La aprobación de un ambicioso proyecto para modernizar
la Base Naval del Callao, con respaldo técnico y financiero de Estados Unidos,
introduce un nuevo factor en el equilibrio estratégico del Pacífico sur. Con
una inversión estimada en hasta 1.500 millones de dólares, la iniciativa se
inscribe en la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense para 2025 y se
interpreta como una respuesta directa al avance de China en infraestructuras
críticas de América Latina.
Contenido:
La
costa central del Perú se ha convertido en un escenario privilegiado de la
competencia geopolítica global. La decisión del Gobierno de Estados Unidos de
autorizar un acuerdo de cooperación para la modernización integral de la Base
Naval del Callao, principal instalación de la Marina de Guerra peruana, no solo
redefine la relación bilateral en materia de defensa, sino que proyecta sus
efectos mucho más allá del ámbito estrictamente militar. En un contexto de
creciente rivalidad con China, Washington vuelve a poner el foco en el
hemisferio occidental y, en particular, en el eje estratégico del océano
Pacífico.
El
proyecto, aprobado por el Departamento de Estado y notificado al Congreso
estadounidense en enero de 2026, contempla una posible Venta Militar Extranjera
(Foreign Military Sale, FMS) por un monto máximo de 1.500 millones de dólares.
A diferencia de otros acuerdos de defensa, no se trata de la adquisición de
armamento pesado ni del establecimiento formal de una base extranjera con
tropas permanentes, sino de un paquete amplio de servicios y equipamiento
destinados al diseño, la construcción y la modernización de infraestructuras
marítimas y terrestres en el Callao. El objetivo declarado es fortalecer las
capacidades logísticas y operativas de la Armada peruana, adaptándolas a los
estándares contemporáneos y a las exigencias de una región cada vez más expuesta
a dinámicas globales.
La
iniciativa prevé una transformación profunda de la actual base naval, cuyas
instalaciones se remontan en gran parte a mediados del siglo XX. La
modernización apunta a reorganizar los espacios, optimizar los accesos y
mejorar la funcionalidad de muelles, áreas de mantenimiento y edificios
operativos. Un elemento central del plan es la reducción de la superposición
entre actividades civiles y militares, un problema histórico en el Callao,
donde la base naval convive con el principal puerto comercial del país. Al
liberar y redistribuir áreas estratégicas, el proyecto permitiría, además,
facilitar la expansión del puerto civil, clave para el comercio exterior
peruano.
Desde
el punto de vista técnico, el acuerdo incluye estudios de ingeniería,
planificación del ciclo de vida de las instalaciones, gestión integral del
proyecto y supervisión de las obras durante un período que podría extenderse
hasta diez años. Para ello, está prevista la presencia en Perú de hasta una
veintena de representantes estadounidenses, entre funcionarios gubernamentales
y especialistas de empresas contratistas autorizadas por el Pentágono. Su rol
será estrictamente técnico y de asesoramiento, según han subrayado las
autoridades de Washington, que insisten en que la operación no alterará el
equilibrio militar regional.
La
ubicación de la base confiere al proyecto una relevancia estratégica singular.
El Callao se encuentra frente a Lima, concentra la mayor parte del tráfico
marítimo del país y está situado a menos de 80 kilómetros del megapuerto de
Chancay, una infraestructura de escala continental impulsada y financiada por
capitales chinos. Inaugurado recientemente como uno de los nodos más ambiciosos
de la proyección logística de Pekín en Sudamérica, Chancay simboliza la
creciente influencia económica de China en la región y su apuesta por controlar
puntos neurálgicos de las rutas comerciales del Pacífico.
Es
precisamente en ese contexto donde la inversión estadounidense adquiere una
dimensión geopolítica más amplia. La Estrategia de Seguridad Nacional de
Estados Unidos para 2025 identifica al hemisferio occidental como un espacio
prioritario, subrayando la necesidad de contrarrestar la influencia de
potencias extrahemisféricas y de asegurar que activos estratégicos no queden
bajo control de competidores globales. Sin mencionar explícitamente a China en
cada apartado, el documento refleja una preocupación creciente por la presencia
de Pekín en infraestructuras críticas, desde puertos hasta telecomunicaciones y
energía, en América Latina y el Caribe.
La
modernización de la Base Naval del Callao puede leerse, así, como una respuesta
indirecta pero contundente a esa expansión. Al reforzar su cooperación con Perú
en el ámbito naval y logístico, Washington busca consolidar un socio
estratégico en la costa pacífica sudamericana y mantener capacidad de
influencia en una región donde el comercio con Asia crece de manera sostenida.
La iniciativa se inscribe en una lógica más amplia de reposicionamiento
estadounidense, que algunos analistas interpretan como una actualización
pragmática del viejo principio de la Doctrina Monroe, adaptado a un mundo
multipolar y a una rivalidad cada vez más abierta con China.
Para
el Perú, el acuerdo plantea oportunidades y dilemas. Desde una perspectiva
interna, la inversión promete modernizar una infraestructura clave, dinamizar
sectores vinculados a la construcción y la ingeniería, y fortalecer las
capacidades de su Marina de Guerra sin recurrir a la compra directa de
armamento. También refuerza una relación histórica con Estados Unidos en
materia de defensa, cooperación que se ha mantenido durante décadas,
especialmente en áreas como la seguridad marítima y la lucha contra amenazas
transnacionales.
Sin
embargo, el proyecto también obliga a Lima a gestionar con cautela su política
exterior. China es hoy el principal socio comercial del Perú y un actor central
en su estrategia de inserción económica global. La coexistencia de una fuerte
presencia china en infraestructuras portuarias civiles y de una cooperación
militar reforzada con Estados Unidos convierte al litoral peruano en un espacio
de equilibrio delicado, donde cualquier movimiento puede ser interpretado como
un alineamiento estratégico. La tradicional aspiración peruana de mantener una
política de no alineación estricta se enfrenta, así, a las tensiones propias de
una rivalidad global que se expresa cada vez más en el terreno.
Las
críticas no han tardado en aparecer. Algunos sectores advierten que la
prolongada presencia de asesores y contratistas estadounidenses, aunque
limitada en número y funciones, podría sentar un precedente para una mayor
injerencia externa en asuntos de defensa. Otros señalan el riesgo de que
América Latina vuelva a ser escenario de disputas entre grandes potencias, con
proyectos de cooperación convertidos en piezas de un tablero geopolítico que
excede las prioridades nacionales.
Con
todo, la modernización de la Base Naval del Callao marca un punto de inflexión.
Más que una obra de infraestructura, se trata de un símbolo del regreso de
América Latina —y del Pacífico sur en particular— al centro de las
preocupaciones estratégicas de Washington. En un mundo atravesado por la
competencia entre Estados Unidos y China, el puerto peruano se perfila como uno
de los escenarios donde esa rivalidad se materializa con mayor nitidez,
anticipando una década en la que la geopolítica volverá a mirar con atención
hacia las costas de Sudamérica.

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