martes, 8 de octubre de 2019

AMÉRICA LATINA SUFRE UNA GRAVE CRISIS DE GOBERNABILIDAD



Por el Dr.  Adalberto C. Agozino
En América Latina la década de los años 10 del siglo XXI posiblemente será recordada como la “década perdida”. Un periodo signado por la crisis económica, los hechos de corrupción y los problemas de gobernabilidad que impidieron el progreso de la región.

Los expertos suelen discutir si los problemas económicos derivan en crisis sociales o viceversa. En el caso de la actual crisis que afecta América Latina es muy difícil saber qué fue primero si “el huevo o la gallina”. Es decir, si la crisis económica detonó las denuncias por corrupción o fue la corrupción generalizada la que derivó en problemas de gobernabilidad que a su vez potenciaron el deterioro de la economía.

Lo cierto es que los problemas se iniciaron en los Estados Unidos, en 2008, con el affaire de las hipotecas subprime que provocaron la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers que a su vez llevo la inestabilidad a las bolsas y mercados de los países tecnotrónicos.

En los Estados Unidos la recesión económica hizo resurgir el proteccionismo y la histórica tendencia al aislacionismo de los estadounidenses y terminó proyectado a la presidencia a un líder antisistema: Donald Trump.

En Europa la recesión de la economía y la desocupación gestaron movimientos de “indignados” que a su vez derivaron también en la aparición de partidos y líderes antisistema como el español Podemos. El separatismo catalán e incluso el Brexit son hijos de este proceso.

Lentamente, el crack  económico fue contagiándose del prospero mundo desarrollado a los países más pobres. En un proceso similar a las ondas que produce la caída de una piedra en el centro de un lago. En cada región la depresión de la economía derivó en crisis políticas de diferente naturaleza.

Hoy las grandes economías de la región se ven afectadas por serios problemas que vulneran su gobernabilidad y alejan las tan necesitadas inversiones extranjeras.
Además de las graves crisis venezolana y nicaragüense -que parecieran no encontrar de momento una salida democrática y pacífica-, hay que poner foco en la compleja situación que afecta a los países del Triángulo Norte, en especial, los altos nieles de criminalidad, corrupción e impunidad, la marcada debilidad institucional, la penetración creciente del narcotráfico y del crimen organizado, y la constante presión del presidente Trump sobre la cuestión migratoria.

A lo anterior debemos sumarle el complicado inicio de las presidencias de Jair Bolsonaro en Brasil, Andrés Manuel López Obrador en México e Iván Duque en Colombia. A ello se agrega la decisión del ex número dos de las FARC, Iván Márquez, de retomar las armas amenazando de este modo el frágil proceso de paz en Colombia, unido al aumento de tensión en la frontera colombo-venezolana.

En Perú, Martín Vizcarra, vicepresidente en ejercicio de la presidencia desde la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski, en marzo de 2018; disolvió el lunes 30 de septiembre el Congreso y llamó a elecciones generales para el próximo 26 de enero de 2020.

Una disolución del Congreso en Perú no ocurría desde el 5 de abril de 1992, cuando el entonces presidente Alberto Fujimori llevó a cabo un “autogolpe” y asumió plenos poderes con el apoyo de las fuerzas armadas. En esta ocasión, en cambio Vizcarra se amparó en la Constitución para tomar esa medida.

El disuelto parlamento controlado por los fujimoristas que responden a Keiko Fujimori, hoy en prisión preventiva por el caso Odebrecht, reaccionó suspendiendo por un año a Vizcarra para ejercer el cargo de presidente y designó en su lugar a la excongresista Mercedes Aráoz. Pero, las FF. AA. y de seguridad respaldaron a Vizcarra que retuvo la presidencia.

En mayo pasado, los presidente Mario Abdo Benítez de Paraguay y Jair Bolsonaro de Brasil suscribieron un acta estableciendo precios y cupos para la producción de la represa hidroeléctrica de Itaipú. Brasil obtuvo una importante reducción en el precio que paga por la electricidad excedente que adquiere. La oposición consideró la negociación como “traición a la patria” afirmando que ocasionaría una pérdida de entre doscientos y trescientos millones de dólares al Paraguay.

La crisis pronto se expandió obligando al presidente Mario Abdo Benítez a aceptar la renuncia del ministro de Relaciones Exteriores, Luis Castiglioni, del embajador paraguayo en Brasilia, Hugo Saguier Caballero y el director de Itaipú, José Alderete. Pero estas renuncias no fueron suficientes para contener la crisis.

Inmediatamente, los legisladores “cartistas” que integran el sector “Honor Colorado” comunicaron su apoyo a los legisladores opositores para someter a juicio político al presidente y vicepresidente.

Fue necesaria una negociación entre el presidente Mario Abdo Benítez y el expresidente Horacio Cartés sumado al anuncio de que los gobiernos de Paraguay y Brasil acordaban dejar sin efecto el acta suscripta y continuar las negociaciones respecto de la energía producida por Itaipú, para que los legisladores de Honor Colorado retiraron su apoyo al juicio político y la crisis se descomprimiera inmediatamente.

Al presidente Lenín Moreno de Ecuador le ha tocado administrar un país que ya no gozaba desde hacía tiempo de los beneficios del precio récord del petróleo. La estrechez de las cuentas fiscales lo forzó a buscar financiamiento en el Fondo Monetario Internacional e impulsar un severo ajuste de las cuentas públicas.

Moreno impulsó una impopular reforma laboral; redujo a la mitad el período de vacaciones de los empleados de empresas públicas, aplicó un plan de despidos en el ámbito público para reducir la planta de personal, creó un contrato para quienes inician un emprendimiento; convenios de reemplazo en caso de licencia por maternidad y paternidad; un marco legal para el teletrabajo; y cambio la fórmula de la jubilación patronal. Además, los contratos estatales que caducan serán renovados con un 20% de recorte en el salario. También suprimió los subsidios a los combustibles dejándolos a precio de mercado, para ahorrar 1.300 millones de dólares al año.

La respuesta popular no se hizo esperar. El país estalló en fuertes protestas y el gobierno se vio forzado a restablecer el orden por medio de una fuerte represión policial. Desde entonces la gobernabilidad del país está seriamente comprometida. Dos manifestantes han resultado muertos y los indígenas avanzan hacia Quito para sumarse a una huelga con movilización que preparan los sindicatos ecuatorianos el próximo miércoles 9 de octubre.

En Bolivia, el próximo 20 de octubre, el presidente populista Evo Morales del Movimiento al Socialismo buscará su cuarto mandato consecutivo. La derrota sufrida por Evo en el referéndum del 21 de febrero de 2016 le había cerrado la posibilidad de obtener una nueva postulación. Sin embargo, Morales forzó la interpretación de la Constitución política, y con la ayuda del Tribunal Constitucional y del Tribunal Electoral (ambos bajo su influencia) logró que lo habilitaran para competir por un nuevo mandato. Las últimas encuestas ofrecen escenarios diferentes. Una, de inicios de setiembre, da una ventaja de siete puntos a Evo Morales sobre el expresidente Carlos Mesa, principal candidato opositor, líder de movimiento Comunidad Ciudadana (34% a 27% respectivamente), y coloca en tercer lugar a Oscar Ortiz (Bolivia Dice No) con el 13% de intención de voto. Una segunda encuesta realizada por Ipsos en nueve capitales y El Alto reduce la ventaja de Evo sobre Mesa a tres puntos (31% a 28%), ubicando a Ortiz en tercer lugar con el 13%. Esta última encuesta señala que, en caso de producirse una segunda ronda electoral Mesa se impondría sobre Mesa por una diferencia de diez puntos (46% a 36% respectivamente. La legislación electoral boliviana establece la obligatoriedad de una segunda vuelta si ningún candidato logra superar el 50% más uno de los votos o supera el 40% con una distancia del 10% entre el primero y el segundo.

En Argentina, las elecciones del próximo 27 de octubre tendrán lugar en un contexto de profunda crisis económica, alta volatilidad e incertidumbre política. Los sorpresivos y contundentes resultados de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, del pasado 11 de agosto provocaron un terremoto en la sociedad argentina.

El triunfo del populista Frente de Todos integrado por el Partido Justicialista y la kirchnerista Unidad Ciudadana, con la fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández de Kirchner se impuso al oficialista Junto por el Cambio, que postuló a Mauricio Macri y Miguel Ángel Pichetto, por 16 puntos (47,7% a 31,7% de los votos emitidos) debilitó al presidente Macri.

El próximo gobierno argentino heredará una pobreza del 35%, informalidad laboral superior al 30%, una recesión pertinaz, elevado desempleo y una deuda externa total de U$S 320.000 millones de dólares cuyos vencimientos deben ser renegociados el próximo año.

En este complicado panorama político el crecimiento regional de América Latina será pobre, un escaso 0,6% según el FMI. Uno de cada tres latinoamericanos es y seguirá sumergida en la pobreza. La desigualdad seguirá siendo elevada y el mercado laboral continuará siendo incapaz de acompañar el crecimiento poblacional con la generación de empleos de calidad.

La crisis socioeconómica impacta directamente sobre la cultura política en América Latina que presenta una seria “fatiga democrática”. Según el Latinbarómetro 2018 el apoyo a la democracia descendió al 48% (el nivel más bajo desde 2001); la indiferencia entre democracia y autoritarismo se elevó del 16% al 28%; la insatisfacción con la democracia se incrementó del 51% al 71% mientras la satisfacción descendió del 44% al 24%.

El sentimiento de descontento incide negativamente sobre los niveles de confianza en las instituciones políticas, afectando en especial al Poder Legislativo y los partidos políticos. Ambas instituciones obtienen los niveles más bajos de aceptación ciudadana: 21% y 13% como promedio regional respectivamente. Estos datos confirman que el rechazo hacia los partidos políticos siguen aumentando (el 58% de los latinoamericanos consultados dicen no adherir a ningún partido), acompañado por  el rechazo de los ciudadanos hacia la política y los dirigentes políticos.

La combinación de estos factores afecta negativamente en la calidad de la democracia. Según el Índice Democrático 2018 que elabora la Unidad de Inteligencia del prestigioso semanario británico The Economist, solo Uruguay y Costa Rica califican como “democracias maduras”. Diez países son considerados “democracia con fallas” (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Panamá, Paraguay, Perú y República Dominicana). Por su parte, cuatro países: Bolivia, Guatemala, Honduras y El Salvador son tipificados como regímenes híbridos. Por último, Cuba, Nicaragua y Venezuela son calificados como regímenes autoritarios.

Por último, América Latina es la región más violenta del mundo. Según la Oficina de la ONU de Lucha contra la Droga y el Delito de los 437.000 homicidios dolosos cometidos en el mundo, el 36% han ocurrido en el continente americano, seguido de África con el 31% y Asia con el 28%.

En América, el país con mayor tasa de homicidios en Honduras con 90,4 asesinatos por cada 100.000 habitantes, seguido de Venezuela con 53,7 asesinatos cada 100.000 habitantes por año.

Estos alarmantes indicadores señalan porque la región sigue estancada económicamente y de crisis en crisis, una situación que, lamentablemente, se prolongará en los próximos años.

sábado, 5 de octubre de 2019

LA AMBULANCIA DE ALBERTO FERNÁNDEZ



El candidato presidencial del Frente de Todos, Alberto Fernández recluta a las “viudas del kirchnerismo” para conformar su elenco ministerial. Se trata de figuras que se alejaron del gobierno kirchnerista disgustados con el liderazgo, personalista, autoritario y discrecional de Cristina Fernández.

En 1988, el peronismo tuvo su última elección interna para elegir un candidato presidencial. En ese entonces los aspirantes eran dos figuras de la llamada “Renovación Peronista”: el economista y gobernador de la provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero y el abogado y gobernador de la provincia de La Rioja, Carlos S. Menem.

Cafiero era el candidato de los sindicalistas y de la Iglesia Católica. Había sido ministro de Juan D. Perón en su primera presidencia y de su esposa María Estela Martínez Cartas en los años setenta. Sufrió cárcel y persecución durante el gobierno militar. Se trataba de un político socialdemócrata con sólidos antecedentes profesionales y académicos. Rápidamente reclutó a los cuadros jóvenes intelectuales del partido: José Manuel De la Sota, Carlos Grosso, José Luis Manzano, Hernán Patiño Meyer, Julián Licastro, etc. Incluso tenía muy buen diálogo con el radicalismo y en especial con el entonces presidente Raúl Alfonsín a quien aspiraba suceder.

Menem estaba en las antípodas de su rival. Se trataba de un dirigente populista del interior del país. Su larga cabellera y sus pobladas patillas rememoraban a los caudillos federales del siglo XIX a quienes el candidato admiraba. Su acento riojano acentuaba el “deja vu” gauchesco, aunque en realidad Menem era un argentino de primera generación sus padres eran sirios y musulmanes. Su esposa también era hija de sirios y ambos se habían casado por el rito musulmán. Contaba con el apoyo del viejo caudillo catamarqueño Vicente Leónidas Saadi, que controlaba la gobernación de su provincia y el bloque peronista del Senado de la Nación. También lo apoyaban algunos gobernadores del interior como el mendocino Octavio Bordón y figuras como los Conte Gran en San Juan o el intendente de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde. Pero, su discurso populista poco articulado y su vida personal llena de incidentes con vedetes y como corredor de autos era motivo de burla por el electorado de la clase media porteña.

Nadie pensaba que Carlos S. Menem tuviera la menor oportunidad frente al aceitado aparato partidario controlado por Antonio Cafiero. Sin embargo, Menem apeló a la “técnica de la ambulancia”. Comenzó a recoger a todos los “muertos o heridos” que dejaba el  cafierismo. Es decir, abrió sus equipos y su círculo de confianza a todos aquellos dirigentes peronistas que se distanciaban de Cafiero o que no encontraban un lugar en el entorno del candidato rival.

Pronto, Menem había reclutado un extenso y variado elenco de políticos enojados con Cafiero. Estos cuadros y el rechazo del electorado con Alfonsín y sus políticas socialdemócratas terminaron por darle a Menem una aplastante victoria en la elección interna y luego en los comicios presidenciales. El resto es conocido Menem gobernó a la Argentina por una década.

Alberto Fernández también parece estar recurriendo a la “técnica de la ambulancia”. Para evitar sufrir la suerte de Héctor J. Cámpora, que gobernó escasos 49 días antes de que se lo forzara a dimitir para posibilitar el acceso a la presidencia por tercera vez a Juan D. Perón, Fernández recluta cuadros políticos peronistas enfrentados con su candidata a vicepresidente Cristina Kirchner.

Se trata en general de dirigentes que formaron parte del gobierno de Néstor Kirchner que más temprano o más tarde terminaron alejándose del kirchnerismo por diferencias en el estilo de gobierno de los Kirchner.

El propio Alberto Fernández fue uno de los que se fue del gobierno kirchnerista por discrepancias con la política seguida con el campo y el enfrentamiento con el grupo Clarín. Con los años, Alberto fue un duro censor de las políticas y de la figura de su hoy candidata a vicepresidente.

Alberto sabe que tiene profundas discrepancias con los planes de gobierno de Cristina, con su alineamiento internacional e incluso con los sectores políticos que la acompañan. Esas diferencias terminarán por hacerse insostenibles en algún momento y parece dispuesta a dar una pelea por su permanencia en la presidencia.

Para ello recluta cuadros que le sean adeptos y, de preferencia, sean figuras que no tengan un lugar cerca de Cristina Kirchner. Alberto la conoce bien. Sabe que la expresidente no acepta los segundos lugares y que es una persona rencorosa que no olvida los agravios reales o imaginarios que cree se le infieren.

Así que se rodea de figuras odiadas por la expresidente: comenzando por Sergio Massa, y siguiendo con Gustavo Beliz, Felipe Sóla, Martín Redrado, Florencio Randazzo y hasta posiblemente de Roberto Lavagna y su hijo.

A ellos se suman otras figuras menos resistidas por el kirchnerismo pero más cercanas a Alberto Fernández, el sindicalista del SUTHER, Víctor Santa María, Nicolás Trotta, Eduardo “El Gordo” Valdez, etc.

La pregunta es si Cristina Fernández de Kirchner aceptará la presencia de estos “albertistas” en un futuro gabinete del Frente de Todos o irá inmediatamente a la confrontación exigiendo su marginación.

Para muchos todavía está presente lo que sucedió el mayo de 1973 cuando el mismo día de la asunción del presidente Héctor J. Cámpora los integrantes de la Tendencia Revolucionaria del peronismo comenzaron a ocupar dependencias estatales para imponer a sus propias autoridades desconociendo a las designadas por orden del Juan D. Perón.
Pronto, el “gobierno popular” del Frejuli perdió el control y la suerte de Cámpora como presidente delegado quedó sellada inmediatamente.

Podrán convivir armónicamente los peronistas con el proyecto de “socialismo del siglo XXI” que impulsa Cristina Fernández de Kirchner y los dirigentes de La Cámpora o el país asistirá a una nueva confrontación dentro de su gobierno.

Pronto lo sabremos. Por el momento, Alberto Fernández sigue activamente seduciendo dirigentes peronistas refractarios con la figura de Cristina Kirchner y cargándolos en su “ambulancia”.

jueves, 3 de octubre de 2019

LOS ESTILOS POLÍTICOS EN ARGENTINA 1880 - 2015



Ponencia presentada por el Dr. Adalberto C. Agozino en las V Jornadas de Historia organizadas por la Fundación Nuestra Historia, en Bs. As., del 2 y 3 de octubre de 2019.

INTRODUCCIÓN

La casi totalidad de los estudios dedicados al análisis de los partidos políticos argentinos se han ocupado de explorar su obra de gobierno y legislativa o sus aportes en el campo de las ideas políticas; descuidando, en esta forma, otra línea de investigación de suma importancia: la que implica el análisis de la estructura que, como fuerza política específica tienen estos partidos, es decir, analizando la mecánica institucional del partido, la metodología empleada para captar el apoyo de los votantes, la composición social de los cuadros dirigentes, el estrato social que le sirve de apoyatura y muy especialmente el uso que hacen de los recursos del Estado al alcanzar el poder. Es decir, el conjunto de funciones que pueden denominarse dinámica interna de los partidos políticos. Por lo tanto en nuestros días carecemos de una teoría general de los partidos políticos ajustada a las características específicas de nuestro país.

Esta carencia se debe, en parte, al hecho de que los partidos políticos –o las fuerzas políticas que puedan merecer tal título- se incorporan tardíamente a la vida nacional. Hasta la reforma electoral del año 1912 –que introduce el voto obligatorio, universal masculino y secreto- no podemos hablar con propiedad de partidos políticos. No obstante, algunos autores –en especial los provenientes del ámbito de la Historia- han empleado con cierta licencia esta categoría politológica, denominando “partidos” a lo que en realidad son únicamente “facciones”[i]. Así hay quienes no dudan en hablar de un “partido morenista” en 1810 y más tarde de un partido unitario y un partido federal.

Por otra parte, este descuido es comprensible si se toma en cuenta que las débiles estructuras que constituyen nuestros partidos políticos no han sido debidamente estudiadas ni sistematizadas por los politólogos. Los escasos intentos de aplicar categorías para sus similares del hemisferio norte, debido a que estaban concebidas para una realidad histórico estructural distinta, no avanzaron más allá de una clasificación según  sus orientaciones ideológicas, cuyo significado se daba así por descontado habitualmente, sobre la base de presunta familiaridad de los rótulos, y así obtuvieron una lista de categorías que tan obvia como silenciosamente se recostaba sobre la vieja división europea de “derecha” –por ejemplo: los nacionalistas de “NOS”- ; “centro” –por ejemplo: “Propuesta Republicana” o “PRO”- e “izquierda” –por ejemplo: el Partido Obrero-. Cuando la facilidad del descuento se agotaba, surgían las especies peculiares o atípicas –por ejemplo: “bonapartismo” para designar al peronismo-, pero éstas son atípicas respecto de una tipicidad que no estaba debidamente constituida, ni fundada y daban pie para una competencia realmente ilustrativa en materia de ingenio, en cuanto a bautizarlas de algún modo, otra vez familiar a nuestras concepciones extranjerizantes.

Nos encontramos así ante un problema casi insoluble: la ausencia de una teoría general aplicable a las fuerzas políticas argentinas.

El presente trabajo pretende aportar ideas para la formulación de una teoría capaz de compensar –al menos en parte- esta carencia. Así proponemos reemplazar el clásico estudio de los partidos políticos argentinos por el de los “Estilos Políticos Argentinos”, introduciendo así una nueva y original categoría politológica que juzgamos más adecuada a nuestra realidad.

A los efectos de un mejor encuadre del problema se resolvió circunscribir el estudio a un análisis de los orígenes y evolución de las primeras fuerzas políticas que alcanzaron la conducción del Estado argentino, a los efectos de comprobar la validez y el funcionamiento del modelo propuesto, de modo de sentar las bases para más profundas investigaciones.

La metodología empleada no presenta ninguna originalidad ya que no es sino una adaptación de técnicas sumamente difundidas y comprobadas en el campo de las ciencias sociales. En este caso específico dicha metodología se aplica  a las fuerzas políticas con el objeto de en tratar de introducir objetividad en un dominio en el que la pasión y las percepciones distorsionas son muy frecuentes. Se trata de trazar un cuadro general de estudio, haciendo el balance a todas las cuestiones esenciales, coordinando las unas con las otras para hacer resaltar a la vez su dependencia recíproca y su importancia respectiva. Este esfuerzo de sistematización ha parecido importante, ya que la ciencia política no progresará verdaderamente en tanto que sus investigaciones conserven un carácter atomizado que revela más subjetividad que ciencia.

Por último, este trabajo trata de explicar desde las primeras observaciones –tan numerosas, variadas y extensas como ha sido posible, pero necesariamente fragmentarias o insuficientes- hipótesis susceptibles de guiar futuras investigaciones que posibiliten el avance del análisis político aplicado a los hechos históricos, comprendiendo que todo fenómeno político es naturalmente objeto de la historia, aunque no todo hecho histórico constituye un fenómeno político.

No habrá que sorprenderse de encontrar una deliberada intención de transportar la técnica de los “modelos” a la Ciencia Política, que restablece bajo apariencias el uso metódico de las hipótesis en la ciencia. Se ha tratado de construir, no mediante procedimientos matemáticos y estadísticos, sino por el empleo de todos los medios de investigación posibles, los modelos, es decir, conjuntos coherentes de hipótesis con un carácter más o menos conjetural, en los que el único valor es el de propiciar y orientar las investigaciones ulteriores, destinadas a verificarlos o destruirlos.

Para ponerlos en palabras de Max Weber: “No son más que ensayos para poner orden en el caos de los hechos que hemos incorporado al círculo de nuestros intereses, en cada ocasión sobre la base del estado de nuestro conocimiento y de las estructuras conceptuales de las que disponemos cada vez”[ii]

El principal modelo empleado es el esquema que encierra el concepto de Estilo  Político. El modelo adoptado fue ideado originariamente por el doctor Carlos Strasser y expuesto en un artículo publicado en la Revista Latinoamericana de Sociología, denominado “Formaciones Político – Ideológicas en América Latina”[iii].

En el presente trabajo el modelo concebido por Strasser se aplica con leves modificaciones y exclusivamente al análisis de la actividad de los partidos políticos en Argentina entre 1880 y 2015. En consecuencia definimos al Estilo Político, como una entidad político – histórica conformada por la sumatoria de los siguientes elementos y sus relaciones:

·       Una estructura burocrática de partido, más o menos articulada y destinada a situar a sus integrantes en cargos gubernamentales a través de su participación en procesos electorales.

·       Una propuesta político - ideológica adaptada a un momento concreto de la vida nacional.

·       Una modalidad de liderazgo político.

·       Uno o más estratos sociales de referencia que proporcionan tanto apoyo electoral como sirven de canal de reclutamiento de cuadros políticos.

·       Un nivel de participación política, determinado por el contexto histórico – estructural que sirve de marco a los elementos y relaciones anteriores, las que a su vez son una función de dicho contexto.

Para una mejor comprensión del modelo propuesto creemos necesaria una más precisa caracterización de algunos elementos enunciados.

Con respecto a los partidos políticos –la organización burocrática destinada a situar a sus miembros en cargos de gobierno- por ejemplo, la mayor parte de los estudios relativos a ellos se dedican sobre todo al análisis de sus doctrinas. Esta orientación se deriva de la noción liberal que considera al partido, ante todo, como un grupo ideológico. “Un partido es una agrupación de personas que profesan la misma doctrina política” escribía Benjamín Constant en 1816[iv]. Esta concepción ha originado obras interesantes y numerosas, entre las que se destaca el volumen pionero de Maurice Duverger[v] aparecido en 1951 –quien se ocupó de un tema que hasta entonces carecía de una teoría general-, que más que estudios sociopolíticos forman parte de la historia de las ideas políticas. Pero, en el marco de un estudio de estilos y no de partidos políticos, resulta más importante describir la influencia de las doctrinas sobre las estructuras, que es por lo demás mucho menos importante de lo que pudiera creerse. David Hume[vi]  observa finamente en su obra “Essay on Parties” –1760- que el programa desempeña un papel esencial, que sirve para coligar individuos dispersos, pero que la organización pasa luego al primer plano, convirtiéndose en accesoria la plataforma. Esta realidad no podría expresarse mejor con menos palabras.

Por otra parte, en estos últimos años, la concepción marxista del “partido – clase”, sucediendo a la noción liberal del “partido doctrina”, ha orientado los estudios en sentido diferente. Se han buscado las relaciones entre el nivel de vida, la profesión, la educación y la filiación política. En la actualidad no son pocos, sino casi todos, los estudiosos que señalan la relación existente entre la estratificación social y los partidos políticos, en principio general, existe y es básica. Pero muchos de esos estudiosos agregan a continuación que, sin embargo, la misma debe hacer lugar a una cantidad de refinamientos o enlaces de otro tipo, y, además, que ni siempre ni necesariamente es ella la base.
No obstante, lo uno anula lo otro. Invirtiendo el comentario, todavía nos encontramos con uno de los consensos más difundidos de la Ciencia Política, aunque se deben tener en cuenta otras variables y aun cuando se debe considerar la importancia específica de cada una, en principio y por lo general, hay una fuerte relación entre partidos políticos y estratos sociales.

Uno de los clivajes, en función de los cuales actúa la mayoría de los partidos políticos es, según queda dicho, estratificacional. El clivaje se actualiza, renueva y manifiesta ante cada emergencia o tratamiento de asuntos de interés público. Es una oposición de intereses – ideas – valores entre distintos estratos sociales. Para el período en estudio; en que tiene lugar una participación política de todos los sectores sociales, las divisiones más claras y fijas en la pirámide social corresponden a   los clivajes políticos más generales y permanentes.

No obstante, la composición social de éstos, no será tampoco más que la doctrina el objeto principal de este estudio, esencialmente orientado hacia la mecánica institucional de las fuerzas políticas, la metodología empleada para captar el apoyo de los votantes – o sea, el fenómeno que los teóricos americanos denominan “la máquina” designando algunas formas que a veces revisten sus partidos y los comunistas llaman “aparato” refiriéndose a la “Organización” –con una mayúscula sintomática- y muy especialmente el uso que en cada estilo se hace del “patronazgo oficial”. Entendiendo por tal el empleo de los recursos del Estado –concesiones, créditos, empleos públicos y dádivas diversas- para favorecer a grupos sociales o individuos a los efectos de condicionar su comportamiento político.  

En la conformación de un estilo político, la aptitud de liderazgo superando condiciones adversas y combinando los diversos factores para obtener determinados resultados es una condición necesaria en la producción de ciertos fenómenos políticos. En numerosas instancias ésta es una variable crucial, dependiendo la concreción de alianzas, de las estrategias y tácticas aplicadas por los líderes en sus esfuerzos de acceder al poder.

Hay que aventurarse, pues, en un terreno virgen especialmente difícil. La organización de los partidos descansa esencialmente en prácticas y costumbres no escritas; es casi enteramente consuetudinaria. Los estatutos y reglamentos interiores no describen nunca más que una pequeña parte de la realidad: raramente se los aplica de manera estricta. Por otra parte, la vida de los partidos se rodea voluntariamente de misterio: si no se obtiene fácilmente de ellos datos precisos, incluso elementales. Se esta aquí en un sistema jurídico primitivo, donde las leyes y los ritos son secretos, donde los iniciados los desnudan hurañamente a la vista de los profanos. Sólo los viejos militantes del partido conocen bien los pliegos de su organización y las sutilezas de las intrigas que anudan en ella. Pero raramente poseen un espíritu científico que les permitiría conservar la objetividad necesaria; y no hablan gustosamente de ello.

LA PERIODIZACIÓN


En cuanto a la periodización, el presente trabajo analiza los estilos políticos predominantes entre dos extremos históricos que, por análisis, también la sociología del desarrollo ha exagerado o idealizado; el “orden tradicional” y el “orden del siglo XXI”. Es decir, el momento en que comienzan a funcionar las instituciones constitucionales, tras la federalización de la ciudad de Buenos Aires y el fin de las luchas civiles, en –1880- en uno de sus límites y el final del segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en el otro.

Los cambios en que concretamente consistió la transición son ilustrados por la cantidad y el crecimiento de la población, el asiento rural o urbano de aquella, la población absoluta y relativa en las capitales, las proporciones internas y las tendencias en cuanto al crecimiento y la distribución de la población, las migraciones internas y la migración extranjera, la distribución de la población económicamente activa –estructura ocupacional-, el desarrollo del alfabetismo y la educación, los datos sobre estratificación social, la organización obrera y el sindicalismo.

El desarrollo político también guarda relación, aunque no de un modo tan directo ni paralelo, a causa de su relativa autonomía, con las transformaciones económicas y sociales, con las cuales asimismo interactúan.

A los efectos del presenta trabajo entenderemos junto a Dowse y Hughes por participación política a “aquellas actividades voluntarias mediante las cuales los miembros de una sociedad intervienen en la selección de los gobernantes y directa o indirectamente en la formación de la política gubernamental”.[vii]

El grado de participación política de la población, medido por la legislación de derechos electorales y las cifras y porcentajes de votación, ha servido de criterio más neto para determinar dentro del período establecido la existencia de cinco etapas, que coinciden –a grandes rasgos- con el predominio de un estilo político, ellas son:

Etapa de Participación Limitada (1853 – 1912)


La etapa se inicia al final de las luchas civiles, con la organización constitucional del país. En este período el Estado nacional inicia el monopolio de la fuerza a los efectos de pacificar al país, eliminando a los elementos anárquicos constituidos por aborígenes y montoneros. Su misión es ocupar y poblar el territorio nacional determinando sus límites internacionales.

Hacia la mitad del período –1880- se consolida el gobierno nacional, federalizando la ciudad de Buenos Aires organizando el aparato estatal, alcanzando un alto nivel de consenso entre los miembros de la clase dirigente que permite el desarrollo de los primeros partidos políticos propiamente dichos y la puesta en marcha de los primeros procesos electorales, aún en forma primitiva.

La actividad política se encuentra condicionada por los medios materiales disponibles en un país extenso y despoblado, el escaso nivel educativo de la población, el exiguo interés del electorado por la actividad partidaria frente al monopolio que sobre toda la actividad política ejercían los miembros de la elite tradicional.

En esta etapa la estructura política que más se aproxima a la concepción de un partido político moderno es el “Partido Autonomista Nacional” –P.A.N.- aunque, en verdad todavía constituye una poco articulada alianza electoral entre grupos de la elite porteña con las elites del interior del país. De ideología liberal y funcionamiento estacional se ponía en marcha unos meses antes del comicio y entraba nuevamente en letargo al día siguiente de las elecciones.

El P.A.N. fue hegemónicamente controlado por el General Julio Argentino Roca. Líder formal, burocrático y autoritario que controló la política argentina durante casi tres décadas –1878 / 1914, prácticamente hasta el momento de su muerte. Fue uno de los tres argentinos – los otros fueron Carlos Menem y Cristina Fernández de Kirchner- que elegidos presidente en dos oportunidades pudo concluir íntegramente ambos mandatos. Siendo el único que lo hizo en presidencia no consecutivas.

Esta es la etapa del predominio del estilo político de los notables. Empleamos la denominación de “Estilo de los Notales” para denominar a un estilo político que otros autores no dudarían en calificar de “conservadores”[viii] o del “patriciado”[ix]. Hemos preferido la denominación de “notables” sobre el de conservadores porque el conservadurismo tiene un sentido amplio que configura quizá una ubicación frente a la evolución de los problemas del mundo y, como veremos, esta no era la actitud con que los miembros de la elite tradicional se enfrentaron a las exigencias de su tiempo, sino que fueron grandes innovadores y modernizadores. Por otra parte, si bien reconocemos que tanto el término de “notables” como el de “patriciado” hacen referencia a las elites sociales tradicionales, pero el primero es el empleado por Maurice Duverger en su obra: “Los Partidos Políticos” que, como expresáramos, nos proporciona el marco de una teoría general de los partidos y por lo tanto, no creemos conveniente apartarnos innecesariamente de dicha teoría.

 

Etapa de Participación Ampliada (1912 – 1930)


Se prefigura a comienzos de la segunda década del siglo XX, es decir, que se inicia en la última parte de la etapa precedente y se concreta cuando el régimen establecido de inspiración liberal y formas oligárquicas, es desplazado del gobierno por un partido de orientación reformista, encabezado por un líder carismático y populista, conformando un nuevo gobierno que, aunque mantuvo la orientación liberal y los compromisos internacionales forjados en la etapa anterior, introdujo, sin embargo, en la acción gubernamental, una orientación anti conservadora y anti oligárquica.

Corresponde al momento en que la “rebelión de las masas” descripta por José Ortega y Gasset comienza a hacerse notar en la sociedad argentina.

La ampliación de la participación política responde entre otras causas a la aplicación de un conjunto de innovaciones institucionales, entre las que cabe mencionar:

v  La extensión de los beneficios del régimen de enseñanza estatal, común u obligatoria a los estratos medios de origen inmigratorio.

v  La aplicación del servicio militar obligatorio, que difundió entre los hijos de los inmigrantes el amor a la nueva patria y el desarrollo de la responsabilidad cívica.

v  La implementación de una reforma electoral que al transformar la participación en el acto comicial de “voluntaria” en “obligatoria” forzó a la politización de vastos sectores de la ciudadanía, en especial en los medios urbanos.El principio mismo de una participación política ampliada, con el consiguiente incremento de las prácticas democratizadoras, acompañadas por un mayor arbitraje del Estado en todos aquellos aspectos vinculados con la mejora en las condiciones de vida y la posibilidad de ascenso social para los sectores medios urbanos, son percibidos, como conquistas legítimamente adquiridas.  Estos derechos, obtenidos a través de una mayor participación política de los estratos medios no podrán ser derogados sin que el gobierno que pretenda volver atrás el reloj de la historia deba asumir, al mismo tiempo, altos costos en materia de legitimidad y paz social.

Esta fue la etapa de predominio del “Estilo Político Radical”, que se desarrollo entre 1912 y 1930. En que aparece el primer partido político con verdadero apoyo popular en la historia argentina; y el más antiguo del país: la “Unión Cívica Radical”.

Es también la época de predominio político de Hipólito Yrigoyen, “el hombre del misterio”, como denominara Manuel Gálvez. Un líder democrático, que cultivará un estilo de liderazgo permisivo y, por momentos, hasta caótico, pero no por ello menos efectivo. Yrigoyen moldeó la política argentina por casi cincuenta años –1880 / 1930- y fue arbitro absoluto de la misma desde su arribo al poder, en 1916, hasta su derrocamiento, en 1930, por el primer golpe de Estado militar exitoso desde la formación del Estado Argentino.

Etapa de Participación Tutelada (1930 – 1943)

El lapso comprendido entre los golpes de Estado de 1930 y 1943 constituye una larga década que los historiadores con simpatías radicales gustan denominar “La década infame”, como si fuera factible encontrar en la historia argentina una década más “infame” que otra. ¿Cuáles fueron más infames los años treinta con sus golpes de Estado, negociados y corrupción o los años setenta con sus golpes de Estado, su danza macabra de terrorismo y represión genocida? ¿Qué personaje histórico es más reprobable José F. Uriburu o José López Rega? Considerar a algunas décadas como “infames” y a otras como “ganadas” es realizar historiografía militantes y no científica.

Más allá de las denominaciones impactantes y las polémicas historiográficas –¿o políticas?-, cabe concluir que entre 1930 y 1943 se opera una suerte de “Restauración de los notables”, quienes afrontan los costos ya referidos en materia de legitimidad y paz social, implementaron un régimen conservador – oligárquico que solo se sustento en base al fraude electoral, la proscripción y el tácito consentimiento de las Fuerzas Armadas constituidas en el último respaldo del régimen.

Durante este breve periodo el control del Gobierno reposa, por primera vez, no en un partido hegemónico –como lo fueran el P.A.N. o la U.C.R. en los períodos anteriores- sino en una coalición de sectores oligárquicos: la “Concordancia” conformada por los restos fósiles provenientes del antiguo P.A.N. esta vez bajo la denominación de Partido Demócrata Nacional, elementos oligárquicos originariamente enrolados en el radicalismo y que con el correr del tiempo conformaron la U.C.R. Antipersonalista, a los que se sumaba el ala liberal conservadora del Partido Socialista bajo el título del Partido Socialista Independiente.

Una alianza política, como es lógico suponer, sólo podía ser conducida por otro líder formal, burocrático y autoritario que gobernaba sin apoyo popular: el General Agustín Pedro Justo, que como Roca reunía condiciones de miembro de la elite, caudillo militar y hábil político a la vez.

La Restauración de los Notables fue efímera porque, tal como afirmaba Bismarck: “las bayonetas sirven para todo menos para sentarse sobre ellas”.  Pronto los militares dejaron de sostener un régimen oligárquico y antipopular que no satisfacía sus aspiraciones de transformación económica y política ni garantizaba una adecuada defensa nacional. 

Etapa de Participación Masiva (1943 - 1989)

Esta  etapa marca la directa irrupción de las masas populares en la vida nacional. Se inicia con el pleno desarrollo de la estructura sindical y la formación de una alianza de clases que une los intereses de los sectores obreros con los del empresariado industrial, merced a la existencia de un Estado dirigista e interventor que obra como arbitro en las relaciones entre ambos sectores.

Dicha alianza sólo fue posible por la convergencia de los siguientes factores:

v  Un incremento en la participación electoral, producto de la ampliación de los derechos electorales a la mujer y rol desempeñado por los nuevos medios de comunicación masivos –en especial la radio- en la difusión de las actividades políticas.

v  Entre los participantes figuran verdaderas masas urbano – populares; así numéricamente, por sus características de organización y por su concentración son “masas”, en mérito a su significación porcentual sobre los totales de la población, resultan poseedoras de un caudal electoral decisivo. Según algunos autores, ciertos rasgos psicológicos de estas masas –comprensibles por asociación con su origen migratorio provincial- son mayores determinantes de su captación por movimientos políticos populistas, nacionalistas y paternalistas.

v  El desarrollo de un partido político de masas, con cuadros provenientes de los sectores urbano – populares y un sistema de financiamientos claramente democrático.     En la formación de este partido intervienen elementos pertenecientes a la clase política tradicional que aportan los conocimientos técnicos y la experiencia  necesaria para alcanzar éxitos electorales de importancia y asegurar un eficaz desempeño de la acción de gobierno.

v  La aparición de un “modelo nacional” basado en la combinación de elementos populistas, desarrollistas e industrialistas.

Esta etapa política estará regida por el “Estilo Político Peronista”, que se desarrolla entre 1943 – 1955, 1973 – 1976 y 1989 - 1999. Allí la figura carismática de un líder: el General Juan Domingo Perón, quien controlará la política argentina por los siguientes treinta años hasta su muerte en 1974, alcanzará el raro privilegio de ser el único argentino electo a la presidencia en tres oportunidades. Perón creó el primer gran partido de masas de la historia argentina, conformando el sistema bipartidista que ha regido en la Argentina del siglo XX.

Etapa de Participación Total (2001 - 2015)

La participación debe considerarse total cuando la actividad política deja de ser esencialmente electoral y legislativa para trasladarse a las calles e incorporar en mayor o menor grado acciones violentas.

Esta modalidad de participación hace irrupción en Argentina en forma gradual a partir del estallido social en la localidad de Cutral-Co, en la provincia de Neuquén, en 1996. Fue el momento en que el vocabulario político incorporó el concepto de “piquetero” para designar a los activistas políticos que empleaban la interrupción del tráfico vehicular en las rutas nacionales y en los puentes internacionales como medio de participación política.

Los piqueteros retoman muchos de los elementos y prácticas de las luchas obreras de la décadas anteriores -el mismo término “piquete” fue tomado de los antiguos “piquetes de fábrica” que se organizaban en los accesos al lugar de trabajo al comenzar una huelga-. Pero esta prolongación metodológica no fue incorporada mecánicamente, sino transformándola bajo la condición de “sin trabajo”.

La lógica del obrero sindicalizado -dice Pilar Ferreyra[x]- se basa en un tiempo y espacio dentro de su lugar de empleo. La lógica de los piqueteros es la del hombre y mujer desocupados que conservan la memoria de aquellos tiempos en que fueron trabajadores asalariados y hoy están empobrecidos debido a la falta de ingresos o la intermitente entrada y salida del mercado informal de trabajo. Sin fábricas ni oficinas y en situación de vulnerabilidad extrema, la calle se transforma en el espacio en el cual el “piquetero” se hace “visible” ante la opinión pública e interactúa con las autoridades. La clave del corte de ruta es la repercusión de una actividad política.

El corte de rutas y calles se convierte en la forma de participación de quienes no tienen más recursos que su capacidad de obstruir o interrumpir el normal desarrollo de las actividades sociales y económicas ocupando el espacio público con su presencia. En este sentido es patrimonio común de todos los pobladores excluidos de la actividad económica formal: obreros desocupados, jubilados, habitantes de barrios marginales, inmigrantes sin trabajo ni vivienda, etc.

El fenómeno de los piqueteros como forma de participación política se explica no sólo por el incremento de la desocupación y la marginalidad sino también por el incremento del clientelismo, por los errores de una política social basada en el asistencialismo a través de la distribución de “planes sociales” y “cajas del Plan Alimentario Nacional o bolsones de comida” y la “Asignación Universal por Hijo” que si bien atenúan los efectos más severos de la pobreza. No la solucionan y por el contrario la consolidan permitiendo su utilización política.
Podemos decir que los piqueteros y la protesta social endémica que vive el país, al menos desde diciembre de 2001, es en cierta medida una nueva forma de participación política más amplia e intensa que se ha consolidado como un “subproducto de la política criolla”, que ha terminado en muchos casos desbordando a sus creadores: los políticos kirchneristas.

Por último cabe mencionar, que otro elemento que en esta etapa expandió la participación tornándola total fue la incorporación a la actividad electoral a los extranjeros con residencia legal en el país para cargos municipales y provinciales, de las personas privadas de libertad a partir de un fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 2002, la participación voluntaria de los jóvenes menores de 16 años a través de la Ley de Voto Joven – Ley 26.774, del 31/10/2012- y le voto de los argentinos residentes en el exterior (360.000 electores potenciales) facilitada por el Decreto 403/2017.

En esta etapa que transcurre desde el momento del derrocamiento del gobierno de la Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación que llevó a la presidencia al binomio Fernando De la Rúa – Carlos “Chacho” Álvarez, en diciembre de 2001, y el retorno del peronismo al poder a través de la presidencia de Eduardo Duhalde.

El sentimiento popular de repudio a la clase política que demandaba “Que se vayan todos” generó las condiciones para que antiguos miembros de la “Tendencia Revolucionaria” del peronismo en la década del setenta accediera al poder de la mano del matrimonio formado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner y su versión transversalista que incorporaba a algunas organizaciones sociales provenientes de la izquierda (Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el Centro de Estudios Sociales y Legales, la Agrupación H.I.J.O.S, etc.) en su “Frente para la Victoria”.

Una vez en el gobierno, el kirchnerismo fue abandonando el programa tradicional del peronismo y su alianza con la conducción sindical para establecer una relación clientelística con los sectores marginales mediante la ampliación del número de planes sociales, aumentando la distribución de alimentos, la “Asignación Universal por Hijo” y el otorgamiento de jubilaciones sin aportes a “amas de casa” y otros beneficiarios.

El liderazgo político se consolidó inicialmente en una diarquía gobernante formada por Néstor Carlos Kirchner y su esposa Cristina Fernández de Kirchner que compartían el gobierno y el poder transformándolo en la práctica en una parte de patrimonio conyugal.

A la muerte de Néstor Kirchner, 2010, la diarquía gobernante debe necesariamente reformularse y lo hace con el reemplazó del dirigente fallecido por su hijo Máximo Kirchner. En esta forma el liderazgo político que en el peronismo tradicional se trasmitía de Juan D. Perón a sus esposas (María Eva Duarte o María Estela Martínez Carta) con el kirchnerismo se hará extensiva a los hijos convirtiéndolo en una suerte de trasmisión dinástica similar al proceso político existente en Corea del Norte desde su creación como Estado al final de la Segunda Guerra Mundial.

CUADRO COMPARATIVO

           El siguiente cuadro grafica la estructural de los distintos Estilos Políticos que se han alternado en el gobierno del país y que son responsables de su actual situación política.

EN SINTESIS


           El propósito del presente trabajo será demostrar la validez del modelo propuesto: “El Estilo Político”, como categoría politológica aplicable al estudio del comportamiento de las fuerzas políticas argentinas, a través del análisis de esa actividad durante el período comprendido entre el comienzo del funcionamiento real de las instituciones previstas por la Constitución Nacional –1853-, recién con la llegada a la presidencia de Julio A. Roca, en 1880, y el final del segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner –2015-, es decir, durante un lapso aproximado de más de ciento treinta años.

           Finalmente, se ruega no olvidar el carácter altamente conjetural de la mayor parte de las conclusiones formuladas en este trabajo. Dentro de cincuenta años, quizá, será posible describir el funcionamiento real de los estilos políticos. Por el momento, esta en la edad de las cosmogonías. Llegada a la madurez, la ciencia las juzga severamente, pero sin éstas no habría ciencia o su progreso sería lento


[i] SARTORI, Giovanni: “Partidos y sistemas políticos” Ed. Alianza 3º Edición Madrid 1980, Pág. 53.
[ii] WEBER, Max: “Ensayos sobre la teoría de la ciencia”. Ps. 202 a 204, citado en ARON, Raymond: “Las etapas del pensamiento sociológico”. Ed. Siglo Veinte. Bs. As. 1985. Dos tomos. Tomo II. P. 229.
[iii] STRASSER, Carlos: “Formaciones Político – Ideológicas en América Latina”. Artículo publicado en la Revista Latinoamericana de Sociología. Número 26, publicada por el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Torcuato Di Tella. Bs. As. Pág. 38 a 76.
[iv] CONSTANT, Benjamin: citado en NEUMAN, Sigmund: “Los partidos políticos modernos” Ed. Tecnos. 2º Edición.  Madrid 1965. Pág. 117.
[v] DUVERGER, Maurice: “Los partidos políticos”. Ed. Fondo de Cultura Económica. 5º Edición. México 1969.
[vi] HUME, David: citado en SCHATTSCHEIDER, E. E. “Régimen de partidos” Ed. Tecnos. 2º Edición. Madrid. 1969.
[vii] DOWSE, Robert E. y John A. HUGHES: Sociología Política. Ed. Alianza. Madrid. 1972. P. 359.
[viii] AZARETTO, Roberto: “Historia de las fuerzas conservadoras” Ed. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1983. Pág. 11.
[ix] RAMOS, Abelardo J.: “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”. Ed. Plus Ultra. Bs. As. 1965. 2 Vols. Pág. 169.
[x] FERREYRA, Pilar: Señales en las rutas argentinas, artículo publicado en el diario Clarín. Suplemento Zona. Bs. As. 24/6/2001.