domingo, 15 de febrero de 2026

Donald Trump convoca a sus aliados latinoamericanos para relanzar la Doctrina Monroe en el siglo XXI

 


La cumbre latinoamericana del 7 de marzo en Miami busca articular un bloque regional alineado con la estrategia estadounidense frente al avance de China y la pugna por los recursos estratégicos.

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El presidente Donald Trump ha convocado para el próximo 7 de marzo, en el hotel Doral de Miami, a varios mandatarios latinoamericanos afines a su Administración con el objetivo de formalizar una nueva alianza regional que respalde internacionalmente la agenda estratégica de Washington. La iniciativa, según fuentes cercanas a la Casa Blanca, aspira a consolidar un bloque hemisférico capaz de contrapesar la creciente influencia de China en América Latina y de garantizar el control político y económico de un espacio que Estados Unidos consideró históricamente bajo su esfera natural de influencia.

El “destino manifiesto” y la tradición hemisférica

Desde su consolidación como nación independiente, Estados Unidos cultivó la idea de poseer un “destino manifiesto” de grandeza. Esa convicción impulsó su expansión territorial durante el siglo XIX y cimentó una cultura estratégica que combinó pragmatismo comercial y proyección militar. El sociólogo francés Raymond Aron definió en 1973 a Estados Unidos como una “República Imperial”: una democracia interna con ambiciones y responsabilidades globales.

Para convertirse en ese “imperio” singular, Washington recurrió tanto a la compra como a la guerra para ampliar su territorio, incorporando espacios que habían pertenecido al Reino Unido, España, Francia, México o Rusia. Pero más allá de la expansión física, lo decisivo fue la construcción de una doctrina hemisférica que consideraba al continente americano como área prioritaria de seguridad.

En 1823, el presidente James Monroe formuló el principio que pasaría a la historia como Doctrina Monroe: “América para los americanos”. En Washington significaba la exclusión de potencias europeas; en América Latina se interpretó como la afirmación de una tutela estadounidense. Ocho décadas después, en 1904, Theodore Roosevelt añadió su célebre corolario, que legitimaba la intervención directa de Estados Unidos ante situaciones de “inestabilidad crónica” o incumplimiento de obligaciones financieras en la región. El llamado “Big Stick” se tradujo en ocupaciones y desembarcos en Cuba, Nicaragua, Haití o República Dominicana.

De la Guerra Fría al desinterés estratégico

La Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, la Guerra Fría desplazaron el centro de gravedad de la política exterior estadounidense hacia Europa y Asia. América Latina dejó de ser prioridad salvo en momentos de crisis. La Revolución Cubana de 1959 y la crisis de los misiles de 1962 reactivaron la atención de Washington, al igual que el triunfo sandinista en Nicaragua en 1979. Sin embargo, aquellas respuestas —Bahía de Cochinos, la Alianza para el Progreso o el respaldo a la “Contra”— fueron episodios coyunturales.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la llamada “guerra contra el terror” concentró los recursos estratégicos estadounidenses en Oriente Próximo. Mientras tanto, la presencia económica de China en América Latina creció de forma sostenida y discreta.

El avance chino en el hemisferio occidental

En las dos últimas décadas, Pekín se convirtió en el principal socio comercial de varias economías sudamericanas. Invirtió en infraestructuras estratégicas, financió proyectos energéticos y amplió su presencia tecnológica. Empresas chinas participan en la gestión de terminales del Canal de Panamá, construyeron el megapuerto de Chancay en Perú y establecieron en la Patagonia argentina una estación espacial de observación de uso civil administrada por la Agencia China de Lanzamiento y Control de Satélites.

En paralelo, China consolidó su proyección naval en el mar de China Meridional y profundizó su coordinación política en el marco de los BRICS, grupo que explora alternativas al predominio del dólar en el comercio internacional. Además, controla segmentos críticos de la producción mundial de minerales estratégicos esenciales para la transición energética y las nuevas tecnologías.

Este contexto es el que explica el renovado interés de Trump por el hemisferio.

La “Doctrina Donroe” y la presión sobre la región

Con la consigna de “Make America Great Again”, Trump interpreta que Estados Unidos ha perdido terreno frente a China en el plano comercial, tecnológico y geopolítico. América Latina reaparece así como escenario prioritario de competencia estratégica.

Algunos analistas estadounidenses han bautizado su enfoque como la “Doctrina Donroe”, una reinterpretación de la tradición monroísta adaptada al siglo XXI. En su Estrategia Nacional de Seguridad 2025, la Casa Blanca subraya la necesidad de impedir que potencias “hostiles” consoliden posiciones en el hemisferio occidental.

En ese marco, Washington ha desplegado una combinación de incentivos y presiones. El respaldo político y financiero al presidente argentino Javier Milei fue acompañado de gestiones ante organismos multilaterales de crédito. Simultáneamente, la Administración estadounidense dejó claro que la continuidad de su apoyo dependería de la estabilidad política y la alineación estratégica de Buenos Aires.

En Centroamérica y el Caribe, la Casa Blanca reforzó vínculos con gobiernos ideológicamente afines, mientras endurecía su postura frente a Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Venezuela como pieza central

La relación con Caracas ha sido uno de los ejes más controvertidos. Trump intensificó las sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro, al que Washington acusa de narcotráfico y violaciones sistemáticas de derechos humanos. La política estadounidense ha combinado presión económica con intentos de reconfigurar el control sobre el sector petrolero venezolano, el mayor del mundo en reservas probadas.

Para la Casa Blanca, el petróleo y la influencia estratégica pesan más que la retórica democrática. El cálculo geopolítico parece priorizar el control energético y la contención de actores como Rusia, China e Irán, presentes en el país sudamericano.

Tensiones con México, Brasil y Colombia

El presidente colombiano Gustavo Petro ha mantenido una relación ambivalente con Washington, oscilando entre la cooperación y la crítica. México y Brasil, por su parte, han defendido una política exterior más autónoma. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y el mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva han evitado una confrontación abierta, pero resisten alinearse plenamente con la estrategia estadounidense frente a China y Venezuela.

El resultado es una América Latina dividida en dos grandes sensibilidades: gobiernos que apuestan por una integración estrecha con Washington y otros que privilegian una diplomacia más equidistante o multipolar.

La cumbre de Miami

La reunión del 7 de marzo busca institucionalizar el bloque afín a Washington. Según fuentes diplomáticas, el objetivo sería coordinar posiciones en foros internacionales, garantizar el acceso preferente a recursos estratégicos —litio, petróleo, alimentos— y reforzar la cooperación en materia de seguridad.

Queda por ver cuál será el alcance real del encuentro y qué contraprestaciones ofrecerá Estados Unidos a sus aliados. La historia demuestra que el Hemisferio Occidental nunca ha sido un espacio políticamente homogéneo y que las tentativas de liderazgo indiscutido suelen generar resistencias.

En un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, América Latina vuelve a situarse en el tablero central de la geopolítica global. La cumbre de Miami puede marcar el inicio de una nueva etapa hemisférica o convertirse en un episodio más de una larga disputa por la influencia en el continente. El desenlace dependerá no solo de Washington, sino también de la capacidad de los países latinoamericanos para definir, con autonomía, su propio lugar en el nuevo orden internacional.

 

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