En vísperas de las elecciones
generales del 12 de abril de 2026, Perú se encuentra ante un umbral delicado.
El próximo presidente no recibirá un país en ruinas, pero tampoco uno en paz.
Contenido:
Buenos
Aires — El próximo presidente peruano heredará una nación suspendida en una
tensión crónica: por un lado, la solidez macroeconómica que ha resistido
turbulencias regionales; por el otro, un sistema político erosionado por una
década de inestabilidad, con ocho jefes de Estado en diez años y una ciudadanía
profundamente desconfiada. Quien asuma el mando en Palacio de Gobierno
enfrentará un Estado con legitimidad debilitada, urgencias acumuladas y un
margen de maniobra cada vez más estrecho.
Durante
los últimos años, Perú ha vivido una crisis política casi permanente. Desde la
caída de Pedro Castillo en diciembre de 2022 hasta la presidencia de transición
de Dina Boluarte, el país ha sido testigo de protestas masivas, episodios de
violencia y un Congreso ampliamente cuestionado por su fragmentación y su
distancia de las demandas ciudadanas. La desconfianza hacia las instituciones
se ha convertido en un rasgo estructural de la vida pública, alimentada por la
percepción de corrupción endémica, la desconexión de las élites limeñas y la
ausencia de resultados palpables en la vida cotidiana de millones de peruanos.
Como advierte el politólogo Fernando Tuesta Soldevilla, exjefe de la Oficina
Nacional de Procesos Electorales, esta inestabilidad no es un episodio
pasajero, sino el resultado de un ciclo que se inició en 2016 con el rechazo a
los resultados electorales y que ha dejado al país sin un sistema de partidos
consolidado ni mecanismos efectivos de rendición de cuentas.
Sin
embargo, en el terreno económico, Perú sigue exhibiendo algunos de los
fundamentos más robustos de América Latina. La disciplina fiscal, la autonomía
del Banco Central de Reserva y el peso estratégico de la minería han permitido
esquivar desbordes inflacionarios o crisis de deuda como las que han golpeado a
otros países de la región. Proyecciones recientes del Banco Mundial estiman un
crecimiento moderado del 2,7 % para 2026, impulsado principalmente por la
inversión minera y la cartera de infraestructura, aunque con riesgos asociados
a cuellos de botella estructurales.
El
Ministerio de Economía y Finanzas, por su parte, es más optimista y proyecta un
promedio anual del 3,2 % entre 2026 y 2029, sustentado en grandes proyectos
mineros y asociaciones público-privadas. No obstante, esa estabilidad
macroeconómica convive con realidades menos alentadoras: un crecimiento todavía
débil para generar empleo de calidad, una informalidad que sigue afectando a
más del 70 % de la fuerza laboral y una pobreza que, aunque reducida en la
última década, ha repuntado tras la pandemia y sigue dejando brechas profundas
en salud, educación e infraestructura.
El
próximo presidente deberá gobernar, además, un territorio socialmente
fragmentado. Las regiones andinas y amazónicas continúan denunciando un
abandono estatal histórico, mientras que en Lima se concentran las decisiones
políticas y económicas. Este desequilibrio territorial ha sido uno de los
motores principales de las protestas más intensas de los últimos años, que
dejaron decenas de muertos y heridas abiertas entre el Estado y amplios
sectores de la población. Informes recientes del Observatorio de Conflictos
Sociales registran hasta 257 protestas en un solo mes, lo que refleja una
conflictividad que no cesa y que exige respuestas urgentes más allá de la mera
contención.
Las
urgencias de un país en tensión
La
primera tarea del nuevo Gobierno será reconstruir la legitimidad del poder
político. Sin una base mínima de confianza ciudadana, cualquier reforma estará
condenada al bloqueo o al rechazo frontal. Para ello, expertos como la
politóloga Milagros Campos Ramos, de la Pontificia Universidad Católica del
Perú, coinciden en la necesidad imperiosa de impulsar una reforma institucional
profunda que redefina el equilibrio entre el Ejecutivo y el Congreso, reduzca
la fragmentación partidaria —evidenciada en los 35 candidatos que compiten en
estos comicios— y establezca reglas claras para evitar la reiterada crisis de
gobernabilidad que ha marcado la última década.
En
paralelo, la seguridad ciudadana se ha convertido en una de las principales
preocupaciones de la población. El avance del crimen organizado, especialmente
vinculado al narcotráfico y la minería ilegal, ha erosionado la sensación de
orden en varias regiones del interior del país. El próximo presidente deberá
fortalecer a la Policía Nacional y al sistema judicial, pero también atacar las
raíces económicas de estas actividades ilícitas, que se alimentan precisamente
de la informalidad y la falta de oportunidades formales.
Otro
frente ineludible será la reactivación económica con inclusión social. No
bastará con mantener los equilibrios macroeconómicos: será necesario generar
empleo formal, mejorar la productividad y cerrar brechas históricas en
educación, salud e infraestructura. La inversión pública, largamente rezagada
por la inestabilidad política, deberá convertirse en un motor real de
desarrollo, especialmente en las zonas más postergadas del país.
Asimismo,
el país enfrenta el desafío de redefinir su modelo de desarrollo en torno a sus
recursos naturales. La minería seguirá siendo clave —con una cartera de
proyectos que promete dinamizar la economía en los próximos años—, pero las
tensiones socioambientales exigen nuevas formas de diálogo con las comunidades,
mayor transparencia en la distribución de beneficios y una gestión más
equitativa de los impactos.
Un
margen de error reducido
El
próximo presidente no tendrá el lujo del tiempo. La impaciencia social,
acumulada tras años de promesas incumplidas y gobiernos efímeros, reducirá
rápidamente el capital político inicial. Cualquier señal de continuidad con las
prácticas cuestionadas del pasado podría reactivar de inmediato la
conflictividad latente. A ello se suma un escenario internacional incierto, con
riesgos de desaceleración global y volatilidad en los precios de los minerales,
que siguen siendo el pilar de las exportaciones peruanas. La capacidad del
nuevo Gobierno para navegar ese contexto dependerá tanto de su pericia técnica
como de su habilidad para construir consensos en un Congreso fragmentado,
donde, según el analista Paolo Sosa, es probable que el Legislativo mantenga un
rol dominante y complique aún más la gobernabilidad.
Gobernar
bajo la sombra de los tribunales
Pero
hay un factor adicional que convierte la presidencia del Perú en un cargo de
alto riesgo político y personal: la suerte judicial de quienes han ocupado el
poder. En las últimas décadas, varios expresidentes han sido investigados,
procesados o encarcelados por causas de corrupción, en particular a raíz del
escándalo de Odebrecht, que atravesó transversalmente al sistema político.
Casos
como los de Alberto Fujimori, condenado por violaciones a los derechos humanos
y corrupción; Alejandro Toledo, extraditado y procesado; Ollanta Humala,
investigado por financiamiento ilícito; o Pedro Pablo Kuczynski, bajo arresto
domiciliario, han configurado una imagen inquietante: la presidencia como
antesala de los tribunales. Incluso el suicidio de Alan García en 2019, cuando
iba a ser detenido, marcó un punto de inflexión simbólico en la relación entre
política y justicia. Desde entonces, el poder en Perú no solo se mide en
términos de capacidad de gobernar, sino también en la exposición permanente al
escrutinio judicial.
Este
escenario tiene efectos ambivalentes. Por un lado, refleja un sistema judicial
más activo y una sociedad menos tolerante con la corrupción. Por otro,
introduce incentivos perversos: decisiones de gobierno condicionadas por el
temor a futuras investigaciones, parálisis administrativa ante el riesgo de
sanciones y, en algunos casos, el uso político de la justicia como herramienta
de disputa. Asumir la presidencia en un país con tantos expresidentes presos o
procesados implica un riesgo personal y político sin precedentes: el nuevo
mandatario no solo heredará un Estado frágil, sino que se convertirá en blanco
potencial de una justicia que, aunque necesaria para combatir la impunidad,
puede convertirse en un instrumento de desgaste o venganza. Analistas coinciden
en que este “efecto disuasivo” ahuyenta a perfiles técnicos y
reformistas, favorece candidaturas populistas y condiciona la toma de
decisiones, ya que cada acto de gobierno debe blindarse contra posibles futuras
investigaciones. El resultado es una gobernabilidad aún más precaria, donde la
audacia reformista choca con la prudencia defensiva.
Entre
la oportunidad y el desgaste
Perú
ha demostrado, a lo largo de su historia reciente, una notable capacidad de
resistencia. Pero esa resiliencia tiene límites. Las elecciones de 2026 no solo
definirán un nuevo liderazgo, sino que pondrán a prueba la posibilidad de
encauzar institucionalmente un malestar profundo que ya no admite más
prórrogas.
El
próximo presidente no partirá de cero: heredará un país con fortalezas
indudables —desde su potencial minero hasta su estabilidad macroeconómica— pero
también con fracturas evidentes que demandan acción inmediata. Su desafío será
convertir esa tensión persistente en un punto de inflexión hacia la estabilidad
y no en el preludio de una nueva crisis. En ese delicado equilibrio se jugará
no solo el éxito de su mandato, sino el rumbo mismo del Perú en los años por
venir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario