viernes, 6 de noviembre de 2026

El reflujo de las derechas: las urnas comienzan a castigar la promesa liberal-conservadora


 

La derrota de Viktor Orbán en Hungría, el regreso de Lula da Silva en Brasil, el revés sufrido por Donald Trump en las elecciones legislativas estadounidenses y la crisis política de Paraguay parecen anunciar un cambio de ciclo. El malestar social, el deterioro de las condiciones de vida y la falta de respuestas a las expectativas de las nuevas generaciones amenazan con frenar el avance de las derechas. Javier Milei debería observar estas señales con especial atención: Argentina se encamina hacia las presidenciales de 2027 en un contexto en el que los éxitos macroeconómicos todavía no consiguen traducirse en una mejora generalizada del bienestar.

Buenos Aires. Durante los últimos años, las corrientes políticas liberal-conservadoras, libertarias y nacional-populistas experimentaron una expansión internacional que parecía anticipar un prolongado desplazamiento del péndulo político hacia la derecha. El triunfo de Javier Milei en Argentina, en diciembre de 2023, fue uno de los acontecimientos más representativos de ese proceso. Posteriormente, dirigentes y movimientos de orientación semejante consolidaron posiciones de poder en diferentes países, alentados por el desgaste de los partidos tradicionales, el cuestionamiento de las estructuras estatales y el rechazo de amplios sectores sociales a las políticas económicas y culturales de los gobiernos progresistas.

Donald Trump, Giorgia Meloni, Viktor Orbán y otros referentes de esta corriente conformaron una constelación política que encontró en la defensa de la soberanía nacional, la reducción del Estado, la desregulación económica, el endurecimiento de las políticas migratorias y la crítica a las élites tradicionales sus principales elementos de identificación. En América Latina, el fenómeno adquirió características propias y se expresó en diferentes experiencias nacionales, entre ellas las de Argentina, El Salvador, Bolivia, Chile, Perú y Colombia, donde el triunfo de Abelardo de la Espriella parecía confirmar la vitalidad electoral de estas propuestas.

Sin embargo, cuando la expansión conservadora parecía difícil de detener, comenzaron a multiplicarse los síntomas de agotamiento. El primer gran acontecimiento fue la derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría, en abril de 2026, después de dieciséis años ininterrumpidos en el poder. Su caída, a manos de Péter Magyar y del movimiento Tisza, constituyó un golpe simbólico para quienes consideraban al dirigente húngaro un modelo de construcción política nacionalista y conservadora. La insatisfacción económica, las denuncias de corrupción, el deterioro institucional y el aislamiento internacional contribuyeron a erosionar su respaldo.

A esa derrota se sumaron otros contratiempos. Geert Wilders perdió influencia en el escenario gubernamental neerlandés y Giorgia Meloni sufrió una significativa derrota en el referéndum sobre su reforma judicial, celebrado en marzo. La consulta italiana demostró que incluso los dirigentes que conservan una considerable capacidad de movilización pueden encontrar límites cuando sus proyectos institucionales son percibidos por una parte del electorado como intentos de concentrar poder.

El vendaval adquirió dimensiones mayores en América y Europa durante los últimos días. En Brasil, Flávio Bolsonaro, que había conseguido imponerse por un estrecho margen en la primera vuelta, terminó derrotado por Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje del 25 de octubre. El veterano dirigente del Partido de los Trabajadores obtuvo el 51,8% de los votos y consiguió un cuarto mandato presidencial. El resultado mostró que la fortaleza electoral del bolsonarismo no garantizaba su continuidad en el poder y que una parte significativa de la sociedad brasileña prefería evitar una nueva experiencia gubernamental de esa orientación.

En Estados Unidos, Donald Trump recibió otro golpe político de considerable magnitud. Los demócratas conquistaron el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones legislativas del 3 de noviembre, además de obtener importantes victorias en distintos estados. La inflación, el encarecimiento de la vida, el rechazo a la guerra con Irán y el descontento con la gestión presidencial contribuyeron a una derrota que limita considerablemente la capacidad del mandatario para impulsar su programa. El resultado representa, además, un cuestionamiento a la influencia internacional del trumpismo y a su capacidad para proyectarse como referencia de las nuevas derechas.

Paraguay ofrece otro ejemplo significativo. La renuncia del presidente Santiago Peña, el 5 de noviembre, en medio de la crisis provocada por el escándalo financiero de Ueno Bank, constituye un duro revés para el oficialismo colorado. La intervención de la entidad dejó a millones de clientes sin acceso a sus depósitos y desencadenó una crisis política que terminó comprometiendo la continuidad presidencial. Aunque sus causas tienen una dimensión institucional y financiera específica, el episodio vuelve a poner de manifiesto la vulnerabilidad de los gobiernos cuando la confianza pública se deteriora.

Europa tampoco permanece al margen de este proceso. Las movilizaciones juveniles registradas en Francia, España, Portugal y otros países expresan un malestar que trasciende las diferencias ideológicas. El aumento del coste de vida, la precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda, el deterioro de los servicios educativos y sanitarios y la pérdida de expectativas de movilidad social alimentan una creciente frustración generacional.

El problema de fondo es que millones de jóvenes perciben que las oportunidades de progreso que tuvieron sus padres se han vuelto prácticamente inaccesibles. La revolución tecnológica, la automatización, la inteligencia artificial y la expansión del comercio electrónico están transformando los mercados laborales, desplazando actividades tradicionales y reduciendo las perspectivas de empleo estable. A ello se agregan el encarecimiento de la energía, el incremento del gasto militar y las dificultades de los Estados para sostener las prestaciones sociales.

Frente a este escenario, las propuestas liberal-conservadoras comienzan a exhibir una insuficiencia política: la reducción del gasto público, la desregulación, la denominada motosierra y el endurecimiento de las políticas de seguridad no constituyen, por sí solos, respuestas satisfactorias a las demandas de sociedades que reclaman empleo, salarios dignos, vivienda, educación y protección social. El equilibrio fiscal y la estabilidad monetaria son condiciones necesarias para el desarrollo, pero difícilmente puedan convertirse en objetivos políticos suficientes cuando sus beneficios no alcanzan a una parte sustancial de la población.

En este contexto, las propuestas populistas y las fuerzas de izquierda encuentran una oportunidad para recuperar posiciones, especialmente entre los sectores perjudicados por los ajustes económicos. No necesariamente porque dispongan de programas más eficaces, sino porque logran canalizar el descontento y ofrecer respuestas inmediatas a necesidades que los gobiernos conservadores no han conseguido satisfacer.

El fenómeno debería despertar particular preocupación en la Casa Rosada. Javier Milei y sus colaboradores tienen motivos para observar con atención lo sucedido en Brasil, Estados Unidos y Paraguay. Argentina celebrará elecciones presidenciales en 2027 y el oficialismo deberá demostrar que su programa económico puede superar la etapa de estabilización y traducirse en una recuperación perceptible de los ingresos, el empleo y las condiciones de vida.

La motosierra ha actuado profundamente sobre la administración pública. La eliminación de estructuras innecesarias y de empleos improductivos puede constituir una política legítima de racionalización estatal. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre terminar con los denominados empleados ñoquis y desmantelar planteles profesionales cuya experiencia resulta indispensable para el funcionamiento de las instituciones. La burocracia eficiente, como explicó Max Weber, no es un obstáculo para el desarrollo nacional, sino uno de sus instrumentos fundamentales.

La reducción de la inflación y el equilibrio fiscal constituyen logros que el Gobierno puede exhibir, pero no garantizan automáticamente su continuidad electoral. La contracción del consumo, las dificultades de la industria, el cierre de empresas, la pérdida de puestos de trabajo y las restricciones que afectan a los ingresos familiares pueden terminar neutralizando los beneficios de la estabilización. Tampoco bastará con mantener el alineamiento internacional con Estados Unidos, el respaldo a Ucrania o las posiciones compartidas con Israel en Medio Oriente para conservar el entusiasmo electoral que acompañó a La Libertad Avanza en 2023.

Milei necesita comprender que el electorado no es una variable subordinada a los indicadores macroeconómicos. Los trabajadores, los jubilados, los jóvenes sin perspectivas laborales, los pequeños empresarios, los comerciantes y los trabajadores independientes también votan. Los sectores empobrecidos y excluidos, que pueden soportar durante un tiempo los sacrificios exigidos por una transformación económica, no están dispuestos a hacerlo indefinidamente si no perciben una perspectiva concreta de mejoramiento.

El año 2027 podría convertirse así en una prueba decisiva para el experimento libertario argentino. La experiencia internacional demuestra que los ciclos políticos no son permanentes y que las mayorías electorales pueden modificarse con rapidez cuando las expectativas sociales chocan con los resultados cotidianos. La derecha liberal-conservadora todavía mantiene importantes posiciones de poder y no existe evidencia suficiente para anunciar su desaparición o una restauración generalizada de las izquierdas. Pero sí aparecen señales de un cambio de tendencia que sería imprudente ignorar.

La política no se sostiene exclusivamente con convicciones ideológicas, disciplina fiscal o confrontaciones culturales. También necesita resultados concretos y una expectativa compartida de futuro. Si Javier Milei pretende conservar el respaldo popular, deberá demostrar que su proyecto puede ofrecer algo más que sacrificios presentes y promesas de prosperidad futura. Quizá haya llegado el momento de reducir la intensidad de la motosierra y prestar mayor atención al bienestar de la sociedad. Porque, cuando los gobiernos dejan de escuchar el malestar de sus ciudadanos, las urnas suelen encargarse de recordarles que los pobres, los desempleados y los jóvenes sin futuro también tienen derecho a decidir el destino de una Nación.

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