domingo, 18 de enero de 2026

La Copa Africana de Naciones como laboratorio de seguridad y organización rumbo a la Copa Mundial de Futbol 2030


 


El despliegue sin precedentes de seguridad durante la Copa Africana de Naciones 2025 confirmó que Marruecos no solo organizó un torneo continental, sino que ejecutó un ensayo general del dispositivo que prevé aplicar en la Copa Mundial de la FIFA 2030. Tecnología avanzada, cooperación internacional y una estrategia de diplomacia deportiva impulsada directamente por Su Majestad el rey Mohammed VI sostienen la ambición del Reino de consolidarse como actor central del fútbol y la geopolítica del siglo XXI.

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La Copa Africana de Naciones (CAN) 2025 ha sido, para Marruecos, mucho más que una competición deportiva. Ha funcionado como una demostración integral de capacidad estatal, un ejercicio de planificación estratégica y un escaparate del modelo de seguridad y gobernanza que el Reino pretende proyectar a escala global de cara al Mundial de 2030, que organizará junto a España y Portugal. Detrás del fervor popular, de los estadios llenos y de la impecable logística visible para millones de telespectadores, se desplegó un entramado de seguridad de una sofisticación inédita en el continente africano.

Desde el inicio del torneo, la normalidad en las calles de Casablanca, Rabat, Marrakech o Tánger no fue fruto de la improvisación, sino de una preparación prolongada y deliberada. Las autoridades marroquíes concibieron la CAN como un banco de pruebas realista: un evento de alta exposición mediática, con flujos masivos de público y delegaciones internacionales, y con exigencias comparables a las de un Mundial. La consigna fue clara: anticipar riesgos, integrar tecnología y reforzar la cooperación internacional.

El corazón del dispositivo fue la coordinación entre la Dirección General de Seguridad Nacional (DGSN) y la Dirección General de Vigilancia del Territorio (DGST), bajo un mando centralizado que reflejó una doctrina de control estricto y supervisión directa. La implicación personal de Abdellatif Hammouchi, responsable de ambos organismos, simbolizó esa apuesta por reducir al mínimo los márgenes de error en un contexto de máxima visibilidad internacional.

La modernización previa al torneo fue profunda y estructural. La DGSN aceleró un proceso que excede la CAN: renovación de infraestructuras, actualización de protocolos y una inversión masiva en sistemas de vigilancia y análisis en tiempo real. Las principales ciudades anfitrionas quedaron cubiertas por una extensa red de cámaras inteligentes, integradas en centros de comando capaces de monitorear flujos de personas, detectar comportamientos anómalos y gestionar multitudes con criterios predictivos. El objetivo no fue solo prevenir delitos, sino también evitar incidentes logísticos que pudieran empañar la imagen del país.

Los estadios se transformaron en espacios de seguridad integral. Cada uno contó con comisarías permanentes, salas de coordinación interinstitucional y dispositivos de control de accesos que combinaron inspecciones físicas y sistemas electrónicos avanzados. La seguridad se concibió como una capa invisible, diseñada para garantizar el espectáculo sin interferir en la experiencia del público.

El factor humano fue igualmente decisivo. Miles de agentes fueron movilizados, incluidos varios miles de nuevos efectivos formados específicamente en gestión de grandes concentraciones, atención a público internacional y técnicas de desescalada. A ellos se sumaron unidades especializadas —brigadas cinotécnicas, cuerpos de caballería, patrullas urbanas reforzadas— y, por primera vez a esta escala, una cobertura sistemática mediante drones, que permitió vigilancia aérea continua en estadios, zonas de afluencia masiva y ejes de transporte.

La logística acompañó ese despliegue. Una flota ampliada de vehículos policiales, equipada con sistemas de comunicación avanzada, reforzó la presencia territorial. Incluso la identidad visual de parte de estos medios incorporó la lengua amazigh, un gesto simbólico que combinó modernización institucional y reconocimiento cultural, en línea con la narrativa de un Estado inclusivo y contemporáneo.

El control comenzó, además, mucho antes del pitido inicial. En aeropuertos y fronteras, Marruecos generalizó el uso de sistemas biométricos E-GATE, destinados a agilizar el ingreso de aficionados extranjeros sin relajar los estándares de seguridad. Este aspecto es clave de cara a 2030, cuando el volumen de visitantes será muy superior al de la CAN.

Uno de los rasgos más relevantes del operativo fue su dimensión internacional. Con motivo del torneo se activó un Centro Africano de Cooperación Policial que reunió a servicios de seguridad de los países participantes, responsables de la CAF y la FIFA, y enlaces de organismos internacionales. La cooperación con Interpol ocupó un lugar central, tanto en el intercambio de información como en la prevención de amenazas transnacionales asociadas a grandes eventos deportivos. La presencia de observadores y responsables de seguridad de países europeos y de otras sedes mundialistas subrayó el carácter de ensayo general del dispositivo.

Marruecos ejemplo de diplomacia deportiva

Este éxito operativo se inscribe en una estrategia más amplia de diplomacia deportiva impulsada por el rey Mohammed VI desde hace más de dos décadas. El desarrollo del fútbol marroquí —infraestructuras, formación, resultados deportivos— ha sido concebido por el rey Mohammed VI como una herramienta de cohesión interna y de proyección internacional. La histórica actuación de la selección en el Mundial de Catar 2022, la organización de la CAN 2025 y la designación como sede del Mundial 2030 forman parte de una misma lógica: posicionar a Marruecos como un puente fiable entre África, Europa y el mundo árabe.

La Copa Africana de Naciones confirmó esa ambición. Fue un éxito popular, organizativo, diplomático y mediático. En un contexto internacional marcado por la incertidumbre y la desconfianza, Marruecos proyectó una imagen de estabilidad, previsibilidad y competencia estatal. El mensaje, más allá del fútbol, fue inequívoco: el Reino no solo quiere acoger al mundo, sino demostrar que dispone de las capacidades institucionales para hacerlo con solvencia. En ese tablero, la seguridad —discreta, eficaz y altamente profesionalizada— se ha convertido en una de sus principales cartas.

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