La incorporación del monarca alauí,
comendador de los creyentes y presidente del Comité Al-Quds, a la iniciativa de
la Administración Trump, subraya el peso político y religioso de Rabat en
Oriente Medio y consolida una relación histórica con Washington marcada por la
cooperación estratégica y el reconocimiento estadounidense de la soberanía
marroquí sobre el Sáhara.
Contenido:
La
invitación cursada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al rey de
Marruecos, Mohammed VI, para integrarse como miembro fundador del nuevo Consejo
de Paz sobre Gaza no es un gesto protocolario ni una mera cortesía diplomática.
Se trata de una decisión cargada de simbolismo político, religioso y
estratégico, que confirma el papel singular que el monarca alauí desempeña en
los equilibrios de Oriente Medio y en la arquitectura de alianzas que
Washington intenta reconstruir en una región devastada por la guerra y la
desconfianza.
El
Gobierno marroquí confirmó que Mohammed VI respondió favorablemente a la
invitación y que el Reino procederá a ratificar la Carta constitutiva del
Consejo, una iniciativa impulsada directamente por la Casa Blanca con la
ambición declarada de contribuir a los esfuerzos de paz en Oriente Medio y de
ensayar un nuevo enfoque para la resolución de conflictos a escala global. La
participación estará reservada a un grupo reducido de líderes internacionales,
seleccionados personalmente por el presidente estadounidense, lo que refuerza
el carácter político del organismo y su dependencia directa de la visión
estratégica de Trump.
El
perfil del monarca marroquí explica en buena medida esta elección. Mohammed VI
no es solo jefe de Estado: en su condición de amir al-muminin,
comendador de los creyentes, encarna una autoridad religiosa reconocida más
allá de las fronteras de Marruecos. A ello se suma su presidencia del Comité
Al-Quds, órgano permanente de la Organización de Cooperación Islámica encargado
de la defensa del estatuto de Jerusalén y de los derechos del pueblo palestino.
Esta doble legitimidad, política y espiritual, le otorga una posición singular
como interlocutor entre Occidente, el mundo árabe y el islam suní moderado, un
capital diplomático que Washington considera clave para cualquier intento de
estabilización en Gaza.
La
creación del Consejo de Paz se inscribe, además, en la segunda fase del plan
global de Trump para Oriente Medio, que incluye la puesta en marcha de un
Comité Nacional para la Administración de Gaza como estructura transitoria.
Según los estatutos conocidos, el nuevo organismo aspira a constituirse en una
organización internacional con capacidad para promover la estabilidad,
restaurar la gobernanza y garantizar una paz duradera en zonas afectadas o
amenazadas por conflictos, apoyándose en la cooperación práctica y en
asociaciones orientadas a resultados concretos, más que en declaraciones
multilaterales de alcance limitado.
La
relación entre Estados Unidos y Marruecos proporciona el trasfondo histórico de
esta iniciativa. Ambos países mantienen uno de los vínculos diplomáticos más
antiguos del mundo: Marruecos fue el primer Estado en reconocer la
independencia estadounidense, en 1777, y desde entonces la relación ha
atravesado monarquías, repúblicas, guerras mundiales y transformaciones
geopolíticas profundas sin perder continuidad. En el siglo XXI, esta alianza se
ha traducido en cooperación militar, acuerdos de seguridad, intercambios
económicos y una coordinación política constante en el Magreb y el Sahel.
Durante
el primer mandato de Trump, esa relación alcanzó un punto de inflexión con la
decisión de Estados Unidos de reconocer la plena soberanía de Marruecos sobre
el Sáhara Occidental, convirtiéndose en el primer país en hacerlo de forma
explícita. Aquel reconocimiento, es considerado por los analistas
internacionales como un movimiento de alto impacto estratégico, reforzó el
posicionamiento internacional de Rabat y consolidó a Marruecos como socio
preferente de Washington en el norte de África, al tiempo que alteró
equilibrios regionales largamente congelados.
El
Consejo de Paz refleja también la voluntad de Trump de articular un directorio
restringido de líderes con capacidad de decisión real. Entre los jefes de
Estado y de Gobierno invitados figuran dirigentes de perfiles ideológicos muy
diversos, desde potencias tradicionales hasta actores emergentes. En este marco
destaca la invitación cursada al presidente argentino, Javier Milei, cuya
presencia subraya la intención estadounidense de otorgar al organismo una
proyección global y no exclusivamente regional.
La
aceptación de Mohammed VI refuerza, por último, la narrativa de Marruecos como
actor de paz. Rabat reiteró su compromiso con una solución justa, global y
duradera al conflicto de Oriente Medio, basada en la creación de un Estado
palestino dentro de las fronteras de 1967, con Jerusalén Este como capital,
conviviendo en paz con Israel. Esta posición, constante en la diplomacia
marroquí, busca equilibrar la normalización de relaciones con Israel con la
defensa del derecho palestino, un ejercicio de equilibrios que explica la
confianza que Washington deposita en el monarca alauí.
En
un contexto internacional marcado por la fragmentación del multilateralismo
clásico y por la emergencia de fórmulas ad hoc impulsadas por las grandes
potencias, el Consejo de Paz promovido por Trump se presenta como un
experimento político de alto riesgo. La incorporación de Mohammed VI como
miembro fundador no garantiza el éxito de la iniciativa, pero sí aporta una
legitimidad difícil de replicar y confirma que, en la compleja ecuación de
Gaza, Marruecos vuelve a ocupar un lugar central.

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