El respaldo creciente de países
africanos, reforzado desde el retorno de Marruecos a la Unión Africana y
acompañado por señales de apoyo europeo, consolida el impulso internacional a
una solución bajo soberanía marroquí
Buenos
Aires — La cuestión del Sáhara, uno de los contenciosos más prolongados del
sistema internacional, atraviesa una fase de renovado dinamismo diplomático en
favor de Marruecos. El plan de autonomía presentado por Rabat ante Naciones
Unidas, durante años defendido como una vía pragmática para cerrar el
conflicto, está encontrando un respaldo cada vez más amplio en África, donde el
regreso del reino a la Unión Africana en 2017 ha actuado como catalizador de
una estrategia de reintegración política y económica que hoy comienza a rendir
frutos visibles.
En
las últimas semanas, dos países africanos han reiterado de manera explícita su
apoyo a la posición marroquí, subrayando una tendencia que Rabat presenta como
irreversible. La República Gabonesa reafirmó su respaldo a la “marroquinidad”
del Sáhara y calificó el plan de autonomía como la única solución “creíble y
realista”, en línea con la adopción de la Resolución 2797 del Consejo de
Seguridad de la ONU, que consolida este enfoque como base de negociación.
En
términos similares se pronunció Santo Tomé y Príncipe, cuya diplomacia reiteró
su apoyo a la soberanía territorial de Marruecos sobre el Sáhara y destacó los
avances socioeconómicos impulsados por Rabat en las denominadas Provincias del
Sur, un argumento recurrente en la narrativa marroquí para legitimar su
propuesta de autonomía.
Estos
posicionamientos no constituyen episodios aislados. Forman parte de una
estrategia más amplia desplegada por el rey Mohammed VI, basada en una intensa
actividad diplomática en el continente africano, con acuerdos de cooperación,
inversiones y una creciente red de alianzas políticas. Desde su retorno a la
organización panafricana, Marruecos ha buscado reposicionarse como un actor
clave en África occidental y central, desplazando progresivamente apoyos
históricos al Frente Polisario y erosionando el reconocimiento de la
autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática.
El
propio seno de la Unión Africana, tradicionalmente dividido sobre esta
cuestión, refleja hoy un cambio de clima. Aunque la organización mantiene
formalmente el reconocimiento de la falsa e inexistente RASD, la creciente
alineación de varios de sus Estados miembros con la postura marroquí ha
reducido sustancialmente el reconocimiento a esa entidad fantasma. Diplomáticos
africanos reconocen en privado que la influencia económica y política marroquí
ha alterado el equilibrio interno del bloque.
A
este respaldo africano se suma ahora una señal significativa desde Europa.
Durante una reciente visita a Rabat, la alta representante de la Unión Europea
para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, sostuvo que una autonomía “verdadera”
podría representar una de las soluciones más factibles para resolver el
conflicto. La declaración, respaldada por los 27 Estados miembros, supone un
matiz relevante en la posición europea, que tradicionalmente se había mantenido
más ambigua.
El
respaldo europeo, aunque cuidadosamente formulado, coincide con la reciente
resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que consolida el plan
de autonomía como una base “seria, creíble y duradera” para las
negociaciones. Este encuadre internacional refuerza la tesis marroquí de que la
solución pasa por un compromiso político dentro de su soberanía, descartando
otras opciones como el referéndum de autodeterminación, cada vez más relegado
en la práctica diplomática.
El
giro africano, en este contexto, adquiere una relevancia estratégica. Durante
décadas, el apoyo de numerosos países del continente al Frente Polisario fue un
pilar de legitimidad para la causa separatista. Hoy, sin embargo, la apertura
de consulados en ciudades como El Aaiún por parte de varios Estados africanos y
la reiteración de apoyos oficiales al plan marroquí evidencian una
transformación profunda del tablero regional.
Rabat
interpreta esta evolución como la confirmación de una “dinámica
internacional irreversible”, fruto de una diplomacia que combina
pragmatismo económico, presencia institucional y una narrativa centrada en la
estabilidad regional. Sus críticos, en cambio, advierten que el conflicto sigue
sin resolverse en términos de derecho internacional y que cualquier solución
duradera deberá contar con el consentimiento de la población saharaui.
En
medio de este pulso diplomático, el Sáhara continúa siendo un escenario donde
se cruzan intereses geopolíticos, equilibrios regionales y estrategias de
influencia. Lo que ha cambiado, y de manera notable, es el mapa de apoyos.
África, que durante décadas fue terreno favorable a las tesis independentistas,
parece inclinarse ahora, al menos en parte, hacia Rabat. Y ese desplazamiento,
más que cualquier declaración puntual, podría terminar definiendo el desenlace
de uno de los conflictos más longevos del continente.

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