La derrota de Viktor Orbán en
Hungría, el regreso de Lula da Silva en Brasil, el revés sufrido por Donald
Trump en las elecciones legislativas estadounidenses y la crisis política de
Paraguay parecen anunciar un cambio de ciclo. El malestar social, el deterioro
de las condiciones de vida y la falta de respuestas a las expectativas de las
nuevas generaciones amenazan con frenar el avance de las derechas. Javier Milei
debería observar estas señales con especial atención: Argentina se encamina
hacia las presidenciales de 2027 en un contexto en el que los éxitos
macroeconómicos todavía no consiguen traducirse en una mejora generalizada del
bienestar.
Buenos
Aires. Durante los últimos años, las corrientes
políticas liberal-conservadoras, libertarias y nacional-populistas
experimentaron una expansión internacional que parecía anticipar un prolongado
desplazamiento del péndulo político hacia la derecha. El triunfo de Javier
Milei en Argentina, en diciembre de 2023, fue uno de los acontecimientos más
representativos de ese proceso. Posteriormente, dirigentes y movimientos de
orientación semejante consolidaron posiciones de poder en diferentes países,
alentados por el desgaste de los partidos tradicionales, el cuestionamiento de
las estructuras estatales y el rechazo de amplios sectores sociales a las
políticas económicas y culturales de los gobiernos progresistas.
Donald
Trump, Giorgia Meloni, Viktor Orbán y otros referentes de esta corriente
conformaron una constelación política que encontró en la defensa de la
soberanía nacional, la reducción del Estado, la desregulación económica, el
endurecimiento de las políticas migratorias y la crítica a las élites
tradicionales sus principales elementos de identificación. En América Latina,
el fenómeno adquirió características propias y se expresó en diferentes
experiencias nacionales, entre ellas las de Argentina, El Salvador, Bolivia,
Chile, Perú y Colombia, donde el triunfo de Abelardo de la Espriella parecía
confirmar la vitalidad electoral de estas propuestas.
Sin
embargo, cuando la expansión conservadora parecía difícil de detener,
comenzaron a multiplicarse los síntomas de agotamiento. El primer gran
acontecimiento fue la derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría, en abril de
2026, después de dieciséis años ininterrumpidos en el poder. Su caída, a manos
de Péter Magyar y del movimiento Tisza, constituyó un golpe simbólico para
quienes consideraban al dirigente húngaro un modelo de construcción política
nacionalista y conservadora. La insatisfacción económica, las denuncias de
corrupción, el deterioro institucional y el aislamiento internacional
contribuyeron a erosionar su respaldo.
A
esa derrota se sumaron otros contratiempos. Geert Wilders perdió influencia en
el escenario gubernamental neerlandés y Giorgia Meloni sufrió una significativa
derrota en el referéndum sobre su reforma judicial, celebrado en marzo. La
consulta italiana demostró que incluso los dirigentes que conservan una
considerable capacidad de movilización pueden encontrar límites cuando sus
proyectos institucionales son percibidos por una parte del electorado como
intentos de concentrar poder.
El
vendaval adquirió dimensiones mayores en América y Europa durante los últimos
días. En Brasil, Flávio Bolsonaro, que había conseguido imponerse por un
estrecho margen en la primera vuelta, terminó derrotado por Luiz Inácio Lula da
Silva en el balotaje del 25 de octubre. El veterano dirigente del Partido de
los Trabajadores obtuvo el 51,8% de los votos y consiguió un cuarto mandato
presidencial. El resultado mostró que la fortaleza electoral del bolsonarismo
no garantizaba su continuidad en el poder y que una parte significativa de la
sociedad brasileña prefería evitar una nueva experiencia gubernamental de esa
orientación.
En
Estados Unidos, Donald Trump recibió otro golpe político de considerable
magnitud. Los demócratas conquistaron el control de ambas cámaras del Congreso
en las elecciones legislativas del 3 de noviembre, además de obtener
importantes victorias en distintos estados. La inflación, el encarecimiento de
la vida, el rechazo a la guerra con Irán y el descontento con la gestión
presidencial contribuyeron a una derrota que limita considerablemente la
capacidad del mandatario para impulsar su programa. El resultado representa,
además, un cuestionamiento a la influencia internacional del trumpismo y a su
capacidad para proyectarse como referencia de las nuevas derechas.
Paraguay
ofrece otro ejemplo significativo. La renuncia del presidente Santiago Peña, el
5 de noviembre, en medio de la crisis provocada por el escándalo financiero de
Ueno Bank, constituye un duro revés para el oficialismo colorado. La
intervención de la entidad dejó a millones de clientes sin acceso a sus
depósitos y desencadenó una crisis política que terminó comprometiendo la
continuidad presidencial. Aunque sus causas tienen una dimensión institucional
y financiera específica, el episodio vuelve a poner de manifiesto la
vulnerabilidad de los gobiernos cuando la confianza pública se deteriora.
Europa
tampoco permanece al margen de este proceso. Las movilizaciones juveniles
registradas en Francia, España, Portugal y otros países expresan un malestar
que trasciende las diferencias ideológicas. El aumento del coste de vida, la
precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda, el deterioro
de los servicios educativos y sanitarios y la pérdida de expectativas de
movilidad social alimentan una creciente frustración generacional.
El
problema de fondo es que millones de jóvenes perciben que las oportunidades de
progreso que tuvieron sus padres se han vuelto prácticamente inaccesibles. La
revolución tecnológica, la automatización, la inteligencia artificial y la
expansión del comercio electrónico están transformando los mercados laborales,
desplazando actividades tradicionales y reduciendo las perspectivas de empleo
estable. A ello se agregan el encarecimiento de la energía, el incremento del
gasto militar y las dificultades de los Estados para sostener las prestaciones
sociales.
Frente
a este escenario, las propuestas liberal-conservadoras comienzan a exhibir una
insuficiencia política: la reducción del gasto público, la desregulación, la
denominada motosierra y el endurecimiento de las políticas de seguridad no
constituyen, por sí solos, respuestas satisfactorias a las demandas de
sociedades que reclaman empleo, salarios dignos, vivienda, educación y
protección social. El equilibrio fiscal y la estabilidad monetaria son
condiciones necesarias para el desarrollo, pero difícilmente puedan convertirse
en objetivos políticos suficientes cuando sus beneficios no alcanzan a una
parte sustancial de la población.
En
este contexto, las propuestas populistas y las fuerzas de izquierda encuentran
una oportunidad para recuperar posiciones, especialmente entre los sectores
perjudicados por los ajustes económicos. No necesariamente porque dispongan de
programas más eficaces, sino porque logran canalizar el descontento y ofrecer
respuestas inmediatas a necesidades que los gobiernos conservadores no han
conseguido satisfacer.
El
fenómeno debería despertar particular preocupación en la Casa Rosada. Javier
Milei y sus colaboradores tienen motivos para observar con atención lo sucedido
en Brasil, Estados Unidos y Paraguay. Argentina celebrará elecciones
presidenciales en 2027 y el oficialismo deberá demostrar que su programa
económico puede superar la etapa de estabilización y traducirse en una
recuperación perceptible de los ingresos, el empleo y las condiciones de vida.
La
motosierra ha actuado profundamente sobre la administración pública. La
eliminación de estructuras innecesarias y de empleos improductivos puede
constituir una política legítima de racionalización estatal. Sin embargo,
existe una diferencia sustancial entre terminar con los denominados empleados
ñoquis y desmantelar planteles profesionales cuya experiencia resulta
indispensable para el funcionamiento de las instituciones. La burocracia
eficiente, como explicó Max Weber, no es un obstáculo para el desarrollo
nacional, sino uno de sus instrumentos fundamentales.
La
reducción de la inflación y el equilibrio fiscal constituyen logros que el
Gobierno puede exhibir, pero no garantizan automáticamente su continuidad
electoral. La contracción del consumo, las dificultades de la industria, el
cierre de empresas, la pérdida de puestos de trabajo y las restricciones que
afectan a los ingresos familiares pueden terminar neutralizando los beneficios
de la estabilización. Tampoco bastará con mantener el alineamiento
internacional con Estados Unidos, el respaldo a Ucrania o las posiciones
compartidas con Israel en Medio Oriente para conservar el entusiasmo electoral
que acompañó a La Libertad Avanza en 2023.
Milei
necesita comprender que el electorado no es una variable subordinada a los
indicadores macroeconómicos. Los trabajadores, los jubilados, los jóvenes sin
perspectivas laborales, los pequeños empresarios, los comerciantes y los
trabajadores independientes también votan. Los sectores empobrecidos y
excluidos, que pueden soportar durante un tiempo los sacrificios exigidos por
una transformación económica, no están dispuestos a hacerlo indefinidamente si
no perciben una perspectiva concreta de mejoramiento.
El
año 2027 podría convertirse así en una prueba decisiva para el experimento
libertario argentino. La experiencia internacional demuestra que los ciclos
políticos no son permanentes y que las mayorías electorales pueden modificarse
con rapidez cuando las expectativas sociales chocan con los resultados
cotidianos. La derecha liberal-conservadora todavía mantiene importantes
posiciones de poder y no existe evidencia suficiente para anunciar su
desaparición o una restauración generalizada de las izquierdas. Pero sí
aparecen señales de un cambio de tendencia que sería imprudente ignorar.
La
política no se sostiene exclusivamente con convicciones ideológicas, disciplina
fiscal o confrontaciones culturales. También necesita resultados concretos y
una expectativa compartida de futuro. Si Javier Milei pretende conservar el
respaldo popular, deberá demostrar que su proyecto puede ofrecer algo más que
sacrificios presentes y promesas de prosperidad futura. Quizá haya llegado el
momento de reducir la intensidad de la motosierra y prestar mayor atención al
bienestar de la sociedad. Porque, cuando los gobiernos dejan de escuchar el
malestar de sus ciudadanos, las urnas suelen encargarse de recordarles que los
pobres, los desempleados y los jóvenes sin futuro también tienen derecho a
decidir el destino de una Nación.

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