Suecia, Bolivia y la Unión Europea se
alinean con Rabat al considerar la iniciativa marroquí como la única vía
“realista, justa y viable” para cerrar un conflicto heredado de la Guerra Fría
La
diplomacia marroquí ha sumado en las últimas semanas nuevos respaldos de peso a
su propuesta de autonomía para la región del Sáhara, un plan presentado en 2007
ante Naciones Unidas y que, con el paso de los años, ha ido ganando apoyos en
Europa, América Latina y África. Las posiciones expresadas por Suecia, Bolivia
y distintas instancias de la Unión Europea refuerzan una tendencia que Rabat
interpreta como la consolidación definitiva de su iniciativa como la única
solución “realista, seria y mutuamente aceptable” a un conflicto que se
arrastra desde la descolonización y que muchos analistas consideran un residuo
geopolítico del orden internacional de la Guerra Fría.
Una
propuesta que gana terreno diplomático
Desde
que Marruecos presentó ante la ONU su plan de autonomía para el Sáhara en 2007,
bajo el liderazgo de Mohammed VI, la iniciativa ha sido defendida por Rabat
como un modelo que garantiza amplias competencias de autogobierno para la
población saharaui bajo soberanía marroquí. El proyecto prevé un parlamento
regional, un ejecutivo propio y control sobre áreas económicas y sociales,
mientras que el Estado central conservaría las competencias en defensa,
relaciones exteriores y símbolos de soberanía.
El
reconocimiento creciente de esta fórmula como “la única solución realista” ha
sido un eje central de la política exterior marroquí. En los últimos años,
potencias occidentales como Estados Unidos y varios Estados miembros de la
Unión Europea han considerado el plan como la base más seria para una solución
política. Ahora, las posiciones expresadas por Suecia, Bolivia y la propia UE
se inscriben en esa misma línea.
En
el caso europeo, distintas declaraciones institucionales han subrayado la
necesidad de una solución política “realista, pragmática y duradera”, en
línea con las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque la Unión
mantiene formalmente su apoyo al proceso auspiciado por Naciones Unidas, el
énfasis creciente en la viabilidad de la propuesta marroquí ha sido
interpretado en Rabat como una señal inequívoca de confianza.
Suecia
y Bolivia: señales desde Europa y América Latina
El
posicionamiento de Suecia resulta especialmente significativo en el contexto
europeo. Tradicionalmente percibida como un bastión de simpatía hacia las tesis
del Frente Polisario, Estocolmo ha formalizado en este inicio de 2026 su
respaldo al plan de autonomía. La ministra de Asuntos Exteriores sueca, Maria
Malmer Stenergard, ha sido tajante al señalar que esta decisión responde a
una "dinámica europea más amplia", alineándose con vecinos como
Dinamarca y Finlandia.
Por
su parte, Bolivia, desde América Latina, ha destacado la necesidad de
soluciones negociadas que garanticen estabilidad regional y desarrollo. El
respaldo boliviano se enmarca en la política exterior de la administración del
presidente Rodrigo Paz que prioriza la cooperación Sur-Sur y el fortalecimiento
de la estabilidad africana, en sintonía con la creciente presencia diplomática
y económica de Marruecos en el continente. La decisión del Palacio Quemado fue
acompañada por el cese al reconocimiento de la inexistente República Árabe
Saharaui Democrática, el invento del Frente Polisario para confundir a la
opinión pública simulando un falso Estado Saharaui.
Para
Rabat, estos apoyos no son episodios aislados, sino parte de una arquitectura
diplomática construida durante años mediante acuerdos estratégicos, cooperación
económica, inversiones en infraestructuras y una política africana activa que
ha reposicionado al Reino como uno de los actores más dinámicos del continente.
El
conflicto del Sáhara: un vestigio de la Guerra Fría
El
contencioso del Sáhara se remonta a la retirada española en 1975 y al posterior
enfrentamiento entre Marruecos y el Frente Polisario, apoyado por Argelia.
Durante décadas, el conflicto quedó congelado bajo la supervisión de la misión
de la ONU (MINURSO), sin que prosperara por irrealizable el referéndum de
autodeterminación inicialmente previsto.
Muchos
diplomáticos coinciden en que el escenario geopolítico que dio origen al
conflicto ha cambiado radicalmente. La rivalidad ideológica y estratégica
propia de la Guerra Fría ha sido sustituida por una agenda internacional
centrada en la estabilidad, la lucha contra el terrorismo y el desarrollo
económico. En ese nuevo contexto, la autonomía bajo soberanía marroquí es
presentada por Rabat y sus aliados como una salida pragmática frente la
intransigencia del Frente Polisario que ha llevado, por décadas, al
estancamiento de las negociaciones
La
estrategia de Mohammed VI
El
avance de la propuesta de autonomía no puede entenderse sin la conducción
estratégica de Mohammed VI. Desde su llegada al trono en 1999, el monarca ha
impulsado una diplomacia multidimensional: fortalecimiento de la relación con
Estados Unidos, asociación avanzada con la Unión Europea, retorno a la Unión
Africana y expansión económica en África occidental.
Esa
red de alianzas ha permitido a Marruecos presentarse como un socio fiable en
materia de seguridad, migración, energía y lucha contra el extremismo. El Reino
ha invertido de forma significativa en infraestructuras en el Sáhara —puertos,
carreteras, energías renovables— con el objetivo de integrar plenamente la
región en su estrategia de desarrollo nacional.
La
acumulación sostenida de apoyos internacionales refuerza la posición
negociadora de Rabat y consolida su narrativa de que la cuestión del Sáhara
está entrando en una fase de resolución política bajo parámetros de realismo.
Marruecos,
actor clave entre Occidente y África
El
reconocimiento de la propuesta de autonomía no solo fortalece la reivindicación
territorial marroquí, sino que también proyecta al Reino como un puente entre
Europa, América y África. En un contexto internacional marcado por la
competencia geopolítica y la búsqueda de socios estables en el norte de África,
Marruecos se presenta como un interlocutor serio y confiable.
La
combinación de estabilidad institucional, reformas económicas y activismo
diplomático ha consolidado la imagen de Rabat como un socio estratégico tanto
para Occidente como para los países africanos. La cuestión del Sáhara, lejos de
aislar al Reino, se ha convertido en el eje sobre el cual se articula una
política exterior de largo aliento.
Con
cada nuevo respaldo internacional, Marruecos percibe que el equilibrio
diplomático se inclina progresivamente a su favor. Si esta tendencia se
mantiene, la propuesta de autonomía podría terminar por convertirse no solo en
la solución más defendida, sino en la única políticamente viable para cerrar
definitivamente uno de los conflictos más prolongados del norte de África.

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