jueves, 9 de abril de 2026

Europa y Estados Unidos refuerzan su respaldo al Plan de Autonomía marroquí para el Sáhara


La creciente adhesión internacional a la propuesta de un Plan de Autonomía para la región del Sáhara presentada por Rabat consolida la estrategia exterior de Marruecos, que bajo el liderazgo del rey Mohammed VI ha logrado situar su iniciativa como la única opción realista y posible para terminar con el diferendo artificial en el Sáhara.

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Buenos Aires.— La cuestión del Sáhara, uno de los conflictos más prolongados del escenario internacional contemporáneo, atraviesa una fase de inflexión marcada por un cambio paulatino pero sostenido en las posiciones de actores clave. En los últimos días, el respaldo explícito de Países Bajos y la reiteración del apoyo de Estados Unidos, a través de su embajador en Rabat, Richard Duke Buchan III, han vuelto a situar el plan de autonomía propuesto por Marruecos en el centro de la agenda diplomática internacional.

El pronunciamiento neerlandés no ha sido ambiguo. Durante una visita oficial a Rabat, el ministro de Asuntos Exteriores, Tom Berendsen, afirmó que una autonomía “real” bajo soberanía marroquí constituye la solución “más factible” al diferendo. La declaración, recogida en un comunicado conjunto tras su encuentro con Nasser Bourita, va más allá de una mera expresión de apoyo político: implica una disposición a actuar en consecuencia tanto en el plano diplomático como económico, en consonancia con el derecho internacional.

Este posicionamiento se inscribe en una tendencia más amplia dentro de Europa, donde la percepción del conflicto ha evolucionado desde esquemas rígidos heredados de la Guerra Fría hacia enfoques pragmáticos centrados en la estabilidad regional. En ese contexto, el plan marroquí —que propone una amplia autonomía para el territorio sahariano bajo soberanía de Rabat, reservando al Estado competencias en defensa, política exterior y moneda— ha ganado terreno como alternativa “seria, creíble y realista”, en línea con las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

La dimensión transatlántica de este respaldo resulta igualmente significativa. En Marrakech, en el marco de un foro económico internacional, el embajador estadounidense reafirmó que Washington considera el plan marroquí como una vía hacia la resolución del conflicto y la prosperidad regional. Sus palabras no solo reflejan la continuidad de la posición estadounidense, sino que introducen un elemento clave: el interés creciente del sector privado. Según Buchan, empresas estadounidenses observan en el Sáhara un espacio de oportunidades “ilimitadas”, lo que añade una dimensión económica a una cuestión tradicionalmente dominada por consideraciones políticas y jurídicas.

Este cruce entre diplomacia e inversión ilustra uno de los pilares de la estrategia marroquí. Lejos de limitarse a la defensa de su soberanía, Rabat ha promovido activamente el desarrollo económico de sus “provincias del sur”, atrayendo capital extranjero en sectores como las energías renovables, el turismo o las infraestructuras. La narrativa de prosperidad compartida ha sido cuidadosamente integrada en su acción exterior, reforzando la idea de que la autonomía no solo es una solución política, sino también un proyecto de crecimiento económico e integración territorial.

El creciente respaldo internacional no puede entenderse sin tener en cuenta la coherencia y continuidad de la diplomacia marroquí en los últimos años. Bajo las directrices de Mohammed VI, Marruecos ha desplegado una estrategia multifacética que combina relaciones bilaterales intensificadas, presencia activa en foros multilaterales y una política africana dinámica. La labor de su cuerpo diplomático, encabezado por Bourita, ha sido decisiva para traducir esa visión en apoyos concretos.

Más de un centenar de países han expresado ya su respaldo, explícito o implícito, al Plan de Autonomía. Entre ellos figuran potencias como Estados Unidos, Francia, Alemania o España, así como actores relevantes del mundo árabe y africano. Este consenso creciente contrasta con la posición defendida por los separatistas del Frente Polisario, que abogan por un referéndum de autodeterminación y cuentan únicamente con el apoyo de Argelia.

En el seno de Naciones Unidas, el giro también es perceptible. Las últimas resoluciones del Consejo de Seguridad han reforzado la centralidad de la propuesta marroquí como base para una solución política negociada, al tiempo que respaldan los esfuerzos del enviado personal del secretario general, Staffan de Mistura. Sin embargo, el proceso sigue enfrentando obstáculos estructurales, entre ellos la falta de consenso pleno entre las partes implicadas y las tensiones regionales persistentes.

La evolución de la postura neerlandesa resulta particularmente reveladora. Tradicionalmente alineado con las posiciones europeas más cautelosas, el Gobierno de La Haya ha optado ahora por un apoyo más definido, reconociendo no solo la viabilidad del plan marroquí, sino también el papel de Marruecos como actor clave en la estabilidad regional. Este reconocimiento se produce en un contexto de relaciones bilaterales reforzadas, que abarcan ámbitos como la seguridad, la justicia y la gestión migratoria.

En paralelo, la implicación estadounidense añade peso geopolítico al proceso. Más allá del respaldo político, el énfasis en las oportunidades económicas sugiere una convergencia de intereses que podría acelerar la consolidación del plan marroquí como marco de referencia internacional.

A medida que se acumulan los apoyos, el conflicto del Sáhara parece desplazarse desde un terreno de confrontación ideológica hacia uno de realismo político. En ese tránsito, Marruecos ha logrado posicionar su propuesta como el punto de encuentro posible entre soberanía, autonomía y desarrollo. El desafío, ahora, reside en traducir ese consenso creciente en una solución efectiva que cierre definitivamente una de las disputas más longevas del siglo XX.

 

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