La cumbre latinoamericana del 7 de
marzo en Miami busca articular un bloque regional alineado con la estrategia
estadounidense frente al avance de China y la pugna por los recursos
estratégicos.
Contenido
El
presidente Donald Trump ha convocado para el próximo 7 de marzo, en el
hotel Doral de Miami, a varios mandatarios latinoamericanos afines a su
Administración con el objetivo de formalizar una nueva alianza regional que
respalde internacionalmente la agenda estratégica de Washington. La iniciativa,
según fuentes cercanas a la Casa Blanca, aspira a consolidar un bloque
hemisférico capaz de contrapesar la creciente influencia de China en América
Latina y de garantizar el control político y económico de un espacio que
Estados Unidos consideró históricamente bajo su esfera natural de influencia.
El
“destino manifiesto” y la tradición hemisférica
Desde
su consolidación como nación independiente, Estados Unidos cultivó la idea de
poseer un “destino manifiesto” de grandeza. Esa convicción impulsó su expansión
territorial durante el siglo XIX y cimentó una cultura estratégica que combinó
pragmatismo comercial y proyección militar. El sociólogo francés Raymond
Aron definió en 1973 a Estados Unidos como una “República Imperial”:
una democracia interna con ambiciones y responsabilidades globales.
Para
convertirse en ese “imperio” singular, Washington recurrió tanto a la
compra como a la guerra para ampliar su territorio, incorporando espacios que
habían pertenecido al Reino Unido, España, Francia, México o Rusia. Pero más
allá de la expansión física, lo decisivo fue la construcción de una doctrina
hemisférica que consideraba al continente americano como área prioritaria de
seguridad.
En
1823, el presidente James Monroe formuló el principio que pasaría a la
historia como Doctrina Monroe: “América para los americanos”. En
Washington significaba la exclusión de potencias europeas; en América Latina se
interpretó como la afirmación de una tutela estadounidense. Ocho décadas
después, en 1904, Theodore Roosevelt añadió su célebre corolario, que
legitimaba la intervención directa de Estados Unidos ante situaciones de “inestabilidad
crónica” o incumplimiento de obligaciones financieras en la región. El
llamado “Big Stick” se tradujo en ocupaciones y desembarcos en Cuba,
Nicaragua, Haití o República Dominicana.
De
la Guerra Fría al desinterés estratégico
La
Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, la Guerra Fría desplazaron el centro
de gravedad de la política exterior estadounidense hacia Europa y Asia. América
Latina dejó de ser prioridad salvo en momentos de crisis. La Revolución Cubana
de 1959 y la crisis de los misiles de 1962 reactivaron la atención de
Washington, al igual que el triunfo sandinista en Nicaragua en 1979. Sin
embargo, aquellas respuestas —Bahía de Cochinos, la Alianza para el Progreso o
el respaldo a la “Contra”— fueron episodios coyunturales.
Tras
los atentados del 11 de septiembre de 2001, la llamada “guerra contra el
terror” concentró los recursos estratégicos estadounidenses en Oriente
Próximo. Mientras tanto, la presencia económica de China en América Latina
creció de forma sostenida y discreta.
El
avance chino en el hemisferio occidental
En
las dos últimas décadas, Pekín se convirtió en el principal socio comercial de
varias economías sudamericanas. Invirtió en infraestructuras estratégicas,
financió proyectos energéticos y amplió su presencia tecnológica. Empresas
chinas participan en la gestión de terminales del Canal de Panamá, construyeron
el megapuerto de Chancay en Perú y establecieron en la Patagonia argentina una
estación espacial de observación de uso civil administrada por la Agencia China
de Lanzamiento y Control de Satélites.
En
paralelo, China consolidó su proyección naval en el mar de China Meridional y
profundizó su coordinación política en el marco de los BRICS, grupo que explora
alternativas al predominio del dólar en el comercio internacional. Además,
controla segmentos críticos de la producción mundial de minerales estratégicos
esenciales para la transición energética y las nuevas tecnologías.
Este
contexto es el que explica el renovado interés de Trump por el hemisferio.
La
“Doctrina Donroe” y la presión sobre la región
Con
la consigna de “Make America Great Again”, Trump interpreta que Estados
Unidos ha perdido terreno frente a China en el plano comercial, tecnológico y
geopolítico. América Latina reaparece así como escenario prioritario de
competencia estratégica.
Algunos
analistas estadounidenses han bautizado su enfoque como la “Doctrina Donroe”,
una reinterpretación de la tradición monroísta adaptada al siglo XXI. En su
Estrategia Nacional de Seguridad 2025, la Casa Blanca subraya la necesidad de
impedir que potencias “hostiles” consoliden posiciones en el hemisferio
occidental.
En
ese marco, Washington ha desplegado una combinación de incentivos y presiones.
El respaldo político y financiero al presidente argentino Javier Milei
fue acompañado de gestiones ante organismos multilaterales de crédito.
Simultáneamente, la Administración estadounidense dejó claro que la continuidad
de su apoyo dependería de la estabilidad política y la alineación estratégica
de Buenos Aires.
En
Centroamérica y el Caribe, la Casa Blanca reforzó vínculos con gobiernos
ideológicamente afines, mientras endurecía su postura frente a Venezuela, Cuba
y Nicaragua.
Venezuela
como pieza central
La
relación con Caracas ha sido uno de los ejes más controvertidos. Trump
intensificó las sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro, al que
Washington acusa de narcotráfico y violaciones sistemáticas de derechos
humanos. La política estadounidense ha combinado presión económica con intentos
de reconfigurar el control sobre el sector petrolero venezolano, el mayor del
mundo en reservas probadas.
Para
la Casa Blanca, el petróleo y la influencia estratégica pesan más que la
retórica democrática. El cálculo geopolítico parece priorizar el control
energético y la contención de actores como Rusia, China e Irán, presentes en el
país sudamericano.
Tensiones
con México, Brasil y Colombia
El
presidente colombiano Gustavo Petro ha mantenido una relación
ambivalente con Washington, oscilando entre la cooperación y la crítica. México
y Brasil, por su parte, han defendido una política exterior más autónoma. La
presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y el mandatario brasileño Luiz
Inácio Lula da Silva han evitado una confrontación abierta, pero resisten
alinearse plenamente con la estrategia estadounidense frente a China y
Venezuela.
El
resultado es una América Latina dividida en dos grandes sensibilidades:
gobiernos que apuestan por una integración estrecha con Washington y otros que
privilegian una diplomacia más equidistante o multipolar.
La
cumbre de Miami
La
reunión del 7 de marzo busca institucionalizar el bloque afín a Washington.
Según fuentes diplomáticas, el objetivo sería coordinar posiciones en foros
internacionales, garantizar el acceso preferente a recursos estratégicos
—litio, petróleo, alimentos— y reforzar la cooperación en materia de seguridad.
Queda
por ver cuál será el alcance real del encuentro y qué contraprestaciones
ofrecerá Estados Unidos a sus aliados. La historia demuestra que el Hemisferio Occidental
nunca ha sido un espacio políticamente homogéneo y que las tentativas de
liderazgo indiscutido suelen generar resistencias.
En
un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, América Latina
vuelve a situarse en el tablero central de la geopolítica global. La cumbre de
Miami puede marcar el inicio de una nueva etapa hemisférica o convertirse en un
episodio más de una larga disputa por la influencia en el continente. El
desenlace dependerá no solo de Washington, sino también de la capacidad de los
países latinoamericanos para definir, con autonomía, su propio lugar en el
nuevo orden internacional.

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