierta en un instrumento predominantemente económico y
no geopolítico. La fórmula permitiría a Brasil conservar mercados, inversiones
y capacidad de negociación mientras estrecha simultáneamente sus vínculos
estratégicos con Estados Unidos.
Seguridad,
fronteras y una nueva agenda bilateral
Existe
otro terreno donde la coincidencia entre Milei y Flávio podría ser
especialmente intensa: la seguridad.
El
programa brasileño propone declarar al crimen organizado una amenaza de
naturaleza narcoterrorista, endurecer las penas y fortalecer la cooperación con
Estados Unidos. Desarrollando incluso una extensa infraestructura tecnológica
de vigilancia fronteriza y urbana.
Para
Argentina, una política brasileña más agresiva contra el crimen organizado
podría ser beneficiosa. La Triple Frontera, el tráfico de drogas, el lavado de
activos, el contrabando y las actividades vinculadas al Primeiro Comando da
Capital constituyen problemas necesariamente transnacionales.
Una
mayor coordinación de inteligencia entre Buenos Aires, Brasilia y Asunción
podría mejorar considerablemente la capacidad de respuesta regional. También
podrían acelerarse proyectos relacionados con infraestructura fronteriza,
hidrovías, energía y conectividad.
Pero
la seguridad sería igualmente una fuente potencial de controversias si el nuevo
Gobierno brasileño adoptara posiciones demasiado confrontativas respecto de las
instituciones democráticas, el Poder Judicial o los organismos internacionales.
Una
relación más próxima, pero no necesariamente más fácil
La
paradoja central de un eventual Gobierno de Flávio Bolsonaro puede resumirse de
una manera sencilla: para Milei sería probablemente el mejor escenario político
y uno de los escenarios económicos más complejos.
La
convergencia ideológica entre Buenos Aires y Brasilia permitiría superar años
de fricción presidencial, revitalizar la cooperación bilateral y crear un eje
político de enorme peso en América del Sur. También podría favorecer la
modernización del MERCOSUR, una política regional más coordinada frente al
crimen organizado y una relación más estrecha con Washington.
Pero
la misma convergencia transformaría a Brasil en un competidor formidable.
Buenos Aires dejaría de ser el único gran socio sudamericano de Washington y
tendría que competir con la economía brasileña por inversiones, acuerdos,
preferencias comerciales y protagonismo estratégico.
La
variable decisiva será la capacidad argentina para aprovechar la nueva
situación. Si Buenos Aires utiliza una eventual convergencia con Brasil para
impulsar acuerdos comerciales, mejorar la infraestructura regional, integrar
cadenas productivas y atraer inversiones hacia energía, minería y tecnología,
el resultado podría ser extraordinariamente favorable.
Si,
por el contrario, Argentina se limita a celebrar la coincidencia ideológica con
Brasil, corre el riesgo de descubrir que la amistad entre dos gobiernos no
elimina la competencia entre dos economías.
El
verdadero desafío para Milei no sería entonces conseguir que Flávio Bolsonaro
sea un aliado. Todo indica que un eventual Gobierno Bolsonaro estaría dispuesto
a serlo. El desafío sería conseguir que esa alianza convierta al eje Buenos
Aires-Brasilia en un factor de poder regional sin que Brasil, por su mayor
escala económica, demográfica y estratégica, termine ocupando en Washington el
lugar que la Argentina conquistó durante los últimos años.
La
frase que mejor resume el escenario pertenece, paradójicamente, al propio
entorno económico de Flávio. Su eventual Gobierno, ha explicado Daniella
Marques, mantendría “un gobierno abierto al diálogo con todos los países,
China, Estados Unidos, Europa”, utilizando la riqueza natural brasileña
para fortalecer la posición internacional del país. Esa doctrina contiene
probablemente la clave del futuro: Brasil no parece destinado a elegir entre
Washington y Pekín, sino a utilizar la rivalidad entre ambos para aumentar su
propio poder de negociación.
Para
la Argentina, la lección es inequívoca. Un Brasil gobernado por Flávio
Bolsonaro podría abrir una extraordinaria ventana de oportunidad para la
integración política del Cono Sur, pero también obligaría a Buenos Aires a
abandonar cualquier ilusión de liderazgo regional automático. En el nuevo
escenario, la relación bilateral dejaría de estar condicionada por la distancia
ideológica entre Milei y Lula. Sería determinada, mucho más crudamente, por la
capacidad de cada país para transformar sus recursos, su posición geográfica y
sus alianzas internacionales en poder económico efectivo.

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