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La
Copa Africana de Naciones (CAN) 2025 ha sido, para Marruecos, mucho más que una
competición deportiva. Ha funcionado como una demostración integral de
capacidad estatal, un ejercicio de planificación estratégica y un escaparate
del modelo de seguridad y gobernanza que el Reino pretende proyectar a escala
global de cara al Mundial de 2030, que organizará junto a España y Portugal.
Detrás del fervor popular, de los estadios llenos y de la impecable logística
visible para millones de telespectadores, se desplegó un entramado de seguridad
de una sofisticación inédita en el continente africano.
Desde
el inicio del torneo, la normalidad en las calles de Casablanca, Rabat,
Marrakech o Tánger no fue fruto de la improvisación, sino de una preparación
prolongada y deliberada. Las autoridades marroquíes concibieron la CAN como un
banco de pruebas realista: un evento de alta exposición mediática, con flujos
masivos de público y delegaciones internacionales, y con exigencias comparables
a las de un Mundial. La consigna fue clara: anticipar riesgos, integrar
tecnología y reforzar la cooperación internacional.
El
corazón del dispositivo fue la coordinación entre la Dirección General de
Seguridad Nacional (DGSN) y la Dirección General de Vigilancia del Territorio
(DGST), bajo un mando centralizado que reflejó una doctrina de control estricto
y supervisión directa. La implicación personal de Abdellatif Hammouchi,
responsable de ambos organismos, simbolizó esa apuesta por reducir al mínimo
los márgenes de error en un contexto de máxima visibilidad internacional.
La
modernización previa al torneo fue profunda y estructural. La DGSN aceleró un
proceso que excede la CAN: renovación de infraestructuras, actualización de
protocolos y una inversión masiva en sistemas de vigilancia y análisis en
tiempo real. Las principales ciudades anfitrionas quedaron cubiertas por una
extensa red de cámaras inteligentes, integradas en centros de comando capaces
de monitorear flujos de personas, detectar comportamientos anómalos y gestionar
multitudes con criterios predictivos. El objetivo no fue solo prevenir delitos,
sino también evitar incidentes logísticos que pudieran empañar la imagen del
país.
Los
estadios se transformaron en espacios de seguridad integral. Cada uno contó con
comisarías permanentes, salas de coordinación interinstitucional y dispositivos
de control de accesos que combinaron inspecciones físicas y sistemas
electrónicos avanzados. La seguridad se concibió como una capa invisible,
diseñada para garantizar el espectáculo sin interferir en la experiencia del
público.
El
factor humano fue igualmente decisivo. Miles de agentes fueron movilizados,
incluidos varios miles de nuevos efectivos formados específicamente en gestión
de grandes concentraciones, atención a público internacional y técnicas de
desescalada. A ellos se sumaron unidades especializadas —brigadas cinotécnicas,
cuerpos de caballería, patrullas urbanas reforzadas— y, por primera vez a esta
escala, una cobertura sistemática mediante drones, que permitió vigilancia
aérea continua en estadios, zonas de afluencia masiva y ejes de transporte.
La
logística acompañó ese despliegue. Una flota ampliada de vehículos policiales,
equipada con sistemas de comunicación avanzada, reforzó la presencia
territorial. Incluso la identidad visual de parte de estos medios incorporó la
lengua amazigh, un gesto simbólico que combinó modernización institucional y
reconocimiento cultural, en línea con la narrativa de un Estado inclusivo y
contemporáneo.
El
control comenzó, además, mucho antes del pitido inicial. En aeropuertos y
fronteras, Marruecos generalizó el uso de sistemas biométricos E-GATE,
destinados a agilizar el ingreso de aficionados extranjeros sin relajar los
estándares de seguridad. Este aspecto es clave de cara a 2030, cuando el
volumen de visitantes será muy superior al de la CAN.
Uno
de los rasgos más relevantes del operativo fue su dimensión internacional. Con
motivo del torneo se activó un Centro Africano de Cooperación Policial que
reunió a servicios de seguridad de los países participantes, responsables de la
CAF y la FIFA, y enlaces de organismos internacionales. La cooperación con
Interpol ocupó un lugar central, tanto en el intercambio de información como en
la prevención de amenazas transnacionales asociadas a grandes eventos
deportivos. La presencia de observadores y responsables de seguridad de países
europeos y de otras sedes mundialistas subrayó el carácter de ensayo general
del dispositivo.
Marruecos
ejemplo de diplomacia deportiva
Este
éxito operativo se inscribe en una estrategia más amplia de diplomacia
deportiva impulsada por el rey Mohammed VI desde hace más de dos décadas. El
desarrollo del fútbol marroquí —infraestructuras, formación, resultados
deportivos— ha sido concebido por el rey Mohammed VI como una herramienta de
cohesión interna y de proyección internacional. La histórica actuación de la
selección en el Mundial de Catar 2022, la organización de la CAN 2025 y la
designación como sede del Mundial 2030 forman parte de una misma lógica:
posicionar a Marruecos como un puente fiable entre África, Europa y el mundo
árabe.
La
Copa Africana de Naciones confirmó esa ambición. Fue un éxito popular,
organizativo, diplomático y mediático. En un contexto internacional marcado por
la incertidumbre y la desconfianza, Marruecos proyectó una imagen de
estabilidad, previsibilidad y competencia estatal. El mensaje, más allá del
fútbol, fue inequívoco: el Reino no solo quiere acoger al mundo, sino demostrar
que dispone de las capacidades institucionales para hacerlo con solvencia. En
ese tablero, la seguridad —discreta, eficaz y altamente profesionalizada— se ha
convertido en una de sus principales cartas.

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